​Tyrande y Malfurion:Semillas de fe
por Valerie Watrous

Podría haber estado dormida. Las facciones de la elfa de la noche estaban perfectamente relajadas, excepto su boca, que estaba ligeramente torcida, como si sus sueños no fueran agradables. El cuerpo estaba intacto y sin apenas rastro de daños, a diferencia de muchos de los otros que habían visto en los últimos días. Tyrande Susurravientos se arrodilló junto al cadáver para verlo más de cerca. Había algas ensangrentadas en el cabello de la mujer muerta, y apestaba a mar y a lenta putrefacción. Llevaba muerta varios días. Probablemente habría sido una de las primeras víctimas del Cataclismo, y la había arrastrado la inundación. Ninguna sacerdotisa de Elune podría traerla ya de vuelta.

―¡Tyrande! ―La cabeza de la suma sacerdotisa se alzó de pronto cuando el aire le trajo la voz de una de sus confidentes más cercanas, Merende. Buscó a lo largo de las orillas de la Aldea Rut'theran y vio a Merende que consolaba a una joven sacerdotisa que sollozaba con la cara oculta en su blanca toga. Al acercarse, Tyrande comprendió el motivo. El cuerpo retorcido de una pequeña elfa de la noche yacía ante ellas.

―Su hermana ―articuló Merende en silencio, señalando a la sacerdotisa desconsolada. Tyrande asintió y les indicó que se apartaran. Cuando la zona estaba libre, fijó la mirada en el cadáver. Supo al momento que no había esperanza, los miembros estaban retorcidos en ángulos imposibles y las heridas se habían drenado de sangre, pero los elfos de la noche no abandonan a sus difuntos. Limpiarían el cuerpo, ocultarían las heridas, y arreglarían las articulaciones rotas antes de devolverla a la tierra.

Tyrande se agachó y limpió el barro de la cara de la niña, susurrando dulces oraciones a la diosa de la luna para que guiara su espíritu y aliviara el dolor de su hermana. El polvo se desprendió, revelando una piel violeta claro y ondulados cabellos azul oscuro. Los ojos almendrados aún estaban abiertos, fijos en el cielo cubierto de nubes. El rostro mostraba un gran parecido con otro que ella contempló por primera vez hacía muchos miles de años. Tyrande cerró los ojos para luchar contra las lágrimas que pugnaban por salir.

Shandris… ojalá pudiera saber algo de ti…

* * * * *

―¿A qué distancia has podido viajar, Morthis? ―preguntó Malfurion Tempestira, entregando al explorador una taza humeante de sidra. El otro elfo de la noche la engulló agradecido y ahogó un escalofrío. Estaba calado hasta los huesos tras volver de su patrulla, pero el descanso podría esperar hasta que compartiera lo que había descubierto. Los dos druidas se refugiaron en la habitación más alta del Enclave Cenarion.

―Los vientos eran terribles. Tan solo pude llegar a la Atalaya de Maestra, pero habían recibido informes sobre Astranaar y Feralas ―El explorador se acomodó en uno de los bancos de madera de la habitación, mirando nervioso hacia las ramas de los árboles de Darnassus que se mecían en el exterior.

―¿Astranaar sigue en pie? ―La voz de Malfurion se llenó de alivio. Llevaba días coordinando patrullas de exploradores, pero la mitad de los druidas no habían podido llegar siquiera al continente a pesar de sus arduos esfuerzos. Carecían de noticia alguna, y muchos de ellos temían lo peor.

―Sí, se ha salvado, junto con Punta de Nijel, pero los asentamientos a lo largo de la costa no han tenido tanta suerte.

―¿Qué quieres decir? 

―No hay modo de acercarse a Costa Oscura. Ninguno de los druidas enviados allí ha regresado ―la voz del explorador se quebró de dolor. Algunos de sus amigos estaban entre los desaparecidos―. Tuve que volar dando un gran rodeo en círculo para evitar verme atrapado en el temporal.

―¿Qué sabes del Bastión Plumaluna? ―preguntó Malfurion. Justo cuando terminó de hablar, la delgada silueta de Tyrande apareció en la entrada de la habitación.

―¿De Plumaluna? ―Morthis lanzó una fugaz mirada al archidruida, como si no estuviera seguro de si debería o no continuar―. Los exploradores no pudieron establecer contacto con nadie de allí. Desde la distancia, vieron mares revueltos y… nagas ―Su voz se hundió en un susurro al darse cuenta de que Tyrande se acercaba―. Cientos de nagas. Las monstruosas y serpentinas criaturas habían lanzado ataques contra el Bastión Plumaluna en el pasado, pero nunca se había oído hablar de un asalto a gran escala.

―¿Vieron a alguien en la isla? ¿Algún superviviente? ―preguntó con seriedad la suma sacerdotisa.

El explorador sacudió la cabeza. ―Ninguno. ―La expresión de Tyrande era arrolladora, y no solo intuyó su pena, sino que la sintió―. Pero el cielo estaba oscuro y llovía con fuerza. Dudo que la general esté... ―Hizo una pausa, reconsiderando sus palabras―. Quiero decir, que las centinelas del Bastión Plumaluna son tremendamente competentes, suma sacerdotisa.

