Misión en Pandaria - Cuatro
por Sarah Pine

Más allá de la proa del resistente velero, el azul mar se extendía hasta el infinito. El sol del mediodía dejaba su brillo en la superficie del agua, destellando como una gema. Li Li se asomó al viento, con el olor salado recordándole los cálidos días en las playas de Shen-zin Su. Chen se sentó contra la popa, con una zarpa descansando suavemente sobre el timón. Habían tomado rumbo sudeste tras abandonar Uldum.

Li Li se dio la vuelta hacia su tío. —¿No estás emocionado? —dijo ella—. ¡Por fin vamos donde queríamos! Incluso la perla está cooperando. La he comprobado tres veces, y siempre me muestra navegando. —Se rió y lanzó un puñetazo al aire—. Siguiente parada: ¡Pandaria!

Ninguno de ellos quería arruinar el buen ambiente, así que ambos ignoraron que la perla aún tenía que mostrarlos adentrándose en las nublas que esconden el legendario hogar de su pueblo. Lo mejor era enfrentarse a ello llegado el momento.

Mientras caía la oscuridad, Li Li hizo la primera guardia. La noche era clara como el agua, con las estrellas como chinchetas blancas contra el cielo de terciopelo. Las lunas gemelas de Azeroth mostraban un brillo fantasmal sobre el horizonte, al este. Li Li se sentó con las piernas cruzadas y se puso una manta sobre los hombros para hacer frente al frío aire procedente del océano. Sus párpados comenzaron a cerrarse mientras el traqueteo del barco y el sonido del agua contra el casco del barco la arrullaban. Llegó a la conclusión de que no tenía sentido luchar contra el cansancio, y cerró los ojos para dormir.

El súbito impacto al ser lanzada hacia delante la despertó con violencia. Aturdida, Li Li se quedó tumbada donde había caído, con sus miembros entumecidos.

Chen la sacudió. —¡Li Li, levanta!

El barco volvió a sacudirse, y Chen cayó de rodillas.

***

—Se aproxima una tormenta —dijo Chen—. Deberíamos recoger la vela. Ya he guardado a buen recaudo nuestras cosas. En la oscuridad, Li Li no podía discernir la expresión de su cara, pero percibía cierto tono de ansiedad. Aunque contaba con un sólido acabado, la embarcación Ramkahen era pequeña y estaba a la merced del mal tiempo en mar abierto.

Una vez más, el barco se agitó con fuerza. Los temblores se habían hecho lo suficientemente fuertes como para ser peligrosos. Li Li hizo un gesto y se sentó. Al sudoeste pudo ver, donde las nubes cubrían las estrellas, varios fogonazos de luz golpeando la superficie del océano.

—Vale —le dijo a Chen—. Vamos.

La tormenta levantó un viento firme y ululante, llevando como anticipo frías rachas de lluvia. Grandes olas se arremolinaban alrededor de los pandaren, amenazando con tragarse su barco. Chen y Li Li trabajaron incansables para dirigir la embarcación hacia zonas bajas paralelas al oleaje, navegando por una peligrosa carrera de obstáculos.

Un rayo rajó el cielo, impactando contra el agua junto a la embarcación y no golpeando al mástil por una enorme casualidad. El impacto del trueno parecía un cañonazo. Li Li se estremeció. Había estado demasiado cerca.

El barco iba dando sacudidas. Li Li y Chen calcularon mal su ruta y chocaron contra el lateral de una ola. La embarcación se inclinó, forzada en un ángulo empinado como un carro peraltando en una curva. Chen agarró la cuerda más cercana, colgando de ella por su vida mientras sus pies se deslizaban sobre el resbaladizo suelo de madera de la cubierta. A su espalda escuchó cómo Li Li pedía auxilio a gritos. El corazón se le puso en la garganta.

—¡Li Li! —rugió, mientras luchaba por estabilizarse. Ella también estaba aferrándose desesperadamente a un cabo, y Chen rezó porque no se le escapase de entre las zarpas. No podía soltar su propia cuerda hasta que el barco se enderezase. La ola siguió su curso sin fin, con la pequeña embarcación tol'vir tambaleándose peligrosamente a punto de dar una vuelta de campana.

Por fin, la cuesta del oleaje pasó, y el navío comenzó a enderezarse. Mientras el lado de estribor se inclinaba de vuelta a su nivel, Chen pudo volver a posar los pies y se dio la vuelta para ayudar a su sobrina. Li Li se estiró hacia él, pero el barco pegó una sacudida que hizo que se golpeara contra la borda. Chen gritó su nombre y extendió el brazo tanto como le era posible.

—¡Li Li!

***

Ya era demasiado tarde; no podía hacer nada. Los ojos de Li Li se agitaron; su grado de consciencia se tambaleó, y la cuerda se resbaló entre los flácidos dedos de la pandaren mientras se precipitaba hacia el agua.

—¡Li Li! —Chen volvió a gritar una tercera vez, pero las olas rompieron entre su sobrina y el bote; para cuando retrocedieron, Chen ya la había perdido de vista.

En Shen-zin Su, el cielo no mostraba indicio alguno de mal tiempo. El sol se había hundido bajo el horizonte, con los últimos vestigios de luz cambiando de color lentamente hacia el añil. En el centro de la isla, justo a las afueras de la Gran Biblioteca, Chon Po, de pie, sostenía dos hojas de papel.

Esa biblioteca era el lugar favorito de su hija. Rodeada de pilas de libros y cartas, Li Li había estado leyendo durante horas, devorando toda mínima cantidad de información que podía encontrar. Ese pasatiempo había provocado que fuese una soñadora y tuviese ideas grandiosas en su cabeza, pero también la habían proporcionado una pasión y una fuerza motriz.

—No te preocupes, Po —Mei posó la zarpa sobre su hombro mientras esbozaba una reconfortante sonrisa en su rostro—. Simplemente envíalas.

Las últimas cartas de Chen y Li Li habían llegado el día anterior, navegando sobre una corriente de magia, un antiguo truco pandaren cuyos orígenes hacía ya mucho que se habían perdido en la historia. Chon Po había estado despierto toda la noche, escribiendo sus respuestas.

Po asintió con la cabeza mientras respiraba profundamente. Con gran cuidado, juntó los papeles e hizo que tomaran la forma de un pájaro (un gran albatros, decidió) para llevar los mensajes cruzando el océano. Cuando terminó, sostuvo la figura en alto y sopló sobre ella con cuidado, rociándola con una pizca del mismo polvo encantado que Li Li siempre llevaba consigo. Con una explosión de color, el pájaro de papel extendió sus alas y comenzó a volar. Era duro dejar que se marchara.

Chon Po estuvo observando hasta que toda señal del pájaro se perdió en el cielo claro, esperando que las cartas llegasen sanas y salvas a su hija y su hermano.

***

El mar se había transformado en una criatura viva, una fuerza de voluntad. Las olas rodeaban a Li Li como dedos amenazantes, poniéndola cabeza abajo. Siendo como era buena nadadora, se resistía y buscaba el aire cuando conseguía salir a la superficie, chapoteando en el agua con pies y zarpas, intentando mantenerse a flote. Pero la corriente la arrastró. Se resistió, y el ciclo se repitió. Poco después comenzó a sentirse cansada.

Sus músculos estaban ardiendo. Sus miembros se iban entumeciendo. Mientras el acelerón inicial de energía que impulsaba sus esfuerzos se debilitaba, su determinación comenzó a dar paso al pánico.

Me voy a ahogar.

Darse de cuenta de ello la golpeó con tanta fuerza como las olas contra las que batallaba. Chen ya no estaba; ¿quién podía saber cuánto se había alejado ya del barco? Toda tierra estaba a días de distancia. La tormenta era imparable, inmune a la razón o la fuerza.

El instinto la impelía a ir hacia la superficie, a luchar por sobrevivir, incluso sabiendo sin lugar a dudas que no había nada que pudiese hacer. La desesperanza se apoderó de ella, salada y amarga como el mismo océano.

Esto es lo que se siente, ¿verdad, mamá? Los ojos de Li Li se llenaron de agua de mar y lágrimas. Se forzó a sí misma a ser valiente, a aceptar su destino, pero no podía negar que estaba aterrada.

¡Mamá!, gritó en su interior, incapaz de pronunciar palabra. ¡Mamá, mamá!

El océano la propulsó hacia el cielo, y se sentó sobre la cresta de una ola. Volvió a jadear en busca de aire, aferrándose a cada precioso instante mientras la ola comenzaba a romper. Por el rabillo del ojo percibió algo distinto a la interminable agua: una forma oscura y sólida. Volvió la cabeza, intentando ver qué era, y se golpeó contra algo duro e incluso menos flexible que el mar. Su cabeza impactó dolorosamente contra el objeto, y el mundo se volvió negro.

***

—… Nunca había visto uno. Me acordaría.

—Yo sí, una vez, en Vallefresno, hace ya muchos años.

—Podría ser una espía de la Horda.

—Supongo que puede ser.

Li Li trató de abrir los ojos, pero sintió como si estuviesen pegados con pegamento. Comenzó a rodar, pero todo su cuerpo protestó con dolor. Gruñendo, volvió a sumergirse en un suave montón de mantas y almohadas.

En ese momento surgió la idea en su cabeza de que, de alguna manera, estaba viva.

Sus ojos se abrieron de repente. Una dolorosa explosión de luz blanca la dejó aturdida, y volvió a cerrarlos con fuerza.

—¡Atropa, está despierta, por Elune! El capitán…

—Yo me ocupo —respondió la otra voz.

Li Li entreabrió los ojos con cautela y se encontró frente a un rostro rubicundo y de color morado, enmarcado por un pelo violeta a la altura del hombro. Los ojos de la mujer no tenían pupilas y emitían un leve brillo plateado. Una elfa de la noche.

—Vaya, creíamos que estarías durmiendo unas cuantas horas más, por lo menos —dijo la elfa de la noche—. Tiene que haber algo de agua por aquí.

El rostro desapareció. Li Li extendió la mano para palpar una zona especialmente dolorida, y sus dedos rozaron un montón de vendas de algodón. Incluso esa suave presión provocó pinchazos de dolor en la parte posterior del cráneo. Realizó una mueca de dolor y alejó la zarpa.

