Gelbin Mekkatorque:Acortado
by Cameron Dayton

—Hemos hecho un barrido de seguridad en los pisos superiores del sector 17, señor. Todo parece estar intacto desde, eh, desde que nos marchamos. Aunque, claro está, apesta a trogg...

—Mmmm, sí, esa deliciosa mezcla de moho, sarna y mono rancio. Hace que se te vayan las ganas de comer, lo sé.

El capitán de engranajes Herk Arrancarresortes hizo un gesto de disgusto y palideció ligeramente al oír la descripción de su comandante. Sin duda, el hedor estaba afectando a la moral de las tropas.

—¿Y tu grupo está equipado con mi último modelo de taponanapias de alta velocidad?

—Sí, señor. El hedor... bueno, se puede saborear, señor. Por muy taponada que tengamos la nariz. —Arrancarresortes echó la cabeza hacia atrás y mostró un buen par de orificios nasales de gnomo que estaban, desde luego, muy bien taponados—. Dos miembros de mi batallón han pedido el traslado a la patrulla trol en Yunquemar, y mi médico quiere saber si damos bajas por apestamiento.

El Manitas Mayor Gelbin Mekkatorque suspiró, se subió las gafas hasta la frente y se masajeó con el dedo índice y el pulgar el puente de su prominente nariz. Las gafas nuevas le hacían daño y ajustarlas era la primera en una lista de mil tareas que tenía pendientes para cuando terminara la batalla. No había dormido la noche anterior y sentía sensible y dolorida la carne donde se habían apoyado las lentes. Reconquistar Gnomeregan estaba resultando ser mucho más que una simple acción militar.

Aquel hedor, por ejemplo. Uno de los problemas de los vastos subterráneos de la ciudad mecánica, uno entre cientos en realidad, era la ventilación. A plena capacidad, los ventiladores de la red, las rejillas de ventilación y los filtros habían necesitado el trabajo de un equipo de quince técnicos trabajando veinticuatro horas al día para conseguir que Gnomeregan oliera a limpio y a fresco. Años de desperdicios troggs sin limpiar se habían convertido en capas de suciedad apestosa e impenetrable que estaba resultando más difícil de eliminar que a los mismos invasores.

—No te preocupes, capitán. Esta semana tengo a los cerebritos del Cuerpo de Alquimistas trabajando en el prototipo de mis cañones eliminapestes inodoros. Deberían ayudarnos a eliminar ese hedor insoportable de nuestras salas. ¿Qué tal si tu batallón y tú os cogéis el resto del día libre? Id a Cebatruenos a por unas pintas.

El otro gnomo sonrió, saludó y asintió rápidamente.

Mekkatorque volvió a concentrarse en los planos que estaban extendidos sobre la mesa detrás de él y se colocó las gafas de nuevo con un gesto de dolor. Aunque aún se seguía luchando encarnizadamente en algunos sectores de Gnomeregan, otros habían caído en sus manos con sorprendente facilidad. Por supuesto, la ayuda de la Alianza había sido vital en este aspecto, pero Gelbin no estaba tan seguro. Le había dado la impresión de que La Sala de Máquinas había estado casi... abandonada. No era propio de sus viejos enemigos renunciar a un territorio con tanta facilidad.

Gelbin se vio interrumpido por alguien que se aclaraba la garganta y se giró. El capitán de engranajes seguía todavía allí, retorciéndose las manos.

—Lo siento. ¿Hay algo más, capitán?

—Bueno, sí, Manitas Mayor, señor. Si no te importa que te haga una pregunta...

—En absoluto. Habla.

—De acuerdo, señor. Es solo que algunos de los chicos se estaban preguntando, y yo también, ¿por qué hemos sido enviados a reconocer ese sector? Quiero decir, está lejos del frente y no parece que contenga ningún tipo de recurso ni que posea ningún valor estratégico. Simplemente parece la biblioteca de un vejestorio, señor.

—¿Dices que parece la "biblioteca de un vejestorio"?

El capitán Arrancarresortes sonrió con complicidad.

—Ajá, esa ha sido mi impresión, señor: montones de libros viejos, papeles arrugados y algo que parece la madriguera de un conejo construida con moldes de tarta...

—Bueno, supongo que la maqueta a escala del Tranvía Subterráneo sí que parece una madriguera...

—Del... ¿señor?

—Esos eran mis aposentos, capitán.

—¿Tus aposentos, señor? Oh. Oh. Mis disculpas, Manitas Mayor. No era mi intención...

—Supongo que no es lo que esperabas de alguien de mi elevada posición, ¿verdad? —Gelbin rio y se inclinó hacia delante para dar unas palmaditas amistosas en el hombro del capitán avergonzado—. No te preocupes, Arrancarresortes. Quizá haya ocupado un asiento elevado en la Cámara Manitas, pero todo el trabajo de verdad, la meditación y los inventos que he creado han tenido lugar en esa desastrada biblioteca de un vejestorio. Ahora, al salir, ¿harías el favor de informar al sargento Pernocobre de que estoy listo para examinar la zona? Gracias por tu duro trabajo, capitán.

Gelbin esperó hasta que su equipo de seguridad se hubo dado la vuelta y hubiera desaparecido al doblar la esquina antes de borrar la sonrisa de su cara. Hundió los hombros con una sonora exhalación que fue en parte suspiro, en parte maldición.

Resultaba duro. Resultaba duro regresar a su estudio. A su rincón. Aquel era el lugar que se imaginaba cada vez que oía la palabra hogar, incluso a pesar de los muchos años transcurridos. Años de vivir amparado por la caridad y la tolerancia de unos aliados que, a pesar de todos sus nobles gestos, todavía le miraban con compasión.

La compasión. Ah, esa era la parte más dura. Para una raza de gente ambiciosa cuya vida se regía por el poderoso orden de las leyes científicas del universo, ser dignos de compasión resultaba insoportable. La compasión era un insulto hacia ellos. Gelbin se revolvía ante la lástima y sabía que su pueblo también sentía lo mismo: como líder, había aprendido que convenía prestar un poco de atención a las emociones personales ya que, a menudo y en cierto grado, reflejaban lo que sentían el resto de los gnomos.

Pero la compasión no era lo único, por lo menos para el Manitas Mayor. Tener que mantener la sonrisa, los valerosos ánimos y la chispa gnoma ante su pueblo. Tener que ser capaz de proyectar una constante e ininterrumpida confianza en las reducidas estancias de la vieja Ciudad Manitas, cuando lo único que quería era dejarse caer al suelo y... y...

Gelbin inspiró tembloroso y se tambaleó. Apoyó el hombro contra la pared de metal con un ruido sordo. Tantos muertos. ¡Tantos!