Tyrande suspiró y le colocó la mano sobre el hombro, con aire tranquilizador. ―Tu coraje y tu firmeza nos han traído estas noticias, Morthis. Te damos las gracias por ello. Es la primera información que recibimos sobre el continente desde que golpeó la tragedia. Ahora no vamos a pedirte nada más. Por favor, descansa.

El explorador asintió y salió de la habitación a lentas y cansadas zancadas.

Malfurion se giró hacia su esposa. Su precioso rostro de juventud eterna estaba aquejado por la preocupación, el miedo, y ese rasgo de determinación inamovible que él aprendió a reconocer durante su largo cortejo.

―Había cinco víctimas en Rut'theran ―dijo―. Y no he podido salvar a ninguna de ellas.

―Tyrande... ―Malfurion envolvió sus manos entre las suyas para reconfortarla.

―Tengo que ir a buscarla, Mal. Shandris es como una hija para mí ―Hizo una pausa―. Tal vez la única hija que tendré jamás.

Sus palabras le dolieron. Hubo un tiempo en que el futuro no tenía límites para los elfos de la noche, pero sacrificar las bendiciones de Nordrassil, el Árbol del Mundo, también supuso el fin de ese sueño. Las consecuencias de la nueva mortalidad de los elfos de la noche aún no estaban claras, pero muchos sentían un silencioso terror que descansaba sobre sus hombros. Los hijos de las estrellas ya no eran tan eternos como su nombre indicaba.

―Lo entiendo, ¿pero por qué ahora? ¿Cómo sabes que el destino del bastión no se ha decidido ya? ―preguntó, con el ceño fruncido de preocupación

―Shandris ha ocupado mis pensamientos desde que todo esto empezó. No sabría decirte cómo lo sé, pero estoy segura de ello.

―Entonces, ¿has tenido una visión? ―Malfurion sabía que la diosa luna, Elune, había concedido a Tyrande visiones similares en el pasado.

―No, esta vez no. Últimamente Elune ha permanecido oculta. Mis sentimientos proceden del interior... Una madre sabe si su hijo está en peligro ―Hizo una pausa al ver que él la observaba con escepticismo―. No todos los lazos son de sangre, Mal.

―Pero desde que la tragedia golpeó, hemos dicho a nuestro pueblo que permanezcan en Teldrassil, que no busquen a sus familiares en el continente porque no hallarán más que la muerte.

―Entonces, ¿crees que me espera la muerte? ―Sus ojos brillaron como el hielo.

―No ―admitió él. No se podía negar que la suma sacerdotisa era una de las favoritas de Elune, y también una guerrera formidable por méritos propios―. Pero yo no dejaría Darnassus en tiempos tan funestos. Sé que antes he estado ausente con demasiada frecuencia, me inquieta. Ojalá hubiera estado presente cuando se formó Teldrassil, cuando mi hermano se enfrentó a su final en Terrallende... ―Suspiró―. Sin embargo, no puedo cambiar el pasado. Solo puedo estar aquí ahora. ―Y le hubiera gustado añadir: "y me gustaría tenerte aquí, a mi lado", pero la expresión de su esposa le hizo guardar silencio.

―Illidan tuvo un destino desafortunado, Mal. Ninguno de nosotros pudo hacer nada por él. Su locura lo superó hasta acabar con él ―Ella aún recordaba lo extraño que le resultaba, casi un extraño, cuando Sargeras le quemó los ojos miles de años atrás―. Debemos dedicar nuestros esfuerzos a aquellos que pueden salvarse aún… de lo contrario nos arrepentiremos de nuestras decisiones una y otra vez.

Se dio la vuelta y salió, su toga de marfil ondeaba a su alrededor como una tormenta en rápida formación.

La general Shandris Plumaluna recuperó el equilibrio mientras se balanceaba sobre las vigas del tejado de la posada empapadas por la lluvia. Una docena de centinelas estaban de pie a su alrededor, todas ellas apaleadas y magulladas, pero sin intención alguna de rendirse. Alzó su mano en una señal familiar.

―¡Disparad! ―Los arqueros dispararon sus arcos en dirección al ejército de nagas agrupados bajo ellos. Estaban cansados, solo la mitad de las flechas abatieron a sus objetivos, incluida la de Shandris, que penetró en el ojo de una sirena naga. Se revolvió con violencia durante unos segundos, y después su serpentina figura desapareció entre las olas. Pero aparecieron varias decenas más para ocupar su lugar. En el agua, los nagas se encontraban en su elemento, y los refuerzos llegaban más rápido de lo que Shandris y sus centinelas podían matarlos.

―Preparaos ―ordenó Shandris cuando un muro de agua surgió del mar alborotado. La ola chocó contra la fachada debilitada de la posada, empapando a la general y a su ejército. El centinela de su izquierda, Nelara, recibió un fuerte impacto y resbaló hasta la mitad del tejado antes de que Shandris se lanzara tras ella y la asiera del brazo. Con esfuerzo, la general consiguió tirar de ella y ayudarla a levantarse. Al mirar hacia abajo, descubrió que la planta inferior de la posada se estaba inundando a gran velocidad.

