Elegía
de Christie Golden

Bajo el brillo de las lunas, escuchad.

Junto al río, escuchad.

Abrazando a los que amáis, escuchad

el lamento de los moribundos,

el susurro del viento sobre la queda muerte,

el canto perpetuo de mi corazón roto

la historia del Árbol del Mundo

y la muerte de todos los sueños

que una vez acunara en sus fuertes ramas.

Primera parte: En la torre de marfil

Todas las cosas nacen puras.

El árbol más antiguo fue antaño un tierno brote,

y hasta las estrellas fueron jóvenes.

Ay, dama Elune,

derrama las lágrimas más dulces

al pensar en la inocencia

que una vez albergamos.

* * *

¡Clanc!

La marcial música de un combate de espadas repicó al encontrarse las dos hojas. Los contendientes se apartaron de un salto y empezaron a dar vueltas, tanteándose. El mayor de ellos, de cabello y barba tan blancos como la luz de la luna, hizo una finta y luego trazó con la espada un arco ascendente y envolvente. Pero el más joven era rápido y bloqueó el ataque con destreza. Saltaron chispas y las hojas relumbraron a la luz del sol mientras chocaban.

—Muy bien hecho —gruñó Genn Cringrís mientras volvía a atacar. Una vez más, el joven paró la acometida—. Pero uno de estos días, vas a tener que pasar al...

Cringrís consiguió a duras penas levantar la espada a tiempo de detener el golpe del rey Anduin Wrynn.

—¿Ataque? —inquirió este con sorna.

Empujó con el arma y notó la tensión de la hoja del anciano. Se le había soltado la melena, luminosa como el sol, e hizo una mueca al ver que Cringrís se había percatado de que le caía sobre los ojos.

El rey gilneano retrocedió repentinamente, lo que pilló a contrapié a Anduin, que trastabilló hacia delante. Cringrís lanzó un tajo casi tan rápido como el del joven rey, aunque giró la mano en el último segundo para asegurarse de que solo diera con la parte plana en el cuerpo de Anduin. Con un gruñido, este logró parar el golpe con Shalamayne, la espada de su padre, pero la fuerza del impacto le estremeció toda la mano. Shalamayne cayó sobre la hierba de los jardines del castillo de Ventormenta.

—Antes de que digas nada —añadió Anduin, resollando mientras se inclinaba para recoger la espada—, en el campo de batalla llevaré un yelmo.

—En circunstancias ideales, sí —dijo Cringrís. Esbozó una sonrisa de satisfacción. A Anduin, con las mejillas coloradas tanto de vergüenza como de extenuación, no le importó que se regodeara un poco—. Hasta entonces —prosiguió Genn—, yo te recomendaría un buen corte de pelo. Ya hay bastantes cosas de las que preocuparse en combate, como para que termines cegado por esos rizos dorados.

Anduin se echó a reír.

—No me pasará nada —le dijo—. Me lo recogeré la próxima vez que entrenemos.

—Los Wrynn y vuestra predilección por el cabello largo —dijo Cringrís sacudiendo la cabeza—. Nunca la he entendido.

Un guardia de Ventormenta se acercó a ellos y saludó con presteza.

—Majestad —dijo—. El maestro de espías Shaw ha vuelto. Trae noticias.

Anduin se puso tenso y miró de reojo a Cringrís. Para los dos, había pocas noticias más serias que oír que Mathias Shaw esperaba una audiencia.

—¿Es algo urgente? —preguntó Anduin.

—Tanto como considere su majestad —respondió el guardia.

—Es un alivio —dijo el joven rey, relajándose un poco—. Dale algún refrigerio y dile que el rey Cringrís y yo nos reuniremos con él en la sala de mapas en breve.

* * *

Genn y Anduin, con ropa limpia y oliendo mejor que media hora antes, entraron con paso decidido en la sala donde Mathias Shaw contemplaba el gran mapa de Ventormenta con mirada experta.

Anduin celebraba allí todas sus reuniones. De chico, solía colarse en la estancia y jugar con las figuras que representaban unidades de soldados, suministros y armas. Pero ahora la sala simbolizaba el más pesado de los deberes de un rey: la creación de estrategias para la guerra.

Shaw se dio la vuelta e hizo una reverencia cuando los dos entraron.

—Es un placer verte cuando no eres portador de malas noticias —dijo Anduin a modo de broma.

Genn gruñó, divertido, pero Shaw ni tan siquiera esbozó una sonrisa.

—Es agradable, para variar —se limitó a decir el maestro de espías—. Tal como ordenasteis, majestad, prácticamente he llenado Orgrimmar de agentes.

Tras el reciente encuentro de Anduin con Sylvanas Brisaveloz en las Tierras Altas de Arathi, al constatar hasta dónde estaba dispuesta a llegar para lograr sus fines, el monarca se había sentido traicionado y furioso. Les había dicho a Genn y Mathias que, aunque no empezaría una guerra sin provocación, ya no estaba dispuesto a darle el beneficio de la duda a la líder de la Horda.

«Quiero que se ponga bajo vigilancia constante a Sylvanas, al Clamañublo y a Colmillosauro... A todos cuantos sean importantes o tengan un cargo en Orgrimmar. Y quiero que lo sepan —había dicho—. Quiero que sepan que no podrán pedir una cerveza en una taberna sin que la Alianza se entere del color».

Shaw había arqueado una ceja. «Un planteamiento interesante», había contestado, aunque sin poner reparo alguno.

—¿Ya tenemos resultados? —preguntó Anduin, volviendo de sus recuerdos.

—Mis espías están... disfrutando del reto —dijo Shaw, en un tono que indicaba que a él no le pasaba lo mismo.

—¿Bajas?

—Muchas menos de las esperadas.

—Bien —dijo Anduin—. Envía más.

Genn asintió con su blanca cabeza.

Las pobladas y rojas cejas de Shaw se juntaron en un gesto de desaprobación.

—Si envío más espías, nadie podrá caminar por las calles de Orgrimmar sin tener que abrirse paso a empujones entre una docena de ellos.

—Pues que lo hagan —dijo Anduin—. Supongo que siguen proporcionándonos información útil, ¿no?

—Así es. Los últimos informes indican que la jefa de guerra Sylvanas y su alto señor supremo están enfrentados... y el Clamañublo no se lo está tomando muy bien.

Genn y Anduin intercambiaron una mirada.

—Esas podrían ser unas noticias excelentes para nosotros —dijo Anduin—. Mi padre hablaba muy bien de Varok Colmillosauro, y yo mismo lo vi testificar en el juicio de Garrosh Grito Infernal. Hace mucho que tiene fama de honorable. Puede que esté empezando a ver a Sylvanas como nosotros.

—Se preguntó si alguien habría informado a Colmillosauro de las innobles decisiones que había tomado Sylvanas en las Tierras Altas de Arathi y, de ser así, si aquello había molestado al alto señor supremo. Esperaba que sí.

—No es tonto —prosiguió con voz dura—, y la Reina alma en pena cree en el poder antes que en el honor.

—No idealicemos demasiado al viejo orco —le advirtió Shaw—. Es un veterano de la Primera Guerra, cuando saquearon Ventormenta y asesinaron a vuestro abuelo.

—Tienes razón. —Anduin inclinó la cabeza—. Sin embargo, prefiero a un orco con honor que a un alma en pena sin él. Y, si es verdad que Colmillosauro y Nathanos Clamañublo están enfrentados, no seré yo el que se queje.

—¿Y qué es lo que tanto corroe al ya más que corroído Clamañublo? —preguntó Genn a Shaw.

—Planes de guerra.

—¿Qué planes?

—Unos que cambian constantemente —contestó el espía—. De ahí el encontronazo entre la jefa de guerra y su alto señor supremo. Pero se ha filtrado una palabra.

—¿Y qué palabra es esa? —inquirió Anduin arqueando una ceja rubia.

—Silithus —respondió Shaw, torvo.

* * *

Cuando Cordressa Brezoguja, seguida por otros dos centinelas y tres enanos, posó al fin la mirada sobre el Templo de la Luna, estuvo a punto de echarse a llorar. La capitana, recién ascendida, había enviado un mensajero por delante, y Tyrande Susurravientos había dejado instrucciones de que se les dispensara una bienvenida de héroes a la centinela y a la gente a la que escoltaba.

—Caramba —dijo Gavvin Brazorrecio, líder del equipo de la Liga de Expedicionarios, mientras avanzaban hacia el templo—. Es un trabajo de la piedra casi tan primoroso como el de Forjaz.

Cordressa sonrió, cansada. Durante las últimas semanas, les había cogido cariño a los enanos. Magni Barbabronce, Portavoz de Azeroth, había avisado a los líderes de la Alianza de que el mundo suplicaba curación. La Liga de Expedicionarios había respondido a la llamada enviando un grupo a Silithus para estudiar un material nuevo y extraño conocido como azerita. Esta sustancia, la propia esencia de Azeroth, había salido a la superficie después de que Sargeras, el titán caído, lo hiriera brutalmente con una espada colosal. La azerita poseía propiedades extraordinarias que la Alianza apenas había estudiado hasta la fecha. Con el peligro que entrañaban los goblins del lugar, Tyrande había encomendado a Cordressa y otros centinelas la protección del grupo.

Cordressa había oído descripciones de los enanos, por supuesto: que eran unos bocazas bajitos y borrachines, de acento duro y cabeza aún más dura, que no hacían más que desenterrar cosas que era mejor dejar enterradas y que solo levantaban la mirada hacia el sol o las lunas cuando no les quedaba más remedio. Pero, tras conocerlos, se dio cuenta enseguida de lo absurdos que eran esos prejuicios.

Para eterno remordimiento de la centinela, todos —ella incluida— habían subestimado el número, la ferocidad y la osadía de los goblins que había cerca de la espada gigantesca. En una sola noche, las centinelas y la expedición habían sufrido varias bajas. Reconcomida por la culpa, Cordressa se había jurado poner a salvo al resto.

El comentario de Gavvin sobre el gran templo de los elfos de la noche podría haber sonado despectivo a oídos de otro, pero no a los de Cordressa. Ella percibió el respeto y la admiración en la atronadora voz de Gavvin, y sonrió.

—Seguro que Forjaz es gloriosa —dijo—, pero aquí tenemos algo que a vosotros os falta. Y me parece que os va a encantar.

—¿Sí? ¿Y de qué se trata? —preguntó Inge Puño de Hierro.

—De las pozas de la luna.

—Yo visité una poza de la luna en la Arboleda del Guardaverde —saltó Arwis Piedranegra—. ¡Muy bonita y reconstituyente!

Las pozas de la luna eran maravillas sagradas cuyas aguas, bendecidas por sacerdotisas, poseían propiedades curativas. En efecto, eran todas «muy bonitas», pero la de Darnassus no tenía igual. Cordressa se moría de ganas de ver la reacción de los enanos.

Al entrar en el Templo de la Luna, estos enmudecieron. Tras el paisaje brutal y casi despojado de toda vida de Silithus, el verdor del templo resultaba chocante. Los boquiabiertos enanos miraron en derredor y contemplaron, extasiados, la gigantesca estatua que ocupaba el centro del templo.

—Esa es Haidene —les explicó Cordressa—, la primera suma sacerdotisa de Elune.

Casi todos los que visitaban por primera vez el Templo de la Luna pensaban que la estatua blanca y reluciente de una elfa de la noche que les tendía una pileta rebosante de agua era la propia Elune. En algunos rincones del templo, varios bardos elfos tocaban una música tan suave como la luz de Elune y tan relajante como el delicado sonido del agua al caer.

Una de las sacerdotisas, Astarii Buscaestelar, se acercó a Cordressa y la abrazó.

—Nos avisaron de que venías —dijo. Volvió su afable semblante hacia los enanos, que la miraban estupefactos—. Vuestro viaje ha sido largo y peligroso. Además, lamentamos vuestras pérdidas. Por favor, permitidnos hacer cuanto podamos por sanaros y refrescaros. Aquí tenemos comida en abundancia, además de agua de la poza de la luna. Pero creemos que, para que las aguas sagradas sean más eficaces, lo mejor es bañarse en ellas. Tenemos algunos albornoces para que os cambiéis, si os place.

Gavvin frunció el ceño.

—Bueno, mirad, no es que me avergüence de mi figura, pero no quisiera ofender a unas damas tan encantadoras.

Sus mejillas, ya de por sí sonrosadas, cobraron un rubor que Cordressa no había visto hasta entonces.

—Hay habitaciones privadas para cambiarse —dijo Astarii con una sonrisa.

—Esto... Ah —dijo Gavvin con un carraspeo, mientras se ponía aún más colorado—. Bueno, en tal caso, gracias.

En la poza del templo había espacio para todos ellos. Para Cordressa, sentir cómo las frías aguas se llevaban su dolor, cansancio y pesar estaba bien, pero era todavía mejor contemplar el asombro en las caras de sus amigos. «Sí. Amigos. Ya no son mis protegidos». Se soltó el pelo y se sumergió en el agua murmurando una plegaria de gratitud. Sus trenzas, del color azul de la medianoche, desaparecieron tras ella.

El agua amortiguaba los sonidos, pero la centinela oyó igualmente que alguien la llamaba por su nombre. Abrió los ojos a regañadientes. Un rostro familiar le dirigió una sonrisa desde lo alto.

—¡Delaryn! —exclamó Cordressa mientras se incorporaba en el agua.

La teniente Delaryn Luna de Verano estaba sentada en uno de los muretes de la poza. Era también centinela, aunque más joven y de menor rango que Cordressa. Esta había sido su mentora desde que el Cataclismo arrasara Azeroth, y se habían vuelto grandes amigas. La piel rosada de Delaryn brillaba bajo su cabello azul oscuro; aún no había escogido sus marcas faciales. «Sé que no siempre marcan un rito de tránsito —le había dicho a Cordressa una vez—. Pero creo que deberían hacerlo. Y aún no hay nada que me haya marcado lo suficiente para que escoja qué forma deben tener».

—Me he enterado de que habías vuelto —dijo Delaryn.

Volvió su sonrisa radiante hacia los enanos que estaban sentados dentro de la poza, totalmente sumergidos a excepción de la cabeza y con expresión de dicha en el rostro.

—Me alegro de que los hayas traído a casa.

—Yo estaría alegre si los hubiera traído a todos —replicó Cordressa. El dolor embargó su corazón pese a estar en las aguas de la poza de la luna—. Le he enviado una carta a lady Tyrande en la que le cuento todos los detalles.

Delaryn no insistió. En su lugar, se limitó a decir:

—Nuestra señora ha pedido que la informes en persona.

—Entonces iré a verla ahora.

Cordressa hizo ademán de levantarse.

Su amiga le puso una mano en el hombro y con delicadeza pero con firmeza, la obligó a volver al agua.

—Cuando estés recuperada —dijo—. Así lo ha ordenado expresamente.

—Acudo siempre en cuanto me llaman —contestó Cordressa—. Pero debo confesar que... es muy agradable disponer de unos momentitos más.

* * *

Poco después, Cordressa y Delaryn les dieron gracias a las sacerdotisas y se despidieron. Cordressa las envidiaba: la senda de sus hermanas más delicadas las había conducido a un templo en lugar de a un campo de batalla. Al contrario que a ella o a Delaryn.

Tyrande Susurravientos, suma sacerdotisa de Elune y fundadora de los centinelas, trabajaba en una salita privada, en otro piso del templo. Estaba escribiendo una misiva cuando llegaron las dos elfas. En el mismo momento en que entraron, levantó la mirada.

—Lady Tyrande —la saludó Cordressa—, he venido, tal como pediste. Asumo toda la responsabilidad de mi fracaso en Silithus.

La suma sacerdotisa no dijo nada. Se levantó, fue hasta su amiga y la abrazó. Tyrande se separó un poco y contempló a Cordressa con un gesto lleno de bondad.

—Centinela Cordressa —dijo con voz cálida—, he revisado tu informe. Comprendo tus sentimientos. Es difícil perder a aquellos que nos han sido confiados, pero está claro que todos nosotros, yo misma, Malfurion, el rey Anduin y sus consejeros, hemos subestimado la amenaza goblin en Silithus. Es fácil tomárselos demasiado a la ligera y lo hemos pagado caro. Por lo que se refiere a tu papel en esto, has traído a los supervivientes de vuelta a casa y, además, nos has proporcionado una información muy valiosa. Yo no lo llamaría un fracaso.

Tocó la mejilla de Cordressa, sonriendo, y luego dio un paso hacia atrás.

—Estoy terminando de escribirle una respuesta al rey Anduin en relación con una información muy preocupante que han obtenido sus espías.

—¿Me retiro entonces, mi señora? —preguntó Delaryn.

—Puedes quedarte, centinela —dijo Tyrande—. Dentro de poco, esto dejará de ser un secreto.

Delaryn inclinó la cabeza.

Tyrande regresó a su asiento.

—Después de la tragedia en las Tierras Altas de Arathi, el rey Anduin aumentó el número de ojos que vigilan a los líderes de la Horda en su capital. Parece ser que la jefa de guerra y su favorito, Nathanos Clamañublo, no están de acuerdo con el alto señor supremo Colmillosauro con respecto al movimiento de tropas. —Miró a Cordressa—. Tu encuentro con los goblins en Silithus es de por sí bastante preocupante. Pero ahora parece ser que Colmillosauro quiere enviar allí varios centenares de soldados de la Horda.

—¿Puedo hablar con entera libertad? —preguntó Cordressa con el ceño fruncido.

—Siempre.

—Unos centenares no es algo de lo que preocuparse.

—Sí que lo es cuando constituyen un mero grupo de exploración que se envía para allanar el camino a un futuro ejército —respondió Tyrande con expresión grave—. El rey Anduin cree, igual que yo, que la Horda ha encontrado una manera de usar la azerita con fines peligrosos y que Colmillosauro pretende impedir que la Alianza acceda a ella. Esto podría trastocar por completo el equilibrio de poderes a su favor.

A Cordressa se le hizo un nudo en la garganta. Anduin Wrynn había visitado Darnassus hacía unos meses. Malfurion, Tyrande y él habían hablado de aquel mismo escenario. Los elfos de la noche y los draenei eran los únicos bastiones de la Alianza en el continente que podían responder con rapidez a una incursión de la Horda en Silithus, y los draenei se habían quedado casi sin recursos durante la guerra contra la Legión. Desde entonces, Tyrande había estado supervisando la formación lenta pero constante de un ejército, para poder enviarlo al lugar donde estaba la maligna espada de Sargeras en caso necesario.

—Comprendo —respondió Cordressa—. Por desgracia, he visto con mis propios ojos el peligro que afronta ya la Liga de Expedicionarios. Serían incapaces de resistir a un ejército..., al igual que nuestros sacerdotes y druidas.

—¿Las pozas de la luna están surtiendo algún efecto? —preguntó Delaryn.

En otros tiempos, en distintas zonas del mundo, los elfos de la noche habían creado pozas de la luna en lugares afectados por la magia vil o energías similares. Los druidas y sacerdotes cooperaban para encauzar el poder de la naturaleza y las bendiciones de Elune, y las aguas sagradas calmaban y purificaban con frecuencia la atribulada tierra. Habían enviado varios grupos a Silithus con la esperanza de que esta magia curativa también funcionara allí. Era un método más pacífico de combatir el daño infligido por la espada de Sargeras y la codicia de los goblins.

—Es demasiado pronto para decirlo —respondió Tyrande—. Nos hemos comprometido a ayudar a los sanadores en sus esfuerzos por cuidar de Azeroth. Si la Horda llega hasta la espada de Sargeras, los defenderemos. Debemos empezar los preparativos para ello.

Hizo un gesto hacia la carta que había escrito.

—Le he pedido a Shandris Plumaluna que tenga a sus soldados en alerta máxima. A lo largo de las semanas siguientes enviaré las tropas en grupos de uno o dos barcos para no llamar la atención. Cuando la flota se reúna en Feralas, estarán listos para marchar hacia la espada en cuanto dé la orden.

Shandris Plumaluna era casi tan legendaria como la propia Tyrande. Había quedado huérfana de adolescente, cuando la Legión Ardiente mató a toda su familia, y había encontrado una segunda madre en Tyrande. Era una de las primeras centinelas y seguía siendo su general. En aquel momento, supervisaba las fuerzas de elfos de la noche de la exuberante tierra de Feralas y de un lugar llamado Refugio Alblanco, donde trabajaba con cazadores de todas las razas.

—Si ese ejército de la Horda consigue el apoyo de la jefa de guerra —prosiguió Tyrande—, necesitará tiempo para prepararse. Y para llegar. Tendremos oportunidades de sobra para dispensarle al alto señor Supremo Colmillosauro un cálido recibimiento.

Tyrande Susurravientos sonrió.

* * *

A veces, Renzik se cansaba de ser el miembro sobre el terreno del IV:7 en Orgrimmar. Comprendía los motivos. Prácticamente todos los demás miembros de la organización pertenecían a una raza de la Alianza que se podía reconocer con facilidad, lo cual significaba que el ochenta por ciento de las veces su trabajo consistía en impedir que los detectaran. En el veinte por ciento restante debían confiar en la magia o en disfraces muy logrados. Era evidente que sus oportunidades para infiltrarse eran bastante limitadas.

Renzik era el segundo al mando y era un goblin. Por eso Mathias Shaw no dejaba de asegurarle que confiaba más en él que en ningún otro para enterarse de lo que estaba pasando en realidad en el corazón del territorio de la Horda.

Todo eso estaba muy bien y era muy halagador, pero ya estaba un poco visto. Él era espía y pícaro y, a decir verdad, no le gustaba mucho relacionarse con los demás. Sin embargo, la paga era buena y era uno de los pocos goblins que podía jactarse de ser respetado. También ayudaba el hecho de que despreciara en qué se habían convertido los goblins bajo el liderazgo, si es que se podía usar esa palabra, del príncipe mercante Jastor Gallywix.

Además, sentía una pequeñísima debilidad por la Alianza y su manera de ver las cosas..., algo que no confesaba a nadie, no fuera a manchar esa reputación que tanto le había costado granjearse.

Había estado en la capital de la Horda desde el primer día de la debacle de «la espada en la arena», haciéndose pasar por buhonero. Era a él a quien debían informar todos los espías de la Alianza... de manera indirecta, por supuesto. Solo unos cuantos sabían quién era realmente, y Renzik prefería que siguiera siendo así.

La tarea estaba siendo bastante aburrida, sobre todo si tenemos en cuenta que, haciéndose pasar por un mercader, las posibilidades de operar entre las sombras eran bastante exiguas. Como contrapartida, nadie oía tantas habladurías como un comerciante. La gente se despachaba a gusto con el forastero que vendía objetos bonitos, o bien se comportaba como si no existiera y hablaba delante de él.

Había montado un puesto ambulante cerca del Fuerte Grommash. Estaba lo bastante lejos como para que no lo consideraran peligroso, pero no tanto como para no poder ver quién entraba y salía... y qué aspecto tenía cuando se iba.

Resultaba particularmente satisfactorio contemplar el ritual diario de Varok Colmillosauro cuando se dirigía al bastión para su reunión con la jefa de guerra. Parecía frustrado cuando entraba y solía salir con el ceño fruncido. Pero era mejor todavía cuando a la jefa de guerra en persona le daba por salir de la fortaleza para cabalgar con su corcel esquelético. La Reina alma en pena no mostraba nunca el menor atisbo de emoción, así que, cuando entornaba los ojos, fruncía los labios y hablaba con dureza, era el equivalente a un ataque de furia para un orco.

En otras palabras... el trabajo se estaba poniendo interesante.

Ya casi era la hora. Y, en efecto, Colmillosauro surgió en ese momento de la oscuridad del Fuerte Grommash a la deslumbrante mañana de Durotar con una expresión que, a cada día que pasaba, resultaba más rutinaria.

Renzik se secó la calva sudorosa. Sus espías le habían informado de que Nathanos tampoco estaba contento con los planes del alto señor supremo ni con su actitud. «Cachorrito perdidamente enamorado» —pensó Renzik, mientras intentaba imaginarse a un remuerto —así llamaba él a los Renegados— enamorado.

Espeluznante.

Mientras pensaba en el campeón de la Dama Oscura, estalló una voz furiosa:

—¡Colmillosauro!

La voz parecía casi humana, pero no lo bastante. Igual que Nathanos, que incluso con su cuerpo nuevo y flamante, era casi humano, pero no lo bastante.

Colmillosauro ni pestañeó. Siguió caminado a grandes zancadas hacia el portón de Orgrimmar.

—¡Varok Colmillosauro! —Menudo enfado tenía Nathanos. La cosa se iba a poner interesante. No echó a correr al salir del bastión, pero sus intenciones eran indudables.

—¡Guardias! ¡Detenedlo!

Todo movimiento se interrumpió de repente. Todo el mundo tenía la vista clavada en la escena que se desplegaba ante ellos. Renzik ni siquiera habría tenido que vigilar el género, aunque lo hizo por costumbre.

Por un momento, los dos guardias no se movieron. Y entonces, aunque no pararon exactamente a Colmillosauro, dieron un paso —o más bien, titubearon, con aspecto furtivo y temeroso— hacia él. Sin levantar las armas.

«Uf, hoy no me gustaría estar en su pellejo. Hagan lo que hagan, van acabar a malas con alguien muy poderoso».

Colmillosauro aflojó el paso y se detuvo. Observó a un guardia y luego al otro. Ninguno se atrevió a aguantarle la mirada, y apartaron los ojos temblando de manera visible. El alto señor supremo se dio la vuelta con lentitud.

Los orcos eran mucho más grandes que los Renegados y mucho más duros. Y aquel orco en particular era muy alto y muy duro. Nathanos, en su nuevo traje humano, parecía un enano —«¡ja!»— al lado de la imponente figura verde.

—Nadie te ha dicho que pudieras irte —saltó Nathanos.

—Tú no estabas en la reunión.

Se hizo el silencio. Como fisgón redomado que era, Renzik sabía exactamente lo que significaba eso. Al parecer, Colmillosauro también, porque entornó los ojos y dejó escapar un gruñido que le retumbó en el pecho.

—No deberías interferir en asuntos que no te conciernen, Clamañublo. Eres el campeón de Sylvanas, no su alto señor supremo.

—En vida fui forestal —dijo Nathanos—. El único humano en recibir tal honor. Servía a lady Sylvanas entonces y le sirvo ahora. Y sé más cosas de las que posiblemente imaginas.

—Yo no confío en la imaginación. Confío en los hechos, en los números, en la estrategia. En las armas. Sé de estas cosas, Clamañublo, y ya estaba librando guerras mientras tú aún rebuznabas como un asno enamorado.

Si Nathanos aún hubiera sido humano, seguro que se habría puesto colorado, o blanco como la leche. En su forma actual, se limitó a quedarse allí de pie, inmóvil, con sus brillantes ojos carmesíes clavados en Colmillosauro.

Renzik se fijó en un goblin con calzones, un chaleco y un gorro que, a poca distancia de allí, empezaba a recaudar oro mientras escribía boletos de apuestas. El pícaro ahogó una risa ronca. Si había una manera de ganar dinero rápidamente, un goblin siempre la encontraba. Mientras volvía la mirada hacia la cada vez más tensa discusión, se acercó discretamente unos pasos hacia el corredor de apuestas.

—Cien de oro por el Clamañublo —dijo.

A buen seguro, todos los demás apostarían por el orco. Pero Renzik había pasado suficiente tiempo en compañía de humanos para saber que solían sobreponerse a las mayores adversidades, en especial cuando su orgullo, o su corazón, estaban en juego. En el caso del Clamañublo, Renzik sospechaba que aún era lo bastante humano cuando se le tocaban las dos cosas.

—Te debo un cierto respeto, anciano —decía Nathanos—. Por eso me estoy conteniendo y te aviso: no vuelvas a irte de la presencia de mi señora sin su permiso... o responderás ante mí.

Colmillosauro hizo la cosa más provocadora que podía haber hecho en aquel momento. Se rio.

Y entonces empezó a aplaudir, lentamente.