—Ven, deja que te ayude —dijo la elfa de la noche, rodeando con un flaco brazo la cintura de Li Li. La mujer colocó las almohadas detrás de la joven pandaren y le pasó un vaso de agua. Li Li lo bebió agradecida de un solo trago, y acercó el vaso en busca de más. Tras saciar su sed, Li Li miró de un lado a otro, consciente de su dolorido cuello.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

—Estás en Elwynn, embarcación de la Alianza —respondió la elfa—. Tienes suerte. —Sacudió la cabeza—. Estaba de guardia y dio la casualidad de que te vi cuando te estrellaste contra el casco del barco durante la tormenta. Un chamán pidió a un elemental de agua que te subiese a bordo.

Li Li se apoyó contra las almohadas, con su corazón desbocado.

—No estoy muerta —dijo.

—No, afortunadamente —respondió la elfa—. ¿Cómo te llamas?

—Me llamo Li Li Cerveza de Trueno. ¿Quién eres?

—Mi nombre es Lintharel —dijo la elfa de la noche—. Soy una druida, y una kaldorei al servicio de la Alianza.

La puerta del camarote se abrió y un humano entrecano entró en la habitación, seguido por otra elfa de la noche. Parecía idéntica a Lintharel, incluso en los tatuajes color violeta con forma de gotas de agua presentes en su rostro. Era obvio que eran hermanas.

—Soy Marco Heller, capitán de este barco —declaró el hombre nada más entrar—. Tengo algunas preguntas que hacerte.

—¿Ya? —dijo Lintharel frunciendo el ceño—. Creía que solo querías saber si estaba despierta. ¡Aún está herida!

—En ese caso, ¿por qué no sales y coges alguna venda? —preguntó el capitán Heller, aunque su tono expresaba cierta orden—. Atropa, puedes acompañarla si quieres.

—Yo no me voy a ningún lado —respondió Atropa cruzando los brazos. Lintharel dirigió una mirada llena de frustración al capitán antes de marcharse. Li Li pudo escuchar cómo sus pasos se alejaban por el pasillo.

El capitán cogió una silla cerca de la cama en la que se encontraba Li Li y se sentó en ella, mirándola atentamente. Tras un momento de silencio, lanzó un aluvión de preguntas. —¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Qué hacías en estas aguas?

—Me llamo Li Li Cerveza de Trueno. Soy una pandaren de la Isla Errante. Estaba navegando con mi tío cuando la tormenta nos alcanzó. ¡Caí por la borda! —Las preguntas crisparon los nervios de Li Li—. ¿Qué está sucediendo aquí?

Los ojos del capitán Heller se iluminaron peligrosamente.

—Me pregunto si eres una espía de la Horda.

—¿Qué? —Li Li se sintió ofendida por la acusación—. ¡Eso es ridículo! ¡Mi tío y yo éramos amigos del mismísimo Rey Magni Barbabronce! ¿Te has tragado un pez globo o alguna otra cosa que te haya llenado la cabeza de aire?

El capitán Heller frunció el ceño pero no dijo nada.

Li Li prosiguió —Si fuese una espía de la Horda, no habría intentado entrar en tu barco lanzándome al océano en mitad de una tormenta rezando por chocar contigo por accidente. Es una soberana idiotez.

—¿Ni siquiera tras haber estado navegando al alcance de nuestra vista durante dos días?

—Eh… ¿Qué? —Li Li parpadeó, estupefacta—. ¿También hay un barco de la Horda?

El capitán hizo caso omiso de la pregunta de Li Li. Se volvió hacia Atropa, quien parecía haberse convertido en una de las esquinas de la estancia. —¿Qué piensas? —le preguntó—.

—Creo que dice la verdad —respondió Atropa, con sus brillantes ojos estrechándose levemente—. Definitivamente es ignorante.

—Ah, gracias —replicó Li Li—. Muy agradable por su parte, señorita.

—Opino lo mismo, Atropa —respondió el capitán mientras se incorporaba. Miró a Li Li desde arriba—. Eres una invitada en este barco, gracias a mí y al pueblo de la Alianza. Si fuese necesario, es posible que se te pida luchar a nuestro lado. ¿Tienes algún problema con eso?

—No me da miedo luchar —dijo Li Li, devolviéndole la mirada con actitud desafiante.

—Bien. El capitán Heller se fue sin decir nada más, y Atropa lo siguió.

Li Li reposó sobre la cama, exhausta. Echaba de menos a Chen, y esperaba de veras que hubiese salido ileso de la tormenta. Incluso así, es probable que él la diese por muerta. Li Li sentía cómo le dolía el corazón. Deseó que hubiese algún modo de enviarle un mensaje, pero su bolsa con polvo mágico estaba en el barco tol'vir. No había nada que pudiese hacer en ese momento, así que cerró los ojos y se quedó dormida.

***

La tormenta había dejado un día claro y con algo de viento tras su paso, y la porción de océano que rodeaba al pequeño barco estaba calma. Sin embargo, Chen no podía disfrutar de nada de ello. Li Li ya no estaba, y no quedaba rastro alguno de ella. Lo único que permanecía como recuerdo de su existencia eran sus pertenencias, almacenadas en el compartimento que había bajo la cubierta. Chen tenía la sensación de que algo había provocado un agujero en su pecho.

Se quedó sentado, mirando en la distancia sin ver nada. En su regazo guardaba la perla, la primera cosa que había buscado después de que la tormenta pasase. Lo único que le mostraba eran sus últimos momentos, reproducidos en un bucle sin fin. Ya no podía seguir mirándola.

El cansancio acabaría con él tarde o temprano si no buscaba reposo, pero cuando cerraba sus ojos la visión de Li Li siendo tragada por el océano no hacía más que intensificarse. En sus oídos se repetía el recuerdo de su voz gritando desesperado, como si pudiese negociar con el océano para que la hiciese volver.

Ese extraño desaliento fue lo que permitió que el barco de guerra lo sorprendiese por la espalda, el cual pasó desapercibido hasta que el torrente de agua desplazada se hizo demasiado ruidoso para ser ignorado. Chen se giró, aún sentado. En cualquier otro momento se habría levantado, listo para negociar o presentar batalla. Ahora, sin embargo, no le importaba. Nada más importaba ya.

El barco se colocó a su lado. Chen pudo atisbar banderas rojas con símbolos negros sobre la cubierta, y rápidamente introdujo la perla en su mochila.

—¡Ah del barco! —tronó una voz al otro lado del agua—. Al pasajero en la embarcación desconocida: su presencia aquí no está registrada. Prepárese para ser detenido e interrogado por la Horda.

***

Chen se sentó en un camarote al otro lado del capitán del barco de guerra, un corpulento orco de nombre Aldrek. Este cruzó sus verdes brazos con cicatrices y observó a Chen de arriba abajo de manera incisiva.

—¿Qué hacías en estas aguas? Los navegantes sin compañía no se adentran por esta zona —espetó el orco.

Chen se restregó la cara con cansancio. No tenía fuerzas para un interrogatorio. Quería acabar con aquel suplicio rápidamente.

—Me llamo Chen Cerveza de Trueno —dijo—. Soy un pandaren de la Isla Errante. Estaba navegando con mi sobrina, cuando la pasada noche la tormenta nos sorprendió y nos hizo perder el rumbo. Mi… —La garganta de Chen se estrechó y luchó por controlar su voz—. Mi sobrina desapareció en el mar.

El capitán no respondió.

***

—Sé por qué me estás interrogando. No soy un espía de la Alianza. Luché junto a Thrall, Cairne y Vol'jin contra el gran almirante Valiente en Theramore, hace años. Si tienes a alguien a bordo que participase en esa batalla, será capaz de corroborar mis palabras.

—Uno de nuestros chamanes, Karrig, luchó en Theramore —dijo Aldrek. Hizo un gesto con la cabeza hacia uno de sus guardias—. Tráelo aquí para que podamos escuchar lo que tenga que decir.

Aldrek dirigió su mirada hacia Chen durante unos instantes antes de volver a hablar.

—Seré franco contigo: si eres un espía, has hecho un trabajo más que digno preparándote para parecer un marinero perdido y a medio camino entre la locura y el agotamiento. —Acto seguido esbozó una amplia sonrisa, mostrando sus impresionantes colmillos.

El guardia volvió, acompañado por un orco de mediana edad y encorvado, cuyo largo pelo negro estaba recogido en una especie de moño con trenzas.

—¡Ah, Karrig! —Aldrek juntó las manos—. Este individuo afirma haber luchado en Theramore contra el gran almirante Valiente. ¿Le conoces?

—Hubo un pandaren que luchó a nuestro lado en esa batalla —dijo Karrig—. Su nombre era Cereza de Trueno, o algo así.

—Cerveza de Trueno —le corrigió Chen. Dirigió su mirada hacia el capitán Aldrek, quien comenzó a reírse.

—Parece que te has librado —dijo el capitán—. ¡La Horda tiene una deuda de amistad contigo! —Aldrek chascó los dedos hacia el guardia.

—Avisa a Nita —le dijo Aldrek. Volviéndose a Chen, añadió —Es una druida. Una gran señorita tauren. Te arreglará en un santiamén. ¡Bienvenido a bordo del Puño del Jefe de Guerra! —Aldrek dio una palmada a Chen en la espalda, pero el pandaren apenas respondió. Lo único en lo que podía pensar era Li Li; su cuerpo al completo estaba insensible frente a todo lo que estuviese a su alrededor.

***

Una vez se sintió mejor para caminar, Li Li comenzó a preguntar a todos los que estaban a bordo del buque Elwynn de la Alianza si habían visto al barco tol'vir. Nadie respondió afirmativamente. Perdida la esperanza, se apoyó contra una barandilla que había sobre la cubierta y observó, desde la sección de estribor de la proa, al gran barco de guerra de la Horda navegando por delante de ellos. Se preguntó si había alguna manera de ponerse en contacto con esa embarcación para comprobar si alguien había visto a Chen, aunque intentar comunicarse con la Horda no ayudaría demasiado a desmentir la sospecha inicial del capitán Heller de que era una espía. Frunció el ceño. A no ser que ella y Chen hubiesen sido muy apartados de su curso, los barcos estaban en aguas frente a la costa de Tanaris, las cuales eran neutrales. Tanto la Horda como la Alianza deberían ser capaces de navegarlas sin temer incidentes. ¿Qué es lo que estaba provocando que el capitán estuviese sumido en tal desasosiego?

