Grito Infernal
por Robert Brooks

Parte uno

Garrosh escudriñó con cautela el paisaje de Nagrand. Hacía días que no avistaba a ningún explorador Grito de Guerra. ¿Por qué habría de haberlos? La cima de la colina estaba situaba a un extremo del territorio del clan, y en tiempos de paz no había muchas razones para patrullar por la zona: los saqueadores ogros vendrían desde el oeste; los otros clanes de orcos, desde el este. Hasta la caza era escasa durante esta época, recordó Garrosh.

La última vez que se había sentado en aquella cima era muy joven y...

No. Garrosh nunca se había sentado en aquella cima, ni trepado aquellos árboles, ni acariciado con sus dedos aquella hierba cuando era niño. Este era un mundo diferente.

Kairozdormu le había advertido que algunas cosas le parecerían extrañas. «Me he pasado toda la vida estudiando los portales del tiempo. Si intentas contar y comparar todas las briznas de hierba, acabarás volviéndote loco —había dicho—. Para que mi plan se cumpla necesitamos... condiciones favorables, y aquí es donde las encontraremos. Esta línea temporal es perfecta para nosotros. No es un reflejo perfecto de la nuestra, pero es perfecta al fin y al cabo».

Eso aún quedaba por demostrar. Garrosh protegió sus ojos de los últimos rayos del sol mientras contemplaba las tierras que se extendían hasta el horizonte. Al menos sabía que aquella cima sería un lugar seguro para descansar. Las extensas praderas que los rodeaban, frondosas y verdes, dejarían al descubierto a cualquier intruso antes incluso de que estos avistasen a Garrosh.

A su espalda, Kairoz descansaba tumbado boca arriba cerca de la ardiente hoguera mientras sostenía una esquirla de cristal grande y dentada por encima de su cabeza. La luz del fuego y del ocaso arrancaban destellos de bronce de su superficie. —¿Has pensado en lo que hablamos, Grito Infernal? Ya has perdido demasiado tiempo.

Garrosh se volvió fulminándolo con la mirada. —No vuelvas a llamarme por ese nombre. No aquí. Nunca más.

Kairoz se incorporó con torpeza. El dragón de bronce aún se movía con dificultad en su nueva forma de orco. —¿No? Es cierto, tu apellido podría captar la atención de los Grito de Guerra. Los acontecimientos podrían adelantarse.

—Y también podría provocar que Aullavísceras me rebanase el cuello. Y el tuyo también —dijo Garrosh.

Kairoz sonrió con suficiencia. Su ademán era sin duda quel'dorei, lo cual quedaba totalmente fuera de lugar en aquella cara de orco. —Tu padre y su arma no podrían tocarme. A menos que pueda volar.

Garrosh no respondió. « Ojalá muestres tu forma de dragón frente a Grommash Grito Infernal. De verdad».

Kairoz colocó la esquirla de cristal en su regazo. Incluso aquel simple movimiento parecía forzado. —¿Y bien? ¿Has tomado una decisión?

—Sí.

—¿Y…?

Garrosh respondió con voz calmada. —Ha llegado el momento de que nos separaremos —dijo.

—Ah, ¿sí? —Kairoz rio entre dientes—. No recuerdo haberte dado esa opción.

—Es posible que parezcas un orco, pero no actúas como tal. Lo notarán. Tengo que acercarme a ellos yo solo —dijo Garrosh.

—Ya veo. ¿Y cuándo se supone que haré acto de presencia? —La sonrisa suficiente de Kairoz se acentuó.

—¿Quién sabe? Cuando llegue el momento oportuno.

—Es decir, nunca. —Kairoz sacudió la cabeza—. Ay, Garrosh, Garrosh, Garrosh. La diplomacia no es tu punto fuerte. No te pongas en evidencia.

Garrosh contuvo una respuesta mordaz. —De acuerdo. —Su voz sonaba controlada—. Te voy a ser sincero: mi Horda no necesita la ayuda de un dragón.

—Mmm. ¿Tu Horda? —Kairoz se levantó lentamente, balanceando con cuidado la esquirla de cristal en una mano—. Tu Horda te expulsó. Sin mí aún estarías pudriéndote en aquella cárcel. No puedes permitirte que me vaya. —El orco impostor ladeó la cabeza—. Y, si no te comportas, haré que desees estar en aquella celda aguardando la gracia del hacha del verdugo.

Kairoz tenía la otra mano escondida en el fajín, la única pieza que había conservado de su atuendo de alto elfo. Garrosh alcanzó a oír un traqueteo de metal en su interior. ¿Podría tratarse de un arma oculta?

En la cabeza de Garrosh se formó un sentimiento de expectante violencia. El mundo se volvió más claro, más nítido. No permitió que ese sentimiento aflorara. —Mi gente se merece mucho más de lo que el destino les ha deparado. Yo me encargaré de remediarlo. Sin ti —dijo Garrosh.

—Tú no me das órdenes —dijo Kairoz—. Yo...

—Ya basta. —Garrosh saltó hacia delante sin previo aviso mientras el aire se impregnaba de un inaudible grito de batalla. En tres zancadas había rodeado la hoguera y agarrado a Kairoz por el cuello, presionándolo fuertemente mientras lo elevaba del suelo.

Hubo un destello de luz bronce. La esquirla de cristal que sostenía Kairoz centelleó.

Garrosh parpadeó y se percató de que su mano ya solo sostenía aire. Tenía de nuevo la hoguera delante, justo a tres zancadas, como si nunca se hubiese movido. Kairoz había desaparecido. Tras un momento de confusión, un brazo aprisionó repentinamente el cuello de Garrosh y tiró de él.

El mundo se puso del revés. Un metal frío —y a su vez familiar— se cerró entorno a sus muñecas.

Garrosh cayó al suelo, la rodilla de Kairoz lo mantenía firmemente aprisionado, su brazo le oprimía el cuello con firmeza.

—¿De verdad piensas que soy débil porque ahora sea mortal? —Siseó Kairoz—. Ya no eres Jefe de Guerra, Grito Infernal. Eres libre solo porque yo quiero. Estás vivo solo porque yo quiero. Y te unirás a tu padre y unificarás a los antiguos clanes orcos porque así lo quiero. —El disfraz de Kairoz empezó a disiparse desde el cuello y, de repente, la cabeza de orco comenzó a transformarse en algo mucho más grande y reptiliano. Los enormes ojos del dragón bronce se aproximaron a tan solo unos centímetros de la cara de Garrosh. —Eres un simple peón. Nada más. Si no me eres útil, te sacrificaré en la partida.

Garrosh le enseñó los dientes. Le había encadenado las muñecas con las mismas esposas que había llevado cuando escapó de aquel absurdo circo que había sido su juicio. Ahora comprendía por qué Kairoz las había abierto con tanto cuidado en vez de haberlas roto sin más.

El propósito de Kairoz había sido esconderlas y tenerlas preparadas. Se había anticipado a un posible enfrentamiento. No, había provocado un enfrentamiento.

Despacio, poco a poco, Garrosh fue dominando su ira. Comenzó a controlar su respiración. Una respiración constante. « Idiota. Te ha tendido una trampa. No vuelvas a cometer el mismo error».La mancha roja que nublaba su vista comenzó a desvanecerse. Cuando volvió a hablar, su voz seguía tensa, pero comedida.

—Si no me necesitases, dragón, me habrías dejado en Pandaria —respondió—. Así que ahórrate las amenazas.

La boca de reptil de Kairoz se retorció en una sonrisa. —Siempre y cuando nos entendamos. —Volvió a adquirir al completo la forma de orco y se levantó, apartándose de Garrosh.

—Oh, sí, nos entendemos. —Garrosh giró sobre sí mismo y se incorporó utilizando sus manos atadas—. Créeme.

Mientras se levantaba, sus ojos captaron un destello de luz. La esquirla de cristal había caído allí cerca durante la refriega. Kairoz la señaló. —Recógela.

Garrosh la miró. —Recoge tú tus propios juguetes.

—Ahora es tuya. —Kairoz hablaba como si se estuviese dirigiendo a un niño desobediente—. La necesitarás.

Garrosh miró la esquirla, pero no se movió. El cristal curvo latía y brillaba con una débil luz bronce, la misma luz que había visto cuando el dragón había escavado de sus garras. Los extremos eran afilados. Teniendo las manos atadas sería muy complicado sujetarla sin cortarse. —Creí que habías dicho que ya no tenía poder.

—Lo que dije fue que ya no tenía el poder que una vez tuvo. Eso no significa que no tenga poder, como ya habrás podido comprobar por ti mismo —dijo Kairoz. De nuevo tenía aquella sonrisa de suficiencia.

Garrosh elevó sus muñecas maniatadas. —¿Y esto?

—Parece que eso sí conserva todo su poder, ¿no? Las llevarás hasta que me convenzas de que sabes cuál es tu sitio. —Kairoz se volvió hacia la hoguera y comenzó a sofocar el fuego lanzando tierra con los pies a la madera candente—. Re-có-ge-la.

Respiración sosegada. « No vuelvas a picar». Garrosh cogió la esquirla con cuidado, sopesándola en las palmas de las manos. Durante el juicio, cuando había estado completa, la Visión en el Tiempo tenía dos tallas de dragón bronce idénticas que rodeaban el cristal. Esta esquirla aún conservaba la cabeza y el cuello de una de las figuras. Era un asidero bastante conveniente.

—Supongo que conmigo no tiene ningún poder —dijo Garrosh con voz tensa. « Si no, no me habrías dejado tocarla». Aquel pensamiento provocó que la ira oculta de Garrosh ardiera con gran intensidad.

—Por supuesto. Pero no la pierdas. Si no, me enfadaré —dijo Kairoz. Paseó alejándose de la hoguera, arrancó ociosamente una hoja de las ramas más bajas de un árbol y comenzó a machacarla con los dedos hasta que se convirtió en un amasijo verde—. Has tenido una buena idea, Garrosh. Tú, yo… somos dos desconocidos en estas tierras. Sería mejor que nos acercásemos a los Grito de Guerra por separado. Mediando meses, si hiciera falta. Así disminuiríamos las posibilidades de que tu gente pensase que tú y yo... conspiramos contra ellos. —Dejó caer la masa de hojas verde y se limpió la mano contra el muslo. La palma de su mano, no obstante, aún seguía manchada—. Muéstrales el cristal. En este mundo, los de tu clase son primitivos y tienen cierto conocimiento de lo sobrenatural, ¿me equivoco? Vuestro chamán bastará. Cualquier tonto con un poco de talento podrá trastear con eso que tienes en las manos. Solo con que capten un atisbo de nuestro Azeroth y de las recompensas que ofrecen otros mundos será suficiente. Cuando los hayas convencido de que deben unirse a esa Horda perfecta tuya y conquistar todo lo que vean, entonces llegaré yo. Seré simplemente otro orco más siguiendo el nuevo camino establecido junto a su pueblo. —Kairoz extendió ampliamente los brazos—. Y entonces descubriré de forma milagrosa métodos nuevos para usar la esquirla. La utilizaremos para viajar a todos los mundos que queramos.