―Tenemos que sacar a los supervivientes y desplazarnos a un lugar más alto ―ordenó Shandris―. Este edificio podría venirse abajo en cualquier momento. ¡Nelara, llévalos a la torre! Todos los de mi derecha, seguidla ―Señaló a la mitad de las centinelas―. Allí tendremos más posibilidades. ―Nelara asintió y se encaramó al borde del tejado para después balancearse y saltar al balcón de abajo. Los demás la siguieron, y Shandris se estremeció al percibir la fatiga en sus pasos.

―Los demás: vamos a causar tal confusión que nuestros enemigos ni siquiera se percatarán de la marcha del otro grupo. ¡Ash karath! ―gritó la general, alzando su arco y disparando flechas con furia. Sabía que la suerte de su ejército pendía de un hilo. Cualquier descuido en su concentración supondría la muerte de todos los demás.

Por suerte, los elfos se recuperaron. Llovieron flechas sobre el agua, haciendo que los nagas se esparcieran y bufaran de frustración. Los ataques de los invasores se ralentizaron y parecía que hubieran iniciado la retirada de verdad. Momentos después, no se veía con claridad a ninguna de ellos, eran tan solo sombras bajo las olas. Shandris lanzó una rauda mirada a la parte trasera de la posada. La mayor parte de la isla estaba inundada, pero las centinelas y los civiles se acercaban a buen paso a la torre. Cuando devolvió la vista al mar, sin embargo, descubrió adónde habían ido los nagas.

Sus guerreros se habían hecho con un caparazón enorme, lo bastante grande como para albergar a más de diez de ellos a la vez, y lo estaban usando como escudo contra las flechas mientras avanzaban con dificultad. Shandris hizo a sus centinelas la señal de alto el fuego. ―Reuníos con los demás. Yo me encargo de esto ―Los elfos de la noche intercambiaron miradas escépticas y empezaron a alejarse, vacilantes―. ¡Id con Nelara, ahora! ―añadió ella.

Sin esperar confirmación, Shandris saltó al agua desde el tejado. Los nagas se dieron la vuelta y se dirigieron hacia ella a buen ritmo, con renovado vigor. No pudo evitar pensar en su largo y retorcido pasado. Los aristocráticos Altonato, liderados por la reina Azshara, invocaron ingenuamente a la Legión Ardiente a este mundo, y permitieron que los demonios se dedicaran a arrasarlo hasta que se vieron vencidos por un ejército compuesto por elfos de la noche y otras razas. En el periodo subsiguiente, los Altonato supervivientes fueron desterrados a las profundidades del mar, donde se transformaron en espantosas mutaciones de sí mismos... los nagas.

En aquel entonces ella era joven, pero la propia Shandris combatió en la guerra al lado de Tyrande. Los nagas fracasaron al reclamar la gloria de sus ancestros, pero aun así los odiaba con una ira que le erizaba el cabello. No obstante, esperó, y les permitió acercarse hasta que llegó el momento apropiado. Cerrando los ojos, empezó a susurrar una antigua oración a Elune, llenando cada palabra de fe y devoción, tal y como le había enseñado Tyrande hace tiempo, cuando la adiestró como sacerdotisa de la diosa luna. Las serpientes rodearon a la general elfa de la noche, y a sus oídos llegó más de una débil risa divertida cuando terminó de pronunciar las palabras sagradas.

La respuesta de Elune llegó veloz. Corrientes de energía derribaron a todos los nagas que la circundaban, mientras miraban boquiabiertos sin dar crédito a sus ojos. Cuando se acalló el último ronco grito agónico, Shandris inspeccionó los cadáveres con una lúgubre satisfacción.

―Vuestra fe siempre fue débil, escoria Altonato.

Había sido un movimiento arriesgado, pero había funcionado. Aunque Shandris nunca había sido ni la mitad de poderosa que su mentora, Tyrande, seguía recordando con cariño su temprana época en el templo. Su adiestramiento le había dado poderes muy superiores a los de las demás centinelas, y eran una alternativa sólida cuando arcos, flechas y gujas no bastaban. Pero recurrir a la oración resultaba agotador: su utilización siempre pasaba factura.

Luchó contra las olas y nadó hacia la costa hasta que sus pies tocaron el suelo, y después empezó a caminar con dificultad por el agua en dirección a los civiles y a las centinelas que escapaban. Algo iba mal; no habían avanzado mucho desde la última vez que los vio. Cuando se acercó, vio a Nelara y a sus compañeros frente a un grupo mucho más grande de mirmidones. Los residentes de Plumaluna corrían a su alrededor, aterrados y desesperados por hallar refugio, todos ellos tan familiares y preciados para ella como su propio corazón.

