Una guerra justa
de Robert Brooks

Primera parte: La orden de la jefa de guerra

Su hijo yacía inmóvil. Hacía semanas que había muerto, pero solo ahora descansaba.

«Temo por él».

«No debes temer nada» —había dicho Colmillosauro mucho tiempo atrás.

Se arrodilló en el frío y firme suelo de piedra de la Ciudadela de la Corona de Hielo y cogió en brazos al muchacho.

«Están transformando a nuestros hijos. Te han transformado a ti».

«Los brujos me otorgaron un don. Antes era poderoso, pero ahora soy un torbellino —había dicho él—. Soy la encarnación de la guerra. Colmaré de gloria a mi pueblo hasta el día en que muera».

Qué extrañas resultaban ahora aquellas palabras. Qué inmundas.

Levantó el cadáver de su hijo y lo sacó de la ciudadela. Los ojos de decenas de campeones se posaban sobre él. Tanto los soldados de la Alianza como los de la Horda se hicieron a un lado. Algunos lo saludaron en silencio, rindiéndole homenaje en su pesar.

«Nuestro hijo no debe seguir tus pasos».

«Que se quede en nuestro mundo, amor mío. Estará a salvo. Indemne».

La Ciudadela de la Corona de Hielo desapareció. El frío seco de Rasganorte fue sustituido por el sol cálido y el aire húmedo de Nagrand. Dejó a su hijo sobre una pira apagada, cerca del lugar de reposo de la familia. Ahora iba vestido con prendas sencillas de Garadar, el lugar que había conocido de chaval.

«Antes de irte, ¿qué nombre le vas a poner?».

«Es mi corazón. Es el corazón de mi mundo entero» —había dicho él.

Tocó la pira con una antorcha encendida. Las llamas naranjas se avivaron, primero en la yesca, luego en los troncos. Unos destellos azules y blancos rielaron entre las llamas a medida que el fuego aumentaba de temperatura. Se obligó a mirar a las llamas mientras consumían a su hijo. Era su último homenaje al muchacho; no apartaría la vista. Vio cómo la piel cedía el paso al músculo, al hueso y, por último, a las cenizas.

—Lo llamaré Dranosh, «corazón de Draenor».

* * *

Varok Colmillosauro se despertó. Su respiración era lo único que turbaba el silencio de la alcoba. Se percató de que volvía a tener húmedas las mejillas.

«Los sueños no sirven de nada».

Cuando dormía, no tenía sueños proféticos que hablasen del futuro y revelasen verdades sobre el pasado. Tanto mejor, porque ese tipo de visiones tampoco le habrían servido de nada. ¿Cómo iba a librar una guerra sabiendo que estaba destinado a perderla... o lo que es peor, a ganarla? Para un guerrero no había nada más peligroso que el exceso de confianza, y el año anterior había constatado que no era fácil interpretar el destino.

No, sus sueños no eran más que un amasijo de recuerdos.

A veces soñaba con batallas libradas décadas antes. Volvía a correr por las calles de Shattrath y le resonaban en los oídos los gritos de los draenei y los estertores de los poderosos guerreros envenenados por la niebla roja de los brujos. Volvía a perseguir a los humanos por las calles de Ventormenta y notaba el calor en la piel mientras ardía toda la ciudad. Había disfrutado con aquellas matanzas. La corrupción que corría por sus venas le había hecho gozar. No había pensado en la deshonra y no había dudado en derramar la sangre de los inocentes.

Los remordimientos llegaban al despertar. Notaba las punzadas de la vergüenza clavándose en su interior, tan dolorosas como cuando fue liberado de la sangre corrupta. No aborrecía el dolor; es más, lo aceptaba de buen grado. Se lo había ganado. Cada año le pesaba más, pero lo soportaba en silencio, con dignidad y sin queja, como penitencia por sus pecados. Era un modesto sacrificio a cambio de su supervivencia.

Cuando era joven, el orco se imaginaba que tendría una muerte rápida y honorable en combate, pero ahora se preguntaba si le habrían condenado a sobrevivir a todo el mundo.

Se levantó del camastro y se acercó a la ventana con vistas a Orgrimmar. Aún faltaban varias horas para el alba, y el frío de la noche lo envolvió. De repente, oyó unos gritos procedentes del sur. Estiró el cuello hacia los portones que daban a los desiertos de Durotar. Su alcoba estaba en una de las torres más altas de Orgrimmar, con vistas a casi toda la ciudad. Los gritos y las alarmas le habían despertado innumerables veces a lo largo del último año. La invasión de Azeroth por parte de la Legión Ardiente había afectado al mundo entero. Los demonios habían intentado abrir más de una vez los portones traseros de Azshara, y Orgrimmar había pagado un alto precio por la victoria.

Lo de aquella noche no era para tanto. Apenas veía movimiento cerca de los portones; solo se oían los gritos furibundos que dirigía a sus subordinados un oficial de la guardia nocturna.

«Otro espía que se escapa», supuso Colmillosauro.

Durante las últimas semanas habían proliferado los avistamientos de miembros de la Alianza en Orgrimmar. La jefa de guerra había humillado recientemente al rey de Ventormenta, Anduin Wrynn, y el muchacho había enviado tantos espías a la ciudad que la guardia estaba paranoica.

Era una estrategia inteligente, sobre todo porque los espías mantenían los puñales envainados. Matar a miembros de la Horda habría atizado el odio y arrimado a las dos facciones a la guerra, pero se habían limitado a vigilar a la Horda y a evitar que los capturasen, una semana tras otra.

Estaban enviando un mensaje que hasta el peón más estúpido era capaz de entender: «No podéis ir a la guerra. Sabemos todo lo que hacéis y estaremos listos».

Sylvanas Brisaveloz no había mordido el anzuelo. Si la jefa de guerra hubiera enviado a sus mejores cazadores de espías a Orgrimmar —en la cantidad necesaria para erradicar a los espías de la Alianza— se habrían perdido muchas vidas sin provecho alguno. Por eso no había hecho nada.

«Vigiladnos todo lo que queráis» era su respuesta. «Perdéis el tiempo».

Colmillosauro estaba de acuerdo. La guerra acabaría llegando, como siempre. No había que precipitarse.

Volvió a la cama. La jefa de guerra quería hablar con él aquel día y necesitaba descansar.

* * *

Colmillosauro dejó la alcoba al alba para inspeccionar la ciudad.

El sol ya se había alzado muy por encima de la muralla de Orgrimmar para cuando llegó al Valle del Honor. Estaba muy concurrido, pues los monjes tenían que instruir a un nuevo grupo de estudiantes. El líder pandaren Ji Zarpa Ígnea estaba realizando una demostración de una disciplina de combate sin armas. Dirigió una sonrisa a Colmillosauro y le hizo un gesto mientras ejecutaba el movimiento. Colmillosauro le devolvió el saludo golpeándose el pecho con el puño y siguió caminando.

Los portones traseros ya estaban abiertos a los mercaderes y viajeros procedentes del Muelle Pantoque. Se acababa de realizar el cambio de guardia.

—Mucho movimiento, una vez más —le informó un orco con una cicatriz irregular en la mano.

—Espías —añadió un goblin con un par de dagas en el regazo—. Ojalá cayera alguno en mis manos.

Colmillosauro se alejó de los portones traseros y recorrió los farallones del norte, donde todo parecía en orden. Terminó la inspección del Valle de los Espíritus y luego, al llegar a los portones principales, decidió desviarse de su ruta habitual. Salió de Orgrimmar y caminó hasta la costa. Unos cuantos mercantes y navíos de la Horda habían atracado y estaban descargando y abasteciéndose para nuevas travesías. Solía haber más veleros a la espera en los bajíos, pero en estos tiempos, con todas las pérdidas sufridas ante la Legión, ya no había tantos barcos en el mar.

Colmillosauro distinguió una silueta oscura que se deslizaba a hurtadillas por las almenas, siguiéndolo hacia el mar.

—Te veo —murmuró para sí.

A plena luz del día, un espía lo tenía complicado para salir de la muralla sin ser visto. Como era de esperar, consideraban que el alto señor supremo Colmillosauro era suficientemente importante como para tenerlo bajo vigilancia en todo momento.

Casi era hora de presentarse ante la jefa de guerra. Colmillosauro volvió por los portones principales y oyó lo que parecían unas risotadas provenientes de las almenas. Se detuvo. Sí, eran la risa estruendosa de un tauren, la aguda réplica de una orco y las carcajadas estridentes de otros.

Subió por la escalera más cercana. Fueran quienes fuesen los guardias, acababan de presentarse como voluntarios para recibir un castigo ejemplar.

* * *

Morka Bruggu dio otro trago y soltó un ruidoso eructo.

—Allí es donde me hice con esta antigualla.

Golpeó con los nudillos la muslera metálica que llevaba atada a la pierna. Estaba casi partida en dos y Morka habría jurado que aún emitía un tenue brillo verdoso por la noche. No hacía juego con el resto de su armadura, pero ninguna norma le impedía llevarla mientras estaba de servicio. La había ganado en buena lid.

—Mi martillo contra la cabeza del señor del foso. —Simuló que aplastaba algo con las manos—. Que, de repente, ya no necesitaba.

Los demás guardias de Orgrimmar gruñeron.

—¿Esperas que nos creamos que tú mataste a un señor del foso? —dijo el tauren.

¿Cómo se llamaba? Lanagu, o algo así. Al reírse se estremeció de la cabeza a los pies y estuvo a punto de perder el equilibrio y caerse de las almenas. Había bebido por lo menos el doble que ella. Aquella mañana habían escamoteado más de un odre.

Morka le acercó un dedo a la cara y le dio un golpecito en el hocico que le hizo soltar un respingo.

—No he dicho que lo venciera yo sola, memo de cuernecitos astillados.

El tauren le apartó la mano de un golpe y soltó un resoplido.

—Vuelve a meterte con mis cuernos; sé lo mucho que te gustan.

—Pues a ver si te gusta esto —dijo ella mientras hacía un gesto que provocó un ataque de risa entre los demás—. En la pelea éramos más de treinta. El pobre Gurak terminó asado y no lo contó.

Morka dio otro trago y luego otro más. Por Gurak. Así lo habría querido. Pasó el odre a su derecha.

—El señor del foso había caído. Aún respiraba y seguía diciendo cómo iba a arder Azeroth... Ya conocéis a los demonios, pero le cerré el pico con el martillo. Así que, técnicamente, sí, fui yo quien lo mató, y creo que me correspondía a mí elegir botín en primer lugar.

Lanagu intentó dirigir una mirada escéptica a la muslera, pero sus ojos deambularon de acá para allá. Sí, se había pasado con la bebida.

—Es imposible que esa muslera le valiese. Tenía las piernas más grandes que tu... casa.

Morka volvió a golpetear en la protección y esbozó una sonrisa burlona.

—La llevaba en el dedo. Tengo un amigo herrero y la adaptó un poco...

—¡¿Qué andáis haciendo, imbéciles?!

El rugido se llevó las palabras que Morka se disponía a decir. El miedo debía de haberle atenazado las tripas, pero estaban llenas de alcohol. Se volvió hacia la escalera con una sonrisa de oreja a oreja.

Había reconocido la voz.

—¡Alto señor supremo Colmillosauro! Me alegro de verte —dijo.

Apenas era consciente de la alarma que había saltado en su cerebro. Se había emborrachado estando de servicio y seguramente eso fuera malo, pero tenía ante sí al héroe de su historia de guerra favorita.

—La batalla del Cruce —añadió—. Estuve allí contigo. Una victoria contra la Legión Ardiente, ¡por la Horda! —Gritó la última parte a pleno pulmón y le agradó oír el eco rebotando en los precipicios que bordeaban el Valle de la Fuerza, aunque le agradó menos que ninguno de los demás se uniera a su grito de guerra. Parecían asustados, incluido Lanagas o comoquiera que se llamase.

Y entonces vio la expresión de Colmillosauro. La vio de verdad.

—El Cruce —dijo Colmillosauro en voz baja—. ¿Estuviste allí?

—Sí, mi señor —respondió sin que se le trabara demasiado la lengua.

—¿Viajaste a las Islas Abruptas?

—No, mi señor.

—¿Asaltaste la Tumba de Sargeras? ¿Te uniste a la lucha en la cuna de la Legión? —La voz de Colmillosauro iba aumentando de volumen con cada pregunta.

—No me invitaron. —Morka hipó y añadió, nerviosa—: Mi señor.

Colmillosauro se le acercó.

—¿Que no te invitaron? ¿Es que tienen que invitarte a cumplir con tu deber? ¡Pues date por invitada formalmente a mantenerte sobria mientras proteges Orgrimmar!

Lo dijo gritándole a la cara. Morka no se atrevió ni a parpadear.

Colmillosauro alzó aún más la voz.

—¡A lo mejor te apetece explicarle a la jefa de guerra por qué sus guardias se dedican a pasarlo bien y a emborracharse mientras los espías de la Alianza se pasean a sus anchas tras las murallas de la ciudad!

A Morka se le escaparon las palabras de la boca:

—Al infierno con la Alianza y sus espías. No vamos a dejar de divertirnos por ellos.

Colmillosauro se quedó estupefacto. Pero ¿le asomaba una sonrisa en el rostro? Imposible.

—En ese caso, quizá deba pedirles a ellos que se ocupen de las guardias. ¡No podrían hacerlo peor que vosotros!

Le quitó el odre a Morka, cató el líquido del interior y lo escupió con gesto ofendido.

—Su bebida al menos está buena. ¡Preferiría volver a beber sangre de demonio antes que esto!

Tiró el odre almenas abajo y se volvió hacia uno de los antorcheros de acero de la muralla. Las antorchas solo eran necesarias de noche, pero según las normas, debían estar encendidas en todo momento. La llama de esta llevaba horas apagada.

—¡Apagada! ¡Qué detalle por vuestra parte que les ofrezcáis un pasillo oscuro a todos los pícaros de la Alianza que hay en el continente!

Les dio la espalda a los guardias y bramó hacia la ciudad de Orgrimmar mientras alzaba la antorcha apagada:

—¿Verdad que sí, amigos de la Alianza? ¿A que se merecen vuestra gratitud?

Una llama bailó al borde de la antorcha que sostenía, prendió unos instantes y luego se apagó con el viento.

Colmillosauro se la quedó mirando. Morka también. Todos la miraban fijamente.

La llama volvió y, por un momento, pareció saludarlo en un gesto claro de agradecimiento. Luego desapareció, dejando únicamente una voluta de humo blanco que, de algún modo, parecía burlarse.

Morka abrió los ojos como platos. Un espía de la Alianza los estaba vigilando. Seguro. Y los había puesto en ridículo a todos.

Colmillosauro devolvió la antorcha al soporte y respiró hondo.

Morka cerró los ojos.

La bronca subsiguiente hizo que le pitaran los oídos. Insultó a sus antepasados, cuestionó la inteligencia de sus camaradas y puso en duda la existencia de sus agallas. Describió sus cuerpos como sacos de estiércol lo suficientemente flexibles como para llevar a cabo actos imposibles. Sugirió que habría sido preferible que hubieran muerto a manos de la Legión para no deshonrar con su supervivencia a la Horda. Lamentó incluso que no hubieran sido los primeros en presentarse ante Sargeras cuando tenía Azeroth envuelto en su amoroso abrazo, pues el hedor habría expulsado al Titán Oscuro.

Morka estaba segura de que esas palabras se perpetuarían varias generaciones. Mil años después, sus descendientes se despertarían de noche con sudores fríos y con la furia del alto señor supremo taladrándoles el cráneo.

Y entonces, cuando la voz de Colmillosauro ya se había reducido a un murmullo áspero, les dijo que seguirían de guardia el turno siguiente. Y el siguiente. Y solo después pensaría en un castigo adecuado.

Luego se marchó.

Los guardias se quedaron pasmados, mirándose. Luego volvieron a sus puestos sin mediar palabra, bamboleándose levemente y con la mirada fija en el camino que llevaba hasta la ciudad. Seguían vivos porque la vergüenza no mata.

Horas después, Morka se dio cuenta de que Colmillosauro no les había preguntado sus nombres. Sintió un tremendo alivio. Después de todo, no podría imponerles más castigos.

* * *

Colmillosauro llegaba tarde a la cita con la jefa de guerra. Mientras volvía caminando a la ciudad tuvo que reprimir una sonrisa.

¿Guardias de Orgrimmar borrachos en horas de servicio? Como oficial le espantaba, pero como superviviente lo entendía.

La mayor parte de la Horda seguía alborozada por la derrota de la Legión. Como tantos otros soldados valientes, tendrían que estar muertos, pero de algún modo, gracias a los esfuerzos de unos cuantos campeones admirables, su mundo seguía siendo libre. Era lógico que festejaran la vida que podían haber perdido.

Pero las celebraciones había que dejarlas a su debido momento, y a esos guardias no se les volvería a olvidar.

No vio a nadie vigilando la entrada del Fuerte Grommash. Era extraño, pero no preocupante. La jefa de guerra se bastaba y sobraba para defenderse.

Entró en la sala de mando. Sylvanas Brisaveloz lo esperaba a solas. Aquello tampoco era habitual.

—¿Solo nosotros, jefa de guerra? —preguntó.

—Nathanos está fuera —dijo ella—. Se encargará de que la Alianza no nos espíe hoy.

—No lo he visto.

—Claro que no —dijo ella.

Se reunió con ella en la mesa grande que ocupaba el centro de la sala, sobre la que había un mapa detallado de Azeroth y sus continentes. Incluso la Isla Errante estaba dibujada con lápiz graso: parecía que nadase hacia las Islas Abruptas. Seguro que los exploradores pandaren estaban encantados de saber que las islas se podían visitar sin peligro a raíz de la derrota de la Legión. Bueno, más o menos sin peligro.

En el mapa había otras marcas más relevantes. Estaban los últimos paraderos conocidos de las flotas de la Alianza (Colmillosauro no vio nada que le sorprendiera) y unos cuantos lugares en los que los batidores y exploradores de la Alianza se habían enfrentado con los goblins cerca de Silithus. La Alianza vigilaba la actividad de la Horda en aquella zona, pero no habían pasado a la ofensiva para tomar la región. Todavía.

Nada de aquello insinuaba el motivo de la convocatoria de Colmillosauro.

—He de hacerte una pregunta, alto señor supremo —dijo Sylvanas—. Si te ordenara que destruyeras Ventormenta, ¿cómo lo harías?

Colmillosauro guardó silencio un momento. Se preguntó si sería una broma o le estaría tomando el pelo, pero la jefa de guerra hablaba totalmente en serio.

—No lo entiendo —dijo.

Sylvanas tamborileó con los dedos sobre el mapa como si pudiera aplastar el núcleo del poder militar de la Alianza con el pulgar. No sonreía.

—Es una pregunta muy sencilla. Imagínate que te ordeno que destruyas Ventormenta hoy. ¿Qué harías?

«Te desafiaría a mak'gora porque te habrías vuelto loca», pensó el orco. Pero la pregunta era sencilla y la respuesta, desoladora. Contestaría con una simple demostración.

Varias figuritas de piedra que representaban diferentes unidades militares bordeaban la mesa. Empezó a colocarlas sobre el mapa alrededor de Ventormenta, centrándose primero en las tropas de la Alianza. ¿Cómo se defenderían en un asedio? Con soldados en las almenas; balistas y cañones tras ellos para disparar ante cualquier intento de abrir una brecha en la muralla; grifos en las colinas para interceptar las maniobras aéreas de flanqueo; barcos en el puerto y taumaturgos en todos los frentes posibles. Ventormenta era una ciudad portuaria con un terreno fácil de defender.

A continuación, Colmillosauro colocó las fuerzas de la Horda que se enfrentarían a ellos. No pintaba bien.

—Nunca destruiríamos Ventormenta con un ataque terrestre directo. No tenemos suficientes barcos para llevar a nuestros ejércitos al Bosque de Elwynn sin que nos intercepten.

Tocó el mar frente a la costa de Ventormenta. El desastroso ataque sobre la Costa Abrupta solo había dejado una opción, pero era casi imposible aprovecharla.

—La armada de la Alianza sigue siendo su punto flaco. La nuestra podría cogerla por sorpresa. Es posible que nuestra flota tomara el puerto, pero no conquistaríamos la ciudad.

La flota de la Horda también había sufrido. Aunque derrotara a la de la Alianza —algo cuando menos dudoso—, tendrían los mismos problemas que en un avance por tierra: no había suficientes navíos para transportar a las fuerzas terrestres necesarias para tomar y defender la ciudad. Cualquier ataque de superficie contra Ventormenta fracasaría.

—Sacarían a los defensores de la muralla, los enviarían al puerto y nos rechazarían —concluyó.

—Estoy de acuerdo —dijo Sylvanas—. Sería un desastre. Espero que pronto superemos a la Alianza en el mar, pero, aun así, habría que enviar a toda la flota. Las demás naciones de la Alianza invadirían nuestros territorios como represalia y no podríamos detenerlos. Teniendo en cuenta todo lo anterior, ¿cómo destruirías Ventormenta, alto señor supremo Colmillosauro?

Colmillosauro tuvo que refrenar su tono.

—¿Quieres que te mienta, jefa de guerra? ¿Quieres que te diga que es posible aunque no lo sea?

—No.

La mirada fulgurante de Sylvanas se clavó en sus ojos.

—No pienses en Ventormenta como el primer objetivo, considéralo la meta final. ¿Cómo llegarías hasta allí?

Un escalofrío recorrió la espalda de Colmillosauro.

—Ese sería un camino largo y sangriento.

—Lok'tar ogar —dijo ella.

Colmillosauro sintió un arrebato de cólera. Sabía que no lo estaba disimulando, pero le daba igual.

—¿Tantas ganas tienes de librar otra guerra después de todo lo que hemos vivido?

Tiró de un manotazo las miniaturas de piedra, que cayeron de la mesa y traquetearon por el suelo de la sala de mando. Retrajo los labios, enseñando los colmillos y los dientes. Harían falta mil batallas, mejor dicho, mil victorias, para imaginar siquiera un triunfo absoluto de la Horda sobre la Alianza. Habría que pagar un precio catastrófico. ¿Y cuál sería la recompensa? ¿Derramar sangre de la Alianza y calcinar unas cuantas ciudades? La Horda no podría celebrarlo mientras rebuscaba entre las cenizas de sus hogares y de los seres queridos que caerían en combate.

—No eres Garrosh Grito Infernal. ¿Por qué quieres volver a meter a la Horda en una escabechina?

Pese a la furia del orco, los ojos de Sylvanas no vacilaron.

—Si me consagrara a la paz con la Alianza, ¿duraría un año?

—Sí —dijo secamente Colmillosauro.

—¿Y dos años? ¿Cinco? ¿Diez? ¿Cincuenta?

Colmillosauro sintió que la trampa se cerraba a su alrededor y no le gustó.

—Luchamos codo con codo contra la Legión Ardiente. Se crearon lazos difíciles de romper.

 —El tiempo rompe todos los lazos.

Sylvanas se inclinó sobre la mesa. Sus palabras volaron como flechas:

—¿Tú qué crees, que la paz durará cinco o cincuenta años?

El orco también se inclinó hacia delante y se acercó hasta que su cara quedó a escasos centímetros de la de ella. Ninguno de los dos parpadeó.

—Lo que yo crea da igual, jefa de guerra. ¿Qué crees tú?

—Creo que los exiliados de Gilneas jamás perdonarán a la Horda que los expulsaran. Creo que los humanos de Lordaeron piensan que es una blasfemia que mi pueblo aún controle su ciudad. Creo que no es fácil enmendar el antiguo cisma entre nuestros aliados de Lunargenta y sus parientes de Darnassus.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Sylvanas. No era agradable.

—Creo que la tribu de los Lanza Negra no ha olvidado quién los echó de sus islas —prosiguió—. Creo que todos los orcos de tu edad se acuerdan de los años que pasaron encarcelados en campamentos inmundos, sumidos en la desesperación y sobreviviendo de las migajas de los humanos. Creo que todos los humanos recuerdan los relatos de la terrible Horda que provocó tanta destrucción en su primera invasión, y creo que les echan la culpa a los orcos, independientemente de lo que tu pueblo haya hecho para redimirse. Y recuerdo muy bien que mi primer Renegado y yo fuimos leales ciudadanos de la Alianza. Morimos bajo aquel estandarte y nos lo pagaron persiguiéndonos como si fuéramos alimañas. Creo que no habrá paz permanente con la Alianza a menos que impongamos nuestras condiciones en el campo de batalla. Y como creo todo eso, respóndeme, Colmillosauro: ¿de qué sirve retrasar lo inevitable?

«Por los espíritus, es despiadada».

Hubo unos instantes de silencio entre ellos. Cuando Colmillosauro retomó la palabra, su voz se había calmado:

—Entonces deberíamos hablar de prepararnos para la próxima guerra, no de iniciarla hoy.

—Eso hacemos —dijo ella—. Eres la única criatura viva que conozco que ha conquistado tanto Ventormenta como Orgrimmar, Colmillosauro. Dices que con nuestros efectivos actuales es imposible lanzar un ataque frontal contra Ventormenta. ¿A la Alianza le pasa lo mismo? ¿Bastan las defensas naturales de Orgrimmar para rechazar un ataque por sorpresa?

«No», concluyó Colmillosauro al instante. Se rebelaba contra la idea, pero todos los argumentos en sentido contrario que se le ocurrían se derrumbaban enseguida. Orgrimmar estaba más expuesta que Ventormenta. El puerto estaba fuera de la muralla y por eso era vulnerable. La guerra civil contra Garrosh Grito Infernal lo había demostrado. No sería fácil volver a irrumpir en Orgrimmar —Colmillosauro había pasado años asegurándose de ello—, pero podía hacerse y él sabía cómo. «Atraen a la armada, desembarcan tropas en Durotar y Azshara, aíslan la ciudad, inician el asedio desde dos direcciones, esperan a que la ciudad se muera de hambre...».

—Mi obligación es asegurarme de que eso no suceda, jefa de guerra.

—¿Y si sucede?

Colmillosauro soltó una carcajada amarga.

—En ese caso, la Horda cargará hacia la batalla y morirá con honor, porque tras la muralla solo nos espera una muerte lenta.

Sylvanas no rio con él.

—Mi obligación es impedir que eso suceda.

—El muchacho de Ventormenta no iniciará una guerra mañana —dijo Colmillosauro.

La jefa de guerra frunció el ceño.

—¿Con Genn Cringrís hablándole al oído? Ya veremos.

Colmillosauro tenía que reconocer que aquello sí era motivo de preocupación. En el fragor de la batalla contra la Legión Ardiente, Cringrís había organizado una misión para matar a Sylvanas. Una misión que había provocado la destrucción de algunas de las pocas naves que le quedaban a Ventormenta.

Se rumoreaba que Cringrís había ordenado el ataque sin permiso de Anduin, pero, por lo que sabía Colmillosauro, no lo habían castigado por ello. Las implicaciones de este hecho eran preocupantes, y todas las posibles explicaciones llevaban a la misma conclusión: el viejo huargen siempre empujaría a la Alianza hacia la guerra contra la Horda.

Los ojos de Sylvanas centellearon.

—Y el muchacho se está haciendo hombre. ¿Y si ese hombre decide que no le queda más remedio que declararnos la guerra?