—A mí solo me interesa uno —dijo Garrosh.

—Eso es porque eres incapaz de ver el panorama completo. Quieres una Horda, libre de impurezas demoníacas. Yo quiero más. Crearemos un número infinito de Hordas...

Garrosh comenzó a reír.

Kairoz bajó los brazos. Su expresión adquirió una peligrosa aura. —¿Acaso dudas de mí?

Garrosh le sostuvo la mirada. —El reloj de arena quedó destruido cuando nos trajo hasta aquí. Lo vi hecho pedazos en el suelo de aquel templo pandaren. —Levantó la esquirla—. Es posible que aún puedas hacer unos cuantos trucos con esto, pero no finjas que sigue siendo la mismísima Visión en el Tiempo.

—Piénsalo bien, Grito Infernal. —La voz de Kairoz era tenue—. Precisamente porque la mayor parte del reloj de arena se encuentra aún en Azeroth, esa esquirla resuena con nuestro portal del tiempo. Llámalo un atisbo... un reflejo de tiempo. Con un poco de ayuda por mi parte...

—Podremos volver. —Garrosh notaba los acelerados latidos de su corazón y un escalofrío le recorrió la piel. En su cabeza se agolpaban multitud de ideas—. No solo nos llevará de vuelta a Azeroth. También nos devolverá a nuestro tiempo.

—Y eso es solo el principio —dijo Kairoz. Se giró, dirigiendo sus gestos hacia el sol que se iba ocultando tras el horizonte de Nagrand—. Primero será Azeroth. Después, otros mundos. Todos los mundos. Tantos como necesitemos. —El dragón bronce comenzó a reír—. Nada nos detendrá. Ni siquiera el tiempo. Las posibilidades son infinitas. Yo seré infinito...

En tres zancadas, Garrosh hundió la esquirla en la espalda de Kairoz.

Las risas se transformaron en aullidos. Dientes del cristal se abrieron paso con facilidad a través de la carne, sin romperse ni siquiera cuando alcanzaron el músculo o los huesos. Garrosh asía firmemente la escultura de bronce de la esquirla con sus manos atadas.

El cristal comenzó a absorber el poder. Escamas bronce aparecían y se desvanecían en la piel de Kairoz. Estaba intentando utilizar la esquirla para volver a adquirir su forma de dragón. Pero no funcionaba.

Garrosh lo empujó y ambos cayeron al suelo. Arrastró el extremo puntiagudo de la esquirla por todo el hombro de Kairoz hasta llegar a la clavícula, donde lo extrajo. Los alaridos eran cada vez más fuertes. Las débiles manos de orco se movían intentando apartar a Garrosh. Él acercó la cara a unos cuantos centímetros de los ojos del dragón bronce y le hundió la esquirla en la garganta. Los gritos se convirtieron en un gorgoteo ahogado.

Garrosh asió la esquirla con firmeza, ignorando los torrentes de energía que expulsaba y absorbía el cristal, poniendo toda su atención en la sorpresa reflejada los ojos de Kairoz.

—No —dijo Garrosh—. No habrá titiriteros en las sombras. No más amos que ofrezcan poder corrupto. Ya no habrá nadie como tú y los de tu calaña.Los orcos no tendrán ningún dueño.

Garrosh giró la esquirla y la arrastró hacia el pecho de Kairoz, apuñalando una vez tras otra. La sangre bañaba la cima de la colina. No era sangre de orco, ni de ninguna criatura que jamás hubiera pisado aquel mundo; pero la tierra se la bebió igualmente.

Al fin, extrajo la esquirla y se puso en pie.

Kairoz convulsionó en el suelo. Garrosh lo observó con curiosidad. Nunca antes había matado a un dragón bronce. La esquirla latía en sus manos, marcando el pulso de los últimos latidos del dragón. De repente, una niebla color bronce formada por motas del tamaño de un grano de arena  de Kairoz. No se dispersó como el humo, sino que se fue condensando en un fino remolino semejante a una cuerda retorciéndose hasta convertirse en nada y desaparecer de este mundo.

Cuando la niebla color bronce desapareció, la esquirla dejó de palpitar. Los ojos de Kairoz estaban abiertos de par en par y ya no respiraba. Garrosh esperó. Quería estar seguro. Pasaron varios minutos antes que emitiese un gruñido y asintió.

—Ha sido un final más rápido del que te merecías. 

Dejó el cuerpo donde estaba. Si a alguien se le ocurría pasar por allí vería únicamente a un orco que seguramente habría cabreado a quien no debía.

«¿Y no había sido así en cierto modo?».Garrosh sonrió.

Encontró un pequeño arroyo cerca de allí y limpió la sangre de su propio cuerpo y de la esquirla. Aún tenía las muñecas atadas y en carne viva debido al roce, pero no podía hacer nada para solucionarlo, ya que la llave estaba a varios mundos de distancia.

¿Qué haría ahora? Las ideas iban y venían rápidamente. Kairoz tenía razón: la sutileza no era su punto fuerte. Solo bastaría con acercarse con demasiada astucia o dejar entrever demasiada manipulación y su padre no dudaría en cortarle la cabeza. Grommash Grito Infernal no era tonto.

¿O sí?

Garrosh sintió cómo el miedo invadía su estómago. Entonces había sido demasiado joven. A penas recordaba a su padre. «¿Y si no es el orco que creo que es?». Grommash Grito Infernal había caído en una trampa, engañado para convertirse en esclavo de los demonios. Al final había conseguido redimirse, demostrando que su corazón era fuerte, pero no era infalible.

Garrosh llevaba días dándole vueltas al problema, pero todavía no había hallado la solución. «¿Cómo se convence a uno de los orcos más fuertes que existen de que, en realidad, es débil?».

Los últimos rayos del sol desaparecieron. Garrosh se sentó en silencio junto al arroyo. Quizás sería conveniente esperar. Faltaban horas a pie hasta llegar al campamento Grito de Guerra, y los grilletes y la esquirla serían claros indicios de que él no era uno de ellos. Sería mejor llegar mañana o al día siguiente. Mucho mejor que hacerlo en mitad de la noche.

—No —decidió—. Ya no esperaré más. —Envolvió la esquirla con el fajín de Kairoz y la introdujo en su pretina. Grommash reconocería la fuerza del corazón de Garrosh... o no.

Garrosh comenzó a andar. Hacia el alba sabría si viviría al lado de su padre o moriría en sus manos.

Lok-tar ogar —susurró.

Parte II

—Grito Infernal.

... todo ha terminado...

—¿Jefe Grito Infernal?

... termina ya...

Grommash Grito Infernal abrió los ojos. Su tienda estaba vacía, como siempre, pero su brazo se extendía abarcando toda la piel de animal que cubría la cama, intentando abrazar a alguien que nunca se volvería a tumbar en aquel lugar. Como siempre.

Desde fuera de la tienda se volvió a oír la voz. —¿Jefe Grito Infernal?

Él gruñó y se relajó. Aquella voz no había hablado en sus sueños, después de todo. —Entra —dijo.

Un armero Grito de Guerra apareció por la puerta. —Jefe, el asaltante Riglo me ha insultado. Es nuestro deseo probar nuestro valor en mak'rogahn.

Grommash intentó quitarse el sueño de los ojos. —Ya luchasteis ayer por la noche —respondió.

—Contra otros. Pero ha cuestionado mi honor y quiero probar que está equivocado. Ya nunca podrá volver a decir que...

Y seguía. Pasaron los minutos.

Grommash se frotó la frente y finalmente le interrumpió. —De acuerdo. Lucharéis. Cuando se ponga el sol. —Miró a través de las solapas de la tienda. La noche ya había caído. Había dormido todo el día —. No, preparaos ahora. Esperad a que yo llegue para empezar.

—Sí, jefe Grito Infernal. —El armero se fue. 

Es lo que tienen los tiempos de paz —reflexionó Grommash. La mayor parte de sus Grito de Guerra no habían nacido dentro del clan. Se habían unido en masa al estandarte de Grito Infernal buscando guerra y gloria, y durante un tiempo había tenido ambas cosas. Ahora todos sus enemigos habían sido derrotados. Incluso los clanes de orcos rivales se lo tomaban con calma a la hora de enfrentarse entre ellos gracias a Gul'dan y a sus advertencias sobre la existencia de una amenaza externa. Hasta que los clanes decidiesen cómo combatir aquella amenaza no habría nada contra lo que luchar. A algunos les resultaba complicado encontrar algo que hacer.

Mak'Rogahn. No se había creado para resolver disputas sobre insultos insignificantes. Grommash dejó escapar un gran suspiro y se puso en pie, abrochándose los guanteletes.

—Insensatos —susurró, e inmediatamente se arrepintió. No eran insensatos. No más que él. Entendía que la paz traía consigo un caos silencioso, que el pasado podía ejercer presión en una mente ociosa. El remordimiento podía hacer mella en la voluntad de un guerrero si permitía que se asentase durante demasiado tiempo en su mente. — El remordimiento te hace débil —se recordó Garrosh. No había lugar entre los Grito de Guerra para el remordimiento, ni siquiera para el jefe del clan. Incluso una lucha sin sentido como aquella despejaría su mente.

... concédeme la muerte digna de un guerrero que me merezco...

Aullavísceras, el hacha del linaje Grito Infernal, yacía cerca de su cama. No había bebido la sangre de nadie desde hacía demasiado tiempo, y parecía que tampoco lo haría esa noche. Grito Infernal la cogió de todas formas y atravesó sigilosamente el campamento hacia el foso de combate. Ya se había reunido una multitud, aunque no el clan al completo, por supuesto. Solo una décima parte de la décima parte del total había regresado de la caza de la temporada, y solo algunos de ellos se interesaban por lo que ocurría en el foso. Aun así, seguía habiendo orcos suficientes como para rodear el recinto e impedir que viese nada hasta llegar a la tribuna del jefe. El armero y el maestro de lobos estaban abajo en la arena del foso, listos para luchar. Ambos le saludaron.

La multitud enmudeció. —Normalmente hay palabras que decir, pero ya las habéis oído todas —dijo Grito Infernal, dejando que su voz reflejase un poco de emoción —. Solo aquellos con una verdadera voluntad de hierro pueden llamarse a sí mismos Grito de Guerra...

... ¿no ves que es demasiado tarde?...

La voz de Grito Infernal se transformó en un rugido. —Pero ya habéis probado vuestra valía una vez. Probadla de nuevo. ¡Luchad!