El investigador Quintis Jonguja corrió delante de los demás, en un arriesgado intento de ponerse a cubierto pasando por un hueco entre las centinelas y un segundo grupo de mirmidones que se acercaban. Shandris recordaba las largas conversaciones que había compartido con Quintis acerca de Fandral Corzocelada. Ambos habían albergado en vano la esperanza de que Tyrande reprendiera formalmente a Corzocelada por sus extrañas actividades, pero la suma sacerdotisa simplemente les recordó que el Círculo Cenarion operaba fuera de su jurisdicción. Aun así, Quintis había sido lo bastante perspicaz como para ver antes que los demás cómo crecía la oscuridad en Corzocelada, y aún más perspicaz para saber que estaría a salvo del archidruida mientras permaneciera bajo la protección de Shandris en el bastión.

Pero el ingenio de Quintis no lo salvaría ahora. El líder de los mirmidones avistó al elfo de la noche mientras corría y alzó su arma. Shandris gritó para avisar a Quintis, pero este levantó la vista justo cuando el tridente del naga se hundía en su espalda. La miró fijamente con impotente incertidumbre y después cayó. Su sangre oscureció el agua y acabó por desvanecerse lentamente en el mar.

* * * * *

Los cielos tormentosos ocultaban la luz del alba, pero los ciudadanos de Darnassus se retiraron a sus habitaciones a la hora acostumbrada. Puede que para algunos fuera un modo de hallar consuelo, una rutina conocida en el turbulento origen del desastre. Para otros, era una excusa para pasar un tiempo a solas, sumidos en su dolor. Para Tyrande, fue la ocasión de escapar.

La suma sacerdotisa echó un rápido vistazo a su alrededor, después se escabulló del templo, dirigiéndose a un tranquilo sendero que pasaba por detrás de las prominentes estructuras de Darnassus. No era la ruta más eficaz, pero en esta ocasión, tenía que asegurarse de que no la viera nadie. Tras girar otra esquina, alcanzó la modesta vivienda que compartía con su esposo.

Tyrande abrió la puerta, y un rayo de luz se coló por entre los tablones del suelo. Las habitaciones estaban desiertas. Supuso que Malfurion estaría aún en el enclave, y empezó a preparar el equipaje para el peligroso viaje que le esperaba. No tardó apenas en cambiarse la toga del templo por su armadura de placas, parecida a la de las centinelas. Solo se dejó puesto su sencillo aro de la media luna como símbolo de su estatus.

Tras rebuscar en un gran baúl, Tyrande sacó su arco y su carcaj, y después extrajo su guja lunar hermosamente labrada. La débil luz se reflejó ondulante sobre las tres hojas del arma mientras desataba su envoltura, y percibió que todas las bendiciones que había recibido se conservaban tan fuertes como siempre. Si los informes de Morthis eran correctos, las necesitaría para tener éxito, junto con todas las ventajas que pudiera conseguir.

Tyrande se giró para salir y un objeto familiar llamó su atención. Ante ella, sobre la estantería, había una gran planta en un tiesto, sus hojas con forma de corazón se enroscaban alrededor de las elegantes ramas. Se la conocía como alor'el, u "hoja del amante", y aunque fueron bastante comunes hace miles de años, las plantas estaban desapareciendo de forma gradual a lo largo y ancho de Kalimdor.

De alguna forma Shandris se había hecho con una, y se la había regalado a Tyrande y Malfurion el día de su boda. Con una sonrisa traviesa, la hija adoptiva de Tyrande había informado con alegría a los invitados de que, de acuerdo con una antigua pero totalmente infundada leyenda kaldorei, el alor'el solo florecería junto a una pareja que se profesara un amor perfecto. Naturalmente, confiaba en que Malfurion y su esposa serían los candidatos ideales para demostrar la veracidad de la leyenda. Los demás invitados los vitorearon y brindaros por ellos, haciéndoles partícipes de su confianza, pero la planta por ahora aún no había dado siquiera un capullo.

No obstante, era el tipo de regalo que solo Shandris podría hacer. Y Tyrande esperaba que no fuera el último.

―No dejaré que mueras hoy aquí. Lo prometo ―Shandris agarró con más fuerza la muñeca de Vestia Lanzaluna, pero la sacerdotisa lloraba más aún.

―¡Latro, se ha quedado atrás! Oh, Elune, cuida de él. Lo hemos perdido, lo hemos perdido… ―Sus sollozos aumentaron, y Shandris se dio cuenta de que los pocos refugiados que quedaban murmuraban nerviosos. Todos ellos luchaban por contener la misma oleada de emoción en la difícil tarea de abandonar la isla arrasada por la guerra.

―Tu esposo querría que siguieras adelante, Vestia. Debes hacerlo por él. Por todos los que han dado sus vidas hoy aquí. Por favor ―Shandris miró implorante a la reacia elfa de la noche. Podía sentir cómo la torre arbórea cedía bajo sus pies, mientras las raíces se debilitaban; no les quedaba mucho tiempo.

Se sintió aliviada cuando Vestia contuvo sus sollozos y le permitió guiarla hacia el hipogrifo. El plumaje azul de la criatura alada parecía casi negro por la lluvia, pero sus ojos se mantenían brillantes y alerta.