Li Li se estrujó el cerebro para intentar diseñar un plan que la permitiese hacer llegar un mensaje al barco de la Horda sin acabar siendo lanzada por la borda. Ningún golpe de genialidad apareció en su mente, así que se rindió y descendió a bajocubierta, donde se encontró con varios miembros de la tripulación sentados alrededor de una mesa, jugando a las cartas. Entre ellos reconoció a las elfas de la noche gemelas, Lintharel y Atropa. Li Li cogió una silla vacía y se sentó con ellos.

—Dame carta —dijo Li Li. Atropa la miró de lado, pero Lintharel se rió y accedió.

—Es más sencillo aprender jugando —dijo. Hizo un ademán a los otros jugadores, un par de enanos—.

Esta es Li Li, la inesperada pasajera que recogimos la otra noche.

—¡Ah, la no-espía! —proclamó una de los enanos sonriendo—. Me llamo Trialin —dijo ella—, y este es mi hermano, Baenan.

—¡Tu hermano mayor! —le corrigió Baenan—, ¡y el más sobresaliente paladín de la Luz que hay en este barco, a su servicio! —Infló su pecho con orgullo.

—Oh, por favor, cállate, fanfarrón —le dijo Trialin mientras ponía los ojos en blanco.

—Así que estoy en la mesa de los hermanos —dijo Li Li a modo de broma—, sin que esté el mío aquí. Para una vez que me podría ser de ayuda… —Sintió una aguda punzada en el corazón al pensar en Shisai. Se preguntaba qué tal le estaría yendo de vuelta en casa, en Shen-zin Su. ¿Me echará de menos?

—No es la mesa de los hermanos —dijo Lintharel sonriendo. Hizo un gesto hacia Atropa y hacia sí misma—. No somos hermanas.

—Oh. —Eso cogió por sorpresa a Li Li.

—Aunque sin duda alguna se parecen —tranquilizó Trialin a la pandaren—. Mucha gente comete ese error.

—Sea como sea, Tharel es lo más parecido a mi familia que me queda —dijo Atropa. La sonrisa de Lintharel se volvió nostálgica.

—¿Vamos a jugar a las cartas o no? —Baenan golpeó la mesa con su puño, lo cual sacó a ambas kaldorei de su melancolía. Li Li miró de reojo su mano, fingiendo que sabía lo que estaba haciendo. Lintharel explicó las reglas según fueron jugando, y aunque Li Li no era muy buena, tras unas cuantas rondas ya había dejado de perder sin parar.

—Entonces… —dijo Li Li, intentando sonar despreocupada—… ¿Qué sucede con ese barco de la Horda? Creía que las aguas cerca de Tanaris eran neutrales. ¿A qué tanto revuelo porque esté aquí?

Los acompañantes de Li Li se miraron los unos a los otros, y la pandaren se dio cuenta de que había realizado una pregunta incómoda. Había tenido la esperanza de hablar sobre la posibilidad de contactar con el barco de la Horda en busca de información sobre Chen. Obviamente, eso sería una mala idea. Atropa acabó por terminar con el silencio.

—Técnicamente tienes razón —dijo ella mientras cogía una carta de su mano para descartarla.

—¿Pero...? —presionó Li Li.

—Pero los últimos sucesos han provocado que sospechemos de cualquier presencia de la Horda fuera de su propio territorio —respondió Atropa.

—Esos bastardos están demasiado cerca de Theramore —farfulló Baenan—. Si quieren que los dejemos en paz, tendrán que volver al sitio del que provienen. No podemos confiar en ninguno de ellos.

—Yo trabajé codo con codo con muchos miembros de la Horda en el Monte Hyjal —dijo Lintharel con tranquilidad—. El archidruida Hamuul Tótem de Runa es un tauren, y uno de los mayores líderes del Círculo Cenarion. No puedes juzgar a todo un pueblo por las acciones de unos pocos.

Baenan sacudió la cabeza. —Nena, ojalá pudiese estar de acuerdo contigo. Los druidas del Círculo Cenarion pueden ser una excepción, como lo puede ser el chamán o el Anillo de la Tierra. Pero mírate: volviste de Hyjal, y lo hiciste para servir a la Alianza. Tus amigos de la Horda han hecho lo mismo. Ahora ellos son tus enemigos, igual que tú lo eres para ellos.

Las manos de Lintharel apretaron las cartas. —Sirvo a la Alianza porque es la voluntad de la suma sacerdotisa Tyrande y el archidruida Malfurion, y yo les soy fiel— Frunció el ceño—. Pero las divisiones entre la Horda y la Alianza son falsas.

—¡Divisiones falsas impuestas a base de armas y espadas de verdad! —gruñó Baenan—. El jefe de guerra Grito Infernal no desea paz alguna. ¡Mira tu propio hogar en Vallefresno! Es una amenaza, y tus amigos druidas son cómplices de su reino —Plantó sus cartas sobre la mesa; había ganado esa ronda—. No hay nada ni nadie de quien te puedas fiar en la Horda, y es algo que tienes que aceptar.

***

La inclinación de la luz proveniente del ojo de buey de la enfermería le indicaba a Chen que la mañana ya estaba avanzada. Físicamente se sentía como nuevo, pero su espíritu seguía cansado. Había perdido a mucha de su gente querida durante el paso de los años. Algunas muertes afectan más que otras.

Chen siempre había visto a Li Li como la hija que nunca había tenido, el único miembro de su familia que era como él. Pasó las palmas de sus zarpas por sus ojos mientras varias lágrimas dejaban húmedos rastros en el pelaje de su cara.

—Por favor: ¿no hay suficiente agua en el mar ya? ¿De verdad tienes que crear más?

Chen se incorporó de inmediato. Un elfo de sangre con cara de aburrimiento estaba apoyado contra la pared de la enfermería, con los brazos cruzados.

—Parece que a esto me han rebajado —se lamentó el elfo—. A hacer de niñera con los pacientes.

La rabia era un refugio seguro para la pena. La oleada de ira que inundó a Chen hizo que saliese de la cama y cruzase la estancia. El pandaren tenía mucha experiencia siendo intimidante.

—Si yo fuera tú, cuidaría las palabras que salen por esa boquita —gruñó—. Dudo mucho que te hayas enfrentado alguna vez a alguno de los míos. Hazme caso: no quieres saber cómo es.

Antes de que el elfo tuviese la oportunidad de responder, alguien más entro en la habitación. Era el chamán, Karrig. Llevaba un gran bastón, con el cual golpeó furioso el suelo.

—¡Talithar! —gritó—. No pueden pasar ni cinco minutos sin que provoques problemas. ¡Vete de aquí, condenado elfo!

El elfo, Talithar, dirigió a Karrig una mirada de puro odio, pero no dijo nada y abandonó la enfermería con su bella cabeza erguida.

—Pretencioso engreído —masculló Karrig—. Un héroe de la Horda como tú debería ser tratado con respecto —Lanzó una generosa sonrisa a Chen—. No cabe duda que es un honor tenerte a bordo.

—Eh… Gracias —respondió Chen, no del todo cómodo con cómo Karrig le había llamado héroe. Los recuerdos de Chen sobre Theramore reflejaban una situación mucho más compleja.

—He venido a buscarte —dijo Karrig—. El capitán Aldrek quiere hablar contigo.

Chen hizo un gesto afirmativo con la cabeza y le siguió hasta los aposentos del capitán, donde Aldrek se encontraba sentado en uno de los extremos de una mesa toscamente tallada, tamborileando con los dedos.

—Karrig me ha hablado mucho de tus hazañas en Theramore, hace muchos años —dijo Aldrek—. Estoy convencido de que el haberte encontrado es un signo de los espíritus.

—¿Por qué crees eso? —preguntó Chen. Había algo en el tono de Aldrek que le hacía estar inquieto.

—Porque creo que puedes ayudar a nuestra causa —respondió el capitán orco—. Una vez nos deshagamos del velero de la Alianza que nos sigue los pasos…

—No veo qué podría hacer al respecto, capitán —dijo Chen educadamente. Aldrek pareció sorprendido.

—¡Oh, no! No, no te preocupes por eso —dijo—. Por ahora hemos decidido mantener una comunicación abierta con ellos —Realizó un ademán de displicencia—. Mis ideas con respecto a ti son a más largo plazo.

—¿Cómo dices?

Aldrek se inclinó hacia Chen.

—Mira, nuestra misión aquí es simplemente de reconocimiento, pero…

—¿Reconocimiento de qué exactamente? —le interrumpió Chen. Tanto Aldrek como Karrig esbozaron una sonrisa.

—Eso no te lo puedo decir. Aún no. Pero como soldado de la Horda en la primera batalla de Theramore, supongo que sería para ti todo un honor participar en la segunda.

Aldrek se recostó en la silla y dejó que sus palabras reposaran. Chen hizo un gran esfuerzo por mantener una expresión neutral.

—Eso… Eso sería toda una experiencia, qué duda cabe —dijo—. ¿Es eso lo que estáis planeando?

Aldrek se tocó ligeramente la nariz por un lateral y sonrió con picardía. —No. Esto no son más que labores de reconocimiento, ¿no es así?

***

—Así es —respondió Chen, recordando guiñar un ojo al capitán—. Esto es simplemente… explorar.

—Como sabes —interrumpió Karrig— la adquisición de recursos ha sido todo un reto desde que la Horda puso un pie en Kalimdor. No es fácil mantener una gran ciudad en mitad del desierto.

—Estoy al corriente de algunos de los problemas de Orgrimmar —dijo Chen.

—¡En ese caso, entenderás nuestras necesidades! —Aldrek golpeó el puño contra la palma de su otra mano—. Tenemos que garantizar los recursos suficientes para nuestras familias, para nuestros hijos. Orgrimmar no puede correr riesgos.

Chen decidió no decir nada más. Lo que Aldrek y Karrig estaban diciendo era desconcertante, al igual que el ardiente brillo que había en sus ojos al hablar de Orgrimmar y su futuro.

Tomando su silencio como asentimiento, el capitán Aldrek se relajó en su asiento. —Es todo un honor tenerte a bordo de mi barco, Chen Cerveza de Trueno —dijo—. Estoy seguro de que demostrarás ser un valioso aliado para la Horda. Tienes mi permiso para dirigirte a cualquier sitio en este barco. Puedes retirarte.

—Gracias, capitán —dijo Chen, y se despidió.