Ambos orcos se lanzaron el uno contra el otro, golpeando, agarrando, retorciendo, desgarrando.

La multitud rugió y comenzó a hacer sonar sus armas, haciendo tanto ruido que consiguieron silenciar aquella otra voz, aquella que solo oía el jefe, gritando desde sus recuerdos.

Grommash se sentó y se cruzó de brazos mientras su hacha descansaba sobre su regazo. Tras unos cuantos minutos, el maestro de lobos lanzó el puño con todas sus fuerzas hacia la sien del armero y la lucha terminó. El vencedor se paseó triunfante por el foso, disfrutando de las adulaciones de su clan. El otro permanecía tumbado, inconsciente.

En resumen, bastante normal. Pero había estado a la altura del nivel de los Grito de Guerra. —Una buena pelea. Sin rendiciones. El maestro de lobos tiene honor por haber vencido, y el armero tiene honor por haber tenido la voluntad de luchar hasta el final —dijo Grommash —. Bebed hasta hartaros. Ambos habéis probado tener el corazón de un Grito de Guerra. —« Y ya van ocho veces en dos semanas, según creo».

Dos orcos sacaron al armero del foso y comenzaron a darle leves palmadas en la cara hasta que se despertó, un poco atontado, pero de buen humor. No había que curar extremidades rotas, al menos no esta vez.

La multitud se apiñaba deseosa de ver otro combate. Grommash aceptó. Una sola lucha nunca bastaba para acallar el pasado.

Grommash levantó un puño y la multitud se volvió en su dirección. —¿Quién más? —preguntó —. ¿Quién más me demostrará esta noche que tiene el corazón de un Grito de Guerra?

Entre la multitud se alzaron varios puños que clamaban la atención de Grommash. Un orco se abrió paso entre la muchedumbre y saltó al foso. —¡Yo lo haré! —gritó.

Grommash sonrió. « Los demás piden. Él actúa».El jefe no pudo recordar inmediatamente el nombre de aquel orco, y las pocas antorchas que había alrededor del foso no lo iluminaban lo suficiente. Grommash entornó los ojos, buscando su rostro. Qué extraño. Había algo familiar en aquella figura, pero no le venía a la cabeza ningún nombre.

En la multitud se podían oír algunos murmullos inquietos.

—¿Quién es?

Nadie lo sabía. Los murmullos aumentaron.

Algo fallaba. Grommash se inclinó hacia delante y le miró fijamente. Había muchas cosas que fallaban. Aquel orco extraño tenía las muñecas unidas por esposas. Sus vestimentas no se parecían a nada que Grommash hubiera visto jamás, ni la tela ni el corte. La sombra oscura que cubría su mandíbula no era una barba muy corta, sino un tatuaje, el tatuaje de un jefe, elaborado más allá de toda creencia.

La multitud empezó a inquietarse. Pronto el silencio cayó sobre los Grito de Guerra, y todo aquel que portaba un arma la agarraba con firmeza. El orco se erguía alto y orgulloso en el foso, con una leve sonrisa en el rostro, disfrutando de la confusión que había causado.

Grommash alargó el brazo hacia el mango de Aullavísceras. Había aprendido a confiar en su voz interior, y ahora mismo le estaba gritando que aquel orco era peligroso, un extraño, alguien que no pertenecía a este lugar. ¿Un asesino? Si así era, había sido un asesino muy valiente, o muy estúpido, por haberse adentrado en un foso rodeado por orcos Grito de Guerra armados, y más aún con las manos atadas.

En la cabeza de Grommash se formó un sentimiento expectante de violencia. Había pasado mucho tiempo desde el último trago de su hacha.

Pero esa misma voz interior... le picaba la curiosidad. « ¿Por qué me resulta tan familiar?» —¿Afirmas poseer el corazón de los Grito de Guerra? —preguntó Grommash.

—Así es —dijo el orco con voz fuerte, dirigiéndose tanto a la multitud como al mismo Grommash.

—Dinos tu nombre.

El orco alzó la barbilla. —Vengo ante ti como un extraño y nada más.

Grommash lo escudriñó en silencio durante un momento. —¿No formas parte de ningún clan, extraño? ¿Algún linaje? ¿No tienes ningún nombre que proceda de las historias sobre las asombrosas victorias que has conseguido en los campos de batalla? —Dejó que sonara con cierta sorna, y en la multitud afloraron algunas risas tensas.

—Las historias están hechas de palabras y a las palabras se las lleva el viento —dijo el extraño —. Solo los hechos pueden demostrar lo que hay en el corazón.

—Pero incluso un par de pequeñas historias pueden responder algunas preguntas —Grommash señaló a las esposas del extraño —. ¿A qué clan has enfadado para ganarte eso? ¿Y cuándo escapaste? ¿Te persigue algún ejército armado para capturarte que se esté preparando para asaltar mi campamento, extraño? —Dirigió su mirada a la multitud y no intentó disimular su enfado —. Y lo más importante, ¿cómo se supone que ha entrado en mi campamento? ¿Quién de vosotros se encargaba de vigilar durante la noche, pero en vez de cumplir con su deber prefirió ver el combate? ¡Muéstrate! —Su rugido emanó desde lo más profundo de su garganta y su eco se expandió a través de las hileras de tiendas de los Grito de Guerra. Las carcajadas de la multitud se desvanecieron.

Cuatro orcos se abrieron paso lentamente hacia el extremo del foso; el sonido de sus suaves movimientos parecía ensordecedor entre aquel silencio sepulcral. Sus rostros contraídos reflejaban preocupación, pero mantuvieron la cabeza alta y cada uno se identificó por su nombre. Grommash les dejó allí de pie, esperando, hasta que las gotas de sudor empezaron a cubrirles la frente.

—Tener un corazón Grito de Guerra no significa nada si se tiene el cerebro de un ogro —dijo con voz suave —. Habéis permitido que este individuo entrase en nuestro campamento. Lo justo es que compartáis el mismo destino que este extraño, sea cual sea. ¿Estáis de acuerdo?

—Sí, jefe Grito Infernal —murmuraron.

Grommash respondió manteniendo el tono. —Entonces, poneos a su lado. —Dudaron, pero saltaron al foso sin protestar. El extraño se echó hacia atrás para dejarles espacio. Los guardias le lanzaban miradas llenas de odio. Él les devolvía la mirada sin pestañear.

—Extraño. ¿Declaras que no perteneces a ningún clan? —preguntó Grommash.

—Como ya he dicho, mi corazón es Grito de Guerra. Pero no pertenezco a ningún clan —respondió.

Grommash se restregó la barbilla. —¿Y esa es la causa de las marcas que llevas? Como no perteneces a ningún clan, ¿eres tu propio jefe entonces?

La multitud estalló de nuevo en risas. El extraño no sonrió. —Es una marca de un momento diferente. Una cicatriz. Nada más.

—Mis Grito de Guerra no responden a mis preguntas con enigmas y evasiones, extraño, y no se te dan tan bien como para impresionarme —dijo Grommash repentinamente —. Responde con claridad. ¿Por qué estás aquí?

El extraño sonrió. —Eres la segunda persona que me dice eso hoy —Bajó la cabeza durante un momento y ordenó sus pensamientos. Cuando alzó la mirada, la sonrisa se había desvanecido. En su lugar había convicción absoluta —. Grommash Grito Infernal, he viajado desde tierras lejanas y he hecho muchos sacrificios para estar frente a ti. Estoy aquí para desafiar al destino que se ha establecido para ti y todos los orcos.

—¿Y cuál es ese destino?            

—La esclavitud. Perder nuestras almas y todo aquello que nos hace grandes —exclamó el extraño con rotundidad.

La multitud Grito de Guerra miró a Grommash esperando su reacción. No les hizo esperar demasiado tiempo.

Comenzó a reír. Alto. Vigorosamente. La tensión se disolvió en el ambiente y todos los Grito de Guerra rugieron a la par. Incluso los orcos del foso se unieron a la multitud. Únicamente el extraño permanecía impasible. — En realidad creo que puede llegar a ser peligroso —pensó Grommash arrepintiéndose. Cuando aquella ola de diversión repentina hubo terminado, Grommash se levantó, sosteniendo Aullavísceras con holgura.

—Puede que haya algunos que te quieran muerto por haber dicho esas palabras, extraño. Yo, por mi parte, considero que no hay honor alguno en matar lunáticos —dijo Grommash. Seguidamente, se dirigió a los orcos del foso —. Llevadlo a la tienda del herrero. Quitadle las cadenas, dadle algo de comer y un pellejo de agua y escoltadlo fuera. No se os castigará con nada más. —Los cuatro orcos se relajaron —. Quizá no tengáis la culpa. Si lo hubieseis visto, seguramente lo hubierais matado, y los espíritus protegen a los locos. Echadlo y aprended esta lección de puño y letra. Espero que no haya más descuidos.

Los cuatro orcos del foso se acercaron al extraño. —¿Crees que miento? —dijo mientras retrocedía.

—No —dijo Grommash suavemente —, creo que tienes la mente dañada. Los Grito de Guerra no se rinden. Para nosotros, la esclavitud es el único destino que sabemos que nunca tendremos. Incluso en la derrota, incluso como prisioneros, resistimos hasta morir.

Uno de los guardias del foso agarró al extraño por el brazo. El orco maniatado clavó los pies en el suelo, juntó las manos y giró. Sus puños alcanzaron la mandíbula del guardia, lanzándolo de espaldas al suelo. Los demás se lanzaron hacia el extraño con fiereza.

¡Alto! —bramó Grommash. Los guardias se detuvieron —. Extraño, estás poniendo a prueba mi paciencia. La gracia de los Grito de Guerra no dura mucho, ni siquiera para los locos.

El extraño no retrocedió. —El camino hacia la esclavitud de los Grito de Guerra no parte de la guerra ni de la derrota. Aceptaréis vuestro propio destino libremente y de buena gana —dijo, elevando el tono de su voz —, y serás , Grommash Grito Infernal, quien insista en ser el primero en encadenarse al servicio de los nuevos amos de los orcos. El resto te seguirá. Nunca nos recuperaremos.

Un silencio sepulcral recogía sus palabras. Tan solo se oía el susurro de la brisa, que soplaba a través de las tiendas de los Grito de Guerra, y el crepitar de las antorchas encendidas que rodeaban el foso.

Los últimos trazos de compasión que había en el corazón de Grommash ya hacía tiempo que se habían esfumado. —Tus profecías son absurdas. Y ahora has insultado mi honor. —Sus ojos se endurecieron —. Pero tal y como tú dijiste, a las palabras se las lleva el viento. Solo importan los hechos. ¿Has oído hablar de mak'rogahn, extraño?

El orco maniatado ladeó la cabeza y movió los labios, dejando escapar las palabras. « El duelo de la voluntad». —Lo que conozco es mak'gora. Y lo conozco muy bien. ¿En qué se diferencian? —preguntó.