―Llévala al continente. Ten cuidado con el viento ―le advirtió Shandris, sintiéndose agradecida por la considerable inteligencia del hipogrifo. Ningún pájaro corriente podría volar con un tiempo tan turbulento, pero la noble criatura que se erguía ante ella tenía posibilidades.

Vestia y el hipogrifo desaparecieron entre las vaporosas nubes, y Nelara ascendió por la rampa corriendo. ―¡General! ¡Te necesitan ahí abajo: los nagas están intentando echar abajo la torre!

―Lleva a los demás supervivientes al continente, Nelara. Hay suficientes hipogrifos para ti y la mayoría de las centinelas. Pide ayuda a Thalanaar cuanto antes.

Nelara se giró hacia ella sorprendida. ―Yo no me marcho de aquí. Ni siquiera tú puedes vencer a todos los nagas sin ayuda...

―Has cumplido con tu obligación, centinela ―respondió Shandris con determinación―. Te ordeno que te retires.

―No reconsiderarás tu decisión, ¿verdad? ―Nelara agachó la cabeza, y a Shandris le pareció ver una lágrima fundirse con las gotas de lluvia que resbalaban por su mejilla.

―Una vez alguien me salvó la vida cuando pensaba que todo estaba perdido ―dijo la general de forma pausada―. Para mí sería el mayor honor poder hacerle ese regalo a otra persona ―Inició el descenso por la rampa, hacia el fragor de la batalla―. Ande'thoras-ethil, Nelara.

―¡Cuando llegue mandaré un hipogrifo que vuelva a por ti! ―gritó―. ¡Espera en lo alto de la torre!

A Shandris le resultó muy duro no decirle a la joven centinela que el plan era imposible, pero pronto oyó a Nelara llamar a los hipogrifos restantes y decidió dejarla sola.

Con sus últimas órdenes en ejecución, Shandris se lanzó a la caótica batalla que bramaba a los pies de la torre. El estrecho edificio era un cuello de botella natural, y hasta el momento un puñado de centinelas se las había arreglado para defender la estructura con éxito desde dentro. Levantaron una barricada en la entrada y estaban disparando flechas a los nagas que atacaban desde el otro lado.

Shandris tomó su arco y empezó a disparar a un ritmo constante y bien entrenado. ―Sois libres de partir, centinelas. Dirigíos a la cámara más alta, allí hay hipogrifos esperándoos.

Los demás elfos de la noche estaban demasiado cansados y heridos como para cuestionar sus órdenes. A Shandris le dolió ver que varios de los suyos habían caído, y sus cuerpos yacían sobre el suelo, enfriándose. Uno a uno, los elfos supervivientes salieron en fila, dejando finos rastros de sangre en sus huellas. Pero ver marchar a cada uno de ellos llenaba a Shandris de fuerzas renovadas. Ahora sus flechas estaban salvando vidas: cada naga muerto significaba unos pocos segundos más de paz para que pudieran huir los residentes del Bastión Plumaluna.

Pero sabía que las defensas de la torre no aguantarían mucho tiempo. Los ataques de los nagas estaban abriendo grietas en la barricada, y un destello de luz iluminó el cielo cuando una sirena lanzó un hechizo en dirección a Shandris. La general pronunció un juramento kaldorei y se protegió la cara. La barrera saltó en pedazos lanzando fragmentos de madera astillada por toda la habitación. Cuando bajó los brazos, la sirena se encontraba ante ella, flanqueada por un par de imponentes mirmidones. Su fino atavío, signo de su rango, brillaba en la tenue luz. Nagas y más nagas se concentraron detrás de ellos.

―Tú debes de ser la general. Yo sirvo a la lady Szenastra ―recitó―. Es un gran placer.

Shandris apretó su arco con fuerza.

La comandante naga la examinó con aires de superioridad. A pesar de todas las escamas y las espinas, sus gestos eran una imitación tan perfecta de la condescendencia de los Altonato que helaron la sangre de la general. ―No es necesario seguir con esto, ¿sabes? Mi señora me ha autorizado a plantearte nuestras condiciones de paz.

―¡Qué tremendamente generoso por su parte! ¿Qué es lo que quiere, entonces?

―Consíguenos la cabeza de tu señora, la falsa reina, Tyrande.

Shandris disparó una flecha a la sonrisa aduladora de la naga. La criatura, en plena convulsión, intentó agarrarse la garganta, pero sus gritos solo emergieron como chorros de sangre. Cayó al suelo, ahogándose.

Shandris miró con frialdad a los guardas. ―Llevadle eso a vuestra señora.

Un segundo más tarde, se abalanzaron sobre ella. Shandris inició una descarga frenética de golpes con su guja, consiguió deshacerse de los dos primeros mirmidones con facilidad, pero un tridente le alcanzó el brazo y lanzó el arma lejos de su alcance. Otra hoja se hundió profundamente en su costado, y la dejó sin respiración mientras se tambaleaba hacia atrás. Los nagas estaban por todas partes, golpeaban con furia, y solo le quedaba una defensa.