Recuperándose, apretó los puños y exhaló. Cerró los ojos y contó números primos hasta que los sentimientos se retiraron, una vez más, hasta un lejano rincón de su mente. Números primos, seguros y dignos de confianza. Siempre se podía contar con ellos. Confiar en ellos. Gelbin sabía que tendría que recuperar los sentimientos y enfrentarse a ellos algún día, pero ahora no había tiempo para eso. No había tiempo en absoluto. Los gnomos necesitaban que su Manitas Mayor estuviera en plena forma para la reconquista de su hogar, y dejar traslucir detalles estúpidos como vergüenza y remordimientos solo le haría parecer débil. Un pueblo nómada al borde de la extinción no podía permitirse tener un líder débil.

Por lo menos, otra vez no.

Tras alejar ese pensamiento de su mente, Gelbin avanzó y empezó a sopesar las condiciones en las que se encontraba su antiguo hogar. Al contrario que sus compañeros de la Alianza, el Manitas Mayor evitaba la vida cómoda y elegante en favor de un estilo de hogar más práctico. ¿De qué servía tener un trono si se pensaba mejor de pie? La gastada red de pasillos del sector 17 era la representación física del proceso creativo de Gelbin: la biblioteca conectada con la sala de diseño conectada con una fundición sencilla conectada con la Cámara de la Asamblea. Investigación, imaginación, creación, ingeniería. Allí era donde había reunido a sus fuerzas, las había fundido con hierro y las había ordenado marchar. Literalmente.

En aquellos pasillos, Gelbin había imaginado el primer mecazancudo, que había permitido a su diminuto pueblo seguir el paso de los poderosos destreros humanos. Aquella invención había cubierto de gloria al joven gnomo y lo había colocado en el camino hacia el liderazgo. El microajustador giromático, el robot de reparación, el Tranvía Subterráneo, incluso el prototipo para la máquina de asedio enana; todo había nacido de bocetos y sueños que habían tenido lugar en su estudio. Todo había formado parte de aquel magma primordial que era la imaginación de Gelbin al servicio de los gnomos.

—Lo que conduce a la siguiente pregunta— murmuró. —¿Pueden cien invenciones brillantes compensar un error terrible?

La oscuridad hizo que las palabras permanecieran en el aire y las cubrió de dolor. Mientras esperaba una respuesta que ya conocía, el Manitas Mayor se dio cuenta de algo que le hizo sonreír por primera vez desde que había bajado allí. Estaba hablando consigo mismo. Era algo que no hacía desde... bueno, desde la última vez que había vivido en aquellos túneles. Puede que el regreso de la neurosis fuera buena señal. Gelbin se rascó la barba recortada de forma impecable.

—Si encuentro esperanza en una recaída psicótica, la situación debe ser muy grave.

Mientras se movía por la Cámara de la Asamblea, pasó el dedo por un banco cubierto de polvo y chasqueó la lengua. Los años no habían pasado en balde. Incluso bajo aquella luz temblorosa, que seguía funcionando como muestra de la supremacía de la ingeniería gnoma, Gelbin percibió que aquel estudio, en otra época impoluto, iba a necesitar una limpieza en profundidad.

Echó un vistazo a su vitrina de trofeos en la pared del fondo. Era un mueble que el Manitas Mayor había instalado a petición de sus aprendices y solo porque había necesitado un lugar donde meter todas aquellas menciones de honor inútiles. Como todo lo demás, estaba cubierto por una capa de polvo.

La pieza central de la enorme colección era su primer prototipo operativo de mecazancudo, que se alzaba orgulloso y larguirucho entre varias medallas y menciones.

Gelbin sonrió al darse cuenta de que incluso los modelos más recientes y más rápidos recién salidos de Forjaz recordaban ligeramente a aquel modo de andar como de ave y al torso de tetera de su primera obra. Es más, había recibido informes de sus agentes en Rasganorte que afirmaban que los enigmáticos mecagnomos habían adoptado su invento para sus propios propósitos misteriosos. ¿Qué podía resultar más halagador que el hecho de que una raza de máquinas adoptara tu máquina para moverse por el mundo?

A pesar de que el mecazancudo había sido el primero (y, podría decirse, el más popular) de sus inventos, el continuo fluir de creaciones únicas, poderosas y violentamente prácticas que había ideado entre aquellas paredes había fortalecido a su pueblo, y había demostrado que los gnomos eran un activo fundamental para la

Alianza de enanos, humanos y elfos. Así era como Gelbin Mekkatorque había pasado de ser un simple inventor a convertirse en Manitas Mayor de los gnomos. Así era como Gelbin Mekkatorque había alcanzado sus cotas más altas, había dado lugar a sus inventos más brillantes y había recibido los más altos honores de manos de un pueblo que valoraba la creatividad y el trabajo manual por encima de todo.

Y así era como Gelbin Mekkatorque había confiado tontamente en el consejo de alguien a quien había considerado un amigo. Así era como Gelbin Mekkatorque había dado la orden que había matado a casi todo su pueblo, que había costado a los supervivientes la pérdida del hogar y los había condenado a la mendicidad y a la ignominia.

Golpeó la pared con el puño y levantó una nube de polvo. Las luces del techo parpadearon como haciéndose eco de su frustración. El Manitas Mayor decidió que lo mejor sería darse un paseo hasta que se le pasara. Echó a andar por la Cámara de la Asamblea hasta la fundición y después pasó a la sala de diseño. Entonces se detuvo. De pronto, Gelbin se dio cuenta, con cierta sorpresa, de que acababa de manifestar su primer sentimiento de ira en aquel momento, años después de la traición. Y este ataque de ira, tan poco propio de él, le había sentado de maravilla. Quizá los enanos estuvieran agotando su paciencia. O quizá era por el hecho de estar en casa de nuevo, por fin lejos de los ojos de benefactores que los miraban con ojos compasivos y de ciudadanos preocupados. Se sintió como si hubiera caído el telón y ya no tuviera que hacer el papel de Manitas Mayor. Allí, por fin, podía ser Gelbin. Gelbin podía sentir tristeza; Gelbin podía sentirse traicionado; y Gelbin podía sentir furia y desolación ante la maldita injusticia de todo aquello.

Gruñó y la tomó con la pared de nuevo; saboreó el brusco dolor en los nudillos y el satisfactorio sonido metálico que reverberó por los pasillos de hierro que lo rodeaban. Por lo menos, el haber pasado tanto tiempo entre enanos había fortalecido a su pueblo y ahora aceptaban sus habilidades físicas de mejor grado que nunca antes en toda la historia estudiosa de los gnomos. Los enanos habían dominado el poco delicado arte del combate cuerpo a cuerpo en un mundo hecho para seres que, normalmente, les doblaban en estatura, mientras que los gnomos se habían concentrado en escapar y evitar conflictos de ese estilo. Pero aquellos años de dificultades y supervivencia entre sus aliados más toscos habían encendido en los gnomos la chispa combativa, para bien o para mal. Gelbin veía cada vez más gnomos armados con espadas, luciendo armaduras y que replicaban a la gente alta mucho más que antes.