—Mak'Gora es una lucha a muerte —dijo Grommash —. Mak'Rogahn es una prueba de valía para los Grito de Guerra. Se adentran en el foso y luchan, y solo se detienen cuando el cuerpo les falla. No se rinden. No hay piedad. Solo la más pura voluntad de sobrevivir a cualquier adversidad y soportar cualquier dolor. Aquellos que se rinden son condenados al exilio. Así es como podrás probar que realmente tienes el corazón de un Grito de Guerra. Nuestro clan no volverá a tolerar ninguna debilidad.

—¿Volverá? —preguntó el extraño.

... concédeme la muerte digna de un guerrero que me merezco...

Grommash acalló el recuerdo sin compasión. —Si tus palabras son ciertas, entonces lucha. Demuestra tu honor.

El extraño miró sus manos maniatadas durante un momento, considerando la propuesta. —Acepto.

—Excelente. Mak'Rogahn no se define como una lucha a muerte, pero los accidentes ocurren —dijo Grommash —. No solo me has insultado a mí, sino a todos los Grito de Guerra. ¡Vosotros, los cuatro del foso! A lo mejor os gustaría tener la oportunidad de defender nuestro honor.

—¡Aceptamos! —respondieron con un rugido que no contenía ni un ápice de duda. Los ojos del extraño se abrieron de par en par.

—Luchad —dijo Grommash suavemente, volviendo a sentarse en la tribuna.

Lo hicieron.

Parte tres

Los cuatro orcos Grito de Guerra se lanzaron hacia Garrosh, derribándolo. Cayó con dureza sobre su espalda, gruñendo y cubriéndose la cabeza con las manos encadenadas. Por todos lados llovían puños y patadas. La multitud bramaba deleitada.

«Los accidentes ocurren», había dicho su padre. Estaba claro que la intención era que ocurriesen en aquel preciso momento. Garrosh sentía la esquirla de cristal perforando su piel dolorosamente, incluso envuelta en aquella tela, guardada en la parte trasera de su pretina. La tentación de utilizarla era muy fuerte... no. No. Utilizarla no le aportaría nada bueno. Si revelaba que tenía un arma escondida solo demostraría su falta de honor, y lo único que le esperaría después de eso sería la muerte.

Aquella antigua y familiar ansia de sangre se materializó en su cabeza, pero se resistió a la necesidad de sucumbir a la rabia. Cuatro contra uno... no era cuestión de fuerza. Empezó a sacudirse de un lado a otro, intentando que cada golpe golpease músculo en lugar de hueso. Funcionó, pero incluso así el dolor pronto se extendió por todo su cuerpo.

Sin embargo, aún no le habían roto ninguna costilla. No le habían asestado ningún golpe grave en la mandíbula ni en la sien.

Sus atacantes habían sucumbido completamente a la furia. Cada puñetazo y cada patada eran propinados con intención letal. Estaban malgastando sus fuerzas.

Garrosh seguía moviéndose, seguía pataleando, seguía luchando, seguía evitando golpes que lo habrían dejado malherido e indefenso.

Había llegado demasiado lejos para morir ahora.

Uno de los Grito de Guerra dirigía las patadas hacia la cabeza de Garrosh de forma rítmica. Bam. Bam. Bam.Muy predecible. Garrosh estiró los brazos. La cadena que le aprisionaba las muñecas se enredó en el tobillo del orco.

Y Garrosh esbozó una sonrisa.

***

Grommash meneó la cabeza y se volvió hacia uno de los guerreros Grito de Guerra que se encontraban a su izquierda. —Cuando acabe, deshaceos de él inmediatamente. Es posible que sea un demente, pero puede ser importante para alguien. Evitemos que este loco cause un baño de sangre, si podemos —dijo Grommash.

El guerrero rio. —Al menos este sabe morir —observó.

—Sí, así es. —Grommash no podía ver más allá de la lluvia de ataques que estaba cayendo allá abajo en el foso, pero podía entrever al extraño, que aún se movía y luchaba desde el suelo tumbado de espaldas, sin querer rendirse—. Se ha tomado mis instrucciones al pie de la letra. Qué pena.

Uno de los cuatro Grito de Guerra que luchaban en el foso saltó hacia atrás de repente, rugiendo de dolor. Su pie derecho colgaba en un ángulo poco natural. Grommash y varios orcos rieron. « Le ha dado tan fuerte que se ha hecho daño». El orco herido rechinó los dientes y volvió a la lucha, gruñendo, asestando golpes a diestro y siniestro sobre la cabeza del forastero. Poco después se oyó otro grito de dolor y el mismo orco retrocedió súbitamente con la muñeca izquierda destrozada, rota.

Parte de la multitud quedó en silencio. Lo mismo hizo Grommash. Había visto lo mismo que ellos: el extraño había utilizado la cadena como arma.

Y eso solo fue el principio. Lanzó una patada que dio de lleno en la rodilla de otro orco Grito de Guerra, destrozándosela. Otra patada alcanzó a un tercer orco entre las piernas, tirándolo al suelo. En unos instantes, el desconocido había lisiado o aturdido a tres oponentes.

El entusiasmo que inundaba el foso enmudeció rápidamente.

El último orco Grito de Guerra gruñó y retrocedió hasta quedar fuera del alcance de las patadas, permitiendo que el extraño se pusiera en pie rápidamente, oyendo su respiración profunda, pero acompasada. Lanzó una seña a su último oponente Grito de Guerra y ambos cargaron el uno contra el otro.

Grommash no parpadeó. No podía creer lo que veían sus ojos. No había miedo. No había duda. Era la violencia personificada. El ansia de sangre canalizada en pura fuerza bruta. Una mente hecha únicamente para la victoria que no dejaba lugar a la distracción.

«Así lucho yo», pensó Grito Infernal.

El orco Grito de Guerra golpeó al extraño en el estómago una vez, dos, tres, y después lo agarró por el cuello. El forastero unió las manos y las alzó como si fueran maza, asestándole un golpe con la cadena. La mandíbula del último orco se cerró bruscamente con un chasquido repugnante. Dos dientes surcaron el aire mientras el orco caía al suelo con los ojos en blanco, vueltos hacia la nuca.

Había acabado.

Los tres orcos heridos estaban empezando a levantarse, arrastrándose hacia el extraño; no querían rendirse, aunque estaba claro que los había vencido. Mak'rogahn así lo exigía: mientras pudiesen luchar, debían luchar.

El desconocido se echó hacia atrás, apartándose de su alcance. —¿He demostrado ya que mi corazón es el de un Grito de Guerra, Grito Infernal? ¿Lo han demostrado ellos? —preguntó—. ¿O es necesario que los mate?

Grommash no respondió. Estaba observando. Escuchando. A su alrededor se alzó un murmullo. —Lucha... lucha como Grito Infernal...

El orco que tenía la rodilla destrozada se obligó a sostenerse con brazos y piernas y se arrastró hacia el extraño. Cada movimiento le arrancaba un quejido de dolor. El forastero volvió a retroceder hasta llegar al extremo del foso. —Jefe Grito Infernal, no he venido hasta aquí para matar a tus Grito de Guerra. He venido para salvarlos —dijo.

—Ya basta —dijo Grommash—. La lucha ha terminado. —El orco herido se desplomó.

Grito Infernal descendió hasta el foso con Aullavísceras en la mano. El extraño permaneció de pie sin moverse. El clan contuvo el aliento.

Grommash se detuvo a un solo paso del forastero y lo estudió con detenimiento. El tatuaje de su rostro, las cicatrices, los ojos fieros, aquellas facciones curiosamente familiares. Su estilo de lucha. Las esposas tenían grabada la insignia de un animal que Grommash no había visto nunca. —¿Qué es esto? —preguntó en voz baja.

—Es Xuen, el Tigre Blanco, el sigilo del Shadopan —respondió el extraño.

—¿Quién?

—He venido desde muy lejos, Grito Infernal. —El forastero habló suavemente. Había desesperación en sus ojos, no locura—. Mi camino no tiene importancia. Es el vuestro el que importa, es por lo que estoy aquí.

Los susurros procedentes de la multitud llegaban hasta el foso. «Lucha como Grito Infernal».

Grommash levantó Aullavísceras por encima de su cabeza y la dejó caer. El hacha aulló sesgando el aire.

Clang.

Los brazos del extraño cayeron a ambos lados de su cuerpo, libres de las esposas.

—No puedo creer que exista un orco como tú —dijo Grommash—. Ven. Hablemos. Pero ten en cuenta una cosa —añadió, apuntando al cuello del extraño con el filo de Aullavísceras—: Si me haces perder el tiempo, si intentas hacerle daño a mi clan, te cortaré la cabeza.

El desconocido no se inmutó ni parpadeó. —Si mis palabras te hacen perder el tiempo, no me opondré. Si fracaso, mi vida no significará nada.

—Muy bien. —Grommash salió del foso y se encaminó hacia su tienda. El extraño lo siguió.

Parte cuatro

Grommash encendió una pequeña antorcha en el interior de su tienda y se sentó en el suelo, indicando a Garrosh que hiciese lo mismo. La luz, tenue y parpadeante, emitía su luz sobre las gruesas paredes hechas con pieles de animales que se mecían con la brisa nocturna, refrescando la tienda.

Garrosh se sentó en el suelo lentamente. El dolor de la lucha duraría varios días, pero no había indicio de heridas graves. —Tenía ventaja en el foso —dijo. Su voz permanecía en calma, sin revelar nada.

—¿Cuál? —preguntó Grommash.

—La sorpresa. — Garrosh puso las manos sobre las rodillas—. Creyeron que estaba perdido en el momento en que caí al suelo.

El jefe del clan refunfuñó. —Les has enseñado algo que ya deberían saber: tu enemigo nunca está muerto hasta que lo está.

—Una lección que habrás compartido con tus enemigos, supongo —dijo Garrosh. « Grommash Grito Infernal... el orco con la voluntad de hierro... mi padre».Le costó evitar sonreír—. Tengo curiosidad. Mak'rogahn. No conozco ningún otro clan que practique esta tradición.

—¿Cuánto sabes sobre mí, forastero?

—Algo —respondió Garrosh con cautela.

A la izquierda de Grommash había un pellejo de vino. Se lo ofreció a Garrosh, quien lo rechazó. El jefe bebió un gran trago antes de comenzar a hablar. —Una vez los Grito de Guerra pasaron por tiempos muy difíciles. Una banda de ogros casi nos acabó con nosotros.

Garrosh conocía la historia. La muerte de su madre, el renacer del clan Grito de Guerra, el comienzo de la leyenda de Grito Infernal. —Fue entonces cuando perdiste a tu compañera, ¿verdad? Es muy duro ver cómo tu familia muere en el campo de batalla.