***

Chen se dirigió hacia la cocina, en busca de algo fuerte de beber y una comida caliente. Estaba bastante seguro de que Aldrek y Karrig habían confesado la intención de la Horda de invadir Theramore. No deseaba pensar en ello. Al menos la comida en el barco era decente.

Dirigió hacia arriba su mirada mientras alguien se unió a la mesa, sentándose en el banco al otro lado. Era Nita, la tauren que lo había cuidado la noche anterior. Ella sonrió, con sus gruesas trenzas enmarcando su bello rostro. Cruzó sus grandes manos de tres dedos enfrente de ella en la mesa.

—¿Qué tal estás hoy, Chen Cerveza de Trueno? —preguntó.

—Bastante bien, gracias a tus habilidades —respondió—. Eres una druida realmente hábil.

Ella le dedicó una sonrisa. —Gracias —dijo—. Siento no haber podido estar para ayudarte esta mañana. Desgraciadamente, otros asuntos reclamaban mi atención. ¿Talithar te dijo que vinieses aquí a comer?

—Eh… No —dijo Chen—. No se mostró tan amable conmigo, la verdad.

Nita parecía desanimada. —Pido disculpas por él —dijo ella—. Es uno de los magos del barco, y un alma atormentada. Ha conseguido que casi toda la tripulación se ponga en su contra —Suspiró profundamente—. Le pedí que te ayudase porque pensé que un poco de interacción con alguien de fuera de nuestro barco podría venirle bien. Supongo que me equivoqué.

—No es culpa tuya que no pueda comportarse —dijo Chen—. Pero es bueno ver que te preocupas por él.

—Mi deber es preocuparme por los demás —dijo, sonriendo de nuevo—. Para empezar, soy curandera, y para continuar, todos somos hijos de la Madre Tierra. Somos más fuertes unidos que separados —Se detuvo, y frunció el ceño—. Creo que nuestro capitán olvida eso algunas veces.

***

A bordo del Elwynn, el capitán Heller había solicitado una reunión conjunta en cubierta. El capitán se enfrentó al personal reunido desde la parte superior del puente de mando.

—Como muchos de vosotros sabréis —comenzó—, he estado en contacto con el mando del navío de la Horda.

El corazón de Li Li pegó un brinco. Si Heller estaba hablando con el barco de la Horda, ella le podría preguntar por Chen.

—Su presencia aquí es preocupante —continuó el capitán—, y no podemos dejar de vigilarlos. Sorprendentemente, me han comunicado que lo entienden, y les gustaría trabajar con nosotros para alcanzar una solución pacífica.

La multitud murmuró, y muchos de ellos empezaron a susurrar cosas entre sí.

—Su capitán ha accedido a enviar aquí a un mensajero diplomático, con la condición de que nosotros hagamos lo propio. Yo apoyo este modo de actuación, y por ello solicito a un voluntario. La persona que dé un paso al frente debe ser valiente y debe estar preparado para hablar en nombre de la Alianza. Supongo que no es necesario que os diga que podría ser peligroso. ¡Aun así, si los convencemos de que vuelvan a Durotar, no hay duda de que eso constituirá una victoria para la Alianza! ¿Quién servirá a la causa?

Varias manos se alzaron, acompañadas por una pequeña cantidad de exclamaciones afirmativas, pero una figura se adelantó sin mostrar miedo alguno, subió la mitad de los escalones que la separaban del lugar en el que se encontraba el capitán, y se mostró orgulloso con su estatura de 1,20. Era Baenan, el enano. Li Li pudo escuchar cómo Lintharel tragaba saliva con fuerza junto a ella.

—¡Yo iré! ¡Como paladín de la Luz, ofrezco mi servicio con orgullo a la causa de la Alianza!

El capitán Heller asintió con la cabeza. —Que así sea. Les haré saber que hemos elegido un mensajero, y llevaré a cabo el intercambio.

El capitán hizo un gesto a un mago draenei cerca de él, quien lanzó varios virotes mágicos de colores al aire, deletreando runas en un aguacero de luz. Tras una larga pausa, Li Li pudo ver una muestra similar proveniente de la cubierta del barco de guerra de la Horda.

—¡El intercambio tendrá lugar en media hora! —declaró el capitán Heller. Se volvió hacia Baenan—. Ven conmigo. Te proporcionaré las instrucciones relativas a tu encargo.

Baenan realizó un vehemente saludo. Li Li se adelantó abriéndose paso entre la multitud. Al percibir su presencia, Heller se detuvo.

—¿Sí? —preguntó con brusquedad.

—Eh… Tengo una pregunta, señor —dijo Li Li de la manera más educada que pudo—. He estado intentando descubrir si alguien ha visto a mi tío tras la tormenta. Me preguntaba si el barco de la Horda había mencionado algo acerca de otro pandaren. O acerca de una pequeña embarcación en las proximidades.

El capitán Heller estrechó los ojos, pero Li Li se mantuvo firme. Su petición era completamente inocente.

—No ha habido ningún mensaje al respecto —respondió por fin Heller—, pero puedes preguntarle al diplomático de la Horda tú misma cuando llegue.

—Gracias, capitán —dijo Li Li. Asintió con la cabeza ante Baenan—. Buena suerte —le dijo. El enano devolvió el ademán con aire decidido en su rostro, y a continuación emprendió la marcha junto a Heller. Los dos desaparecieron bajo cubierta junto con unos pocos guardias.

El resto de la tripulación comenzó a dispersarse, y Li Li alcanzó a ver a Trialin no demasiado lejos. La enana elevó su barbilla orgullosa hacia su hermano, pero sus mejillas estaban muy pálidas. Lintharel estaba junto a Li Li, apretando los dientes y con el rostro en tensión. La druida dirigió su mirada hacia el cielo y después cerró sus plateados y etéreos ojos.

—¿Notas cómo está cambiando el aire? —preguntó—. Esta noche volverá a haber tormenta.

***

—¿Estás segura de que estás dispuesta a correr el riesgo? —Aldrek evaluó a su diplomática voluntaria, nada más y nada menos que la druida Nita.

—He trabajado con miembros de la Alianza como parte del Círculo Cenarion —respondió Nita—. Esa historia los tranquilizará.

Aldrek se frotó la barbilla, pensativo. —De acuerdo. ¿Puedes llegar remando tu sola?

Nita podría haber tomado la forma de un pájaro y llegar volando, pero la Alianza había mandado un bote, así que era conveniente hacer lo propio.

—Sí —respondió ella.

Chen había recibido un lugar de honor, cerca de Karrig y el capitán Aldrek, y había observado cómo Nita se había adelantado con serenidad para ofrecerse como mensajera para la Alianza. Chen pensó en las palabras que pronunció con anterioridad: Todos somos hijos de la Madre Tierra. No había mejor candidato para una misión cuyo objetivo era reducir la tensión entre los navíos.

Mientras Nita preparaba su pequeño bote, Aldrek dirigió al gran barco de guerra hacia el velero de la Alianza. Para que los mensajeros pudiesen salvar la distancia con facilidad, ambos barcos tenían que acercarse bastante entre sí; más que de sobra para dispararse el uno al otro. Chen se movía inquieto y trataba de no ser negativo, pero no podía evitar recordar lo que Aldrek había dado a entender acerca de Theramore. ¿Qué estaba planeando la Horda? ¿Cuánto sabía la Alianza? ¿Esta situación era realmente el resultado de un encuentro casual en el mar, o la Alianza había estado siguiéndolos? ¿O acaso la Horda los había atraído de alguna manera?

El Puño del Jefe de Guerra se dispuso en paralelo al Elwynn. Dos marineros ayudaron a Nita a hacer descender su bote al agua y esta partió. Los remos fueron elevándose y descendiendo regularmente según sus brazos tiraban de ellos.

***

Los mensajeros pasaron uno al lado del otro en un punto equidistante a ambos barcos. Baenan observó brevemente a la tauren de hombros anchos cuando pasó a su lado, advirtiendo su típico vestido de druida. Su espíritu se elevó. Los tauren tendían a ser más sensibles que los orcos, y los druidas solían trabajar con ambas facciones. Puede que hubiese esperanza para esa misión.

Cuando llegó a su destino, varios marineros de la Horda estaban esperándolo. Mientras alzaban su bote del agua, echó un vistazo al Elwynn, con un elegante perfil de color áureo por el sol vespertino, ya descendiendo. Recitó una plegaria a la Luz para volver sano y salvo.

***

Li Li esperaba al frente de la tripulación, decidida a ser una de los primeros para recibir al diplomático y así poder preguntarle por su tío. Mientras la gran tauren escalaba hacia la cubierta, Li Li dio un par de pasos hacia adelante, impaciente.

—¡Bienvenida a bordo! —dijo el capitán Heller con entusiasmo mientras extendía su mano. Nita la estrechó afectuosamente, y los marineros reunidos inclinaron sus cabezas como señal de reconocimiento.

—Gracias, capitán —respondió—. Espero que podamos alcanzar un acuerdo satisfactorio para ambas partes —Examinó a la multitud, y sus ojos se posaron sobre Li Li, momento en el que las cejas de la tauren se alzaron con rapidez.

Li Li no pudo contenerse. —¡Me reconoces! —gritó con alegría—. Eh, quiero decir… ¡Reconoces a los míos! Mi tío Chen, ¿lo has visto?

—Sí, lo recogimos de su bote la mañana siguiente a la tormenta —dijo Nita. Sonrió—. Se alegrará una barbaridad cuando sepa que estás a salvo.

—Gracias, muchas gracias —dijo Li Li, con su garganta estrechándose por la emoción. No se había dado cuenta de lo preocupada que había estado hasta que confirmó que Chen estaba a salvo. Ella y su tío volverían a reunirse pronto.

—Por aquí —El capitán Heller se situó por delante de Li Li y señaló las dependencias del capitán—. Discutiremos nuestros objetivos para alcanzar un compromiso.

Nita siguió al capitán Heller con cortesía, con sus poderosas pezuñas retumbando contra la cubierta de madera a cada paso. Cuando pasaron al lado de Li Li, el capitán lanzó una mirada no demasiado amable. Li Li observó cómo los dos desaparecían bajo cubierta y después dirigió sus ojos al barco de la Horda, momento en el que se percató de que la nave de Baenan ya había sido izada. Las discusiones dieron comienzo.