—Yo también me estoy conteniendo, cachorrito —dijo—. Por eso no te arranco esa cabeza demasiado humana que aún tienes. Debes aprender una lección: el respeto se gana, y tú aún tienes que ganarte el mío.

—Quizá me lo gane cuando tu sangre convierta en fango las arenas de Orgrimmar.

Colmillosauro se estiró tanto como le permitió su curvo espinazo orco y separó los brazos como si fuera a abrazar al Renegado.

—¡Te invito a intentarlo! Si lo haces, la jefa de guerra tendrá que buscarse un nuevo juguete.

Nathanos Clamañublo profirió un inusitado rugido de furia que sorprendió —y llenó de esperanzas— a Renzik.

«Me voy a forrar con esto», pensó frotándose las manos con entusiasmo mientras el campeón Renegado se abalanzaba sobre el alto señor supremo.

* * *

—Una pelea —repitió Tyrande, tan incrédula ante la noticia como Anduin. Su ayudante, la centinela Cordressa, consiguió mantener el rostro estoico. Más o menos.

—Una pelea —les aseguró Shaw—. El informe viene directamente de mi segundo al mando.

Anduin miró a los reunidos alrededor de la mesa en los jardines reales. Más tarde o más temprano, durante la visita oficial de la suma sacerdotisa Tyrande Susurravientos y Velen, el profeta draenei, era inevitable que se trasladaran a la sala de mapas del castillo de Ventormenta. Pero, de momento, discutirían el espantoso asunto de la estrategia de guerra a cielo abierto, rodeados de vegetación. Estaba seguro de que Tyrande y Cordressa agradecerían el gesto. Ardía en deseos de cumplir todas las obligaciones de un buen anfitrión y de un rey responsable, aunque nunca se habría imaginado que tales obligaciones incluirían hablar de una pelea a puñetazo limpio entre el alto señor supremo Colmillosauro y Nathanos Clamañublo.

La última vez que Anduin se reunió con Tyrande fue en Darnassus. Fue allí a agradecer a los elfos de la noche su ayuda contra la Legión... y a hablar de lo que debían hacer con la azerita que acababan de descubrir. Todos eran dolorosamente conscientes de que Teldrassil y el Exodar eran los últimos bastiones de la Alianza en el continente de Kalimdor, y tanto Velen como Tyrande se mostraron de acuerdo en que era necesario vigilar la espada de Sargeras y la sustancia que empezaba aflorar en aquella zona.

—¿Y quién ganó?

Quien lanzó la pregunta no fue otro que Genn Cringrís.

—Colmillosauro. Aunque, según mi agente, la cosa estuvo mucho más reñida de lo que cabía imaginar —dijo Shaw—. Por lo que cuenta, ambos participantes salieron de allí arrastrándose.

—¿Sabe tu agente si han castigado a Colmillosauro? —dijo Anduin.

—Todo lo contrario —respondió Shaw—. La reprimenda se la ha llevado Nathanos.

—Entonces, ya ha sucedido —dijo Anduin con voz queda.

Todas las cabezas se volvieron hacia él.

—¿El qué? —preguntó Genn.

El joven rey los miró uno por uno.

—Han tomado una decisión. Sylvanas se ha puesto de parte de Colmillosauro, en detrimento de su campeón. No tardará en ponerse en marcha. A juzgar por lo que nos han contado tus espías, Shaw, Nathanos estaba en contra. Según él, sería un desperdicio de recursos. ¿No eran estas las palabras que utilizaste?

—Así es —le confirmó Shaw.

—Entonces, es probable que este fuera el último empujón que necesitaban. Las tropas de la Horda se dirigirán a Silithus.

—Esta urgencia tan repentina... —dijo Velen, ceñudo— no tiene sentido. Hace ya mucho que Magni nos informó sobre la azerita y su verdadera naturaleza. A la Horda y a la Alianza por igual. ¿Por qué actuar ahora? ¿Qué sabe Colmillosauro que nosotros desconozcamos?

—Puede ser algo tan simple como las ganas de combatir de un viejo guerrero —dijo Cringrís.

—No —respondió Tyrande—. Colmillosauro no es tonto y no derrocharía recursos ni soldados solo para satisfacer su ego. Si tanto se empeña es porque existe una buena razón.

—Seguro que han descubierto una manera de forjar armas con azerita —apuntó Cringrís.

—No apostaría contra ti, rey Cringrís. —Tyrande dirigió su brillante mirada a Anduin—. Tienes razón, rey Anduin. Las cosas están yendo a más. Cuando recibí tu última misiva, ordené a la general Plumaluna que se dispusiera a recibir soldados. Si estamos todos de acuerdo en ello, estoy dispuesta a enviarlos de inmediato. Pueden llegar a Silithus antes que la Horda.

Un escalofrío recorrió a Anduin y le dejó una sensación glacial en la boca del estómago. Pese a todo lo que había visto en su joven vida, todo lo que había soportado y perdido, nunca había estado en esa situación: al borde del estallido de una guerra a gran escala, con todo su abominable horror. Armamento, tropas, soldados, pícaros, bombas, veneno, matanzas... ya eran de por sí terribles, pero si añadías la azerita a la mezcla, ¿quién sabía qué horribles cambios podía provocar? Si estallaba esa guerra, los muertos se contarían por decenas de miles, si no centenares.

Anduin tragó saliva y se dio cuenta de que todas las miradas estaban puestas en él. No sabía si darle las gracias a Tyrande o maldecirla. Ella, una veterana de milenios de contiendas, no había pronunciado la horrible palabra de seis letras. «Estoy dispuesta a enviarlos de inmediato», acababa de decir y, con este circunloquio —que era tan preciso e intencionado como su puntería en combate— dejaba en sus manos la responsabilidad de dar los primeros pasos hacia una guerra palpable..., porque Anduin no podía concebir una situación en la que Varok Colmillosauro marchara con sus tropas para no usarlas.

¿Sería por eso que el viejo orco y el campeón de la Dama Oscura habían llegado a las manos? ¿Porque Sylvanas no quería una guerra con la Alianza? Tan pronto como se le pasó esta idea por la cabeza, tuvo que descartarla como si fuera el anhelo esperanzado de un niño que ansiara la paz. Sylvanas Brisaveloz había demostrado una y otra vez, con una rotundidad que no dejaba lugar a dudas, que ardía en deseos de entrar en guerra con la Alianza.

Se pasó la lengua por los labios, resecos de repente, y tomó una gran bocanada de aire. «Luz, te lo ruego, guíame en esto».

—Traslada tus tropas, suma sacerdotisa —dijo a la líder de los elfos de la noche.

Para su sorpresa, su voz sonó fuerte y decidida. No había duda de que la Luz lo guiaba, y las palabras salían de sus labios con claridad y facilidad.

—Envíalas a proteger la Alianza. Si de verdad la Horda intenta apoderarse de Silithus, nosotros ya tendremos una punta de lanza allí. Confío en tu buen juicio para usarlas. Yo preferiría que solo fuera en tareas de reconocimiento y disuasión.

—Igual que yo, rey Anduin. La guerra es algo terrible.

La voz de Tyrande tembló al hablar. No de miedo, imposible en ella, sino por el conocimiento de unos horrores que Anduin, aunque viviera hasta los cien años, nunca alcanzaría a comprender del todo.

El rey se volvió para mirar a Velen, con una ceja del color del agua enarcada e inquisitiva. Sentía pena por él. El draenei había visto muchísimas guerras, puede que más que la propia Tyrande.

—Esperaba un poco de paz después de derrotar a la Legión —dijo Velen con un suspiro—. Pero estoy de acuerdo con los dos. Envía las tropas, suma sacerdotisa. Envíalas y recemos para que no tengamos que necesitarlas.

Así se hizo.

Segunda parte: La llamada al combate

¡Ha sonado el cuerno de la Cazadora!

Ya nos llama a combatir,

a defender todo cuanto amamos:

esta ciudad,

esta poza de la luna,

este suave canto de la brisa del atardecer.

Nos llama,

y respondemos.

* * *

Cordressa caminaba al lado del archidruida Malfurion Tempestira por los jardines del templo. Tyrande había optado por quedarse en Ventormenta, ayudando a Velen, Anduin Wrynn y Genn Cringrís a diseñar estrategias bélicas a largo plazo. La suma sacerdotisa había ordenado a Cordressa que regresara a Darnassus para informar a Malfurion del último giro de los acontecimientos.

Aunque el gran archidruida ya llevaba unos cuantos años con su gente después de su estancia en el Sueño Esmeralda, aún costaba acostumbrarse a su presencia.

Malfurion Tempestira era único: el mayor druida de la historia de los elfos de la noche. Tan grande era su afinidad con la naturaleza que su propio cuerpo evidenciaba estos lazos. Las astas de un ciervo adornaban su cabeza, unas plumas cubrían sus brazos musculosos como si fueran alas y sus pies eran como los de un gran felino.

Igual que la propia naturaleza, el poderoso shan’do —honorable maestro— era a la vez cordial y fiero. Pero, como correspondía a un ser inteligente con una mente poderosa y una voluntad fuerte, siempre controlaba por completo qué aspecto de él se manifestaba.

En aquel momento hablaba con voz suave mientras paseaban juntos, recogiendo hierbas.

—Has vuelto hace poco de Silithus.

Se inclinó sobre un arbusto hojaplata, arrancó una hojita, la aplastó entre sus dedos e inhaló su aroma limpio y revitalizador. Mientras lo hacía, frotó la planta con la otra mano, murmurando su agradecimiento. Tres hojas brotaron del tronco; Malfurion había recompensado a la planta por triplicado por su sacrificio.

Cordressa también aplastó una hoja, aspiró el perfume y sonrió mientras la calma y la claridad la invadían. Los centinelas disfrutaban de una vida que las llevaba por todo Azeroth, pero Cordressa rara vez había salido de Darnassus, y lo prefería así. Nunca eludía su deber ni rehuía un combate y, en varias ocasiones, había estado destinada muy lejos de su gente durante años enteros. Pero su hogar estaba allí, con Tyrande y Malfurion, en Darnassus. Cuando se encontraba lejos, anhelaba la paz del templo y sus jardines.

Arrancó una flor de marregal y contempló su tonalidad intensamente rosácea mientras hablaba.

—Como les he dicho a mi señora y a todos los demás en Ventormenta, no he visto nada que garantice el interés de la Horda por Silithus, y menos algo que explique la disposición de Colmillosauro a presionar a su jefa de guerra. Lo único que he visto son goblins, un buen número de ellos, decididos a extraer la azerita y a acabar con todos los intrusos.

—¿No ha habido un aumento repentino del número de goblins?

—No que yo haya constatado. Atacan, claro, pero lo hacen con cobardía, y no he visto un aumento importante de su armamento ni de sus efectivos. Nada que indique que la Horda vaya a enviar un ejército ahí. Evidentemente, si mi señora y el rey de Ventormenta tienen razón en que la Horda ha aprendido a forjar armas con azerita, ese movimiento sería del todo lógico.

Malfurion se detuvo delante de un parterre de flor de paz y contempló sus blancos pétalos.

—Me encargaré de que se cumplan las órdenes de enviar soldados a Silithus. A tal efecto, retiraré muchas centinelas y gente de armas de sus cometidos locales para engrosar las filas del ejército.

—Entendido, shan'do.

—Tú te encuentras entre las reasignadas, centinela Brezoguja —añadió el druida con una sonrisa de tristeza—. Me temo que debo pedirte que vuelvas a Silithus. Necesitamos que las tropas vayan acompañadas por gente que conozca la zona.

«Qué estancia tan breve».

—Por supuesto —contestó Cordressa—. ¿Cuándo quieres que parta?

—En el primer barco.

Ella asintió. Entonces se le ocurrió una idea.

—He luchado junto a la centinela Luna de Verano muchas veces. Estaría encantada de volver a tenerla a mi lado. ¿Puedo preguntar si a ella también vas a reasignarla?

—Así es –dijo el gran archidruida—, pero no a Silithus. Cuando zarpen los barcos, quedarán muchos puestos vacantes en Vallefresno, y les pediré a la centinela Luna de Verano y a varias más que los ocupen.

«Apenas he podido verla —pensó Cordressa, y entonces se resignó—. Así es la vida de una centinela».

—¿Tengo tiempo para despedirme de los miembros de la Liga de Expedicionarios?

—Por supuesto, pero no te demores mucho —dijo Malfurion.

Era más de lo que Cordressa había esperado. Inclinó la cabeza, agradecida.

—Gracias, shan'do.

—Pregúntales a tus amigos enanos si están dispuestos a pasar por Ventormenta antes de dirigirse a Forjaz —le dijo Malfurion mientras le tendía un portapergaminos de cuero—. Podrían hacerme el favor de llevarles estas misivas a Tyrande y a Anduin. Gracias, centinela. Que las bendiciones de Elune te acompañen.

«Que nos acompañen a todos —pensó Cordressa— si es que estamos a punto de entrar en guerra con la Horda».

* * *

Las dos centinelas caminaban en silencio hacia una zona verde y apartada que había junto al templo, donde habitaban los elfos Altonato de la ciudad, los únicos que practicaban la magia arcana en Darnassus. Los portales eran unos dones preciosos, y la admisión reciente y cautelosa de los kaldorei por parte de los hermanos Altonato significaba que los grupos pequeños —como los supervivientes del equipo de la Liga de Expedicionarios, que ya habían sufrido demasiado— podían ahorrarse viajes interminables por mar.

También significaba que la información importante se podía transmitir con rapidez. Algo que, en tiempos de guerra, podía suponer una enorme diferencia.

—Tenía la esperanza de pasar más tiempo contigo, vieja amiga —le dijo Cordressa a Delaryn mientras caminaban—, pero parece ser que nuestros líderes tienen otros planes.

—Vamos allá donde mejor podamos servir —respondió Delaryn encogiéndose de hombros.

Los enanos no se habían aburrido durante la espera. El arqueólogo jefe Mostachogris, miembro de la Liga de Expedicionarios, mantenía una conversación animada con sus colegas mientras tres magi —Tarelvir, Dyrhara y Maelir— los observaban y sonreían con indulgencia. Cordressa quedó complacida al ver la expresión serena de los enanos.

—Gavvin Brazorrecio, Inge Puño de Hierro y Arwis Piedranegra —dijo—, siempre lamentaré no haber sido capaz de traer a vuestros compañeros a casa. Os pido perdón por mi fracaso.

Gavvin la miró con ojos amables.

—Zagala —le dijo con dulzura—, el mundo es muy duro. Los dos lo sabemos. Y todo el que entra en la Liga de Expedicionarios también lo sabe. Si no quisiéramos enfrentarnos al peligro, nos quedaríamos en casita, sentados junto al fuego, con una pinta de cerveza en la mano. Ellos conocían el riesgo. Y sin vosotras, las centinelas, quizá habríamos perecido todos en esas horribles arenas.

—Te lo agradezco. Esperaba escoltaros de vuelta a vuestra hermosa ciudad y verla con mis propios ojos, pero me han ordenado que regrese cuanto antes a Silithus. Esperamos que vuestro grupo sea el último en sufrir allí a manos de la Horda.

—¿Ya te envían de vuelta? —Gavvin parecía atónito—. Visto y no visto, ¿eh?

—Hay unos cuantos goblins a los que se les debe recordar que con la Alianza no se juega —dijo Delaryn, y Gavvin sonrió.

—Tengo que pedirte un favor, si no te importa —añadió Cordressa.

—Lo que tú quieras, querida —respondió Gavvin.

Cordressa le entregó al líder de los enanos el portapergaminos que le había dado el archidruida.

—Nuestro shan'do, Malfurion Tempestira, ha preguntado si podríais llevar estas cartas a Ventormenta antes de regresar a Forjaz. Son para lady Tyrande y el rey Anduin, que posiblemente tengan información que querrán compartir con los Tres Martillos.

Gavvin observó los pergaminos con atención.

—Será un honor hacer de correo para personajes tan importantes.

La miró desde detrás de sus celdas pobladas y carraspeó.

—Bueno —se estiró y le dio unas palmadas en el hombro con cierta torpeza—. Cuídate mucho, valiente zagala. Y acuérdate de darles a esos goblins uno o dos puñetazos de parte de Gavvin Brazorrecio.

Cordressa sonrió.

—Has mostrado un gran coraje. Ha sido un honor luchar a tu lado.

Se llevó el puño al hombro en gesto de saludo.

La esbelta maga Dyrhara movió las manos con habilidad y, como respuesta, apareció un círculo de luz. Una imagen de Ventormenta rielaba en su interior.

—Que Elune ilumine tu camino —le dijo Cordressa.

—Que nunca te quedes sin cerveza —respondió Gavvin.

Cordressa dejó escapar una risita de sorpresa y Gavvin le guiñó un ojo. Uno por uno, los enanos se adentraron en el portal y desaparecieron.

—Gracias —le dijo Cordressa a la maga, y luego sonrió al arqueólogo Mostachogris, que ladeó el sombrero.

La elfa asintió a Delaryn y, juntas, salieron a la piedra blanca que serpenteaba por la gran ciudad.

—¿Cuándo partes? —preguntó Delaryn.

—Las dos tenemos que salir dentro de unas horas —respondió Cordressa con una sonrisa triste—. Yo me reuniré con mis compañeros de viaje en el puerto para zarpar hacia Feralas... Y tú te encontrarás con los tuyos para partir hacia la Costa Oscura y de ahí a Vallefresno.

La joven elfa de la noche adoptó una expresión taciturna.

—Comprendo. Deja que lo adivine. Han pedido que las centinelas de mayor rango se presenten en Silithus, y el resto de nosotras ocuparemos los puestos que dejen.

—Exacto.

—Te envidio, Cordressa —dijo Delaryn con un suspiro.

—Pues no lo hagas, Silithus no es un lugar agradable.

—Al menos tú vas a hacer algo. Vallefresno es prácticamente el exilio.

Cordressa sonrió.

—Es bonito y pacífico...

—Y aburrido.

—Recuerda que ahora Anaris Aireleña está al mando de esa zona —dijo Cordressa—. Tendrás la posibilidad de aprender de la mejor.

El rostro de Delaryn se iluminó al oír el nombre. Anaris Aireleña era una experimentada heroína de guerra que había luchado durante el Cataclismo. El Refugio Brisa de Plata, uno de los principales puestos de avanzada de Vallefresno junto con Astranaar, había sido en tiempos un lugar acogedor con una posada relativamente lujosa. Pero la alteración del orden natural provocada por el Cataclismo —y la afluencia de los orcos— lo había cambiado todo.

Los orcos mataron tanto a centinelas como a civiles. Cordressa no lo había visto con sus propios ojos, pero, al parecer, habían dado caza a todos cuantos pretendieron huir y dejaron que sus cuerpos se pudrieran en el camino como brutal aviso para quienes intentaran reconquistar el Refugio Brisa de Plata.

No fue hasta la llegada de Anaris, con un pequeño ejército de centinelas, que los elfos de la noche retomaron el Refugio Brisa de Plata. Ahora, una vez más, era el centro de sus actividades en Vallefresno.

—Anaris Aireleña —murmuró Delaryn, con un hilo de voz cargado de respeto—. No sabía que se hubiera quedado después de la victoria. Seguro que tiene mucho que enseñarme. Aun así, me mataré a entrenar mientras no estás, Cordressa. Quizá, cuando zarpe el último barco hacia Feralas, el archidruida y la suma sacerdotisa me consideren digna de ir en él. ¡Aún puede que combatamos juntas!

Cordressa sonrió ante el entusiasmo de su amiga, pero su alegría se esfumó con rapidez.

—Puede que no tardemos tanto en necesitarte. Es posible que Silithus sea el primer frente de una nueva guerra.

—El rebrote de una antigua guerra, querrás decir —la corrigió Delaryn, tan lúgubre como su amiga—. Cuídate.

Se abrazaron con fuerza durante un momento y luego Cordressa se apartó un paso.

—Tengo poco equipaje que hacer —dijo—. Creo que cogeré el camino largo para ir al muelle. Si debo enfrentarme otra vez a ese horrible desierto, quiero hacerlo con el recuerdo aún fresco del verdor, el discurrir del agua y la tranquilidad.

Con un último asentimiento, Cordressa se dio la vuelta y se dirigió al Bancal de los Mercaderes, en vez de ir directamente a la maestra de hipogrifos.

* * *

Delaryn contempló a Cordressa mientras se iba.

Eran centinelas, veteranas curtidas en más batallas e incluso guerras de las que recordaban la mayoría de las razas jóvenes. Algunos miembros de la Alianza y la Horda pensaban que la muerte carecía de importancia para los kaldorei, debido a su longevidad. Como si una pudiera «cansarse» de la vida, de la alegría, del amor, de los rituales y las maravillas. O, simplemente, de ser kaldorei.

La respuesta era que no, por supuesto. Y, por eso, cada batalla y cada golpe eran todavía más importantes. Porque, al final, ni los elfos estaban a salvo de la amenaza de la muerte. Cada golpe que no se cobraba la vida de un soldado estaba un paso más cerca del que sí acabaría por hacerlo.

Pero hasta en la vida de un soldado había momentos de alegría, de amistad con los camaradas de armas. De amor, o de sucedáneos de este, con aquellos que se cruzaban en el camino una noche, un año o una década..., pero rara vez para siempre.

Y de héroes a los que admirar e imitar.

Delaryn Luna de Verano estaba a punto de conocer a una de ellos.

* * *

«Amor mío:

Aunque os echo de menos a ti y los aromas, las vistas y los sonidos de nuestra amada ciudad, doy por bien invertido mi tiempo en Ventormenta.

Por primera vez en muchísimo tiempo, se diría, estamos de acuerdo con nuestros compañeros de la Alianza en cómo proceder. La azerita es demasiado valiosa, y nuestro mundo demasiado precioso, como para titubear a la hora de defenderlos. ¿De qué horrores son capaces Sylvanas y sus Renegados? ¿Qué terribles armas podrían ingeniar los goblins o crear los orcos y los trols? Me alegro de que el último convoy de tropas haya partido hacia Feralas y de que nuestro ejército esté listo para actuar de inmediato si llega el caso.

Pese a que respetaba profundamente al último rey, Varian, debo confesarte que albergaba mis dudas respecto al joven Anduin. Me complace contarte que, día tras día, está demostrando ser un digno sucesor de su padre. Es aún tan joven... Claro que, es lo que nos parecen muchos de ellos a nosotros, ¿verdad? Y aun así, es un hombre sabio o se muestra dispuesto a escuchar la sabiduría de otros, lo cual es incluso más importante. Es maravilloso pensar que tanto nosotros como los humanos, los draenei y los enanos tenemos sacerdotes en puestos importantes.

Sin embargo, Anduin sigue albergando la esperanza de una paz duradera, incluso mientras nos preparamos para una guerra. La pérdida de la inocencia siempre es amarga, pero solo podemos mostrarles el camino a los demás si mantenemos los ojos bien abiertos.

Me alegro de estar aquí para enseñarle lo que debo, y me alegro de que me esté escuchando.

Hasta la próxima vez que nos abracemos, Malfurion mío».

* * *

«Una nunca debería conocer a sus héroes», pensó Delaryn mientras caminaba al amparo de los árboles de Vallefresno.

El día anterior, la centinela Vannara le había dicho en voz baja: «Recuerdo que alguien dijo que Anaris es tan buena como Shandris Plumaluna a la hora de disparar y tan mala como un sátiro a la hora de inspirar».

«Quienquiera que dijera eso, estaba siendo generoso», había replicado Delaryn. Aunque era indudable que el título de comandante de Vallefresno era un honor, en el pasado Delaryn se había preguntado por qué nunca enviaban a Anaris Aireleña a luchar a otro sitio. No había acudido a la Costa Abrupta a combatir a la Legión ni se había adentrado en el territorio de la Horda. Incluso en ese momento, con todo lo que estaba ocurriendo, no la enviaban a Silithus. ¿Por qué?

Ahora lo entendía.

Sin duda, la comandante Aireleña daba la talla. Era una de las centinelas más altas y más fuertes con las que jamás se había encontrado. Tenía el cabello de color púrpura y una piel azul pálido, pero su rasgo más llamativo era su cara.

Las elfas de la noche solían marcarse los rostros cuando habían superado algún rito de tránsito importante. Lo más habitual eran unas marcas de garras estilizadas, pero a Anaris Aireleña no le hacían ninguna falta. Para eso tenía las cicatrices que le había dejado el raptor de un trol. El zarpazo le recorría toda la cara, desde la base del cabello hasta la barbilla. Por la gracia de Elune, la bestia no le había arrancado un ojo. Anaris había decidido conservarlas y ahora exhibía con orgullo lo que ella llamaba «mi verdadera marca del alma».

Lo que le faltaba en belleza, lo suplía con ferocidad y, en opinión de Delaryn, con su actitud hacia los demás.

Delaryn había cometido el error de quedarse mirando aquellas cicatrices arrugadas, fruto del intento del raptor por arrancarle la cabeza. Delaryn ya conocía la historia, pero era asombroso —y perturbador— verlas en carne y hueso. Antes de tener tiempo de ocultar su reacción, había puesto los ojos como platos y había emitido un gemido compasivo. A juzgar por la mirada que les había dirigido la comandante, no había sido la única.

El labio destrozado de la mujer se había arrugado con desdén. «Acabamos de llegar de Darnassus, ¿eh?».

Delaryn y las demás habían intercambiado miradas, sorprendidas por aquella actitud. «Sí, pero muchas hemos servido antes en otros lugares...», había empezado Delaryn.

Anaris la había cortado con un gesto de irritación. «El archidruida te ha elegido, así que serás capaz de luchar. Nadie se convierte en centinela sin derramar sangre en combate». Su tono, no obstante, expresaba una opinión clara: las que habían servido en la comodidad y la belleza de Darnassus no estaban a la altura de las que no—. «Tú, teniente Delaryn Luna de Verano. Se ve que eres mi segunda al mando».

«He servido con...».

«Lo único que importa es que ahora sirves conmigo. Me obedecerás y mantendrás a raya a tus subalternas». Anaris las había mirado a todas. «Esta misión va a ser más dura de lo que creíais. Las órdenes que nos han enviado desde Darnassus han recortado a la mitad el número de centinelas asignadas a Vallefresno. Eso envalentonará a quienes no nos quieren bien. Los ladrones y los asesinos verán la oportunidad de atacar a los viajeros solitarios por la carretera. Estamos aquí para protegerlos. Todo civil es nuestra responsabilidad. Debo confiar en que estéis a la altura de este cometido».

En ese momento incómodo y difícil, Delaryn había intentado rememorar la paz del templo, pero en vano.

Tampoco tuvo más suerte luego. Las noches y los días se sucedían con lentitud, entre pruebas, ejercicios y prácticas interminables y humillantes. A las centinelas de Darnassus —guerreras que habían jurado proteger el mismísimo corazón y el alma de los kaldorei— las trataban allí como si fueran reclutas sin la menor experiencia.

Era ridículo. Los mensajes que llevaban corriendo de un sitio a otro eran triviales. Así se lo decían sus destinatarios. Hasta los civiles a los que debían proteger miraban a las recién llegadas con lástima, y eso era algo que Delaryn no podía soportar.

Pero tenía que hacerlo, porque una centinela era un soldado, y los soldados obedecen sus órdenes. De lo contrario, corrían el peligro de provocar el caos. Delaryn pensaba con añoranza en su primer entrenamiento, en sus primeros combates, en Cordressa, Shandris y Tyrande. Luego se mordía la lengua y hacía lo que le pedían.

Volvía a paso vivo al Refugio Brisa de Plata desde la Torre del Polvo Estelar. Caía una lluvia intensa y sus botas se hundían un poco en el barro a cada paso que daba. Llevaba el cabello azul oscuro pegado al cráneo y su cuerpo tiritaba sin remedio, anhelando algo caliente para beber. Abrigado cerca de su corazón, a resguardo del diluvio que se estaba cebando con ella, se encontraba un informe completamente anodino que no detallaba nada de interés.