—Bueno —murmuró—, lo de replicar no ha ayudado mucho a nuestras ya menguadas fuerzas.

El eco de su violento golpe contra la pared seguía resonando por la estancia y el Manitas Mayor se detuvo a mitad del pensamiento. Eso no sonaba como debía sonar.
Gelbin inclinó la cabeza y retrocedió un paso. El sector 17 se había excavado en las macizas laderas del noroeste de Dun Morogh, una porción de esa cordillera nevada que consistía principalmente en granito y esquisto. Los pasillos recubiertos de hierro de aquella ala de Gnomeregan no deberían responder a la fuerza percutora con aquel tipo de resonancia. ¿Acaso le estaba fallando la memoria?

De nuevo, Gelbin golpeó la pared con los nudillos con los ojos cerrados. Otra vez, el sonido llegó a él con el eco de una campana.

Sin despegar los ojos de la pared, Gelbin retrocedió hasta el centro de la estancia. Su vieja silla de fabricación trol, un delicioso mueble primitivo hecho de huesos y pellejo de raptor, seguía en su lugar de siempre. La silla era un recuerdo del primer ataque en el que habían participado los gnomos como parte de la Alianza, contra un campamento de la Horda durante la Segunda Guerra; y Gelbin había conservado aquel mueble de aspecto fiero para tener presente dos cosas. La primera, que sus enemigos vivían en un mundo al que daban forma con carne y huesos de monstruos. La segunda, que incluso los salvajes con colmillos y piel musgosa necesitaban un sitio cómodo para descansar de vez en cuando. Aunque el Manitas Mayor muy pocas veces se sentaba mientras estaba absorbido por sus inventos, a veces había utilizado la silla como un catre improvisado tras interminables noches de invenciones. Al ser un mueble bajo y con un asiento muy amplio destinado al trasero relativamente grande de los trols, era perfecto para una siesta gnoma. Con un suspiro de preocupación se dejó caer en la silla y agradeció su suavidad.

¿Acaso se había acometido algún tipo de obra en aquella zona desde el éxodo? Las sospechas de Gelbin aumentaron. Examinó la sala de diseño en busca de cualquier señal de sabotaje: cables sueltos, paneles que no estuvieran en su lugar o huellas desconocidas en el polvo. El sector al completo había sido examinado por su equipo más capaz, pero Mekkatorque había aprendido que no había que confiar ciegamente. Sobre todo cuando Termochufe andaba de por medio.

Sicco Termochufe. Aquel nombre todavía le provocaba un nudo en el estómago, una opresión que no podía eliminarse a base de razonamientos. Gelbin por fin había dado con un término para aquella sensación: era un sentimiento con el que estaba terrible y pavorosamente poco familiarizado. Era confusión. En aquel extraño momento, el Manitas Mayor Gelbin Mekkatorque se sentía muy, pero que muy confuso.

¿Cómo había podido ocurrir aquello?

Un gnomo de Gnomeregan que actuara contra su propio pueblo era algo imposible, una casualidad, una aberración inconcebible. Al contrario que los enanos, los gnomos no tenían ningún tipo de antecedente de violencia interna. Su pasado carecía de señores de la guerra o de facciones violentas. Simplemente, los gnomos no luchaban contra los gnomos. En un mundo de leones, tigres, fúrbolgs y gente alta, sus congéneres habían tenido que confiar los unos en los otros. No hacía falta ni decirlo. Por eso los gnomos no recurrían al primitivo derecho de primogénito que había causado tanto derramamiento de sangre entre otras razas de Azeroth, y hacía siglos que habían prescindido de la monarquía. Los gnomos elegían a sus líderes por acuerdo común, basándose en los méritos del trabajo. Un mérito que se medía totalmente por los beneficios aportados a la raza. Actuar de forma que dañara a tu propia raza, ansiar el poder a pesar del coste para tu propio pueblo... eso era algo que podrían hacer un enano o un orco. Desde luego, era indiscutiblemente humano. Pero, ¿cómo podía ser que un gnomo hubiera dejado a los gnomos al borde de la extinción?

Sicco había afirmado que había comprobado los niveles de radiación del gas. Había afirmado que tenía pruebas de su efecto radical en los troggs y había mostrado a Gelbin cifras falsificadas en cuanto a su densidad y peso volumétrico. El gas debería haberse quedado en las zonas en cuarentena y las secciones más bajas de Gnomeregan para ir envenenando a los invasores a medida que emergían de las profundidades, mientras que los gnomos permanecerían aislados y a salvo en los túneles urbanos superiores. En aquel momento, aquella había parecido ser la única forma de eliminar la invasión imprevista y así no les haría falta pedir ayuda a la muy atareada Alianza. Los gnomos se ocuparían de los gnomos. Termochufe había parecido estar muy convencido de que su invento funcionaría.

Pero la mayoría de los troggs simplemente atravesaron el gas arrastrando los pies, y el único efecto que tuvo en ellos fue, en todo caso, que se volvieron más salvajes a medida que se convertían en seres irradiados. Y el gas había subido por todo Gnomeregan. Se había filtrado por los afamados filtros de aire limpio a domicilio de Termochufe y había matado a los gnomos que esperaban en sus casas, ahogados por viles nubes verdes tras puertas que el Manitas Mayor les había prometido que los mantendrían a salvo. Gnomeregan murió ese día. Murió porque Gelbin Mekkatorque había confiado en que un amigo sería un amigo. O por lo menos, un gnomo.

Gelbin se reclinó y cerró los ojos. La presión que sentía en el pecho le resultaba casi dolorosa y por enésima vez se preguntó si debería renunciar a su título y dejar que otro ocupara el puesto de Manitas Mayor. Alguien menos confundido. Alguien que no cometería un error estúpido que terminaría matando a tanta gente...

Esta vez no intentó contener la desesperación, la enorme oleada de pena que surgió del lugar en el que había estado acumulándose durante demasiado tiempo. Gelbin respiró rápidamente, contó números primos y se aferró con fuerza al asiento de la silla. Pero esta vez no pudo detenerse. El dolor sobrepasó todas sus defensas y estalló a través de su pecho con un gemido gutural y lastimero.

En medio de la oscuridad y el silencio de piedra de su estudio abandonado, el Manitas Mayor Gelbin Mekkatorque lloró al fin.

Cuando se le secaron las lágrimas, cesaron los temblores y la escalofriante tranquilidad volvió a la estancia, Gelbin suspiró débilmente y se incorporó. Se sentía... vacío... y limpio, como si estuviera hueco por dentro. No era, exactamente, una buena sensación. Pero era la que necesitaba sentir con desesperación.
Era hora de volver a la superficie, junto a su pueblo. Ya se sentía un egoísta por haberse tomado tanto tiempo para sus problemas personales. Se apoyó en los reposabrazos, empezó a levantarse.

Y se detuvo.