—No vamos a hablar de ella. —La voz de Grommash era puro hierro.

Su odio era abrumador. Garrosh dudó. —He oído que Golka murió luchando, acabando ella sola con varios ogros antes de caer —dijo.

—Mi clan fue débil ese día. Se quedaron atrás —gruñó Grommash—. Tuve que enseñar a los Grito de Guerra cómo enfrentarse a la muerte. ¡Con sangre en las manos y el cuello de tu enemigo entre los dientes! —Arrojó el pellejo de vino vacío a través de la tienda—. Mak'rogahn redime a los de mi clan de la vergüenza de aquel día. Cualquiera que se llame a sí mismo Grito de Guerra debe completar esa prueba.

Garrosh no sabía qué decir. Estaba claro que había mucho más en aquella historia de lo que él había escuchado cuando era niño. —Pero tu compañera...

—He dicho que no vamos a hablar de ella.

«¿Qué me he perdido?», pensó Garrosh. Una muerte con honor debía celebrarse, incluso aunque el guerrero hubiese caído en una batalla perdida. « A menos que...».

Los recuerdos de su juventud volvieron a la mente de Garrosh. Día tras día, lleno de culpa y vergüenza, portando un nombre que había creído maldito. « No somos tan diferentes. No somos diferentes en absoluto».

—Entiendo cómo te sientes. —Garrosh eligió las palabras con sumo cuidado—. Mi padre murió con su hacha enterrada en el pecho del enemigo. Tuvo una buena muerte. Pero el camino que lo había llevado hasta allí estaba pavimentado con deshonor y partía de una única decisión equivocada. Durante mucho tiempo solo sentí rabia hacia él. Era rabia malgastada. Es posible que la muerte de tu compañera y el momento de debilidad que tuvo tu clan aún sean motivo de dolor, pero el hijo que ella te dio...

—¿El hijo? Nunca me dio un hijo.

Grommash miraba a los ojos de Garrosh, sopesándolo, juzgándolo. Garrosh no se permitió parpadear. —No lo sabía —fue todo lo que dijo.

«Kairoz». Garrosh sintió un espasmo en uno de los músculos de la mejilla. « Contar briznas de hierba». Durante un segundo rememoró el momento en el que había apuñalado al dragón, sintiendo la sangre caliente de Kairoz recorriendo sus manos. Eso lo calmó. Respiró profundamente. « No llegué a nacer en este mundo. Grommash nunca fue padre. ¿A esto se refería el dragón bronce con "la línea temporal perfecta"?».

Garrosh se preparó mentalmente. « Ha llegado el momento de decirle por qué estoy aquí». —Tengo algo que preguntarte, jefe Grito Infernal...

***

—... si pudieses volver y salvarla, ¿no lo harías? —preguntó el extraño—. Yo sí. Mi padre tenía un corazón honesto. Lo engañaron. Se merecía un legado mejor. A lo mejor Golka se merecía también uno mejor.

... ¿no ves que es demasiado tarde?... ¡ponle fin!...

Legado. Grommash frunció el entrecejo. —Las palabras se las lleva el viento. A menos que puedas hacerme volver a aquel momento, ya me he hartado de hablar de ella —dijo. « Golka». Ni él mismo se había permitido pronunciar aquel nombre desde hacía tiempo. ¿Cómo lo había sabido aquel extraño?

El otro orco buscaba algo en su espalda. —No puedo ayudarte a volver atrás, pero puedo ayudarte a mirar hacia delante. —Sacó un trozo de tela atado y lo desenvolvió. Dentro había una esquirla de cristal con los extremos dentados. La colocó entre ambos—. Así es como evitarás cometer tu propio error imperdonable.

Grommash no la tocó. —¿La has llevado contigo todo este tiempo?

—Sí, jefe Grito Infernal.

Con la motivación adecuada, cualquier orco podría matar empuñando el improvisado filo. « Y no la utilizaste ni siquiera cuando cuatro orcos estaban intentando arrancarte la vida». Muy pocos hubieran tenido tanto control sobre sí mismos. —¿Qué es?

El extraño sonrió. —Un amigo lo llamó... reflejo de tiempo. Él pensó que los extremos eran demasiado afilados, así que ahora lo tengo yo. —Golpeó con los nudillos la esquirla, que emitió un sonido casi musical—. Esto probará la verdad de mis palabras.

—Entonces, habla.

—Te voy a describir algo: armas. —Los ojos del extraño resplandecieron.

Grommash escuchó cómo el extraño le hablaba de una energía mágica concentrada en un momento explosivo, una "bomba de maná". Ciertas criaturas con poderes, llamadas "hechiceros", eran capaces de pulirlas y refinarlas hasta dotarlas del poder necesario para erradicar a todo un clan en un instante.

—Existe un arma así —afirmó el desconocido.

Siguió describiendo armas más allá de toda imaginación. Artefactos de fuego y metal que podían hacer estallar rocas sólidas, espadas giratorias tan grandes que podían hacer trizas a los enemigos con el más ligero roce, armas de asedio que se podían usar por tierra y por mar. —Esas armas son reales.

—No las he visto nunca —dijo Grommash.

—Aún no —dijo el extraño —, pero puedo enseñarte a construirlas, a utilizarlas, cómo las contrarrestaría el enemigo. Pero los Grito de Guerra no podrán construirlas por sí mismos. Necesitaréis la ayuda de los otros clanes, sus recursos y sus habilidades.

Grommash entornó los ojos. —Entonces prefiero no tenerlas. ¿Por qué querría dar a los otros clanes los medios necesarios para erradicar a mi gente en un ataque único y traicionero? —« Si los Grito de Guerra se unen a los otros clanes, no saldrá nada bueno».Señaló más allá de las paredes de la tienda. —Poseemos las zonas más fértiles de Nagrand y, con ellas, comida, refugio y caza suficientes para muchos años. Ningún clan tiene agallas para desafiarnos. Saben que lo pagarían con creces.

—¿Así es como viven ahora los Grito de Guerra? ¿Satisfechos y conformándose con lo que tienen? ¿Sin desear nada más? —La boca del extraño se torció en un ademán de sonrisa.

Sus palabras le tocaron hondo, pero Grommash no se enfadó. La multitud que se reunía para ver las luchas mak'rogahn probaban de sobra que su pueblo distaba de estar satisfecho. Le resultaba raro que el extraño tuviese tal perspicacia. — Desear más es muy distinto a necesitar tus armas imposibles.

... concédeme la muerte que merezco, digna de un guerrero...

Grommash acalló la voz sin dudar. ¿Por qué el forastero le recordaba tanto a ella? Recordarla solo devolvía a su mente la vergüenza de su clan, pero aun así no dejaría de hacerlo.

—Es cierto. Pero no debes temer a los otros clanes. No se volverán contra ti, Grito Infernal. —La luz de la antorcha se reflejaba en los ojos del extraño—. Utilizaréis esas armas contra un enemigo común.

—¿Quién? —La respuesta se le hizo obvia de inmediato y comenzó a reír—. ¿Los draenei? ¿No serás uno de los discípulos de Gul'dan? Él siempre está hablando del tema. —Gul'dan había preguntado discretamente a Grito Infernal y, muy posiblemente, a los jefes de los demás clanes; afirmaba haber encontrado una nueva fuente de poder que eclipsaría las artes de los chamanes. Ese poder, según Gul'dan, podría ser crucial a la hora de derrotar a los draenei. Grommash no estaba del todo convencido de que aquellas criaturas de piel azul fueran peligrosas, pero las visiones de Gul'dan resultaban del todo inquietantes—. ¿Es ese su poder secreto, forastero? ¿Vas a construir esas armas para él?

—No, jefe Grito Infernal. No conozco a Gul'dan...

***

...pero mis armas lo detendrán —dijo Garrosh con dureza.

La llama de la antorcha estallaba y crepitaba. Ningún otro sonido surcaba la tienda, excepto el suave balanceo de las paredes con la brisa. Garrosh vio una sombra de sospecha en la mirada de su padre. No sospechaba de Gul'dan. Sospechaba de Garrosh.

—Detener a Gul'dan. ¿De hacer qué?

—De convencerte a ti y a todos los demás orcos de que os convirtáis en esclavos —dijo Garrosh—. Gul'dan comenzará una guerra que los orcos no podrán ganar por sí solos. Reunirá a todos los clanes y les ofrecerá un obsequio, uno que les otorgará la victoria. En ese día...

Grommash lo interrumpió. —¿Qué obsequio?

Era peligroso levantar la voz ante cualquier jefe de clan, pero Garrosh continuó. Su ira contra Gul'dan se reflejó en sus palabras. — En ese día, jefe Grito Infernal, serás tú el primero en aceptar ese don. No por debilidad, sino porque nunca permitirías que otro orco asumiese tal peligro. —Los ojos de Garrosh se crisparon y su voz apenas se distinguía de un susurro—. Ese don te lo arrebatará todo. Tus pensamientos, tu mente, tu voluntad... serás un juguete en manos de vuestros nuevos amos invisibles. A mi padre lo engañaron así también. Estoy aquí para asegurarme de que no te engañen.

Su padre alzó una ceja. —Si lo que dices es verdad —dijo, aunque estaba claro que Grommash aún no lo creía —, entonces tus nuevas armas no serán necesarias. Las antiguas son capaces de arrancarle el corazón a Gul'dan. Una muerte rápida.

«Más rápida de lo que ese traidor se merece».—Gul'dan no es más que una marioneta. Mátalo y sus amos encontrarán otro vasallo, puede que dentro de muchas generaciones, cuando tú y yo, y todo aquel que pudiera recordarlo, ya nos hayamos ido —dijo Garrosh—. Su memoria es casi infinita, como también lo es su paciencia cuando lo necesitan. No. No les daremos la oportunidad de reagruparse. Les tenderemos una trampa, quedarán expuestos y entonces los aplastaremos.

Grommash dejó escapar un gran suspiro. —Hablas de peligros imposibles, forastero. ¿Mi destino es ser engañado por un enemigo al que nunca he conocido, que me ofrecerá un poder que no puedo imaginar, y la única forma de evitar ese destino es utilizar unas armas que aún no existen? —Sacudió la cabeza—. Las palabras se las lleva el viento. ¿Cómo pretendes demostrármelo? ¿Con la esquirla? —Hizo un ademán con la cabeza señalando al extraño trozo de cristal curvado que yacía entre ellos.

Garrosh asintió. —Sí, jefe Grito Infernal.

—¿Cómo?

Garrosh se lo había preguntado también. Y lo cierto es que todo lo que tenía era una suposición. Pero era buena. Mientras crecía en un Draenor en ruinas y hecho añicos, había visitado con bastante frecuencia un lugar sagrado donde pedía a los espíritus que le concedieran respuestas y lo guiasen. Durante años no le respondieron.