Señaló el mapa. Había una marca grande en Silithus, el lugar donde la espada del Titán Oscuro había penetrado en el mundo.

—Haga lo que haga yo, eso hará que cambie el equilibrio de poderes. Está apareciendo azerita por todo el mundo, Colmillosauro. Ni la Alianza ni nosotros conocemos todo su potencial. Solo sabemos que cambiará radicalmente la manera de hacer la guerra. ¿Cómo será dentro de veinte años? ¿Y de cien?

—Merece la pena aspirar a cien años de paz —repuso Colmillosauro con un gruñido grave.

Pero en cuanto las palabras salieron de su boca, quiso retirarlas. Sabía lo que iba a decir Sylvanas.

Y él estaba de acuerdo.

La jefa de guerra no lo decepcionó:

—Si los cien años de paz terminan en una guerra que aniquila a ambos bandos, no merece la pena. Cambiar el futuro por la comodidad temporal es un trueque cobarde. Los hijos de la Horda, y los hijos de sus hijos, maldecirán nuestro recuerdo mientras arden.

Su voz se suavizó, pero solo un poco.

—Si hubiera misericordia en esta vida, tú y yo disfrutaríamos de paz el resto de nuestros días. Ya hemos visto demasiada guerra, pero aún nos queda mucha más.

«En eso estamos de acuerdo».

—¿Entonces ya estás decidida, jefa de guerra? ¿Nos llevas a la guerra? ¿Pese al coste?

—Veo una oportunidad, y necesito un plan para aprovecharla —dijo Sylvanas.

—¿Y si no logro idear ese plan?

—Pues no haremos nada, por supuesto.

—En ese caso, explícame la «oportunidad» —dijo él—. Porque yo no la veo.

—Sí la ves. Ya la has mencionado —dijo ella—. ¿Por qué es imposible invadir hoy Ventormenta?

—No tenemos suficientes barcos.

Colmillosauro la miró con recelo mientras evaluaba las opciones. «¿Cómo va a ser eso una oportunidad?».

—Podemos destinar los barcos al transporte o a la guerra, pero no a las dos cosas...

La respuesta lo alcanzó con tanta fuerza que le hizo tambalearse. Se le aflojaron las rodillas y se agarró a la mesa con las dos manos. Después de un instante, volvió a mirar a Sylvanas, lívido.

Lo había llevado hasta una verdad que no había visto y de repente le parecía que el mundo entero había cambiado. Hacía unos segundos, en lo más profundo de su ser sabía que la guerra era imposible.

Pero ahora...

—¿Ya lo has entendido? —preguntó Sylvanas en voz baja.

Colmillosauro no dijo nada. No podía. Había estado tan centrado en defender a la Horda de la Legión que no había visto las consecuencias de aquella guerra.

La Alianza y la Horda llevaban años en una especie de punto muerto. Ambos bandos eran poderosos y tenían fuerzas destacadas por todo el mundo. No era posible entrar en acción sin sufrir una represalia inmediata. Por eso, Varian Wrynn había decidido no aplastar a la Horda tras el asedio de Orgrimmar; sabía cuántas vidas le habría costado a su pueblo. Y visto en retrospectiva, habría supuesto la muerte de Azeroth, pues la Horda y la Alianza habían tenido que emplear todas sus fuerzas para asegurar la supervivencia del planeta.

Pero la Costa Abrupta había desequilibrado la balanza, ¿no? El desastroso contraataque lanzado contra la Legión había destruido una parte importante de las flotas de ambas facciones y los meses de guerra subsiguientes habían acentuado el problema. La Horda y la Alianza mantenían posiciones fuertes en todos los continentes, pero ahora carecían de medios para reforzarlas o trasladar sus tropas a otros frentes.

«Hasta que reconstruyamos la armada, nadie controla los mares».

Para eso harían falta años. Y cuando sucediera, el punto muerto volvería y el coste de la guerra sería demasiado elevado.

Por todos los espíritus, Sylvanas tenía razón por mucho que Colmillosauro tratase de negarlo. La guerra volvería algún día y, si las dos facciones eran fuertes, arrasaría naciones enteras. ¿Cuántos pueblos de Azeroth se extinguirían en la lucha?

«Pero, hasta entonces, ambos bandos tienen debilidades y poco tiempo para aprovecharlas. Nos saldrá caro, pero podremos sobrevivir».

—Crees que podemos conquistar Kalimdor —dijo él—. Todo el continente.

No era una pregunta. La Alianza era más fuerte en los Reinos del Este. La Horda, en Kalimdor.

Sylvanas inclinó levemente la cabeza.

—Sí.

Colmillosauro ya lo estaba planeando con cuidado. ¿Dónde tendría que atacar la Horda? ¿En el Monte Hyjal? ¿En la Isla Bruma Azur? No, el poderío militar de la Alianza estaba concentrado en un solo lugar; allí estaban destacadas sus fuerzas y desde allí podían enviarlas al resto del continente.

—Darnassus —dijo entre dientes—. Teldrassil, el Árbol del Mundo. Jefa de guerra, aunque fuera posible...

—¿Es posible? —preguntó ella—. Si enviáramos un ejército a la Costa Oscura para tomar el Árbol del Mundo, ¿la Alianza nos detendría?

«No. Al menos, si el ataque los coge por sorpresa. Si la Horda consigue no quedarse empantanada en Vallefresno...».

—Alto señor supremo —insistió Sylvanas—, di lo que piensas. ¿Es posible?

—Es posible —dijo lentamente Colmillosauro—, pero no sin graves consecuencias.

—Desde luego.

—Ganaríamos una batalla, no la guerra —dijo Colmillosauro—. Si alteramos el equilibrio de poderes, la Alianza responderá. Nuestras naciones en los Reinos del Este serían vulnerables a las represalias.

—Sobre todo la mía —dijo Sylvanas.

El alto señor supremo se alegraba de que lo hubiera dicho ella y no él. ¿Qué objetivo exigiría Cringrís que atacara la Alianza sino la sede del poder de Sylvanas?

—No sé si podremos proteger Entrañas si la Alianza se une en nuestra contra.

—¿Y si no se unieran? —preguntó Sylvanas con una nueva sonrisa—. ¿Y si estuvieran divididos?

«Entonces ganaría la Horda».

—¿Cómo? Si atacamos por sorpresa el hogar de los elfos de la noche, toda la Alianza querrá vengarse.

—Al principio, sí. Se enfurecerán y se unirán en contra de nuestra agresión —dijo ella—. Pero ¿qué querrán los elfos de la noche por encima de todo? Exigirán a la Alianza que los ayude a reconquistar su hogar.

«Pero la Alianza no tendrá suficiente poder, ni en Kalimdor ni en sus flotas».

Otra vez. Lo había vuelto a hacer. Le había hecho ver una nueva posibilidad y su mundo volvía a tambalearse bajo sus pies. Las repercusiones estratégicas se desplegaron ante él como la Vorágine.

—Tardarán años en plantearse la reconquista de Darnassus.

—Lo has entendido, alto señor supremo —dijo Sylvanas—. Piénsalo bien. ¿Qué sucede a continuación?

—Podrían tratar de conquistar Entrañas..., pero tendríamos Darnassus como rehén. Los elfos de la noche no permitirán que tu ciudad caiga si temen que tú destruyas la de ellos. Y lo mismo se aplica a un ataque contra Lunargenta.

Las ideas asaltaron la mente de Colmillosauro. «Tiene razón. Podría funcionar».

—Incluso si la Alianza aceptara reconquistar Darnassus... ¡Los gilneanos!

Los ojos de Sylvanas desaparecieron bajo el borde de la capucha.

—Perdieron su país hace años. Los gilneanos se enfurecerán si la Alianza antepone a los kaldorei —dijo ella—. El muchacho de Ventormenta tendrá una crisis política en sus manos. Es inteligente, pero no experimentado. ¿Qué sucederá cuando Genn Cringrís, Malfurion Tempestira y Tyrande Susurravientos le exijan que actúe de manera diferente? No es un rey reverenciado como su padre. Los demás lo respetan por cortesía, no por obligación. Anduin Wrynn se convertirá enseguida en un líder incapaz de actuar. Si la Alianza no marcha unida, cada nación se cuidará de sus intereses. Cada ejército volverá a casa para defender sus tierras ante nosotros.

—Y así es como caerá Ventormenta.

Colmillosauro estaba impresionado. Era brillante. No harían falta mil victorias para destruir la Alianza. Bastaría con una. Con una sola ofensiva estratégica, la presión inutilizaría a la Alianza durante años, siempre que no obraran milagros en el campo de batalla.

—Quieres destruir la Alianza desde dentro. Su poderío militar no sirve de nada si sus miembros están aislados. Luego firmaremos la paz con cada país y los iremos amputando de la Alianza, uno a uno.

—Para que un enemigo se desangre, le infliges una herida incurable. Por eso necesito que traces el plan, alto señor supremo —dijo Sylvanas—. En cuanto iniciemos el ataque, no habrá vuelta atrás. Solo dividiremos a la Alianza si la guerra para conquistar Darnassus no los une en nuestra contra. Eso solo sucederá si la Horda consigue una victoria honorable, y no estoy ciega: la Horda no confía en que yo libre así la guerra.

De nuevo tenía razón. Colmillosauro escogió con mucho cuidado sus siguientes palabras.

—Tardaré algún tiempo en prepararlo. Tal vez no sea posible si la Alianza vigila todos nuestros movimientos.

La sonrisa de Sylvanas se ensanchó.

—Creo que sus espías pronto serán nuestra principal baza.

Segunda parte: La marcha a Silithus

A Colmillosauro le despertó un ruido en el exterior de su alcoba y dio un respingo. Olía a sangre. A enemigo.

«La Alianza ha venido a por mí».

En un mismo movimiento, agarró una daga que había sobre el colchón y lanzó una puñalada a la altura de la rodilla. Si hubiera habido alguien al lado de la cama, lo habría lisiado.

La hoja no toco más que aire. Estaba solo.

Un rostro apareció asomado al marco de la puerta.

—Buenos días, alto señor supremo —dijo el visitante, y luego añadió, con tono irónico—: ese ha sido un buen tajo.

—Sigues apestando a humano —dijo Colmillosauro mientras dejaba la daga—. Es peligroso.

Nathanos Clamañublo le ofreció una sonrisita socarrona y permaneció fuera, en la pasarela. —Tenemos que hablar.

Colmillosauro se puso unos calzones sueltos y se reunió con él. Faltaba poco para el amanecer y ya clareaba. En cualquier caso, tendría que haberse despertado en breve.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Nathanos se rascó la barbilla. Fue un movimiento torpe, como si aún no se hubiera acostumbrado a la forma de la cara. Colmillosauro no le había preguntado al forestal Renegado cómo había recibido un cuerpo nuevo. No tenía claro que quisiera saberlo. Además, tampoco recibiría una respuesta sincera.

—Durante la noche hemos detectado cinco espías de la Alianza.

Colmillosauro gruñó. En aquellos tiempos no era tan raro.

—¿Y?

—Dos de ellos trataban de escalar la torre hasta tu alcoba.

—Hum.

Aquello sí que era raro, aunque lo más probable es que solo quisieran echar un vistazo a las cartas que Colmillosauro tuviera en su habitación.

—Si les hubieran ordenado que me mataran, habrían mandado más. ¿Llegaron hasta aquí?

Nathanos negó con la cabeza.

—Me ocupé de ello.

—¿Sí?

Colmillosauro reparó por vez primera en un par de manchas aún húmedas en la capa azul del Renegado. Cogió la daga de la funda del cinturón de Nathanos. Nathanos entornó los ojos, pero no se opuso. El Renegado había limpiado la hoja antes de envainarla, pero no del todo.

Colmillosauro enseñó los dientes. «Por eso olía a sangre».

—¿Los mataste a los dos?

Nathanos recuperó la daga. Miró a otro lado con sus ojos rojos.

—A uno. Un humano. No ha dicho gran cosa. —O sea, que había torturado al espía antes de matarlo—. El otro era un kaldorei, creo. Son muy hábiles de noche. Se escapó.

—Bien —dijo bruscamente Colmillosauro—. Necesitamos que la Alianza crea que controla la situación. La jefa de guerra te dijo que no cazaras a sus espías. Obedécela.

—No encontrarán el cadáver —repuso Nathanos.

—Ni les hace falta.

Los espías solo desaparecían por dos motivos: se cambiaban de bando o los mataban, y ningún humano se uniría a la Horda. «Ningún humano vivo», se corrigió a sí mismo.

—Si te vuelves a topar con uno, déjalo marchar, ¿entendido? Finge que se te ha escapado.

—Sí, mi señor.

Nathanos inclinó la cabeza con calma.

—¿Marchan bien las conversaciones con la jefa de guerra?

—¿Qué te ha dicho? —preguntó el orco en voz baja.

Nathanos no respondió, algo que en sí mismo era una respuesta. «No le ha dicho nada».

Colmillosauro gruñó y se inclinó para acercársele.

—Sabes de sobra que no tienes que hacer esas preguntas abiertamente.

Nathanos ni se inmutó.

—No nos escucha nadie. Siempre que esté a tu lado o vigilando la habitación en la que estés, la Alianza no conocerá tus palabras, aunque debemos suponer que sí oirán todo lo demás.

No era arrogancia. Nathanos tenía el don de ir adonde no lo querían y de descubrir a quien trataba de hacer lo mismo. También era el consejero más cercano de la jefa de guerra. Si de verdad no sabía nada, era buena señal. Significaba que Sylvanas había sido sincera y que dejaba el asunto en manos de Colmillosauro.

Así que Colmillosauro decidió utilizar a Nathanos.

—Silithus —dijo.

Esta palabra le ganó una mirada de reojo.

—¿Qué pasa con Silithus?

—Silithus —repitió el alto señor supremo—. Recuerda ese nombre, pero no lo digas en voz alta.

Nathanos se movió un poco para orientar el cuerpo entero hacia el orco.

—La zona que rodea la espada es segura, ¿no? ¿Ha ocurrido algo?

—No, tú te aseguraste de que la Horda controle férreamente Silithus y todos sus depósitos de azerita —respondió el orco con voz tranquila—. Me gustaría que siguiera siendo así. Dentro de unos días enviaré a varios cientos de soldados al sur. Protegerán la ruta y reforzarán las defensas de la espada.

Saltaba a la vista que Nathanos recelaba de cada palabra que pronunciaba, pero aun así le siguió la corriente.

—¿Proteger la ruta? ¿Para quién? ¿A cuántos más vamos a enviar?

—¿Cuántos más crees que serían necesarios?

—Ninguno —replicó de inmediato el Renegado—. La Horda no debería malgastar tropas en un desierto que la Alianza no tiene intención de invadir. Dividiría nuestras fuerzas mientras el enemigo acecha en la ciudad.

Colmillosauro se encogió levemente de hombros.

—Puede que la jefa de guerra esté de acuerdo contigo. O puede que sea yo quien lleve a los soldados hasta allí dentro de un mes.

El orco observó con atención a Nathanos. El no-muerto parpadeó una vez, luego dos y por fin asintió.

—Puede que no me guste la idea, pero, si es por el bien de la Horda, puede que no diga nada al respecto. Salvo en alguna que otra ocasión. A lo mejor los enemigos terminan viendo lo frustrado que estoy.

«Lo ha entendido».

—Sobre todo —dijo Colmillosauro—, la Alianza se preguntará por qué marchamos ahora. ¿Qué me mueve a hacerlo? La Horda entera se preguntará lo mismo. Correrán los rumores y las preguntas. La Alianza hará todo lo posible para averiguar la verdad.

Nathanos entornó los ojos. Si hubiera existido una respuesta a la pregunta, si la Horda hubiese descubierto un motivo convincente para marchar hasta allí, él lo habría sabido.

—Y cuando no hayan logrado descubrir la respuesta, a pesar de contar con un ejército de espías, se inquietarán.

—No puedo predecir lo que harán —dijo Colmillosauro—, pero algo harán. Y quizá surja una oportunidad.

—No es un gran plan —observó Nathanos, pero contrajo las comisuras de los labios—. Aun así, la estrategia es divertida, y eso me gusta.

Dicho esto, dio media vuelta y se marchó por la escalera de la torre. En Orgrimmar ya eran tres los que conocían el engaño que Colmillosauro intentaría poner en marcha. El círculo se ampliaría un poco en las semanas siguientes, pero no demasiado. No convenía.

Para conquistar Darnassus, Colmillosauro tendría que movilizar a la Horda para la guerra. Miles de soldados se prepararían para una larga marcha, reunirían cantidades ingentes de pertrechos y se dispondrían para la batalla de incontables formas. No podría ocultárselo a la Alianza. De hecho, casi esperaba que Ventormenta estuviera mejor informada que él sobre los soldados y pertrechos de la Horda. Incluso contaba con que los siguieran en cada etapa del viaje, aprovechando cualquier oportunidad para sabotear ejes de carros, destruir armas y hacer bobadas similares.

Entonces, ¿cómo iban a lanzar un ataque por sorpresa?

«Haciendo que los espías de la Alianza transmitan información errónea», había dicho Sylvanas.

Tenía razón. Para que la campaña culminara con éxito, los espías de la Alianza tenían que convertirse en la principal baza de la Horda. Tenían que informar a Ventormenta de que la Horda iba muy al sur, no al oeste, y de que se preparaban para una guerra a años vista, no para dentro de unas semanas.

Era hora de ponerse manos a la obra.

* * *

El intendente Nargol se quedó mirando el pergamino con gesto horrorizado.

—¿De dónde ha salido esta lista?

—Del alto señor supremo Colmillosauro —dijo el mensajero trol.

El orco se rascó la barbilla.

—Quiere más de lo que tengo. Tendré que hacer malabares con los cargamentos de víveres y habrá que comprarles sus carros a muchísimos mercaderes para el transporte. Los herreros tendrán que trabajar día y noche. Aun así, tardaré dos meses en reunir todo esto.

«Y hará falta un milagro».

—Pueh tieneh un meh —dijo el trol.

—¿¿Qué??

Nargol volvió a mirar el pergamino. Esa cantidad de suministros bastaba para alimentar a medio ejército de la Horda durante un año.

—¿Pero qué planea Colmillosauro?

El trol se encogió de hombros.

* * *

Fue un milagro que la explosión no matara a nadie. La forja había empezado a chisporrotear, silbar y gotear metal fundido, con lo que todo el mundo tuvo tiempo de echar a correr antes de que, en una violenta sacudida, inundara el Yunque Ardiente de metralla abrasadora.

El maestro herrero Saru Furiacerada había salido ileso, pero con ganas de hablar.

—Uno de los aprendices ha debido de dejar la pizarra vil demasiado tiempo en el fuego, y ya sabéis cómo se pone el acero demoníaco.

El ruido había alarmado a media ciudad y dejado en muy mal estado el interior del edificio. Al momento, corrió el rumor de que la Alianza había saboteado la forja.

—Qué bobada —le dijo Furiacerada a todo el que quiso escucharlo—. Ha sido uno de mis estúpidos aprendices. A veces se cometen errores.

Incluso el alto señor supremo Colmillosauro había acudido a inspeccionar los daños.

—Orgrimmar cumple con todos los herreros y todas las forjas —anunció—, y me aseguraré de que se repare y quede como nueva en menos de una semana.

Incluso llegó a prometerlo por escrito. «En breve se reemplazará cada fragmento de azerita perdido en la explosión».

Furiacerada estaba desconcertado. Aceptaría cada gramo de azerita que le consiguieran, pero aquel día no tenían nada en la forja. Estaba seguro. A Colmillosauro lo habían informado mal.

«Por otro lado», pensó, «si corre el rumor de que soy el único herrero de Orgrimmar capaz de trabajar la azerita, le vendrá muy bien a mi reputación».

Guardó la carta en una talega de cuero que escondía tras un panel bajo su fragua preferida. Unos días después reparó en que había un arañazo en el panel, como si alguien lo hubiera abierto a la fuerza para mirar dentro, pero parecía improbable. No habían robado nada. Todo, incluso la carta, estaba donde recordaba haberla puesto.

Bueno, puede que la carta estuviera en otro bolsillo de la talega, pero...

* * *

Sylvanas Brisaveloz respiró hondo y luego musitó irritada.

—Si no queda más remedio, yo me ocuparé de ellos.

Colmillosauro estuvo un rato sin decir nada. Era mala idea, pero de momento era la mejor que se les había ocurrido.

Colmillosauro y Sylvanas llevaban días debatiendo sobre tácticas y estrategia y les había quedado claro que en su plan había dos agujeros enormes e inevitables: Malfurion Tempestira y Tyrande Susurravientos. Los líderes de los elfos de la noche eran poderosos, peligrosos y quizá imbatibles en el campo de batalla. Por mucho que el ataque sorprendiera a los kaldorei, en cuanto comenzaran los combates los dos sembrarían el pánico en la Horda. Llevaban tanto tiempo vivos, y habían sobrevivido a tanto, que Colmillosauro tuvo que considerar la posibilidad de que contuvieran a la Horda el tiempo suficiente para que la Alianza mandara refuerzos. Vallefresno era su tierra natal, al fin y al cabo. Implorarían para su causa la ayuda de la naturaleza.

Sylvanas quizá pudiera competir con uno de ellos, pero hasta ella sabía que enfrentarse con los dos en solitario no era... la mejor estrategia. La desinformación no les serviría para resolver este dilema. ¿Qué información falsa se podía pasar a un tropel de espías de la Alianza para que Darnassus mantuviera a sus dos líderes al margen de la guerra en cuanto estallara?

—Esperaremos una oportunidad —murmuró Colmillosauro—. Y si nos la ofrecen, la aprovecharemos.

Sylvanas asintió.

Seguían viéndose todos los días. Acabarían llamando la atención, así que iban a necesitar una explicación. Colmillosauro trató de elaborarla con cuidado. Nunca criticó a la jefa de guerra, y siguió profesando abiertamente su lealtad como cualquier orco honorable, pero también se aseguró de que se le viera salir visiblemente afectado y humillado de todas las reuniones.

Dio resultado. Sylvanas le enseñó el pergamino de un espía de Ventormenta.

—La Alianza sospecha que nos llevamos a matar —dijo, y luego añadió con un atisbo de ironía—: Y creen que eres tú quien defiende una acción militar directa, pese a mis reservas.

Nathanos debía de haberse superado con sus quejas fingidas. Los espías buscaban información oculta y no se fiaban de casi nada de lo que escuchaban. No se les engañaba contándoles una mentira directa, sino enterrando una mentira hasta el punto de que tenían que esforzarse y arriesgarse para descubrirla. Si el enemigo intentaba ocultar un secreto a la desesperada, es que tenía que ser cierto. Ese sesgo teñiría todos los informes que remitirían a sus superiores.

Y no les costaría creer que Colmillosauro se irritara ante las órdenes de Sylvanas Brisaveloz, porque en cierto modo, así era. Sería fácil creer que el viejo orco tenía ganas de derramar sangre en combate, mientras que la Reina alma en pena prefería aprovechar las oportunidades que le brindaba actuar desde las sombras, porque así es como ambos habían hecho la guerra en el pasado. No se parecían en nada. Eran de pueblos distintos. Veían el mundo de forma diferente. Su constante enfrentamiento no sorprendería a nadie.

 Quizá la Alianza llegara a creer que Colmillosauro quería ir a Silithus para alejarse de ella.

Y en tal caso, ¿qué pensaría del resto de la información que recibía?

* * *

—Quienquiera que mate a un espía de la Alianza recibirá mil monedas de oro —bramó Colmillosauro.

Un murmullo de asombro recorrió las filas de los guardias de Orgrimmar que estaban ante él. La recompensa era mucho más sustanciosa que cualquier otra que les hubieran ofrecido.

—La ciudad es nuestra, pero si la Alianza insiste en quedarse, le mostraremos que somos anfitriones generosos —dijo Colmillosauro con desdén.

Echó el brazo hacia atrás y señaló el Fuerte Grommash. Una docena de picas colgaban del alero de la torre a más de quince metros del suelo.

—Allí es donde clavaremos sus cabezas. Mejor vista de Orgrimmar, imposible.

Los guardias murmuraron con entusiasmo. Colmillosauro vio que varios de ellos ya estaban pensando en qué se iban a gastar las mil monedas de oro. Una pena. Sería toda una sorpresa si llegaban a usar una sola de las picas.

Y seguro que la Alianza se fijaba en otra cosa: ¿acaso no había ofrecido la jefa de guerra quinientas monedas de oro por cada espía capturado unos días antes? Colmillosauro duplicaba la oferta y exigía que mataran, no capturaran, a los espías. Quería que la tensión arreciara, y desafiaba sutilmente a la jefa de guerra para que sucediera. Los indicios de las desavenencias entre la líder y su oficial eran la mejor noticia que podía transmitir un agente de inteligencia.

Sylvanas estaba satisfecha.

—Aprendes rápido las artes del engaño, alto señor supremo —dijo ella—. Pero ¿qué hacemos ahora? ¿Cómo hacemos ver al mundo que cada vez estamos más distanciados?

—¿Tienes algo en mente? —preguntó Colmillosauro.

—Nathanos y tú tenéis que llegar a las manos. En público.

Colmillosauro estaba encantado.

—Deberíamos advertirle. Si piensa que nos estamos peleando de verdad, a lo mejor me obliga a matarlo.

* * *

Nathanos alzó la barbilla.

—¿Cómo de fuerte me permites que te pegue, alto señor supremo?

* * *

—¡Guardias! ¡Guardias! ¡Venid! —gritó Morka.

«He atrapado a uno», pensó, loca de alegría. «He atrapado a un espía».

Había visto un brillo tenue en una sombra cercana. Había arrojado el escudo y aturdido al pícaro con un golpe de suerte.

Lo tenía agarrado, pero el gnomo se debatía, gruñendo y revolviéndose con más fuerza de la que parecía normal en una criatura tan pequeña. Llevaba la cabeza envuelta en una capa negra y no lograba alcanzar su daga.

«¡Por los espíritus, qué escurridizo!». Morka usó su peso para inmovilizar al gnomo contra el suelo, sin prestar atención a los surcos que le labraba en el brazo con las uñas. Un ruido de pasos indicaba que los refuerzos estaban a punto de llegar. Pugnó por sacar una de sus hachuelas del cinturón. Esperaba cortarle la cabeza antes de que otro reclamara la recompensa.

—Será rápido —le dijo con desdén al oído—. Te espera una pica...

Notó una hoja en la garganta.

—Suéltalo. Despacio —le dijo una voz.

«Cómo no. Tenía que haber más de uno». Captó el olor de un humano. Apretaba el filo contra el cuello con la fuerza suficiente como para hacerle sangre. Una leve sacudida y le abriría las venas. La muerte no tardaría en llevársela.

—Suéltalo ya —insistió la voz.

Morka enseñó los dientes, pero la habían pillado. Soltó al gnomo, que corrió hacia las sombras sin mirar atrás.

La voz humana prosiguió:

 —Ahora, retrocede conmigo y...

La orco le agarró de la muñeca y tiró. El cuchillo cayó al suelo, pero su atacante le lanzó un polvo a los ojos con la otra mano. El polvo prendió con un fogonazo que dejó ciega y sorda a Morka. Rodó por el suelo tapándose los oídos, incapaz de oír sus propios gritos. Cuando, instantes después, otras manos la agarraron de los hombros, se debatió con violencia hasta darse cuenta de que eran de un orco y de un tauren. Aliados. Amigos. La levantaron y esperaron a que se recobrara.