Oyó un gruñido quedo y una especie de resoplido tras ella. Se quedó inmóvil.

Normalmente, los elfos de la noche eran capaces de coexistir con los animales mal llamados salvajes, y por ello Delaryn habló de manera tranquilizadora y respetuosa mientras se daba la vuelta.

—Hermano oso, te saludo. No... ¿Ferryn?

El oso se recostó sobre las ancas y emitió un extraño sonido, casi un gimoteo: era una risa inconfundible. Su forma comenzó a cambiar y, al cabo de un instante, lo que había allí sentado era un elfo de la noche alto y azul pálido con un cabello largo y alborotado de color musgo. Empapado, también.

—Ay, Del —dijo Ferryn con una voz cálida y sonora mientras la miraba con ojos brillantes e inquietos—, siempre picas.

Delaryn suspiró, molesta.

—Uno de estos días voy a disparar primero.

—¿Tú? —dijo él mientras la observaba con fingido espanto—. ¿Saltarte el protocolo? Nunca.

Delaryn dio media vuelta y continuó el camino hacia el Refugio Brisa de Plata. Ferryn echó a andar con presteza tras ella. Permanecieron en silencio en todos los sentidos: ni hablaban ni se oían sus pisadas, amortiguadas por el barro y la hierba. «Qué fácil es caminar a su lado, aunque hayan pasado años».

Pero siempre había sido así entre ellos.

Notó el roce tanteador de los dedos de él contra los suyos, listos para retirarse si no respondía. Pero respondió. Vaya si lo hizo. Delaryn era incapaz de imaginarse un momento en el que no lo hiciera. Sus deberes —y, la verdad sea dicha, su naturaleza— los mantenían separados, pero Elune siempre se encargaba de que volvieran a encontrarse.

Así que entrelazó su mano enguantada con la de él y caminaron juntos.

—¿Qué te trae por aquí? —preguntó.

—Yo podría preguntarte lo mismo —respondió Ferryn.

—Me han reasignado —dijo, sin saber muy bien cuánto sabía él ni cuánto podía contarle.

—A mí también. Me han hecho venir desde Frondavil. Muchos hermanos y hermanas se dirigen al sur. —La miró de reojo—. A un lugar arenoso.

Delaryn se relajó. Así que lo sabía.

—Ah —dijo—. A mí no me gusta la arena.

—Ni a mí. Se me mete en el pelo y en las plumas.

—Y en la armadura.

—¿Estás decepcionada?

Por Elune, la conocía demasiado bien.

—Cordressa ha ido. A mí, por desgracia, me han destinado aquí.

—Al principio, yo también estaba descontento con mis órdenes. Pero ahora, por lo que a mí respecta..., resulta que tampoco ha sido tanta desgracia.

¿Cuánto hacía desde que Ferryn la había ayudado a combatir contra las energías viles que corrompían una parte antaño hermosa de Vallefresno? ¿Diez años? ¿Doce? Una década al menos, desde que se habían despedido con un beso por centésima o milésima vez.

La tensión de Delaryn disminuyó por primera vez su llegada. Ferryn tenía razón. No había sido tanta desgracia, al fin y al cabo.

* * *

Varios días después, Delaryn y Ferryn dormitaban con languidez, abrazados, en un rincón recluido que habían encontrado, mientras el sol se filtraba entre los árboles.

Ferryn oyó el chasquido de una rama sobre ellos. Con un mero pensamiento se transformó en un sable de la noche. Su aguzado sentido del olfato lo llevó a saltar directamente tras el hedor de un goblin, tan intenso que casi hizo que le lloraran los ojos.

El ser verde y rechoncho llevaba una pequeña armadura e iba sin camisa. Estaba claro que esperaba que el tono de su piel lo camuflara entre el denso follaje. Una decisión osada, pero que no le sirvió de nada. Ferryn apartó las espadas gemelas del asesino con un zarpazo casi indolente y le desgarró la garganta con sus dos largos colmillos frontales.

Al mismo tiempo, una flecha de Delaryn se hundió en el cráneo del goblin. Ferryn se preguntó quién de los dos habría matado antes al pobre diablo. El druida saltó al suelo y siguió a Delaryn, que ya había echado a correr hacia el Refugio Brisa de Plata. Orientó una oreja hacia el ruido sordo que hizo el goblin doblemente muerto al caer al suelo. Miró de reojo a Delaryn cuando consiguió alcanzarla y sus ojos se encontraron durante una fracción de segundo. El rostro de la centinela mostraba el mismo horror que atenazaba su corazón.

Habían recorrido la mitad del camino cuando oyeron el sonido inquietante y argénteo de un cuerno.

Llegaban demasiado tarde. Ya estaban atacando el refugio.

Primero se encontraron con los cuerpos de grandes sables de la noche —hermosas criaturas que servían a los kaldorei como monturas devotas— diseminados sobre la hierba carbonizada. Y, más cerca del refugio, con cadáveres de kaldorei... y de la Horda.

Delaryn contuvo la respiración con un sonido ahogado: muchos de los muertos eran amigos suyos. La mayoría de los cuerpos de los elfos de la noche no mostraban señales visibles de heridas, pero las espadas que aún aferraban quienes los habían matado —algunas de ellas ennegrecidas de veneno— contaban la terrible historia.

El goblin al que había matado Ferryn no había venido solo.

* * *

Juntos, Delaryn y Ferryn corrieron a la posada. Había más cuerpos tirados por el suelo. Algunos aún se retorcían mientras los sanadores los atendían frenéticamente. En una verja había posado un cuervo de tormenta negriazul.

Delaryn se puso tensa al ver que Vannara se acercaba con expresión lúgubre.

—Este druida trae un mensaje del Refugio de la Algaba —dijo Vannara mientras hacía un gesto con la cabeza hacia el cuervo—. También los han atacado. Y en Polvo Estelar. Los asesinos de la Horda han actuado a la vez, pero, desde que los hemos derrotado, todo ha estado en calma. Fuera lo que fuese, parece que se ha acabado.

La elfa titubeó.

—Del..., ¿qué está pasando?

—No lo sé —dijo Delaryn, tan desconcertada y dolorida como Vannara—. ¿Dónde está la comandante?

—En una patrulla de entrenamiento, con una docena de centinelas.

—¿Cuánto hace que están fuera?

—Desde medianoche.

Sus miradas se encontraron. Una súbita oleada de odio se apoderó de Delaryn. Las patrullas de rutina solían estar formadas por un puñado de centinelas, cuatro o cinco. Si Anaris Aireleña no hubiera estado tan empeñada en humillar a las centinelas de Darnassus, quizás hubieran sido suficientes allí para salvar más vidas. Se mordió la lengua para no soltar una retahíla de duras palabras. Eso no les devolvería a los muertos.

—¿Adónde?

—No lo dijo.

La cabeza felina de Ferryn dio unos suaves golpecitos contra el brazo de Delaryn. Claro. Él podía rastrear a Anaris.

La centinela le dedicó una mirada agradecida.

—Permaneced alerta por si hay una segunda oleada de ataques. Seguid atendiendo a los heridos. Ferryn y yo la encontraremos.

Corrió a las dependencias de la comandante y agarró una blusa de lino. El druida captó el olor, se agazapó y miró a la elfa. Durante un instante, Delaryn dudó. Los druidas no eran animales. Normalmente no permitían que los montaran como si fueran bestias. Pero los dos sabían que los asesinos habían matado a los sables de la noche para que los supervivientes solo pudieran ir a pie..., y no podían permitirse ese lujo.

—Gracias —dijo Delaryn con humildad, antes de subir a lomos del felino negriazul.

Se agarró con fuerza mientras Ferryn, con las orejas pegadas al cráneo por la furia, seguía el rastro de la comandante Anaris Aireleña.

Encontraron al grupo a varias leguas del campamento. Para gran asombro de Delaryn, ni siquiera estaban patrullando. Anaris les gritaba órdenes para que marcharan con perfecta sincronización. En condiciones físicas óptimas, las centinelas eran soldados consumados, pero saltaba a la vista que aquellas estaban agotadas y no se les había permitido descansar. «Se ha llevado a las mejores guerreras y no las ha dejado en paz hasta agotarlas, mientras que aquellos a los que juró proteger morían agonizando».

—¡Comandante! —gritó Delaryn—. ¡Comandante! ¡Nos han atacado!

Anaris se giró con rapidez y su rostro mutilado se oscureció de rabia. Su mirada saltó a Ferryn.

—Explícate.

Las centinelas se detuvieron, mientras su fatiga se desvanecía ante un peligro real para su gente, y escucharon con atención el relato de Delaryn.

—Pícaros de la Horda —dijo Delaryn—, varios de ellos. Han matado primero a los sables de la noche para impedir que se propagara la noticia. Muchos han muerto. Vannara dice que han llegado informes de otros puestos de avanzada de Vallefresno donde ha sucedido lo mismo.

Por un momento, Anaris se limitó a contemplarla y luego se volvió bruscamente hacia las centinelas.

—¿Qué hacéis ahí paradas? Vosotras, ¡corred al Claro Ala de Plata! A ver si...

Ferryn profirió un gruñido gutural y furioso, pero llegó demasiado tarde. Al sentir la tensión del druida, Delaryn desmontó de un salto, pero un Renegado ya se había dejado caer desde una rama que había encima de ellos.

Cayó directamente sobre la espalda de Anaris y la apuñaló con sus hojas gemelas aprovechando la caída. Mucho más rápido de lo que cabía esperar en un muerto, el asesino se puso de pie con una voltereta. Una de sus dagas trazó un corte ágil y veloz en la garganta de Marua que casi le separó la cabeza del cuerpo.

Con un alarido de rabia, Ferryn saltó hacia el Renegado mientras —con demasiada lentitud— Delaryn sacaba una flecha y la colocaba en el arco. Algo se movió a una velocidad inaudita y, de repente, apareció otro pícaro, un elfo de sangre, que empezó a repartir cuchilladas con su larga y dorada cabellera ondeando tras de sí como si de una capa se tratase. En apenas un abrir y cerrar de ojos, había ya media docena de elfas de la noche en el suelo del bosque, desangrándose o presas de terribles espasmos.

Al fin, las centinelas consiguieron reagruparse. El elfo de sangre se esfumó en ese mismo instante, pero no importaba. Lo cogerían mientras huía como el cobarde que era. Lanzaron una lluvia de flechas entre los árboles, pero sin suerte. El sin'dorei se les había escapado.

El Renegado no tuvo tanta suerte. Eriadnar se abalanzó sobre él con la espada desenvainada. Abrió un surco en el torso del asesino y le cercenó un brazo. Ferryn saltó encima de él, lo inmovilizó contra el suelo y, dando muestra de un autocontrol admirable, logró contenerse para no destrozarle la garganta.

Anaris Aireleña yacía en el suelo del bosque. Tenía los ojos abiertos, pero su brillo se había apagado.

—¿Comandante? —inquirió Eriadnar.

—Está muerta —contestó Delaryn con brusquedad; seguía furiosa con Aireleña, aunque la comandante ya estaba fuera del alcance de su ira.

—Delaryn —dijo Eriadnar discretamente—, ahora tú eres la comandante.

Era cierto, pero le sonaba extraño. Sacudió la cabeza y se plantó delante del prisionero. Sus ojos se posaron sobre las dagas que había dejado caer, cubiertas con la sangre de Anaris. Cogió una de ellas con cuidado e hizo un gesto a Ferryn con la cabeza. El druida dio un paso atrás al tiempo que lanzaba un gruñido amenazante al Renegado.

Delaryn bajó la mirada hacia él, y canalizó toda su furia y su dolor mientras le espetaba:

—Habla conmigo, Renegado, y quizá te perdone la vida.

—¿La «vida»? —gruñó el no-muerto en ese tono hueco y horrible tan propio de su raza—. Dejé de estar vivo hace tiempo, elfa.

—¿Te gustan los juegos de palabras? ¿Qué tal si, en vez de eso, jugamos a contar? —Hizo un gesto hacia él—. Tienes un brazo menos. Puedo hacer que sean dos. O, mejor aún, empezaré por lo más pequeño. Aún tienes cinco dedos. Dime algo que me sea útil, cadáver, o haré que sean cuatro.

Al ver que el Renegado no contestaba, la elfa se arrodilló, le cogió la mano por la muñeca y acercó el filo de su propia daga.

—¡Hablaré! —siseó él, rabioso.

«Así que la daga está envenenada... Aunque se está muriendo, no quiere padecer un dolor tan atroz».

—Dime cuáles eran vuestras órdenes.

Los labios muertos se retrajeron por delante de unos dientes amarillentos. El aliento pútrido que salió con su carcajada fue como un bofetón en la cara de Delaryn. El estómago de la elfa se rebeló, pero se obligó a permanecer impasible.

—Creo que son bastantes obvias —dijo—. ¿Es que las inteligentes han sido las primeras en morir? Ah, claro: no hay elfas de la noche inteligentes. Un trol le cortó las orejas a otra comandante, ¿sabes? Ahora las lleva colgadas.

Posiblemente era cierto, pero Delaryn no mordió el anzuelo.

—Si te clavo esto en el pescuezo, no hay val'kyr que te traiga de vuelta.

Miró de reojo la hoja.

—¿Qué veneno usáis? —preguntó de manera despreocupada—. Seguro que uno muy doloroso, a los Renegados os gustan así. Como no me digas pronto algo útil, concluiré que intentas ganar tiempo y que, por tanto, no tienes nada que contar —añadió con voz gélida—.

—¿Y qué prisionero no intentaría ganar tiempo? La existencia es algo precioso. Hasta nosotros lo sabemos.

Era cierto. Los elfos de la noche albergaban un gran respeto por la vida. No torturaban a los prisioneros ni se regodeaban en muertes innecesarias.

Pero las abominaciones que eran los Renegados tampoco les servían de nada.

Algo en su interior se volvió tan duro como la piedra. Delaryn acercó la cuchilla hasta rozar el dedo del Renegado.

—No-me-provoques.

El regocijo cruel se esfumó de los rasgos putrefactos del prisionero al comprender que la elfa no lo amenazaba en vano.

—No podéis ganar —dijo—. Estamos por todas partes. ¿Es que no comprendes que estamos atacando todos vuestros puestos de avanzada? Decenas como yo hemos caído sobre ellos con terribles resultados. Y vuestros astutos cazadores, vuestras tan cacareadas centinelas, vuestros escurridizos druidas... Ninguno tenía ni la más remota idea.

Delaryn pensó en el druida que había volado hasta el Refugio Brisa de Plata con el mensaje. Algunos puestos de avanzada sí que habían informado de un ataque por sorpresa. Pero había algo en las palabras del Renegado que le parecía forzado.

—Intentas embaucarme —repuso—. ¿Cuál es vuestro plan? La Horda marchaba hacia Silithus. ¿Para qué desviar la atención hacia Vallef...?

Y entonces la respuesta se le apareció por sí sola, tan cegadoramente obvia que fue como si le hubieran apuñalado en la garganta.

La flota de los elfos de la noche navegaba rumbo a Feralas.

Tyrande estaba en Ventormenta.

—Estáis despejando un camino —murmuró con espanto.

El Renegado no respondió, pero volvió a reírse. Delaryn levantó la daga, pero la risa del pícaro se convirtió en un silbido cargado de toses. Escupió un líquido pegajoso y luego se quedó inmóvil. La había engañado. Sus heridas se habían cobrado su no-vida antes de que pudiera hacerlo ella.

Delaryn no desperdició energía alguna en frustrarse por la última broma del Renegado ni por los valiosos minutos que había pasado interrogándolo. Ya había perdido bastante tiempo.

Se incorporó de un salto.

—Eriadnar, ¿estás herida?

—No, comandante.

—Entonces, corre, hermana —dijo—. Corre tan rápido como puedas hasta llegar a Darnassus. No pares, escóndete si debes hacerlo, pero lleva este mensaje: dile a Malfurion que se acerca un ejército.

Ferryn adoptó de nuevo su forma de kaldorei.

—Yo vuelo más rápido de lo que ella corre —se ofreció.

Delaryn negó con la cabeza.

—Tengo otra tarea para ti. Ve, Eriadnar. Que Elune guíe tus pasos.

La centinela asintió con los ojos muy abiertos y se apresuró a obedecerla, tan rápida como una flecha en vuelo.

Delaryn se volvió hacia Ferryn.

—Ve a los Baldíos. Se acerca la Horda. Hay que saber cuánto tiempo tenemos antes de que lleguen. Avanza hasta que los veas. No entres en combate a menos que sea indispensable. Sobrevive y vuelve para informar.

El elfo asintió. Se miraron un instante. No hacían falta palabras. Habían combatido incontables veces antes, a veces juntos, a veces solos. Y parecía que volvían a hacerlo.

Al unísono, alargaron las manos hacia el otro, se besaron apasionadamente y partieron a cumplir con sus deberes.

Ferryn no lo sabía, pero, cada vez que se separaban, Delaryn le rezaba a Elune para que lo protegiera. Volvió a pedirle el mismo favor, pero, por primera vez, tuvo la vaga corazonada de que en esta batalla era posible que la bella y amorosa diosa de la luna no respondiera a su plegaria.

* * *

A Ferryn le gustaba luchar, se le daba bien. Pero Delaryn había dejado muy claro que no necesitaba más soldados para atacar: necesitaba información sobre cómo hacerlo.

Aun así, estaba dispuesto a combatir si se le presentaba la ocasión.

Se movió con rapidez en su forma favorita, la de un sable de la noche, saltando de rama en rama por las copas de los árboles hacia al sudeste del Refugio Brisa de Plata. Su corazón sentía una mezcla de rabia y asco al entrar en el Bosque Arrullanoche.

Tanto el Claro como la Avanzada Ala de Plata permanecieron en silencio mientras se acercaba, pero el olor de la sangre inundó su hocico. Abrió la boca en un gruñido mudo y siguió adelante.

La Empalizada Mor'shan —un antiguo puesto de avanzada orco que habían conquistado al morir el monstruoso Garrosh Grito Infernal—, también había caído. Ferryn ya se lo esperaba, pero, entremezclado con el olor a sangre de kaldorei, le llegó el hedor a goblin y orco. Aminoró el paso y avanzó con cautela, casi invisible. Un orco profirió una risotada y elevó la voz en un canto estentóreo. Ferryn se dejó caer a una rama más baja y observó con ojos escrutadores. Un orco y un goblin saqueaban los cuerpos en busca de armas y joyas. El goblin gruñía mientras intentaba arrancarle el anillo a un cazador con tirones tan fuertes que el cadáver se estremecía.

Solo eran dos. Podía acabar con ellos. Ferryn ardía de rabia, pero se negó a ceder a la tentación. Exploraría y volvería con la información. Esas eran las órdenes. Ahora, Delaryn era la comandante de Vallefresno, y él la obedecería.

«Suerte tenéis de que me importe tanto Del», pensó con amargura, antes de alejarse a hurtadillas sin acabar con aquella pareja de miserables.

El sentido del olfato de Ferryn era más agudo que el de ellos incluso cuando estaba en forma de elfo de la noche. Y en aquel momento, aún más. Sin embargo, podrían olerlo si no iba con cuidado. Se aseguró de estar a sotavento antes de dejar atrás las fortificaciones.

Una vez a campo abierto, adoptó la forma de un cuervo de tormenta. Sus fuertes alas batieron el aire y dejó que el viento lo levantara. Era mediodía. La Horda había atacado cuando sabía que los elfos de la noche serían más vulnerables. El sol pegaba con fuerza, implacable, y hacía relucir más todavía el inhóspito amarillo rojizo de aquellos Baldíos de nombre tan acertado. Lo que Ferryn vio bajo aquella luz lo dejó helado.

El corazón se le contrajo. Eran tantísimos... Miles... O decenas de miles... Demasiados para contarlos. Una mancha que se esparcía sobre la tierra. Las caravanas tiradas por kodos se apiñaban alrededor de uno de los pocos oasis que había en la zona para descansar y beber, en preparación para entrar en Vallefresno. Las máquinas de asedio presidían la escena por docenas, amenazadoras.

Se moverían con mucha más lentitud que un druida kaldorei. Ferryn meditó si debía arriesgarse a reunir más información. No le preocupaba tanto su vida como que la Horda pudiera darse cuenta de que el cuervo de tormenta que los sobrevolaba era un druida y supiera que los habían descubierto.

Aunque habían lanzado un ataque coordinado de asesinos. Ya tenían que saber que, a esas alturas, los kaldorei serían conscientes de la amenaza. Por tanto, decidió seguir adelante y remontó el vuelo todo lo posible sin perder de vista las figuras que había abajo. Era un ejército completo de la Horda. Aunque había orcos en abundancia, no solo estaba formado por las viles criaturas, sino que todas las razas estaban representadas.

Los espías de la Alianza habían informado de que Colmillosauro lideraba el ejército en persona. ¿Estaría allí también la jefa de guerra? ¿Sería ella quien dirigía el ejército y no Colmillosauro?

Aquella idea se convirtió en una certeza. Pues claro que estaría ahí. Su arrogancia no admitiría que nadie más se llevara la gloria. Además, Sylvanas Brisaveloz era, posiblemente, el miembro más poderoso de la Horda.

«Cobarde y calculadora alma en pena —pensó—. Nunca te habrías atrevido a atacar de haber estado aquí nuestra señora y nuestro señor. Pero ella vendrá. Ella y el shan'do te harán pagar esta afrenta con tu cabeza».

No vio ni rastro de Sylvanas, pero sí a un orco enorme con trenzas largas y blancas que bajaba de un carro. Su armadura era de mejor calidad que las de los demás y todas las tropas entre las que caminaba con paso decidido le mostraban un gran respeto. Pese a su avanzada edad, se movía con paso firme. La edad no había menguado sus fuerzas.

Durante un momento muy largo, el druida se mantuvo estacionario, batiendo las alas sin parar, absorbiendo todos los detalles posibles. Luego, con la pesadumbre de su corazón transformada en una necesidad ardiente de actuar, dio media vuelta y se dirigió hacia el norte tan rápido como lo impulsaron sus alas.

* * *

En cuanto Malfurion se enteró de la llegada de la centinela, fue a la poza de la luna a verla. Las sacerdotisas ya la habían atendido, y tres de ellas se habían congregado a su alrededor para ofrecerle comida, que aceptó con gratitud.

—Centinela Eriadnar —dijo Malfurion al acercarse.

La elfa estaba sentada al borde la poza. Su figura encorvada revelaba que seguía agotada de sus viajes, pero se puso en pie al oír estas palabras.

—No, centinela. Te has ganado el derecho a permanecer sentada. ¿Qué aciagas noticias traes?

La elfa volvió a sentarse, cansada.

—Vengo del Refugio Brisa de Plata. Casi todos los puestos de avanzada han sufrido un ataque coordinado de la Horda. Anaris Aireleña ha muerto. La ha sustituido Delaryn Luna de Verano. Me envía a decirte que...

Durante un brevísimo instante, pareció que la centinela iba a ser incapaz de pronunciar las palabras. Luego se repuso y añadió, con voz rasgada:

—A decirte que se acerca un ejército.

Malfurion llevaba mucho tiempo esperando aquella noticia: la noticia de que la Horda se había alzado en armas y dirigía su cruel mirada hacia Darnassus. Y, finalmente, había sucedido.

Tyrande y él habían caído en una artimaña. Habían enviado la flota al sur, hacia Silithus, tal como la Horda quería. Los kaldorei nunca habían sido tan vulnerables.

Pero la Horda no ganaría. No sabían lo que habían despertado con su insolente ataque al territorio élfico. No comprendían que tendrían que enfrentarse contra algo más poderoso que los habitantes de Vallefresno. Gracias a las manos respetuosas pero imperiosas de Malfurion Tempestira y de los druidas a quienes había entrenado, la Horda sufriría el ataque del propio Vallefresno.

Era indudable que el guerrero Colmillosauro iba a estar preparado para la batalla. Él y sus fuerzas podían imponerse perfectamente a otros guerreros, pero no a lo que tenían bajo su protección.

Tomada la decisión, Malfurion pareció hacerse aún más grande, mientras su mente y su espíritu empezaban a prepararse para lo que estaba por venir.

La centinela había percibido el cambio en el druida y parecía calmada y algo nerviosa a la vez.

—Gracias por darte tanta prisa —le dijo Malfurion con serenidad—. Cuando hayas descansado, tengo otra tarea para ti.

* * *

Llegaron informes de más puestos de avanzada. No los habían atacado todos. Los que habían salido ilesos enviaron soldados al Refugio Brisa de Plata en cuanto recibieron el aviso de Delaryn. Otros, como Astranaar, habían sufrido pérdidas, pero habían derrotado y matado a los pícaros. Y había otros que permanecían en un silencio que no presagiaba nada bueno.

La ayuda llegaba casi a cada minuto, y Delaryn intentaba mostrarse animada por ello.

—La mayoría hemos sobrevivido —decía a los recién llegados, antes de recordarles que sus enemigos habían perdido el factor sorpresa—. Están invadiendo nuestro hogar. Conocemos cada palmo de estos bosques y trabajamos en armonía con la tierra. La Horda no tiene ninguna ventaja. Nosotros somos la primera línea de defensa, y contamos con la ventaja del terreno...

Un cuervo de tormenta entró como una flecha en la posada del Refugio Brisa de Plata, donde estaban reunidas las lugartenientes de Delaryn. Ferryn cambió de forma en el aire y cayó de pie con agilidad, aunque con la respiración entrecortada por el cansancio.

Delaryn y los demás escucharon en perfecto silencio mientras les describía lo que había visto, a quién había visto... y quién creía que también se encontraba presente. La elfa se obligó a mantener una expresión neutral, pero cada palabra que pronunciaba el druida era como un flechazo en las tripas.

Ya era innegable. La Horda había enviado un ejército contra Darnassus, liderado por el alto señor supremo Varok Colmillosauro y, más que posiblemente, por la jefa de guerra. Habían traído el personal, las provisiones y el equipo necesario para hacer el trabajo.

—¿En qué proporción crees que nos superan? —preguntó en voz baja.

—Siete u ocho a uno —respondió Ferryn tras un momento de duda.

Un silencio pesado cayó como una manta sobre la estancia.

«Son muchos, demasiados. Sin la flota...».

No. Ni se permitiría pensar en ello.

Apartó la mirada y la dirigió hacia el lago Mystral. Las lluvias habían hecho subir el nivel de agua, de manera que al pequeño edificio que ocupaba el islote de su centro le faltaban unos palmos escasos para verse anegado.

—La lluvia —dijo de repente—. Van montados en kodos, traen caravanas y un equipo muy pesado. Los caminos siguen embarrados. Las caravanas se quedarán atascadas. Y un río picado y crecido será más difícil de cruzar.

Sus ojos centellearon de cólera.

—Sobre todo si quemamos los puentes.

Tercera parte: La invasión

Los primeros han caído,

la vanguardia de esta batalla

nos precede

en el reino de los fuegos fatuos y las sombras.

Aún tenemos sangre que derramar.

La suya. La nuestra.

Tal es el precio

para poder salvar nuestra ciudad radiante

acunada en un árbol de sueños y luz de estrellas.

* * *

Anduin Wrynn, Tyrande Susurravientos, Velen y Genn Cringrís se encontraban en el monumento conmemorativo del Reposo del León. Anduin sentía un nudo en el pecho, como siempre que contemplaba la imagen labrada en piedra de su padre. Incluso a esas alturas, meses más tarde, resultaba difícil creer que había muerto. A veces, cuando iba allí al crepúsculo, en esa pausa entre el día y la noche, casi se convencía de que su padre seguía presente, aunque no pudiera verlo.

—Este lugar rebosa paz —dijo Tyrande—. Me alegro de ver que es así.

Ella y los demás líderes de la Alianza habían acudido poco después de la muerte de Varian para velar un ataúd simbólico pero vacío. Al igual que la tumba; no había quedado nada de Varian que pudieran enterrar. Aun así, Anduin se sentía más cerca de él allí que en ningún otro sitio.