Entonces, con la ayuda de Thrall, los espíritus mostraron a Garrosh cómo se había redimido su padre. Aquel momento le abrió nuevos caminos.

—Me gustaría llevar la esquirla a las Rocas de Profecía —dijo Garrosh—. Los espíritus de Nagrand cambiaron mi propio destino. Creo que también cambiarán el tuyo.

***

Grommash se rascó la barbilla. Las Rocas de Profecía.

Muchos chamanes procedentes de clanes diferentes habían peregrinado hacia aquellas piedras verticales, aunque muy pocos habían recibido respuestas de los espíritus que allí moraban. « Solo aquellos que tengan el trueno en su corazón serán guiados a través de las tormentas del destino», rezaba el antiguo dicho. Grommash conocía al anciano y sabio chamán que vigilaba aquel lugar, pero nunca se había molestado en ir allí. Él no era ningún jefe Foso Sangrante, quienes se automutilaban para ver un esbozo de su porvenir. Él prefería creer que su destino estaba en sus propias manos.

Y, aun así, aquel extraño afirmaba que los espíritus lo habían guiado. « Interesante».—¿Eres chamán? —preguntó Grommash.

—No.

—¿Puedes comunicarte con los elementos? —continuó.

—No, jefe Grito Infernal, pero creo que te ayudarán —dijo el desconocido.

—¿Por qué?

—Porque el destino de todos los habitantes de este mundo depende de ti. No solo el destino de los orcos. Los elementos responderán a nuestras necesidades.

—¿Y si no lo hacen? —preguntó Grommash.

El extraño no dudó. —Córtame la cabeza. Ya no la necesitaré.

Grommash levantó Aullavísceras lentamente y colocó su filo de nuevo contra el cuello del extraño. Los ojos del otro orco se encontraron con los suyos, sosteniéndole la mirada. —Es un precio muy alto, forastero —dijo Grommash.

Lok-tar ogar. Si no logro convencerte, habré fracasado.

Grommash bajó el hacha y se sumergió en sus propios pensamientos. Aquel extraño era un misterio ambulante. Un torbellino de preguntas se formó en la mente de Grommash, pero no formuló ninguna. Ya haría las preguntas después.

¿Qué era lo verdaderamente importante?

¿El destino? ¿La esclavitud? ¿El honor? ¿La voluntad?

La debilidad.

... ¿no ves que es demasiado tarde?... ¡ponle fin!...

Grommash cerró los ojos. La debilidad. Esa era la clave. Aquel extraño, lo suficientemente fuerte como para derrotar a cuatro guerreros Grito de Guerra mientras estaba maniatado, que luchó como si tuviese el corazón de un Grito Infernal, le advertía contra la debilidad, y afirmaba que podía probar el porqué. Y se apostaba su propia vida.

Podía permitirse aguantar un poco más a aquel extraño para llegar hasta la verdad. Los Grito de Guerra nunca volverían a ser débiles.

«Tener un corazón Grito de Guerra no significa nada si se tiene el cerebro de un ogro», había dicho antes. Grommash había aprendido aquella lección de la peor manera posible. Deseaba tanto probar su voluntad que se había embarcado ciegamente en una lucha que no podía ganar. Un enemigo al que nunca había visto esperaba —no, contaba—  con ese momento de imprudencia.

... se acabó...

Grommash abrió los ojos y sonrió. —Iremos juntos a las Rocas de Profecía, extraño, y haré que cumplas con tu promesa —dijo.

El otro orco lo miró con gratitud. —Encantado.

El jefe del clan observó los golpes y magulladuras del forastero. —¿Tienes fuerzas para seguir?

—Sí.

Grommash se levantó. Echó un vistazo a través de las solapas de la tienda y vio los primeros rayos del alba que emergían del horizonte. —Las piedras no están demasiado lejos y tenemos mucho de qué hablar. Si ese peligro del que hablas es real, ¿cómo convenceré a los otros clanes? No soy muy querido entre los que no son del clan Grito de Guerra, forastero.

El otro orco se levantó también. —Pero tienes su respeto; y, además, les ofrecerás un botín de guerra más allá de todo lo imaginable...

Se adentraron juntos en los tonos cambiantes de la luz de la mañana. Una sonrisa se dibujó en los labios del forastero.

Parte cinco

Los espíritus de las Rocas de Profecía llevaban varios días inquietos.

Durante toda la tarde y toda la mañana, habían estado aterrados. « El destino se ha distorsionado. Alguien ha llegado. Los acontecimientos ya están cambiando».Desde entonces, las voces se habían reducido a murmullos confusos y dispersos.

El anciano Zhanak había visto cosas peores. Durante todas las décadas que llevaba vigilando las rocas había llegado a comprender que los elementos no eran pacíficos, sino vigorosos, no eran pasivos, sino flexibles. A veces se enfadaban. A veces se volvían temerosos. A veces querían hablar. Pero hoy no. Ni a Zhanak ni, por supuesto, a ninguno de los peregrinos. Él lo aceptaba —¿qué más podía hacer?— y se sentaba en la sombra, meditando, percibiendo algún que otro fragmento ocasional de la inquietud de los elementos.

«Distorsionado y cambiado. No pertenece a este lugar. ¿Quién es? ¿Quién es?».

Aquella charla no le asustaba. El destino era algo delicado. A veces los espíritus se dignaban a ofrecerle un atisbo de lo que podría ser — podría— o de lo que ya había sido, pero no podían trazar los pasos de ningún orco, ni aunque quisieran. Los elementos solo podían hablar de lo que sabían, y no lo sabían todo.

Un susurro lo trajo de vuelta a la realidad. —Anciano Zhanak. —Era uno de los aprendices chamán—. Llegan los peregrinos.

Zhanak no se molestó en abrir los ojos. Su vista había ido empeorando en las tres últimas décadas, y todo lo que estuviese más allá de dos brazos de distancia eran simples manchas de luz y oscuridad. Pero cuando los elementos son tus aliados, que tus sentidos se atrofien no resulta tan trágico. —Son tres, ¿verdad?

—Cuatro.

Zhanak frunció el ceño. Los espíritus solo eran conscientes de que tres orcos se acercaban. —¿Estás seguro?

—Uno es el jefe Grommash Grito Infernal. Lleva consigo dos guardias Grito de Guerra. No reconozco al cuarto —dijo el aprendiz.

—Ya veo. —Zhanak levantó una mano nudosa—. Por favor, ayúdame. —El aprendiz lo ayudó a levantarse con cuidado. Sus débiles rodillas se resintieron durante un momento, pero aguantaron. El chamán asintió satisfecho. Su bastón lo ayudaría a mantenerse erguido el tiempo suficiente—. Puedes retirarte, joven.

—No.

—No te lo estoy pidiendo —dijo Zhanak suavemente—. Grito Infernal y yo nos entendemos, pero hoy será algo diferente, según creo. Puede que no le guste que le diga que se vaya. Yo no tengo nada que temer. Puede que me corte la cabeza, pero lo único que me quitará de verdad será el poco tiempo que me queda. Pero a ti te quitará mucho más. Vete. —El aprendiz dudó, pero finalmente se retiró.

Zhanak se quedó de pie, solo, y esperó a que los Grito de Guerra —y aquel extraño invitado— llegasen. Comenzó a escuchar atento, muy atento, los murmullos de los espíritus, cada vez más fuertes.

«Es él. Está aquí. Está aquí. ESTÁ AQUÍ».

Los espíritus volvían a estar aterrados. Las manos de Zhanak se agarraron al bastón. «El destino es algo delicado»,pensó con seriedad—. «Veamos si hoy podemos protegerlo».

***

—El clan Roca Negra no suele recibir a nadie con los brazos abiertos, forastero —dijo Grommash Grito Infernal. Rodeó una pequeña roca que había en medio del camino. Dos guardias Grito de Guerra lo seguían unos cuantos pasos de cortesía por detrás—. Ni tampoco el clan Mano Destrozada. Querrán algo más que baratijas y promesas.

—Una vez se hayan convencido de que podrán conquistar otro mundo, lo único que querrán será una parte más grande del botín. No tendrás que renunciar a Nagrand —dijo Garrosh—. Hay un lugar llamado Forjaz. Los Roca Negra sacrificarán mucho para poder echarle el guante. En cuanto a los Mano Destrozada, dales tierras cerca de un lugar llamado El Poblado Sen'jin. Hasta te ayudarán a conquistarlo. Y lo disfrutarán.

Garrosh contuvo su júbilo. Su padre estaba considerando seriamente sus palabras. Grommash ya planeaba cómo guiar a un pueblo orco unido, a una Horda. « Supongo que tengo que darte las gracias, Kairoz»,pensó Garrosh. —Y si eso no les basta ahora mismo —añadió —, háblales de las maravillas que expoliaremos a los draenei.

—Dijiste que ellos no eran una amenaza, como decía Gul'dan —dijo Grommash.

—Y no lo son, pero al final se interpondrán en nuestro camino. Es mejor enfrentarse a ellos antes que después. Ya lo verás —dijo Garrosh.

Grommash no parecía convencido. —Quizás. —Guardó silencio mientras daban los últimos pasos. Las Rocas de Profecía estaban ya a poca distancia.

Un orco los esperaba de pie junto a un árbol cercano. —Anciano Zhanak —llamó el jefe del clan—, me alegro de verte de nuevo.

El viejo orco, con las manos nudosas y agarrotadas por la edad, dejaba caer todo su peso sobre un bastón. —Han pasado muchas temporadas desde la última vez que te vi, jefe Grito Infernal, pero hasta mis oídos han llegado las historias de tus conquistas. Has llevado mucho honor a los Grito de Guerra —dijo con calidez y respeto.

Garrosh dio un paso adelante. « Si mi padre y él son amigos, entonces yo también debo serlo». —Saludos, anciano. He venido desde muy lejos y...

El anciano lo interrumpió. —Lo sé. —La calidez había desaparecido de su voz—. ¿Cuál es tu nombre?

—Soy un forastero y nada más.

Tu nombre, forastero. —El veneno que impregnaba la voz de Zhanak dejó a Garrosh sin habla. El anciano lo señaló con un dedo encorvado y le dijo—: No perteneces a este lugar. Los espíritus detestan tu presencia. Llenas el mundo de caos con tu mera existencia.

Garrosh miró a su padre y vio una sombra de duda reflejarse en sus ojos. « Este viejo chamán podría arruinarlo todo». —Es cierto que vengo de tierras muy lejanas, pero...

—Huelo tus mentiras antes de que salgan de tu boca, forastero. —El chamán siseaba furioso. Empezó a avanzar lenta y deliberadamente, mirando directamente al rostro de Garrosh mientras las venas se marcaban en su piel arrugada—. El mismo destino está asqueado. Pretendes acabar con todo lo que significa este mundo.