Una neblina roja tiñó la mirada de Morka. En su alma pugnaban la vergüenza, la rabia y la humillación.

—Se han escapado —gruñó.

Los demás echaron a correr en busca de los espías, pero la orco se quedó sentada, furiosa consigo misma, librándose del mareo mientras otro guardia le vendaba los arañazos del brazo y del cuello.

El cuchillo del humano seguía en el suelo, así que lo cogió y lo examinó. Qué raro, era de acero de Orgrimmar. «¿Por qué lo tenía un humano?».

La hora siguiente pasó en un abrir y cerrar de ojos. Morka se quedó allí, estudiando el cuchillo, hasta que la encontró un oficial.

—Al alto señor supremo Colmillosauro le gustaría hablar contigo —dijo Nathanos Clamañublo.

No lo conocía personalmente, pero su fama lo precedía y la voz le resultaba familiar. Parecía que cojeaba.

«El día aún puede empeorar bastante». Se rumoreaba que Nathanos y Colmillosauro se habían peleado el día anterior en el Fuerte Grommash. Estar en el mismo lugar con los dos podía resultar desagradable. Morka procuró serenarse.

—Por supuesto. Tú primero.

Lo siguió hasta el Valle de los Espíritus. El Renegado abrió la cortina de una tienda y con un gesto le indicó que pasara.

Morka entró con cierta inquietud. Dentro había un orco herido y vendado que dormía plácidamente. El alto señor supremo Colmillosauro estaba sentado con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en la cortina de la tienda. Tenía un ojo hinchado.

—¿Atrapaste tú al espía? —preguntó.

—Casi, mi señor —dijo Morka.

¿Se acordaría de ella Colmillosauro? No dio muestras de ello, lo que fue todo un alivio.

 —Tenía un amigo. Se me escaparon.

—No eres la primera. Siéntate. —Esperó a que se pusiera cómoda y luego dijo señalando al orco herido—: El espía que encontraste atacó antes a este orco. Es mensajero y lleva información importante para mí.

Morka hizo una mueca.

—¿Sobrevivirá?

—Sí, pero me temo que el espía se largó con todo lo que tenía. —Colmillosauro se inclinó hacia delante—. ¿Viste al segundo espía? ¿Al que te atacó?

Morka negó con la cabeza.

—Olía a humano. Llevaba esto.

Le enseñó el cuchillo.

—Tiene la marca de un herrero de Orgrimmar. Podría haberlo forjado mi pareja. ¿Por qué lo tenía un humano?

Una extraña sonrisa afloró al rostro de Colmillosauro.

—Interesante pregunta. ¿Clamañublo?

El Renegado asomó la cabeza por la entrada de la tienda.

—¿Sí?

—Esta guardia tiene tu daga —dijo Colmillosauro.

La boca de Morka se movió, pero no emitió sonido alguno. «¿Qué acaba de decir?».

Nathanos frunció el ceño y tendió la mano. Morka le dio el cuchillo sin decir palabra, y Nathanos volvió a salir de la tienda.

Colmillosauro se fijó en su expresión. Morka no sabía qué decir; o más bien, si decía lo que pensaba, la ejecutarían por insubordinación.

—Mi señor, yo...

El comandante orco alzó una mano.

—Necesitábamos que el espía huyera. La Alianza debe ver lo que robó —dijo en voz baja—. Era importante. Lo siento, pero que te quede claro: lo has hecho muy, muy bien.

—Gracias —respondió ella con una voz que disimulaba sus nervios.

—Se te ha confiado un gran secreto —prosiguió Colmillosauro—, y has demostrado tu capacidad. No creas que no me he percatado. Voy a necesitar guardias a mi servicio para un nuevo proyecto militar. ¿Querrías ser uno de ellos?

«¿En lugar de tirarme otro año en las almenas? Por supuesto». Su confusión y su cólera habían menguado, aunque no sabía qué responder.

Colmillosauro cambió de tema.

—Dijiste que tenías pareja. ¿Es herrero?

—Sí, alto señor supremo.

—¿Tenéis hijos?

—Ocho —dijo Morka.

Los ojos de Colmillosauro se abrieron de par en par.

—¡Ocho! Por los espíritus... A mí me ha faltado valor para intentar tener uno. Te lo diré claro: ya luchaste conmigo en el Cruce y espero que vuelvas a hacerlo. En breve, igual que entonces, presenciarás una victoria de la que se enorgullecerán tus hijos.

Morka habló sin pensar:

—¿Podré matar soldados de la Alianza?

—Por supuesto.

—En ese caso, acepto, alto señor supremo —dijo.

—Prepárate. Se supone que partimos dentro de unas pocas semanas, puede que mucho antes.

No fue hasta el día siguiente cuando Morka se dio cuenta de que él había recordado, sin preguntar nada, que habían luchado juntos en el Cruce. «Me recuerda de las almenas».

Se sintió afortunadísima de que le hubiera dado una segunda oportunidad.

* * *

La jefa de guerra estaba enfrascada en sus pensamientos.

—La Alianza ha mordido el anzuelo —dijo Sylvanas—. Pero quizá nos estemos precipitando.

Colmillosauro estuvo a punto de soltar una carcajada. «¿Le preocupa que nos precipitemos?».

—Ni en nuestros mejores sueños estaríamos así. Además de picar el anzuelo, la Alianza nos ha dejado la puerta abierta. Ni se imaginan lo que planeamos.

La jefa de guerra acababa de recibir una noticia impactante de sus espías. A Ventormenta le había inquietado tanto la aparente fijación de la Horda con Silithus que había pedido a los elfos de la noche que enviaran allí su flota para vigilar los movimientos enemigos. En esos momentos, la mayoría de los barcos kaldorei navegaban rumbo a Feralas y los elfos tenían la intención de tomar posiciones en lo alto de las colinas que rodeaban la espada de Sargeras.

Colmillosauro no lo había anticipado, pero estaba sinceramente impresionado. Era una maniobra estratégica brillante... si la Horda hubiera enviado allí sus ejércitos de verdad: ocupar terreno defensivo elevado, vigilar al enemigo y tener la posición lista para trasladarse en masa a la región. No creía tan astuto a Anduin Wrynn y mucho menos tan decidido.

Y, por desgracia para la Alianza, no se habían parado ahí. Tyrande Susurravientos planeaba quedarse varias semanas en Ventormenta y elaborar una estrategia a largo plazo para neutralizar los extraños movimientos de la Horda. Ya se había ido de Darnassus. Era el momento perfecto para atacar.

Pero, por algún motivo, la jefa de guerra dudaba.

—Querías lanzar el ataque dentro de tres semanas, alto señor supremo —dijo esta.

—Eso era cuando creía que tendríamos que ocuparnos de Tyrande y Malfurion al mismo tiempo. Ahora solo hemos de contener a uno de ellos —replicó él—. Dispondremos de unos cuantos soldados menos para combatir, pero seguiremos superando a los elfos de la noche en una proporción de ocho a uno en lugar de doce a uno.

Sylvanas pensó en ello.

—¿Qué impide a Tyrande volver corriendo al combate? Sacar a todo un ejército de Ventormenta en un abrir y cerrar de ojos no es posible, pero para una sola criatura es mucho más fácil —dijo con tono lúgubre.

Colmillosauro sabía que era posible, aunque improbable.

—¿Cuántas vidas inocentes sacrificará Tyrande para matar a unos cuantos soldados? —preguntó—. Esa es la duda que se planteará. No será consciente del ataque hasta que haya comenzado. Para cuando Ventormenta le encuentre el sentido, la conquista de Darnassus estará fuera de toda duda. Tyrande puede frenarnos si se une a la batalla después de que ya nos hayamos adentrado en su territorio, o puede usar su poder para acelerar la evacuación y curar a los heridos. Si piensa que no nos detendrá, no habrá disyuntiva. Salvará a su pueblo.

Nathanos por fin tomó la palabra:

—Y tendrás la oportunidad de pillar solo a Malfurion, jefa de guerra.

La mirada de Sylvanas daba que pensar a Colmillosauro. Estaba más molesta de lo que se esperaba. Si la Horda conseguía acabar con Tyrande y Malfurion, sí, sería una gran victoria que debilitaría a la Alianza, pero se supone que el objetivo era conquistar el Árbol del Mundo. Esa cuña partiría en dos a la Alianza, independientemente de quién gobernara a los elfos de la noche.

No por primera vez, se planteó que Sylvanas no le estaba contando todo.

«¿Y acaso importa?», se preguntó.

«No», decidió. La jefa de guerra no mentía sobre la importancia del objetivo, y si tenía planes para después de la inminente batalla… Bueno, para eso era la jefa de guerra.

Sylvanas tamborileaba con los dedos sobre la mesa, pensativa.

—Hay que asegurarse de que Tyrande no vuelva. La evacuación de los kaldorei... Nos vendrá bien que empleen todos sus recursos en sacar a su gente del Árbol del Mundo antes de que lleguemos, ¿no?

—Eso creo, jefa de guerra —dijo Colmillosauro.

Reduciría el número de prisioneros de los que tendría que ocuparse la Horda, sacaría combatientes del frente para proteger la evacuación y significaría que la mayoría de los miembros de la Alianza que supieran usar la magia tendrían que quedarse en Teldrassil para ayudar, en lugar de unirse a la batalla en Vallefresno.

Sylvanas señaló el mapa. La Costa Oscura.

—Tenemos que asustarlos antes de llegar aquí. Si deciden luchar en lugar de huir, la fase final de esta batalla será más complicada que el resto —dijo—. ¿Qué hacemos para que los civiles de Teldrassil tengan tanto miedo que solo piensen en huir?

—La amenaza de una muerte inminente obra milagros —musitó Nathanos—. ¿Llevamos la nueva peste, jefa de guerra?

—¡No! —exclamó Colmillosauro—. ¡Por supuesto que no, imbécil! ¡Si matamos a todo el mundo en el Árbol del Mundo, la Alianza se unirá en nuestra contra!

—Sugería que la llevásemos como amenaza, nada más —dijo Nathanos.

—No funcionaría —dijo Sylvanas. Pareció darle vueltas a algo, pero luego negó con la cabeza—. Colmillosauro tiene razón. La Alianza no creería que la usaríamos. Aniquilar así una ciudad es impensable, un farol sin credibilidad.

—Armas de asedio —dijo de repente Colmillosauro—. Dupliquemos la cantidad de armas de asedio.

Se acercó al mapa y empezó a colocar figuritas de piedra en la Costa Oscura.

—Si llevamos suficientes armas de asedio a la Costa Oscura y las apuntamos hacia Darnassus, habremos ganado. Si se resisten, haremos que llueva muerte sobre ellos. Tendrán que plantarnos cara antes de la Costa Oscura, no después. Evacuarán la zona para no ver destruido su hogar en una batalla decisiva. Cuando lleguemos, el Árbol estará indefenso.

Nathanos estudió el mapa y asintió.

—Tiene razón, jefa de guerra.

Sylvanas lo meditó.

—Eso nos frenará. Tendrás que destacar guardias para proteger las dotaciones de asedio, ya que se convertirán en objetivos prioritarios para los kaldorei.

Al final también asintió.

—Pero funcionará. Pon en marcha el plan, alto señor supremo. Empezamos dentro de una semana.

Colmillosauro se golpeó la armadura con el hacha.

—Por la Horda —dijo.

Sylvanas sonrió.

—Por la Horda.

* * *

En menos de un día, Colmillosauro empezó a revelar el plan real, pero solo a aquellos que lanzarían el primer ataque. Hacía falta mucho tiempo para informar de cualquier plan a un gran número de pícaros, ya que no les gustaban las multitudes ni los sermones, y tenía que hacerlo, como mucho, de dos en dos. Nathanos estaba en otro sitio, informando a otra pareja. Entre los dos tendrían listos a unos cuantos centenares antes del fin de semana.

Tardaba tres minutos en explicar los rudimentos. Simultáneamente, por todo Vallefresno, grupos de infiltrados de la Horda atacarían todos los destacamentos y patrullas de los elfos de la noche. Al menos, ese era el objetivo. Como habían adelantado sus planes, quedaba menos tiempo para explorar y hacer preparativos. Colmillosauro se conformaría si tenían éxito la mitad de los ataques, pero no lo reconocería ante sus soldados.

—¿Alguna pregunta? —preguntó a los dos pícaros que tenía delante.

Y las había, claro. El primer pícaro, un sin'dorei llamado Lorash Rayo de Sol, señaló el mapa de la mesa marcado con los puestos de avanzada y las rutas de patrulla de los elfos de la noche en Vallefresno. Al menos, los conocidos.

—Nos pides que provoquemos una guerra con la Alianza —dijo.

—¿Te supone eso algún problema?

Las cejas de Lorash se crisparon.

—Ni mucho menos, pero la recompensa que ofreces no es suficiente. Si esperas que lancemos los ataques al mismo tiempo y en el mismo día... —Suspiró—. Algunos tendremos que atacar en momentos inoportunos. Correremos un gran riesgo.

Colmillosauro caviló.

—Os he confiado una parte de la información. Puedo ofreceros algo más. Este es el objetivo final.

Dio un golpecito en el mapa. Darnassus.

Y luego esperó.

No era fácil impresionar a los pícaros. Colmillosauro disfrutó viendo cómo se quedaban con los ojos y la boca abiertos e intercambiaban miradas. Lorash se echó a reír a carcajadas y esbozó una sonrisa feroz.

Colmillosauro esperó a que hubieran digerido la noticia.

–El Árbol del Mundo tiene valor estratégico y la Horda lo conservará. La ciudad de Darnassus está llena de tesoros de valor incalculable. Por lo general no tienen valor estratégico, así que la Horda no necesita quedárselos. Quienes se la jueguen en nombre de la Horda serán recompensados, os lo aseguro.

El otro pícaro, un Renegado llamado Rifen, parecía contento. Lorash tenía otra pregunta.

—Si el objetivo son los elfos de la noche, supongo que Malfurion Tempestira andará implicado.

—No te pediremos que te enfrentes a él —dijo Colmillosauro.

—¿Y si me apetece hacerlo? —preguntó Lorash.

Rifen resopló y negó con la cabeza, pero no dijo nada. Colmillosauro extendió las manos, en gesto de aquiescencia.

—Si acabas con Malfurion Tempestira en combate, serás recompensado —dijo—. No obstante, te recomiendo que evites ese enfrentamiento.

La pareja no planteó más dudas. «Dos menos, aunque aún quedan muchos».

* * *

El día había llegado. Miles de soldados de la Horda se despertaron al alba, se reunieron en las afueras de Orgrimmar y empezaron a pertrecharse para la larga y tranquila marcha hasta Silithus. Nadie planteaba sus dudas abiertamente, pero Colmillosauro oyó que algunos se quejaban en voz baja de la misión.

No los culpaba. Creían que Colmillosauro se llevaba gran parte de las fuerzas terrestres de la Horda a Silithus para un periodo de entre seis meses y un año. Y sospechaban que patrullar tanto tiempo por el desierto sería una tortura.

—Espero que la Alianza nos ataque —oyó gruñir a un orco—. Sabemos que tarde o temprano sucederá.

Le costó disimular el gesto. Era el comienzo de una nueva era para la Horda en Azeroth. Con esta victoria, asegurarían su supervivencia durante cien generaciones, y si no eran capaces de dominar el mundo de ahí en adelante, por los espíritus, tampoco había nada que él pudiera hacer al respecto.

Casi todo Orgrimmar había acudido para ver partir al ejército. La curiosidad se había disparado; la Horda no entendía del todo por qué Silithus era tan importante. Con suerte, la Alianza estaría igual de desconcertada.

Un rostro familiar se abrió paso entre los soldados arremolinados hasta Colmillosauro. El orco le sonrió de oreja a oreja.

—Viejo amigo, me alegro de verte —dijo.

Baine Pezuña de Sangre, el gran jefe de los tauren, le agarró el brazo con firmeza.

—¿Otra vez te vas a la guerra sin mí? —preguntó con fingida seriedad.

—Si quieres pasar unos cuantos meses en el desierto, acompáñame —dijo Colmillosauro en tono de broma.

—¿Es ahí adonde vas? —preguntó Baine sin cambiar el tono, pero con una mirada gélida.

Colmillosauro no se permitió demostrar sorpresa. «Baine conoce el plan real», comprendió el orco. No sabía cómo, pero el tono de voz del tauren dejaba claro que algo sabía. «Tengo que dejar de subestimarlo». Al fin y al cabo, era hijo de Cairne y no era tonto.

—Acabará antes de lo que la mayoría piensa —dijo sin alterarse.

—La mayor parte de la Horda no entiende el objetivo de esta misión, ni por qué debe hacerse ahora —dijo Baine.

«Ni yo», quería decir.

—Creo que en breve lo entenderán —dijo Colmillosauro—. Ha surgido una oportunidad y hay peligro en el horizonte. Lo mejor es solucionarlo deprisa.

—Limpiamente, espero —dijo Baine—. Dime, ¿el plan es tuyo o de la jefa de guerra?

—Mío —dijo simplemente Colmillosauro.

El tauren pareció aliviado.

—En ese caso, te deseo lo mejor. Lucha con honor, amigo. Lok'tar ogar.

Lok'tar —respondió Colmillosauro.

Era hora de partir. El orco ordenó a la gigantesca caravana militar, con todos los carros, armas de asedio y soldados de a pie, que iniciara la marcha. Baine dio un paso atrás sin dejar de mirar a Colmillosauro, ni cuando la columna se extendió en la lejanía.

* * *

Nathanos iba en un carro justo detrás de Colmillosauro.

Tenía que reconocer que la jefa de guerra había hecho bien en entregarle al orco las riendas del plan. Colmillosauro había aprendido a guerrear antes que a andar y se notaba. Se había ganado su fama y su legado. Había hecho muchos sacrificios por su pueblo, y la Horda confiaba en que tomara las decisiones adecuadas, incluso en los días más aciagos.

«Aun así, Sylvanas se ha granjeado esa misma fama mil veces, pero todavía inspira desconfianza».

En la Horda había demasiados pusilánimes y cortos de vista. Sylvanas había visto lo que había más allá de esta vida. Sabía lo que esperaba al otro lado. ¿Qué otra cosa podía hacer sino aprovechar esa información para actuar? Si a veces sus acciones parecían crueles, es que la vida era cruel. La existencia era fugaz. Sus planes se elevaban por encima del horizonte de la mortalidad y eso asustaba a muchos.

Nathanos no era uno de ellos. Él estaba encantado.

Colmillosauro se volvió en el asiento y miró a Nathanos.

El Renegado alzó la barbilla. «¿Ahora?».

Colmillosauro respondió asintiendo. «Ahora».

Era mediodía. La Horda estaba a mitad de camino del cruce que llevaba a los Baldíos. El primer ataque contra los elfos de la noche se había lanzado, aunque en la caravana casi nadie lo sabía. Si todo marchaba según lo planeado, ya habrían caído los primeros elfos de la noche. En breve cundiría el pánico. Luego llegarían los contraataques. Y más adelante, la desesperación, porque Sylvanas Brisaveloz era imparable y los kaldorei lo sabrían en el fondo de su corazón.

Nathanos no era muy soñador, pero podía imaginarse la victoria. Pronto estaría bajo las ramas de Teldrassil, recorrería los caminos de Darnassus y les quitaría la vida a los kaldorei en su propio terreno. Solo había que esperar. Todo sucedería así porque Sylvanas lo había ordenado.

No albergaba duda alguna. Ni sobre ella ni sobre el plan.

* * *

Lorash se compadeció del grupo de kaldorei. Su líder las hacía marchar por el bosque como si fueran reclutas novatas que hubiera que poner en forma por las malas. Si sus ojos no le engañaban, eran veteranas curtidas, no bisoñas. El exceso de instrucción era un peligro; machacar a las tropas de élite hasta que se confiaran era uno de los errores más graves que un líder podía cometer.

Se aprovecharía de su cansancio, pero no sin sentir cierta compasión. Él también había tenido superiores pésimos.

Por desgracia, aunque la oficial estaba agotando a sus tropas, les exigía que mantuvieran la formación en todo momento. Eso le fastidiaba. No había rezagadas a las que cazar. Le gustaba atacar desde arriba, pero no se arriesgaría a hacerlo a plena luz del día, al menos mientras las elfas de la noche estuvieran a campo abierto, alerta y coordinadas. Así solo conseguiría matar a unas cuantas antes de caer.

Hacía ya media hora que Rifen y él tendrían que haber lanzado el ataque. El tiempo se acababa. Estaban cerca del Refugio Brisa de Plata, un puesto de avanzada kaldorei. Otros pícaros habían recibido la orden de atacarlo. Aunque no hubiera supervivientes, las patrullas de los elfos de la noche no tardarían en encontrar los cadáveres. Cuando supieran cuántos puestos kaldorei habían sido atacados, serían presas más difíciles.

Una hoja crujió detrás de Lorash.

—¿Ya has vuelto? —cuchicheó.

El pícaro Renegado se movió en silencio entre la maleza. El crujido de la hoja había sido una cortesía; los pícaros sabían que no convenía acercarse a hurtadillas a los suyos sin hacer algún ruidito.

—Veo doce como mínimo, tal vez más —dijo Rifen.

Se tocó distraídamente la clavícula visible, un tic que sacaba de quicio a Lorash.

—Ya vamos con retraso —murmuró este—. Si no atacamos pronto, tendremos que retirarnos.

Doce contra dos. Y tendrían que enfrentarse a centinelas, enemigas muy peligrosas. Lo único que impedía que Lorash ordenara la retirada inmediata era el trofeo que tenía ante sí.

—Creo que una de ellas es la comandante de los elfos de la noche —dijo.

—¿La comandante de Vallefresno? —preguntó Rifen con tono mucho más animado—. ¿Quién?

Lorash levantó despacio el brazo para que el movimiento no llamara la atención. Extendió el dedo.

—La alta con la cara llena de cicatrices. Encaja con la descripción.

Estaban a un centenar de pasos, pero el rasgo facial saltaba a la vista. Rifen no dijo nada.

Esperaron unos minutos más. Las elfas de la noche seguían marchando de acá para allá. Entonces, como una de ellas no se mantuvo en perfecta formación, la comandante las obligó a realizar una serie de ejercicios físicos agotadores.

Lorash suspiró.

—No van a parar. Decídelo tú, Rifen. Yo te sigo.

—Por lo general, sugeriría que nos retiráramos y viviéramos para cobrar otra paga —susurró con calma el Renegado—. Pero nunca he matado a una comandante. Y está agotando a quienes podrían protegerla. Acerquémonos.

Lorash se encogió de hombros y avanzó con sigilo. No hicieron el menor ruido. No volverían a hablar, no tan cerca; solo hablarían por señas.

Una bestia al galope llamo su atención. Se acercaba alguien. Los dos pícaros vieron que una elfa a lomos de un sable de la noche se abría paso por la maleza hasta reunirse con el grupo.

—¡Comandante! ¡Comandante! —gritó—. ¡Nos han atacado!

Todas las demás se volvieron para mirarla.

Era una pequeña distracción, pero muy útil. Mientras se reunían alrededor de la recién llegada, las elfas dejaron de prestar atención al resto del mundo.

Rifen le tocó el brazo a Lorash con un dedo. «Quédate aquí», le indicó con un gesto. Luego avanzó en silencio por la maleza hasta un árbol y empezó a trepar. Lorash no podía pararlo, al menos sin alertar al enemigo.

«Supongo que es nuestra oportunidad», pensó. Aun así, atacar desde arriba parecía imprudente. Pero Rifen ansiaba la gloria. Y la paga.

Lorash solo entendió retazos de la conversación de las elfas. La exploradora informó de que habían atacado varios puestos por todo Vallefresno, lo que causó una gran conmoción. La comandante empezó a gritar órdenes a tal volumen que ahogó cualquier ruido que Rifen pudiera haber hecho.

Miró hacia arriba y vio a Rifen deslizándose por una rama, preparándose para descolgarse. Iba a hacer una entrada espectacular.

El elfo de sangre se dio unas palmaditas en las mangas, tocó los shurikens que ocultaba allí, y luego desenvainó las dagas. Había embadurnado en veneno todas las hojas, cada cual con un fin diferente. Solo necesitaba un rasguño.

Rifen se soltó de la rama y cayó a plomo. Lorash apretó los dientes. La comandante estaba empezando a dar órdenes. Un par de minutos más y el grupo se habría dispersado. «Dichosa impaciencia».

El sable de la noche —un druida elfo de la noche, por supuesto— alzó el hocico, olisqueó y lanzó un rugido de alarma.

Demasiado tarde.

Rifen llevaba las dagas pegadas al cuerpo, con las puntas hacia abajo. Aterrizó sobre la espalda de la comandante y la apuñaló violentamente mientras rodaban por la maleza, lo que sobresaltó a todos los elfos de la noche. Antes de que reaccionaran, Rifen se había puesto en pie y le había cortado el cuello a otra elfa con la daga. Un chorro de sangre lo roció todo.

«Es hora de impresionarlos». A lo mejor lograba distraer al grupo lo suficiente como para brindarle a Rifen la oportunidad de huir. Cubrió con tres saltos la distancia que los separaba y, de un tajo, acabó con una. Luego fue a por el resto. Rifen se movía como una forma borrosa entre ellos y Lorash era un espectro que giraba por el perímetro.

Seis elfas habían caído antes de que empezaran a defenderse eficazmente. Era hora de irse. «No nos han ordenado que luchemos caballerosamente», pensó Lorash mientras sonreía. Habían matado a la comandante. Misión cumplida.

Lorash retrocedió. Un toque de las Sombras hizo que pareciera que había desaparecido, pero los elfos de la noche no se dejaron llevar por el pánico. Dispararon flechas y hechizos a los huecos entre los árboles con la esperanza de alcanzarlo en su huida. Lorash se quedó quieto, con la espalda apoyada en un tronco, hasta que dejaron de mirar hacia allí.

Un grito ronco de dolor puso fin a su creciente sensación de satisfacción. Rifen no había conseguido escapar. Lorash se arriesgó a echar un vistazo fugaz y vio al pícaro Renegado bajo el peso de un sable de la noche que se le había echado encima. Su brazo, cercenado, estaba tirado en el suelo, a varios pasos de allí.

Lorash apretó la mandíbula. Con una herida así, Rifen estaba perdido. «Maldita sea». Con tantas kaldorei vivas, rescatarlo era imposible. Lorash podía irse o morir.

Era una decisión fácil.

Se alejó cien pasos a rastras antes de arriesgarse a levantarse para echar a correr. «Uno ha sobrevivido, el otro ha muerto y hemos matado a seis». Se preguntó si Colmillosauro lo consideraría un éxito.

* * *

Nathanos observó atentamente a Colmillosauro mientras la caravana se acercaba al cruce. Era su última oportunidad de retirarse. Sería una estupidez, pero Colmillosauro podía ordenar a toda la Horda que se diera la vuelta y volviera a casa. En cuanto se desviaran hacia el norte, hacia Vallefresno, la suerte estaría echada.