Sentía algo frío bajo la mano. Gelbin abrió los ojos y miró. Cuidadosamente plegadas en uno de los brazos de la silla encontró sus gafas favoritas, las sencillas lentes con montura de mitril que había recibido como regalo tras graduarse en la Universidad Charnela. Resistentes, reconfortantes y dignas de confianza. Desde entonces, habían ocupado la misma posición en su cara durante décadas; una posición que solo se había visto interrumpida por la invasión de los troggs y la consiguiente huida precipitada de los gnomos. Mientras tanto, Gelbin había seguido adelante con un nuevo par de gafas que había fabricado en Forjaz en su tiempo libre, mientras corría apresurado entre Ciudad Manitas y el trono de Barbabronce. Era una hazaña que su pobre nariz había lamentado desde entonces. Sonriendo, el Manitas Mayor alargó la mano para recoger sus gafas perdidas.

—Ahora puedo volver a ser yo mismo...

Cuando retiró las gafas del reposabrazos sintió una extraña tensión y Gelbin se detuvo en seco. Un recuerdo helado apareció desde lo más profundo de su memoria: aquellas gafas habían sido un regalo por su graduación. Un regalo de su amigo y compañero de graduación Sicco Termochufe.
Y Gelbin nunca hubiera dejado sus gafas sobre la silla.

Demasiado tarde se percató del delgado cable que envolvía el puente. Bajaba por el costado de la silla hasta entrar por un minúsculo agujero practicado en una baldosa del suelo. Era un hilo de metal casi invisible. Veraplata, increíblemente ligera pero más fuerte que el acero. Gelbin sintió un leve tirón al otro lado del cable, el movimiento mecánico de un resorte al soltarse; y alzó la mirada en el momento justo para ver cómo una pesada puerta cerraba la entrada con un fuerte golpe. Se escuchó un ruido metálico similar en el pasillo de salida justo detrás de él.

¿Obras nuevas en el sector 17? Al parecer, las había habido. Alguien había dejado una trampa para el Manitas Mayor y Gelbin había caído directamente en ella.

¿Quién más iba a sentarse en aquella silla? ¿Quién más tocaría las gafas del Manitas Mayor? Mientras engranajes ocultos en las paredes huecas crujían y se ponían en marcha, Gelbin se descubrió pensando si el capitán Arrancarresortes se había dejado sobornar o si, realmente, su equipo había pasado por alto aquel sabotaje.

Hubo un crujido de estática, un altavoz eléctrico cobró vida y sonó una voz que había poblado las pesadillas del Manitas Mayor durante años.

—Sabes, querido Gelbin, me pregunté si este cebo sería demasiado obvio para ti. Casi no he podido creerlo cuando ha saltado la alarma. Parece ser que puedo contar con que tu encantadora ingenuidad siempre anulará tu intelecto.

Gelbin se puso de pie de un salto y se secó los ojos. Durante un segundo y de un modo infantil, le preocupó que Sicco le hubiera visto llorar, pero el Manitas Mayor enseguida desechó el pensamiento. Algo más frío había reemplazado el sentimiento de vacío de hacía unos minutos. El miedo y la vergüenza chocaron con su confusión en dolorosa armonía. Gelbin apretó los dientes y echó mano de la hebilla del cinturón donde normalmente solía llevar a su querida Mekkalibur. Nada. En sus prisas por volver a su antiguo estudio, se había presentado allí totalmente desarmado.

Eso era algo que no hacía nunca, ni siquiera mientras caminaba por Forjaz. ¿Acaso estaba perdiendo la cabeza? Confusión, despistes y ahora esto.
Curiosamente, Termochufe tenía razón. El Manitas Mayor había sospechado que había algún tipo de trampa allí abajo, había percibido que aquel sector había caído con demasiada facilidad. Pero... ¿cómo podía Termochufe invertir tanto tiempo y recursos en matar a un solo gnomo cuando la Alianza al completo estaba llamando a su puerta? De nuevo, la confusión.

—¡Concéntrate, maldita sea! —se susurró. Iba a morir allí abajo si no se recomponía rápidamente. El Manitas Mayor nunca se había visto tan bajo de moral pero, si quería vivir, no podía permitir que su viejo amigo lo supiera. Quizá un duelo verbal mantuviera ocupada la famosa mente cuadrada de Sicco mientras Gelbin intentaba buscar la manera de salir de allí. Se aclaró la garganta.

—Está claro que te he considerado mejor táctico de lo que eres, Sicco. No me sorprende que mis fuerzas hayan sido capaces de avanzar de esta forma contra tu ejército atrincherado, una multitud que nos supera en tres a uno: has estado perdiendo el tiempo en tus estúpidos juegos de venganza.

Mientras examinaba la estancia a toda velocidad, Gelbin se esforzó para mantener la concentración. Si Termochufe decidía inundar aquella estancia con el mismo gas tóxico que había utilizado contra su pueblo, no habría escapatoria. Gelbin conocía aquella habitación lo suficiente como para darse cuenta de eso. Solo había dos puertas y las dos estaban selladas. Se llevó el faldón de la casaca a la cara mientras miraba a su alrededor en busca de señales de la mortal niebla verde. Quizá pudiera contener la respiración el tiempo suficiente para salir por el conducto que Termochufe hubiera construido para traer el gas hasta allí.

Sicco Termochufe se reía.

—¿Estúpidos juegos de venganza? Gelbin, ¿tienes alguna idea del impacto que tendrá tu muerte en los gnomos? Te han mantenido al timón a pesar de todo lo que he hecho para desacreditarte. Esos pequeños estúpidos adoran a su Manitas Mayor. Tu muerte les desagarrará el corazón.

La respuesta de Gelbin se vio interrumpida por el clic de un interruptor activándose. Silencio mortal y, después, un gruñido mecánico, el sonido de unos pesados cables de hierro en ruedas impulsadas por resortes. La pared que tenía enfrente, la misma pared que había golpeado, empezó a subir hacia el techo. Hubo una oleada de calor y aire húmedo, y Gelbin se percató de la forma que iba adoptar su asesinato. Olía a moho, sarna y mono rancio.

El trogg emergió de las sombras con un gruñido húmedo. De constitución poderosa y brazos musculosos que le colgaban casi hasta el suelo, se movía con el aire arrogante y confiado de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.

El Manitas Mayor ya había participado en combates contra aquellas bestias anteriormente, pero nunca había estado tan cerca de una; su equipo de seguridad nunca lo hubiera permitido (el mismo equipo al que había ordenado de forma estúpida que lo esperaran fuera del sector). El trogg abultaba el doble que Gelbin y una maraña de cicatrices le cubría la piel endurecida del torso. Unas protuberancias irregulares y óseas le sobresalían de los hombros y los codos, bultos deformados que atestiguaban su herencia rocosa. Gelbin había oído rumores que afirmaban que los troggs eran una rama deformada de la raza enana. Aunque nunca se le ocurriría mencionárselo a sus gentiles anfitriones, sí que veía ciertas similitudes en la barba enmarañada, la constitución recia y gruesa y los tensos músculos que parecían haber sido tallados en granito.