—Los ciudadanos de Ventormenta son muy comprensivos —dijo Anduin—. Cuando vengo aquí, nadie me molesta. En la parte de atrás, hay unas vistas muy bonitas del puerto.

Estaban bajando los peldaños cuando uno de los guardias de Ventormenta acudió corriendo hacia ellos. Anduin descendió con rapidez el tramo que faltaba para encontrase con él. Los demás lo siguieron.

—¿Qué sucede? —preguntó.

El guardia cogió aliento, pero, cuando habló no se dirigió a su rey.

—Lady Tyrande... Ha habido un ataque... Empiezan... las evacuaciones... Están llegando refugiados... por los portales.

Tyrande se quedó muy quieta. Por un momento, pareció una estatua, más bella incluso que la de Haidene en el Templo de la Luna. Solo la vena que le latía rápidamente en el cuello rompía la ilusión.

—Llévame hasta ellos.

Cuando los cuatro líderes llegaron al Sagrario del Mago, ya había una docena de refugiados allí reunidos. El archimago Malin mantenía los portales abiertos para que entraran todavía más. Eran civiles: herreros, sastres, panaderos... Solo los acompañaba una centinela que, al ver a Tyrande, anduvo rápidamente hacia ella, se arrodilló y le tendió un pergamino.

Anduin reconoció el sello. Era el de Malfurion Tempestira. Tyrande abrió los ojos de par en par mientras leía y sus labios se fruncieron en una línea adusta. Pese a la naturaleza de los debates que mantenían en la sala de mapas, Anduin había disfrutado de su visita. Pero ahora, como si estuviera viendo una transformación tan sutil pero tan absoluta como la de Genn cuando adoptaba su forma de huargen, contempló cómo la líder de los kaldorei pasaba de sacerdotisa a guerrera.

La elfa levantó la cabeza y, cuando habló, lo hizo con voz sosegada y firme:

—La Horda está atacando Vallefresno.

—¿Vallefresno? —repitió Anduin, atónito.

—Pero si Silithus está... —empezó a decir Genn.

Y quedaron en silencio al unísono al caer en la terrible cuenta. La noticia sacudió a Anduin con tanta brutalidad como un puñetazo en el estómago. El gigantesco ejército de la Horda reunido por Colmillosauro nunca había tenido la intención de ir a Silithus. Vallefresno no tenía poder para hacer frente a una hueste tan enorme como la que habían visto los espías de Anduin.

Y Vallefresno era todo cuanto se interponía entre la Horda y Darnassus.

Estaba enfadado, dolido de que, pese a todos sus esfuerzos, Sylvanas Brisaveloz hubiera vuelto a jugar con él —con todos ellos—. Pero esta vez, el precio que pagarían sería la sangre de la Alianza.

Genn se pegó un puñetazo en la palma de la mano que rompió el inmovilismo reinante. Le ardía la cara y sus ojos resplandecían de furia.

—¡Sylvanas nos ha engañado! Esos inútiles de los espías de Shaw...

—Informaron de lo que vieron —dijo Anduin con gravedad, desgarrado por su propia culpa—. Que es lo que hacen los espías. No podemos reprochárselo. Tanto Colmillosauro como Sylvanas son unos estrategas brillantes y duchos en la guerra. —Inspiró profundamente—. El fallo ha sido mío. Debí imaginar que la Horda actuaría en cuanto viera una oportunidad.

—Cabezas más ancianas que la tuya han cometido el mismo error de juicio —lo tranquilizó Velen.

Pero, pese a sus palabras de consuelo, sus cejas estaban unidas en un nudo de preocupación.

—Ya tendremos tiempo para culparnos... y muchas culpas que repartir más adelante —dijo Tyrande. Su voz, entrecortada y controlada, respondía al fogoso estallido de Genn con una ira fría y una mente preclara—. De momento, escuchad.

Siguió contándoles una versión resumida de lo que leía:

—Ha habido un ataque coordinado contra varios puestos de avanzada y patrullas, incluidos el Refugio Brisa de Plata, Astranaar, la Torre del Polvo Estelar y la Empalizada Mor'shan.

Su voz no tembló en ningún momento. Anduin estaba maravillado. Para él, cada nombre fue como un golpe.

—De momento, es probable que la Horda esté estancada. Malfurion cree que la actual comandante de Vallefresno... —Tyrande abrió un poco los ojos y luego continuó—, Delaryn Luna de Verano, intentará contenerlos en el río Falfarren. Es una barrera natural y, después de las recientes lluvias, bajará crecido.

Anduin volvió a pensar en los informes de los espías. Aunque del todo imprecisos en lo referente al destino del ejército, habían registrado con diligencia el armamento que llevaba.

—La Horda tiene máquinas de asedio. Les será muy difícil cruzar.

Tyrande asintió.

—Malfurion ha ordenado la vuelta de la armada que se dirigía a Feralas. Retrasar a la Horda en Falfarren podría proporcionarnos un tiempo muy valioso.

Pero ¿bastaría con ello? Nadie se atrevió a preguntarlo. Anduin observó los rostros asustados de los refugiados. Si la Horda llegaba a Darnassus con ese armamento...

Tragó saliva y tomó una gran bocanada de aire mientras le pedía a la Luz que lo ayudara a ver con claridad y a centrarse.

—Ventormenta enviará refuerzos de inmediato —declaró.

Tyrande asintió de nuevo. Ella sabía, como todos, que era imposible transportar ejércitos enteros por los portales como se hacía con un puñado de personas. Podía enviar todos los refuerzos de Azeroth y, al igual que el ejército de la Alianza que con tanta suficiencia habían reunido con aquel propósito, llegarían demasiado tarde para servir de algo.

O quizá no. Quizá Elune —la Luz— los ayudara.

—Es el territorio de tu pueblo, lady Tyrande. Sé que los kaldorei harán que la Horda pague muy caro cada palmo conquistado. El terreno está de vuestro lado, no del de ellos... y conocéis cada uno de sus secretos. Estas armas pesadas podrían representar la perdición del ejército.

»El shan'do Malfurion ha hecho lo correcto —le dijo a la centinela—. Hazle saber lo que has oído aquí... y que Ventormenta está preparada para acoger a los evacuados. Todos los que puedan venir encontrarán refugio entre nosotros. Tenéis mi palabra.

Se volvió hacia Velen.

—Te confío el cuidado de los refugiados —dijo—. ¿Puedes escoltarlos hasta la catedral y velar por sus necesidades?

—Por supuesto —respondió el profeta—. Será un honor. Por favor —les dijo a los refugiados—, venid conmigo, amigos

Inclinó la cabeza en dirección a Tyrande, que consiguió esbozar una sonrisa tensa.

—Aún quedan muchos gilneanos en Darnassus —dijo Genn a Anduin mientras el grupo de refugiados seguía a Velen y bajaba por la rampa alfombrada—. Me gustaría ir y traerlos aquí. Mi pueblo tiene que ver que su líder no los ha abandonado.

Anduin negó con la cabeza.

—En este momento necesito tu experiencia y tus consejos... por si se confirman nuestros peores temores.

—No te preocupes —lo tranquilizó Tyrande—. Mi gente se asegurará de poner a salvo a la tuya.

—Te lo agradezco, pero no puedo abandonarlos sin más. ¡Necesitan ver una cara conocida!

Anduin lo entendía. Aunque los elfos de la noche sentían un gran aprecio por los gilneanos, el pueblo de Genn se sentiría asustado y perdido si no se hacía cargo de ellos alguien a quien conocieran y en quien confiaran.

—¿Tess, quizá? —sugirió.

—La enviaría a ella si supiera dónde anda —gruñó Genn.

Hizo una pausa, pensativo mientras en los portales, con un zumbido, seguían apareciendo más elfos de la noche.

—Mia —dijo—. Nadie sabe transmitir tranquilidad a la gente mejor que ella. Además, se pasa media vida ahí.

En efecto, la reina Mia Cringrís visitaba con frecuencia el campamento del Roble Quejumbroso en Darnassus. Anduin le profesaba un gran cariño y tuvo que admitir que la pequeña pero voluntariosa Mia, con su rapidez de ingenio y su gran corazón, era la elección perfecta.

—¿Rey Anduin? —Era la centinela... Eriadnar, creía Anduin que se llamaba—. Esto es solo el principio. El shan'do Malfurion ha ordenado una evacuación completa... No solo de la ciudad, sino también de todos los alrededores de la Costa Oscura.

«Entonces, cree que ya no hay esperanza». Nadie lo dijo, pero vio que todos los presentes compartían sus pensamientos.

Su mente trabajaba a toda prisa, recorrida por varios pensamientos: para empezar, debía evaluar dónde alojar a los elfos de la noche cuando la catedral ya no pudiera acoger más; no eran tan numerosos, pero Darnassus era una ciudad importante. Y también se preguntaba el impacto que tendría en ellos como pueblo, como cultura. Y cómo diablos iba a hacerles llegar a los combatientes todo lo que necesitaban —armas, soldados, más suministros— en el tiempo de que disponían.

—Enviaré a una unidad de guardias de Ventormenta para ayudar con la evacuación del Roble Quejumbroso y los demás sitios de Darnassus. Archimago Malin, envía un mensaje a Dalaran. Explícales la situación y pregúntales si estarían dispuestos a unirse a nosotros en Ventormenta... para traer más refugiados por los portales.

Malin asintió.

—En cuanto a Vallefresno, enviaré todas las fuerzas que pueda de inmediato. Velen tendrá todo cuanto necesite y todos los espacios públicos que encontremos para alojar a los refugiados. Enviaré a alguien al Templo de la Luz Abisal y les pediré a los sacerdotes del Cónclave que nos ayuden. Seguro que el arzobispo Faol estará encantado de ayudar.

Tyrande llevaba un rato callada. En ese momento se dirigió a la centinela Eriadnar:

—Volveré contigo. Me uniré a Malfurion en la batalla por nuestra ciudad.

La centinela se puso de rodillas. Habló en darnassiano, no en lengua común, y por ello Anduin apenas entendió nada de lo que decía. Fuera lo que fuese, estaba claro que hablaba con el corazón y que lo que dijo conmovió a Tyrande profundamente. Se arrodilló y abrazó a Eriadnar durante un largo instante. Luego se levantó y se fue a ver a los refugiados. Estos alargaron las manos para tocarla, tímidos pero ansiosos a la vez, y Anduin vio la preocupación en sus rostros.

Tyrande pasó un brazo alrededor de una madre que llevaba a una criatura en brazos. Cuando habló, su voz tembló por primera vez desde el comienzo de aquel terrible trance:

—Anhelo regresar y luchar al lado de mi esposo, pero mi gente necesita saber que habrá alguien aquí cuando crucen el portal. Y por ello... me quedaré.

Sus ojos centellearon.

—Por ahora.

* * *

La reina Mia Cringrís ya se estaba preparando para salir hacia Darnassus antes de que su marido hubiera terminado de pedírselo, tal como él esperaba. Llevaban juntos tanto tiempo y habían superado tantas adversidades que ya no necesitaban hablar para saber lo que pensaba el otro. Aun así, Genn no pudo evitar recordarle que entrara y saliera lo más rápido posible. Mia le prometió que volvería en pocas horas.

Tras un beso intenso y cargado de amor para su esposo y un abrazo largo y compasivo para Tyrande —Mia sabía mejor que nadie el precio que pagaba la suma sacerdotisa por su decisión de quedarse en Ventormenta—, cruzó el portal solo media hora después de la llegada de la centinela Eriadnar a la ciudad. Con la seguridad de que los guardias de Ventormenta las seguirían poco después con provisiones y botiquines, Eriadnar y ella aparecieron en uno de los lugares de Azeroth que más amaba la reina: el Templo de la Luna.

Normalmente, el templo era un lugar tranquilo y espacioso. Pero en aquel momento estaba abarrotado, aunque de una manera todavía ordenada, y el rumor de un sinfín de voces quedas pero ansiosas ahogaba el tranquilizador borboteo de la fuente.

—¡Reina Mia! —exclamó el mago que había mantenido el portal abierto para que Eriadnar y ella pasaran—. ¡No os esperábamos!

—No pongas esa cara de sorpresa —replicó Mia, mientras se apartaba para que los elfos de la noche que esperaban con paciencia pudieran cruzar hacia Ventormenta.

Les hizo un gesto tranquilizador con la cabeza, rebosante de su habitual confianza y jovialidad.

—A mí no me sorprende —dijo Astarii Buscaestelar mientras se acercaba a ella con una cálida sonrisa—. Cómo no ibas a venir.

Las dos mujeres se abrazaron. A la reina no le gustaba tener «favoritos», pero la sacerdotisa de voz suave y cabello verde tenía algo especial. Siempre habían congeniado.

—¿Qué tal están todos? —le preguntó discretamente.

—Somos kaldorei —se limitó a decir Astarii.

A Mia se le hizo un nudo en la garganta. Rara vez Genn le ocultaba secretos, y las noticias que le había contado eran aterradoras. Le había pedido que se asegurara de que todos los gilneanos de Darnassus llegaban a salvo a Ventormenta... y que volviera una vez cumplida la tarea. Pero en ese momento tomó una decisión. No era la primera vez que Mia Cringrís hacía lo que le dictaba el corazón, con independencia de lo que quisieran los demás, incluido su esposo.

—Estaré aquí un tiempo —dijo—. Una vez que mi gente esté a salvo, me quedaré a ayudaros.

—Reina Mia, no creo que al rey Genn...

Mia le impuso silencio con un ademán.

—Tú déjame a Genn a mí.

Pese a la tensión reinante, los labios de Astarii esbozaron el fantasma de una sonrisa.

—Vos lo conocéis mejor, majestad.

—Así es. Bueno. —Se volvió hacia el mago—. Maelir, ¿verdad?

—Sí, majestad.

—¿Me harás el favor de ir al Roble Quejumbroso para colaborar en la evacuación?

—Por supuesto —dijo él—. Será un gran honor ayudar a los gilneanos.

* * *

La ayuda continuó llegando poco a poco al Refugio Brisa de Plata. Delaryn no esperaba que recibieran refuerzos suficientes a tiempo para poder derrotar a la Horda en ese lugar. De hecho, ni siquiera esperaba que pudieran llegar. Pero el Falfarren era el lugar perfecto para frenar su avance y enviar a algunos orcos, trols y demás miembros de la Horda con sus antepasados.

Llegó un druida, exhausto tras volar desde Darnassus sin descanso, con una carta de Malfurion. Eriadnar se había puesto en contacto con él, le dijo a Delaryn. Tyrande estaba con el rey Anduin, que se había comprometido a ayudar con la evacuación y enviar refuerzos. Por su parte, Malfurion había enviado varios grupos de druidas a ayudar a Delaryn.

—Llegarán en breve —dijo el druida intentando tranquilizarla, a pesar de su agotamiento—. Los bosques y las aguas son nuestros amigos. Cuanto más podamos cooperar con la naturaleza que tanto nos ha nutrido, mayor será la desesperación de nuestros enemigos.

—Gracias —le dijo Delaryn—. Vuestras habilidades nos serán muy valiosas aquí. Vallefresno está en deuda con vosotros... y yo también.

Ordenó que le llevaran bebida y comida al agotado druida. Luego desdobló la carta. Era bueno que empezaran las evacuaciones, pero estaba preocupada. Al igual que los enanos de la Liga de Expedicionarios, la mayoría de viajeros atravesaba los portales de uno en uno... Como mucho, de dos en dos o de tres en tres. Para una persona era una manera maravillosa de viajar con rapidez de un lugar a otro, pero no servía para evacuar una ciudad entera.

Ni para transportar un ejército.

«Contendremos a la Horda todo lo que podamos —les había dicho a sus tropas—. Cada paso que den en nuestra tierra les costará muy caro».

Esperaba fervientemente que Malfurion le explicara en su carta cómo convertir en realidad esa afirmación.

«Le he enviado un mensaje a la general Plumaluna —escribía el archidruida—. La flota que transporta a los soldados de la general regresará de inmediato. También he autorizado a los magi a que te ayuden y yo mismo me dirigiré en breve a Vallefresno.

Ten valor, comandante Luna de Verano. No estás sola.

Elune estará con nosotros».

En ese momento, con un remolino, se abrió un portal y los elfos de la noche —tan reservados de ordinario— prorrumpieron en vítores. Los magi que habían cruzado, que hasta entonces siempre se habían encontrado con bienvenidas discretas en Darnassus, sonrieron sorprendidos. Los vítores se redoblaron con cada portal que abrían y llegaron a su apogeo cuando, en el transcurso de varios minutos —y con no pocas interrupciones—, apareció por ellos una docena de osos, aves y sables de la noche.

«Gracias, shan'do».

—Necesitaremos vuestro fuego —les dijo Delaryn a dos de los magi, que se habían presentado como Sarvonis y Ralara—. Tenemos cosas que quemar.

Los puentes que salvaban el río Falfarren —arcos de madera tallada y piedra labrada con exquisita pericia— serían los primeros en caer, por supuesto. Delaryn había enviado soldados a cruzarlos, en grupos de diez a veinte.

También ellos tenían órdenes relativas al fuego.

Ferryn había informado de que la Horda contaba con máquinas de asedio. Si el ejército invasor lograba llevarlas desde la Empalizada Mor'shan hasta el río, provocarían grandes daños. Y, si cruzaban el río...

La mera idea de ver a la Horda en Darnassus, arrastrándose por sus hermosas pasarelas de piedra blanca, profanando su templo, saqueando sus preciosos artefactos, hasta pisoteando los espacios de vegetación que se entretejían con tanto primor por toda la ciudad... Delaryn no podía ni concebirla. Cuantas más máquinas de asedio y armamento pudieran sabotear ahora, menos llegarían a las arenas de la Costa Oscura, a atacar su hogar.

Todos aquellos capaces de caminar habían sido movilizados. Hasta los que normalmente tenían consideración de civiles —sastres, vendedores de comida, posaderos— habían aprendido con los siglos a luchar lo bastante bien como para defenderse. A los pocos que no podían hacerlo —madres con niños pequeños, heridos— ya se los habían llevado a Ventormenta a través de los portales al llegar los magi.

Con una punzada de desdicha, Delaryn observó cómo aquellos a quienes la habían mandado a proteger se unían a sus hermanas centinelas en carreras silenciosas por los puentes, armados con arcos y dagas.

Sin oírlo, percibió la llegada de Ferryn por detrás. El druida le puso en el hombro una mano cálida y fuerte, y, durante un brevísimo instante, Delaryn sintió que lo habría dado todo por volver a estar acostada con él, como aquella mañana, antes de que la quietud del bosque se rompiese en mil pedazos. O, mejor aún, por pasear con él por una Darnassus a salvo y tranquila.

Los magi aguardaban la orden.

Delaryn respiró profundamente.

—Quemadlos.

Sarvonis ahuecó las manos y movió una alrededor de la otra. Por alguna jugarreta de la memoria, Delaryn recordó un momento en el que armó una bola de nieve en la cima de una montaña y se la lanzó a un sorprendido Ferryn. El recuerdo hizo que aflorara a sus labios la sombra de una sonrisa.

En la palma de la mano del mago apareció un tenue parpadeo de luz que se convirtió en una pequeña esfera de llamas naranjas. La bola salió disparada hacia el puente trazando un arco desde las manos de Sarvonis. La hermosa construcción estalló en llamas e inundó la noche con un chisporroteo estruendoso y furioso.

El ruido de unos gritos casi imperceptibles llegó hasta los oídos de Delaryn y un fino penacho de humo ascendió a los cielos desde los árboles lejanos. Una máquina de asedio había quedado destruida... Una máquina menos que ya no haría llover piedras sobre una ciudad que tanto había soportado durante su breve existencia.

Y entonces empezaron a batir los tambores.

La centinela se puso tensa bajo la mano de Ferryn.

—Dime qué necesitas que haga —dijo este.

«Sobrevivir» —pensó ella. Pero lo que respondió fue:

—¿Has trabajado antes con esos druidas, los que han venido por los portales?

—Sí, con algunos. Formamos un buen equipo.

—Pues llévatelos y haz que la Horda piense que somos más de los que esperaban.

Ferryn contempló el río, que ahora arrastraba trocitos de madera carbonizada. Su mirada siguió los fragmentos ennegrecidos corriente abajo, y luego fue en dirección contraria. Entornó los ojos.

—Creo que podemos hacerlo —dijo.

Atrajo a Delaryn con los brazos y la besó, esta vez con delicadeza, antes de apoyarle los labios sobre la frente.

—Sé que tienes miedo —le susurró al oído—. Y sé que es por nuestra gente, no por ti. Pero no desesperes, aún no estamos vencidos. Y haremos que cada muerte cuente.

Le acarició la mejilla y se marchó.

Delaryn volvió la vista atrás y contempló el río. Apretó los labios con fuerza.

—Ven —le dijo a la centinela Vannara—. Vamos a hostigarlos como no se imaginan.

«Destruiremos todas las armas que podamos. Les haremos creer que somos más de los que pensaban. Los acribillaremos a flechazos, los aplastaremos y los estrangularemos con los propios árboles de estos bosques. Les mostraremos una ferocidad que los dejará consternados y conmocionados.

»Mantendremos la posición».

* * *

Habían pasado años desde la última vez que Ferryn estuvo en Vallefresno por última vez, pero lo recordaba bien. El río Falfarren estaba ahora de su parte, pero solo les valdría para ganar tiempo. El gigantesco ejército que había visto acabaría por cruzarlo, aunque fuera sobre las espaldas de sus propios muertos.

«Lo cual —pensó en un acceso de macabro regocijo— no me importaría lo más mínimo».

No sabía hasta qué punto conocía el enemigo el terreno de Vallefresno, pero no tenía intención de subestimar a Colmillosauro ni a la Dama Oscura. La Horda ya había invadido —y ocupado— en el pasado algunos de sus confines. El orco sabía tan bien como Ferryn que el punto más estrecho del Falfarren se encontraba al norte, justo debajo de las ruinas de Xavian. La Horda se dirigiría hacia allí.

El plan de Ferryn era muy sencillo. Tal como le había ordenado su comandante, llamó a todos los druidas y se lo explicó con rapidez.

—Nos superan en número, y lo saben. Nuestro cometido consiste en hacerles dudar de ello. Pronto traerán sus máquinas de asedio para buscar la forma de cruzar. La comandante Luna de Verano atacará por el otro extremo del río, mientras que otros grupos patrullarán para impedir que la Horda lo cruce. Tocarán los cuernos cada vez que avancen sus fuerzas.

»Los esperaremos en las pozas que hay cerca de Xavian y también en otros sitios... Estaremos donde nos necesiten, cuando nos necesiten.

Los druidas se miraron entre sí, confundidos.

—¿Y cómo vamos a hacerlo? —preguntó uno de ellos.

Ferryn esbozó una sonrisa burlona y, como única respuesta, señaló hacia arriba.

* * *

Tras la primera oleada de sabotajes contra las máquinas de asedio de la Horda, Delaryn replegó sus fuerzas hasta la orilla occidental del Falfarren. Habían hecho cuanto habían podido, pero ahora la Horda se estaba acercando. Y Delaryn se lo permitió.

Los elfos de la noche iban equipados con cuernos. Cada vez que la Horda se concentraba en el lado opuesto del río y empezaba a cruzarlo a nado, los kaldorei disparaban sus flechas y llenaban el río de cadáveres de la Horda. Cuando el enemigo conseguía llegar a la otra orilla, los elfos de la noche caían sobre el grupo en cuestión, lo rodeaban y hacían pedazos, antes de recuperar sus flechas y volverse contra los siguientes miembros de la Horda que habían tenido la desgracia de quedar rezagados.

El plan de Ferryn —tener grupos de druidas que se desplazaban entre los árboles cada vez que oían una llamada a las armas— estaba funcionando de un modo brillante, pero no podía durar mucho. Los cuernos parecían tocar sus notas, paradójicamente dulces, a cada momento.

Delaryn no había buscado el cargo de comandante, pero tampoco lo eludiría. Saltaba a la refriega y luchaba con furia al lado de sus camaradas; usaba el arco para matar a larga distancia y la guja lunar para el combate cuerpo a cuerpo.

Un grupo de seis —tres trols, dos tauren y un elfo de sangre— llegó hasta la orilla. Sus guerreros, los tauren y dos de los trols, habían formado una muralla de escudos y estaban desviando la peor parte de las lluvias de flechas. Delaryn relajó la respiración, apuntó y aguardó.

Lo tenía: un espacio de apenas tres dedos. Dejó volar la flecha.

Vio un remolino violeta por el rabillo del ojo. Vannara, que había estado a su lado, se desplomó sobre el suelo. Una saeta flechada con plumas rayadas y de astil esbelto, adornado con aros de metal y cuentas, le salía de la garganta.

Solo el instinto de Delaryn y los siglos de entrenamiento con que contaba la salvaron: impulsada por el instinto, saltó a un lado justo a tiempo. Una segunda flecha pasó a su lado con un silbido de frustración y fue a clavarse en el tronco de un árbol.

La centinela dio un salto y se volvió al tiempo que disparaba. Al tiempo que tocaba el suelo, dos puntitos rojos centellearon a la sombra de los árboles, al otro lado del río: una cara oculta en parte por una capucha roja.

El rostro tenía un tono azul grisáceo, pero no el saludable de la piel de los bendecidos por Elune, los elfos de la noche. Los matices de verde de aquella cara recordaban a todo el que la viera la podredumbre que contenía. Las marcas que lucía eran negras y sus ojos, de un brillante carmesí.

Sylvanas Brisaveloz.

La Dama Oscura, jefa de guerra de la Horda, carnicera de miles. Todo lo que era anatema para los elfos de la noche —desprecio por la naturaleza, odio por la vida, acciones irresponsables— se encarnaba en aquella alma en pena monstruosa. Y estaba ahí.

Si su líder caía, el ejército se sumiría en el caos. Si cortas la cabeza, se desplomará el cuerpo.

En el lapso de medio latido de corazón, Delaryn había cargado y disparado.

Pero Sylvanas ya había desaparecido.

—¡No! —La centinela fue incapaz de contener un grito breve y estridente.

«Podría haber terminado con todo, aquí mismo...».

Una nueva andanada de flechas cayó con silbidos agudos. Delaryn contuvo la desesperación que la paralizaba. Aquello solo serviría para dar alas al enemigo. No renunciaría a la esperanza.

«Elune, protege a tus hijos. Protégelos de estos monstruos. Danos fuerzas para librar esta batalla y mantener a salvo a nuestra gente».

Y, como si respondieran a esa plegaria, varios sables de la noche rugieron tras ella. Las cazadoras de Astranaar habían llegado para unirse a la batalla. Los cansados combatientes las aclamaron.

Una cazadora se acercó a Delaryn. La comandante siguió disparando, pero aguzó el oído para oír las nuevas que traía.

—¡Viene el shan'do!

Malfurion Tempestira estaba a punto de llegar, como había prometido. Era el momento de replegarse y pasar a la siguiente fase de su plan.

—Tráeme a un druida —le ordenó a la cazadora—. El shan'do ha de saber que la jefa de guerra está aquí.

* * *

Al sur, el sonido de los cuernos anunció que una nueva oleada de siervos de la Horda se había prestado voluntaria para morir sin saberlo. El hocico de un sable de la noche no estaba pensado para reír, pero, aun así, una intensa satisfacción frunció los músculos que rodeaban los grandes colmillos de Ferryn.

El plan había resultado brillante. Cada vez que caían desde lo alto, en forma de sables de la noche o de grandes aves, los miembros de la Horda quedaban estupefactos mientras la muerte descendía sobre ellos... si es que llegaban a levantar la mirada, lo cual no era frecuente. Los dieciséis druidas que recorrían las copas de Vallefresno eran rápidos, silenciosos y cuidadosos. Con tantos de ellos en las ramas, era fácil que alguna cediera. Pero la «manada» de Ferryn, pues eso es lo que era, tenía siglos de experiencia con aquellas formas y calculaba los riesgos con tal rapidez que ni siquiera se daban cuenta de ello.