Colmillosauro todavía no había comunicado su decisión a los conductores que iban en vanguardia. Nathanos saltó ágilmente de su carro y trotó hasta el de Colmillosauro, manteniéndose a su altura a pie.

—¿Qué ordenas, alto señor supremo? —dijo con voz monocorde.

—Aún hay tiempo —dijo Colmillosauro.

«Quizá se esté acobardando». Nathanos dejó que se reflejara cierta crispación en su tono:

—¿A qué esperas?

Los ojos de Colmillosauro se desplazaron hasta Nathanos y su mirada torva sirvió para que el Renegado se diera cuenta de que no tenía miedo. Solo se estaba preparando para lo que les esperaba.

—Díselo tú si quieres. Vamos al norte.

Nathanos sintió una punzada fugaz de vergüenza. Corrió hasta la cabeza del convoy para hablar con los conductores de los primeros carros y los oficiales cercanos.

—Colmillosauro tiene nuevas órdenes. Cuando lleguemos a la bifurcación de los Baldíos del Norte, id hacia la derecha.

—¿Qué? —preguntó un tauren—. ¿A la derecha? ¿A Vallefresno?

—Así lo ordena Colmillosauro. Obedeced —dijo Nathanos.

Media hora después hubo dudas en la bifurcación. Todos se habían preparado para girar a la izquierda, hacia el Cruce y hacia Silithus. Pero al final obedecieron.

Hubo cierta conmoción en todo el ejército de la Horda cuando se dieron cuenta del cambio. Las conversaciones nacían y morían poco después, pues solo había preguntas, no respuestas.

Colmillosauro se limitó a mirar al frente, aparentemente satisfecho con la decisión.

* * *

Morka no dijo nada, pero no pudo por menos que intercambiar una mirada con los demás guardias. Parecían tan sorprendidos como ella. Pero mientras la Horda avanzaba hacia Vallefresno, ató cabos. No había sabido qué pensar de los extraños encargos que le había encomendado Colmillosauro, de todos aquellos actos clandestinos... Pero también le había prometido que en breve lucharía contra la Alianza.

Caminaba al lado del carro del alto señor supremo y, con una simple ojeada, le bastó para comprender que lo tenía todo planeado. No estaba asistiendo a un cambio de planes; tenía ante sí una estrategia magistral. Pero aún no la veía.

En cuestión de una hora, el convoy tuvo a la vista las viejas fortificaciones de la Horda en la frontera del territorio. Años atrás, la Empalizada de Mor'shan había servido de baluarte contra los elfos de la noche que se internaban en Los Baldíos, pero, con la destitución de Garrosh Grito Infernal, quedó abandonada.

Debería haber elfos de la noche en aquellas fortificaciones, pero no era así. En cambio, había dos pícaros de la Horda, un orco y un goblin, sentados cómodamente en la estructura con las piernas colgando. Saludaron con la mano al convoy según se acercaba, lo que volvió a desencadenar un frenético parloteo en las filas del ejército.

Cuando el carro de Colmillosauro pasó por debajo de la empalizada, este se levantó y escaló hasta la parte superior para dominar todo el convoy de la Horda.

—Soldados de la Horda, ¡escuchadme! —bramó.

La caravana se detuvo. Todos los cuchicheos y conversaciones cesaron. Nadie quería perderse una palabra. Morka apenas respiraba.

—No vamos a Silithus. Silithus nunca ha sido nuestro destino —dijo Colmillosauro con voz estentórea. A estas alturas, ningún miembro de la Horda parecía sorprendido—. Emprendemos una misión con un solo objetivo: conquistaremos Darnassus, hogar de los kaldorei.

El alto señor supremo les dio unos instantes antes de continuar.

—La Alianza no sabe que vamos. No se han preparado para nuestra llegada. Ya hemos dado el primer golpe y los exploradores de los elfos de la noche en Vallefresno están sumidos en el caos. Pero eso no quiere decir que vaya a ser fácil. Lucharán encarnizadamente. Lucharán a la desesperada. ¡Pero no podrán resistir a la Horda!

El dique de la sorpresa se vino abajo. La caravana entera respondió con un rugido, alzando las armas y los puños. Colmillosauro dejó que el volumen subiera y luego pidió silencio con un gesto. Lo obtuvo al instante.

—No puedo daros seis meses de paz en el desierto —dijo con una sonrisa. Y entonces alzó la voz hasta proferir un grito que sacudió las hojas de los árboles cercanos—: ¡Solo puedo daros unos cuantos días de gloria! ¡Lok'tar ogar! ¡Por la Horda!

Morka y sus miles de hermanos y hermanas de la Horda se unieron al grito. La respuesta no hizo que temblaran los árboles: hizo que temblaran las colinas.

Haría que temblara el mundo entero.

—¡Por la Horda!

Tercera parte: La batalla de Vallefresno

La lucha se recrudeció al anochecer. Era de esperar contra los kaldorei. Bañados en la luz de Elune, acechaban por el bosque como depredadores, en busca de cualquier enemigo que se atreviese a dar otro paso hacia su hogar.

—Mi señor, han quemado los puentes —informó con voz ronca una de las exploradoras Renegadas.

Una grieta nueva le atravesaba la armadura, aunque los restos de carne parecían intactos.

—Creemos que los han quemado todos.

Colmillosauro soltó un gruñido. El río Falfarren no era muy profundo ni ancho, pero las lluvias recientes habían engrosado su caudal.

—Instalad las máquinas de asedio cerca del río. Disparad todo lo que tengamos. Que los elfos tengan que mantenerse a cubierto. Y comprobad si se les ha pasado algo. Nos servirá cualquier puente. Un tronco grande. Lo que sea.

La exploradora saludó y salió corriendo. Transmitiría las órdenes a todo explorador que se encontrara. Colmillosauro echó un último vistazo al mapa e hizo otra marca. Había sospechado que los elfos de la noche les plantarían cara en el río. Era un obstáculo natural, pero más estrecho aguas arriba. Más fácil de vadear y, por lo tanto, ¿mejor defendido? Era el momento de averiguarlo.

—Vamos al norte –les dijo a sus ayudantes.

Enrollaron el mapa de mando y lo metieron en un tubo que había sido tratado por uno de los mejores magi de la Horda. Resistiría el fuego, la corrupción y la mayoría de los golpes físicos. Si estallaba una refriega cerca de él, el elfo de sangre que llevaba el tubo tenía órdenes de correr, no de luchar. Colmillosauro tenía el plan real en la cabeza, pero si los elfos de la noche conseguían separársela del cuerpo —y lo intentarían—, la jefa de guerra necesitaría el mapa para seguir adelante.

Apenas tardaron unos minutos en preparar el traslado del puesto de mando de Colmillosauro. No necesitaba una plana mayor de oficiales que atendiera sus caprichos y se asegurara de mimarlo, sino un círculo reducido de estrategas inteligentes que comunicara rápidamente sus órdenes a los grupos móviles de soldados. Si se le sumaba un contingente razonable de guardias capaces de frustrar los intentos de asesinato, era un grupo relativamente pequeño. Tenía que serlo. Estaban en el bosque. La batalla no la librarían ejércitos formados en líneas rectas y organizadas; un sistema que, de todos modos, Colmillosauro aborrecía: habría mil escaramuzas a la desesperada entre los árboles. La maniobrabilidad era fundamental, igual que el conocimiento del terreno. La Horda estaría en desventaja en ambos aspectos. Era el territorio de los kaldorei, pero los elfos de la noche estaban en inferioridad numérica y los habían pillado desprevenidos.

Una vez propinado el primer golpe, el engaño cuidadosamente ideado por Colmillosauro y Sylvanas se había hecho añicos. La Horda solo podía tener un motivo para asaltar Vallefresno: la conquista de Teldrassil y la ciudad sobre sus ramas. Sin duda, en Ventormenta ya estaban al tanto del ataque y enviarían refuerzos.

Pero seguro que también sabían que no llegarían a tiempo. No sin un milagro. Los elfos de la noche sabían que estaban luchando para proteger su tierra natal y que era casi imposible salvarla.

Aun así, había mucha distancia entre Darnassus y su posición. No harían falta muchos desastres para parar en seco a la Horda.

Un ruido seco y estruendoso resonó en el bosque, seguido por el chisporroteo de una explosión lejana. Colmillosauro señaló hacia el origen del segundo sonido.

—Por allí.

El resto de sus tropas lo siguió. Momentos después se toparon con media docena de máquinas de asedio ardiendo entre las filas de la Horda. Los soldados intentaban sofocar los incendios a la desesperada como si fuera posible salvarlas.

—¡Dejadlas! —rugió Colmillosauro—. ¡Están destrozadas! ¡Ocupaos de los heridos y de los muertos y averiguad quién ha sido!

Los soldados peinaron el bosque hasta la retaguardia y luego buscaron en las orillas del río Falfarren, pero no encontraron a los culpables.

«Los elfos de la noche se han escapado». Colmillosauro gruñó. Siguió moviéndose. A sus soldados les había hecho falta ese pequeño impulso, pero ahora volvían a estar centrados en la guerra.

Muy cerca, tras la vanguardia, había otro grupo de armas de asedio. Uno de los oficiales de la unidad, un orco de gesto adusto y sonrisa falsa, estaba sentado cerca de un demoledor prístino. Según Colmillosauro se acercaba, lo saludó a toda velocidad.

—Mi señor, me alegro de verte.

Desde arriba, Colmillosauro le lanzó una mirada de desaprobación.

—¿Piensas unirte a la Horda en combate, o es que aquí atrás hace demasiado bueno?

La piel verde del oficial se sonrojó hasta adquirir un satisfactorio tono malva. Cuando insinuabas que un orco era cobarde, se lo tomaba a pecho.

—Nos ordenaste que nos desplegáramos a una distancia segura. A modo de protección.

—¿Quién va a proteger las amas en caso de emboscada? ¿Tú? ¿Solo?

Colmillosauro le clavó un dedo en el esternón al oficial y lo empujó hacia atrás.

—Tienes un ejército entero a unos pasos. Quizá pueda protegerte.

Entonces se detuvo al acordarse de algo.

—¿A qué distancia estamos del frente?

—A varios cientos de metros, mi señor.

—¿Y cuál es el alcance máximo de estas armas? —preguntó al oficial con un gruñido.

El oficial pareció menguar a ojos vista.

—¿Unos doscientos...?

Colmillosauro se volvió hacia las dotaciones de asedio.

—Avanzamos. ¡Ya!

Obedecieron con prontitud. Cuando las máquinas de asedio tuvieron el río a la vista, el alto señor supremo vio decenas de soldados de la Horda refugiándose cerca de unos árboles derribados. Cerca de ellos había varios peñascos. Un tauren alzó la mirada, vio a Colmillosauro y le indicó que retrocediera con la mano.

—Atrás, mi señor. ¡Nos están disparando!

—¿Sí? ¿Desde dónde? —preguntó Colmillosauro.

—¡No lo sabemos!

Colmillosauro fulminó al oficial de asedio con una mirada asesina. El oficial no murió, pero sí pareció sentir ganas de morirse.

—En ese caso, os ofreceremos fuego de cobertura. ¡Alineadlas!

Las máquinas de asedio ocuparon su posición sin demora. El oficial de la unidad tal vez fuera un pusilánime, pero sus dotaciones no. Cuando estuvieron listas, miraron a Colmillosauro. Les hizo un gesto silencioso y seis pesadas rocas sobrevolaron el río Falfarren. Colmillosauro notó el impacto en sus pies e hizo un gesto de aprobación con la cabeza.

—Espléndido. Otra vez. Que teman salir de su refugio.

Mientras recargaban, se volvió hacia el oficial.

—Te deseo lo mejor en la batalla —dijo en voz baja Colmillosauro—. Espero tener noticias de tus muchas victorias en el frente. ¿Entendido?

—S-sí, mi señor.

—Bien.

Dicho esto, Colmillosauro siguió su camino, dejando allí al pálido orco.

El grupo de mando del alto señor supremo siguió hacia el norte. Un par de exploradores trols se reunieron con él. Los combates más encarnizados se libraban al sur de Xavian, las antiguas ruinas élficas que se habían convertido en una laguna. Le informaron de que los elfos de la noche resistían al otro lado del río e impedían que lo vadearan. Cada vez que los soldados de la Horda habían avanzado, los elfos de la noche habían dejado que cruzaran el río para después rodearlos y acabar con ellos.

Era inquietante. No tendría que haber tantos kaldorei como para hacer aquello en más de una posición.

—Muy bien —dijo Colmillosauro antes de ordenar a los exploradores que volvieran a la acción.

Evaluó la información con detenimiento mientras sus subordinados discutían sobre sus opciones.

—¿Hay más elfos de la noche de los que habíamos calculado?

—Si han recibido refuerzos, hay que cambiar la estrategia por completo.

Colmillosauro los interrumpió:

—Vamos a Xavian.

Los elfos de la noche no podían ser tantos como parecían. Era imposible. Había llegado la hora de incrementar la presión y demostrarlo.

* * *

Lorash Rayo de Sol oyó el ruidoso martilleo de un rifle. Volvió lentamente la cabeza hacia la derecha. A un par de pasos, demasiado lejos para arriesgarse con una puñalada, el ojo frío del cañón de un arma le apuntaba entre ceja y ceja. Se quedó quieto. Sus dedos se arrastraron hacia los shurikens ocultos en las mangas.

El goblin del rifle lo miró detenidamente a la cara.

—¿Lunargenta? —susurró.

Lorash sonrió.

¿Doral ana'diel?

Bajó el arma y el goblin escupió en el suelo.

—Todos los elfos me parecéis iguales.

Era lo más parecido a una disculpa que recibiría Lorash. Echó una ojeada al bosque que lo rodeaba. Había un par de sombras de las que no se fiaba a unos cuantos árboles de distancia, así que le hizo un gesto al goblin sin decir nada. «Apunta hacia allí».

El goblin volvió el rifle hacia donde Lorash le había indicado y cubrió el flanco derecho de un árbol. Lorash avanzó cautelosamente por la izquierda con las dagas listas para el ataque.

No había nadie escondido detrás del árbol.

Lorash se volvió hacia el siguiente árbol sospechoso y se acercó con cuidado. Notó que el goblin volvía a cubrirlo. Tampoco había nada en ese árbol. Ni en el siguiente, ni en el que había más allá. Por fin se relajó y volvió con el goblin.

—Qué divertido —dijo este mientras comprobaba la pólvora.

El elfo de sangre le tendió la mano.

—Me llamo Lorash. ¿Y tú?

El goblin extendió la suya para estrechársela.

—Chikkers.

Lorash enarcó una ceja.

—¿Cómo has dicho?

El goblin parecía a punto de escupir otra vez.

—Los motes no siempre se eligen, amigo. Al menos, donde yo me crie. Te los ponen tus amigos.

—¿Te llamaron Chikkers? ¿Y les dejaste?

Al goblin se le agrió el gesto.

—¿De verdad que quieres seguir hablando de mi nombre?

Lorash decidió que no quería.

—He perdido a mi compañero. ¿Tú también estás solo?

—¿Perdido? —El goblin frunció el ceño—. ¿Os separasteis o...?

—Ha muerto. Aun así, acabó con una de las comandantes de los elfos de la noche antes de caer.

—Bien por él —dijo Chikkers. Luego hizo una mueca—. Lo siento. No pretendía tocarte las narices. Tras las líneas enemigas te agobias...

—Te entiendo.

El río Falfarren estaba a varios kilómetros y el débil rumor de las máquinas de asedio de la Horda surcaba el aire. Por el momento era territorio de los elfos de la noche. Lorash tenía algunas ideas para que eso cambiara.

—¿Tienes compañero?

—Me acompaña mi Capitana.

—Ya veo —dijo, aunque no era cierto—. Los elfos de la noche maniobran deprisa. Creo que van en grupo de un punto conflictivo a otro. Cada vez que la Horda intenta vadear el río, corren para detenernos. Y creo que por ahora les ha funcionado. ¿Has visto algo así?

 El goblin resopló de manera casi imperceptible.

—Sí, lo he visto.

Señaló arriba, hacia las ramas.

—Los druidas van por ahí en grupo. Avanza un poco más. Están cerca de la senda.

«¿Se mueven por las ramas? Qué interesante». Eso explicaba por qué le estaba costando tanto encontrar huellas en el suelo. E ir en grupo... era peligroso. Eficaz si lo hacían sin ser vistos, pero peligroso. En caso de pisar una rama débil en el peor momento, el grupo entero podía caer.

—Parece una oportunidad, amigo mío —dijo Lorash—. ¿Cuántos son?

—Un montón —dijo Chikkers.

—¿Te apetece acompañarme para que sean menos?

Chikkers sonrió burlonamente y dio unas palmaditas a la bolsa de munición. El tintineo de las balas metálicas fue respuesta suficiente.

* * *

Colmillosauro tenía una idea clara de lo que estaba ocurriendo. Los elfos de la noche trasladaban a sus mejores guerreros por el río para reforzar los puntos por los que atacaba la Horda. Dejaban que la avanzadilla diera unos cuantos pasos en la otra orilla y le tendían una emboscada. No era mala idea, pero no funcionaría como táctica a largo plazo. Por sí solo, el agotamiento daría al traste con su estrategia al amanecer, si es que los infiltrados de la Horda no acababan antes con los grupos móviles.

Faltaban horas hasta la mañana y Colmillosauro tenía pocas ganas de esperar. Los supervivientes de los ataques fallidos en la otra orilla habían informado de la presencia de druidas enemigos. Había otras formas de solucionar el problema. Se descubrió disfrutando al pensar en ello.

«Por los dioses y los espíritus del cosmos, qué bien sienta librar una buena guerra».

Pidió que todos los taumaturgos que hubiera cerca se presentasen ante él. En cuestión de minutos, un grupo formado por siete, entre magi, brujos y un chamán, había respondido a la llamada. Perfecto.

—Quiero que acompañéis a las unidades de asedio durante la próxima hora —dijo.

Les explicó el plan de forma sencilla. Los ojos de todos se abrieron... ¿Sorprendidos? ¿Emocionados? Mientras hablaba, el diablillo sometido de un brujo trol empezó a parlotear asustado. El trol alzó una mano como si fuera a abofetear al demonio y el diablillo se puso a rezongar en voz baja.

—¿Algún problema? —preguntó Colmillosauro.

—Al pequeñín le da miedo que provoquemoh un incendio. Podría dehcontrolarse —dijo el trol.

—Por eso no vamos a usar fuego vil. ¿Os queda claro? Chamán, te corresponde contener la situación. No se lo pongas imposible al resto del grupo. Si incendiamos todo el bosque, se acabó el ataque.

Colmillosauro se paró a pensar. ¿Y si los elfos de la noche incendiaban su propio bosque? Si Vallefresno ardía, el avance de la Horda se detendría en seco y muchas de sus fuerzas perecerían en las llamas. No se lo había planteado.

«Porque es impensable», decidió. «Nunca incendiarían su propio territorio».

—Esperad a la señal —dijo—. Si pasa una hora, volved aquí para recibir nuevas órdenes.

Accedieron murmurando y salieron corriendo para cumplir sus órdenes. Colmillosauro les dijo a sus ayudantes que se prepararan para trasladarse una vez más.

—Hay que encontrar a la jefa de guerra.

La localizaron quince minutos después cerca de la orilla del río, más al sur. Sylvanas Brisaveloz y Nathanos Clamañublo se habían unido a un grupo de arqueros que lanzaba una lluvia de flechas contra un terraplén y las fuerzas de los elfos de la noche que lo defendían. Sylvanas vio acercarse a Colmillosauro.

—Seguid disparando —dijo a los otros.

Colmillosauro se arrimó a ella y a Nathanos.

—No avanzamos gran cosa con tu plan, alto señor supremo —dijo el forestal Renegado.

El orco no le hizo caso.

—Jefa de guerra, ¿has estado tras sus líneas?

—Brevemente. Reconozco las trampas en cuanto las veo. Está allí, Colmillosauro, esperándome —dijo Sylvanas.

«Malfurion Tempestira». La jefa de guerra no mostraba temor, pero Colmillosauro no pudo reprimir un escalofrío. Una cosa era afrontar la posibilidad de morir honorablemente en combate, pero en un duelo contra Malfurion, el resultado estaba decidido de antemano.

—¿Cómo quieres que nos ocupemos de él?

—Si rompes sus líneas, acudirá para detenerte —dijo Sylvanas—. Y yo lo seguiré. Plántale cara unos minutos. Yo lo ahuyentaré.

Era un buen plan.

Lok'tar ogar —dijo el alto señor supremo, y se puso en marcha.

El mejor sitio para avanzar sería una zona donde se estrechaba el cauce, al sur.

—Empezamos en breve. ¡Por la Horda!

Los arqueros que rodeaban a la jefa de guerra respondieron con vítores y gritos:

—¡Por la Horda!

* * *

Los druidas eran silenciosos. Sorprendentemente silenciosos. Quizá se acercara una docena —no, más aún— pero Lorash solo oía el roce amortiguado de sus zarpas y el crujido de las ramas que se doblaban bajo su peso. La mayoría había adoptado la forma de grandes felinos; potentes y rápidos sables de la noche que saltaban sin esfuerzo de rama en rama. Unos pocos tenían la forma de aves de enorme envergadura que planeaban por debajo del dosel arbóreo.

Lorash estaba impresionado. Las copas los hacían invisibles por arriba y las ramas y hojas los tapaban por debajo. Pero, pese a lo silenciosos que eran, no tenían manera de esconderse de la luz de luna que se filtraba entre los árboles.

«A diferencia de mí», pensó.

Estaba subido a una rama a más de veinte metros del suelo, inmóvil, esperando. Se había colocado a la sombra del tronco y había empleado una pizca de «la otra» Sombra para volverse invisible. Se agarraba al árbol con una mano. Con la otra blandía una daga, pero cuando vio llegar a los druidas la guardó. Ya llegaría el momento de actuar de cerca, pero antes necesitaba que los elfos de la noche bajaran al suelo.

Estaban a pocos segundos. Se soltó del árbol y se agazapó en la rama, equilibrado sobre los pulpejos de los pies. Buscó en las mangas. Acomodó dos shurikens —de puntas envenenadas, con el metal deslustrado para que no reflejaran la luz de luna— entre los dedos índice y corazón.

Los ojos de los sables brillaron en la oscuridad. Lorash vio todos los colmillos que sobresalían de sus bocas, todas las plumas de cada pájaro.

Uno de los sables pasó frente a él de un salto. Volvió la cabeza y miró directamente a Lorash. Y siguió corriendo. El elfo de sangre no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa en la boca.

La mitad de los druidas pasó del mismo modo antes de que atacara. Giró las muñecas. Abrió las manos. Los shurikens volaron. Dos de los pájaros chillaron y se pusieron a aletear erráticamente mientras el veneno actuaba. Uno se estrelló contra un tronco con un golpe tremendo y el otro cayó en espiral hacia el suelo.

Le quedaban seis shurikens. Dos más silbaron por el aire. Acertó con uno; falló con el otro.

El grupo se dio la vuelta. Sabían que los atacaban, pero no desde dónde. Lorash se lo enseñó. Saltó desde la rama por delante de un rayo de luz de luna. Aterrizó en una rama en el árbol contiguo y saltó en busca del siguiente.

Por detrás de él resonaron gruñidos y rugidos. Lo perseguían. Siguió corriendo por la misma ruta seguida antes por los druidas y casi tan veloz como ellos. Cuando menos, los estaba alejando de la batalla.         

Las ramas se estremecieron bajo sus pies. Los druidas le pedían al bosque que lo detuviera. En unos instantes, las ramas esquivarían sus pies, las enredaderas se enroscarían en los tobillos y quizá los mismos árboles se abrirían para atraerlo y asfixiarlo debajo la corteza. Había oído hablar de cosas así.

Aterrizó en la rama de un árbol retorcido. La rama solo era capaz de resistir el peso de una criatura. Se volvió para plantar cara a sus perseguidores y lanzó dos shurikens más. Falló con los dos, pero consiguió que los elfos de la noche se dispersaran. «Me quedan dos».

Una druida saltó a por él. El felino tenía las enormes fauces abiertas y los colmillos listos para desgarrarle la garganta. Lorash se agachó, sacó las dagas y asestó un tajo hacia arriba. La sangre le bañó la cabeza y el cuello, mientras la druida, con un borboteo estrangulado, caía al lejano suelo.

Los demás druidas rugieron de cólera. Lorash se puso en pie, sonrió y les indicó con las dagas ensangrentadas que se acercaran. «Venid, vamos. Vengad a vuestra amiga».

Cuatro de ellos saltaron ansiosos hacia su rama.

Con un movimiento tranquilo, se dejó caer. Se precipitó hacia el suelo durante un instante, antes de clavar una daga en el tronco que le permitió pararse a mitad de trayecto. A continuación, se soltó para caer el resto del camino. Había errado una pizca al calcular la distancia y sus rodillas se quejaron enérgicamente al aterrizar, pero sostuvieron su peso y él no les hizo caso.

Por encima de él, los druidas habían aterrizado juntos en la rama. Se partió al instante bajo su peso y todos cayeron. La mayoría lo hizo en mala postura y el suelo tembló con los impactos bajo los pies de Lorash. Mientras sus camaradas bajaban volando o trepando para ayudar, Lorash se puso manos a la obra. Los aturdidos druidas tenían poco que hacer contra las hojas empapadas de veneno. Asomaron varias raíces de la tierra, pero a Lorash no le costó esquivarlas.

Un graznido terrorífico le taladró los oídos. Unas garras afiladas y un pico chasqueante y colérico descendían sobre él.

¡BUM!

El ruido lo dejó medio sordo. La cabeza del pájaro se sacudió como si la hubieran golpeado. Cayó sobre Lorash y su peso muerto lo dejó inmovilizado contra el suelo.

Pero aún no había muerto. El elfo de sangre notó los fuertes latidos del corazón del pájaro. Lo solucionó de una puñalada, pero seguía atrapado bajo el cadáver.

¡BUM! El rifle de Chikkers volvió a tronar. Lorash oyó silbar al goblin por encima del caos:

—¡A por ellos, Capitana!

Lorash se debatió tratando de liberarse, entre imprecaciones.

¡BUM!

«¡Por la Fuente del Sol, qué rápido dispara el goblin!». Dejó de forcejear. Se oía un ruido nuevo, algo que nunca había oído en combate. Una criatura enorme se abría paso por el bosque y sus pisadas se superponían en un estribillo extraño.

... Chikker-chikker-chikker-chikker...

Entonces oyó los gritos.

Cuando por fin logró salir de debajo del ave, empapado en sudor y sangre, los disparos y gritos habían cesado. Había una sola criatura entre los cadáveres de los druidas.

—Tú debes de ser su Capitana —dijo Lorash.

El enorme reptador de cuatro patas chasqueó las tenazas —¿o mejor dicho, sus pinzas?— y volvió la mirada hacia él. A Lorash casi le llegaba a la cintura. Chikkers salió de la maleza a grandes zancadas, sonriente y con el rifle humeante apoyado en el hombro. El caparazón azul claro del reptador era casi tan grande como el goblin y probablemente pesaba el doble.

—No está mal, ¿eh?

Lorash no se imaginaba a los reptadores        como nada más que un plato delicioso. Se reservó el comentario.

—No, nada mal. No sabía que pudieran vivir fuera del mar.