***

Baenan casi temía que todos los presentes en las dependencias del capitán pudieran escuchar su corazón, galopando en su pecho. Intentando calmarse, observó la estancia repleta de orcos, trols, un tauren, dos goblins, (discutiendo entre sí por ver quién se sentaba a la mesa del capitán), y un pútrido renegado en estado de descomposición. Desde un principio se dio cuenta de que también había uno de esos pandaren, como esa muchacha en el Elwynn. Frunció el ceño. La muchacha había dicho que había estado viajando con su tío. ¿Podría ser él? Y si así era, ¿por qué estaba con la Horda?

Baenan observó al capitán Aldrek, quien separó sus labios con una amplia y depredadora sonrisa.

—Ahora —comenzó el capitán con suavidad—, discutamos sobre este asunto como gente razonable.

Baenan tragó saliva e intentó encontrar un hilo de voz. —Como sabes, nos preocupa la presencia de barcos de guerra de la Horda en latitudes tan meridionales…

—Estas son aguas neutrales —respondió Aldrek.

—Eso es cierto —respondió Baenan—, pero tuvisteis que navegar por territorio de Theramore para llegar aquí, por lo que…

—¿Cómo sabes que no venimos del Campamento Grom'gol en Tuercespina? —le interrumpió Aldrek.

—¿Es eso cierto? —preguntó Baenan sin ambages.

Eso cogió a Aldrek con la guardia baja, y vaciló el tiempo suficiente como para hacer que la respuesta resultase obvia. Su sonrisa se endureció. —Estamos aquí siguiendo órdenes del jefe de guerra, en una misión de reconocimiento —dijo, con un tono de aviso en su voz.

—Mira —respondió Baenan—: yo soy un enano. Los míos somos directos. Tú dices que estáis en misión de reconocimiento. Eso puede ser cierto, pero no hay manera alguna de que lo sepamos. Solo queremos que nuestras tierras en Theramore estén a salvo. Podemos escoltaros de vuelta a aguas de Durotar. Esa es la oferta de mi capitán.

El capitán Aldrek rompió a reír. El corazón de Baenan se hundió.

—Esa es exactamente la oferta que rechazo —dijo el orco. Aldrek chascó los dedos hacia un guardia—.

—Este enano es nuestro prisionero.

La primera reacción de Baenan fue luchar por su libertad, pero era evidente que no era muy buena idea. Se encontraba en inferioridad numérica, y había sido desarmado al embarcar en el Puño del Jefe de Guerra.

—Sabía que erais una panda de cobardes mentirosos —farfulló, lo que hizo que se ganase un golpe en la cabeza de otro orco.

—Y aun así elegiste confiar en nosotros —dijo Aldrek con rostro petulante—. Encerradlo en el pantoque y haced que alguien lo vigile. Que todos se presenten en cubierta. La Alianza piensa que estamos negociando: preparad los cañones.

Mientras Baenan era escoltado fuera de la estancia, Chen tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para mantener una expresión no afectada. Había estado cerca de saltar en defensa del enano, pero lo había reconsiderado rápidamente. Quería descubrir con mayor detalle qué estaba sucediendo. Por mucho que le doliese, tenía que esperar a que llegase el momento adecuado para actuar.

***

Nita se enfrentó al capitán Heller en sus dependencias. Varios oficiales de la marina, con sus manos cruzadas a la espalda de manera formal, flanqueaban a los negociadores.

—Capitán —comenzó ella—, me gustaría ofrecer una completa explicación acerca de los movimientos de nuestro barco...

Nita —le interrumpió Heller—, no me interesan ni el cómo ni el porqué de los movimientos de la Horda. Lo único que quiero es que los vuestros os vayáis.

—Estas son aguas neutrales —replicó ella—. Tenemos tanto derecho como vosotros a estar aquí.

—Puede que eso sea cierto —continuó Heller sin inmutarse—, pero representáis una amenaza. No estaré satisfecho con contener dicha amenaza hasta que vuestro barco esté de vuelta en Durotar, lugar al que pertenece.

—Puedo comunicar eso a mi capitán, si lo deseas —dijo Nita de manera algo vacilante.

—No, creo que nos pondremos en contacto con él de manera directa —dijo Heller—. Tú te quedarás aquí como fianza hasta que nos aseguremos de que nuestro mensaje se escucha como corresponde.

Nita se quedó completamente boquiabierta. —¿Qué? ¿Me vas a retener como prisionera?

—Hago lo que debo —dijo el capitán Heller—. Detenedla.

Cuatro oficiales la agarraron por los brazos. —¡Esto es vergonzoso! —gritó mientras luchaba contra sus captores—. ¡Soy una druida del Círculo Cenarion! ¡He trabajado codo con codo con el propio Malfurion Tempestira!

—Eso es ciertamente maravilloso —respondió el capitán Heller—. Si alguna vez me encuentro con él, me aseguraré de contarle que te conozco.

***

Encadenado incómodamente en el pantoque del Puño del Jefe de Guerra, Baenan podía escuchar ruidos en la lejanía que se asemejaban al sonido de pies caminando y el posicionamiento de cañones pesados. El asqueroso capitán orco estaba preparando un ataque contra el Elwynn, y Baenan no podía hacer nada para evitarlo. No había nada peor que la impotencia. Sentía una inabarcable rabia contra la Horda.

El capitán Aldrek no había dejado solo a Baenan en su celda. Un arrogante elfo de sangre, Talithar, montaba guardia de manera indudablemente aburrida. Baenan lo odiaba con todo su ser.

—Despreciable Horda —gruñó Baenan—. El capitán Heller os hundirá hasta el fondo del mar y serviréis como aperitivo para los naga.

—Y si lo consigue, tú tendrás reservado el mismo destino —respondió Talithar—. La verdad es que es trágico: para poder vivir, tus amigos tienen que perder.

—Si muero me iré contento, sabiendo que os vais conmigo —replicó Baenan.

—Es muy noble por tu parte que pienses eso.

Baenan escupió en el suelo, cerca de los pies del elfo. —Los elfos de sangre no sabríais lo que es la nobleza ni aunque tuvieseis su significado tatuado en la frente. Patéticos y babosos enganchados a la magia… ¡Incluso llegasteis a vender a vuestro propio pueblo!

El rostro de Talithar palideció, dando a Baenan la satisfacción de haber tocado fibra sensible. Se dio cuenta de que no era demasiado astuto provocar a su carcelero, pero estaba demasiado enfadado para que le importase.

—Sí —dijo con vehemencia —, he conocido a varios elfos nobles en mi vida. Sé lo que les hicisteis. Vengo de Loch Modan; he oído las historias relativas a la señorita del Errante allí...

Con una sorprendente muestra de fuerza física bruta, Talithar atravesó la estancia de una sola zancada y levantó a Baenan en el aire, estampándolo contra la pared. Mantuvo a Baenan ahí a la altura del elfo de sangre, casi el doble que la del enano, y lo miró fijamente a los ojos.

—Nunca, jamás, la menciones en mi presencia —La voz de Talithar era tranquila, pero tenía un tono amenazante que hizo que el vello de Baenan se erizase. Había estado buscando enfadar al elfo, pero la profundidad de la reacción de Talithar fue chocante. Aun así, la Horda había encerrado a Baenan y le había negado la posibilidad de luchar con armas, así que combatía con palabras. Y ese mago era un símbolo de todo lo que despreciaba.

—Veo que conoces a Vyrin Vientoveloz —dijo Baenan simplemente para hacer daño—. ¿Es alguien especial para ti? Bueno, ¡ahora ella odia a todos los vuestros y a todo lo que representáis!

Talithar arrojó a Baenan al suelo. El enano aterrizó dolorosamente contra su hombro, preparándose para el ataque de ira del mago, pero Talithar poseía una sorprendente capacidad de autocontrol y no hizo nada.

Baenan consiguió sentarse. Sentía un gran y punzante dolor en el hombro, pero había merecido la pena provocar al elfo de sangre. La cabeza de Talithar estaba inclinada, y sus puños estaban firmemente cerrados y con los nudillos blancos. Miró hacia arriba, y Baenan se quedó boquiabierto.

El rostro de Talithar mostraba surcos de lágrimas.

—Una mujer suele ser alguien especial para su marido —Su voz estaba marcada por la rabia, la humillación y la desesperación. Dirigió su mano a la parte frontal de su toga y arrancó una fina cadena de oro alrededor de su cuello para arrojarla después a los pies de Baenan. El collar no tenía ninguna cuenta o pendiente, simplemente dos anillos exquisitamente facturados, de un hombre y una mujer, con diseño de elfos nobles.

—¿Te crees que no sé quién soy? A nosotros, los sin'dorei, nos dieron a elegir: nuestra integridad o nuestro bienestar. Como si eso fuese una verdadera elección. Yo elegí mi bienestar. Mi mujer eligió su integridad.

***

Chen se dirigió a los tramos inferiores del Puño del Jefe de Guerra tan rápido como pudo. Escapar de la vigilante mirada del capitán Aldrek había sido complicado, y después se había encontrado con la dificultad añadida de localizar sus armas. Tuvo suerte: su velero tol'vir había sido izado hasta la borda y almacenado junto a los botes salvavidas, y la tripulación había dejado sus cosas intactas. Incluso la perla estaba donde la había guardado, a salvo en el interior de su bolsa de viaje. Una de las ventajas provenientes de la admiración de Aldrek por él, supuso Chen.

La entrada al pantoque había sido bloqueada. Chen respiró profundamente y echó abajo la puerta con una patada, introduciéndose a toda prisa y blandiendo su bastón. Este silbó por el aire de modo inofensivo. Chen se detuvo y volvió a evaluar la situación. Baenan, el embajador enano, estaba sentado de manera miserable sobre el suelo, con sus extremidades atadas. Sentado de modo igualmente lamentable contra la pared estaba Talithar, a quien se le había asignado la función de guardia.

Chen bajó su bastón. Con un ojo sobre Talithar, se dirigió a Baenan.

—He venido a ayudarte a escapar —dijo—. Talithar, te lo advierto…

El elfo le sorprendió con una breve y amarga carcajada. —No pienso detenerte. Largaos de una vez.

La actitud de Talithar dejó desconcertado a Chen, pero no tenía intención de cuestionársela. Rápidamente, se arrodilló junto a Baenan y cogió un cuchillo para cortar sus ataduras. El enano miró agradecido al pandaren.

—Eres uno de esos pandaren —dijo mientras se frotaba las muñecas—. Gracias por salvarme.