En la mente de Garrosh surgió de repente una presencia opresora. Parecía que los espíritus realmente lo detestaban. « Si supieras lo que les hice de buena gana a tus hermanos de Durotar me matarías en el acto». Buscó la esquirla en su espalda y la desenvolvió con presteza. —Esta es la prueba...

El chamán golpeó la mano de Garrosh, tirando la esquirla al suelo. —No me importan tus trucos malignos —dijo Zhanak alzando la voz. Se había cortado la mano gravemente con los afilados extremos de la esquirla, pero no parecía darse cuenta de la sangre que caía al suelo—. Jefe Grito Infernal, te ahorrarás dolor y sufrimiento si detienes a esta aberración de inmediato. Cada paso que dé provocará la muerte de incontables inocentes. Observa. Lo negará todo.

—No niego nada —rugió Garrosh. Señaló la esquirla, que yacía entre la hierba—. Lo destruiré todo. Debo hacerlo. Y esto os mostrará el porqué.

—Él mismo se condena con las palabras que salen de su boca —dijo Zhanak suavemente—. Mátalo. Mátalo ya.

—¿Crees que podría haber un destino peor que la muerte, anciano? —Garrosh se esforzaba por mantener un tono respetuoso. El más mínimo signo de desprecio podría volver a su padre contra él—. No traigo paz. Traigo la guerra. El caos. La muerte. Todos podríamos morir más de mil veces con dolorosa agonía, y aun así seguiría siendo un precio justo si, a cambio, pudiésemos evitar el destino que se ha sellado para todos los orcos.

—Anciano Zhanak —dijo Grommash —, este forastero afirma que todos los orcos serán pronto esclavos.

—Lo que tenga que ser, será —dijo Zhanak.

Con aquella sentencia, Garrosh supo que tenía una oportunidad. —No. No esperaré al olvido de brazos cruzados. —Garrosh se giró hacia Grommash, implorante—. Y tú tampoco. Lo sé.

—Zhanak —dijo Grommash —, debo verlo por mí mismo. Si él ha visto algún tipo de... debilidad... en nuestro pueblo, debemos corregirla.

Zhanak sacudió la cabeza. —Hoy los espíritus no hablarán contigo.

—Tengo el derecho de preguntar.

—Pero él no. —Zhanak señaló otra vez a Garrosh—. Si insistes en llevarlo contigo, me interpondré en tu camino. Tendrás que matarme.

Garrosh controló las ganas de romper aquel dedo acusador al anciano. « Disfrutaré con tu muerte, imbécil senil»,pensó. —Me quedaré con el anciano, jefe Grito Infernal. Coge la esquirla. Habla con los espíritus. Es demasiado importante como para perder más tiempo.

Grommash guardó silencio durante un instante, mirando fijamente a Garrosh. —Anciano Zhanak, debo hacerlo. Tengo que saber la verdad.

La expresión de Zhanak se transformó en un mohín, como si saborease algo nauseabundo. —Muy bien. Hazlo.

Grommash recogió con cuidado la esquirla de cristal. —Quédate aquí —ordenó al guardia Grito de Guerra. A la orco le dijo—: Acompáñame. —Se encaminaron hacia las piedras verticales.

Garrosh no dijo ni una palabra. Observaba a su padre mientras se alejaba, ignorando la mirada envenenada que le lanzaba el anciano. El guardia Grito de Guerra vigilaba a Garrosh de cerca.

—Si las cosas no te salen bien —dijo el guardia —, no corras. Será muchísimo más fácil si aceptas tu destino.

—Puede que las cosas me vayan mal, pero eso no cambiará el destino. A vosotros os irá peor —dijo Garrosh —, y no tengo intención de dejar que eso ocurra.

El guardia gruñó. Garrosh miró hacia las rocas. Un peso muerto cayó en su estómago.

«Ahora ya no depende de mí».

***

Grommash se adentró en el círculo de piedra después de que Aullavísceras quedara en manos de su guardia. —No me molestes, y no la pierdas —le dijo.

—Sí, jefe Grito Infernal.

El aire se movía henchido de poder. Cada movimiento de Grommash parecía molestar a los espíritus. Zhanak no mentía: odiaban al extraño. Quizá significase que no había esperanza alguna de obtener respuestas. « Pero será el forastero quien pague por ello, no yo», pensó Grommash con determinación. Sería una pena cortar una cabeza de orco tan notable, pero una promesa era una promesa.

Grommash sostuvo la esquirla de cristal sobre la palma de sus manos y la estudió con detenimiento. Por todo el cristal brillaban pequeños puntos de luz bronce, como granitos de arena que se hubieran quedado atrapados en su interior. « Un objeto fascinante».

Quizás hubiese alguna frase tradicional para saludar a los espíritus. Si la había, desde luego Grommash no la sabía. Sería directo. Si no le respondían, que así fuera. —El forastero cree que el destino del mundo depende de mis decisiones —dijo Grommash, elevando el cristal—. También afirma que este objeto es la prueba. Si me demostráis que está equivocado, morirá aquí mismo. Mostradme la verdad, sea cual sea.

El aire comenzó a agitarse. Pequeñas lenguas de fuego, gotas de agua y fragmentos de roca quedaron atrapados en un remolino de viento que giraba cerniéndose sobre la esquirla.

Grommash no se inmutó cuando el poder comenzó a adentrarse en la esquirla, ni siquiera cuando la luz cegadora cayó de lleno sobre sus ojos y una niebla se levantó entre las Rocas de Profecía. Y, de repente, Grommash se transportó...

***

En un abrir y cerrar de ojos, Grommash había desaparecido. El círculo de piedras verticales se había llenado con un sólido muro de niebla, una niebla que Garrosh no había visto nunca, ni siquiera cuando Thrall le mostrara sus visiones. La guardia que se había quedado junto a las rocas se empinaba y oteaba a derecha e izquierda, tratando de ver al jefe del clan a través de la neblina.

El guardia que permanecía junto a Garrosh se puso tenso. —Si has matado a nuestro jefe, forastero, serás el próximo en morir —exclamó.

Garrosh sacudió la cabeza. —Está bien. —Sus palabras contradecían el miedo súbito que atenazaba su corazón. ¿Cómo reaccionarían los espíritus al mirar hacia otro mundo, hacia otro tiempo? ¿Los aterraría? ¿ Podrían matar a Grommash?—. Está saliendo todo según lo previsto. —Tiene que funcionar. Confianza. Necesitaba mostrar confianza.

De repente, una luz brilló entre la niebla.

El anciano Zhanak gritó. —¡No!

Los otros dos orcos se giraron. El chamán había caído al suelo. —¡No! —volvió a gritar—. ¡No debe ocurrir! —El guardia se arrodilló a su lado, cogiéndolo por los hombros mientras el viejo orco se estremecía y convulsionaba.

«Está viendo lo que mi padre está viendo».Aquel sentimiento opresivo de repugnancia y odio se desvaneció. « Y también los espíritus». Y estaban tan horrorizados como lo estaba el anciano Zhanak.

Garrosh se volvió hacia las Rocas de Profecía y esperó.

***

... días, semanas, meses pasaban con cada parpadeo. Grommash obsevaba, impresionado.

«Era todo cierto. Todo lo que había dicho el forastero era cierto».

Una guerra que los orcos no podían ganar. La sangre azul de los draenei y la sangre oscura carmesí de los orcos se mezclaban en el campo de batalla. La espantosa multitud de pueblos orcos unidos, mucho más allá de todo lo que los Grito de Guerra hubieran conseguido por sí solos. « Es la Horda». Grommash apenas podía concebir el poder que tendría. El desconocido se había quedado muy corto al describir su potencial.

El tiempo seguía avanzando rápidamente. Vio la progresiva decadencia que viviría la tierra con la incorporación de un nuevo poder (los brujos). Vio cómo cambiaría de color la piel de los orcos, apareciendo retazos de verde incluso en aquellos que nunca habían tocado la energía corrupta.

Vio el "milagro" de Gul'dan, un don de fuerza inconcebible procedente de un benefactor nunca visto. Y sí... Grommash fue el primero que avanzó y bebió el obsequio.

Pero el forastero se había equivocado. A Grommash le importaba más bien poco que otros orcos sufriesen daño. Sería el primero porque un solo pensamiento ocupaba su mente de forma obsesiva: « Nadie será más fuerte que yo. Ni por un instante. Nunca seré débil».

Grito Infernal escudriñó en la niebla de la profecía y se vio a sí mismo bebiendo aquel líquido brillante y sintió sus efectos con tanto entusiasmo como si de verdad estuviese allí. Sintió cómo su cuerpo se transformaba. Sintió el cosquilleo de la cólera mientras su piel se volvía completamente verde. Sintió que el poder abarcaba todo lo que él era.

—¡Me siento... magnífico!—gritó en su visión—. ¡Dadme carne de draenei para que pueda arrancarla y desgarrarla! Quiero sangre de draenei en mi rostro... ¡Beberé sangre hasta reventar! ¡Dadme su sangre!

Sí que era magnífico.

Pero también estaba mal. Sus pensamientos ya no eran suyos. Podía sentirlo.

La niebla lo llevó más allá.

***

El anciano chamán volvió a gritar. —¡No debe ser! —Chillaba, se sacudía, sus ojos se retorcían con los párpados cerrados. Las babas caían de la comisura de sus labios.

El guardia Grito de Guerra seguía mirando hacia las Rocas de Profecía. —¿Se está muriendo? ¿Y Grito Infernal? —preguntó.

Garrosh señaló hacia el camino. —Ve. Yo me quedaré aquí. Si fuera necesario, saca a Grito Infernal de la niebla.

El guardia no necesitó nada más. Salió corriendo hacia las rocas. Garrosh se arrodilló junto a Zhanak mientras un extraño sentimiento de alivio lo inundaba. —¿Ahora lo entiendes? —preguntó al anciano—. Por eso vine hasta aquí. Para evitar que esosuceda.

El chamán se llevó las manos al pecho e hincó sus huesudos dedos a la altura del corazón mientras se retorcía y balbuceaba. El corte de la mano que se había hecho con la esquirla dejaba rastros rojizos en la toga. —No debe ser. No debe ocurrir. No debe ser. No debe ocurrir. —Su respiración se volvió débil y acelerada. Abrió los ojos—. Aún hay esperanza. Redención. Redención.

—Sí —dijo Garrosh con suavidad—. Redención. Por eso estoy aquí. —Cogió uno de los brazos del orco y sintió su pulso acelerado y agitado. ¿Se estaba muriendo? Posiblemente—. Le daré a nuestro pueblo su redención.

Zhanak parecía no escuchar. —Grito Infernal tiene el corazón que se necesita. El corazón que hace falta para cambiarlo todo.

—Sí —acordó Garrosh.

—Un corazón para resistir. Para luchar. Para unir a todos los orcos. Para liderarlos.