—Nunca te acostarás sin saber una cosa más, ¿eh?

Chikkers admiró su obra.

—Si no me engaña la vista, se ha cargado a más que tú, amigo.

Se equivocaba, pero no por mucho. Al menos media docena de los druidas tenía heridas tumefactas con la forma de las pinzas de Capitana. Pero antes de que pudiera responder, notó un temblor en los pies. Lorash se quedó quieto y escuchó.

Y luego susurró:

—Escondeos.

Chikkers se volvió y observó la oscuridad con los ojos entornados. El gesto arrogante se le borró de la cara.

—Sí. A esconderse.

Se ocultaron detrás de uno de los troncos más grandes y esperaron, mientras la reptadora hacía lo propio en la maleza. El estruendo que había oído Lorash aumentó. Chikkers amartilló lentamente el rifle, pero el elfo puso la mano encima del arma.

«No», dijo moviendo solo los labios.

Chikkers asintió con frialdad. Capitana —bendito sea su corazón blindado— se quedó quieta y no hizo ruido.

El estruendo siguió aumentando. Estaba a punto de superar su árbol. Entonces cesó. Lorash se arriesgó a echar una ojeada.

Entre los druidas muertos había un venado enorme.

Lorash se quedó rígido. «¿Es ese...?».

El venado desapareció en una bruma repentina. Cuando se despejó, sobre los cadáveres de sus congéneres caídos había un elfo de la noche alto, de complexión fuerte, con garras de metal atadas a las muñecas y una imponente cornamenta.

Lorash se reclinó tras el árbol. El corazón le palpitaba, pero no de miedo. No. En absoluto era miedo. Llevaba esperando aquello desde que el alto señor supremo Colmillosauro le revelara el verdadero plan.

Chikkers lo miró fijamente. «¿Quién es?», vocalizó.

«Malfurion», le respondió Lorash.

El goblin tragó saliva. Su garganta seca hizo un ruidito.

Malfurion habló en voz baja:

—Descansad, hermanas y hermanos. Vuestro sacrificio no será en vano. Os lo juro.

Lorash retorció las manos hacia las mangas. «Dos shurikens más». ¿Se atrevía? Matar a Malfurion prácticamente garantizaría la victoria a la Horda, pero no era su principal preocupación. ¿El veneno frenaría a Malfurion, aunque fuese una pizca? Si era verdad la mitad de lo que se contaba de él, tal vez no.

Una mano lo agarró por la muñeca. El elfo hizo caso omiso mientras urdía un plan de ataque.

«Salgo... Lanzo... Me retiro... Me muevo... Me coloco detrás».

La mano le apretó. Por fin, Lorash miró al goblin con el ceño fruncido. Chikkers decía algo con los labios, pero al principio no reconoció las palabras. Era como si hablara en otro idioma. Luego se dio cuenta de que el goblin estaba echando pestes sobre él como solo un goblin era capaz. Pero captó lo esencial: «Como salgas, te mato yo mismo».

Lorash asintió y el goblin por fin se relajó. Esperaron hasta que Malfurion terminó de presentar sus respetos y se fue.

Chikkers exhaló un gran suspiro de alivio.

—¿Es que estás loco, amigo?

—Quiero la cabeza de Tempestira —dijo secamente Lorash—. ¿Me ayudas a tenderle una emboscada cuando se retire?

El goblin resolló.

—Estás como un cencerro.

Hizo una mueca, negó con la cabeza y comprobó la munición.

—La respuesta es no. No sin otros... No sé, veinte o veinticinco soldados de refuerzo. Pero te cubriré las espaldas hasta entonces.

Se adentraron en el bosque. La reptadora los siguió obediente.

 ... Chikker-chikker-chikker-chikker...

* * *

Un mago lanzó una bola de fuego enorme al cielo. Bañó el bosque con un fulgor parpadeante naranja que se veía a kilómetros de distancia. Era la hora.

—¡Horda! ¡Conmigo! —bramó Colmillosauro mientras cargaba para cruzar el río.

Solo era un ataque entre otros muchos. Al menos otras dos docenas de intentos de cruce se producirían simultáneamente. Los elfos de la noche no podrían detenerlos todos.

A dos magi, un orco y un trol se les había ocurrido congelar un tramo del río Falfarren para que una partida de ataque cruzara a pie. Era tan sencillo y brillante que Colmillosauro había accedido al instante. Mientras cruzaba, los gritos de guerra de cincuenta de los suyos resonaban detrás de él, entre los agudos silbidos de las cargas mágicas de asedio. Los proyectiles explotaron al tocar el suelo e incendiaron el bosque. Entre destello y destello, Colmillosauro escrutó las sombras del terraplén en busca de enemigos escondidos, pero no encontró ninguno.

Entonces resbaló en el hielo y no vio más que cielo. Volvió a bramar, esta vez ultrajado, al dar con la espalda en el hielo del río. Muchos miembros de la Horda lo superaron de un salto. Otros resbalaron y cayeron a su alrededor. Se levantó con dificultad mientras gruñía y subió el terraplén apoyándose en el hielo. Oyó el combate antes de verlo: espadas contra espadas, gritos y alaridos.

El hechizo de otro mago centelleó en el bosque e iluminó la escena un instante. Le bastó para ver a un druida transformado en sable que le saltaba a la garganta. Colmillosauro ondeó una vez el hacha. El enemigo estaba muerto antes de tocar el suelo.

«Una muerte limpia», cantó su alma.

Cargó en línea recta hacia el combate. Una flecha rebotó con un tañido contra la protección de la garganta —«Por poco»— y el orco giró el hacha para mantener baja la hoja. Lanzó un golpe ascendente que habría partido en dos a una elfa si no llega a saltar hacia atrás. Pero no retrocedió: se le echó encima con tanto brío que no le dio tiempo a reaccionar. Le golpeó con el talón en la sien desnuda, por encima de la armadura. Colmillosauro se tambaleó y vio las estrellas. Solo su fuerza de voluntad le permitió mantenerse consciente.

La elfa volvió a atacarlo. Sus puños se movían tan deprisa que eran casi invisibles. «¡Va desarmada!». Pero el dolor que sentía en la cabeza indicaba que aquello no era cierto. Las manos y los pies de un monje eran armas en sí mismas.

Aunque era competente, tenía un punto débil. La habilidad con la que esquivaba la hoja del hacha revelaba que le prestaba demasiada atención. Colmillosauro hizo un bucle doble con el hacha y, cuando su enemiga se agachó, se inclinó hacia delante y le propinó un puntapié en el estómago. La elfa trastabilló y cayó a la maleza. No estaba muerta, pero Colmillosauro se volvió hacia la batalla; centrarse en un combate singular cuando había decenas de enemigos en las inmediaciones era la mejor forma de morir deprisa.

Un par de guerreros de la Horda lanzaban tajos a las ramas y raíces que habían emergido del suelo. Colmillosauro se unió a ellos. No veía al druida responsable, pero daba igual. Después de controlar las plantas, los tres cargaron contra la retaguardia de los elfos de la noche. La inercia de la batalla cambió rápidamente. Si los kaldorei tenían de verdad una unidad de élite de refuerzo, había decidido luchar en otro cruce... o, aunque fuera menos probable, tal vez la hubieran destruido ya.

La victoria no estaba al alcance de los kaldorei, en patente inferioridad numérica, y sus líneas se estaban rompiendo. Aun así, no huían en desbandada.

«No es lugar para resistir a toda costa, necios».

¿O sí? Los elfos de la noche no combatían como necios. Colmillosauro sintió un escalofrío en el estómago. Ganaban tiempo por algo. Solo había un motivo posible.

Alzó la voz por encima del estruendo:

—¡Replegaos! ¡Replegaos aquí! ¡A formar!

Por supuesto, el caos impidió que todos le oyeran. Un orco con un hacha en cada mano pasó corriendo al lado de Colmillosauro aullando un grito de guerra. El alto señor supremo alargó el mango de su hacha, golpeó al orco en los tobillos y lo vio caer de bruces en un montón de tierra.

—¡Replegaos! —volvió a rugir—. ¡A formar!

Su orden se propagó. Los guerreros de la Horda empezaron a repetirlo a gritos: —¡A formar! ¡A formar!

Poco a poco, los soldados se fueron retirando. El orco zancadilleado se puso en pie y se colocó al lado de Colmillosauro, resoplando y con crispación en la mirada por la humillación. Colmillosauro fingió que no lo había visto caer.

—Vuelve a la otra orilla —le dijo—. Reúne a los magi, a los brujos y al chamán. A todos los que sean duchos en magia. Tráelos ya.

El orco se golpeó el pecho con el puño y salió corriendo sin decir palabra, sacudiéndose la tierra de la armadura.

Colmillosauro formó a los demás en grupos reducidos.

—Arqueros, en retaguardia. Escudos, al frente. Los taumaturgos irán en el centro. Preparaos para un contraataque.

Casi todas las tropas de la Horda le habían obedecido. Los elfos de la noche también habían retrocedido porque, en efecto, no eran unos necios. Aquello confirmaba las sospechas de Colmillosauro. «¿Dónde está ese maldito? ¿Dónde está la trampa?». Escudriñó el oscuro bosque en busca de una señal.

«Ahí».

A lo lejos se veía una silueta iluminada desde atrás por rayos de luz de luna; un elfo solitario, con plumas en los brazos y astas en la cabeza, cuyos ojos refulgían en la oscuridad. Uno a uno, los demás soldados de la Horda lo divisaron.

Los refuerzos llegaron de la otra orilla. Colmillosauro empezó a repartir instrucciones sin apartar la vista.

—Magi a la izquierda, brujos a la derecha. Chamán, conmigo. ¡Esperad mi orden!

Obedecieron y, tras colocarse en posición, esperaron. Aun así, el elfo permaneció inmóvil en la distancia. Durante un minuto... dos... tres... no sucedió nada.

Colmillosauro era paciente. Los demás, no.

—¡Lok'tar ogar!

La cabeza de Colmillosauro giró bruscamente a la derecha. El grito había salido de un pelotón de guerreros orcos que estaba a cierta distancia, mojados aún tras cruzar el río al norte. Habían visto al elfo y atacaban.

—¡Conmigo! ¡Replegaos aquí! —bramó Colmillosauro.

Demasiado tarde. Los ojos del elfo se centraron en los orcos. El bosque de Vallefresno cobró vida. Los gritos de guerra a pleno pulmón de los orcos quedaron silenciados. No hubo alaridos, ni golpes, ni un combate prolongado; solo un frenesí de movimiento en la oscuridad y luego el ruido de unos cuerpos acorazados que golpeaban el suelo.

El elfo no había movido un dedo. Hasta ese punto controlaba la naturaleza. Los ojos volvieron a centrarse en Colmillosauro y la voz se propagó con facilidad entre los árboles.

—Esta no es tu tierra, alto señor supremo —dijo Malfurion Tempestira.

—Ahora sí —respondió Colmillosauro con calma—. Tu pueblo y tú tenéis la oportunidad de marcharos en paz. Aprovechadla, archidruida.

—¿En paz? —Las palabras de Malfurion transmitían una gran furia—. La Horda pagará con sangre cada paso que avance.

Hubo movimiento en las filas de la Horda, fruto del nerviosismo o de la emoción. Quien lograra alcanzar a Malfurion se convertiría en una leyenda. Seguramente la idea les reconcomía por dentro a muchos.

—No hagáis nada hasta que yo lo ordene —susurró Colmillosauro. Y después, en voz alta, añadió—: Ven entonces, Tempestira. Oblíganos a marcharnos.

Malfurion no se movió. Se limitó a observarlos.

Les había tendido una trampa. Colmillosauro estaba seguro. Los elfos de la noche los habían contenido demasiado tiempo y habían perdido demasiadas vidas en aquel río como para que no hubiera motivo. Si la Horda hubiese seguido avanzando, si hubiese sucumbido al ansia de sangre y disfrutado aplastando a un enemigo caído, se habría lanzado a ciegas a por Malfurion. Solo unos pocos habían mordido el anzuelo.

Los demás elfos de la noche se retiraron. Malfurion se había quedado solo. Los kaldorei tuvieron que retroceder. Al perder una parte del río, lo habían perdido todo. La Horda cruzaría el río en breve, rodearía a Malfurion e impediría que huyese. Por fuerte que fuera, el elfo de la noche caería si intentaba plantarles cara allí.

Y seguro que el archidruida sospechaba que Sylvanas Brisaveloz andaba cerca, acechando en las sombras, esperando para tenderle una emboscada.

Colmillosauro esperaría. Si se limitaba a esperar, no podía perder.

Malfurion también lo sabía. Después de unos minutos, por fin retrocedió y desapareció en la oscuridad sin decir nada más. Decenas de soldados de la Horda suspiraron aliviados y, unos cuantos, decepcionados. Colmillosauro esperó unos minutos más para asegurarse de que el peligro había pasado y luego volvió a alzar la voz.

—La Horda ha tomado el río Falfarren —dijo.

A su alrededor estalló un clamor victorioso. Entrechocaron las armas y los escudos. Uno de los magi elfos de sangre lanzó una bola de fuego al cielo a modo de celebración. Colmillosauro no hizo nada por detenerlos. «Que a Malfurion lo persigan los vítores de sus enemigos. Que todos los kaldorei sepan que es la hora de la derrota».

Envió mensajeros por todo el río para difundir la noticia y, poco después, el débil rumor de la celebración se alzó a lo lejos. La Horda había superado uno de los pocos obstáculos que se interponían entre ellos y la victoria. La batalla acababa de empezar y lo que restaba no sería fácil, pero...

Iba a funcionar. En breve, culminarían una conquista espléndida y honorable.

Y menudo trofeo sería Darnassus.

* * *

Lorash estaba suspendido en las alturas, con los tobillos entrelazados en una rama. Su mente estaba tranquila, en calma. E ilusionada. Muy ilusionada.

Ah, sí. Llevaba muchísimo tiempo esperando aquella oportunidad.

Chikkers trató de convencerlo para que no lo hiciera.

—Estás como un cencerro, amigo. Tú y yo no podemos enfrentarnos solos a Malfurion Tempestira.

—Si lo sorprendemos...

—No voy a meter en eso a Capitana, ¿me oyes? —El goblin se había mostrado firme—. Si quieres hacerlo, lo haces tú solo.

Y, por eso, Lorash estaba solo. Había oído de lejos la voz estruendosa de Malfurion y las réplicas provocadoras de Colmillosauro. Muchos de los elfos de la noche se habían retirado por allí, así que sospechaba que Malfurion también lo haría. El líder de los elfos de la noche tendría que reunirse con ellos para planificar la fase siguiente de la defensa.

Y tal vez, solo tal vez, estuviera distraído. Había sufrido una derrota. Tendría ocupada la mente.

El ruido de un pie sobre la blanda hojarasca dibujó una sonrisa en el rostro de Lorash. Había llegado la hora. «Por mi padre... Por mi madre... ¡Por mi pueblo!».

Movió los tobillos. Se dejó caer de cabeza al suelo, con una daga bien agarrada en cada mano. Había elegido el momento a la perfección. Malfurion estaba justo debajo de él y no miraba hacia arriba.

Lorash trazó un arco con ambas dagas. Cuando se cruzaran, encontrarían el cuello de Tempestira y le cortarían la cabeza.

No llegaron a cruzarse.

Malfurion se hizo a un lado. El instante antes de que Lorash se estrellara en el suelo, unas raíces salieron repentinamente de la tierra y le golpearon las muñecas. Las dagas cayeron al suelo. Con un grito de sorpresa, el elfo de sangre cayó sobre el hombro derecho y el cuello. Sintió una punzada de dolor. El brazo derecho perdió toda sensibilidad, pero Lorash aún podía moverse.

Hasta que se lo impidieron más raíces. Antes de que pudiera ponerse en pie de un salto, se le enrollaron en las muñecas, los tobillos y el cuello, y lo inmovilizaron contra el suelo.

«Maldita sea».

Intentó zafarse de las raíces durante un momento, pero en vano. Podrían haberle matado, aplastado o arrancado las extremidades, pero no lo habían hecho. El elfo de sangre lanzó una mirada asesina a Malfurion, quien lo observaba con lástima.

—No tiene ningún sentido. La invasión no tiene ningún sentido —dijo en voz baja Malfurion—. Hermano, no deberíamos ser enemigos.

Lorash tenía las dagas a pocos metros, pero lo mismo podrían haber estado a mundos de distancia. Llevaba dos shurikens en las mangas, pero nada más. Tenía claro que moriría si intentaba lanzarlos. A menos que pudiera distraer a Tempestira.

—Lo del resto de la Horda lo llego a entender. Lo de Sylvanas, lo comprendo —prosiguió Malfurion—, pero nuestros pueblos convivían. Libramos juntos las mismas guerras y dimos la vida los unos por los otros. Así fue hace mucho, y así fue hace pocos meses, en las Islas Abruptas. Los kaldorei y los sin'dorei no deberíamos estar divididos.

Irritado, Lorash habló a través de la raíz que le apretaba la garganta.

—¿Y quién provocó esa división, Tempestira? ¿Quién exilió a mi pueblo?

—Recuerdo los rostros de quienes se marcharon aquel día. El tuyo no estaba entre ellos —dijo Malfurion—. ¿Invades mi patria porque te han contado cuentos de antes de que nacieras u obedeces a ciegas a tu jefa de guerra? No sé qué es peor.

Lorash aún no había muerto y estaba muy sorprendido. «Malfurion quiere hablar». Un líder de los elfos de la noche creía sinceramente que los elfos de sangre no tenían motivo para participar en aquella batalla.

Él lo instruiría encantado.

—Sí, todo aquello sucedió antes de que yo naciera —dijo—. Nací en los Claros de Tirisfal. De niño tuve que huir con mi familia y con los demás. Recuerdo que estuvimos años vagando. Recuerdo un largo invierno, atrapados en las montañas. Recuerdo a mi padre cazando pese al frío, perdiendo un dedo por la congelación, luego dos. Recuerdo que un día ya no volvió. ¿Cuántos de los tuyos han muerto congelados, Malfurion? ¿También tenemos eso en común?

Malfurion no respondió. Lorash sonrió para sus adentros. No tenía las dagas, pero aún podía hacerle sangre a Tempestira.

—Recuerdo siglos de guerras contra los trols —prosiguió Lorash—. Recuerdo ver a los Amani decorando sus chozas y aldeas con trozos de los amigos de mi niñez. Como trofeos, ya sabes. ¿Acudieron los kaldorei en nuestro auxilio en aquellos tiempos? No. Recuerdo el día en que la mismísima muerte llegó a nuestra nueva patria. Cuando murió mi madre y se incorporó al ejército del Rey Exánime, ¿quién tuvo que matarla y darle descanso? ¿Fuiste tú, Malfurion, quien estuvo a nuestro lado cuando perdimos nuestro hogar?

—Mi pueblo acababa de rechazar a la Legión Ardiente y, al hacerlo, perdimos nuestro hogar —dijo Malfurion, cortante—. Y pese a los años de guerra entre nuestras dos facciones, jamás atacamos vuestra tierra. Ni se nos ha pasado por la cabeza.

—Pues yo no he pensado en otra cosa —dijo Lorash.

—Entonces, me alegro de que la mayoría de los tuyos no estén tan perdidos como tú.

—Y yo me alegro de que vivas para ver cómo los míos conquistan tu hogar —replicó Lorash.

 «¿Cuánto puedo forzar la situación?». Su corazón le decía que ya había ido demasiado lejos, pero su alma le decía que siguiera.

—¿Te repugna la idea? ¿Los templos de Elune llenos de sin'dorei?

Lorash vio un movimiento fugaz, oscuro y rápido, con el rabillo del ojo. Se acercaba alguien.

Malfurion alzó la vista. Él también se había dado cuenta.

—Tú —dijo Malfurion.

Ishnu-dal-dieb —dijo Sylvanas Brisaveloz mientras levantaba el arco.

Era la oportunidad de Lorash. Su única oportunidad. Sus manos forcejearon con las raíces y los dedos se estiraron a la desesperada para alcanzar los dos últimos shurikens. Apenas tardó un instante.

En aquel momento, estalló la guerra por encima de él.

El elfo de sangre observaba pasmado. Flechas sombrías y hechizos glaucos atravesaron el aire. Una ráfaga de poder oscuro empujó a Malfurion y Lorash notó cómo se aflojaban las raíces que lo sujetaban.

Lorash echó hacia atrás ambas manos, con los shurikens aferrados tan fuerte que notó el pinchazo de las puntas en las palmas. Envenenarse le daba igual. Estaba cerca, tan cerca...

Malfurion lo miró, y miró las armas de sus manos, y la raíz que le rodeaba el cuello lo estrujó.

Lorash oyó un crujido seco. Seguía con los ojos abiertos, con la mente acelerada, pero el cuerpo ya no le obedecía. Sus pulmones habían dejado de respirar. Tenía todo el cuerpo entumecido. Sus pensamientos comenzaron a apagarse.

—Los tuyos aún no han conquistado mi hogar —oyó decir a Malfurion.

¿A Sylvanas o a él? No lo sabía.

Pasaron unos instantes. La negrura palpitó en su mirada. Probablemente fuera el veneno. Sylvanas Brisaveloz estaba encima de él, diciendo algo que no oía. Si Lorash la veía, es que Malfurion se había retirado.

«Maldita sea. Sigue vivo».

Lorash había fracasado. Se preguntaba si vería a su familia al otro lado.

* * *

Chikkers salió al claro con mucha cautela. Capitana lo siguió arrastrando las patas.

Lorash yacía quieto en el suelo. Una raíz le rodeaba la garganta y tenía la cabeza en un ángulo antinatural con respecto al cuerpo.

—Vaya —resolló Chikkers.

La jefa de guerra, con el arco aún palpitante de energía oscura, se volvió hacia él y le escrutó el alma con sus ojos rojos.

—¿Lo conocías?

—Combatíamos juntos.

Chikkers tuvo que hacer la pregunta obvia:

—No ha sobrevivido, ¿verdad?

—No. Desafió en solitario a Malfurion y murió por ello —dijo Sylvanas.

—Supongo que todos morimos tarde o temprano —murmuró el goblin.

La jefa de guerra hizo algo que no esperaba el goblin. Sonrió.

—Palabras muy sabias –dijo—. Preséntate ante el alto señor supremo Colmillosauro. La guerra no ha hecho más que empezar.

Cuarta parte: Victoria en la Costa Oscura

Una mano le apretó el hombro a Colmillosauro.

—Aquí estamos, alto señor supremo —dijo Morka.

El orco despertó al instante.

—¿Cómo van los combates?

Morka sacudió la cabeza.

—Ya han acabado.

Colmillosauro saltó del carro y miró de soslayo hacia arriba. El sol aún estaba bajo en el cielo, así que no había dormido mucho, quizá quince minutos. Después de varios días de lucha, era un lujo. No lo libraría del peso de la fatiga mental, pero refrescaría sus ideas.

Ante él había un lago. En el centro, una isla, que partía las aguas casi en dos, y en esa lengua de tierra, un pueblecito kaldorei: Astranaar, una de las últimas fortalezas de los elfos de la noche de camino a la costa. Agua por todos lados, solo dos puentes para acceder; perfecta como base de operaciones. Si los elfos de la noche ya la habían perdido, era una victoria asombrosa para la Horda.

—¿No han defendido Astranaar? —preguntó Colmillosauro.

Morka se encogió de hombros.

—Cuando llegamos, los elfos de la noche ya estaban muertos. Los exploradores dicen que los cadáveres mostraban síntomas de envenenamiento. El trabajo de los infiltrados ha debido de ser... provechoso.

Impresionante. Colmillosauro tendría que averiguar qué picaros habían sido tan metódicos.

—Peinad el pueblo una vez más en busca de saboteadores y llevadlo todo a la posada. Astranaar es el último puesto de mando que necesitamos para hacernos con Vallefresno —dijo.

Quizá podría dormir unos minutos en una cama y no en un carro de madera en un camino lleno de baches.

* * *

Todo estaba tranquilo, todo lo tranquilo que podía estar un campo de batalla.

Sylvanas Brisaveloz se había escondido en una arboleda, varios kilómetros por delante de la vanguardia de la Horda, en busca de Malfurion Tempestira, pero oía el ruido procedente de un centenar de escaramuzas lejanas. Los gritos de los vencedores, los aullidos de los moribundos... Desde lejos, todo sonaba igual: el alarido indistinto de la guerra.

Sylvanas no le hizo caso. Estaba detrás de una presa más grande, si es que encontraba su rastro.

Malfurion Tempestira jugaba mejor de lo que esperaba. No se había dejado acorralar. Durante días, había golpeado con fuerza a la Horda, haciendo pedazos sus filas, y luego se había desvanecido en el bosque antes de que Sylvanas apenas pudiera vislumbrarlo. No se dejaba llevar por la ira.

Pero no conseguiría alterar el desenlace de la batalla. Tenía que saberlo.

Si no andaba por allí, ¿dónde estaría? Sylvanas le daba vueltas al problema mientras vigilaba el bosque a su alrededor. Allí, justamente allí, reinaba la tranquilidad. El tipo de silencio que solo traía la muerte. Estaba rodeada de cadáveres, todos de la Horda.

—Al final, la muerte nos reclama a todos —les susurró Sylvanas Brisaveloz.

Flojo como panegírico, pero no había palabras para aliviar lo que habían sufrido antes de su final.

Sylvanas había visto la muerte en toda clase de formas y circunstancias. Los cadáveres eran elocuentes. La evidencia del horror de los caídos estaba escrita en las pisadas que habían aplastado hierbas y hojas, en la tierra revuelta por las raíces surgidas del suelo para atrapar brazos y piernas y, por supuesto, en el terreno abrasado que marcaba dónde habían muerto.

Un grupo de elfos de la noche —la mayoría, pero no todos, druidas o magi— se había escondido en lo más recóndito de la arboleda. Cuando el grupo de soldados de la Horda pasó por allí, los kaldorei habían recurrido a flechas, magia, espadas y otros muchos instrumentos de guerra, y habían herido a casi toda la partida de asalto.

Los treinta miembros de la Horda habían caído en cuestión de segundos. Los druidas habían recurrido a la naturaleza para someter a la mayoría, y los magi habían encerrado en hielo a unos pocos. Quizá uno o dos hubieran muerto deprisa. Los demás habían quedado indefensos; doloridos, pero vivos.

Y solo entonces comenzó la matanza.

Los soldados de la Horda no habían muerto en un estallido de fuego: habían ardido lentamente, sufriendo, chillando. Los elfos de la noche habían hecho todo lo posible para prolongar el horror, para maximizar el dolor.

«A Malfurion le enfurecería ver lo que ha hecho su gente», pensó Sylvanas. «La herida está abierta. Han empezado a sangrar, pero canalizan el odio de manera lamentable».

Los kaldorei sabían que eran muchos menos. Sabían que su hogar estaba perdido. Tal vez unos cuantos supieran en su fuero interno, igual que ella, que Darnassus acabaría reducida a cenizas. Enfurecidos, lo único que estaba en su mano era hacer sufrir a aquellos desgraciados.

Habían usado su poder no para ganar una batalla ni para ganar tiempo en la evacuación de su gente, sino para causar dolor y nada más. Su furia les había arrebatado toda pretensión de civilización, toda apariencia de honor, y habían mostrado su auténtica cara.