Shandris invocó a Elune y sacrificó sus últimas fuerzas en la oración, aunque centelleó y se apagó en su interior, como una vela al viento.

La fe es el principio de todas las cosas.Esa fue la primera lección que aprendió y memorizó como hermana de Elune. Tyrande recordó la severidad de la suma sacerdotisa Dejahna mientras inspeccionaba a las niñas, pronta a eliminar a todas las pupilas poco entusiastas que solo se habían unido a las hermanas por su ausencia de aptitudes para la magia. Si tus habilidades con la magia arcana son aceptables, pero no fuertes, tal vez puedas llegar a ser hechicera. Si tus habilidades con la aguja y el hilo son aceptables, pero no fuertes, tal vez puedas llegar a ser costurera. Mas si tu fe es aceptable, pero no fuerte, nunca llegarás a ser sacerdotisa.

Era extraña la claridad con la que las palabras volvían a ella, mientras forcejeaba por mantenerse sobre el hipogrifo. Tenían a los vientos en contra y la lluvia le pegaba el cabello cerúleo a los hombros, pero parte de su mente aún estaba en el antiguo Templo de Elune, en Suramar, donde los penetrantes ojos de Dejahna la habían mirado con escepticismo.

―¿Por qué has elegido este camino, Tyrande Susurravientos?

―Porque quiero proteger a los demás ―respondió―. En especial a aquellos a los que quiero. ―La suma sacerdotisa la contempló después durante largo rato, y Tyrande nunca supo con exactitud qué opinaba Dejahna sobre esa conversación, pero durante mucho tiempo sospechó que, de algún modo, la semilla de su nominación como sucesora se había plantado en esa frase escueta y sincera.

En muchas ocasiones se había cuestionado la decisión de su predecesora de designarla a ella como suma sacerdotisa. ¿Cómo habría sido su vida sin la carga del liderazgo? ¿Habría tenido que matar a las Vigilantes para que Illidan los ayudara a luchar contra la Legión Ardiente? ¿Se habría visto forzada a esperar miles de años para casarse por fin con su amado? ¿Habría sufrido menos su pueblo durante la Guerra de los Ancestros si su gobernante hubiera tenido más experiencia?

Dejahna tenía razón: la fe era su única guía. Ahora la guiaba en la interminable tormenta para rescatar a la general más capaz que había conocido nunca de un peligro que se presentaba turbio pero inevitable en su mente. Y estaba sola. Sus palabras no habían convencido a Malfurion, a pesar del convencimiento de ella... Sin duda parecía que la fe era un don poco común.

El hipogrifo graznó, y Tyrande oteó por encima de su cornamenta. Feralas estaba ante ellos, y la Isla de Sardor apenas era visible a través de una cortina de niebla. En algún lugar, bajo ellos, Shandris estaba esperando. Tyrande necesitaba creer que aún seguía viva.

Dio un golpecito en el cuello del hipogrifo para indicarle que debía aterrizar hacia el sur. Era más fácil comunicarse mediante el contacto en medio del viento torrencial, y las criaturas siempre entendían el código. El hipogrifo se lanzó hacia adelante como respuesta y extendió sus alas en un intento por amortiguar la tempestad. A pesar de sus esfuerzos, el vendaval les dio un revolcón que casi los lanzó al mar revuelto que quedaba a sus pies. Tyrande se deslizó hasta el extremo derecho de la montura, con la esperanza de que el cambio de peso ayudara al hipogrifo a recuperar el equilibrio. Por un momento permanecieron suspendidos, como una hoja en el viento, y después la criatura se ladeó y se dirigió veloz hacia la orilla.

Tyrande se aferraba a él con determinación. ―Bueno, eso ha sido poco sensato, pero efectivo. ―El hipogrifo ahuecó las plumas lleno de orgullo al aterrizar en una zona de suelo seco justo a las afueras del Bastión Plumaluna―. Supongo que por eso estamos juntos en esto. No te alejes ―dijo. Desmontó y caminó con cautela hacia el asentamiento.

Morthis no había mentido. Plumaluna era un auténtico caos, sus estructuras se desmoronaban y estaban inundadas. Los nagas estaban por todas partes, saqueaban entre los escombros y patrullaban la costa como si esperaran la llegada de refuerzos en cualquier momento. De algún modo, con la lluvia y el viento, no la vieron acercarse desde el sur. O puede que una elfa de la noche solitaria no fuera causa de preocupación

Se le pasó por la cabeza que Shandris podría haber escapado de la isla antes de la invasión, pero no descansaría hasta haber hecho una búsqueda exhaustiva. El miedo por Shandris la roía por dentro, y le recordaba a la niña muerta en la costa de Rut'theran. Tyrande siguió adelante, acercándose al edificio más cercano mientras vigilaba a las patrullas a su paso. No le asustaba la idea de un combate, pero su misión iría más rápido sin enfrentamientos innecesarios.