Saltaban de rama en rama, silenciosos como la muerte, moviéndose con un ritmo perfecto, acompasado por su respiración y el latir de sus corazones. En un momento dado, un ruido hizo provocó que una de las orejas de Ferryn se desviara en su dirección. Volvió su enorme cabeza y husmeó el aire, pero no captó ningún olor ni vio nada. Acababa de aterrizar en otra rama cuando, tras él, dos de las grandes aves profirieron un grito de agonía. Una cayó en picado sobre la suave hierba que había debajo, mientras la otra se estrellaba contra un árbol con fuerza brutal.

Cuando los siguientes shurikens cortaron el aire, Ferryn los oyó y saltó hacia un lado con una sacudida del cuerpo felino, mientras cambiaba de dirección con sus hermanos restantes para hacer frente al asesino. Uno de ellos no tuvo tanta suerte y se desplomó de la rama entre aullidos.

El viento cruel que había impedido que olfateara al elfo de sangre cambió de sentido y el hedor llenó los orificios nasales de Ferryn. Pero no pudo precisar dónde se encontraba el pícaro. Hasta que fue capaz de verlo. El imprudente sin'dorei se había delatado al saltar a través de un pálido rayo de luna y aterrizar en la rama de un árbol antes de impulsarse a la siguiente. Ferryn y los demás fueron tras él.

El pícaro eludía la línea de batalla de manera deliberada, eso era indudable. Pero lo que no acababa de comprender era que se encontraba en el mundo de los elfos, no en su reluciente capital de rojo y oro. Hasta las raíces y ramas obedecían al druida que había adoptado forma de kaldorei y le permitían desatar la cólera del bosque profanado.

Los árboles despertaron, con un estremecimiento de las hojas, y se prepararon para atrapar al intruso.

Dos shurikens cortaron el aire con un silbido. Ferryn y los demás se revolvieron para esquivarlos y solo el dominio de sus formas les permitió aterrizar sobre las ramas o escapar volando al cielo abierto. Shenda, esbelta, gris azulada y furiosa, saltó sobre el elfo de sangre. Con las garras extendidas y sus larguísimos colmillos al aire...

Y Ferryn contempló horrorizado cómo de repente se abría su garganta y la sangre manaba como un río mientras la elfa caía en picado hacia el suelo.

Más allá, un grupo de hermanos y hermanas de Ferryn, demasiado concentrados en su burlona presa, aterrizaron a la vez en una misma rama. Pero el pícaro ya no estaba ahí. La rama cedió con un chasquido terrible, aumentado por los gritos lanzados por los sables de la noche antes de que se estrellaran contra el suelo con un golpe devastador.

Era demasiado tarde. Ferryn lo supo en cuanto cayeron. El pícaro los mataría antes de que pudieran recuperarse para defenderse. Los druidas que seguían en los árboles alzaron el vuelo o saltaron de rama en rama para ayudar. Ferryn intentó serenarse y continuar.

Un segundo más tarde resonó el estruendo de un disparo.

El pícaro tenía un amigo. Bien. Ferryn, presa de la pena y la rabia, estaba dispuesto a matar a más de...

—Vete —le llegó esta sola palabra susurrada.

Cualquier otro habría pensado que acababa de oír el viento cantando entre las hojas, y nada más, pero Ferryn sabía que aquella era la voz de su shan’do.

Malfurion Tempestira.

Ferryn no era capaz de ver a su maestro, pero Malfurion sí que podía verlo a él. Y no solo a él, sino también su corazón enfurecido y quebrantado. Como tantas veces antes, Malfurion había dicho exactamente lo que Ferryn no quería oír..., pero necesitaba.

Se aferró al árbol con todas sus fuerzas como protesta. La furia le teñía la vista de rojo y sus tirantes músculos felinos pugnaban por desobedecer. Pero el shan'do tenía razón. El pícaro y el cazador no serían rivales para el archidruida, y Ferryn sobreviviría para seguir luchando.

Notó el roce de una energía sanadora que renovó sus extremidades y reavivó sus sentidos, aunque no calmó su espíritu. A sus pies, el pícaro, el cazador y la mascota de este estaban ejecutando a los compañeros de Ferryn. Oyó sus gritos y olió su sangre.

Pese a todo, tenía que irse.

Con un gruñido de angustia, reunió toda su serenidad, se volvió bruscamente y regresó al río.

De manera tan natural como si respirara, saltó de rama en rama, convirtiendo su rabia en movimiento. Mientras seguía el Falfarren hacia el sur, ya casi había llegado a la zona donde Delaryn estaba combatiendo cuando oyó un terrible sonido, a medio camino entre un chirrido y un gemido.

Había luchado en Rasganorte y conocía los sonidos del hielo y la nieve. Había visto cómo agrietaban los glaciares mientras, con un enorme estruendo, se desprendían y se hundían en las gélidas profundidades grandes fragmentos de agua marina helada, de todas las tonalidades verdiazules.

Y también conocía ese sonido. Era el ruido que hacía el hielo creado por medios mágicos.

Estaban helando el Falfarren.

«¿Por qué no fuimos capaces de prever esto?», pensó con desesperación mientras cruzaba como un rayo las gruesas ramas flexionando y distendiendo los músculos con renovada velocidad. Entornó los ojos al toparse de repente con un brillo anaranjado. Uno de los magi de la Horda había creado luz para sus camaradas. Ferryn hincó las garras en las ramas para no caerse, como les había pasado a los otros.

Estaban gritando, canturreando en uno de sus horrendos idiomas. Pasados unos segundos preciosos, el druida negó con la cabeza, abrió los ojos y reanudó su carrera por las ramas superiores.

Mientras Ferryn y su manada se desplazaban arriba y abajo del río, atacando a los soldados de la Horda que intentaban ganar la orilla, otros elfos de la noche se unieron al grupo. Les dijeron que habían caído todos los magi Altonato. Su ayuda había sido inconmensurable en las primeras fases para quemar puentes y máquinas de asedio, pero los arqueros de Sylvanas —y quizá la misma Dama Oscura en persona—, conscientes de su importancia, habían ido a por ellos. Así que ya no quedaban magi para fundir el hielo en el que se había convertido el río embravecido.

La iluminación mágica había desaparecido. La noche había caído de nuevo, y esa era la hora de los kaldorei. A casi todas las razas de la Horda les gustaba el sol, y el anochecer complicaba las cosas a unos ojos que estaban más acostumbrados al nítido brillo de los desiertos que a la sombra del bosque. Además, Ferryn contaba con la aguzada vista de la forma de gran felino que había adoptado.

Escrutó el hielo que había más allá del follaje, resplandeciente bajo los primeros rayos de la luz de la luna. La primera oleada de la Horda ya había conseguido ganar la orilla. Algunos de ellos resbalaron y cayeron en su afán por llegar hasta el odiado enemigo, pero la mayoría solo resultaron heridos en su orgullo. Un número importante ya había cruzado en ese momento. Sin duda, más habrían vadeado el Falfarren en otros puntos a lo largo de su curso.

Y el alto señor supremo estaba entre ellos.

A Ferryn se le erizó el pelaje. Filtró las cacofonías del combate, el tintineo del entrechocar de los aceros y el chasquido los martillos que machacaban huesos, los vítores y los gritos de los moribundos... y el olor de la sangre, tan discordante en combinación con los fértiles aromas vegetales de Vallefresno. El elfo se centró por entero en el orco que corría.

«Si pudiera acabar con él ahora...».

Unas cuantas ramas más, otro salto... y el orco canoso, que empuñaba el hacha con la habilidad y la furia de un maestro, quedó solo a un brinco de distancia. Bajo aquella luz tenue, atento como estaba al fragor de la batalla, Colmillosauro nunca vería al druida.

Ni tan siquiera al morir.

Ferryn saltó, con las fauces abiertas, las garras extendidas y el corazón aporreándole el pecho.

Otro destello: de nuevo el hechizo de un mago.

Los ojos de Colmillosauro se encontraron con los de Ferryn.

El druida estaba demasiado lejos. Sintió el roce del aire desplazado por el hacha del orco al caer. Tan fuerte fue el golpe y tan afilada estaba el arma que, durante las milésimas de segundo siguientes, Ferryn no supo distinguir lo que veía su cabeza cercenada al dar vueltas en el aire.

Pero tuvo tiempo de entender que había fracasado antes de sumirse en la nada.

* * *

De camino a Feralas, la flota se había encontrado con un tiempo peligroso. Las tormentas habían hecho perder el rumbo a varios veleros y ya iban retrasados. Aunque Cordressa había espoleado a la tripulación para ir a todo trapo, no tenía prisa alguna en sufrir el sol inclemente y las arenas ardientes de Silithus.

Shandris Plumaluna y ella se conocían, claro, consagradas como estaban a la causa de lady Tyrande. Pero Cordressa nunca había servido directamente a las órdenes de la general de los centinelas. Se había mostrado tranquila y centrada al hablar con Delaryn del destino que le habían asignado, feliz de que su joven amiga tuviera la oportunidad de servir con la comandante Aireleña. Pero Anaris Aireleña apenas era famosa. Shandris Plumaluna era una leyenda y, en secreto, Cordressa estaba hecha un manojo de nervios ante la perspectiva de reunirse con ella.

Tal preocupación resultó infundada. La gran amistad de Shandris con Tyrande estaba arraigada en sus similitudes, y la mítica arquera y general resultó ser una persona cálida y accesible. Shandris lideraba casi sin esfuerzo, premiando la eficiencia y la dedicación con elogios e inspirando a sus tropas a superarse. Había normas, claro, pero tenían sentido; había disciplina, pero nunca castigos, y hasta las amonestaciones eran poco más que palabras bien dirigidas.

Con mucha frecuencia, la general invitaba a Cordressa a compartir mesa en su camarote mientras las tormentas arreciaban fuera. Descorchaban botellas de vino, se contaban historias y cada día daba paso al siguiente.

Estaban hablando de las mejores remeras para flechas cuando Shandris avistó una forma en el cielo nocturno. Cordressa siguió la mirada de la general y sintió un escalofrío.

Era un pájaro más grande que una gaviota, y volaba de noche.

Un cuervo de tormenta.

Solo había una razón para su presencia. Cordressa y Shandris se levantaron de la silla mientras el cuervo de tormenta que no era tal aterrizaba en la cubierta y recuperaba su forma élfica. La druida temblaba de agotamiento. Parecía muy joven. «¿Dónde estarán los demás druidas, para que Malfurion se vea obligado a echar mano de jóvenes que apenas han acabado su entrenamiento?».

—No, hermanita —le dijo Shandris mientras la druida se esforzaba por levantarse—. No te canses más, pero dime. ¿Qué ha pasado?

Cordressa le sirvió a la chica un poco de agua en una copa y Shandris se arrodilló para ofrecérsela.

—La Horda —dijo la druida tras apurarla—. Su ejército... ha dado la vuelta. Se dirigen a Darnassus, no a Silithus. Me envía Malfurion. Tenéis que volver todos.

El horror cayó sobre Cordressa como un chorro de agua helada.

—No.

Tomó aliento. Darnassus no. No la ciudad por la que tanto habían sacrificado. Y Del...

Estaba justo en medio del camino del ejército.

Shandris, curtida en mil batallas, se recuperó con más rapidez que ella.

—Hay que reconocer que el plan era muy astuto —murmuró—. En cada uno de sus pasos —dijo con la mirada perdida, pensativa—, pero no han tenido en cuenta que navegaríamos con tanta lentitud. ¿Has venido a buscarme a mí primero?

—Sí, general —dijo la druida—. Debía contártelo a ti antes que a los demás.

—Lamento pedirte esto, pero... ¿tienes fuerzas suficientes para llevar este mensaje al resto de barcos? ¿Los que nos siguen?

Tyrande los había enviado de manera escalonada para confundir a la Horda..., aunque en vano, comprendían ahora.

—Por supuesto —dijo la joven druida.

Cordressa no estaba tan segura, pero no les quedaba más remedio.

—Pues hazlo —le ordenó Shandris—. Diles que sus druidas ordenen a la naturaleza que traiga viento. Tenemos que regresar a la Costa Oscura de inmediato. ¿Comprendes?

La druida, pálida y ojerosa, asintió con el mejor de los ánimos.

Shandris sonrió y le estrechó el hombro con la mano.

—Solo te pedimos un esfuerzo más. Luego podrás descansar. ¿Cómo te llamas?

—Teshara.

—Teshara —dijo Shandris con gravedad—, puede que acabes de salvar a tu pueblo.

Pese a todo el agotamiento y el miedo que sentía, la expresión de la joven druida se iluminó.

* * *

Delaryn no reconoció el extraño chirrido emitido por el río al helarse hasta que fue demasiado tarde; poco después vino acompañado del rugido de los soldados de la Horda, alzando vítores y sedientos de sangre, al ver que ya podían cruzar.

No había esperado detener a la Horda en el Falfarren, sino que su intención era retrasarla el tiempo suficiente para que pudieran huir el mayor número posible de inocentes y que se unieran a la batalla todos aquellos kaldorei capaces de esgrimir un arma. Aun así, aquello fue un duro revés. La Horda estaba un paso más cerca de su meta, después de todos los que murieron para tratar de detenerlos.

Entonces, un mensajero trajo una noticia que fue como música para sus oídos.

—Malfurion está al caer.

Los druidas le habían dicho al joven correo que habían visto al ciervo blanco reluciendo como Malorne, besado por las lunas.

—Ha ordenado que algunos se queden a ayudarlo, pero ha dicho que los demás debíamos retirarnos e ir a buscarte.

«Gracias, Elune».

—Sylvanas va en ese ejército —le dijo Delaryn al mensajero.

Los ojos de este se abrieron de par en par, pero no dijo nada.

«No debería habérselo contado. ¿Qué podría hacer él si viera a la Dama Oscura? Aparte de morir...».

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

—Tavar.

—¿Qué eres capaz de hacer, Tavar?

La inseguridad del joven se esfumó de repente. Le dedicó una sonrisa fugaz, se sumió en las sombras... y desapareció.

La elfa no tenía tiempo para asombrarse, pero lo cierto es que lo estaba. El mensajero era muy bueno, a pesar de su juventud. Pensó en el Renegado que había matado a Anaris, en su rostro lascivo, en todos los que habían muerto a causa de las hojas envenenadas en un ataque que nadie se esperaba.

La ira se apoderó de ella. Y la aprovechó. Una idea incipiente comenzó a formarse en los recovecos de su mente.

—Necesito habilidades así. Busca a los druidas con los que has hablado y reúne un equipo. Luego tráelo, Tavar. Si Malfurion quiere que le consigamos tiempo, no debemos desobedecerlo.

Los sonidos del combate siguieron a la compañía de Delaryn mientras escapaban con pasos resueltos del bosque y la derrota en el Falfarren y se apresuraban hacia el objetivo siguiente... y una posible victoria.

* * *

Anduin era incapaz de dormir. Desde que empezara la batalla en Vallefresno, solo había podido descansar durante momentos fugaces e intermitentes.

Se vistió a toda prisa, encendió una vela y entró silenciosamente en la sala de mapas. Allí prendió unos cuantos candelabros, dejó la vela con cuidado sobre la mesa y contempló el mundo que se extendía ante él.

Vallefresno.

Recordó las cada vez más terribles misivas que habían logrado llegar hasta Tyrande y él.

«Hemos perdido el Falfarren.

Sylvanas está aquí.

Pánico en Darnassus».

—Veo que tú tampoco puedes dormir.

Las facciones de Genn, por lo habitual duras, se veían suavizadas por la luz de la vela que llevaba.

El joven rey volvió a contemplar el mapa.

—¿Hay noticias de la reina?

Los gilneanos del campamento del Roble Quejumbroso habían llegado poco después de que Mia partiera. Pero la reina se había quedado más tiempo para coordinar las cosas en Darnassus, algo que provocaba bastante inquietud a Anduin.

—Me envía cartas —dijo Genn—. Maldita cabezota... Hará salir hasta al último conejo antes de volver.

—¿Y quién de vosotros aprendió la cabezonería del otro? —inquirió Anduin, intentando sonreír.

—Llevamos tanto tiempo juntos que ni tan siquiera lo recuerdo —respondió Genn con un gruñido.

Fingía no estar preocupado, pero, en lo relativo a su familia, Genn Cringrís era más transparente de lo que le gustaba creer a él mismo.

—Y tú, ¿qué tal, chico?

Anduin se quedó callado un momento y señaló el mapa.

—Ni siquiera tenemos figuras suficientes para representar un ejército de ese tamaño —dijo con la voz quebrada—. Genn..., van a perder Darnassus.

—Lo sé —dijo el anciano con voz serena mientras se ponía al lado de Anduin—. Es una estrategia brillante. Eso se lo reconozco a la Horda.

Anduin hizo una mueca.

—Primero Theramore y ahora Darnassus. Se van a apoderar de todo Kalimdor salvo Bruma Azur. Y, recuerda bien mis palabras, no tardaremos en evacuar a los draenei de allí.

Los draenei apenas estaban en posición de ayudar a los sufridos elfos de la noche, aunque algunos valientes habían ido a hacerlo. Cuando cayera Darnassus, la Horda volvería sin duda sus ojos codiciosos hacia Bruma Azur.

—Es posible.

—La estrategia es más brillante de lo que crees —dijo el joven rey frotándose los cansados ojos.

—¿Eh? —Genn frunció el ceño—. ¿Por qué lo dices?

—La Horda nunca conquistará a una Alianza que permanezca unida. Juntos, somos imparables, aunque carezcamos de armada —dijo, refiriéndose a la terrible derrota que habían sufrido los barcos de ambas facciones en la Costa Abrupta durante la primera fase de la guerra contra la Legión Ardiente—. Pero, si nos dividen, podrán acabar con nosotros uno a uno.

—Ese día nunca llegará.

Anduin miró al rudo guerrero que se había convertido en su mentor y amigo.

—¿Ah, no? —preguntó sin alzar la voz—. ¿Y qué pasará cuando los kaldorei pierdan su Árbol del Mundo?

—Tomaremos represalias. Marcharemos contra Entrañas.

—Mantendrán Darnassus como rehén para impedir que lo hagamos. Y, aunque lo intentáramos, nunca conseguiríamos llevar a todos por un portal antes de que la ciudad cayera. Es imposible, no hay más. Si atacamos Entrañas o Lunargenta, la Horda destruirá el Árbol del Mundo y acabará con todos los prisioneros que haya hecho en esta batalla. ¿Crees que los elfos de la noche lo tolerarán?

Genn frunció aún más el ceño. No contestó.

—¿Y qué pasaría con Gilneas? —prosiguió Anduin, con la voz tan débil que apenas era poco más que un susurro—. ¿Qué me dirías si optara por ayudar primero a los kaldorei?

Cosa que haría, especialmente si la Horda amenazaba a miles de prisioneros. Y Genn lo sabía.

—Yo no puedo hacer nada si la Alianza está dividida —prosiguió Anduin—. Y eso es lo que pretenden, Genn. No solo tomar Darnassus, sino también usar esto contra nosotros, atacar el mismo corazón de lo que constituye la Alianza de nuestros reinos. Sylvanas quiere enfrentarnos unos contra otros. Ese es el gran plan.

Negó con la cabeza, con la vista posada sobre las figuritas que había sobre la mesa.

—He sido un necio por no haberlo visto antes.

Genn permaneció callado un largo rato.

—¿Cuándo has aprendido tanto sobre estrategia?

El joven rey rio sin ganas.

—Mientras leía en lugar de estar entrenando.

—Pues eres un necio.

Anduin se volvió para mirarlo, sorprendido por aquellas palabras.

—Eres un necio si piensas siquiera por un momento que te retiraría mi apoyo solo porque has decidido ayudar a los kaldorei. ¿Que si quiero recuperar mi reino? ¿Que mi pueblo regrese a sus hogares? ¡Pues claro! Pero ¿lo quiero tanto como para permitir que sufran elfos de la noche inocentes, cuando han ayudado con tanta generosidad a los gilneanos durante estos últimos años? ¿Cuándo han mitigado la maldición de los huargen para que pudiéramos aferrarnos a lo que queda de nosotros sin sumirnos en la locura? ¿Cuándo nos han dado de comer, nos han acogido y nos han ofrecido un hogar después de que nos quedáramos sin nada?

Genn emitió un sonido despectivo, a medio camino entre un jadeo y un gruñido.

—No, yo nunca traicionaría esa bondad dándoles la espalda. Eso es lo que Sylvanas no comprende de los vivos. Ni, desde luego, de la Alianza. Y le espera un despertar muy duro, escucha bien lo que te digo.

Durante un momento, Anduin lo contempló con asombro. Y luego, por primera vez en lo que se le antojaban eones, sonrió con verdadero placer. En medio de toda aquella desolación, ese miedo, aprensión y horror, encontraba algo bueno, sólido y auténtico a lo que agarrarse. Y había sido Genn Cringrís —con su mal genio y su cabezonería huraña, el mismo que se apartara de la Alianza y se recluyera tras una muralla para satisfacer su propio egoísmo— quien se lo había regalado.

—Te escucho, Genn Cringrís, y mi corazón se llena de dicha ante tus palabras. Son un faro en un momento de terrible oscuridad.

Ambos hombres se volvieron para mirar a Tyrande, que estaba de pie en el umbral de la puerta, aún vestida con la túnica de sacerdotisa. Aunque su rostro estaba marcado por el dolor, había una dulzura y una luminosidad en él que Anduin no había visto desde hacía días. Tyrande avanzó hacia ellos con un pergamino enrollado en la mano.

—Venía a traeros malas noticias. No sabía que, al hacerlo, oiría unas palabras que revivirían mi alma. Muchísimas gracias.

Levantó la mano y murmuró algo. Era imposible que Anduin notara el soplo de la brisa del bosque entre su cabello, pero lo hizo. Olió el verano y la vida, y el viento se llevó su cansancio como si fueran las semillas de una amapola silvestre.

—No nos dividirán. Aunque caiga mi ciudad. —Cerró los ojos, dolorida—. Han decidido resistir en Astranaar.

Cuarta parte: La resistencia final

Los cobardes están a punto de tomar

la joya de nuestra ciudad.

Una última vez, plantaremos cara.

En el último acto de la función,

bajo la luz de las lunas,

entre los destellos de nuestras espadas

y el cantar de nuestras flechas,

triunfaremos...

o caeremos.

* * *

«Regresa ya. La horda ha invadido Vallefresno y se dirige al Árbol del Mundo. Vuelve antes de que te sea imposible».

Mia le dio las gracias al correo, que tenía cometidos mucho más importantes que llevar cartas de Genn Cringrís a su esposa. Dobló la misiva y se la guardó al lado del corazón. Las palabras eran francas y directas. A cualquier otra le habrían parecido frías o incluso autoritarias, pero, tras décadas de matrimonio, Mia sabía exactamente qué significaba aquella carta tan escueta. Que su marido estaba preocupadísimo por ella.

Y hacía bien en estarlo.

Pero ella también hacía bien en quedarse allí todo cuanto pudiera.

No le había costado más de un par de horas enviar a todos los gilneanos a Ventormenta, pero amaba a las gentes de Darnassus y se quedaría hasta el último momento. Se había convertido en la embajadora de Ventormenta, a falta de otra. Permanecía al borde del Templo de la Luna para que pudieran verla, y dirigía el cada vez más consternado torrente de elfos de la noche, asegurándoles que encontrarían ayuda y refugio en el reino de los humanos.

Astarii fue a verla durante uno de esos momentos de calma que cada vez eran más raros.

—Tengo el corazón dividido —dijo la sacerdotisa—. Me gustaría que estuvieras en Ventormenta, pero a la vez me alegro de que estés aquí. Ellos confían en lo que les dices... y tu pueblo y tú os habéis ganado esa confianza. Si dices que estaremos a salvo en Ventormenta, es que es verdad.

Las amables palabras produjeron unas lágrimas inesperadas en los ojos de Mia.

—Mi esposo está al otro lado, esperando para recibirlos. Sacaremos a todo el mundo.

«De un modo u otro», pensó, aunque sin llegar a decirlo.

—No digas eso —respondió Astarii en voz baja para que solo la oyera Mia—. Esa parte, al menos, no es cierta.

El corazón de Mia se estremeció al oír esas palabras porque sabía que decían la verdad.

—Haces que me avergüence, amiga mía.

—No era mi intención.

—Lo sé, tienes razón.

Se volvió para contemplar de nuevo la multitud.

—Encontraremos refugio para todos los que lleguen a Ventormenta. Y enviaremos soldados para liberar a quienes no lo consigan.

Levantó la barbilla, desafiante.

—Y mi marido encabezará la carga.

Astarii volvió a sonreír con calidez.

—Eso sí me lo creo —dijo.

* * *

Ferryn no se encontraba entre los druidas que había reunido Tavar.

El miedo cerró una mano helada alrededor del corazón de Delaryn, pero lo alejó a la fuerza. Si seguía vivo, estaría luchando por su gente en cualquier sitio. Si lo habían matado, ella ya no podía hacer nada. Muchos otros habían muerto. Y más se unirían a ellos muy pronto, quizás ella misma. Había aceptado esa posibilidad hacía tiempo, al convertirse en centinela. Proteger a los kaldorei era la misión de su vida y, en ese momento, hacía cuanto estaba en su mano para darles tiempo.

En cuanto a los muertos... Estaban en el seno de Elune. Sus cuerpos volverían a la tierra. Seguirían existiendo, aunque fuera de una forma distinta.

El plan que propuso fue recibido con horror, tal como esperaba.

—¡Son nuestros amigos! ¡Nuestras familias! —le dijo Mareela, una de las cazadoras de Astranaar, con un rugido escandalizado—. ¡Ya lo han dado todo!

—Sus espíritus ya se han ido —replicó Delaryn—. Y sí, claro que deberíamos devolver sus cuerpos a la tierra con reverencia, pero ahora no tenemos tiempo para ello... Al menos, si queremos salvar a los miles que intentan huir desesperadamente. Los muertos, muertos están, Mareela. Se han sacrificado por salvar vidas inocentes. Y lo harán de nuevo... una última vez.

Delaryn no quería convertirlo en una orden explícita. La idea la destrozaba por dentro, como a todos los que estaban bajo su mano. ¿Habría podido hacer lo mismo de haber sido Cordressa la que yacía allí?

¿O Ferryn?

Y la respuesta se le apareció con tanta claridad como los cadáveres que tenía al lado. Sí, sí que habría podido..., porque cada elfo de la noche haría todo lo posible para impedir que la Horda contaminara su resplandeciente ciudad.

—Honraremos su recuerdo —dijo mientras los demás, pese a sus muecas de dolor, obedecían y se marchaban.

Había sacado la macabra idea de las historias de cuando la Horda ocupó el Refugio Brisa de Plata, años antes: aquella vez, dieron caza a los que huyeron y dejaron que sus cuerpos se pudrieran al aire como aviso.

Los elfos de la noche eligieron los cuerpos con cuidado, entre los que habían caído en combate cerca de Astranaar. Examinaron los cadáveres, muchos de los cuales habían sido amigos suyos, para ver si podían disimular sus heridas con espadas, capas u otros ropajes.

Delaryn ordenó también que peinaran las zonas más recónditas del bosque, con la esperanza de recuperar a los que habían caído a manos de los pícaros salidos de las sombras... ¿Cuántos días hacía? Había perdido la cuenta. Demasiados, dedicados solo a luchar, robar unos minutos de sueño y unos bocados de comida cuando era posible, intentando ir un paso por delante de las dos mentes más brillantes de la Horda y de un ejército que superaba a los elfos de la noche en una proporción de ocho a uno. O más, a esas alturas.

Se centró en aquella tarea desoladora. Por alguna extraña razón, había guardado el arma del Renegado que había matado a Anaris. La sacó del cinto y la examinó para cerciorarse de que la letal toxina aún perduraba. Seguía allí, aunque oscurecida por la sangre seca de la antigua comandante de Vallefresno. Se acercó a una centinela que había caído abatida por la flecha de un forestal, se arrodilló junto a la elfa de la noche, le arrancó el astil... y hundió la hoja envenenada en la herida.