Eso es lo que hacía la guerra: les daba permiso a los seres civilizados para hacer lo impensable. Solo entonces se podía lograr lo imposible.

Sylvanas lo había aprendido por las malas. Probablemente, muchos otros jamás lo conseguirían.

Malfurion... Pese a la cólera por lo inevitable, no perdía la compostura. Tal vez no pudiera.

«Y por eso caerá».

¿Llegaría Colmillosauro a entenderlo? Había vislumbrado el mismo abismo que ella. Su hijo, Dranosh, era un dechado de honor, pero eso importó un bledo cuando la muerte fue a buscarlo. Colmillosauro había visto bailar a su hijo como una marioneta movida por el Rey Exánime. Aquel día hizo mella en el alma de Colmillosauro. Incluso él creía que lo había destrozado.

Sylvanas había sospechado en privado que jamás volvería a combatir, pero sí lo hizo. La herida no se había cerrado; sencillamente había aprendido a vivir con ella. Parecía pensar que el honor lo sostendría hasta el final de sus días.

El honor era lo único que le quedaba. El honor y la Horda. Sylvanas no sabía lo que haría si le arrebatasen alguno de los dos.

«Se convertiría en enemigo mío, un enemigo terrible».

Por suerte para él, lo que ella necesitaba ahora mismo era honor y moderación. Quizá Colmillosauro encontrara una muerte gloriosa en el campo de batalla antes de tener que afrontar una decisión que lo destruiría.

«O quizá el viejo orco me sorprenda», pensó. «Quizá le plante cara al mundo tal como es y decida seguir luchando a mi lado. Si no lo hace, bueno...».

«Ya llegaremos a eso».

Malfurion había estado un tiempo en la frontera norte de Vallefresno y luego había viajado al sur. Sylvanas estaba segura. Por algún motivo, no había pasado por la arboleda. ¿Qué le había llamado la atención?

No había muchas posibilidades. No había ruido de lucha al sur. Astranaar estaba por allí. Debía haber sido zona de guerra. Si no lo había sido, era adrede.

Salió de la arboleda y se dirigió hacia el sur. Su intuición la empujaba hacia Astranaar.

* * *

La batalla tocaba a su fin, y Colmillosauro lo sabía. La Horda lo sabía. Los elfos de la noche parecían saberlo, pues luchaban más a la desesperada que nunca.

Colmillosauro se reclinó sobre la mesa más grande de la sala común de la posada y estudió atentamente el mapa de Vallefresno con los estrategas. Sus subordinados ya habían marcado en el mapa los movimientos más recientes de la Horda y las fuerzas de la Alianza que habían avistado. La línea del frente se había adelantado en el extremo sur, pero el flanco norte se acercaba rápidamente. Malfurion había vapuleado a la Horda en el norte, pero habían llegado refuerzos para reponer las bajas. En el mapa, parecía que los últimos focos de resistencia de los elfos de la noche en Vallefresno se desmoronaban bajo una avalancha de marcas de cera.

No había noticias de que quedaran fortalezas de los elfos de la noche, al menos desde los Baldíos del Norte a Astranaar. Los kaldorei contaban con exploradores móviles que aprovechaban cualquier oportunidad para sembrar el caos tras las líneas de la Horda, pero no les preocupaba. Las rutas de suministros estaban bien protegidas y la vanguardia contaba con pertrechos suficientes para llegar a Darnassus.

«Hemos conquistado Vallefresno». No lo dijo en voz alta. Convenía no tentar al destino, sobre todo cuando él tampoco lo tenía tan claro. Había sido una victoria muy fácil.

Y, en cualquier caso, Vallefresno no era el objetivo final; solo era la pieza más grande del rompecabezas.

Los dedos de Colmillosauro perfilaron la línea de la costa, desde la frontera de Vallefresno a la Costa Oscura, donde la Horda lanzaría el ataque sobre Darnassus.

—Hay que empezar con los preparativos para la ofensiva final —dijo.

—¿No pararemos hasta la Costa Oscura? —preguntó un orco.

—Tomaremos posiciones en la costa, al sur.

Colmillosauro tocó una posición no muy alejada. La avanzada de Zoram'gar. Desde la destitución de Grito Infernal, la Horda no la había usado mucho. Era un buen lugar para reorganizarse.

—Hay un claro desde Vallefresno hasta la playa. Los elfos de la noche no nos desafiarán a campo abierto. Tomaremos la costa con facilidad.

—Es posible que la flota de los elfos de la noche vuelva pronto —dijo un elfo de sangre—. Con suerte estarán a varios días, pero podrían volver desde Feralas esta misma tarde. En la playa podríamos ser vulnerables a sus ataques.

—Si la flota nos bombardea en lugar de evacuar al resto de los ciudadanos...

Colmillosauro no terminó la frase. Eso era lo que haría la flota, ¿no? Los barcos podían evacuar a muchos elfos de la noche del Árbol del Mundo, pero no tendrían tiempo para subirlos a bordo. Si la flota retrasaba a la Horda en lugar de ayudar con la evacuación, escaparían más civiles.

—Tienes razón. ¿Cuántas máquinas de asedio nos quedan?

Aquello suscitó cierto debate. Después de que los estrategas compararan sus datos, informaron de que los elfos de la noche habían conseguido destruir o dañar la mitad de las que tenía la Horda. Más de las que le habrían gustado a Colmillosauro, pero no un desastre. Al fin y al cabo, eran el objetivo más importante para los elfos de la noche. Si la Horda no instalaba máquinas de asedio en la Costa Oscura, no habría fuego de cobertura en el asalto al Árbol del Mundo.

«Pero aún tenemos suficientes. De sobra». Continuó con las órdenes: —Situad aquí las armas de asedio. Estarán a salvo hasta que tomemos la costa.

Durante la hora siguiente, las máquinas y sus dotaciones entraron en la población y aparcaron en el camino que atravesaba Astranaar. Colmillosauro no se percató porque seguía con la mirada clavada en la mesa, donde sus subordinados reflejaban datos nuevos en los mapas. Alguien desenrolló el mapa de los mares entre Kalimdor y los Reinos del Este y marcó el avance de los refuerzos de la Alianza. Su flota seguía a varios días. Demasiado lejos como para influir en la situación.

A la Horda aún le quedaba un largo trecho por delante, se recordó Colmillosauro. Muy largo. Aún habría que matar y morir mucho, pero la estrategia que los había llevado hasta allí les permitiría llegar a la costa occidental.

Los combates habían cobrado un ritmo que los elfos de la noche no podían parar. Los ejércitos de Colmillosauro avanzaban en grupos reducidos hasta que encontraban resistencia, y entonces se mantenían firmes. Solo había suficientes elfos de la noche para contenerlos en una o dos posiciones; Malfurion era un bastión por sí solo, pero Sylvanas le pisaba los talones y si descansaba demasiado, acabaría alcanzándolo. En las demás posiciones, la ofensiva seguía. Si los elfos de la noche retrocedían, los exploradores de la Horda los hostigaban. Si resistían, no tardaban en acorralarlos. A la Horda no le hacía falta irrumpir en las defensas de los elfos de la noche, no si podía rodearlas.

Todo parecía limpio y fácil, pero la guerra no era ninguna de las dos cosas.

En muchos casos, el avance de los soldados de la Horda les había metido en una emboscada. Malfurion sembraba la destrucción en las líneas de la Horda y mataba a aquellos necios que le plantaban cara. Cuando se hiciera el recuento final de bajas, habría más muertos de la Horda que kaldorei.

Sin embargo, Colmillosauro contaba con ello. No le gustaba, pero si amenazabas el hogar de un enemigo e invadías su territorio, tenías que pagar un precio.

«Si es lo que hace falta para acabar con la próxima guerra antes de que estalle, merece la pena».

Un mensajero llegó a la posada; un Renegado con la marca de la guardia de honor personal de la jefa de guerra. —¿Alto señor supremo Colmillosauro? Fuera, vamos.

Colmillosauro le lanzó una mirada feroz y fugaz. «Este tiene que aprender respeto». Luego centró su atención en los mapas.

—Entrégame el mensaje y lárgate.

—La jefa de guerra te aguarda. ¿Es que no sigues sus órdenes, alto señor supremo? —preguntó el no-muerto.

Si Colmillosauro le hubiera hablado así a su primer jefe de guerra, Puño Negro, le habría cortado la cabeza. Pero obedeció. «No merece la pena que lo mate». Dio tres pasos hacia la puerta y entonces se acordó de su hacha, que seguía sobre la mesa. El cansancio empezaba a afectarle. Con un gruñido, volvió a por ella.

Morka, la guardia, pasó por delante de Colmillosauro con la mirada fija en el mensajero.

—¿Cómo te llamas, recadero?

—Soy el emisario de la reina —dijo el mensajero—. Eso debería bastar para los de vuestra calaña.

La mano de Colmillosauro se cerró sobre el mango del hacha.

—Te ha hecho una pregunta —gruñó—. ¿Cómo te llamas?

—Tienes tus órdenes. Sal, alto señor supremo. ¿Cuánto tiempo más piensas desobedecer a la jefa de guerra? —preguntó el Renegado con voz anodina.

Colmillosauro apretó la mandíbula. Echó una ojeada a Morka y se adelantó un paso.

—Creo que a ti te importa bien poco la jefa de guerra —dijo Colmillosauro.

 Ni el Renegado más fanático actuaría así. Pero alguien que intentara imitar a uno...

—Dime, elfo de la noche, ¿por qué nombre te llama Malfurion?

La expresión del mensajero no cambió, pero sus dedos se movieron nerviosamente. Hacia la cintura.

Aquello fue suficiente. Colmillosauro alzó el hacha y rugió.

—¡Saca tus armas, asesino, o muere huyendo!

Entonces atacó.

La criatura disfrazada de Renegado sacó sus dagas ocultas. Las puntas de las hojas dejaban finas estelas de humo negro en el aire. Un rasguño seguramente sería mortal. Mientras Colmillosauro ondeaba el hacha, el asesino hincó una rodilla y lanzó un tajo a las piernas del orco.

«Debe de ser joven», pensó Colmillosauro. Los combatientes más veteranos sabían que no debían desperdiciar su única posibilidad de sobrevivir con un ataque complicado.

Antes de que los cuchillos lo alcanzaran, su bota golpeó al asesino bajo la barbilla y lo levantó. El hacha hizo blanco: le partió el cuello y se detuvo al llegar a la columna vertebral.

El disfraz se desvaneció y Colmillosauro miró a los ojos al elfo de la noche que había intentado matarlo. Era joven, poco más que un niño entre los de su raza. El alto señor supremo sacó el hacha y dejó caer el cuerpo de su enemigo. El muchacho chocó contra el suelo con estrépito y las tablas de madera se empaparon de sangre. Sus ojos seguían fijos en el rostro de Colmillosauro.

Colmillosauro recordaría su expresión. Era una de las terribles certezas de la guerra: los jóvenes morían y los supervivientes estaban condenados a recordar cómo había ocurrido.

—Descansa —le dijo—. Has muerto con honor. Nadie puede pedir más.

El rostro del elfo se retorció y, por un momento, Colmillosauro creyó que estaba a punto de llorar. Pero no: con su último aliento, el pícaro moribundo le escupió en las botas, dejándole un rastro de sangre y saliva en la armadura. Luego se quedó quieto.

Morka se puso al lado de su comandante con una hachuela en cada mano. Todo había acabado muy deprisa y no había podido usarlas.

—Desafiante hasta el fin —apuntó—. Su pueblo estaría orgulloso.

Colmillosauro estaba de acuerdo. «Cuánto brío. Y ni siquiera he averiguado cómo se llamaba».

—Acertaste al detectar al asesino —le dijo Colmillosauro—. Pero nunca debería haber llegado hasta aquí.

Salió dando zancadas y gruñendo. Había dotaciones de asedio, guardias y soldados por todas partes. Astranaar rebosaba de miembros de la Horda, y ninguno de ellos había identificado al extraño que caminaba entre ellos. Nadie le había dado el alto.

Disfrutaría explicándoselo con todo lujo de detalles.

—¡Escuchad bien! —comenzó.

Las cabezas se volvieron hacia él. Los ojos repararon en la sangre en el hacha y la armadura.

—¿Necesita la Horda que se le recuerde que estamos en guerra? ¿Necesita la Horda...?

No acabó la frase. Tuvo la sensación de que sus latidos siguientes duraban una eternidad. Su fatigada mente por fin se había puesto a la altura de su bien ganado instinto de supervivencia. Al muchacho no lo habían enviado allí para matarlo.

Había intentado sacar a Colmillosauro al exterior.

En su afán por sermonear a sus guardias, Colmillosauro había hecho exactamente lo que el muchacho quería. «Acabas de matarte, viejo estúpido». Se dio la vuelta y se lanzó hacia la posada. Un instante después, el suelo tembló cuando Malfurion Tempestira aterrizó justo donde había estado.

—¡Lok’Narash! —gritó. «A las armas».

Sus consejeros y estrategas ya formaban una línea en la sala común, preparados después de ponerlo a salvo tras ella. Como muchos edificios de los elfos de la noche, en este había ventanas en tres de las paredes, con lo que todos veían el caos del exterior. Las dotaciones de asedio se alejaban de Malfurion solo para caer con la espalda atravesada por flechas y espadas.

Malfurion no estaba solo. Era la batalla final de los kaldorei en Vallefresno, un intento de decapitar al comandante enemigo. Y Colmillosauro se había dejado atraer con toda facilidad. Astranaar era una isla de acceso limitado. Fácilmente defendible.

E imposible de evacuar.

Y Colmillosauro acababa de refugiarse en un edificio con pocas paredes. Para luchar contra un archidruida.

«Es el fin».

Mientras del exterior llegaba un estrépito caótico, la oscuridad se cernía sobre la posada. Malfurion Tempestira cruzó el umbral con la vista puesta en Colmillosauro. Tres de los asesores del alto señor supremo lo atacaron.

—¡Alto! —gritó Colmillosauro.

Malfurion se movió y las garras metálicas que llevaba atadas a las muñecas despacharon rápidamente a los dos orcos y al elfo de sangre. Pasó por encima de los cadáveres.

Morka cogió del hombro a Colmillosauro.

—Huye, alto señor supremo —dijo—. Te daremos tiempo.

No era cierto. Apenas le darían un instante. Era hora de morir con honor.

—Coge los mapas —susurró él—. Llévaselos a la jefa de guerra.

Los ojos de Morka se abrieron de par en par, pero Colmillosauro se apartó y rugió:

—¡Malfurion Tempestira! ¡Te desafío a mak'gora!

Las palabras le sonaron extrañas incluso a él mismo. ¿Qué podía importarle un duelo a muerte orco a un elfo de la noche? Daba igual. Malfurion estaba allí por él. No perseguiría a unos cuantos consejeros.

Colmillosauro miró a los demás soldados de la Horda de la posada. Al ver su confusión, alzó aún más la voz.

—¡Tempestira es mío, pandilla de cobardes! ¡Si no salís de la posada en cinco segundos, os mataré yo mismo!

Morka parecía furiosa, pero obedeció. Agarró el cartucho de los mapas y salió corriendo del edificio. El resto la siguió enseguida.

Los ojos de Malfurion no se apartaban de Colmillosauro.

—¿Un duelo, Colmillosauro? —preguntó con voz serena como el ojo de un huracán, como la tierra recién cavada de una tumba.

El archidruida avanzó tranquilamente hacia donde lo esperaba Colmillosauro.

— ¿Piensas que me interesan los duelos?

—Huye si tienes miedo —dijo Colmillosauro.

 Estaba ganando tiempo, nada más. La única victoria a la que podía aspirar era que los últimos movimientos de tropas de la Horda llegaran a manos de Sylvanas para que la batalla continuara.

—O pelea conmigo y comprueba si caigo.

Malfurion no dijo nada. Alzó los brazos y la posada tembló. El suelo y el techo de madera crujieron y gimieron.

Los labios de Colmillosauro se contrajeron en un gruñido. El poder de la naturaleza no aparecía en un puñetazo o una estocada; aparecía cuando el fuego reducía a cenizas un bosque, pero este regresaba pocos años después; aparecía cuando una ciudad imponente era invadida por la maleza tras una década de abandono; aparecía en mil generaciones de depredadores y presas, que vivían y cazaban siguiendo el instinto de sus antepasados.

En las manos de un druida, ese poder de siglos podía concentrarse en un minuto. En las manos de Malfurion...

La posada y todo lo que contenía volverían a la tierra en cuestión de segundos.

Colmillosauro saltó hacia delante con el hacha en alto mientras las enredaderas y las raíces destrozaban la posada. Malfurion esquivó el golpe sin ningún esfuerzo y las garras de metal que llevaba atadas a las manos buscaron la cabeza de Colmillosauro. El orco las apartó golpeándolas con la empuñadura del hacha. Por poco.

Colmillosauro rugió, su hacha silbó y el segundo ataque de Malfurion se coló como una serpiente por un hueco en la armadura del hombro.

La sangre goteó en el suelo. Raíces, innumerables raíces, un bosque de raíces trató de enredar los tobillos de Colmillosauro. Saltó para esquivarlas, cortando las plantas cada vez que intentaban atraparlo.

Cuando los pedazos de la posada empezaron a caer alrededor de la cabeza del orco, aceptó su muerte. Contra una criatura como Tempestira, el fracaso no era deshonroso. Bastaba con afrontar el fin sin rendirse.

Una explosión repentina lo tiró al suelo y lo aturdió. Colmillosauro cerró los ojos. «Se acabó». Sintió que se le dormían las manos, con un hormigueo provocado por el poder oscuro que retumbaba en las ruinas de la posada...

«¿Poder oscuro?».

Colmillosauro abrió los ojos. Malfurion no lo miraba a él. Una flecha, envuelta en humo purpúreo, explotó delante de los brazos cruzados con los que se cubría la cara. Una luz esmeralda se alzó contra la oscuridad y Malfurion se dispuso a atacar a Sylvanas Brisaveloz, que tenía otra flecha lista y lo apuntaba a bocajarro.

Colmillosauro se habría puesto en pie de un salto, pero sus piernas no lo obedecieron.

Entonces, la posada se desplomó encima de él y se vio rodeado de oscuridad y dolor. Pero no había muerto. Aún no.

Se suponía que la muerte no dolía tanto.

* * *

«Lo más irritante de los elfos de la noche», masculló Nathanos para sí, «es que son inquebrantables».

Casi todas las criaturas perdían el paso cuando las mandíbulas de una derrota inminente se cerraban a su alrededor. Un animal asustado huía con velocidad antinatural, pero cuando se imponía la inevitabilidad de la muerte, frenaba. El último y modesto consuelo que se concedía era no morir cansado. Sin embargo, los kaldorei no lo veían así, y Nathanos se veía obligado a perseguir a cada uno de ellos hasta el final.

Hacía mucho que ya no resultaba divertido.

Volvió a Astranaar recriminándoselo a sí mismo. Decenas de elfos de la noche, Malfurion Tempestira incluido, habían escapado del pueblo después del ataque. Nathanos solo había rastreado a dos, y no creía que el resto hubiera encontrado a ninguno más. Puede que hasta Sylvanas volviera con las manos vacías.

Claro que, ella iba tras la presa más importante. Él no tenía excusa.

El caos había cesado en Astranaar. Se atendía a los muertos, se hacía el recuento de bajas y los vivos habían vuelto a centrarse en la guerra, aunque un tanto afectados. No había nada parecido a enfrentarse a una criatura que llevaba más de diez mil años dominando la naturaleza.

«Como mínimo, las masas ingratas de la Horda por fin tributarán a la jefa de guerra el respeto que se ha ganado». Una y otra vez, Malfurion había acudido para aplastar grupos de la Horda y ella había intervenido. Gracias a ella se habían salvado cientos, quizá miles, de vidas.

Siempre se había merecido su devoción absoluta, pero ahora también tendría su respeto.

«Ya era hora».

Varios soldados cavaban a la desesperada entre los escombros de la posada del pueblo, donde se suponía que había caído Colmillosauro. Si los rumores eran ciertos, había perecido en duelo con Tempestira. El rescate lo supervisaba una orco que Nathanos reconoció. «Me quitó la daga», pensó divertido.

—¿Murió con honor? —preguntó Nathanos.

Morka levantó la vista de los escombros con irritación.

—La última vez que lo vi seguía vivo. ¿Nos echas una mano?

Se notaba cierta crispación en su voz.

Nathanos empezó a quitar escombros sin decir palabra. Con independencia de que Colmillosauro estuviera vivo o muerto, la Horda tenía que seguir adelante y a los más sentimentales les costaría hacerlo hasta que se supiera qué suerte había corrido el alto señor supremo.

Diez minutos después, alguien gritó: «¡Está vivo!». Un aluvión de manos descendió para quitar de encima del comandante orco las últimas vigas y tablas, y pusieron en pie a Colmillosauro entre los emocionados vítores de todos los soldados de Astranaar. El orco estaba ensangrentado y agotado, pero a todas luces vivo.

«Bien. Detestaría perderme la muerte de un orco tan cabezota». Nathanos esperó a que los sanadores examinaran las heridas —unos cuantos tajos, algunas costillas rotas y un puñado de moratones, todos curados rápidamente— antes de acercarse al alto señor supremo. Colmillosauro estaba sentado sobre los escombros, recuperando el aliento y con la mirada clavada en el suelo.

—¿Has descansado bien? —dijo Nathanos.

El orco tosió y resopló.

—Hacía días que no dormía tan bien. ¿Qué tal va la batalla?

—Cuéntamelo tú, alto señor supremo —dijo el Renegado—. ¿Qué hacemos a continuación?

—¿Tempestira se os ha vuelto a escapar? —replicó el comandante orco mientras le dirigía una mirada vacía.

Nathanos refrenó un arrebato de cólera.

—Después de que se te escapara a ti, sí.

Colmillosauro escupió.

—En ese caso, continuamos según lo previsto. ¿Qué nos cuentan los exploradores? ¿Hacia dónde se retiran los elfos de la noche?

—Se marchan de Vallefresno —intervino Morka. Creemos que abandonan estas tierras.

Un murmullo creció entre los miembros de la Horda reunidos. Los soldados del camino central se hicieron a un lado. Sylvanas Brisaveloz había vuelto y se acercaba a Nathanos a grandes zancadas.

Lamentablemente, no llevaba la cabeza de Malfurion en las manos.

Colmillosauro alzó la voz: —¿Es cierto, jefa de guerra? ¿Han abandonado la región?

Sylvanas asintió. Se dirigió a la multitud.

—Vallefresno pertenece a la Horda.

Estalló un rugido que se propagó rápidamente. Los soldados levantaron puños y armas mientras lanzaban gritos de victoria. Nathanos no sonreía. Aún no se había ganado la guerra.

Sylvanas se volvió hacia Colmillosauro. Su voz se deslizó por debajo del estruendo para que solo Colmillosauro y Nathanos la oyeran.

—¿Estás en condiciones de pelear, alto señor supremo? ¿Estás preparado para el fin?

Colmillosauro se golpeó la armadura con la parte plana del hacha.

—Estoy listo, jefa de guerra. Conquistemos Darnassus para la Horda.

* * *

Los elfos de la noche se habían retirado por completo de Vallefresno. En cuanto la Horda se percató de que ya no había emboscadas, trampas ni enemigos, apretó el paso. Todos querían ocupar la vanguardia cuando llegara el momento de atacar el Árbol del Mundo. La promesa de gloria rondaba la imaginación de los soldados y Colmillosauro lo sabía.

La vanguardia del ejército llegó a la costa occidental de Kalimdor pocas horas después. Colmillosauro estudió rápidamente el terreno. El camino desde los bosques encantados de Vallefresno torcía hacia el norte y se adentraba en otro bosquecillo. Ese camino llevaba directo a la Costa Oscura.

La resistencia sería feroz. Los elfos de la noche habían renunciado a Vallefresno porque ya no les ofrecía más posiciones para resistir. Allí, a lo largo de la costa, las cordilleras impenetrables constreñían el bosque a una franja estrecha de terreno. Sin duda, la última y desesperada defensa de Darnassus tendría lugar allí.

Malfurion estaría al mando. Cuanto más se retrasase la Horda, más tiempo tendría el archidruida para prepararse.

Colmillosauro ordenó al ejército que instalase una base temporal de operaciones en la costa, cerca de las ruinas de la Avanzada de Zoram'gar. Los elfos de la noche no abandonarían el cobijo de los árboles para atacar a campo abierto, con lo que la Horda podía reparar su equipo, comer, beber, descansar y ocuparse de sus achaques sin miedo a represalias.

—Estamos cerca, Horda —dijo Colmillosauro—. Esta es la última oportunidad de descansar. Preparaos. Tomaremos el Árbol del Mundo antes de que anochezca.

Sylvanas y él se inclinaron sobre el mapa para planificar las maniobras finales. Ambos convenían en que no era necesario complicarse: avanzar, encontrar a los enemigos y lidiar con ellos de la mejor manera posible.

—Yo encabezaré el asalto —dijo Colmillosauro—. Tú deberías quedarte atrás.

La jefa de guerra respondió enarcando una ceja.

—Malfurion estará allí, alto señor supremo —dijo.

—Necesito que no se reserve. Tempestira quiere mi cabeza. No se contendrá. A partir de ahí, veremos el alcance de sus defensas y podremos planear cómo superarlas.

Las comisuras de los labios de Sylvanas se contrajeron.

—Me quedaré en la linde del bosque, si quieres.

Estaba claro que no esperaba que él sobreviviera.

No la culpaba.

No escasearon los voluntarios para acompañar a Colmillosauro. En menos de diez minutos, acompañado por más de cien soldados de la Horda, el comandante orco se adentró en el bosque del norte. Guardaban cierta distancia entre sí, pero sin alejarse tanto como para no combatir juntos en caso necesario. Colmillosauro agarraba el hacha con fuerza mientras escudriñaba los árboles y esperaba a que Tempestira se dejara ver.

Pasaron varios minutos. La Horda avanzaba paso a paso, en un silencio roto solo por las pisadas sobre la tierra y las hojas. El terreno no era llano, pero tampoco difícil de atravesar. Varios riachuelos cruzaban el bosque y, cada vez que Colmillosauro vadeaba uno, se preparaba para que silbaran unas flechas hacia su cabeza o unas raíces lo agarraran de los tobillos y lo arrastraran bajo el agua. No pasó nada de eso. Unos cuantos fuegos fatuos revolotearon, pero eran inofensivos en pequeñas cantidades. La mayoría se mantenía en lo alto de las ramas.

El bosque estaba tranquilo. Sereno. Vacío. Los soldados de la Horda seguían levantando la mirada para escudriñar los árboles, pero las copas no eran tan tupidas como en Vallefresno. Además, el brillo de los fuegos fatuos disolvía las sombras. Allí, los elfos de la noche no podrían tenderles una emboscada.

«No es posible que hayan abandonado este lugar», pensó Colmillosauro. Pero lo parecía.

No tardó mucho en vislumbrar entre los árboles las playas de arena de la Costa Oscura. El enemigo seguía sin aparecer. Captó algo de movimiento: unos elfos de la noche que evacuaban el Árbol del Mundo. Algunos de ellos señalaron a Colmillosauro y a la Horda, mientras daban la alarma a gritos.