Al adentrarse en el maltrecho refugio, los tablones del suelo crujían bajo sus pies y el agua fluía de las grietas de la pared. Al inspeccionar el área, Tyrande descubrió una mancha lavanda junto a una de las librerías, ¿era la punta de una oreja? Se apresuró hacia ella, con la esperanza de que no fuera demasiado tarde. La librería estaba empotrada en una esquina, e hizo falta una patada certera para moverla, pero la suma sacerdotisa consiguió empujarla a un lado para descubrir el cuerpo que había bajo ella. Se agachó y levantó al elfo de la noche del charco de lodo que inundaba la estructura.

Reconoció enseguida su larga trenza. Latronicus Lanzaluna, uno de los primeros que lucharon contra los nagas en el Bastión Plumaluna. Ahora descansaba en los brazos de Elune. Le cerró los ojos y murmuró la oración de los muertos. Las palabras se habían hecho demasiado habituales en sus labios en los últimos días.

En el resto de la estancia solo encontró el cuerpo de otra centinela asesinada, seguramente a manos de los nagas, y decenas de suministros abandonados que se habían echado a perder en la inundación. Al salir, un grupo de exploradores naga doblaron la esquina y la vieron. La suma sacerdotisa extendió los brazos y pronunció unas pocas palabras, y comenzó a lanzar rayos de luz de luna sobre sus enemigos antes de que pudieran atacar. Los nagas se desplomaron ante su ataque y ella corrió hacia la posada, mientras buscaba bajo el agua algún rastro, alguna señal de batalla que pudiera llevarla hasta Shandris y los demás supervivientes, pero las inundaciones habían convertido la tierra en lodo.

Una sombra sobrevoló su cabeza, y Tyrande alzó la guja alarmada. Un pájaro enorme volaba en círculos sobre ella. Se detuvo, mirando a la enorme criatura con incredulidad. El pájaro se lanzó en picado, y ella fue reconociendo el oscuro plumaje y el brillo decidido que iluminaba los ojos del cuervo de tormenta. El pájaro se posó, y en cuestión de segundos, se transformó en la familiar forma de su amado.

―Siento haberte hecho esperar ―Sonrió.

―Mal… ―Lo abrazó―. Al final has venido.

―Ahora lucharemos como un solo ser. Nuestro amigo Broll Manto de Oso ha ocupado mi lugar en la organización de los druidas exploradores, y Merende se hace cargo de tus obligaciones en Darnassus.

―Gracias, amor mío. El Bastión Plumaluna necesita con urgencia nuestra ayuda. No he podido encontrar ningún superviviente, y es imposible encontrar su rastro entre tanta agua.

Él asintió. ―Tal vez pueda ayudarte con eso ―El archidruida cerró los ojos para meditar y extendió los brazos ante él, con las palmas abiertas sobre la tierra devastada. Ráfagas de viento se arremolinaron alrededor de Malfurion, quien las fundió creando un enorme ciclón. Las turbias aguas empezaron a agitarse y a retirarse, y el violento torbellino las devolvió al mar. Solo quedó ante ellos el paisaje destruido de la Isla de Sardor, que reveló un rastro de cadáveres que llegaba hasta la gigante torre arbórea del noreste.

Pero el hechizo también había alertado a los nagas. Llegaban por todas partes, ansiosos por descubrir la causa de la retirada de las aguas. Cuando vieron a los elfos de la noche, las serpentinas criaturas dieron un grito de alarma, atrayendo a más de sus tropas. Se preparaban para atacar. Una hechicera naga, Lady Szenastra, apareció en el centro del creciente grupo. A juzgar por la deferencia con la que la trataban sus súbditos, Tyrande pudo deducir que era la líder de ese ejército.

―Ahora la Isla Sardor es nuestra. Has venido aquí a morir, "Majestad" ―se burló Szenastra.

―No soy ninguna reina ―dijo Tyrande con brusquedad―. Y prefiero la muerte antes que atribuirme ese título. ¿Qué has hecho con los kaldorei que habitaban aquí?

―Ahora tu pueblo duerme eternamente. ¿No los ves? ―Szenastra señaló divertida a los cadáveres―. Si quieres, puedes unirte a ellos ahora mismo. Mi señora lady Szallah estaría encantada si accedieras. De lo contrario, tendré que encargarme de ti yo misma ―Hizo una señal, y un grupo de mirmidones se deslizaron hacia adelante. Tyrande y Malfurion intercambiaron una mirada.

―Qué rápido olvidan la derrota estos mentecatos ―murmuró la suma sacerdotisa apretando los dientes.

―En ese caso, tendremos que refrescarles la memoria ―dijo Malfurion. Tyrande asintió con un gesto veloz. Los relámpagos surcaron el cielo cuando el archidruida empezó a lanzar su hechizo. Las nubes que cubrían la isla se oscurecieron aún más, y las cabezas de los nagas se dirigieron al cielo alarmadas. Szenastra bufó una orden, y el ejército de nagas avanzó hacia la pareja de elfos de la noche.