—¿Te resulta familiar mi pueblo? —preguntó Chen, serrando las cuerdas alrededor de las piernas de Baenan.

—No demasiado —respondió el enano—. Aunque el otro día, durante la tormenta, recogimos a una muchacha pandaren...

***

Chen agarró a Baenan por la parte frontal de su camisa y lo elevó por los aires. —¿Li Li? —gritó el pandaren de manera frenética—. ¿Se llamaba Li Li?

—¡Sí! —confirmó Baenan, nervioso por haber sido elevado por los aires de manera agresiva por segunda vez en media hora—. ¡Se llama Li Li! Dijo que la tormenta hizo que saliera volando por la borda.

—Está viva —dijo débilmente Chen, dejando libre a Baenan. Sus zarpas estaban temblando—. Mi sobrina está viva.

—Viva y segura a bordo del Elwynn —dijo Baenan.

—En ese caso, no hay tiempo que perder —proclamó Chen—. Aldrek está preparando la guerra sobre nuestras cabezas. Vamos.

Chen se giró para marcharse, pero el enano dudó y se agachó para recoger un objeto brillante del suelo. Para sorpresa de Chen, Baenan se lo ofreció a Talithar.

—Esto es tuyo —dijo el enano con algo de nervios—. Deberías tenerlo. Y —Se detuvo por un momento— siento lo que te dije. Fue algo cruel.

Chen parpadeó. Estaba claro que se había perdido algo.

—No —dijo Talithar con suavidad. Extendió la mano y acarició los dos anillos para, a continuación, apartarla—. Tenías razón. Vyrin me dejó por un motivo. Yo tomé una decisión. Y eso tenía sus consecuencias.

—Sí, pero… —Baenan volvió a mostrarse con dudas—. Hay algo más. Ella solía hablar sobre ti. Quiero decir, no sabía que eras tú en concreto, pero sí que mencionó que había estado casada. Nunca me dijo porque dejó a su marido.

—Ella no te odia —dijo Baenan—. Sé que está enfadada, pero sí que te echa de menos.

La expresión de Talithar había ido cambiando varias veces mientras Baenan hablaba, y acabó por mudar en melancolía nostálgica. Aun así, no cogió el collar.

—Quédatelo —dijo Talithar—. Pero hazme un favor, te lo ruego.

Baenan asintió con la cabeza de manera cautelosa.

—Cuando vuelvas a Loch Modan, llévale los anillos. Dile que la echo de menos, y que jamás dejaré de quererla.

—Eso haré —dijo Baenan—. Lo prometo.

Talithar se levantó. —Solamente tendréis una oportunidad de escapar —les dijo a Chen y Baenan—. Si os atrapan, os ejecutarán en el acto. Haré lo que pueda para distraer a los marineros.

—Gracias —dijo Chen—. De verdad.

Talithar sonrió, aunque la tristeza no abandonó sus ojos. —Marchaos.

***

Con la puesta de sol, un grupo de nubes había llegado desde latitudes más meridionales y el aire se había enfriado. Li Li estaba temblando mientras permanecía en la cubierta del Elwynn, esperando ansiosamente el resultado de la misión diplomática. Lintharel había desaparecido, esfumándose como los elfos de la noche solían hacer. Junto a Li Li, Trialin se estaba comiendo las uñas, visiblemente preocupada por su hermano. Li Li esperaba con todo su ser que las cosas saliesen bien. Toda la situación se podía resolver de manera pacífica si ambos bandos estaban dispuestos a dejar su orgullo a un lado. Algo tan sencillo y a la vez tan difícil de conseguir.

Por fin, el capitán Heller y Nita aparecieron de nuevo en cubierta. Li Li se puso de puntillas, esforzándose por vislumbrar algo. Su corazón se vino abajo. Las grandes manos de Nita estaban atadas a su espalda. La expresión solemne de los guardias indicaba que no se había podido llegar a acuerdo alguno.

El capitán Heller blandió su espada.

—¡Esta criatura —anunció, apuntando a Nita con su filo— me atacó a mí y a mis oficiales cuando estábamos alejados del resto de la tripulación! Hemos podido contenerla, y ahora nos ocuparemos de ella.

—¡Mientes! ¡No he hecho nada parecido! —replicó Nita con furia, por lo que obtuvo un revés de uno de los mayores oficiales.

—¡Silencio, escoria de la Horda! —ordenó Heller.

Varios fogonazos y explosiones interrumpieron al capitán. La magia salía de la cubierta del barco de la Horda, con las runas iluminando de manera intensa el cielo oscurecido.

Un grito surgió de uno de los magos. —¡Están pidiendo que nos rindamos, o matarán a Baenan!

Heller lanzó un gruñido de rabia y maldición. —¡Jamás nos rendiremos! —vociferó, como si en el Puño del Jefe de Guerra pudiesen en verdad oírle.

Trialin se tapó la boca con las manos, reprimiendo el llanto. Li Li puso el brazo sobre los hombros de la enana.

Heller se enfrentó a Nita. —Tú —Señaló a sus hombres, quienes empujaron a la tauren hacia delante—. Si Baenan pierde la vida, tú correrás la misma suerte. Sangre por sangre —Elevó su espada.

Dando la impresión de aparecer de la nada, Lintharel se posicionó entre Nita y el capitán, extendiendo los brazos.

—No —dijo la elfa de la noche.

El rostro del capitán Heller se retorció por la ira. No bajó su espada.

—¿Lintharel? —dijo Nita suavemente. Li Li ladeó la cabeza. ¿Cómo podía aquella tauren conocer el nombre de Lintharel?

—Apártate, elfa de la noche —dijo el capitán Heller.

—Apártate, elfa de la noche —dijo el capitán Heller.

—Su gente ha tomado a Baenan como prisionero —dijo Heller apretando los dientes.

—Lo mismo que tú has hecho con ella —señaló Lintharel—. Si la Horda pretendía retener a Baenan desde el principio, eso quiere decir que están dispuestos a sacrificarla a ella. Ellos debían saber cómo reaccionarías a su ultimátum. Ella es tan víctima como lo es Baenan.

—¡Apártate, elfa de la noche! ¡Es una orden!

—¿O acaso también pretendías detener al mensajero de la Horda —prosiguió Lintharel, subiendo la barbilla—, ¿condenando a muerte por igual a Baenan?

—¡Cierra la boca! —gritó Heller. La punta de su espada estaba temblando a varios centímetros de su garganta—. Estás obligada a servir a la Alianza. Desobedecerme se considera traición.

—Traicionar a un amigo es un pecado de la misma gravedad —dijo ella—. ¿Qué carácter reviste la mayor de mis obligaciones, capitán: político, o personal?

La pregunta quedó flotando en el ambiente como el sonido de un gong. Li Li sentía su corazón en la boca. Toda la tripulación estaba expectante, completamente inmóvil. Nadie se atrevía siquiera a respirar. Cada sonido se magnificaba: las olas golpeando el casco de madera, las jarcias moviéndose con una racha de viento. Las nubes que se aproximaban se habían vuelto más densas, proporcionando al atardecer un verde sobrecogedor.

Todo el vello del cuello y los brazos de Li Li estaba de punta. El propio aire estaba cargado, tensado hasta un límite intangible.

Y Li Li comprendió.

Lintharel, situada entre Nita y aquellos que estaban en disposición de hacerle daño, no era tan vulnerable como parecía. Había estado andándose con rodeos, ganando tiempo.

Lanzando un hechizo.

La primera de las gotas de agua hizo su aparición proveniente del cielo.

—Lintharel —dijo el capitán Heller con un tono revestido de una calma sepulcral—, este es tu último aviso.

Li Li cogió la muñeca de Trialin y retrocedió un paso, alejándose de la multitud. La enana, percatándose del apremio de Li Li, la siguió y no hizo ruido alguno.

—No voy a apartarme —dijo Lintharel. Por encima de ella, el cielo tronaba.

—¡Que así sea! ¡Acabad con…!

La última parte de la orden de Heller se perdió en el rugido del viento soplando en feroces ráfagas desde detrás de Lintharel, haciendo retroceder a trompicones a todos los que se estaban enfrentando a ella. En ese mismo instante, un rayo rasgó el cielo, golpeando el mástil principal del Elwynn como si de una bomba se tratase, prendiendo fuego a la gavía y provocando una lluvia de chispas. Astillas de madera del tamaño de dagas se precipitaron sobre la cubierta. Li Li y Trialin se escondieron tras un cajón seguro, con la noche iluminada por las llamas.

Lintharel avanzó hacia el espacio frente a ella, ahora vacío, con los brazos abiertos ya no como gesto de sacrificio, sino de poder. Sus ojos brillaban como las estrellas, igual de blancos que el rayo que había invocado. El viento imposible se arremolinaba a su alrededor, sacudiendo su pelo y tirando de su falda de cuero, aunque por lo demás la elfa de la noche parecía inmune. Li Li se quedó observando, sorprendida. Lintharel parecía una diosa.

—Liberadla —ordenó a un marinero encogido de miedo en cubierta. Este asintió con la cabeza, con sus ojos abiertos de par en par por el temor, y comenzó a arrastrarse hacia Nita.

Otra explosión meció al barco por completo. Todos se tropezaron. En varios sitios la gente estaba chillando, pidiendo agua o sanadores.

El Puño del Jefe de Guerra había abierto fuego.

El caos lo devoraba todo. La lluvia caía en enormes cantidades. Varios miembros de la tripulación arremetieron contra Lintharel y Nita, mientras otros se apresuraron a defender el barco. Por encima de todo ello el capitán Heller daba órdenes a gritos, intentando desesperadamente recuperar el control.

Una salva de cañonazos proporcionó la réplica a la descarga del barco de la Horda, con varias balas llegando a buen puerto. Li Li abandonó de un salto su escondite, con su mirada fija en la pequeña multitud que estaba luchando contra la elfa de la noche y la tauren.

—¿Dónde vas? —gritó Trialin.

—Lo que le han hecho a Nita no está bien —dijo Li Li desafiante—. Voy a ayudarla a ella y a Lintharel.

Li Li temía que la rabia que sentía Trialin por la situación de su hermano hiciera que se posicionara del lado del resto de la tripulación, pero afortunadamente la enana asintió con la cabeza.

—Sí —dijo ella—. Atacar a un diplomático es la peor de las cobardías —Sacó una espada corta de su cinturón y se la lanzó a Li Li—. Necesitarás un arma.