Pero ahí era donde terminaban los parecidos. El trogg caminaba con los hombros caídos, como un mono, y lucía el ceño y los caninos afilados de un depredador.

Gelbin recordó su instrucción de combate. Normalmente, un trogg era un enemigo al que se tenían que enfrentar cuatro o cinco gnomos, contando que fueran gnomos bien armados y experimentados en guerra subterránea. Mekkatorque era un táctico probado y sabía que incluso sin su armadura a vapor y Mekkalibur a su lado, todavía podía ser un adversario bastante decente. El gnomo dio un paso adelante y examinó la estancia. Quizá si se las arreglaba para llegar al otro extremo del estudio con suficiente rapidez, allí había un taburete que podría servirle de arma improvisada. Si podía mantener al trogg a raya, quizá fuera capaz de escapar por la abertura por la que había llegado su asesino. Sería peligroso, pero era la mejor...

Dos troggs más arrastraron los pies hasta la luz. El primero gruñó órdenes guturales a los otros dos, que se colocaron a ambos lados de su presa con una rapidez salvaje que parecía imposible para su envergadura.

La pared se bajó tras ellos con un sonido metálico premonitorio y Gelbin lo vio claro con una enorme tristeza: iba a morir allí. No había forma de escapar de la trampa de Termochufe. Sicco iba a terminar el trabajo que años antes había comenzado en las cámaras de Gnomeregan. Finalmente, la ciudad caería de forma irremediable en manos del monstruo que se hacía pasar por gnomo. Gelbin cayó de rodillas y cerró los ojos.

Era el fin.

Se acabó.

Ya estaba cansando de la compasión, cansado de que le recordaran todos los días que había perdido su reino solo porque se había comportado como un gnomo. Estaba cansado de la maldita confusión. El sonido de arrastrar los pies de los troggs se acercó y, en un susurro, Gelbin Mekkatorque se despidió de Gnomeregan. De su gente.

"Esos pequeños estúpidos adoran a su Manitas Mayor".

A pesar de todo, adoran a su Manitas Mayor.

Gelbin abrió los ojos y miró hacia abajo. Se dio cuenta de que todavía tenía las gafas en las manos y vio el cable de veraplata, fino como una cuchilla, que se extendía hasta el suelo. Casi por instinto, su mente de ingeniero se hizo cargo de la situación y una serie de planos empezaron a pasar ante sus ojos.

El cable de la trampa conducía a lo que claramente era un gatillo con un resorte de peso. Esto estaba unido a un eje pesado que tenía el contrapeso en los cables que habían levantado la pared ayudados por bisagras de hierro oxidado, o por lo menos, era a lo que sonaban. Sicco siempre había sido muy descuidado en el ensamblaje. El resto era ingeniería básica, de hecho, y a Gelbin le pareció irónico que Sicco, el anti-gnomo, confiara en la tecnología gnoma para conseguir sus propósitos oscuros. Una tecnología que Gelbin había adaptado, que Gelbin había innovado y que Gelbin había dominado para proteger y salvar a su pueblo.

Gelbin Mekkatorque era un gnomo con sus defectos y sus virtudes. Por eso su pueblo lo amaba. Por eso seguía siendo Manitas Mayor. Por eso todavía seguía luchando por los gnomos, a pesar de tanta humillación, oscuridad y confusión.

Y, de pronto, ya no estaba confundido.

Gelbin rodó a un lado y esquivó el puñetazo del primer trogg mientras se lanzaba de cabeza hacia él. Los nudillos rocosos de la criatura chocaron con el suelo de baldosa y levantaron astillas que volaron hacia él. Al segundo siguiente, Gelbin ya se había incorporado y corría hacia el fondo del estudio. Un plan estaba tomando forma en su cabeza.

—Dime, Sicco. Si mi muerte supone una ventaja tan grande para ti, ¿por qué has esperado hasta ahora? ¿No habría sido más fácil matarme cuando aún confiaba en ti?

Resultaba difícil correr y hablar a la vez, pero Gelbin sabía que tenía que mantener distraído a Termochufe si quería que aquello saliera bien.

Creyendo que la presa corría hacia alguna salida oculta, los dos troggs que cubrían sus flancos cargaron para bloquearle el paso. Gelbin ya había previsto ese movimiento y se tomó esos pocos segundos de ventaja para enrollar lo que quedaba del cable de veraplata en torno a sus gafas.

El primer trogg ya estaba de nuevo a punto de caer sobre él y Gelbin se volvió para correr directamente hacia la bestia aullante. El trogg no había esperado aquella reacción y se abalanzó sobre el vacío cuando Gelbin se agachó, se escurrió entre sus piernas, se incorporó y siguió corriendo.

Con un rugido, el trogg se giró y avanzó pesadamente tras él. Los otros dos troggs, animados por los ruidos de su hermano, aullaron y se cernieron sobre su presa. Gelbin sabía que no eran animales estúpidos. Se habían contentado con dejar que el primer trogg agotara al gnomo para luego lanzarse sobre la comida fácil. La voz de Sicco petardeó sobre ellos.

—¿Qué? ¿Todavía no estás muerto?

Gelbin sonrió mientras corría. Su enemigo acababa de revelar que, a pesar de que podía oír lo que ocurría en el interior de la cámara, no podía ver nada. Quizá aquello funcionara.

El trogg enfadado era rápido, mucho más de lo que Gelbin hubiera imaginado, y el gnomo pudo sentir su terrible aliento en su nuca. Él había empezado a jadear cansado y se concentró en la mesa de dibujo que estaba a tan solo unos metros de él.

Más cerca. Más cerca.

Con un gañido súbito, el trogg se vio impulsado hacia atrás y cayó al suelo como arrastrado por una fuerza invisible. El cable de veraplata que Gelbin había atado a su tobillo había llegado al límite y estaba aferrado a las robustas gafas de mitril de tal forma que la combinación de peso y velocidad lo había tensado y había cortado un pie del trogg. Un rugido de angustia, en parte gemido y en parte grito, atravesó el aire. Mekkatorque hizo un guiño a la bestia como disculpándose y corrió hasta llegar a la mesa de dibujo que tenía delante. Uno de los troggs se acercó a su compañero caído, más por curiosidad que por preocupación, mientras que el otro continuaba acercándose a Gelbin.

Murmullos de enfado sonaron por el altavoz oculto en las alturas.

—Tienes razón, Gelbin. Tenía que haberte matado en aquella época, pero necesitaba una cabeza de turco. Necesitaba a alguien contra quien levantar a los gnomos para acabar siendo elegido Manitas Mayor. ¿Te haces una idea del tiempo que pasé rumiando el plan que arruinaría tu nombre? ¡Matarte habría sido demasiado sencillo!

Gelbin llegó a la mesa y frenético empezó a abrir cajones. Cubrió sus acciones manteniendo un tono de conversación perfectamente normal.