Garrosh se sentó con las piernas cruzadas y recostó la cabeza del chamán en su regazo. —Sí. Todo eso y mucho más. —Con suavidad comenzó a dar palmaditas al anciano en el hombro. « Al menos el viejo imbécil ya lo entiende».

—Paz... debemos traer la paz...

La mano de Garrosh se detuvo.

***

Lok-tar ogar. Victoria o muerte. La visión mostraba ambas cosas. La victoria contra los draenei y después la muerte del mundo mientras la magia lo corrompía todo.

Los mismos elementos quedarían destrozados. Grommash sentía cómo su consternación sacudía las Rocas de Profecía. La visión había sido tan sorprendente para ellos como lo había sido para él.

Después, Gul'dan propuso otra idea magnífica: conquistar un nuevo mundo. Azeroth. La Horda se adentró en un portal, consiguió victorias, destruyó ciudades, masacrando a todo aquel que se interpuso en su camino.

Las victorias no duraron mucho tiempo. Cuando les sobrevino la derrota, esta fue completa. Los orcos que sobrevivieron fueron reunidos y trasladados como prisioneros a los campamentos. 

Y no se resistieron.

Ni siquiera aquellos que habían formado parte de los Grito de Guerra. No se resistieron. Su poder corrupto se había desintegrado, dejándolos lánguidos.

«Nuestras almas. Nuestras almas desaparecerán». Grommash quería llorar.

***

Los ojos de Zhanak se dirigieron al rostro de Garrosh. —Tú lo has visto. Tú sabes. Un pueblo unido. Protegiéndose los unos a los otros. Glorioso. Grito Infernal podría llevar a su pueblo hasta allí. Tiene el corazón que hace falta. Glorioso...

—Eso es la Horda, anciano —dijo Garrosh.

—Grito Infernal podrá soportarlo. Podrá vencerlo. La corrupción no será el final. — Las lágrimas inundaban el rostro de Zhanak. Su voz estaba impregnada de alegría y esperanza—. Un mundo en ruinas, pero el otro más fuerte que nunca. El sacrificio de Grito Infernal nos salvará a todos. Tú lo has visto...

La visión volvió a llevárselo y comenzó de nuevo a estremecerse.

Garrosh miró a su alrededor. Los dos guardias caminaban alrededor de la niebla, pensando si debían interrumpir la visión. No había nadie más a la vista. Si este chamán tenía algún vigilante o aprendiz, no estaba por allí.

—Lo he visto, anciano —dijo Garrosh. Se inclinó sobre él, oprimiendo los orificios nasales del viejo chamán con una mano y posando la otra firmemente sobre sus labios—. Y no lo volveré a ver.

Entre los dedos de Garrosh se escapaban gruñidos amortiguados, pero el chamán no podía llevar aire a sus pulmones. Zhanak agarró a Garrosh.

—Los ancestros te recibirán en casa —murmuró Garrosh, mirando hacia delante.

Esperó a que los gruñidos ahogados, los movimientos y el pulso se detuvieran. Lo hicieron. Aun así, mantuvo las manos en la misma posición durante unos instantes.

Después, tumbó al chamán con delicadeza. —Los ancestros te recibirán en casa —volvió a decir Garrosh, esperando que así fuera. El anciano se había ganado el respeto incluso de Grommash Grito Infernal. Era una pena que tuviera que morir.

Garrosh se encaminó hacia las Rocas de Profecía. Quizá los elementos estuviesen enfadados por lo que acababa de hacer. O quizá ni siquiera lo habían visto. Parecía que la visión los había cautivado por completo.

«Y eso me recuerda...».

Aullavísceras estaba en manos de uno de los guardias de Grommash. Garrosh sonrió y fue a por ella.

***

Cautividad. Horror. Muerte. Ni siquiera los orcos que no estaban en los campamentos podían encontrar su propia existencia en ese mundo extraño. Ni siquiera Grommash Grito Infernal, el orco con la voluntad de hierro, el orco con corazón de gigante, el temible líder de los Grito de Guerra... Había luchado en una batalla perdida contra el letargo y la desesperación, viviendo su vida escondiéndose de los conquistadores de los orcos, deseando la muerte en secreto.

Sus pensamientos se reflejaron en su voz. En la voz de Golka. Por fin lo había comprendido. Ella no había sido débil. Ni por un momento. ¿Cómo no se había dado cuenta?

... concédeme la muerte que merezco, digna de un guerrero...

—¡No puede ocurrir! —gritó Grommash—. ¡No debe ocurrir!

Los elementos repitieron sus palabras. « No. Debe. Ocurrir».La contaminación demoníaca casi había acabado con ellos. Todos sufrirían.

«No debe ocurrir. Nunca».Grommash sintió que la convicción le inundaba las entrañas. Convicción y cólera. « Mi clan nunca caerá tan bajo. Pagaré el precio que haga falta para evitar ese destino».

«Cualquier precio».

La visión continuó. Un nuevo orco, creado por humanos, obligado a luchar para entretenerlos. Tan fuerte como era, lo humillaban y lo golpeaban constantemente, e incluso le pusieron de nombre Thrall. Pero pronto se las ideó para escapar y...

—¡Idiotas, sacadlo!

La voz procedía desde el exterior de la visión. Grommash la ignoró. ¿Qué podía ser más importante que esto? Observó mientras la niebla mostraba al joven orco, que aprendía a leer, y...

—¡La visión ha matado al chamán! ¡Tenemos que detenerla ya!

El mango de Aullavísceras entró en su campo de visión —su campo de visión real— y se dirigió hacia él. El dolor cruzó la muñeca de Grommash. Inconscientemente abrió la mano y la esquirla de cristal, que había estado canalizando aquellas horribles visiones, cayó al suelo. La niebla se desvaneció. Las visiones y los sonidos desaparecieron.

Había terminado.

Grommash cayó de rodillas, jadeando.

—¡Jefe Grito Infernal! —El forastero se había arrodillado a su lado. Sujetaba a Aullavísceras—. ¿Estás bien?

Grommash recobró la compostura lentamente. Muy lentamente. No miró hacia arriba hasta que su respiración se calmó. El viento seguía girando a su alrededor. Los elementos estaban consternados.

Finalmente, Grommash se puso en pie. —Dame eso —dijo, extendiendo la mano. El extraño le dio a Aullavísceras—. ¿Por qué has intervenido?

El forastero señaló a un extremo más allá de las piedras, hacia el árbol donde yacía el chamán. —La visión ha matado al anciano, Grito Infernal —dijo—. Nunca pensé que pudiera ser tan peligrosa. Temí que te matara a ti también.

—Su corazón no pudo aguantar ver lo que yo he visto. —Grommash cogió al extraño por el cuello y lo empujó contra una de las piedras. Tras un momento, Grommash empuñó Aullavísceras contra su cuello. —¿Qué pasó después?

—¿Qué? —preguntó.

—He visto esclavitud y muerte. No puede terminar así. —El filo de Aullavísceras le presionaba el cuello, sin llegar a cortarle la piel—. ¿Qué me ocurrió a mí? ¿Qué le ocurrió a mi clan?

—Luchaste hasta el final, Grito Infernal. Tú y los demás. —Sonaba como si el forastero no quisiera admitirlo—. Pero ya era demasiado tarde. Nos habían arrancado el corazón. ¿Lo ves ahora? El precio que habrá que pagar para conseguir el poder de Gul'dan es...

—Todo —lo interrumpió Grommash. Su voz sonaba ronca. Lentamente, retiró a Aullavísceras—. Nos costará todo.

—Sí. Pero viste algo más, Grito Infernal.

Los ojos de Grommash parecían hechizados. —¿Qué?

—Viste el poder de la unión —dijo el extraño en voz baja—. Todos los orcos marchando bajo un único estandarte. Imagínate cómo sería eso sin amos. Sin corrupción. Imagínatelo.Una Horda con un líder Grito de Guerra. ¿Qué límites podríamos tener? ¿Qué mundo osaría interponerse en nuestro camino?

Grommash se giró. La cabeza aún le daba vueltas. —La debilidad. Creía que era fuerte y eso me podría haber llevado a la ruina. —« Oh, Golka. Juro que seré tan fuerte como tú. Si caigo, que sea luchando... Si es necesario, derramaré océanos de sangre para evitar el destino que el forastero me ha mostrado. Incluso la mía. Lo juro».

—Sí, jefe Grito Infernal —dijo el extraño—. Pero ahora sabes a lo que te enfrentas. Hay enemigos que quieren convertirnos en esclavos. Los amos de Gul'dan. Aquellos que habitan el otro mundo. ¿Quién si no tú podría enfrentarse a tal desafío? ¿Quién si no tú podría convertirse en el padre de todos los clanes?

Nadie. Ningún otro. Solo él sabía el auténtico horror que representaba su sino. Y solo él podría hacer lo que hiciera falta para evitarlo.

—Ese otro mundo nos conquistó. Son fuertes. Nosotros tendremos que serlo aún más. —Grommash sentía el rugido de su alma. « Yo seré más fuerte»—. Puede que fracasemos, forastero, pero, si lo hacemos, moriremos en el intento, ¿no es así?

Lok-tar ogar —dijo el extraño.

Los dos guardias Grito de Guerra lo repitieron en voz baja. — Lok-tar ogar.

Grommash alzó Aullavísceras a la altura de sus ojos, contemplando su reflejo en el metal pulido. —Nunca seremos esclavos. Ni en este mundo ni en ningún otro. —« Pagaré el precio que haga falta para evitar ese destino», volvió a pensar. Grommash miró a su reflejo y después al extraño—. Me recuerdas a alguien.

—¿A quién?

«A ella». Grommash no lo expresó en voz alta. Era imposible. ¿Pero no había visto lo imposible con sus propios ojos? —No importa. ¿Cuánto tiempo tenemos, forastero?

—Meses. Después ya no lo sé.

—Debemos ocultárselo a Gul'dan. No debe saber nada hasta que llegue el día. Se volvió hacia los dos guardias—. Corred al campamento. Decid a nuestros exploradores que se preparen rápido. Hay que enviar mensajes en secreto a los demás clanes. ¡Marchad!

No dudaron ni un instante. Grommash y el forastero los observaron mientras se alejaban.

—Tenemos que advertirles que no consideren siquiera tocar el nuevo poder de Gul'dan —gruñó Grommash—. No será fácil.

—No lo será.

Grommash miró al extraño largo y tendido. —¿Lucharás con los Grito de Guerra?

—Hasta la muerte.

—Ya lo sabía —dijo el jefe del clan—. De verdad tienes el corazón de un Grito de Guerra. Quédate junto a mí. Tenemos mucho camino por recorrer.

Los ojos del forastero resplandecieron.

—Y yo disfrutaré cada paso —dijo.