—Gracias —dijo Li Li. Entre gritos, las dos se lanzaron a la batalla.

***

Chen y Baenan se apresuraron por las zonas inferiores de la cubierta, intentando no llamar la atención. Baenan introdujo su barba en su camisa y utilizó un casco para cubrir su rostro en un intento de disfrazarse algo chapucero. El plan para escapar, toscamente esbozado, consistía en llegar al barco tol'vir, botarlo e introducirse en él. Era una apuesta arriesgada, pero quedarse donde estaban no era una opción.

El barco tembló, con los impactos certeros de los cañones de la Alianza. Chen encontró la escalera que buscaba, la más cercana a los botes salvavidas, y empujo a Baenan hacia adelante, subiendo como pudo tras él.

—¡Ese es el prisionero! —gritó una voz a sus espaldas. Chen reconoció su procedencia: era Karrig—. ¡Asqueroso traidor! —le gritó a Chen—. ¡Confiábamos en ti! ¡Matadlos a los dos!

Chen se atrevió a mirar hacia abajo. Contó a seis personas, incluido Karrig. El pandaren echó pestes por la boca. Luchar contra ellos implicaba perder mucho tiempo.

—¡Marchaos! —exclamó otra voz. Talithar apareció en escena corriendo y se lanzó a los pies de la escalera—. ¡Yo los entretendré!

Ninguno de los dos fugitivos dudó. Mientras articulaba palabras de gratitud inaudibles, Chen subió el resto de la escalera y comenzó a correr junto a Baenan.

***

—¡Eres una desgracia para la Horda, Talithar Vientopresto! —bramó Karrig—. ¡Despreciable elfo traidor!

—Luché por la Horda en los campos nevados de la Corona de Hielo —respondió Talithar de manera tranquila—. Y me sentí orgulloso por ello. Pero la Horda no merece toda mi lealtad.

—Apártate de nuestro camino —gruñó Karrig—, o muere.

Talithar elevó las manos, con dos rojas esferas llameantes flotando sobre sus palmas. La potente luz iluminó sobremanera el contenido de la bodega. Contra las paredes había barriles llenos de pólvora y munición adicional para los cañones.

—Ah —dijo Talithar, sonriendo pacíficamente—, he tomado mi decisión.

***

El fuego se había extendido hasta la vela mayor del Elwynn, y la lluvia no ayudaba demasiado en su extinción. Un puñado de marineros organizó con frenesí una brigada para poder contener las llamas con cubos, pero su esfuerzo fue en vano. Al final todo el barco acabaría en llamas.

—¡Nita —gritó Lintharel—, tienes que salir de aquí! ¡Adopta una de tus formas y escapa!

—Tú me salvaste la vida —respondió la tauren—. No dejaré que luches sola.

—¡No está sola! —gritó Li Li, situándose entre las dos druidas.

—¡Eso es! ¡Hemos venido a ayudaros! —proclamó Trialin, blandiendo con pericia dos hachas. Lintharel lanzó dos virotes de magia amarilla; Li Li eludió las armas de los marineros. La enana, la elfa de la noche y la pandaren presionaron con fiereza a sus atacantes, despejando un pequeño espacio.

—¡Esta es tu oportunidad! —gritó Li Li a Nita.

—¡Os estaré siempre agradecida! —respondió Nita. Con una sola y enorme zancada, rompió la fila de marineros y se lanzó por la borda. Momentos después, un elegante león marino desapareció entre las olas.

Li Li respiraba agitada. Agarró con fuerza su espada, hombro con hombro con Lintharel y Trialin. La lluvia golpeaba su rostro y su cuello. Ahora que Nita era libre, ellas también debían escapar.

Trialin elevó un hacha, haciendo un gesto con la cabeza hacia las otras dos. Uno, dijo. Dos…

Una enorme explosión hizo que el Elwynn vibrase de arriba abajo. El barco tembló con violencia, su casco de madera crujiendo por la fuerza de la detonación. Todos los presentes cayeron sobre la borda. Una columna de humo se elevó por los aires, mientras gotas de brea ardiendo caían del cielo, añadiéndose a las llamas que ya hacían arder las velas.

—¡Por Elune e Ysera! —maldijo Lintharel. Li Li giró en el suelo sobre sí misma, intentando ver qué había sucedido. El humo salía a través de un enorme agujero en el Puño del Jefe de Guerra, donde había tenido lugar la explosión.

—Baenan —susurró Trialin junto a Li Li—. Oh, Luz, que siga con vida…

Lintharel fue la primera en levantarse, y ofreció su mano a Li Li. Esta extendió su brazo para cogerla, y percibió un movimiento borroso por el rabillo del ojo. El capitán Heller se había colocado a hurtadillas tras Lintharel, con su espada preparada.

—¡Cuidado! —gritó Li Li, pero la advertencia llegó demasiado tarde. El cuerpo de Lintharel se arqueó, sus ojos abriéndose de par en par por la sacudida y el dolor, mientras el capitán la atravesaba.

Lintharel tembló, y la comisura de sus labios enrojeció por la sangre. Sus rodillas se doblaron contra la cubierta de madera mientras se desplomaba sobre ella, respirando de manera entrecortada.

Heller retiró su espada, con la sangre en su filo plateado cayendo bajo el aguacero.

—El castigo por traición es la muerte —dijo con tranquilidad, y elevó su arma para asestar el golpe definitivo.

Una sombra se movió a su lado, cobrando forma de repente, y una hoja labrada y curva se deslizó por la garganta de Heller.

El rostro del capitán bulló con ira. —¡Traidoras!

—Silencio —Los ojos de Atropa resplandecían con un brillo asesino, igual al de Lintharel—. El castigo por herir a mi familia también es la muerte.

***

Una lluvia incesante recibió a Baenan y Chen cuando por fin llegaron a la cubierta principal. Nadie pareció percatarse de su presencia; todos estaban demasiado ocupados con la batalla. Al otro lado, el Elwynn estaba en llamas.

—Tenemos que llegar allí —proclamó Baenan. El pandaren y el enano corrieron hacia los botes salvavidas. Chen pudo ver su embarcación tol'vir entre ellos.

Los pies de Chen estaban hechos polvo por la dura madera bajo ellos. El rugido y el calor de una gran explosión lo engulleron, haciendo que él y Baenan salieran volando por la cubierta, donde chocaron contra los botes salvavidas.

La lucha por permanecer consciente era una que Chen sabía que no podía permitirse perder. Con todas sus articulaciones doloridas, se esforzó por ponerse de rodillas. A una corta distancia, Baenan se encontraba boca abajo, con su casco extraviado por la explosión. Chen se percató de que su bastón estaba rodando a unos cuantos metros de distancia y se lanzó a por él, haciendo caso omiso al dolor que sentía en las piernas. Nada parecía roto, al menos.

—¡Baenan! —Sacudió al enano con fuerza—. ¡Esta es nuestra oportunidad!

—¡Maldito elfo de sangre idiota! —gruñó Baenan mientras Chen lo ayudaba a incorporarse—. ¡Estábamos en la bodega de municiones!

—Es imposible que haya sobrevivido a eso —dijo Chen con pesar, sorprendido por sentir pena por alguien a quien había amenazado esa misma mañana.

—Sin duda —respondió Baenan. Miró a Chen—. Todo el barco se hundirá en cuestión de minutos —dijo el enano—. Es hora de marcharse.

Las llamas salían desde el agujero que había provocado la explosión en el casco del Puño del Jefe de Guerra. El barco cogía agua rápidamente y se escoraba hacia un lado, facilitando a Chen y Baenan la botadura de la embarcación tol'vir.

La explosión de Talithar había desintegrado cualquier apariencia de orden; el único pensamiento alojado en toda persona era el de escapar del barco con vida. Chen agarró un remo y emprendió la marcha hacia el Elwynn, cuyas velas en llamas hacían de faro en la tormenta.

Mientras se aproximaban al barco de la Alianza, una figura se desplomó desde la cubierta y se estrelló contra el agua, a punto de ir a parar al pequeño barco.

—¡Ese era el capitán Heller! —exclamó Baenan.

Chen echó un vistazo al cuerpo, el cual flotó sobre el agua durante unos breves instantes antes de hundirse entre las olas. —Le han rebanado el cuello.

Dirigieron su mirada hacia la cubierta desde la que había caído el cuerpo de Heller. Chen amarró levemente la embarcación tol'vir al Elwynn en llamas, preparándose para escapar rápidamente después.

—¿Listo? —preguntó a Baenan.

—Sí —respondió el enano con un brillo en los ojos—. Cogemos a nuestras familias y nos vamos.

Los dos saltaron al mismo tiempo desde la borda de la embarcación tol'vir y subieron a toda prisa al Elwynn.

***

El alba, color oro rosado, únicamente iluminaba los restos flotando entre las olas en el lugar en el que los dos barcos se habían hundido. No había nadie para verlo; los botes salvavidas de los supervivientes se habían dispersado.

Una pequeña embarcación llevaba a cuatro pasajeros, tres de los cuales se apiñaban en la proa y en la popa para hacer hueco al cuarto, cubierto en la parte inferior.

—He hecho todo lo que he podido —dijo Baenan abatido, agitando la cabeza. El cansancio hacía que su rostro se torciese—. Pero he llegado al límite. Lo siento.

Trialin puso una mano sobre el brazo de su hermano.

Atropa sostenía la cabeza de Lintharel en su regazo, acariciando mechones de pelo tras las largas orejas de la druida. Agachó la frente contra la de Lintharel, con lágrimas surcando su rostro en silencio.

Los ojos de Lintharel estaban cerrados, pero esta sonreía débilmente. No habló; simplemente apretó la mano de Atropa. Todos estaban en silencio, sabiendo que era una mera cuestión de tiempo.

Ninguno de ellos advirtió la oscura figura en el horizonte, haciéndose poco a poco más grande mientras se aproximaba, hasta que un agudo graznido los sobresaltó. Un gran pájaro marrón voló en círculos por encima, su envergadura casi tan grande como el bote salvavidas. Descendió en picado, posándose con destreza sobre el borde de madera. Tras mirar hacia los lados, se transformó.

Era Nita.

La tauren se arrodilló junto a Lintharel, con cuidado de no poner en riesgo el equilibrio de la embarcación. Extendió sus dedos sobre el vientre de la elfa de noche, cubriendo la herida. Un verde brillo salió de sus manos, envolviendo en luz a Lintharel.