—Así que, ¿cuándo empieza la parte en la que levantas a los gnomos y te conviertes en Manitas Mayor? ¿No tenía que haber ocurrido antes del genocidio?

Sicco gruñó, maldijo y se oyó el inconfundible sonido de una llave inglesa rebotando en una pared. Gelbin estaba empezando a alterar a Termochufe.

—¡Cualquier idiota puede sonar sabio a toro pasado! El gas fue... mucho más eficaz de lo que imaginé. Mis cálculos arrojaron una tasa de mortalidad del treinta por ciento, un número de cadáveres significativo a nivel estadístico, todos yaciendo a tus pies. Eso, seguido por mi impresionante actuación a la hora de librarnos de los troggs, habría asegurado el éxito de mi golpe de estado.

Gelbin vio su oportunidad.

—Creo que aquí la palabra clave es habría...

Se oyó otro golpe, aunque esta vez fue como si alguien hubiera dado un puñetazo al micrófono.

—¿Quién habría podido imaginar que los gnomos te seguirían incluso después de que yo hubiera teñido tus manos con su sangre? ¿Que actuarían contra toda lógica y se dejarían llevar por las emociones como un puñado de elfos de la noche llorones? ¡Me alegro de que el gas tuviera el efecto que tuvo! ¡Los gnomos necesitaban esa purga!

El siguiente sonido fue similar al anterior, solo que más fuerte y seguido por un rugido de estática. Después se hizo el silencio. Al parecer, Sicco Termochufe no había tenido en cuenta el impacto directo en sus estadísticas de durabilidad del micrófono. Gelbin dejó de rebuscar, levantó la mirada y sonrió.

—Ese genio, ese genio. Acabas de perder tu facultad de reírte de mí a distancia, amigo mío.

Se inclinó de nuevo y volvió al trabajo. Afortunadamente, Termochufe había tenido la precaución de dejar el estudio en su estado original para evitar alertar a los especialistas del Manitas Mayor. De hecho, Gelbin sospechaba que la mayor parte de aquella trampa se había construido en otro lugar para luego instalarla detrás de las paredes y bajo el suelo. Lo único que había delatado la intrusión había sido el maldito cable.

Y el maldito cable había reducido sus problemas en un 33,3 por ciento (repetido, claro). Gelbin descubrió lo que estaba buscando en el fondo del último cajón. Era una pequeña cartera de piel que contenía una serie de herramientas que solían utilizar sus ayudantes para el mantenimiento de los relojes que había por todo el estudio.

La puntualidad nunca había sido uno de sus puntos fuertes, pero le gustaba saber lo tarde que iba a llegar a sus citas.

El gnomo se volvió para ubicar a sus atacantes y esquivó otro golpe salvaje. Uno de los troggs había intentado acercarse a él sigilosamente y el puño atravesó la mesa que había detrás de Gelbin como si estuviera hecha de cerillas. Siempre había sospechado que aquellas criaturas contaban con minerales pesados en su fisiología, y los destrozos que habían causado en los últimos minutos en el suelo y en el mobiliario lo atestiguaban.

De nuevo, la velocidad del gnomo fue su ventaja, y se escurrió de la bestia con la cartera en la mano. El trogg rugió de ira y después gruñó una serie de órdenes a sus hermanos. Un monstruo estaba desangrándose en el suelo, pero el otro asintió con un gruñido y se movió lentamente por la estancia. Su plan era atrapar a Gelbin entre ambos y después atacar para matarlo. El Manitas Mayor no podía correr para siempre. Era cuestión de tiempo y ellos lo sabían.

Gelbin había regresado al centro de la estancia, donde encontró la silla volcada, que seguía allí. El trogg moribundo había tropezado con el cable con toda la fuerza de su pesado cuerpo en movimiento y había arrancado la caja del resorte que había estado escondida debajo de las baldosas del suelo. Era una caja metálica cuadrada del tamaño de un plato. Y si Sicco Termochufe había recurrido a la misma ingeniería descuidada y al estilo goblin que Gelbin le había visto utilizar en otras ocasiones, el eje del resorte principal y sus contrapesos estarían justo debajo de aquello.

Gelbin empujó la silla a un lado y abrió su cartera: una llave inglesa, un martillo de hierro, una lima y un frasco blanco de aceite de bocanegra para lubricar resortes, todo en miniatura y del tamaño adecuado para trabajar con relojes. O para sabotear un sabotaje. Alzó la mirada y calculó el tiempo que tardarían los troggs en caer sobre él. Quizá veinte segundos. Necesitaba treinta.

Le quitó el tapón al frasco, derramó su contenido y después lo hizo rodar por el suelo como una línea reluciente directa hacia el trogg más cercano. La criatura miró el pequeño frasco, mostró una alegría simiesca y levantó la mirada para encontrarse con que el gnomo tenía en la mano una llave inglesa diminuta y una lima. Con un movimiento rápido, Gelbin frotó la llave inglesa contra la lima. Una brillante línea de chispas cayó al suelo y prendió el rastro de aceite que fue avanzando como una serpiente veloz hasta llegar al frasco que descansaba a los pies del trogg. Ocurrió tan rápido que la criatura apenas tuvo tiempo para tirarse a un lado cuando una bola de fuego explotó debajo de él. El enmarañado pelo de la barba ardió y el trogg empezó a correr frenético, golpeándose con sus nudillos de piedra. Eso solo sirvió para alimentar las llamas.

Satisfecho, Gelbin volvió al cable y a la baldosa rota, y desmontó la caja del resorte que tenía a sus pies. El otro trogg todavía estaba en el otro extremo de la habitación y se movía con mucha más cautela ahora que un gnomo desarmado había conseguido envolver en llamas a su compañero.

—Ahora tengo treinta segundos —murmuró el Manitas Mayor—. Quizá cuarenta.

Utilizó la llave inglesa para abrir la base del resorte y localizó el mecanismo en el fondo de una bobina de veraplata. Sí, Sicco había sido muy descuidado. Un buen saboteador se habría asegurado de que el resorte no se pudiera volver a utilizar por medio de material de un solo uso y resortes de poca resistencia. El resorte de aquella bobina todavía se podría utilizar unas pocas veces más y, rápidamente, Gelbin unió el resorte con el interruptor del contrapeso, una combinación oblonga de piñones responsable de que las paredes subieran y bajaran al manipular unos cables conectados a otro muelle enorme enrollado alrededor de un eje directamente debajo de sus pies. Ahora que el resorte estaba fijado, puso el interruptor a un lado y metió la mano en el hueco que había dejado la caja del resorte. La llave inglesa se movió como un rayo cuando Gelbin quitó a toda velocidad los tornillos que mantenían el eje fijo en su sitio.

Eran cuatro tornillos oxidados en total y a Gelbin le llevó el tiempo que le quedaba quitar tres de ellos. El metal gruñó cuando el enorme peso que antes había estado sostenido por toda la estructura descansó en un solo tornillo corroído.