Algunos dieron un grito ahogado tras ella, y a la elfa se le encogió el corazón. «Perdóname. Rezo para que salves más vidas hoy».

Al retirar la hoja, la torció para que la mancha negra como el carbón que dejaba el veneno fuera visible en la entrada. Luego pasó al cadáver siguiente. Al cabo de unos instantes, el resto de centinelas la imitaron. Al verlo, sintió que la embargaba un profundo amor porque sabía exactamente lo mucho que les costaba... y la confianza que mostraban en su liderato con aquel gesto.

Tavar le había conseguido varios frascos de veneno para la aciaga tarea. Delaryn le dio las gracias al joven pícaro, mientras se odiaba por lo que iba a pedirle.

—Eres muy hábil y tienes mucho talento —le dijo.

El color de las mejillas del elfo se intensificó e hizo una reverencia.

—Me honra que pienses eso.

—Pues debería preocuparte —replicó Delaryn—. Estoy a punto de pedirte algo que probablemente te cueste la vida.

Tavar recobró la compostura e hizo un ademán hacia los cadáveres que lo rodeaban.

—En tal caso, será un honor unirme a ellos.

El valor que demostraba casi hizo llorar a la elfa. Pero no podía permitirse ese lujo. Elune sabía que habría tiempo para las lágrimas, y para entonar elegías en honor de los caídos, si alguno sobrevivía para llorar o cantar.

—Te mueves bien en las sombras. ¿Qué tal se te da matar?

El chico sonrió casi con crueldad y, por un momento, dejó de parecer tan joven.

—Muy bien.

—¿Y disfrazarte?

—Como a nadie.

—Casi se diría que no hay nada que no puedas hacer, Tavar —dijo ella, a punto de reírse—. No respondas solo para impresionarme —añadió con más seriedad—. Hazlo con sinceridad. Ya no podemos permitirnos el lujo de fallar.

—Soy capaz de matar, y lo he hecho —repuso el elfo, muy serio también—. Y soy un maestro con los disfraces.

—Demuéstralo.

—¿Ahora? —preguntó Tavar, dubitativo.

—Ya habrá tiempo luego de prepararte con la ropa adecuada. De momento, enséñame el cuadro que sabes pintar utilizándote a ti mismo como paleta de colores.

Una vez más, el elfo titubeó. Delaryn, irritada, se dio la vuelta... y entonces se detuvo al sentir que una mano la cogía del brazo. Era regordeta, al contrario que la de un elfo de la noche: los dedos más cortos, la palma más ancha... Al volverse, se encontró con la cara de un humano de finos rasgos que la miraba desde más abajo.

—Es lo mejor que puedo hacer de momento —dijo Tavar con el marcado acento de un nativo de Ventormenta.

Y solo entonces, con un sobresalto, reparó Delaryn en sus largas orejas de kaldorei. De alguna manera, por increíble que parezca, sus ojos no se habían fijado en ellas.

—Vuelve a adoptar tu forma —dijo mientras hacía un gesto de cabeza.

El elfo se puso derecho y la sombra engañosa que lo había envuelto se esfumó.

Delaryn caviló un instante.

—¿Y qué tal se te da hacerte pasar por un Renegado?

Tavar esbozó una sonrisa.

* * *

Todo dependía de una artimaña y aquello no era el fuerte de Delaryn. Pero era la única opción que le quedaba, aparte de luchar y morir aplastada por las máquinas de asedio en la implacable marcha de la Horda hacia Teldrassil.

Cuando los batidores volvieron con la noticia de que los exploradores de la Horda se encontraban a pocas horas de distancia, la compañía de Delaryn se fundió con las sombras del bosque que rodeaba Astranaar. La elfa, apostada en un árbol, pensaba en lo fácil que le habría resultado a Ferryn trepar por él. Casi podía verlo en la rama más alta, moviendo la cola con gesto juguetón mientras esperaba a que ella lo atrapara.

Debería aceptar que había muerto. Pero, si lo hacía, tendría que llorarlo; y era algo que no se podía permitir. Aún no. Así que se dijo que el elfo estaría combatiendo en algún otro lugar; Elune sabía que había abundantes oportunidades de matar a los de la Horda. «Y él disfrutaba con una buena pelea».

»Disfruta con una buena pelea».

La primera prueba llegó con los exploradores de la Horda. ¿Notarían algo raro? «Parecen cansados», pensó Delaryn. Y, en efecto, tras una batida superficial por el perímetro del lago de Astranaar (durante la cual no encontraron rastro alguno de los elfos que se escondían tan solo a unos cientos de metros de distancia), uno de ellos —un elfo de sangre— encajó la punta de la bota bajo un cadáver y lo levantó para inspeccionarlo.

—La hoja de un pícaro —dijo.

—Aquí también —contestó un trol. Olisqueó un segundo cuerpo—. Sangre.

Delaryn se puso tensa. ¿Investigaría más el trol? ¿Levantaría la capa y descubriría la enorme herida de espada que ocultaba? De ser así, no les quedaría más remedio que matar a los exploradores y dejar la zona en manos de la Horda.

—Poh huele a veneno —continuó el trol.

—Los que no han muerto habrán huido, imagino —dijo el elfo de sangre—. Cobardes.

—Esoh «cobardeh» han matado a muchoh de los nuehtroh —respondió el trol.

El otro explorador se encogió de hombros.

Delaryn, exhausta como estaba, habría sido capaz de gritar de alegría.

Pasaron las horas. La infantería de la Horda llegó y montó un campamento en aquella isla tan defendible..., tal y como Delaryn había pretendido.

Llegaron carros y caravanas con un estruendo sordo. Delaryn tenía los músculos doloridos por la inmovilidad, pero se puso tensa al ver que el alto señor supremo Colmillosauro bajaba de un carromato. Era más astuto y más cuidadoso que todos los que había visto en aquel ejército. ¿Notaría él lo que se les había escapado a los demás?

No lo hizo. Se limitó a preguntar por un combate que no había tenido lugar y gruñó de aprobación cuando una orco sugirió que los pícaros habían matado a los elfos de la noche.

Colmillosauro pasó al alcance de las flechas de Delaryn, pero la elfa no disparó, ni nadie. En silencio, agradeció a Elune el autocontrol y la disciplina que habían demostrado todos, ella incluida. Una hora más tarde llegaron las odiosas máquinas de asedio y se detuvieron en el camino principal de Astranaar.

Delaryn se dejó resbalar un poco por el tronco y reanudó su vigilancia desde una rama más baja. Era lo bastante larga para ofrecerle una vista excelente del interior de la posada, así como de una de las entradas. Estableció contacto visual con Tavar, que estaba en otro árbol, y asintió.

El elfo le devolvió el gesto con la cabeza... y desapareció. Media hora más tarde, un Renegado más alto que la mayoría, con la armadura y el emblema de la guardia personal de Sylvanas Brisaveloz, se acercó a la posada. A la elfa le costó varios segundos darse cuenta de que se trataba del joven Tavar. «Elune te ha bendecido con un don, por oscuro que sea —pensó—. Que sus bendiciones te acompañen».

Tavar entró en la posada con andares confiados. Aquella era la prueba final, de la que dependía todo. Si lo conseguía...

El elfo se detuvo en la entrada. Delaryn se inclinó hacia delante, estiró el cuello para oír mejor, y quedó maravillada ante el extraño y sepulcral timbre de voz del Renegado. Era muy bueno.

—¿Alto señor supremo Colmillosauro? Fuera, vamos.

Colmillosauro, sin embargo, no estaba de humor para cooperar. Lanzó una mirada a Tavar y luego devolvió su atención a los mapas. Dijo algo que Delaryn no alcanzó a oír. La elfa trató de aguzar aún más el oído.

—La jefa de guerra te aguarda —insistió Tavar—. ¿Es que no sigues sus órdenes, alto señor supremo?

Delaryn frunció el ceño. «Ten cuidado, Tavar».

Por suerte, no parecía que Colmillosauro hubiera reparado en nada raro, porque hizo ademán de dirigirse a la puerta. Y entonces se detuvo.

«¿Lo habrá...?».

No lo había descubierto. Colmillosauro solo se había dejado el hacha encima de la mesa, y la recogió.

Pero otra orco había reparado en lo que no viera su comandante. El corazón de Delaryn se desbocó al ver que se interponía entre Colmillosauro y Tavar y decía algo que no llegó a entender.

—Soy el emisario de la reina —dijo Tavar—. Eso debería bastar para los de vuestra calaña.

La elfa captó un atisbo de pánico en su voz y rezó a Elune para que el enemigo no hubiera hecho lo mismo.

Colmillosauro aferró el hacha y pronunció más palabras inaudibles para ella.

—Tienes tus órdenes. Sal, alto señor supremo. ¿Cuánto tiempo más piensas desobedecer a la jefa de guerra? —Tavar se había repuesto un poco y su voz sonaba casi aburrida.

Pero ya era demasiado tarde. Delaryn lo comprendió, al igual que, sospechaba, el joven elfo.

Colmillosauro se acercó a grandes zancadas y, esta vez, Delaryn sí pudo oír al viejo orco.

—Creo que a ti te importa bien poco la jefa de guerra. Dime, elfo de la noche, ¿por qué nombre te llama Malfurion?

«No, por favor... Elune».

—¡Saca tus armas, asesino, o muere huyendo!

Delaryn no podía hacer nada. Impotente, afligida y enojada, contempló cómo se abalanzaba Colmillosauro sobre él, al tiempo que Tavar, tan joven, tan prometedor y lleno de talento, desenfundaba las dagas y atacaba al señor supremo de la Horda. Sin dar en el blanco.

Al contrario que Colmillosauro, cuya hacha segó cruelmente el cuello del joven.

El disfraz se desvaneció mientras el elfo caía sobre los tablones del suelo y, a través de la luz trémula de unas lágrimas fútiles, Delaryn vio sus verdaderas facciones por última vez. El orco también lo hizo, y su verdoso rostro se arrugó de sorpresa al constatar la juventud de su oponente.

Colmillosauro dijo algo con voz casi afable. Tavar escupió en las botas del señor supremo antes de morir.

Y entonces, demasiado tarde ya para Tavar, Colmillosauro salió con decisión de la posada. Delaryn había creído que ya estaba a salvo de la tristeza, pero se equivocaba. Sus manos se aferraron a las ramas. «Lo has conseguido, Tavar. Ve en paz».

—¡Escuchad bien! ¿Necesita la Horda que se le recuerde que estamos en guerra? —resopló Colmillosauro, irradiando furia—. ¿Necesita la Horda...?

Se interrumpió.

«No» —gritó Delaryn para sus adentros.

Cansado por los combates y la falta de sueño, el anciano guerrero casi —casi— había bajado la guardia lo suficiente para que la emboscada funcionase.

«Aún funcionará», se dijo la centinela.

El alto señor supremo de la Horda corrió a la supuesta seguridad de la posada de Astranaar, pero el suelo empezó a estremecerse bajo sus pies, como una fiera que se dispusiera a atacar. Delaryn sintió el aire denso y pesado, y se permitió dibujar una sonrisa fiera, casi cruel, cuando el pelo se le puso de punta. Se tapó las orejas. El brutal estruendo, casi como el de una roca al estrellarse desde un acantilado, estuvo a punto de ensordecerla mientras la tierra se sacudía por el impacto.

Malfurion Tempestira, lleno de furia, gracia y poder, aterrizó allí donde Colmillosauro había estado apenas un segundo antes.

—¡Lok’Narash! —gritó Colmillosauro.

«Sí, a las armas», pensó Delaryn.

«Ahora». Por Tavar y Vannara y Marua, y hasta por Anaris. Por Ferryn, por todos los que habían muerto. Delaryn no creía en la venganza, pero sí en la justicia. Y aquello... aquello era justicia.

Con desgarradores gritos de guerra, la compañía de elfos se dejó caer de los árboles donde se ocultaba y se unió a su querido shan'do en combate.

Había desaparecido aquel shan'do amable y protector que hablaba en voz baja y cuyos movimientos eran tan delicados que apenas parecían dañar la hierba que hollaba con sus pasos felinos. En su lugar se encontraba una encarnación de la naturaleza iracunda. ¿Se había vuelto más alto, incluso? Parecía erguirse amenazador sobre la Horda, que empezaba a huir... Hasta los tauren parecían débiles y frágiles en comparación. Delaryn se estremeció de fiera alegría al acariciar ya la victoria... y la muerte de Colmillosauro.

La emboscada había cogido a la Horda casi completamente por sorpresa, lo cual los convertía en blancos fáciles mientras intentaban recobrarse. Los acorralados kaldorei, en gran inferioridad numérica, fueron capaces de compensar esa desventaja durante los primeros momentos.

Delaryn aprestaba sus flechas, disparaba y volvía cargar una y otra vez. Siete soldados de la Horda cayeron con saetas en los ojos y gargantas antes de haber podido discernir siquiera de dónde venía el peligro. Los druidas que había entre ellos eran como depredadores en busca de presas, y los guerreros... Sus armas partían a los enemigos en dos, cercenaban cabezas y perforaban armaduras. Los soldados de la Horda caían como moscas.

Malfurion había perseguido a Colmillosauro hasta la posada. Unos gritos de agonía brotaron del interior, junto con un resoplido desafiante del señor supremo. Delaryn no pudo dedicarle mucha atención, pero captó una palabra entre aquella algarabía: «mak’gora». El viejo orco estaba desafiando a Malfurion Tempestira a un duelo de honor.

Casi... casi resultaba gracioso. Más tarde podría reírse con un vaso de vino en la mano, mientras brindaba con Ferryn en la Darnassus que habrían salvado.

Pero en ese momento debía seguir matando.

No oyó la respuesta de Malfurion al desafío, pero sí los gruñidos y los crujidos. Entonces vio cómo brotaban las raíces del suelo con explosiva violencia y recorrían las paredes de la posada agarrando con sus zarcillos la piedra sólida y destrozándola. El ruido era ensordecedor, y los valientes guerreros de la Horda vacilaron.

Eso les costó caro. Muchos de ellos cayeron ante los kaldorei.

Y entonces el tejado se desplomó con Colmillosauro todavía dentro.

Elune les sonreía.

Pero entonces... Un estremecimiento repentino se apoderó de Delaryn. Un instinto más viejo que el tiempo la hizo retroceder. Los pelos de los brazos se le pusieron de punta otra vez, pero no por la presencia de Malfurion y de su casi divino poder sobre la naturaleza, sino a causa de otra cosa... Algo retorcido, perverso y antinatural.

La flecha, con una estela fantasmal y oscura de humo violeta enroscada cual serpiente alrededor del astil, no estaba dirigida a ella, pero pasó a un dedo de su mejilla. Unos metros más allá, Malfurion cruzó los brazos delante de su rostro y las plumas que los recubrían ondearon por el gesto. La flecha explotó delante de él y el druida apareció envuelto en una luz verde esmeralda, el color de la naturaleza. El color del desafío de los kaldorei.

—¡No! —exclamó Delaryn con un grito de protesta angustiada y colérica que le desgarró la garganta.

«¡Los teníamos! ¡Esto debía haber terminado aquí!».

Su grito llamó la atención de la Reina alma en pena. Ya había cargado y disparado una segunda flecha, pero se detuvo y se dio la vuelta. En aquel instante, otro temblor sacudió la tierra y lo que quedaba de la posada se vino abajo.

Unos ojos rojos y refulgentes se encontraron con los de Delaryn y unos labios oscuros se curvaron en una sonrisa sádica. La mirada atravesó a Delaryn como la propia flecha. Y entonces Sylvanas Brisaveloz dirigió toda su atención hacia un adversario más digno.

Delaryn habría tenido que sentirse afortunada. Pocos habían sobrevivido tras ser blanco de esa mirada. Pero lo único que podía sentir —mientras Malfurion gritaba desafiante y la verde energía de la vida chocaba con la miasma de muerte desolada de Sylvanas— era amargura. Amargura y frialdad.

Una ovación desenfrenada brotó de la Horda. La aparición de Malfurion los había dejado perplejos y el derrumbamiento de la posada sobre su alto señor supremo, atónitos. Pero esta inquietud se vio sustituida por una furia renovada ante la presencia de su jefa de guerra.

Malfurion había previsto la llegada de Sylvanas Brisaveloz y había enviado instrucciones a Delaryn sobre lo que debía hacer si ocurría: «Si Elune quiere, Colmillosauro morirá y el resto de sus fuerzas quedarán desmoralizadas antes de que ella llegue. Y, aunque no sea así, debes retirarte hacia el norte —le había escrito—. Si puedo, me reuniré con vosotros en la frontera entre Vallefresno y la Costa Oscura».

Retirarse al norte por si, por algún milagro, la flota que se dirigía hacia Feralas había recibido el mensaje de Malfurion y había llegado a tiempo.

«Hemos estado muy cerca».

Delaryn se llevó el cuerno a los labios y tocó a retirada.

Astranaar había sido una buena elección para una apuesta peligrosa, una apuesta que había salido bien, al menos en parte. No obstante, el terreno septentrional de Vallefresno, con el océano a un lado y una escarpada cordillera al otro, era más favorable todavía a los elfos de la noche. Si la Horda quería cobrarse su premio, se vería obligada a cruzar el bosque por un camino muy angosto.

Y había algo más que ayudaría a los elfos de la noche, algo que quizá no hubiera previsto el enemigo.

* * *

Libre del hostigamiento de los kaldorei, la Horda cruzó la zona noroeste de Vallefresno a un ritmo sorprendente. Ya saboreaban la victoria y eso les daba alas.

«No deis esa pieza aún por cobrada —pensó Delaryn—. Os plantaremos cara mientras uno de nosotros siga respirando... e incluso después».

Tal y como prometiera, Malfurion se reunió con las fuerzas de Delaryn en la frontera. Con él iba alguien a quien la comandante había temido no volver a ver: Eriadnar. Las dos se abrazaron con fuerza mientras Delaryn daba las gracias a Elune por la supervivencia de su amiga. Eriadnar, el archidruida, Delaryn y los restos de la compañía aguardaron, terriblemente diezmados desde aquel primer momento terrible en el que Ferryn había acabado en el árbol con el asesino que había intentado matarlos. Los elfos de la noche contrarrestaban su odio, sus ganas de actuar, con la paciencia de quienes han tenido una vida muy larga.

Enviaron a Delaryn al sur, a vigilar y seguir al enemigo. La Horda había levantado un campamento provisional en la orilla, cerca de las ruinas del puesto de avanzada de Zoram'gar, al descubierto, donde sabían que no se aventurarían los elfos de la noche. La jefa de guerra estaba ahí, una figura esbelta y ágil que destacaba entre los trols, tauren y orcos, más voluminosos. La centinela sintió una punzada de decepción al ver que Colmillosauro había sobrevivido a su encuentro con Malfurion.

El orco se encontraba demasiado lejos para entender lo que decía, pero estaba gritando y varios soldados se adelantaron en medio de una ovación. Pedía voluntarios. Cerca de un centenar de tropas de la Horda, armadas hasta los dientes, abandonaron la playa y se encaminaron hacia las sombras del bosque.

«Sigue avanzando, Colmillosauro. Te estamos esperando. Todos lo hacemos».

La habían entrenado para respetar a los rivales dignos. Aun así, mientras los seguía durante varias horas, sin dejarse ver, se regocijó con fiereza al ver cómo avanzaban, paso a paso, más nerviosos a cada momento al ver que no los atacaban. A veces, la paciencia era algo delicioso.

«Espectáculo», le había escrito Malfurion en sus instrucciones. Delaryn no había entendido entonces a qué se refería. Pero ahora sí. Estaban a punto de representar una obra de teatro letal que dependía de la ilusión, de la verdad a medias y del misterio.

Así que aguardó. El bosque estaba iluminado por unos orbes brillantes e insustanciales que se movían con rapidez o quedaban suspendidos en el aire. A quienes no comprendían lo que eran les parecían bonitos, y ligeramente cautivadores. Los demás los contemplaban con respeto, reverencia, gratitud... o miedo. Eran los fuegos fatuos, los espíritus de los kaldorei que habían muerto. Por un momento, Delaryn se preguntó si alguno de los caídos aquel día, tal vez el propio Ferryn, estaría ya entre ellos, pero desterró la idea. Más que nunca, no había tiempo para distracciones.

Un trol agitó una mano gruesa de tres dedos, molesto por unos fuegos fatuos que lo sobrevolaban como saetas. Un tauren meneó la cola y contrajo las orejas, como si esas luces, no más grandes que la cabeza de un kaldorei, fueran solo insectos zumbantes.

«Necios —pensó Delaryn—. Seguid avanzando...».

A Colmillosauro le costó varios minutos más darse cuenta del peligro. En la lengua horrible y gutural de los orcos, gritó la orden de retirarse. El miedo teñía su voz.

Y no sin razón. En grupos pequeños, los espíritus de los muertos eran inocuos, ciertamente. Pero en gran número podían acabar con un señor de los demonios... y lo habían hecho.

Y en aquel momento... Malfurion Tempestira llamó a los actores principales de la obra para que subieran al escenario. Su voz retumbó como un trueno:

—¡Ash karath! —gritó—. ¡Adelante!

Sus palabras fueron tanto una orden para los espíritus como un desafío provocador para la Horda. Estos últimos se retiraron a toda prisa... Al menos, los más sensatos entre ellos, que habían hecho caso a Colmillosauro.

Las tinieblas se iluminaron en cuanto los fuegos fatuos obedecieron al shan’do. Las fuerzas de la Horda que se habían aventurado entre las sombras de los árboles comprendieron demasiado tarde lo que sucedía. Los fuegos fatuos cayeron formando una lámina sólida de luz sobre los necios o confundidos que no habían huido con su comandante y los hicieron desaparecer..., pero no los acallaron. Sus alaridos de tormento resonaron por todo el bosque. Para regocijo de Delaryn.

Los soldados restantes huyeron frenética e inútilmente. Un orco enorme y cargado de armas tropezó con una de las raíces que serpenteaban por decenas por el suelo y cayó de bruces sobre el duro suelo. Una nube blanca y silbante descendió sobre él. Un momento después, la nube se alzó y se dirigió hacia la siguiente víctima de la cólera de los fuegos fatuos, sin dejar tras de sí más que un esqueleto carbonizado y un puñado de cenizas.

—¡A mí! —gritó el shan'do.

Era el turno de los elfos de participar en aquella obra de vida y muerte. Surgieron de la maleza o saltaron de las ramas donde se habían escondido para unirse a su líder en pos del enemigo. Los fuegos fatuos zumbaban enfurecidos, hostigando a los miembros de la Horda que huían a todo correr por donde habían venido.

Delaryn estimaba que más de un centenar habían acompañado al alto señor supremo. Solo un puñado de ellos —apenas una docena— consiguió volver a la costa, cerca del puesto de avanzada de Zoram'gar. El resto había sido pasto de los fuegos fatuos.

Cuando sus soldados llegaron a las lindes del bosque, Malfurion les dio la orden de detenerse con un grito. Levantó sus brazos musculosos y, en un enjambre de luz, los fuegos fatuos volaron hacia él y formaron un muro que ocultaba a sus hermanos vivos.

Unos momentos más tarde, obedeciendo de nuevo su mandato silencioso, la muralla de fuegos fatuos se abrió como un telón y detrás apareció Malfurion Tempestira. Estaba de pie sobre un pequeño promontorio, con todos sus soldados formados delante para parecer más numerosos. Entre ellos se movían las ramas de los árboles, aferrando solo el aire... de momento.

—Esto se ha terminado.

La voz del archidruida, fuerte y resonante, llevó el mensaje por el aire inmóvil hasta la Horda que se apiñaba en la orilla.

—La Horda no dará ni un solo paso más por nuestra tierra, al menos sin pagarlo con la vida. Lo juro.

El telón de luz viviente volvió a cerrarse.

Espectáculo.

Le tocaba a la Horda mover ficha.

Delaryn estaba ligeramente encorvada, pero sonreía.

Shan'do —dijo—, ¿cómo sabías que esto saldría bien?

Malfurion sonrió también. Normalmente, esta expresión suavizaba su rastro, pero en aquel momento no hizo otra cosa que reforzar su ferocidad. Hizo una gran reverencia ante las luces que habían respondido a su llamada.

—El miedo es una herramienta muy útil cuando se usa con astucia. La Horda es poderosa —dijo, con voz vibrante de resolución— y en sus filas hay mentes muy astutas. Pero muchos de ellos son supersticiosos. Sabía que los espíritus protectores no solo destruirían a quienes alcanzaran, sino que además aterrorizarían a los que consiguieran escapar. Este miedo se extenderá al resto de su ejército. No podrán avanzar sin enfrentarse a los fuegos fatuos, a nuestras flechas y a la cólera del bosque.

Recorrió con la mirada las caras vueltas hacia arriba.

—Esta es nuestra tierra, nuestro hogar. No vencerán. Lucharemos hasta el último aliento si es necesario. Resistiremos aquí cuanto sea...

El gran druida se interrumpió al notar algo. Alzó la mirada hacia el cielo. Delaryn también levantó los ojos. Al principio no vio nada... y entonces divisó un cuervo de tormenta. El ave aleteó hasta llegar ante el shan'do y se transformó en una joven kaldorei. Se arrodilló ante él, al parecer demasiado nerviosa para mirarlo a la cara.

—Gran shan'do —dijo—. Me envía la general Shandris Plumaluna. ¡Ha llegado la flota!

—¡Elune ha escuchado nuestras plegarias! —exclamó Malfurion, y a su alrededor estalló una ovación.

El ruido de unos cañonazos confirmó las palabras de la joven druida. Delaryn no alcanzaba a ver más allá de la radiante barrera de fuegos fatuos, pero sintió que su corazón se henchía.

Entre el tronar de las armas de los navíos kaldorei, Delaryn y los demás oyeron las órdenes de retirada que lanzaba Colmillosauro. Ya no había manera de que pudieran llevar las máquinas de asedio hasta la orilla. Si lo intentaban, las grandes armas acabarían convertidas en astillas.

El ejército de la Horda estaba atrapado, acorralado entre la furia de los fantasmas de los elfos y la fuerza de sus barcos. Aún podían ganar. Tenían los efectivos necesarios para conseguirlo, pero tendrían que obligar a los fuegos fatuos a retroceder paso a paso, y cada palmo de terreno les saldría muy caro en bajas. Sería un avance lento, sin duda, y tendrían que realizarlo bajo una lluvia de cañonazos. Les llevaría semanas... y los refuerzos de la Alianza habían zarpado hacía días.

«Podemos ganar», pensó Delaryn y estuvo a punto de tambalearse ante la fuerza de esa revelación.

* * *

Teshara había regresado junto a Shandris con buenas noticias y una sonrisa feroz, aunque ella y las tripulaciones de la flota ya habían avistado la luz trémula de los fuegos fatuos. Habían expulsado a la Horda de su cómoda posición en la costa hacia las lindes del bosque, donde los aguardaba Malfurion Tempestira.

—El shan'do ha llamado a los fuegos fatuos para que defiendan nuestra patria —dijo—. Nuestras fuerzas se han visto mermadas, pero todos los supervivientes le cortan el paso a la Horda hacia Teldrassil. El enemigo no tiene adónde huir.

Lo dijo con el convencimiento que solo tienen los jóvenes, pero era totalmente cierto, y Cordressa lo sabía. Con esta esperanza renovada, no pudo resistir la tentación de tomarle un poco el pelo a la joven elfa.

—Ah, sí que tienen adónde huir —dijo—. Pueden volverse a casa con el rabo entre las piernas.

La muerte acechaba a la Horda por todos lados si no se retiraba. La flota los cañoneaba desde el oeste; Malfurion y los soldados kaldorei, tanto vivos como muertos, les impedían continuar hacia el norte; y al este se encontraban Frondavil y unas montañas infranqueables.

—No lo celebremos aún —les advirtió Shandris mientras bajaba el catalejo—. Han abandonado la costa, pero si aumentamos el alcance de nuestras armas, corremos el peligro de destruir a los fuegos fatuos.