«¿Malfurion espera a que anochezca?». El sol se acercaba al horizonte, pero la Horda tomaría la Costa Oscura mucho antes del anochecer si no encontraban resistencia.

A Colmillosauro se le puso la piel de gallina. El instinto le decía que se estaba metiendo en una trampa, pero no conseguiría nada si se retiraba antes de que saltara. Siguió avanzando. «Hay que conseguir que Malfurion dé la cara».

Un fuego fatuo pasó por delante de los ojos de Colmillosauro, que agitó distraídamente la mano izquierda para espantarlo. Le escoció; parecía que el fuego fatuo le hubiese picado en la palma expuesta. Salió disparado y luego se le posó en la coronilla y le cubrió la cabeza.

Colmillosauro gruñó al notar que el fuego fatuo volvía a golpearle la piel con su poder. Lo apartó de un fuerte manotazo. Entre los árboles flotaban más fuegos fatuos, con movimientos inquietos y convulsos. Colmillosauro supuso que no les había gustado lo que había hecho.

Otros gruñidos y maldiciones lanzados en voz baja captaron su atención. Había más miembros de la Horda espantándose los fuegos fatuos. Colmillosauro se quedó quieto. No era raro que los fuegos fatuos se reunieran y juguetearan antes del ocaso, pero no eran agresivos. No solían serlo.

Pero ya había visto algo así, ¿verdad?

En lo alto del Monte Hyjal, un señor demoníaco había avanzado hacia Nordrassil con la intención de reclamar su poder para la Legión Ardiente. Colmillosauro había luchado en aquella batalla, y había contenido a la desesperada la oleada de demonios...

... mientras Malfurion Tempestira pedía ayuda a sus ancestros...

... y miles, no, millones de fuegos fatuos habían respondido a la llamada...

En pequeñas cantidades, los fuegos fatuos eran inofensivos.

En gran número...

—¡Retirada! —bramó—. ¡Horda, retirada! ¡Corred!

La mayoría de los soldados de la Horda obedeció la orden, pero muchos no reconocieron el peligro y tardaron en huir.

Una voz atronó en el bosque, prometiendo venganza:

Ash karath —dijo Malfurion Tempestira.

Los fuegos fatuos descendieron de las ramas como un muro macizo, brillante y tembloroso. Rodearon a los rezagados y a los más lentos y los envolvieron en un capullo luminoso del que solo escapaban gritos de dolor.

—¡¡Corred!! —volvió a gritar Colmillosauro, y esta vez ya no hubo dudas.

La Horda huyó, soltando armas, escudos y armaduras para ponerse a salvo. Ninguno de ellos había estado aquel día en el Monte Hyjal, pero conocían la historia.

Los fuegos fatuos trataban de desgarrar la armadura del alto señor supremo. Se tapó la cabeza con los brazos y corrió a la desesperada. El calor de la furia de los fuegos fatuos —la ira de los antepasados de los kaldorei— intentaba atravesar su armadura, abrasar la carne de debajo, penetrar en los huesos y entrañas y hacerlo pedazos.

Si el poder de los fuegos fatuos había sido capaz de matar a un señor demoníaco, a los mortales de la Horda los masacraría.

Las botas blindadas de Colmillosauro pesaban mucho y amenazaban con engancharse con piedras y raíces. Si perdía pie, moriría, pero siguió corriendo hasta que escapó del bosque y salió a la costa. Jadeando, se volvió para ver cuántos más sobrevivirían.

En el bosque habían entrado más de cien soldados de la Horda. Menos de una docena salieron a la costa cerca de la Avanzada de Zoram'gar. En la linde del bosque, los fuegos fatuos zumbaban con furia mientras revoloteaban en trayectorias erráticas, esperando a que la Horda volviera a estar a su alcance. Se estiraron formando una pared maciza desde la costa a las montañas. Todo el bosque del norte quedó protegido.

Sylvanas permanecía inmóvil a campo abierto, observándolo todo con expresión impenetrable.

Los fuegos fatuos se separaron en el centro del bosque, solo un poco, y los soldados de la Horda pudieron ver lo que había entre los árboles. Allí, sobre un pequeño montículo, se encontraban Malfurion Tempestira y muchos otros elfos de la noche.

—Esto se ha terminado —dijo Malfurion. Su voz atravesó el bosque y llegó hasta la costa expuesta—. La Horda no dará ni un solo paso más por nuestra tierra, al menos sin pagarlo con la vida. Lo juro.

Los fuegos fatuos cerraron filas y Malfurion desapareció.

Sylvanas no apartó la mirada del lugar que había ocupado.

Colmillosauro permaneció un rato allí, ordenando sus pensamientos. El terror había pasado. Ahora pensaba en las opciones tácticas. Los fuegos fatuos no iban a desaparecer. Caerían sobre cualquier enemigo que se acercase.

«No podemos cruzar esa línea. Al menos fácilmente». Podía lanzar a todo el ejército a esa trampa mortal, pero no sabía si la Horda se impondría. Podía ordenar a los magos que incendiaran los árboles, pero no tenía claro si prenderían. Los fuegos fatuos podían rodear el fuego y disipar el calor.

Máquinas de asedio. Ahí estaba la respuesta: ataques a distancia contra los árboles desde una distancia segura hasta que Malfurion y sus aliados se vieran obligados a retirarse. La Horda ya controlaba la costa. Colmillosauro solo tenía que...

—¡La Alianza! ¡Barcos de la Alianza! ¡Al sudoeste!

El grito penetró en sus pensamientos y Colmillosauro sintió que se le caía el alma a los pies. En el mar ondearon los fogonazos de los disparos. Las gujas y las balas de cañón sobrevolaron las aguas y las explosiones retumbaron en la orilla expuesta y abrieron grandes huecos en las filas de la Horda.

La flota de los elfos de la noche había vuelto. Puede que los barcos hubieran estado esperando —ocultos más allá de la línea de la costa— a que la Horda cayera en la trampa de Malfurion. Ahora podían disparar a placer contra el ejército de la Horda.

«Los elfos de la noche han encontrado su milagro». La Horda no podía defender la costa. Si no se retiraban, sería una matanza.

—¡Volvemos a los árboles! ¡Volvemos a Vallefresno! —gritó Colmillosauro.

Sus subordinados repitieron la orden y, al poco tiempo, la Horda estaba en movimiento. Los disparos de la Alianza los persiguieron hasta que se pusieron a cubierto en los bosques, al este.

Sylvanas no se movió. Apenas le echó una ojeada al mar. Colmillosauro y sus guardias seguían cerca de ella en el lindero del bosque del norte. La flota no les dispararía, al menos allí, tan cerca de sus antepasados fallecidos.

—Los elfos de la noche nos han ganado la partida, alto señor supremo —dijo Sylvanas. Parecía molesta.

—Sí, así es.

—No podemos adentrarnos en el bosque ni instalar las armas de asedio en la costa sin perderlas —dijo ella—. Los refuerzos de la Alianza llegarán antes de que podamos abrirnos paso. ¿Me equivoco?

—No, jefa de guerra.

A Colmillosauro no se le ocurría una solución que funcionara. Y sí, si intentaban abrirse paso, tardarían demasiado, si es que lo conseguían. Tal vez —solo tal vez—, si coordinaban a los magi, los brujos y el chamán, la Horda podría hacer que los fuegos fatuos fueran retirándose de árbol en árbol para luego destruir el árbol y eliminar su cobertura centímetro a centímetro. Pero ¿lograrlo mientras les atacaban desde el agua? Harían falta semanas. Entretanto llegarían los refuerzos de la Alianza e impedirían que se cruzase el mar desde la Costa Oscura.

Tal como estaban las cosas, los elfos de la noche ganarían la batalla.

Ahora era la Horda la que necesitaba un milagro.

Sylvanas se acercó a los fuegos fatuos y los observó con calma. Colmillosauro apretó los dientes, pero no dijo nada. La jefa de guerra clavaba la mirada en el muro de luces enjambradas como si fuera el mismísimo Malfurion. Y quizá no estuviera equivocada.

Sylvanas se dio la vuelta.

—Estoy dispuesta a batirme en solitario con Malfurion.

Colmillosauro no sabía si había oído una idea peor, al menos en circunstancias tan adversas.

—Jefa de guerra...

—Ya —lo interrumpió—. Me enfrentaría a él, al resto de su ejército y también a los espíritus de sus antepasados. Será... difícil vencer —dijo con sequedad—. Pero casi los tenemos. No me retiraré.

Los barcos de los elfos de la noche volvieron a disparar. Los proyectiles cayeron cerca y las explosiones levantaron géiseres de arena. Unos cuantos guardias de Colmillosauro se estremecieron. Sylvanas no. Ni Colmillosauro. «Están haciendo pruebas de alcance», observó.

—Los fuegos fatuos solo son peligrosos en gran número —dijo Colmillosauro—. ¿Puedes... matarlos, jefa de guerra? ¿A los suficientes?

Sylvanas miró un instante a los fuegos fatuos y negó con la cabeza.

—No, pero podemos dispersarlos. Llévate a quienes necesites, Colmillosauro, y ve a Frondavil. Busca un camino a la Costa Oscura por las montañas y adéntrate en este bosque por detrás. Cuando oiga que empieza el asalto, lanzaré un ataque frontal con el resto de la Horda. Acorralaremos a Malfurion. Caerá hoy.

—Jefa de guerra, no hay ninguna ruta a través de Frondavil —dijo Colmillosauro.

—Búscala o ábrela —respondió ella con frialdad—. Deja las armas de asedio bajo mi mando, junto con los guardias que sepan nadar.

—¿Que sepan nadar? —preguntó Colmillosauro.

—Los necesitaré para ocuparme de la flota —dijo ella.

* * *

—¿A cuántos contrabandistas conoces? —preguntó Colmillosauro.

Nathanos entornó los ojos.

—¿Cómo dices?

—La jefa de guerra nos ha ordenado que encontremos una ruta en Frondavil por las montañas.

Colmillosauro se quitó la armadura y se remojó la cara antes de beberse un odre de agua entero. Iba a ser un trayecto difícil.

—Allí arriba hay un camino que lleva a Cuna del Invierno. A menos que me crea que los traficantes pasan toda su mercancía por Azshara —«aunque, con Gallywix al mando, no me extrañaría»—, tiene que haber una ruta escondida en Frondavil, algún lugar para acceder a la Costa Oscura lejos de las miradas de los kaldorei.

—Los contrabandistas no suelen darse a conocer —dijo Nathanos—, y no querrán llamar la atención del alto señor supremo.

—Lo ordena la jefa de guerra, Clamañublo —gruñó Colmillosauro—. Solo necesitamos un contrabandista más leal a la Horda que a sus ganancias. ¿No conoces a nadie que pueda ayudarnos?

—Conozco a alguien —dijo bruscamente Nathanos.

—Encuéntralo y tráelo.

Colmillosauro se volvió hacia sus guardias.

—¿Quién de vosotros sabe nadar bien?

Casi todos levantaron la mano.

Morka tomó la palabra:

—Yo quiero acompañarte, alto señor supremo.

Colmillosauro sacudió la cabeza y volvió a enfundarse la armadura.

—Necesito velocidad, no protección. Y la jefa de guerra necesita nadadores. Obedeced sus órdenes y os veré a todos cuando acabe la batalla.

Se subió de un salto a la silla de un lobo gris y cogió las riendas. Muchos otros jinetes corrieron a prepararse para el viaje.

—Frondavil no nos recibirá con cordialidad —les dijo—. Pero si no lo conseguimos, la Horda será derrotada. ¡En marcha!

Hundió los talones en el costillar del lobo. La bestia, con una sacudida brusca, echó a correr hacia Vallefresno. Nathanos blasfemó, furioso por quedarse atrás.

Colmillosauro no sintió ni un ápice de compasión. «Ya me alcanzará». Nathanos jamás decepcionaría a su jefa de guerra, eso seguro.

La hilera de jinetes se extendió detrás de Colmillosauro. El polvo que levantaban oscureció el sol poniente.

* * *

Llegó el ocaso. Sylvanas se quedó cerca del bosque, a unos pasos del enjambre de fuegos fatuos que temblaban y giraban entre los árboles, nerviosos por su presencia. Notaba su odio, su cólera. Hasta los delicados espíritus de los kaldorei caídos aborrecían a Sylvanas por lo que era.

Dejó que su odio la inundara. Saber que la despreciaban era tan dulce como el néctar. Les encantaría hacerla pedazos, pero para ello tendrían que salir a campo abierto y eso los volvería vulnerables. Aun después de la muerte, aquellas criaturas se aferraban a la existencia.

Comprendía por completo aquel impulso.

Uno de los fuegos fatuos giraba con nerviosismo, temblando de furia. Sylvanas le dedicó una sonrisa.

—Detenme si puedes —susurró.

El fuego fatuo se lanzó en solitario y voló arremolinándose hacia la cabeza de la jefa de guerra. Sylvanas lo atrapó con las manos y el espíritu chilló aterrado, y titiló mientras se debatía y forcejeaba.

Sylvanas lo sostuvo ante sus ojos para examinarlo con atención.

—¿Quieres defender a los vivos? —preguntó.

La luz del fuego fatuo parpadeó de miedo.

—¿Es esa vuestra máxima aspiración? ¿Proteger a vuestros descendientes?

Ahuecó la otra mano y lo atrapó entre las palmas. El fuego fatuo rebotó contra las manos tratando de escapar.

—En vida os fue muy mal. ¿Por qué va a ser distinta la muerte?

Apretó y el poder del espíritu crepitó y desapareció. Cuando abrió las manos, no quedaba más que un polvo negro. Se limpió las palmas y dio la espalda al bosque.

«Pronto, Malfurion. Pronto».

Los barcos de los elfos de la noche volvieron a disparar, aunque a ningún objetivo concreto; los proyectiles alcanzaron zonas vacías de la costa y solo mataron a unos pocos reptadores. No era más que un acto de intimidación.

Los exploradores de la Horda habían usado sus catalejos para dar a Sylvanas la información que necesitaba. Los barcos llevaban las tripulaciones al completo, incluido un contingente de arqueros en algunos de ellos, y estaban bien pertrechados para una misión larga en el sur de Kalimdor.

Lo más sensato sería bombardearlos con artillería hasta que se retirasen. Por desgracia, perdería casi todas las armas de asedio que tenía a su cargo. Solo daría esa orden como último recurso.

Por el momento no hizo nada. Podían quedarse allí, disparando a la costa, y ella esperaría. Aprovecharía el tiempo para preparar la fase siguiente de la batalla; la fase final, en un sentido u otro.

Volvió al interior del bosque del este con el ejército.

—Soldados de la Horda, prestadme atención...

* * *

—... Estaréis en inferioridad numérica e iréis peor armados. Si os descubren, os matarán a todos, y aunque no sea así, puede que vuestros compañeros de la Horda les hagan el trabajo y os maten por accidente —les había dicho Sylvanas. Luego les había sonreído—. Bueno..., ¿algún voluntario?

Todos los congregados ante ella habían levantado la mano, Morka incluida. «Esto se lo contaré a mis hijos», pensó. Aunque no sobreviviera, estaba segura de que se compondrían cantares sobre todos los que participaran en aquella incursión.

—Muy bien —había dicho Sylvanas—. Dotaciones de asedio, seguid a cubierto hasta que me veáis adentrarme en el bosque del norte. Solo entonces saldréis a la arena y empezaréis con el bombardeo. Asaltantes, empezad a nadar en cuanto Colmillosauro lance su ataque.

Siguiendo sus instrucciones, los voluntarios se habían organizado en grupos pequeños. Se desplegarían quince por barco. Contra una tripulación completa de kaldorei, cada grupo estaría en inferioridad numérica, pero el objetivo no era ganar en una pelea justa, ni mucho menos. Sylvanas había asignado magi a cada dotación de asedio. Cuando la Horda respondiera, lo haría con cargas explosivas inestables con un toque arcano, capaces de incendiar un barco entero.

Morka se quitó la armadura y solo se dejó un par de dagas pequeñas atadas al cinturón de cuero. Nadaría por debajo de las andanadas de artillería para eliminar los barcos que quedaran fuera del alcance de las máquinas de asedio de la Horda.

«O mejor aún», pensó Morka, «para tomar los barcos para la Horda».

Piratería aprobada por la jefa de guerra. ¿Había algo mejor?

* * *

El enfado de Nathanos desapareció antes de alcanzar a Colmillosauro. El raptor Lanza Negra atravesaba Frondavil como una centella, con el Renegado agarrado a las riendas. La bestia resollaba con cada paso, pero había mantenido el ritmo por todo Vallefresno, aun con dos jinetes en el lomo.

El otro pasajero, un trol llamado Rejiji, no había dejado de mascullar durante todo el recorrido.

—Quiero máh acción —repetía sin parar.

Por fin, Nathanos vio por delante al gran grupo de soldados de Colmillosauro. El raptor patinó y paró de repente, y Rejiji salió disparado y se dio un porrazo contra el suelo.

Nathanos saltó ágilmente del raptor y fue a ver cómo estaba el trol. Solo les faltaba que la fuente de información de la Horda se partiera el cuello en un accidente estúpido, pero Rejiji se puso en pie de un salto, ruborizado por la vergüenza.

Colmillosauro fingió no haber visto el contratiempo.

—Nathanos, no hemos conseguido encontrar un camino. ¿Traes la solución a los problemas de la Horda?

—Sí —dijo Nathanos, señalando al trol—. Este ha hecho negocios con la tribu Rompelanzas.

Colmillosauro frunció el ceño.

—¿Con los Rompelanzas?

—Anteh vivían cerca de la Cohta Ohcura —dijo Rejiji mientras se sacudía la tierra de la capa—. Huyeron dehpuéh del Cataclihmo.

—¿Y hay algún camino que una Frondavil y la Costa Oscura? —preguntó Colmillosauro.

Rejiji alzó la barbilla.

—Eso creo. Muchoh lo usan pa huir. No eh un trayecto fácil, pero he oído que noh vale cualquier cosa.

—Has oído bien.

Colmillosauro miró con recelo a Nathanos.

—¿Tú nunca lo has recorrido?

—No, alto señor supremo —dijo el trol.

—¿Lo encontrarás?

El trol se encogió de hombros.

—Eh posible.

* * *

A mediodía, Colmillosauro estaba agotado.

El trol no les había mentido sobre la dificultad del trayecto. Más que un camino, la ruta hasta la Costa Oscura era un precipicio. Sin embargo, las rocas y el terreno escarpado ofrecían suficientes asideros para que las tropas de la Horda escalaran la montaña y bajaran por la otra vertiente. Habían tenido que dejar sus monturas, pero eso ya se lo esperaban.

La mayoría de los soldados había salido indemne de la escalada. Varios se habían resbalado y tendrían que volver por Frondavil con huesos rotos.

Rejiji había escalado por la ruta como si ya lo hubiera hecho mil veces. «Probablemente sea así», pensó Colmillosauro. No le molestaba que le mintieran. Nathanos tenía razón; ningún contrabandista reconocería que lo era ante el alto señor supremo. Si el trol quería fingir que la información se la habían dado los refugiados Rompelanzas, Colmillosauro le seguiría la corriente, aunque el sistema de cuerdas y poleas repartido por el camino indicara que se trataba de una ruta de contrabandistas.

Cuando llegaron a la cima, el comandante orco pudo disfrutar por primera vez en mucho tiempo de una vista despejada de la Costa Oscura. Al norte, veía hasta el Árbol del Mundo y, al sur, casi hasta el punto donde estaba bloqueada la Horda.

Bajo las montañas, en la Costa Oscura, los elfos de la noche no combatientes se arremolinaban en las playas. Se habían hecho con barcos pequeños de Darnassus, y parecía que esperaban navíos de pasajeros más grandes para emprender un viaje más largo.

Colmillosauro señaló a Nathanos los barcos pequeños. Apenas había vigilancia. Los destruirían en cuanto los elfos de la noche pensaran que habían perdido la batalla.

—En cuanto lleguemos a la orilla, hazte con ellos —dijo en voz baja—. Serán útiles cuando tomemos el Árbol.

Casi esperaba que Nathanos le llevase la contraria, pero el Renegado estuvo de acuerdo.

—Quiero estar en el primer ataque a Darnassus —dijo.

—Bien —respondió Colmillosauro—. Esperaremos a que la jefa de guerra se una a nosotros.

Veía los restos del ejército de los elfos de la noche, dispersos entre los árboles, protegiendo a Malfurion Tempestira, que estaba en lo alto de una colina en el centro del bosque.

No había fuegos fatuos cerca. Todos estaban en la vanguardia, conteniendo al grueso de las fuerzas de la Horda.

Colmillosauro y los demás se arrastraron en silencio hasta los restos del campamento Rompelanzas, ocupado solo por una familia numerosa de zorros que se escondió en cuanto vio acercarse a la Horda.

—Ya sabéis qué hacer —les susurró a las tropas—. Conocéis el objetivo.

Se asomó al borde de la loma y observó a los desprevenidos kaldorei.

—Tomamos la costa, tomamos el bosque y luego tomamos Darnassus.

Coronó la colina de un salto y cargó. Nathanos y los demás, los cientos de soldados de la Horda que habían seguido al alto señor supremo por las montañas, lo siguieron haciéndose eco de su grito de guerra.

—¡Por la Horda!

* * *

Sylvanas sonrió. Los fuegos fatuos parpadeaban. Parecían desconcertados, indecisos. Algunos dejaron el frente y volvieron a toda prisa a los árboles.

Un grito inconfundible resonó en el bosque: —¡Por la Horda!

El ataque de flanqueo había comenzado.

«Espléndido, Colmillosauro».

Era el momento. Se metió en una nube de fuegos fatuos. Extendió la mano, en busca de aquellas diminutas motas de vida que eran los espíritus de los antepasados de los kaldorei. Pero antes de que pudieran atacarla, liberó su poder. El dolor y el horror de los terroríficos dones que le había otorgado el Rey Exánime se escaparon de su boca en forma de chillido, y empezó a emanar un humo oscuro.

Los fuegos fatuos cayeron a su alrededor, centelleando débilmente un fútil intento de aferrarse a la vida, como copos de nieve atrapados por los rayos del amanecer. La Horda profería sus gritos de guerra y cargaba contra el bosque detrás de ella, con garrotes y espadas en ristre.

Preparó una flecha y avanzó a grandes zancadas por el bosque. Ningún otro fuego fatuo se le acercó. Los soldados de la Horda ondeaban los garrotes y la parte plana de sus espadas y los aplastaban en el aire. Unos cuantos centellearon y desaparecieron. Muchos sencillamente huyeron.

«Malfurion sabe que se acabó». Había decidido librar a sus antepasados de su inevitable fin a manos de la Horda.

No tardó en verlo, esperándola. Los demás soldados de la Horda evitaron el encuentro, pero ella fue directa hacia él y sin dudar.

Malfurion Tempestira parecía afligido.

—No habrá perdón por esto, Sylvanas.

—Lo sé –respondió ella.

Con esto, acabó el tiempo de hablar.

«Lok'tar ogar», pensó la jefa de guerra, incapaz de reprimir una sonrisa burlona.

Detrás de ella, en la costa, las armas de asedio dispararon sus cargas. Y comenzaron las explosiones, tanto en la orilla como mar adentro.

* * *

Morka salió a respirar y emergió a un mundo cubierto de fuego.

«La jefa de guerra no bromeaba», pensó reprimiendo el pánico. «Igual alguien se hace daño».

Las máquinas de asedio de la Horda lanzaban andanadas abrasadoras al mar y sus cargas arcanas hacían que el fuego se propagara por la flota de los elfos de la noche. A cambio, los barcos disparaban descargas de balas de cañón y gujas sobre la costa.

El grupo de asaltantes de Morka superó a nado la primera línea de la flota, sin salir a la superficie más que para coger algo de aire cada pocas brazadas. Pero hasta esto se volvió peligroso enseguida. Los proyectiles mágicos de las armas de asedio eran letales incluso en el agua, pues el fuego se propagaba hacia fuera y ardía obstinadamente como si el mar fuera tan inflamable como un bosque asolado por la sequía.

Los asaltantes se habían visto obligados a bucear bajo las llamas durante casi un minuto antes de encontrar una zona de agua despejada.

La partida de asalto de Morka salió a la superficie cerca de ella, casi sin aliento. Morka hizo el recuento de cabeza. «Once..., doce..., catorce...». No faltaba nadie, lo que era prácticamente un milagro.

El último en emerger fue un tauren. Pareció escupir medio mar antes de recuperar la compostura. Le lanzó una mirada asesina.

—Nos hemos pasado la flota —gruñó.

—Puedes volver nadando —replicó la orco. Entonces se fijó en él—. ¿No nos conocemos?

El tauren resopló y, al hacerlo, inhaló sin querer un poco de agua. El ataque de tos le duró unos instantes.

—Compartimos unos odres en Orgrimmar no hace mucho.

—Ah. ¡Ah!

¿Cómo se llamaba? Lanagu, o algo así. Probó suerte: —¿Estás listo, Lanagas?

El tauren se quedó perplejo.

—Me llamo Hiamo.

—Se me dan fatal los nombres. ¿Listo?

Él asintió. Los demás se habían congregado a su alrededor. Morka dio las últimas brazadas para llegar hasta el barco de los elfos de la noche y escaló por la borda metiendo los dedos en los huecos en la tablazón hasta alcanzar las troneras.

Se asomó por una. Estaba en el costado orientado hacia el mar. Dentro, la tripulación de kaldorei cargaba y disparaba cañones y lanzadores de gujas. Al otro lado de las troneras que tenían delante se veían otros barcos ardiendo y hundiéndose. Sin embargo, aquel barco estaba intacto. Las máquinas de asedio de la Horda se habían centrado en los más próximos.

No había nadie en los cañones de su lado. Nadie les prestaba atención. Al fin y al cabo, ¿por qué iban a acercarse los atacantes desde el mar?

Hiamo se agarró a la misma tronera y echó un vistazo al interior.

—¿Qué te parece? —susurró.

Morka esperó a que se les unieran unos cuantos más. Se le estaba ocurriendo una idea.

—Veo un par de opciones. Podríamos provocar unos cuantos incendios, volver al agua de un salto y bucear bajo medio kilómetro de llamas hasta la orilla —dijo.

Un elfo de sangre enarcó una ceja.

—¿O?

—¿Os apetece navegar hasta la Costa Oscura?

Vio que todos los rostros de la Horda le devolvían una sonrisa.

* * *

Colmillosauro cazaba al acecho en el bosque. Los kaldorei había intentado defender los dos frentes y su última posición se había desmoronado. Las líneas se habían roto y sus fuerzas se habían desbandado.

Ahora los supervivientes recurrían a la última y desesperada maniobra que podía llevar a cabo un ejército derrotado: juntarse en grupos pequeños y defenderse espalda contra espalda hasta caer. Colmillosauro creía haber visto a uno de los oficiales de los elfos de la noche, una centinela, luchar pese a haber recibido varios flechazos. Valiente, honorable y desesperada.

El comandante orco combatía contra todos los que se interponían, pero cada vez quedaban menos elfos. Seguía el ruido de una batalla terrible. Cerca de la costa, dos criaturas poderosas libraban un combate monstruoso.

«La jefa de guerra lucha en solitario contra Tempestira».