Lintharel cogió aire con violencia, entre jadeos y tos, e intentó incorporarse. Atropa y Nita se lo impidieron con suavidad.

—Tranquilidad, amiga mía —dijo la tauren—. Estarás bien muy pronto; no hay prisa alguna.

Lintharel extendió el brazo para coger la mano de Nita. —Gracias.

Atropa apretó el ancho antebrazo de Nita. Las lágrimas aún brillaban en los ojos de la elfa de la noche. —Gracias también de mi parte. Muchísimas gracias.

—Era lo mínimo que podía hacer —respondió Nita—. He estado batiendo el océano toda la noche. Hay muchos supervivientes, tanto de la Alianza como de la Horda. Haré lo que pueda para dirigir a todo el mundo a tierra.

—En cuanto recupere las fuerzas echaré una mano —dijo Lintharel. Ofreció a Atropa una sonrisa tranquilizadora—. No tardaré mucho.

Antes de irse, Nita lanzó hechizos menores sobre Baenan, Trialin y Atropa. Baenan suspiró aliviado mientras el dolor de sus heridas se desvanecía.

—Gracias, Nita de los tauren —dijo. Se frotó el pecho, notando cómo ya no le dolía al tocarlo. Sus dedos rozaron un bulto bajo su túnica.

—¡Por el martillo de Muradin! —exclamó, sacando el collar de Talithar, con ambos anillos aún enhebrados en la cadena de oro—. Había olvidado que tenía esto.

—¿Qué es eso? preguntó Trialin.

—Era de Talithar —respondió Baenan con suavidad—. Un elfo de sangre que había en el barco de la Horda. Me salvó la vida. Los anillos eran de él y de su mujer.

Nita frunció el ceño. —¿Qué?

Baenan se giró hacia su hermana. —Trialin, ¿recuerdas a Vyrin Vientopresto, de la Cabaña del Errante?

—¿De Loch Modan? Por supuesto.

—Talithar estaba casado con ella —dijo Baenan.

***

—No… No lo he visto en los otros botes —dijo Nita. Baenan sacudió la cabeza.

—Y no lo verás —Cerró el puño con ambos anillos idénticos en su interior—. Él fue quien provocó la explosión sobre el Puño, para ayudarnos a mí y al pandaren a escapar. Está muerto.

—¿Qué le vas a decir a Vyrin? —dijo Trialin.

—Que su marido murió como un héroe— Baenan miró hacia arriba con vehemencia—. ¿Cuál es el camino más corto para llegar a tierra? Tengo que entregar un mensaje.

—Dirigíos hacia el noroeste —dijo Nita—. No estáis lejos de Tanaris. Volveré lo antes posible para ayudaros, si es que lo necesitáis. Que la Madre Tierra os acompañe.

—Y Elune a ti —respondió Atropa.

Nita extendió los brazos y se transformó en ave, agitando sus alas en el cielo.

***

De nuevo, el velero tol'vir flotaba bajo un cielo plagado de estrellas. Chen apretó a Li Li contra su pecho. —Creía que te había perdido, Li Li —susurró—. Creía que estabas muerta.

Li Li enterró su rostro en el hombro de su tío. —La verdad es que yo también —respondió, sonriendo levemente. Chen se rió brevemente, aunque casi parecía más que estaba tosiendo.

A bordo del Elwynn todo había sido fuego y caos. Él y Baenan se separaron al instante. Los recuerdos de Chen estaban borrosos. Había llamado a Li Li de manera frenética, una y otra vez, y de repente, como por arte de magia, allí estaba, huyendo de las llamas, con sangre sobre su rostro. Habían subido al barco, a su propio velero, con solo unos cuantos minutos a su disposición. Mientras Chen y Li Li se alejaban a golpe de remo pudieron observar los últimos momentos del Puño del Jefe de Guerra y del Elwynn, sus restos en llamas iluminando el océano con un brillo anaranjado.

Los pandaren durmieron a trozos durante el resto de la noche. Todo ese estrés había hecho mella y perdieron la noción del tiempo, caminando entre la vigilia y el sueño.

***

Li Li no sabía cuántos días habían pasado. ¿Dos? ¿Tres? Habían sufrido una densa capa de nubes, la cual hacía imposible distinguir la mañana de la tarde. Solo cuando el cielo se oscurecía durante horas se hacía claro que otro día había pasado. El tío Chen holgazaneaba bajo la vela, dormido. Había salido herido de la explosión en el barco de la Horda, y tardaría días en curarse.

Li Li descansó su cabeza contra el mástil. La vela colgaba de las jarcias sin tensión, pero no se animó a ajustarla. Todo, absolutamente todo, había salido rematadamente mal. Li Li no dejaba de revivir el momento en el que salió despedida por la borda, o el instante en el que el capitán Heller atravesó el cuerpo de Lintharel con su espada, o la sangre de Heller salpicando su rostro cuando Atropa le rajó la garganta. Li Li se estremeció. Qué recuerdos tan espantosos. Qué visiones tan horribles.

Un papel arrugándose con el viento captó la atención de Li Li, y esta elevó la mirada para encontrar un albatros elegantemente doblado ondeando por encima de su cabeza. Extendió una mano y el pájaro se posó sobre ella e inmediatamente se detuvo, con la magia que había impulsado su viaje ya agotada. Sintiendo curiosidad, Li Li deshizo los pliegues, suavizando las arrugas lo mejor que podía. Dos cartas daban forma al albatros, una dirigida a ella y la otra al tío Chen. Nada más comenzar, Li Li vio que ambas procedían de su padre.

Puesto que no quería invadir la intimidad de su tío, la pandaren dobló la carta dirigida a su tío y la introdujo en su petate. Después comenzó a leer la que iba a su nombre.

Mi querida Li Li:

Nunca he sido muy bueno con las palabras. Todas las veces que intento hablar contigo parece que nada acaba saliendo como quiero, y nunca nos entendemos el uno al otro ni encontramos una base común.

Te pareces más a tu madre o a mi hermano que a mí. Tienes la capacidad de maravillarte de tu tío, y la temeridad de tu madre. Esa era una de las cosas que más amaba de ella, aunque, al ser alguien que no tiene ese rasgo, me parecía terrible ver cómo se dirigía sin tapujos hacia situaciones que yo habría evitado a toda costa. Y me parece igualmente terrorífico observar cómo tomas decisiones similares. Sé que en el pasado he dejado que mi miedo se manifestase como ira, lo cual ahora comprendo que fue un error.

Tu destino es tomar decisiones en tu vida distintas a las que yo he tomado. Creo que ya era hora de que me diese cuenta de ello. Independientemente de lo que suceda, siempre serás mi hija, y siempre me sentiré orgulloso de ti.

Con cariño,
Tu padre

Li Li leyó la carta dos, tres veces, permitiendo que las palabras se alojasen en su memoria. Recordó haberse preguntado en Gadgetzan si llegaría el momento en el que fuese sincera consigo misma y al mismo tiempo lo suficientemente buena para su padre. Chen le había asegurado que podría conseguirlo, y tenía razón. Los ojos de Li Li se empañaron con lágrimas; parpadeó, pero no pudo eliminar su visión borrosa. De repente sintió que echaba de menos a su padre mucho más de lo que jamás se hubiera imaginado.

—Ay, tío Chen —dijo lamentándose —, ¿por qué la perla me envió a este estúpido viaje? Vámonos a casa. Solo quiero irme a casa.

Chen suspiró mientras dormía. Una lágrima se deslizó por la mejilla de Li Li, ya húmeda por el aire brumoso. Cerró los ojos y juntó las rodillas contra el pecho.

Un gran zumbido inundó sus oídos, pero no sentía viento alguno. Mirando hacia arriba, Li Li observó una interminable niebla arremolinándose sobre su cabeza, girando como un torbellino. Se asomó y sacudió a su tío para despertarlo.

—¿Qué pasa? —preguntó atontado.

—No lo sé —respondió—. Nunca había visto algo así.

La niebla giraba cada vez más rápido, lo que hizo que Li Li se sintiese mareada. Entonces, de repente, se desintegró, dejando tras de sí un cielo increíblemente azul y el brillante orbe solar.

Y ante Li Li y Chen, extendiéndose en el horizonte como una joya, se alzaba una tierra que ninguno de ellos reconocía.

—¡Mira! —gritó Li Li, señalando con el dedo—. Tío Chen… ¿Eso es…?

—¡Lo es! —exclamó Chen—. ¡Tiene que serlo!

Li Li ya estaba de pie, tensando la vela. La brisa se había vuelto a levantar, y podrían llegar a tierra con facilidad. Chen corrió a ayudarla, y juntos guiaron el barco hacia la orilla.

***

Una playa adecuada hizo acto de aparición sin mucha complicación, y los dos pandaren arrastraron su embarcación hasta la arena, con las zarpas temblando por la emoción. Chen y Li Li salieron corriendo a explorar el paisaje, y pronto encontraron un sendero estrecho pero con señales de haber sido transitado numerosas veces. En un mástil tallado se balanceaba en el viento con suavidad un farol familiar, a modo casi de bienvenida.

Chen estuvo a punto de caer de rodillas junto a él. —Esto lo ha hecho un pandaren —dijo con voz débil—. No hay ninguna duda.

—Hemos llegado —dijo Li Li—. Lo hemos conseguido. Pandaria.

Subieron a una colina desde la que se veía la orilla, y se quedaron contemplando el mar. El día era claro, sin una sola nube a la vista. El brillante océano se extendía sin fin aparente. Chen pasó su brazo sobre el hombro de su sobrina y lo apretó con cariño.

—¿Esto quiere decir que el hechizo se ha roto? —preguntó Li Li—. ¿La niebla se ha ido para siempre?

—No… No estoy seguro —respondió Chen—. Pero creo que sí.

—Así que vendrán —dijo—. Papá, y Shisai, y la abuela Mei, y todos nuestros amigos. Todos vendrán.

Una imagen se apareció de repente en la mente de Chen. Dos barcos, uno al lado del otro, envueltos en llamas, cañones disparando, marineros gritando, espadas chocando. Una escena de noches atrás, mientras se apresuraba por abandonar el Puño del Jefe de Guerra y no encontraba descanso en el Elwynn. Chen apretó aún más el hombro de Li Li.

—No solo nuestros amigos, Li Li —dijo—. Todos.