Gelbin se incorporó justo en el momento en el que el trogg lo agarró y lo lanzó al aire. Después acercó a Mekkatorque a su cara y le lanzó una sonrisa irregular: su paciencia había recibido su recompensa. El Manitas Mayor estaba a centímetros de los dientes agrietados y rocosos, dientes que aún lucían los restos de la última pobre criatura que había estado tan cerca del trogg antes que él. Gelbin se encogió con un gesto de disgusto.

—Arrancarresortes tenía razón. Puedo saborear el olor.

El trogg rugió y el Manitas Mayor acabó rociado de saliva.

Después, Gelbin estrelló un puño contra la boca del trogg, con lo que le destrozó los dientes delanteros y le obligó a tragar restos de hueso que volaron hasta su garganta. El trogg lo dejó caer y se tambaleó con un grito gorgojeante. Gelbin se quitó la sangre de la mano y después la abrió para revelar que sostenía el martillo de hierro.
—Un consejo, amigo. Nunca dejes que un gnomo se acerque a tus dientes.

El trogg se limpió la sangre de la boca y después se volvió cuando el otro trogg se acercó a él, con la piel chamuscada llena de ampollas. Las dos criaturas estaba iracundas y Gelbin sabía que en cuestión de segundos se lanzarían sobre él para destrozarle. Dio un paso atrás y apretó el resorte que había reconstruido a toda velocidad.

Debajo del suelo cambiaron los pesos, los cables se tensaron y un único tornillo oxidado se rompió por la presión. Las baldosas que los troggs tenían bajo los pies cedieron cuando un cable atravesó el suelo tirando del eje, en una explosión de roca y metal. Los troggs salieron volando hacia atrás y chocaron con el escritorio destrozado mientras se abría la pared falsa que el Manitas Mayor tenía a sus espaldas.

Sus enemigos habían caído y la salida estaba libre. Era hora de largarse. Gelbin se volvió mientras guardaba las herramientas en el cinturón. Durante un segundo, se detuvo y, de hecho, se planteó volver para recoger sus gafas. Las podía ver al otro extremo de la estancia, todavía atadas a los restos grotescos de un pie de trogg con un trozo de cable. Intactas. En buenas condiciones. Automáticamente se llevó una mano a la nariz y acarició el lugar que las nuevas gafas solían dejar dolorido.

—No, no —se dijo Gelbin negando con la cabeza—. Han cumplido su propósito. Y tengo que salir de aquí.

Pero había esperado demasiado. Ahora empezaban a asomar más troggs por la salida. Docenas de ellos. Ocuparon toda la abertura y rodearon a Gelbin, gruñendo, rugiendo y relamiéndose los afilados dientes. El Manitas Mayor se había quedado sin ideas y no confiaba en que los troggs fueran tan amables como para auparlo de modo que pudiera machacarles la cara con su martillo.

Pero los troggs no se movían. Esperaban.

—Supongo que te debo una disculpa, Gelbin. He subestimado tu audacia, tenía que haberte enviado cuatro troggs.

La risa aguda que siguió a aquella frase fue desconcertante. Por cómo sonaba, Gelbin dedujo que Sicco Termochufe se había vuelto aún más loco desde que vivía allí abajo con aquellos monstruos. Hubo un sonido metálico y el silbido de un motor a vapor, y Sicco apareció.

El Mekigeniero había creado un nuevo traje de batalla para él. Gelbin había oído informes que afirmaban que, durante todos aquellos años, Sicco había estado moviéndose por las entrañas de Gnomeregan conduciendo una cosa enorme con forma de caldero, pero esto era totalmente diferente. El ensamblaje de tamaño humano pasó a través de los troggs inmóviles con gran agilidad, emitiendo silbidos de vapor. Había sido soldado a partir de metales maleables decorativos y se parecía a una de esas armaduras elegantes que solían utilizar los humanos en desfiles y para darse importancia ante los plebeyos; solo que en este caso era la pequeña y arrugada cabeza de Sicco la que salía por la abertura superior. El gnomo demente había envejecido muy mal aquellos años y Gelbin apenas reconoció a su antiguo amigo. Tenía las mejillas hundidas, canas, pelo escaso y un tono verdoso enfermizo que atestiguaban la presencia de la radiación y la locura.
Sicco vio la mirada de compasión de Gelbin y la tomó como si el Manitas Mayor admirara su trabajo. Sin dejar de sonreír, giró sobre sí mismo y después hizo una reverencia llena de florituras.

—Una impresionante muestra de ingeniería, ¿verdad? Hice algunas pruebas con un prototipo de campaña más práctico, pero resultó ser demasiado voluminoso... y propenso a explosiones. Este traje es mucho más estable en ese sentido y mucho más adecuado para mi posición.

—¿Tu posición?

—Claro. Es de lo más adecuado que el rey de los gnomos pueda mirar a los ojos a los demás gobernantes del mundo. Sé que es un concepto difícil de comprender para un lastimero fracaso como tú.

Gelbin frunció el ceño.

—El rey de los gnomos, ¿eh? Así que doy por sentado que has renunciado a ganar unas elecciones. Probablemente sea lo mejor, ya que al electorado quizá le resulte difícil votar a un candidato que no es un gnomo.

Sicco pareció perplejo durante unos segundos y sonó un silbido. El Manitas Mayor no estaba seguro de si el sonido procedía del motor a vapor situado en la tripa del traje de Sicco, o si había sido una reacción reptiliana de su usurpador en ciernes. Fuera lo que fuera, el sonido encajaba a la perfección con el ceño fruncido de Termochufe.

—Creo que suplicar por las sobras en la mesa de los enanos te ha vuelto un poco chiflado, Gelbin. ¿Que no soy un gnomo? ¡Yo soy diez veces más gnomo de lo que tú serás jamás! Mientras te quedabas sentado y te deleitabas en tu falso e impredecible "genio", yo era el que tenía que luchar por el reconocimiento. ¿Quién pasó semanas diseñando todos los sistemas de balística de tus máquinas de asedio? ¡Convertí tu pesado armatoste de metal en un cañón móvil! Ese trabajo afianzó nuestra alianza con los enanos. ¿Y acaso recibí el agradecimiento que me merecía alguna vez?

Gelbin suspiró.

—Sicco, tú eras uno de los gnomos más inteligentes de todo Dun Morogh y pareces haber olvidado que yo nunca dejé de expresar mi agradecimiento por tu trabajo.

Tenías ideas creativas, incluso brillantes. Pero eras descuidado. Te quedabas corto en tus cálculos y no dedicabas tiempo al refinamiento de tus ideas. Te asigné el diseño de la artillería porque creí que podrías estar a la altura de la tarea. Pero tus cálculos de balística habrían hecho explotar mis máquinas de asedio en cuanto recargaran una sola vez. Pasé muchas horas rehaciendo tus cálculos antes de enviarlas a Forjaz.