Si Sylvanas caía, le tocaría a él rematar la faena, y no tenía claro que pudiera.

El duelo se libraba a más de cien metros de su posición. Se acercó con cautela mientras veía los destellos malva oscuro y verde esmeralda.

Hubo una tremenda explosión de oscuridad, seguida por el tronar creciente de unos árboles que caían. Mientras Colmillosauro se ponía a cubierto, un objeto llegó volando por los aires y rebotó en varios troncos antes de empotrarse en la tierra a unos diez metros.

El objeto levantó la cabeza. Era él.

Colmillosauro vio astas. Sin pensarlo, lanzó el hacha.

En cuanto salió de sus manos, quiso recuperarla. Era Malfurion Tempestira, vivo y dispuesto a reincorporarse al duelo contra la jefa de guerra.

El hacha avanzó girando sobre sí misma y cubriendo en un segundo la distancia que los separaba.

Malfurion no reparó en ella; no hasta que se le hundió en la espalda.

Malfurion se tambaleó, levantó la vista hasta el cielo nocturno y exhaló un suspiró. Se derrumbó. La empuñadura del hacha de Colmillosauro estaba empotrada en ángulo en la carne del elfo.

Colmillosauro no sintió júbilo, sino horror.

Era injusto. Era... una vergüenza.

La guerra era la guerra, pero él había perdido un duelo con Tempestira. Y ahora lo había atacado por la espalda.

«Ha sido un golpe deshonroso», pensó, aturdido. «Lleva diez mil años de guerra siendo un héroe. Una vez luché a su lado y ahora lo he derribado como un cobarde».

No quería mirar lo que había hecho, pero se obligó a hacerlo. Malfurion estaba tumbado boca abajo, desangrándose con la respiración entrecortada.

—Lo siento —le dijo el orco.

—No tienes por qué.

Colmillosauro se dio la vuelta. Sylvanas estaba a su lado, con una sonrisa de satisfacción.

—Bravo.

—No pretendía entrometerme —dijo el orco.

—Me estaba costando acabar con él. Me hacía perder el tiempo.

Sylvanas arrancó el hacha de Tempestira. El elfo de la noche gruñó de dolor y de su herida brotó un chorro de sangre, pero no hizo ningún ruido más.

—Remátalo y acaba de una vez —dijo Colmillosauro en voz baja.

Sylvanas sopesó el hacha y se lo planteó. Entonces miró al orco. Colmillosauro no fue capaz de interpretar su expresión, pero no le gustó.

La jefa de guerra le devolvió el hacha.

—Lo dejo en tus manos, alto señor supremo.

—El duelo era vuestro.

—La victoria es tuya —repuso ella mientras se alejaba—. Nada de esto, ni la batalla, ni la derrota de Malfurion, habría sucedido de no ser por ti. Te has ganado este honor. Tómate un momento, si quieres, y luego córtale la cabeza. Nos vemos en la Costa Oscura.

Y, dicho esto, desapareció por una loma en dirección al norte.

Colmillosauro se quedó paralizado. «Te has ganado este honor».

Volvió a mirar a Malfurion.

—Lo siento de veras.

El druida volvió la cabeza. Miró con un ojo a Colmillosauro y le espetó:

—Has liderado a la Horda al servicio de la muerte. Te arrepentirás de este día hasta que mueras.

—Has luchado bien, Malfurion —dijo Colmillosauro—. Descansa con honor. Te lo mereces.

Levantó el hacha. Y dudó. Pasaron unos segundos, luego minutos enteros, y Colmillosauro no fue capaz de asestar el golpe.

Se notó bañado por una luz y un calor procedentes de arriba. Había pena, esperanza y amor en ellos. Quizá fuera Elune, que daba la bienvenida a Malfurion a la otra vida. Quizá así aquello fuera más aceptable.

«Pero esta muerte no me corresponde».

Quizá lo más honorable fuera dejar vivo a Tempestira.

«¿Al cuidado de Sylvanas? Sería más piadoso acabar con él ahora».

Pero el hacha no se movió.

Y entonces, de repente, ya no pudo moverla.

Una luz brillante envolvió a Colmillosauro y lo dejó paralizado e incapaz de mover un músculo. Una fuerza inmensa lo golpeó en la cabeza y lo lanzó a varios pasos de distancia. Chocó contra el suelo. El aire salió de golpe de sus pulmones mientras rodaba hasta detenerse dolorosamente. Cuando alzó la vista, vio la luz de Elune con toda su furia y belleza.

Tyrande Susurravientos.

Estaba sobre su compañero, con los brazos alzados y el vestido blanco ondulado por la suave brisa. Sobre la cabeza de Colmillosauro flotaba una docena de puntos de luz de Elune, listos para dar el golpe de gracia.

El orco no se movió. La cabeza le zumbaba. Las dagas de luz temblaban sobre él.

¿Derribado por el poder de la justicia? Parecía adecuado.

Pero ella, como él, también dudó. Tyrande se arrodilló despacio, sin apartar los ojos de Colmillosauro mientras posaba una mano sobre Malfurion. El suelo pareció refulgir cuando usó su poder para cerrar la hemorragia, curar las heridas y alejarlo del borde de la muerte.

Al cabo de unos instantes, la elfa se levantó.

 —No lo has matado. ¿Por qué?

Colmillosauro decidió decirle la verdad:

—Ataqué de manera deshonrosa. No merecía acabar con él.

La respuesta pareció enfurecerla.

—Toda esta guerra es deshonrosa. ¿Qué bicho os ha picado? ¡¿Cómo osáis derramar tanta sangre por nada?!

—Osamos porque es nuestro deber —respondió Colmillosauro—. Y nuestro deber es vencer.

El rostro de Tyrande se ensombreció. Los puntos de luz que rodeaban la cabeza de ella se quedaron quietos, apuntándole al cuello.

—Puede que la Horda gane esta batalla, Colmillosauro, pero recuperaremos nuestra tierra.

—Quizá —dijo Colmillosauro.

—Le has perdonado la vida a Malfurion, así que te dejaré elegir —dijo Tyrande—. Puedes morir intentando impedir que me lo lleve o puedes quedarte ahí, tirado en el suelo, y vivir.

Era justo. Colmillosauro gruñó.

—Te ofrezco la misma alternativa. Puedes llevártelo de vuelta a Darnassus, y los dos caeréis cuando la conquistemos; o puedes llevártelo muy lejos de aquí, y ambos viviréis.

Tyrande no dijo nada. En su mano libre apareció una piedra blanca con unas marcas azules y brillantes. Unos instantes después, Malfurion y ella se habían desvanecido.

Colmillosauro pestañeó. ¿Dónde se habían metido? Por su bien, esperaba que no fuera en Darnassus.

Se levantó y se sacudió la tierra de la armadura, haciendo caso omiso de molestias y dolores. Malfurion se recuperaría, y cuando volviera a combatir, la Horda lo pagaría con sangre. Colmillosauro estaba seguro de ello.

Aun así, se había quitado un gran peso de encima. Que Malfurion hubiera sobrevivido parecía lo más justo. Lo más honorable.

* * *

La dotación contaba con dos docenas de elfos de la noche. Aproximadamente la mitad había muerto en los combates iniciales y, según las cuentas de Morka, cinco habían saltado por la borda cuando empezó a complicarse la batalla.

Siete elfos de la noche se rindieron. La mayoría estaban heridos, y todos miraban con odio a los soldados de la Horda que celebraban la victoria en el barco.

—¿Qué vamos a hacer con ellos? —preguntó Hiamo mientras volteaba perezosamente en sus enormes manos una de las lanzas de los elfos de la noche.

Morka echó un vistazo rápido a los prisioneros... a sus prisioneros.

—Vayamos por partes. Primero les decimos a nuestros amigos que dejen de dispararnos —dijo ella—. ¡Que alguien arríe la bandera!

Un goblin fue corriendo al mástil y arrió la bandera de los kaldorei. No tenían una bandera de la Horda para sustituirla, pero el mensaje estaba claro. Oyeron unos vítores apagados procedentes de la costa.

Un catalejo rodó por la cubierta manchada de sangre y Morka lo recogió. Lo extendió al máximo y describió con él un arco por el campo de batalla, mirando a los demás barcos de los elfos de la noche.

—Unos cuantos barcos arden... Hemos capturado otro al sur... El resto se da a la fuga.

Cerró de un golpe el catalejo y sonrió a los demás.

—¡La victoria es nuestra!

—¡Por la Horda! —respondieron sus camaradas.

Morka se arrodilló junto a uno de los elfos de la noche heridos. Tenía un tajo en el antebrazo izquierdo y contenía la hemorragia con la mano derecha.

—Dime, kaldorei —le dijo—, ¿la herida te permite nadar?

—No —respondió él.

—En ese caso, supongo que tienes que quedarte en el barco —dijo con tono alegre—. Tus amigos y tú sabéis navegar, ¿verdad?

El elfo no respondió.

Morka asintió como si hubiera dicho que sí.

—Magnífica noticia, porque mis amigos y yo no sabemos. ¿Nos ayudáis a ir a Teldrassil?

Él escupió sobre la cubierta. Varios soldados de la Horda se rieron.

Morka se acercó inclinándose y le ofreció su sonrisa más hipócrita.

—En mi barco hay que ganarse el puesto siendo útil. Hiamo, ¿el mar sigue ardiendo? —preguntó sin apartar la mirada.

El tauren respondió con un bramido cantarín:

 —Sí, mi capitana.

—Decídete, kaldorei. Haz algo útil o ponte a nadar. —Y añadió, alzando la voz—: Lo mismo se aplica a los demás.

Nadie eligió el mar.

En cuestión de unos minutos, el barco dio un bandazo hacia el norte. No fue una maniobra suave. Los elfos de la noche colaboraban de mala gana. Por el catalejo, Morka vio que las máquinas de asedio avanzaban hacia la Costa Oscura, y lo hacían más deprisa que el barco.

Le dio igual. Estaba al timón del barco y lo gobernaba con una sonrisa en el rostro. Podría acostumbrarse a aquello.

Y en breve tendría un asiento de primera fila en la mayor victoria de la Horda.

* * *

Las centinelas no se rendían. Mientras la avalancha de la Horda inundaba la Costa Oscura, siguieron luchando, dando la vida para ofrecer una posibilidad de evacuación a los civiles de Teldrassil.

Sylvanas no tenía objeción alguna. ¿Más enemigos muertos? ¿Menos prisioneros? Le estaban haciendo un favor.

Se alejó del frente con el arco a la espalda. La batalla estaba ganada, pero aún no había acabado. Sus efectivos se extendieron por la playa con cautela. La victoria estaba a su alcance, al otro lado de un corto trecho de mar en calma. Nadie quería caer a esas alturas.

Nathanos se alejó de la refriega, detrás de la línea de frente. Sylvanas le llamó la atención y enarcó una ceja. Mientras se acercaba, limpió distraídamente la sangre de sus espadas cortas.

—¿Dónde está Colmillosauro?

—Cobrándose un trofeo de la presa más importante de la batalla –dijo ella.

Los ojos del Renegado se abrieron de par en par.

—¿Ha matado a Malfurion?

—¿Cómo crees que se lo tomarán los kaldorei? —preguntó Sylvanas—. Su líder legendario, quien los ha guiado durante diez mil años de tribulaciones y terrores, abatido por un orco con un hacha.

—Mal, supongo.

—Eso mismo pienso yo —dijo Sylvanas.

Nathanos miró detrás de ella y entornó los ojos.

—Ahí viene, jefa de guerra. Y no veo ningún trofeo.

Sylvanas se dio la vuelta. En efecto, Colmillosauro salía del bosque con la cabeza alta y las manos vacías. Sintió una punzada de irritación. Quizá hubiera cometido alguna estupidez, como quemar el cadáver para que no pudieran extraerse trofeos. Parecía demasiado satisfecho, teniendo en cuenta lo alterado que estaba antes.

—¿Dónde está la cabeza de Malfurion, alto señor supremo?

—La lleva pegada al cuerpo, si no me equivoco —fue la respuesta.

Una respuesta que no agradó a Sylvanas.

—¿Y dónde?

Colmillosauro le aguantó la mirada sin inmutarse.

—Diría que en Ventormenta. Tyrande intervino y se lo llevó.

Sylvanas no solía quedarse estupefacta a menudo.

No duró mucho.

—¿Malfurion sigue vivo? —gruñó—. ¿Has dejado que escapara?

El alto señor supremo no sonrió con los labios, sino con los ojos. Aquello le hacía feliz... ¡feliz!

—No pude detener a Tyrande. Tal vez tú habrías podido.

—Quizá me equivoqué al confiar en ti —replicó Sylvanas.

Sus manos se movieron nerviosamente hacia el arco. «No. Aún no», decidió.

Nathanos se puso junto a su señora y habló con palabras frías y mordaces:

—¿Cuántas vidas de la Horda se cobrará Tempestira como venganza, Colmillosauro? Esa sangre te manchará las manos.

—Ya me ocuparé de ello cuando suceda —dijo sencillamente el orco.

Nathanos dio un paso adelante hasta estar pegado a él.

—Tendrás que ocuparte de mí. A lo mejor me cobro cada gota de sangre que Malfurion derrame, aunque tenga que...

—Basta. A lo hecho, pecho —dijo Sylvanas—. La batalla no ha acabado.

Se alejó de ellos. Poco después, oyó unos pasos en la arena a su espalda. Su campeón y el alto señor supremo la seguían. En silencio, por ventura. Se imaginaba sus expresiones —Colmillosauro en paz, Nathanos furioso—, pero no quería que vieran la de ella. No hasta que se le hubiera pasado el enfado. Tenía que pensar.

«Malfurion sobrevivirá». Casi no podía creerlo.

Cogió el arco de su espalda, cargó una flecha y disparó. La flecha describió un arco sobre la Horda y se clavó en la espalda de una líder centinela. La elfa de la noche seguía luchando encarnizadamente, incluso con otras flechas clavadas en el cuerpo. El ataque de Sylvanas la hizo caer. Así se desvaneció el último atisbo de resistencia en la Costa Oscura. La jefa de guerra volvió a colgarse el arco a la espalda.

No combatían por territorio, hasta Colmillosauro lo sabía. Tomar el Árbol del Mundo era una manera de infligir una herida incurable. La pérdida de sus hogares y de sus líderes habría acabado con los kaldorei como nación, si no como pueblo. Incluso la pérdida de un líder habría bastado para provocar una oleada de desesperación. Las heridas de aquella batalla habrían sangrado, supurado y habrían descompuesto y podrido a la Alianza por dentro. Anduin Wrynn habría arremetido en una guerra final a la desesperada en busca de un milagro, porque solo un milagro los salvaría.

Pero el milagro ya se había producido. Un milagro concedido por la mano honorable de un orco viejo y estúpido.

«Y una jefa de guerra confiada en exceso». Había que repartir bien las culpas. El error era tanto de ella como de Colmillosauro.

La conquista de Darnassus desconcertaría al pueblo kaldorei. Llorarían a sus muertos, temerían por la suerte de sus prisioneros y temblarían al pensar en la Horda saqueando sus hogares. Pero no desesperarían. Ya no. La supervivencia de Malfurion cuando todo parecía perdido les daría esperanza. Su herida se curaría.

«Incluso en esta época aciaga», dirían, «Elune sigue velando por nosotros».

Y más o menos era así, ¿no? Elune había intervenido. Quizá incluso hubiera detenido el golpe de gracia de Colmillosauro. Y no sería la única fuerza al margen de la Alianza en oponerse al verdadero objetivo de Sylvanas.

La cólera de Sylvanas se aplacó.

Ya sabía que aquello iba a suceder. Había llegado antes de lo que esperaba, eso era todo.

Caminó a grandes zancadas hacia la orilla, sin hacer caso a las últimas escaramuzas y a los lamentos de los desventurados kaldorei que no habían podido huir de la Costa Oscura. Escrutó la forma de Teldrassil, que descollaba sobre ella a la luz de la luna. En breve estaría en manos de la Horda.

—Asegurad la playa —dijo Sylvanas—. Preparaos para invadir el árbol.

«Una herida incurable». Sylvanas tenía que pensar en el modo de infligir otra. No había vuelta atrás.

—¿Por qué?

La voz desvió la atención de Sylvanas del Árbol. Pertenecía a una centinela mortalmente herida, la misma a la que había abatido minutos atrás. Tosía, débil y moribunda.

—¿Por qué? Ya habéis ganado —dijo la elfa de la noche con un esfuerzo enorme—. En el Árbol solo hay inocentes.

Si eso era cierto, se alegraba de saberlo. Sylvanas se arrodilló a su lado.

—Así es la guerra —dijo.

Colmillosauro y Nathanos ya estaban discutiendo sobre la logística de la siguiente fase de la batalla. Les dejó que hablaran. Ante ella estaba una elfa que moría por su pueblo.

Le recordó a ella misma.

* * *

Colmillosauro cursó las órdenes con rapidez. Organizó a las dotaciones de las máquinas de asedio de la playa y se aseguró de que apuntaran a Teldrassil. Sin duda, había exploradores vigilando a la Horda desde la copa del Árbol del Mundo. Quería que informaran de que la Horda podía abrir fuego en cualquier momento.

Echó un vistazo a la jefa de guerra. Sylvanas estaba arrodillada al lado de una comandante moribunda de los elfos de la noche. Un interrogatorio improvisado, supuso Colmillosauro. «Con suerte, le sacará algo útil».

Nathanos habló en voz baja con unos soldados que tenían cierta experiencia en el mar y les ordenó que peinaran la orilla en busca de todos los barcos y lanchas de los elfos de la noche que pudieran encontrar.

—Puedes unirte a la primera oleada, Nathanos —dijo Colmillosauro.

Los ojos del no-muerto brillaron bajo la capucha.

—No necesito tu permiso. La jefa de guerra me ha pasado una lista. Son sitios que quiero ver y gente a la que me gustaría conocer.

«Lo siento por ellos», pensó Colmillosauro sin hacer caso al latente desprecio de Nathanos. Le llamó la atención un extraño espectáculo en el mar: dos barcos de los elfos de la noche navegaban cerca de la orilla.

—¿Qué es eso?

Nathanos miró de reojo.

—No llevan banderas de los elfos de la noche. Puede que los hayamos capturado. La jefa de guerra dijo que era posible.

Sí, Colmillosauro vio el perfil borroso de una orco de piel verde al timón de uno de ellos. Alzó el hacha por encima de la cabeza. La orco le devolvió el saludo. Colmillosauro disimuló una risotada.

—Podrían facilitarnos bastante la labor, Clamañublo —dijo—. ¿Cuántos te cabrán en cada barco?

Nathanos enseñó los dientes.

—Muchos.

—Busca a alguien que sepa navegar. Parece que van a necesitar ayuda. Luego elige al equipo de asalto.

Colmillosauro se imaginó el ataque. Aún había que hacer muchos preparativos. Necesitaba asaltantes al frente, fuerzas de apoyo a su espalda y quizá unos cuantos jinetes del viento para vigilar el cielo entre la Costa Oscura y Darnassus.

Algunos de sus mejores soldados estaban agotados tras la batalla en la Costa Oscura. Les desilusionaría quedarse atrás, pero en la esencial primera oleada serían más útiles las tropas frescas si los elfos de la noche ofrecían resistencia.

«Me pregunto si dispondrán de tiempo suficiente...».

—Quemadlo.

La palabra de la jefa de guerra se abrió paso por los pensamientos de Colmillosauro.

«Quemar... ¿El qué?».

Nathanos parecía igual de confundido. Intercambiaron una mirada. Sylvanas estaba frente a ellos y su expresión irradiaba cólera.

Volvió a gritar la orden, más allá de Colmillosauro.

—¡Quemadlo!

Nathanos se volvió sin decir nada e hizo una seña a las dotaciones de asedio.

Sucedió deprisa. Más deprisa de lo que podía asimilarlo Colmillosauro.

Un mago trol incendió las cargas, y con un tirón de la palanca de media docena de máquinas de asedio, la Horda lanzó muerte al aire.

—No —susurró Colmillosauro.

Bajo su mirada estupefacta, el fuego cruzó el mar describiendo un arco.

Todas las cargas alcanzaron su objetivo. Las llamas naranjas empezaron a propagarse por Teldrassil.

El silencio se cernió sobre la Horda. Hasta los gritos de los elfos de la noche capturados se desvanecieron. Todo el mundo contemplaba la escena sin dar crédito.

—No —volvió a susurrar Colmillosauro, más alto.

Una segunda andanada alzó el vuelo y aquello lo sacó de la conmoción que lo paralizaba.

—¡No! —rugió—. ¡Alto el fuego! ¡Alto!

Era demasiado tarde. La segunda descarga alcanzó el objetivo y, en unos instantes, la mitad inferior del Árbol del Mundo quedó envuelta en llamas. El fuego se movía como si estuviera vivo, trepando por el Árbol y avanzando hacia la ciudad engarzada en sus ramas.

—¿Por qué?... ¿Por qué?... —preguntó Colmillosauro con un hilo de voz.

Volvió a mirar a Nathanos. El orco jamás lo había visto con los ojos tan abiertos.

Sylvanas, de espaldas a Colmillosauro, contemplaba cómo se propagaba el fuego. El alto señor supremo intentó, a la desesperada, buscar una explicación que justificara esa orden.

«¿Le dijo algo aquella elfa moribunda? ¿Tenían pensado resistir? ¿La Alianza está a punto de llegar con refuerzos?».

Por su cabeza pasó a toda velocidad una docena de explicaciones distintas. Todas murieron rápidamente. No había velas en el horizonte. Un par de barcos kaldorei se alejaban frenéticamente del Árbol del Mundo mientras llovían ramas ardiendo sobre ellos. Incluso los barcos capturados trataban de quitarse de en medio con torpeza. No se lo esperaban.

Nadie se lo esperaba.

«¿Y Sylvanas?».

La idea dejó sin habla a Colmillosauro.

«¿Lo tenía planeado desde el principio?».

No, no podía ser. Tenía pensada una estrategia. Conquistar el Árbol del Mundo, tomarlo intacto, habría sido una maniobra brillante. Destruirlo era...

... una auténtica locura.

El árbol entero estaba envuelto en llamas. A medida que el fuego aumentaba de temperatura, surgían y se desvanecían destellos azules y blancos. El borde del incendio cercó el árbol. Y entonces, la ciudad de Darnassus empezó a arder.

Colmillosauro oyó gritos. El calor cruzaba el agua, junto con el terrible olor de un fuego descontrolado. Los elfos de la noche capturados en la Costa Oscura aullaban y gemían, rogando y suplicando a la Horda que corriera al Árbol para salvar de la muerte a sus familias.

Los sonidos se mezclaron en una sinfonía de horrores.

Hombres, mujeres, niños... El fuego no hacía distingos. El fuego no tenía honor ni razón, solo el deseo de consumir hasta que no quedara nada.

Todos los que seguían en Darnassus morirían.

Y con ellos, las esperanzas que tenía la Horda de ganar una guerra limpia a la Alianza. Se suponía que Teldrassil era la cuña que destruiría Ventormenta. Ahora, serviría de llamamiento para la Alianza hasta que todas las naciones de la Horda quedaran reducidas a cenizas.

Anduin Wrynn declararía la guerra de inmediato y todos sus aliados responderían a la llamada. La Alianza no se detendría ante nada en su búsqueda de venganza.

—¡No hay honor alguno en esto! —le rugió a Sylvanas.

Finalmente, la jefa de guerra apartó la mirada del Árbol del Mundo. Sus ojos transmitían calma; la cólera había desaparecido. ¿Qué había en su lugar? ¿Vacío? ¿Satisfacción? Colmillosauro no era capaz de interpretarlo. Quizá jamás pudiera.

—Ahora vendrán a por nosotros. ¡Todos! —dijo el orco.

—Lo sé.

Estaba tranquila, como si todo fuera bien.

—Atacarán Entrañas como represalia. Tendrás que planificar la defensa. Empieza por evacuar a mi pueblo.

El comandante orco no podía articular palabra. Por fin, el odio puro le hizo escupir una diatriba:

—Has condenado a la Horda durante mil generaciones. A todos nosotros. Y ¿para qué? ¿Para qué?

Sylvanas se mantuvo impasible.

—Esta era tu batalla. Tu estrategia. Y tu fracaso. Darnassus nunca fue el botín. Era una cuña que dividiría la Alianza. Era el arma que acabaría con sus esperanzas. Y tú, mi maestro estratega, renunciaste a eso al perdonar al enemigo al que habías derrotado. Yo lo he arreglado. Cuando vengan a por nosotros, lo harán dolidos, no triunfantes. Tal vez sea nuestra única posibilidad de victoria.

Sintió deseos de matarla. De declarar mak'gora y derramar su sangre delante de la Horda y la Alianza.

Pero tenía razón.

«Una herida incurable». El plan siempre había sido ese. Y Colmillosauro no había conseguido infligirla. La historia de la supervivencia milagrosa de Malfurion se habría propagado entre los ejércitos de la Alianza como prueba de que su causa estaba bendita.

La guerra habría estallado igualmente. Eso estaba claro desde el momento en que Colmillosauro había llevado a la Horda a Vallefresno. Y habría sucedido lo que más temía: una carnicería, el desperdicio de tantas vidas para lograr tan poco, un triunfo pequeño y pasajero, y condenar a las generaciones futuras a una guerra que no ganaría nadie. Una vez más, Sylvanas se le había anticipado.

Y por eso...

Les había mandado un mensaje. La guerra no terminaría en tablas. Ya no. La Alianza y la Horda entenderían que las únicas opciones eran la victoria o la muerte. Lok'tar ogar. Darnassus no sería la última ciudad que ardería. La pérdida de vidas en ambos bandos descollaría sobre esta atrocidad. Y todo recaería sobre los hombros de Colmillosauro. Cada instante sería una pesadilla.

Sylvanas se volvió hacia el Árbol del Mundo y contempló cómo ardía. Colmillosauro se obligó a mirar las llamas que consumían tanto la ciudad como a sus habitantes. No apartaría la vista para seguir deshonrándose.

Los gritos continuaron. Le recordaron a Shattrath. En aquella ocasión había disfrutado con el ruido.

El humo saturaba el aire, lo que le recordó a Ventormenta, a las carreras por las calles mientras los edificios ardían a su alrededor, a la búsqueda de humanos encogidos de miedo para masacrarlos mientras imploraban clemencia. Aquella matanza le había encantado.

Igual que esta guerra, ¿no?

Estuvo varias horas sin moverse, hasta que los gritos se desvanecieron y de las llamas no quedaron más que rescoldos. Delante de él se alzaban los restos humeantes de lo que en tiempos había sido una gran civilización. En su interior sentía desesperación y vergüenza. Y ahora no existía ningún tipo de corrupción que mitigase el horror.

Recordaría eternamente este momento en sus sueños. Rememoraría esta vergüenza y las que llegaran en el futuro, una y otra vez.

«Has liderado a la Horda al servicio de la muerte», había dicho Malfurion.

¿Cómo podía plantarse Colmillosauro ante los soldados que había llevado a la guerra? ¿Cómo les iba a explicar lo que había hecho?

No podía. Jamás sabría cómo.

Pero llevaría esa carga encima hasta el día de su muerte.

Mientras se alejaba de allí, ansió que ese día llegara pronto.