Aquello fue como un jarro de agua fría para Teshara y Cordressa.

—Pero aún los tenemos acorralados, a menos que se retiren.

—Sí, y podemos contenerlos aquí hasta que lleguen las naves de Ventormenta.

—¿No podemos atacar ya? —preguntó Teshara—. ¿En la playa?

—No han llegado todos nuestros barcos, pequeña, y no tenemos fuerzas suficientes para lograr una victoria decisiva en un combate cara a cara. No, el tiempo está de nuestra parte. De momento tenemos ventaja. Si intentan dispararnos, será la ocasión de destruir sus máquinas de asedio. Esperaremos.

»Y dispararemos de vez en cuando, aunque solo sea para recordarles dónde estamos —añadió con una sonrisa.

* * *

Las horas pasaron lentamente mientras las unidades de la flota seguían llegando. Algunos dormían a bordo de los barcos. Otros jugaban para matar el tiempo. El crepúsculo tiñó el cielo y luego cayó la noche. Teshara regresó de un vuelo de exploración para informar de que habían enviado centenares de soldados de la Horda a buscar un camino a la Costa Oscura a través de las montañas de Frondavil. La noticia hizo que Shandris ahogara una risa.

—Sabrán que es una empresa desesperada... —dijo.

Cordressa asintió.

—Menos enemigos de los que preocuparse.

Más tarde, la joven druida se quejó de que se aburría y Cordressa se rio, le despeinó la verde y corta melena, y le dijo que diera gracias por ello.

Todos estaban deseando entrar en acción. Haber llegado tan lejos con tanta rapidez para quedarse ahora sin luchar era frustrante.

Poco después, su deseo se vio cumplido.

La Horda puso en movimiento sus máquinas de asedio. Las tripulaciones pasaron a la acción de inmediato y cañonearon las enormes armas. Varias quedaron destruidas en las primeras andanadas, pero las demás...

No lanzaban piedras contra las naves, lanzaban fuego: proyectiles inestables, mejorados por medios arcanos que prendían en sus objetivos casi al instante. Los barcos más cercanos a la costa fueron las primeras víctimas, y Cordressa contempló con horror e impotencia cómo uno de ellos ardía como la yesca.

—¡Seguid disparando contra las máquinas de asedio! —ordenó Shandris, con las facciones sombrías y tensas por el dolor y la furia.

Las naves kaldorei siguieron escupiendo balas de cañón y gujas, en un intento de destruir los sistemas de disparo de aquellos proyectiles tan mortíferos como antinaturales.

Sobre la superficie del agua se extendían charcos de llamas en busca de más blancos. Tres barcos —no, ya eran cuatro— ardían sin remedio. Los que estaban a bordo saltaron al agua y nadaron frenéticamente hacia las naves restantes.

Algo llamó la atención de Cordressa. Era un movimiento en el agua, pero no era la forma familiar de un elfo de la noche. Era un orco. ¿Qué locura estaba...?

Y entonces lo comprendió.

—¡Intentan abordarnos! —exclamó.

—¡Seguid disparando! —gritó Shandris.

Ambas cargaron los arcos y empezaron a disparar contra las cabezas de la Horda que rompían la superficie del agua.

En cuestión de pocos minutos, la flota había pasado del aburrimiento al caos, de una seguridad casi completa a una destrucción inminente.

Otro barco estalló en llamas. Cordressa siguió disparando.

No podía hacer otra cosa.

* * *

No sabía muy bien si la Horda había rezado a los dioses, a los loa o sus ancestros, pero, fueran quienes fuesen, habían respondido.

El plan de Malfurion tendría que haber salido bien. Pero si los fuegos fatuos no podían ofrecer un frente compacto, eran tan inofensivos como las gotas de lluvia. Las montañas eran infranqueables... o no tanto. ¿Qué clase de paso desconocido había encontrado la Horda que los elfos de la noche, que llevaban tanto tiempo viviendo allí, habían pasado por alto?

La batalla había pasado a librarse en dos frentes: por delante y por detrás de su posición. Sus enemigos estaban dispersando a los fuegos fatuos... y matándolos.

Percibió su presencia. Estaba cerca. Había atraído a la Reina alma en pena en una persecución, pero el tiempo de la huida había terminado.

Así acabaría todo: no con la flota de Ventormenta acudiendo en su ayuda ni con los fuegos fatuos destruyendo al enemigo, sino en el caos, destrozados por la misma trampa que, a primera vista y a tenor de la lógica, tendría que haber funcionado.

«Mi pueblo es el que está atrapado ahora —pensó Malfurion—. No puedo salvarlos, pero al menos puedo mitigar el desastre».

No había tiempo para escribir una carta, pero tampoco podía dejar de hacerlo. La joven druida, Teshara, cogió la misiva con una mano temblorosa. Sus grandes ojos estaban cubiertos de lágrimas.

—Ve a Darnassus —le dijo a la chica–. Haz que te envíen a Ventormenta por un portal. Entrega esto a mi señora.

—¡Quiero luchar! ¡Oigo el ruido de la batalla!

—Nos harás un mejor servicio a tu gente y a mí si obedeces mis órdenes.

Ya habría tiempo de sobra para luchar. La batalla por recuperar el Árbol del Mundo sería encarnizada y quizás entonces se arrepintiese de sus palabras.

Teshara tragó saliva e hincó una rodilla en el suelo.

—Ha sido un honor servirte, shan'do —dijo con la voz cargada por la emoción.

Luego se levantó de manera vacilante, saltó y se transformó en un cuervo de tormenta.

Delaryn llegó corriendo hasta el druida, con la respiración entrecortada. Tenía la armadura salpicada de sangre, aunque no parecía suya.

—No podemos contenerlos más —dijo.

El archidruida levantó los ojos hacia el cuervo de tormenta y lo siguió con la mirada hasta que desapareció en el cielo.

—Sylvanas me busca de nuevo —le dijo con calma—. Esta vez, acudiré a su encuentro y la retrasaré tanto como Elune me permita.

Delaryn se había mostrado valerosa y resuelta, y había obedecido sus órdenes, aunque también había sabido improvisar cuando no había tenido más remedio. Había sido fuerte, había mantenido la fe. Tanto ella como aquellos bajo su mando habían luchado sin descanso y habían sacrificado mucho. Pero el ejército de la Horda era simplemente demasiado grande. La mera superioridad numérica les había permitido imponerse a todo cuanto les habían lanzado los kaldorei.

La superioridad numérica, las tácticas de Colmillosauro... y la maligna voluntad de la Dama Oscura.

Unas lágrimas surcaron el rostro de Delaryn. Malfurion se las enjugó con dulzura. Por un momento, la centinela apoyó la mejilla en la gran mano del druida, en busca de consuelo, y respiró hondo. Lo sabía. La Horda tomaría Darnassus. En aquel momento, lo importante era salvar todas las vidas posibles.

—¿Qué me ordenas, shan'do? —preguntó con voz serena.

«Qué valiente. Como todos —pensó Malfurion—. Se merecen más que esto. Ojalá pudiera ofrecérselo, pero lo único que puedo dar es mi vida».

—Lleva tus tropas al norte, hasta el Cabo de la Niebla —contestó—. Cuando estéis ahí..., haced cuanto podáis. —Hizo una pausa—. Comandante Luna de Verano... Lo has hecho bien. Que Elune esté contigo.

La centinela se enderezó, saludó con presteza y se fue corriendo.

Malfurion Tempestira cambió de forma e inclinó su cabeza astada de ciervo mientras sus pezuñas volaban sobre piedra y hierba. Siguió el horrible crepitar de la energía oscura que flotaba por el aire. Si conseguía matarla, la ciudad caería igualmente..., pero sería más fácil reconquistarla con la Horda desorganizada.

Y una parte de él quería que ella pagara por lo que había hecho.

Volvió a adoptar la forma de elfo, dio órdenes a las rocas y las raíces, al suelo y a las hojas, y aguardó. Y, cuando ella apareció, tras percibirlo como él la había percibido, elegante incluso en su no-vida, el archidruida descubrió que esa unión con seres mucho más grandes que él se había llevado su furia sin dejar otra cosa que una gran tristeza: por su gente, por su amada e incluso por Sylvanas Brisaveloz.

—No habrá perdón por esto, Sylvanas.

—Lo sé.

* * *

Anduin había pensado que estaba listo para aquello. Pero, a medida que pasaban los días, con cada nuevo horror, descubrió que nadie podría estar realmente preparado para algo tan devastador.

Los refugiados no dejaban de llegar. Había ordenado que los portales permanecieran abiertos de manera constante por toda la ciudad, pero los magi tenían que comer y dormir, al igual que los refugiados, que se mantenían estoicos a pesar de su desolación. La catedral ya estaba llena a rebosar, y los sacerdotes recorrían Ventormenta ocupándose de las personas hambrientas, cansadas y asustadas como mejor podían. Anduin había abierto las arcas reales para pagar mantas, alojamiento y comida. Y los posaderos, e incluso los ciudadanos de a pie, habían ofrecido generosamente sus casas y sus establecimientos.

El joven rey sabía que se había salvado de lo peor de la crisis. Velen estaba preparado para regresar a la Isla Bruma Azur si era necesario, pero, hasta la fecha, la Horda parecía obsesionada con marchar sobre Darnassus y los draenei no corrían peligro.

Cuando una joven druida kaldorei, esbelta y con una mata de pelo corto y verde, apareció por un portal con un par de cartas e insistió en que debía entregárselas a Genn y a Tyrande de inmediato, la llevaron en el acto ante la suma sacerdotisa, la cual —junto a Anduin, Genn y Velen— estaba ayudando a los heridos. La mensajera le tendió una misiva a Genn, que miró a la elfa por un momento y luego leyó la nota con rapidez. Suspiró aliviado.

Después de que Tyrande se incorporara y se diera la vuelta, la druida rompió a llorar de repente. Le entregó la carta a la dama y empezó a hablar entrecortadamente en darnassiano. La suma sacerdotisa se puso lívida a medida que leía.

«No —pensó Anduin—. Luz, por favor...».

Tyrande acogió a la asolada chica entre sus brazos y la consoló, aunque estaba claro que ella misma acababa de recibir un golpe terrible.

—Lady Tyrande —dijo Anduin—, ¿qué ha sucedido?

La suma sacerdotisa levantó la cabeza lentamente.

—Es la despedida de Malfurion Tempestira.

Los refugiados que la oyeron se quedaron boquiabiertos. Algunos de ellos rompieron a llorar. Velen y Genn parecían perplejos. Y Anduin era incapaz de respirar.

Tyrande prosiguió con una compostura sobrecogedora mientras la chica se aferraba a ella:

—La Horda ha atacado por la espalda a sus soldados y a él, y han dispersado a los fuegos fatuos. Ahora, mi amado se dispone a enfrentarse a Sylvanas Brisaveloz para dar tiempo a los kaldorei a escapar de una ciudad que pronto se convertirá en prisión.

Se enderezó con rigidez.

—Me voy con él.

—Tyrande, no puedes —dijo Anduin.

Tyrande pareció volver a la vida de repente, giró la cabeza y le clavó la mirada al rey. La joven druida, sobresaltada, se apartó un paso.

—¿Estás seguro de que deseas decirme eso? —preguntó Tyrande con la voz temblorosa.

—Dejarías a tu gente sin líder en un momento en que lo necesitan más que nunca —repuso el rey con calma, mientras señalaba a los centenares de elfos de la noche que se hacinaban en la catedral—. Genn, Velen y yo ya nos hemos comprometido a ayudar a los kaldorei a recuperar el Árbol del Mundo. Si mueres ahora, les proporcionarás unas cuantas horas. Si vives, un futuro.

Como única respuesta, Tyrande se puso todavía más derecha y permaneció callada.

—O sea, que vas a ir... —dijo Genn. Tyrande asintió. Él también—. Dile a mi Mia que vuelva. Ya.

Las comisuras de los labios de Tyrande se contrajeron un poco ante la brusquedad de Genn, aunque su sonrisa se esfumó rápidamente.

Anduin comprendió que no podría hacerle cambiar de idea, pero quizá sí ayudarla de otra manera.

—Cuando yo era más joven —dijo—, mi padre y yo nos las teníamos con bastante frecuencia. Jaina me dio esto... para que pudiera escaparme de la fortaleza de vez en cuando.

Rebuscó dentro de su abrigo y sacó una piedrecita. Era plana y gris, y tenía engarzada una espiral azul brillante.

—Es una piedra de hogar —dijo—. La usaba para transportarme a Theramore e ir a verla.

Sonrió con tristeza. Los recuerdos de aquellas visitas eran agridulces.

—Desde entonces, he hecho que la armonizaran con Ventormenta.

Se la tendió a Tyrande.

—Llévatela, sobrevive, encuentra a Malfurion y tráelo de vuelta. Y entonces, juntos, lideraréis a vuestro pueblo y recuperaréis el Árbol... con Ventormenta de vuestro lado.

La elfa contempló la piedra de hogar durante un momento y alargó lentamente el brazo para cogerla. Entonces, Tyrande Susurravientos le dedicó una sonrisa suave y luminosa al rey.

—Haré lo que me dices, rey Anduin Wrynn. Y recordaremos este momento como el principio de esa batalla.

Se inclinó y lo besó con delicadeza en la mejilla. Y luego cruzó el portal hacia Darnassus.

* * *

Tyrande apareció en medio del caos.

Los elfos de la noche formaban colas compactas, esperando para escapar de la ciudad por el único medio del que disponían, los portales. Los magi que los manejaban parecían exhaustos y sus brazos temblaban para mantenerlos abiertos. Las sacerdotisas, igual de cansadas, intentaban evitar que se descontrolara la muchedumbre. En la poza de la luna, varios kaldorei rogaban a Elune que los protegiera. Los niños, sensibles a la ansiedad de los mayores, lloraban aferrados a los pechos de sus padres.

Al reconocer los presentes a la recién llegada, estalló una ovación por toda la estancia.

—¡Lady Tyrande! —gritó una elfa de la noche mientras intentaba abrirse camino entre la multitud.

—¡Suma sacerdotisa! —chilló alguien más.

—¿Qué está pasando?

La voz era humana, y su dueña alcanzó a la elfa después de abrirse paso a codazos entre el gentío. Tyrande bajó la mirada hacia Mia Cringrís. La expresión de la reina era estoica, pero tenía los ojos muy abiertos y temblaba, aunque solo un poco. La suma sacerdotisa se inclinó para escuchar sus palabras.

—Hemos oído que la Horda ha destruido los fuegos fatuos, que todas las centinelas han muerto y que la Horda se acerca con fuego arcano para quemar el Árbol del Mundo.

—Nada de ello es cierto —dijo Tyrande—, excepto lo de que... la Horda se acerca. —Hizo una pausa, deseando no tener que pronunciar más palabras terribles—. Y van a tomar Darnassus.

Mia tomó aliento, enderezó los hombros y asintió.

—¿Has venido a ayudarnos con la evacuación?

—No puedo —dijo Tyrande con voz quebrada mientras recorría la escena con la mirada.

»Malfurion se dispone a luchar contra Sylvanas. Debo ayudarlo. Si gana ese combate, la Horda sufrirá un duro revés. Hasta es posible que queden desorganizados durante un tiempo, los cual permitiría escapar a más ciudadanos. —Hizo una pausa—. Tú deberías volver con tu esposo, reina Mia. Está muy preocupado.

—Aún no —dijo la mujer negando con la cabeza—. Estoy a pocos pasos de un portal. A Genn no le vendrá mal ejercitar la paciencia un poco más. Vete. Yo seguiré colaborando con las sacerdotisas para que las colas avancen y no cunda el pánico.

Y entonces la reina Mia se subió de un salto al murete de la poza de la Luna.

—¡Ciudadanos de Darnassus! ¡Honrad a vuestra suma sacerdotisa! ¡Va a unirse a Malfurion Tempestira en combate!

La muchedumbre enmudeció y le abrió paso a la sacerdotisa.

Conmovida, Tyrande alzó los brazos y le pidió a Elune que los bendijera. Su gente necesitaba esperanza, coraje y fuerza si quería sobrellevar la carga que iba a recaer sobre su espalda.

—Oh, pueblo mío... No estamos solos —gritó—. Malfurion y yo haremos lo que esté en nuestra mano para salvar a cuantos podamos. Y los que debáis quedaros, ¡no temáis! Si Teldrassil cae en manos de la Horda, la Alianza acudirá de inmediato. Tenemos amigos. Y tenemos nuestra fuerza de voluntad. ¡Somos kaldorei!

La aclamaron a medida que pasaba. Sabía que no bastaba con aquellas palabras, pero de momento eran lo único que tenía.

* * *

Era de noche. Montada en su hipogrifo, Tyrande contemplaba el tétrico panorama de los centenares de elfos de la noche que huían hacia Darnassus desde distintas partes del Árbol del Mundo, entraban en oleadas en la ciudad y cubrían hasta el último palmo de piedra blanca de sus calles y el verde de sus céspedes. Mientras las alas emplumadas de la gran bestia batían cadenciosas, Tyrande sintió que se le partía el corazón aún más.

A sus pies ardían por los cuatro costados varios barcos de la flota que zarpara hacia Silithus para defender a los inocentes en una batalla inexistente. Otras naves de los kaldorei se retiraban, de momento intactas. La lucha arreciaba en el Cabo de la Niebla. La luz de las lunas, tan hermosa y normalmente tan acogedora, brillaba sobre los combatientes e iluminaba un número aterrador de máquinas de asedio que apuntaban hacia el Árbol.

Y muchas de las formas élficas que se adivinaban en la orilla aún estaban demasiado lejos.

Durante un instante, sintió el casi irrefrenable deseo de bajar del hipogrifo para morir luchando junto a aquellos valientes kaldorei, que sabían que solo luchaban para llevarse algunos enemigos consigo. Pero Anduin estaba en lo cierto, no podía dejar a su pueblo sin líder. Malfurion y ella eran más necesarios que nunca.

—Perdonadme —les susurró a los soldados kaldorei mientras se estremecía por algo más que el azote del aire nocturno—, pero sabed que no se os olvidará.

Volvió su mirada tierra dentro y se preguntó dónde estaría librándose el duelo entre Malfurion y la odiosa Dama Oscura. Necesitaba dar con él rápidamente, pero ¿dónde estaba? A pesar de los milenios de saber que acumulaba, a pesar de todas las lecciones de paciencia que había impartido, no estaba preparada para localizar a un solo ser en el vasto bosque que tenía debajo. ¿Iba a fallarles a todos?

Las lágrimas enturbiaron su visión. Alzó el rostro en busca del beso de las lunas. «Lady Elune —rogó con el corazón sobrecogido por la emoción—, ilumina mi camino».

«Que Elune ilumine tu camino» era una bendición habitual entre su gente, que se solía pronunciar como despedida en tono amistoso, un deseo de buena suerte que intercambiaban amigos y desconocidos por igual. Pero en aquel momento, para la elfa era un rezo. Necesitaba un milagro, algo que diera esperanza a los elfos de la noche que se apiñaban como un pueblo exiliado, desanimado y aterrorizado, vivo solo gracias la generosidad de sus aliados.

Ahogó un grito.

Su diosa la había escuchado.

Un rayo de luz de luna cruzó el cielo nocturno, atravesó la bóveda forestal e iluminó el suelo durante un instante antes de desvanecerse.

Ahí. Su amado estaba ahí. La última esperanza para los elfos de la noche estaba ahí.

Y Elune le mostraba el camino.

—Gracias —dijo con un susurro que estaba a medio camino de un sollozo mientras hacía descender al hipogrifo y rezaba para que no llegara demasiado tarde.

Sobre el suelo forestal yacía su amado, moribundo. Su sangre relucía a la luz de las lunas. Y de pie a su lado, con el hacha en alto, se encontraba el alto señor supremo Varok Colmillosauro.

Tyrande gritó y saltó del hipogrifo. La luz de Elune, blanca y ardiente, inundó la zona. De espaldas a ella, Colmillosauro se quedó clavado en el sitio, atenazado por su hechizo como si se hubiera convertido en piedra. Cuando los pies de Tyrande tocaron el suelo, extendió una mano en el aire. El orco salió volando hacia un lado. Cayó al suelo con un golpe brutal, pero seguía vivo.

Tyrande estaba de pie junto a su amado mientras Colmillosauro la miraba desde abajo. La luz que había invocado se había convertido en unos haces radiantes y mortales que flotaban sobre la blanca cabeza del orco. Este, con los ojos entornados por la luz, resollaba, pero sin hacer ademán de atacar.

«Puedo fulminarlo con un mero pensamiento. Y, aun así, sigue mirándome a los ojos sin pedir piedad». El orco podía haber rematado a Malfurion fácilmente antes de que ella interviniera, pero no lo había hecho. ¿Por qué?

Sin apartar los ojos de los de Colmillosauro, se arrodilló y colocó una mano sobre el cuerpo de Malfurion, que aún respiraba. La oscuridad de Sylvanas había dejado su horrible impronta en el archidruida, pero era la enorme herida que tenía en el pecho la que la alcanzó como una lanzada en el corazón mientras sus dedos se hundían en un riachuelo de sangre.

«Elune, deja que lo cure. Deja que me lo lleve lejos y danos fuerzas para lo que debemos afrontar».

Una vez más, la luz de la diosa acudió a su llamada. El mismo brillo que había formado antes columna de luz envolvió el cuerpo de Malfurion y lo cubrió de arriba abajo hasta que el druida empezó a absorber la gloriosa energía curativa. Bajo su mano, ensangrentada pero benigna, notó cómo se soldaban los huesos, cómo se cerraban las heridas y cómo volvía a latir con fuerza aquel corazón tan grande.

Tyrande dejó escapar un suspiro de alivio y se levantó para encararse con el monstruo que había estado a punto de matar a su esposo. Colmillosauro, sensatamente, no se había movido, y las dagas de luz seguían suspendidas sobre su cabeza, aguardando las instrucciones de la elfa.

—No lo has matado —señaló ella—. ¿Por qué?

Los ojos castaños del orco la estudiaron durante un momento, y entonces pareció tomar una decisión.

—Ataqué de manera deshonrosa —respondió. Reconocer aquello pareció costarle un esfuerzo casi doloroso—. No merecía acabar con él.

La ira recorrió a Tyrande y volvió su voz dura como la piedra y afilada como una cuchilla.

—Toda esta guerra es deshonrosa.

Pensó en los refugiados temblorosos y aterrorizados, en los cuerpos esparcidos por la costa, en las máquinas de asedio que se disponían a atacar su ciudad.

—¿Qué bicho os ha picado? ¡¿Cómo osáis derramar tanta sangre por nada?!

—Osamos porque es nuestro deber —respondió Colmillosauro, aún sin moverse ni apartar la mirada—. Y nuestro deber es vencer.

Los letales puñales de luz de Elune respondieron a la rabia de Tyrande con terrible y letal inmovilidad. Sus afiladas puntas seguían orientadas hacia la garganta del orco. La elfa ardía en deseos de dejarlas ir.

Pero no lo hizo. No había presenciado muchos actos honorables entre la Horda y creía que Colmillosauro estaba avergonzado. ¿Cuánto tiempo se había pasado ahí, sin dar el golpe de gracia, él, el alto señor supremo, un guerrero que había derramado sangre millares de veces?...

La Horda tomaría Darnassus. Cuando lo hiciera, era posible que un general que creía en el honor y que había sido perdonado se compadeciera a su vez de los prisioneros kaldorei.

Y ya había habido demasiadas muertes. Su corazón estaba harto, no albergaba deseo alguno de incrementar su número con su propia venganza.

—Puede que la Horda gane esta batalla, Colmillosauro, pero recuperaremos nuestra tierra.

—Quizá.

¿Acaso intentaba provocarla para que perdiera los nervios? No le daría ese placer.

—Le has perdonado la vida a Malfurion, así que te dejaré elegir. Puedes morir intentando impedir que me lo lleve o puedes quedarte ahí, tirado en el suelo, y vivir.

Pero el orco no estaba acabado.

—Te ofrezco la misma alternativa —replicó—. Puedes llevártelo de vuelta a Darnassus, y los dos caeréis cuando la conquistemos; o puedes llevártelo muy lejos de aquí, y ambos viviréis.

No había nada más que decir.

Tyrande se arrodilló al lado de Malfurion y le puso una mano en el torso. La respiración del druida era tranquila, rítmica. Lo había salvado.

Pero habían perdido su hogar. Tyrande sabía que, durante el resto de su vida, se preguntaría si podría haber cambiado algo de haberse quedado junto a su amado combatiendo a Sylvanas Brisaveloz y al alto señor supremo Colmillosauro. ¿Habrían ganado? ¿O ambos habrían regado la tierra con su sangre, juntos en la muerte como en la vida?

Después de todas las palabras valientes que había dirigido a los demás en el templo..., serían prisioneros. Orcos y trols, Renegados y tauren, goblins y elfos de sangre ocuparían el Árbol.

Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no dejó que el orco las viera. Se permitió mirar por última vez los árboles majestuosos de Vallefresno. Su hogar.

«Perdonadme, mis kaldorei, pero volveremos. Lo juro».

Deslizó la otra mano dentro de una bolsa que llevaba a la cintura y la cerró alrededor del regalo de un espíritu joven y bondadoso que estaba madurando para convertirse en un aliado incondicional de la Luz. La pequeña piedra de hogar encajaba perfectamente en la palma de su mano. La sacó, la contempló durante un instante y, con un mero pensamiento, regresó con su amado a Ventormenta.

* * *

A Delaryn le escocían los ojos y la garganta por el humo. Los elfos de la noche que habían conseguido escapar del Árbol del Mundo se agolpaban en Costa Oscura. Roto finalmente su estoicismo, aullaban aterrorizados, pidiendo a gritos y en vano que los rescataran los bajeles que aún podían navegar.

La centinela comprendía por qué estaban huyendo los barcos y rezaba para que Cordressa se encontrara a salvo en uno de ellos. La Horda ascendía por la orilla con sus mortíferas máquinas de asedio, capaces de escupir fuego. Todos los barcos que intentaban llegar hasta los frenéticos kaldorei que se encontraban en la playa se verían engullidos por las llamas antes de salvar a un solo elfo. Shandris Plumaluna hacía bien en zarpar. Debía sobrevivir y volver con refuerzos de la Alianza para liberar el Árbol de sus ocupantes. Pero esa lógica no ofrecía ningún consuelo a los que estaban a punto de convertirse en prisioneros.

Delaryn Luna de Verano no se contaría entre ellos. Su deber era luchar y seguiría haciéndolo hasta que no pudiera más.La adrenalina y su determinación le permitieron ignorar las primeras flechas. Pero el cuerpo la traicionaba un poco más con cada una que le atravesaba la armadura y la carne. Al dar la última en el blanco, se tambaleó durante un momento y entonces se le doblaron las rodillas y se desplomó.

No podía seguir postergando lo inevitable.

Sintió frío, pero, extrañamente, al mismo tiempo, el dolor empezó a mitigarse.

—Pronto no te dolerá nada —dijo una voz cálida y familiar, una voz amada.

Ferryn estaba junto a ella en su forma favorita, la de sable de la noche. Por un momento, Delaryn se alegró. Pero entonces se dio cuenta de que el elfo estaba hablando cuando no podía hacerlo. Los felinos eran incapaces de articular palabras.

—No eres... real —murmuró, decepcionada.

—Soy tan real como quieras que sea.

Se moría y su mente estaba conjurando imágenes de consuelo. Pero estaba extrañamente en paz con la idea. Sabía una cosa, aunque no entendía cómo: que Ferryn estaba muerto. Y también estaba en paz con aquella idea porque, muy pronto, se reuniría con él.

—Descansa —dijo su amado.

Habría querido hacerlo, pero había algo que no la dejaba sumirse en el sueño final. Se debatió contra el sueño y mantuvo los ojos abiertos para ver cómo se acercaba la Horda.

—No puedo —dijo, y se dio cuenta de que había pronunciado esas dos palabras en voz alta, en un sollozo suave y discordante.