—¿Qué? ¡Mentiras! Si mi trabajo era de tan mala calidad, ¿por qué dejaste que me llevara el mérito por las armas?

—Porque —dijo Gelbin—, eras mi amigo.

Sicco Termochufe dio un paso atrás con los ojos abiertos como platos. Durante un instante, su rostro se suavizó para convertirlo en un recuerdo del joven y brillante gnomo con el que Gelbin había entablado amistad hacía tantos años. El gnomo al que había ayudado a graduarse en la universidad, que había empleado en su fundición y al que había colocado en un puesto prominente en la Cámara Manitas a pesar de su trabajo cada vez más lleno de errores. Sicco parpadeó varias veces y se rascó la frente con una mano metálica.

—Gelbin, yo... yo...

Y entonces se percató de la mano metálica, de los poderosos dedos que él había creado en solitario. Cerró la mano hasta convertirla en un puño y el rostro de Sicco se retorció hasta adquirir una mueca de loco. El amigo de Gelbin había desaparecido.

—Bueno, es por esa debilidad ñoña que decidí quitarte las riendas de las manos. Los gnomos deberíamos dominar esta tierra con nuestras armas imparables y no dedicarnos a comerciar con ellas con nuestros estúpidos aliados. ¡Para eso están los goblins!

El Manitas Mayor negó con la cabeza.

—Nunca lo has entendido, ¿verdad? Nuestra lealtad a nuestros amigos es la que nos proporciona nuestra mayor y más verdadera fuerza. Es lo que nos distingue de los ogros y los troggs e, incluso, de los goblins. Por eso los enanos nos han ayudado a evitar nuestra extinción incluso cediéndonos parte de sus cámaras de piedra para que podamos tener un sitio al que llamar hogar. Y por eso hay enanos, humanos, draenei y elfos de la noche que mueren a nuestro lado en estos túneles para recuperar una ciudad que nunca fue suya. Están aquí porque son nuestros amigos, Sicco. Mis amigos. Es un poder que los números no pueden equiparar.

El Mekigeniero silbó y avanzó. Este vez Gelbin estaba seguro de que el sonido había sido producido por la boca fruncida de Termochufe.

—¿Por qué no te limitas a cerrar los ojos y dejas que termine con esta vergüenza?

Se detuvo justo delante del Manitas Mayor. Sicco sacudió la cabeza, alzó una mano y la movió en señal de despedida. La mano hizo un sonido metálico, giró hasta completar un círculo y después despareció en la muñeca de metal del traje de batalla. Termochufe rio burlón y alargó el brazo. Con otro escape de vapor, una hoja terrible surgió del puño, una hoja que tenía un resplandor rojo a causa del calor mecánico. Gelbin cayó hacia atrás, sobre el eje, y sintió el resorte en tensión contra su columna vertebral. Todavía tenía la llave inglesa en el cinturón y la utilizó para bloquear la hoja de Sicco. Esa acción produjo otra risa burlona.

—Oh, vaya. Pareces estar tan desamparado ahí abajo. ¿Así es como te han enseñado a luchar los enanos?

—No —respondió Gelbin mientras hacía girar la llave inglesa en sus dedos—. Así es como lucha un gnomo. Cuidado con la cabeza.

El Manitas Mayor se giró y golpeó el pasador que mantenía el resorte en su sitio con la llave inglesa; un pasador que había estado aguantando toda la estructura que tenía debajo. Ahora cayó con un ruido metálico, liberó el resorte y el eje salió disparado como un borrón de acero impulsado por la tremenda energía acumulada y descargada en cuestión de segundos. Gelbin sintió una especie de barrido de movimiento que pasó por encima de su cabeza y luego... nada.

Se movió a un lado y echó un vistazo atrás. Los troggs seguían allí, babeando. Sicco dejó escapar otra risita.

Tres pelos solitarios que crecían en la calva de Gelbin cayeron lentamente delante de sus ojos.

Seguidos por las cabezas de todos los troggs de la cámara.

Y, finalmente, por el torso cortado en dos del traje de batalla de Sicco Termochufe. Con una explosión de vapor caliente, la parte superior se deslizó y cayó al suelo justo delante de Gelbin, y rodó hasta quedar boca arriba contra la pierna del Manitas Mayor. El ocupante tragó una vez y parpadeó repetidamente.

Sicco estaba sorprendido.

Sicco estaba... confundido.

—M-mis piernas están en esa mitad —dijo Sicco señalando la parte del traje que todavía seguía de pie.

El Manitas Mayor Gelbin Mekkatorque asintió y se inclinó para darle unas palmaditas en su hombro mecanizado.

—Sí que están ahí, amigo mío. Y gracias al corte realizado a gran velocidad y la cauterización provocada por el vapor que ha escapado del motor, probablemente no sangres mucho. Me quedaría un rato para ver si las ratas te encuentran antes que tus esbirros troggs, pero creo que ya he visto suficientes bestias de esas por hoy.

—¿Vas a... vas a dejarme aquí?

—No mereces una muerte rápida, Sicco. Te mereces una larga y miserable existencia en un agujero oscuro, rodeado de monstruos asquerosos.
Gelbin dio un paso atrás con una sonrisa triste. Abrió los brazos como para abarcar toda la Gnomeregan caída que los rodeaba.

—De hecho, has creado tu propia prisión, aquí mismo. Mejor de lo que yo hubiera podido hacerlo nunca. Esta vez realmente me has superado. Felicidades.
Sicco Termochufe pestañeó. Tartamudeó. Gelbin disfrutó de la rara ocasión de poder contemplar a su enemigo caído. Podía oír que se acercaban más troggs por la abertura y sabía que era hora de marcharse.

—Además, si sobrevives, no se me ocurre nadie mejor para liderar a estas bestias que uno de los suyos.

Se inclinó hacia adelante y olisqueó la cabeza de Sicco, arrugando la nariz asqueado.

—Disfruta de lo que te queda de tiempo en la cárcel, amigo mío. Tu condena está a punto de terminar.

Y dicho esto, Gelbin salió del estudio para regresar a Nueva Ciudad Manitas, dejando a Sicco solo e indefenso y cortado por la mitad en la oscuridad.

Todavía iban a necesitar tiempo y muchos esfuerzos para purificar la infestación de los troggs. La limpieza intensiva de aquellos pasillos apestosos había subido mucho en la lista de prioridades, y el Manitas Mayor ya estaba imaginando planos para una distribución mucho más abierta y aireada del lugar. Aquel "agujero oscuro" iba a sufrir una remodelación nunca vista, ni siquiera por los titanes, no solo para devolverle su antiguo esplendor, sino para convertirlo en algo mucho mejor. Mucho más luminoso.

Mucho más adecuado para los gnomos de Azeroth. Gelbin se quitó las gafas nuevas y suspiró mientras se masajeaba el puente de la nariz con los dedos. Después de todo, con un par de mejoras podría llegar incluso a acostumbrarse a ellas.