Malfurion observaba, imperturbable, esperando a que las energías se fusionaran. Cuando la tormenta acabó de formarse, inclinó ligeramente sus astas hacia el cielo, y el firmamento desató su ira sobre el ejército de nagas. Los rayos centelleaban contra la tierra, cada uno de ellos se dividía en tridentes que arrasaban docenas de desafortunados mirmidones. Mientras las tropas se dispersaban en el caos, Tyrande empezó a perseguir a la hechicera.

Lady Szenastra ya había iniciado la huida, pero la suma sacerdotisa liberó una enorme columna de Fuego lunar sobre ella. La naga sufrió convulsiones durante un momento, mientras la energía ardía a través de su cuerpo, después, se desplomó sobre el suelo, hundiendo sus brillantes alhajas en el barro.

Tyrande se apresuró hacia la torre. La entrada estaba bloqueada por los escombros, como si la hubieran sellado desde el interior. Impasible, consiguió abrirse camino con varios golpes furiosos de guja.

Dentro de la habitación, Shandris Plumaluna yacía en un charco de sangre que refulgía sobre las tablas del suelo. 

Un sollozo se ahogó en la garganta de Tyrande al apresurarse junto a la elfa herida. Se hincó de rodillas y comenzó a rezar, apenas capaz de formular palabras en su dolor. ―Elune, concédeme esto, aunque sea lo único. Sálvala; por favor… es mi hija. Ella cree que la salvé, pero fue ella quien me salvó a mí... una y otra vez. Mi vida estaría vacía sin ella ―Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, brillantes como estelas de estrellas.

Malfurion corrió junto a ella, pero estaba demasiado consternada y no se percató de su presencia hasta que él le sostuvo la mano. Este sencillo gesto le dio fuerza y, sobre todo, le hizo sentir cómo su poder se unía al de ella; fundidos para intentar curar a Shandris.

La observaron durante largo rato, casi sin respirar. Entonces, las pestañas de Shandris aletearon y abrió los ojos adormilados. Giró la cabeza de un lado a otro, e intentó enfocar la vista en las siluetas agachadas ante ella, siluetas conocidas. ―¿Min'da? ¿An'da? ―preguntó sollozando, con el ceño fruncido por la confusión.

Tyrande no tenía palabras. Sus lágrimas cayeron al suelo, oscureciendo aún más la madera manchada. Colocó su mano sobre el hombro de Shandris y respiró profundamente. ―Tus padres aún descansan con Elune, Shandris. Pero tú no, gracias a la ayuda de Mal.

―Tyrande supo en todo momento que estabas en peligro. No podía pensar en otra cosa ―añadió Malfurion.

Shandris los miró. ―Bueno, tal vez no me encontrara tan alejada después de todo ―Se rió y después se estremeció por el dolor―. P-parece… que Elune al final ha respondido a mis oraciones.

Tyrande alzó los ojos hacia Malfurion. ―Creo que ha respondido a las de todos nosotros.

* * * * *

A Shandris la despertaron las notas de un antiguo himno fúnebre. Reincorporándose con cuidado, miró por una ventana a su lado, que daba al centro de Darnassus. Los familiares canales estaban iluminados por velas, y cada una de las pequeñas luces redondas flotaba sobre la superficie cristalina como briznas de hierba en el bosque. Malfurion y Tyrande se alzaban con aire solemne en el centro del acto, mientras el pueblo de Darnassus y los refugiados de Kalimdor se reunían a su alrededor.

Las caras de muchos de los elfos de la noche estaban hinchadas y enrojecidas por el llanto. Parecía que algunos de ellos llevaran días sin dormir. Shandris conocía demasiado bien su dolor. Buscando entre la multitud, vio también a Vestia, de pie, solitaria, en el extremo exterior del grupo. Habían perdido a tantos. Casi todos conocían a alguien que había fallecido en las últimas semanas de confusión.

Los féretros empezaron a avanzar sobre carros tirados por parejas de sables de la noche, fatigados bajo el peso de los cuerpos. Tyrande dio un paso adelante para bendecir a los muertos por última vez antes del sepelio. No se oía ningún sonido excepto la inquietante e inconsolable melodía de las sacerdotisas.

Era un espectáculo doloroso, pero la herida no podría sanar sin liberar antes el dolor. Shandris sabía que su pueblo necesitaba pasar por ello antes de poder enfrentarse a los retos que llegarían después. Volvió a mirar a Malfurion y Tyrande, que permanecían uno junto al otro, contra la marea de dolor y pérdida. A lo lejos, sobre ellos, las nubes empezaban a desvanecerse, y una fina hebra de luz de luna iluminaba sus rostros. Elune conoce a los suyos, pensó Shandris. No estamos solos en esta lucha.

Se sentía ya más tranquila, se levantó y atravesó la habitación, renqueando, para tomar una dosis de las raíces calmantes medicinales que Malfurion había dejado para ella. La gran planta alor'el, su regalo de bodas para la feliz pareja, había crecido muchísimo desde la última vez que la vio, y uno de sus zarcillos colgaba desde el borde de la estantería. Con un grito de alegría, descubrió que estaba cubierto de capullos a punto de florecer.