—Ya no puedes hacer nada —le susurró el elfo con dulzura.

¿Era el fantasma de Ferryn o solo un fruto de su imaginación?

Unas figuras se acercaron. Oyó los gritos aterrorizados de su gente, el chisporroteo de los barcos que seguían ardiendo y los ruidos rechinantes de las máquinas de asedio. Y, por encima de todo aquel estruendo, una voz fría y gutural, extrañamente clara y cercana, que daba una orden:

—Asegurad la playa. Preparaos para tomar el Árbol.

«Sylvanas».

Malfurion había fracasado.

«Yo he fracasado», pensó Delaryn con un escalofrío de desesperación. La antigua elfa noble y general de forestales estaba a punto de desatar la peor faceta de la Horda —saqueo y venganza— sobre una población que, a esas alturas, ya estaba compuesta solo por civiles. Su propio nombre, Sylvanas, hablaba del amor por los bosques: por el verdor, por los seres vivos. ¿Quedaba algo de aquella elfa en el monstruo que se le acercaba con paso decidido?

Delaryn no iba a morir. Aún no. No sin intentar, con su último aliento, llegar hasta aquella criatura que tanto y tan poco se le parecía al mismo tiempo.

No sin comprender.

«Elune, guíame. Ayúdame a encontrar las palabras que lleguen a su corazón».

Sylvanas no la había visto. Pasó a grandes zancadas al lado mismo de la centinela moribunda.

Delaryn tomó aliento para preguntar:

—¿Por qué?

La jefa de guerra se detuvo.

Quinta parte: Conflagración

El árbol tiene fuego por hojas

y esqueletos por ramas,

y sus raíces solo se alimentan

de las cenizas de los muertos.

Los vientos que suspiran por él son ahora los gritos de los moribundos,

y esta canción,

este lamento

por los horrores inenarrables,

por la crueldad inimaginable,

por la vida, la belleza y la gracia que una vez fueron

y nunca más volverán a ser.

* * *

La noche de Ventormenta estaba sumida en un caos controlado. Incluso en medio de la evacuación, cuando habría sido comprensible que los elfos de la noche estuvieran aterrorizados y fuera de control, no había gritos, no había violencia, no había cuerpos atropellándose en una estampida hacia la salvación.

La catedral no podía albergar más refugiados, ni tan siquiera en los rincones más oscuros de sus extensas catacumbas. En las posadas se alojaban entre diez y quince de ellos por habitación. Hasta algunas zonas de la fortaleza estaban repletas de kaldorei callados y estoicos. El aluvión parecía extenderse por toda la ciudad, además de bajar por el Valle de los Héroes y cubrir gran parte del camino hasta Villadorada.

Malfurion descansaba cómodamente. Tyrande se había mostrado poco dispuesta a dejarlo solo, pero, cuando el druida se sumió en un verdadero sueño reparador, se levantó para acompañar a Anduin en los portales de la torre de los magos, donde montaba guardia.

Los magi llevaban días sin dormir para mantener los portales abiertos. Subsistían gracias a la comida y bebida que conjuraban y a las continuas bendiciones de las sacerdotisas.

Genn tampoco había dormido.

Anduin había observado con preocupación cómo la brusquedad habitual de Genn ganaba en hostilidad por la inquietud. Evidentemente, Mia ya lo había previsto, y le había enviado cartas con los refugiados, que se prestaban a llevarlas de buen grado. Los kaldorei respetaban a Genn, pero a Mia la adoraban. Sin embargo, a medida que las multitudes aumentaban, la frecuencia de las cartas había ido disminuyendo. Y, cuando Tyrande regresó con el malherido Malfurion e informó de la situación a Anduin, Genn quedó tan afligido y furioso que perdió el control y empezó transformarse en huargen. Solo consiguió detener la transformación con un esfuerzo palpable.

«Se encuentra muy cerca de un portal —le había dicho Tyrande—. Vendrá cuando esté preparada. —Había puesto una mano amable sobre el brazo de Genn—. Está haciendo mucho bien».

«También puede hacer mucho bien aquí —había rezongado Genn—. Debería ir yo mismo y traerla».

Pero no lo había hecho. Aún no. Aunque si Mia no aparecía pronto, sin duda cumpliría su palabra. Y Anduin no podría reprochárselo.

Velen había sacado a Genn del Sagrario del Mago, con la excusa de que los magi necesitaban espacio para los refugiados. En ese momento se encontraban en la salida de la torre, dirigiendo el creciente aluvión de confundidos y aterrorizados elfos de la noche. Anduin le había prometido a Genn que, en el mismo instante en que llegara Mia, la enviaría donde la aguardaba su esposo tan ansiosamente.

Solo esperaba que no faltase mucho.

* * *

La primera andanada de las máquinas de asedio dio en el blanco.

La aldea Rut'theran, con sus muelles atestados de elfos de la noche, fue la primera en quedar consumida por las llamas. Los que no murieron directamente se precipitaron al agua salada, donde gritaron de agonía al ver que no les brindaba alivio, sino más consternación... y luego la muerte.

Los proyectiles arcanos, grandes como árboles cada uno de ellos, se estrellaron contra las ramas de Teldrassil. El fuego prendió con rapidez. Desde la Costa Oscura, los chamanes conjuraron vientos para avivar las llamas. Las chispas bailaban de rama en rama como diablillos despiadados, sin dejar más que un chisporroteo ámbar y carmesí a su paso.

El infierno trepó con avidez y las llamas se propagaron. La superficie del lago Al'Ameth refulgía con los colores reflejados de un cielo negro y escarlata. La conflagración se extendió por el norte hasta Dolanaar, al este hacia la aldea Brisa Estelar y al oeste hasta las tierras de los Tuercepinos.

Y de ahí a Darnassus.

Los edificios de madera del Bancal de los Mercaderes ardieron con rapidez, pero el implacable fuego se vio frustrado, aunque solo durante un rato, por la piedra y el agua del corazón de la gran ciudad, el Templo de la Luna.

Pero entonces, las llamas saltaron a los Jardines del Templo y las ramas que se inclinaban sobre el edificio prendieron también.

* * *

El horrible hedor de la carne y la madera ardiendo golpeó a Mia como si fuera algo físico. Se dobló sobre sí, tosiendo, con los ojos llorosos y los oídos ensordecidos por el clamor de los aullidos que llegaban del exterior —y el interior— del templo. En medio de aquella algarabía de terror, oyó un estruendo amortiguado.

A su lado, Astarii, Lariia y las demás sacerdotisas se habían quedado paralizadas de puro horror. Sus sentidos eran, con mucho, más agudos que los de Mia. Unos dedos fríos aferraron su corazón y lo estrujaron. No quiso saber qué habían oído.

Pero el momento de ignorancia se esfumó enseguida.

—¡Nos atacan! —gritó una voz desde la entrada del templo—. ¡El Árbol se está quemando!

* * *

«¿Qué he hecho?»

Teldrassil.

La Corona de la Tierra.

La iluminación de sus enormes ramas, un santuario hasta entonces, cubría el agua y la tierra de un brillo ambarino y sombras grotescas.

«Ahora lo comprenderás», le había susurrado la Reina alma en pena a Delaryn antes de hacer lo impensable. Antes de...

Pero la Dama Oscura se equivocaba. «No comprendo nada».

La congoja y la culpabilidad de Delaryn ardían con tanta ferocidad como el mismo fuego. En una demostración final de malicia tan insondable como sus propios motivos, Sylvanas Brisaveloz había vuelto la cabeza de Delaryn para que la moribunda kaldorei pudiera contemplar con claridad la destrucción de todo lo que amaba, de todas las cosas por las que había luchado, en las que había creído y por las que había derramado su sangre. Todo aquello por lo que había vivido... y por lo que estaba a punto de morir.

El Árbol se había convertido en una trampa mortal y pronto sería el escenario de la mayor cremación de la historia de Azeroth.

—Cierra los ojos —le dijo Ferryn.

Se estiró cuan largo era ante ella, en un intento de protegerla del tormento de aquel brillo infernal. Pero su forma fantasmal era traslúcida. Le nublaba la vista, pero no se la tapaba.

«No puedo cerrar los ojos —pensó ella, aunque no pudo decirlo. Ya no era capaz de hablar y la vida se le escapaba por momentos—. Tengo que ver esto».

Si había alguna piedad en el mundo, aquel atroz espectáculo le quemaría los ojos hasta dejarla ciega, pero, en un nuevo alarde de crueldad, hasta este consuelo se le negó. Sus sentidos estaban en su apogeo, aullando. No tendría que haber podido oír los gemidos chasqueantes de las ramas del Árbol del Mundo, pero el sonido se entremezclaba con los chillidos de los que habían quedado abandonados en la Costa Oscura.

Por una extraña perversidad, Delaryn solo sentía frío ante aquel fuego abrasador.

«La muerte es fría —pensó—. Incluso para aquellos que arden».

«Aquellos a los que les he fallado».

—Despréndete de tu odio y de tu miedo —le dijo Ferryn con suavidad y dulzura—. Todo eso ha quedado atrás. Ven conmigo.

«No eres real —pensó Delaryn con una mezcla de rabia y angustia—. Solo eres una sombra melancólica que promete paz».

«No habrá paz. No para mí».

La forma fantasmal del elfo de la noche despareció. Aunque, claro, nunca había estado ahí.

Por encima de la bóveda del bosque, por encima del gran árbol en llamas, por encima de todos los avatares y tormentos de ese mundo, colgaban las dos lunas: la Dama Blanca y el Niño Azul. Madre e Hija, Elune y su pueblo. En su tiempo, el firmamento nocturno le había ofrecido consuelo y bálsamo. Pero ahora se veía frío allí, y las estrellas parecían tan duras como el diamante al que se asemejaban.

«¿Dónde estás, Elune? ¿Cómo has podido abandonar a tus hijos al fuego? Hemos dado todo lo que teníamos. ¿Por qué?».

Era afortunada. Las flechas se cobrarían su vida. Pero los niños cuyas cunas habían sido las ramas del Árbol del Mundo morirían en agonía y, peor aún, en total inocencia.

«Desvía tu rostro de Azeroth con vergüenza, Elune». Sus pensamientos eran como dagas. «Nos has abandonado. Nos hemos esforzado tanto... Creíamos en tu amor, en tu protección...».

Tenía la boca demasiado seca y el cuerpo demasiado débil como para escupir siquiera de desprecio.

Su dolor fue creciendo al mismo tiempo que el frío se adueñaba de su corazón.

«Pronto no te dolerá nada», le había asegurado la forma fantasmal de su amado.

¿Le seguiría doliendo cuando se sumiera en el olvido?

Pero Ferryn ya no estaba ahí para responderle.

* * *

Salía humo de los portales, y Tyrande Susurravientos desesperaba.

Finalmente, toda semblanza de calma se había roto en mil pedazos. El pánico era patente en las caras de los elfos de la noche que atravesaban los portales corriendo para entrar en el Sagrario del Mago, intentando escapar del incendio que había estallado en Darnassus de manera inexplicable...

—¡Despejad la zona! ¡Debemos liberar espacio, ya! —gritó Anduin.

Los guardias de Ventormenta obedecieron con presteza. Recogieron a los hijos de los elfos y bajaron corriendo la rampa junto a sus padres hasta llegar a terreno abierto.

Pero disponer de más espacio no supondría diferencia alguna. El incendio era demasiado grande, demasiado rápido. No se trataba de llamas normales. Apestaba a una magia dirigida a una tarea tan cruel, tan absolutamente carente de cualquier brizna de compasión que Tyrande era incapaz hasta de concebirla. «¿Acaso he tentado al destino con mi arrogancia, Elune? ¿Tanto escapa Sylvanas Brisaveloz a tu Luz que sería capaz de incendiar Darnassus?».

En los portales, los kaldorei se abrían paso como podían, arañando y dando empujones. Tyrande, Anduin, los guardias de Ventormenta y las centinelas ponían a salvo a los refugiados, que no paraban de toser, los enviaban hacia la rampa y luego corrían a los portales a por más. El humo, negro y asfixiante, era cada vez más denso, y ya casi no se podía ver a los que estaban al otro lado.

El calor abofeteó a Tyrande en el rostro y evaporó una lágrima que había derramado la sacerdotisa sin darse cuenta. Desoyendo su instinto, retrocedió para que otro ocupara su lugar y se obligó a serenarse. En un momento así, en el que cada segundo contaba, podía encontrar un modo mejor de ayudar.

«Elune..., por favor, déjame ayudarlos...».

Y entonces notó que se restañaba el daño de sus pulmones y podía volver a respirar con normalidad.

* * *

Las lágrimas, fruto del humo y del pesar, surcaban el rostro de Astarii.

¿Cómo podía estar pasando aquello? ¿Cómo había podido llegar tan lejos la Horda? Y, por la bendita Elune, ¿por qué habían decidido quemar el Árbol del Mundo? Aquello era más que un acto de guerra, más que mera crueldad. Era una locura, un genocidio y un odio tan grandes que Astarii no alcanzaba a entenderlo.

Paralizada por la consternación y el horror, se obligó a centrarse en el presente. Aún había portales abiertos. Aún quedaban vidas que salvar... si lograba que escucharan.

—¡Mantened la calma, por favor! —gritó—. ¡No os apiñéis en los portales o no cruzará nadie más!

Varios rostros se volvieron hacia ella, detenidos por un instante en su primaria búsqueda de seguridad. Sin embargo, la mayoría siguió empujando sin hacer caso a la súplica de Astarii. Cuando las familias conseguían ganar el templo, se alzaban gritos que pedían socorro. Algunos cargaban con sus seres queridos, quienes, horriblemente quemados, aullaban de dolor mientras se les caía a pedazos la piel ennegrecida y supurante. Otros ya estaban más allá de cualquier ayuda que pudieran prestarles las sacerdotisas.

El hedor de la muerte se entremezclaba con la peste del fuego y la carne calcinada. Algunos que se habían abierto paso a codazos ni tan siquiera se dirigían a los portales, sino que se arrojaban a la poza de la luna y se mojaban con las aguas sagradas, sollozando mientras rezaban a la diosa.

—¡Escuchad a vuestra sacerdotisa!

Quien gritaba era Mia, aún al borde de la poza de la luna, haciendo bocina con las manos.

La mirada de Astarii se encontró con la de Lariia y señaló hacia la entrada del templo. La elfa asintió al comprender. Se zambulló en la poza, rodeó los cuerpos apiñados de los afligidos suplicantes y tras emerger, chorreando, se abrió paso entre la muchedumbre y se perdió de vista.

Regresó al cabo de unos instantes, consternada.

—Está todo ardiendo —le dijo a Astarii—. Todos los árboles, toda la hierba... —Tosió—. El fuego corta los caminos que llevan a la ciudad.

—Mia —gritó Astarii tratando de hacerse oír por encima de los gritos de los aterrorizados elfos—, es hora de que te vayas.

—Aún no —dijo la humana apretando la mandíbula.

Astarii tragó saliva. La reina de Gilneas tenía un marido y una hija. Y no eran kaldorei. La sacerdotisa no iba a permitir que el fuego les arrebatara a Mia.

—Pronto será demasiado tarde —dijo—. Morir con nosotros no servirá de nada. ¡Nos ayudarás más si vives!

Se disponía a añadir algo más cuando llegó un crujido horrible desde lo alto. Con lentitud suficiente para que todo el mundo lo viera y comprendiera, pero demasiado rápido como para que pudieran escapar, una mole enorme y rojiambarina se precipitó sobre la cúpula de cristal que cubría el templo: una gigantesca rama de árbol, envuelta en lenguas de fuego.

Los elfos de la poza de la luna gritaron.

Durante un instante brevísimo, la gran rama se vio detenida por el cuenco de Haidene, y Astarii sintió que se le henchía el corazón. «Elune nos ha salv...».

Una grieta se abrió en zigzag en la pileta de piedra y el cuenco se partió en dos.

Las aguas sagradas se derramaron. El gran cuenco de piedra cayó rodando y la estatua de Haidene perdió ambos brazos. Un fragmento de la pileta segó el cuello de la estatua y la cabeza cayó sobre los aterrorizados elfos de la noche que habían buscado refugio en el estanque. La poza de la luna se rompió en mil pedazos y sus aguas sagradas se esparcieron sobre la hierba, enrojecida ya por la sangre de los inocentes.

Se alzaron más gritos. Los que aún podían moverse salieron en estampida como animales enloquecidos hacia el brutal abrazo de las llamas.

* * *

El aluvión de supervivientes que llegaban tambaleantes por los portales, envueltos en humo negro y espoleados por las llamas parpadeantes, aminoró hasta convertirse en un goteo, hasta que finalmente... cesó.

Aun así, Anduin y Tyrande permanecieron en el Sagrario del Mago. Aguardando, rezando. Tosiendo y con los ojos entornados a causa del calor.

Una lengua de fuego lamió ansiosa la salida de uno de los portales, y Anduin se dio cuenta de que debía tomar la decisión más difícil de su vida.

Si quedaba alguien con vida al otro lado de los portales, estaba demasiado débil o herido para cruzarlos. Ya ni siquiera se oían gritos, solo el crepitar implacable de las llamas insaciables. No podrían salvar más familias, ni más niños. Ni más sacerdotisas.

Ni a Mia Cringrís.

Genn nunca le perdonaría la orden que estaba a punto de dar. Ni tampoco él mismo. Pero el espeso humo negro que estaba a un mundo de distancia, en Darnassus, acabaría asfixiando a los que se hallaban en Ventormenta si no pronunciaba aquella orden que se le atragantaba.

Desolado, con voz rasgada por el dolor, exclamó:

—¡Cerrad los...!

Un aullido terrible cortó como una cuchilla la cacofonía de la aterrada turba de elfos de la noche.

—¡Quitad de en medio!

La voz era profunda y colérica. El rey gilneano, en forma de huargen y a cuatro patas, cruzó como una exhalación el gentío que ocupaba el Sagrario del Mago. El humo ya llenaba la estancia y Genn Cringrís salió disparado hacia el portal principal.

Anduin arremetió sin pensárselo. Embistió a Genn y lo tiró al suelo. Genn se revolvió rápidamente, inmovilizó con facilidad a Anduin y, con un gruñido, levantó una garra cubierta de canas, casi consumido por la rabia que siempre lo acechaba cuando estaba en forma de bestia.

—¡Es demasiado peligroso! —dijo Anduin, tosiendo.

La cara salvaje de Genn estaba a unos dedos de la de Anduin. Sus labios se curvaron para mostrar unos dientes largos y afilados mientras dejaba escapar un gruñido feroz.

—Genn, ¡es demasiado tarde! —gritó Tyrande.

El huargen salió disparado hacia la elfa de la noche.

—¡Ella me arrebató mi reino! —resopló Genn—. ¡Me arrebató a mi hijo! ¡No va a arrebatarme a mi mujer!

Y, antes de que Anduin pudiera articular palabra, ya había saltado por el portal humeante.

* * *

A Genn no le eran ajenas la guerra, la violencia, la crueldad o la aflicción. Pero nada de lo que hubiera visto lo había preparado para el horror que encontró al otro lado del portal.

Donde antes se levantara una hermosa estatua que ofrecía aguas curativas a los penitentes, ahora solo quedaban escombros, cuerpos desperdigados, barro ensangrentado y una rama gigantesca envuelta en llamas. El aire era casi irrespirable. El humo y el horrible hedor de la muerte asaltaron sus sentidos lupinos.

Se obligó a tomar aliento y gritó:

—¡Mia!

—¡Genn! ¡Aquí!

Era una voz áspera, pero reconocible: la sacerdotisa Astarii. Un mago y ella intentaban mover un escombro que tenía inmovilizada a una forma flácida.

«Mia...».

Mientras corría hacia ellos, su miedo y su furia se arremolinaron para formar un torbellino de fuerza inaudita para él. Levantó el enorme pedazo de piedra como si tratara de un mueble no más pesado que aquellas horribles mesitas auxiliares que tanto gustaban a Mia, las mismas que habían dejado en Gilneas al huir...

—¡Mia!

Estaba hecha un ovillo, para protegerse de...

No, no buscaba protegerse a sí misma con esa posición. Los brazos de su mujer, milagrosamente ilesos, envolvían a una pequeña elfa de la noche, una bebé. El olor a cobre de la sangre de su esposa inundó sus fosas nasales. Tenía las piernas dobladas en un ángulo imposible, como si fueran las de la muñeca que alguna niña airada hubiese roto en un ataque de rencor. El hueso asomaba por la piel, y había quemaduras...

Acongojado e impotente, Genn se volvió hacia Astarii, pero la sacerdotisa ya murmuraba una plegaria con voz ronca por el humo. Una luz salida de la nada iluminó sus manos. Genn contempló cómo se enderezaban las piernas de su dulce Mia, cómo se soldaban sus huesos, y cómo su piel lacerada...

La mujer abrió los ojos con un parpadeo y la criatura que tenía en los brazos se removió.

Genn sintió nuevas lágrimas en los ojos, pero esta vez no a causa del humo.

—Elune aún nos escucha —dijo Astarii con el rostro suavizado por la dicha y el asombro, incluso en aquel momento y lugar.

Mia alargó la mano hacia su marido.

—Genn... El Árbol... Están quemando el Árbol... —Tosió violentamente, con los pulmones dañados por el aire candente—. La niña... Llévatela. A mí déjame.

—Ni hablar —gruñó él.

Habían presenciado muchos horrores juntos. Se habían enfrentado a la muerte cogidos de la mano. Mientras él respirara, ella también lo haría.

—¡Os venís las dos conmigo!

¿Podía hacer más? Aquellas personas eran sus amigos, y se estaban enfrentando a la peor muerte imaginable. El gran Árbol, hogar de miles, estaba en llamas. Morirían quemados, sabiendo que todo estaba perdido. Mientras envolvía a Mia entre sus brazos incluso, Genn vaciló. Nunca había llevado demasiado bien eso de huir.

—No los abandonaremos —dijo Astarii mientras hacía un gesto con la mano hacia los demás elfos de la noche.

Genn se dio cuenta de que la sacerdotisa entendía su conflicto. El tiempo del rescate se había agotado como la arena de un reloj. Ella se refería a que alguien debía quedarse con los moribundos, para ayudarlos en sus últimos momentos.

Bruscamente, sin saber qué otra cosa podía hacer o decir, respondió:

—Que Elune esté contigo.

Acunando a su adorada esposa y a aquella diminuta criatura, la última refugiada de los elfos de la noche, Genn Cringrís cruzó el último portal.

* * *

Las sacerdotisas sabían qué hacer. Astarii tendió los brazos hacia una madre y su joven hijo, que se encontraban entre los últimos que habían llegado al templo.

—No tengas miedo —le dijo al chico, que estaba mudo y tembloroso—. Ven aquí.

Con un brazo alrededor de la madre y otro alrededor del chico, Astarii se hundió en la tierra empapada.

Las tres últimas sacerdotisas de Elune en Teldrassil rezaron. Pero no pidieron sanación ni rescate.

Pidieron misericordia.

Y su diosa las escuchó mientras Astarii empezaba a cantar.

Bajo el brillo de las lunas, escuchad.

Junto al río, escuchad.

Abrazando a los que amáis, escuchad

el lamento de los moribundos,

el susurro del viento sobre la queda muerte...

El sueño acarició la mente de Astarii, suave como una pluma, dulce como la miel. El dolor desapareció. La elfa dejó escapar un suspiro. Alrededor, oyó sonidos similares.

El fuego era implacable. El humo los mataría y las llamas devorarían su carne e incluso sus huesos. Solo quedarían cenizas. Pero no sentirían nada.

No había dolor a la luz de la Dama ni al amparo de su amor. Madre e hijo dormían, respirando suavemente pese al humo. Cumplido su deber, Astarii permitió que sus propios párpados se cerraran con un pestañeo.

«Algún día se hará justicia, pero no serán tus ojos los que lo vean».

La última cosa que oyó fue un chisporroteo, antes de sumirse en el sueño.

* * *

¡Ciérralo! —gritó Genn con voz ronca por el humo, el fuego y los horrores que había contemplado.

El mago, con la cara pálida y contraída de pesar, bajó las manos.

El último portal desapareció.

Genn lo había conseguido. No solo había traído a Mina, sino también a una niña de los elfos de la noche. Anduin no alcanzaba a ver si alguno de los tres estaba herido, así que invocó la Luz. Le había pedido ayuda mil veces en los últimos días y, aun así, esta llegó, como siempre, y las heridas se curaron.

No, no todas las heridas. Genn cayó de rodillas al suelo, agarrando aún a una Mia exhausta. Tyrande cogió a la niña. El huargen tomó una gran bocanada de aire, exhaló y recuperó su forma humana. Levantó la mirada hacia Tyrande y la absoluta desolación de su expresión transmitió con más elocuencia que cualquier palabra la magnitud de lo ocurrido.

—El Árbol se está quemando —dijo con voz dura y rebosante de dolor.

—¿Te refieres a Darnassus? —preguntó Tyrande con un hilo de voz.

—El Árbol —repitió Genn—. Lo siento, suma sacerdotisa. La Horda ha prendido fuego al Árbol del Mundo. —Sus ojos, inyectados en sangre, se entrecerraron—. Pagarán por esto. Te lo juro..., ¡lo pagarán!

Anduin sintió un escalofrío. El Árbol estaba ardiendo. Teldrassil, con todos sus poblados y rincones y ciudades, sus colinas, sus valles y sus criaturas. Todos y todo serían pasto de las llamas.

Tyrande cerró los ojos.

—Dije que el Árbol no... —Se le quebró la voz.

Abrió los ojos y miró a la criatura que tenía entre sus brazos, cubierta de hollín, pero entera. Sana. Viva. Unas lágrimas le corrieron por las mejillas.

—¿Cómo se llama? —preguntó en voz baja.

Mia sacudió la cabeza débilmente.

—No lo sé —dijo.

—Entonces, pequeña, te llamarás Finel, «la última». Porque eres la última kaldorei que ha escapado con vida.

El Árbol del Mundo era más que una ciudad. Era una tierra entera, hogar de incontables inocentes. ¿Cuántos elfos de la noche había en otras partes de Azeroth? Muy pocos. Pero, en aquel momento, eran cuanto quedaban de su pueblo.

Sylvanas Brisaveloz había cometido un genocidio.

Anduin sabía que era egoísta... y arrogante también. Astuta, decidida. Pero nunca se habría esperado algo así. Con la mirada borrosa, vio la cara de Genn Cringrís mientras su mujer lo abrazaba y se dio cuenta de que, ni siquiera Genn, que odiaba a Sylvanas con todas sus fuerzas, podía creerlo. Nadie habría pensado que la jefa de guerra antepondría su crueldad a su astucia. La destrucción del Árbol no obedecía a un designio estratégico o una razón consciente. Más bien al contrario: con aquella decisión incomprensible, Sylvanas había unido a la Alianza como nadie habría podido.

Nada de todo aquello importaba ya. Habían tenido oportunidades de pararla, oportunidades de atacar antes que ella. Anduin había optado por rechazarlas. Desde aquel día, innumerables voces lo atormentarían en sueños hasta que lograra una simple cosa: detener a Sylvanas. Para siempre.

Sus ojos se encontraron con los de Tyrande por encima de la cabeza del bebé. Finel gimoteó, y Tyrande la acurrucó contra su pecho y la acunó. Y entonces, con tanta suavidad que Anduin apenas la oyó, la suma sacerdotisa de los elfos de la noche empezó a cantar.

Oh, pequeña, la última, escucha

el canto perpetuo de mi corazón roto

la historia del Árbol del Mundo

y la muerte de todos los sueños

que una vez acunara en sus fuertes ramas.

Anduin se pasó una manga ennegrecida por los ojos húmedos. Lo que tenía que hacer iba a partirle un corazón ya sangrante. Sereno, calmado, hizo acopio de determinación. Después lo ocurrido, no cabía otra cosa.

No había alternativa.

Ni dudas.

Ni arrepentimiento posible.

Era la guerra.