Decreto de Dominio
por Ryan Quinn

La mensajera orca con el rostro marcado se dirigió hacia las puertas de Gran Magullador, luchando por subir escalones de piedra casi tan altos como ella.

Los ogros de Gran Magullador se detuvieron a mirarla. Los repugnantes brutos la miraban con malicia desde la oscuridad que acechaba el camino hacia la cima. Los gorians más ricos la observaban desde los montículos que tenían como casas, adornados con trofeos de enemigos muertos.

Otro observador vigilaba la marcha de la mensajera desde una torre, sus dos mentes llenas de repulsión. Esta orca pisoteaba la montaña que las familias de sangre ogras habían moldeado durante años, presionando y destruyendo la roca misma hasta convertirla en una ciudad, un palacio, una fortaleza, en un hogar.

Aun así, se le había permitido subir al ascensor que da acceso al segundo alto de Gran Magullador sin que la apuntara una sola lanza. Era costumbre tratar con curiosidad a los visitantes solitarios. Siempre podían masacrarlos luego.

Cuando el ascensor se detuvo con una sacudida, la mensajera observó una docena de esclavos orcos demacrados encargándose de las poleas. Uno a uno se arrastraban, lanzándole miradas por encima del hombro.

La mensajera volvió a observar la montaña. Apenas visible, sobresaliendo un poco de la cima de Gran Magullador, estaba el contorno de un gran balcón: el trono del Imperator, lugar en el que residía el rey hechicero de los ogros. Sin embargo, era un largo ascenso desde donde se encontraba, respirando con dificultad en el exterior polvoriento, rodeada de chozas de esclavos malolientes. Arrugó la nariz en señal de disgusto.

Un cuadro de ogros descomunales y vestidos elegantemente se dirigió hacia ella, moviéndose con una rapidez sorprendente. El ogro más alto y grande (quien se apresuró para ser el primero en la escena) se le acercó en segundos, tambaleándose hasta parar como una carretilla colina abajo que recupera el control. Apestaba a aceite y a grasa animal mezclados con perfume, aunque su toga amarilla clara y sin mangas lucía inmaculada. (La había limpiado más recientemente que a su propio cuerpo). Su enorme panza sobresalía de su ropa y la levantó con una mano para rascarse por debajo de ella, sin perder el contacto visual con la mensajera.

Su voz era aterciopelada. —Soy el consejero mayor Vareg. Hablo en nombre del rey. Puedes darme tu mensaje hasta que termine la comida y luego podrás partir de Gran Magullador con tus blandos huesos intactos.

Una vez dicho esto, sacó un trozo de hombro de elekk con un aroma picante y le dio un gran mordisco crujiente, rociando chorros de grasa blanca. El trozo casi había desaparecido, carne y hueso por igual, e inmediatamente frunció sus labios para dar otro mordisco, un método que no fallaba a la hora de apresurar a la audiencia.

La mensajera miró a cada uno de los ogros. —Traigo un mensaje de Grommash Grito Infernal, jefe de guerra de la Horda de Hierro, para todos los ogros de Nagrand. —Hizo una pausa—. Si desean respirar el aire de Draenor un día más, deben ganarse sus vidas.

Los ogros, todos ellos, soltaron una carcajada. Cuando terminaron, como respuesta solo salió pura determinación del ascensor.

—¿Ajá? —Vareg se tomó su tiempo, sacándose un trozo de cartílago de los dientes amarillos con las uñas, sin mirarla—. Continúa. ¿Cómo?

La mensajera habló con lentitud, molesta: —Arrástrense ante la Horda de Hierro con la cabeza gacha. Vacíen sus cofres en nuestras manos. Rueden sobre sus panzas y supliquen. No me importa. Demuestren su valía o extínganse. —La última palabra salió como un rugido.

Vareg se inclinó hacia adelante, doblando su cuerpo como si fuera a caer sobre ella como un derrumbe. —Pequeña, tenemos encadenadas a un centenar de familias orcas. —Señaló con el trozo de carne a un esclavo que empujaba un carro de comida—. Grito Infernal quizás no valore tu vida, pero ¿tratará la de ellos con la misma ligereza?

La mensajera miró directamente al ogro. —Ellos ya están muertos.

Se dio vuelta para marcharse.

Las palabras que había elegido eran peculiares. (Demuestren su valía, no entréguense ni ríndanse). Los orcos de la Horda de Hierro tenían la confianza suficiente para ser insolentes, pero no habían hecho demandas precisas de tributos o territorios. El ultimátum podía cambiar. La voluntad la tenía el oyente.

El mismo rey hechicero había hecho demandas similares.

Imperator Mar'gok, el rey hechicero de dos cabezas de los Gran Magullador, cuyos ancestros domaron avalanchas y vientos para construir las primeras fortalezas, columnatas y presas en la espesura de Nagrand, no se movió de su balcón.

El Imperator había estado observando el paso del día a la distancia. Su vista alcanzaba las calles de Gran Magullador gracias a unos lentes de cuarzo tallado. Cuatro ojos naturales generalmente le proporcionaban mucho para analizar, pero el tiempo que había pasado observando había hecho sentir pesada a una de sus cabezas. (¿Había algo más que ver? ¿Debería detenerse?). Tenía una extraña sensación de conflicto en sus mentes, cuando siempre había sentido que sus cerebros trabajan juntos, tal como lo hacen dos piernas.

Mar'gok entrecerró los ojos, tratando de imaginar cómo uno de sus súbditos, un ogro de dos ojos, una cabeza y un cerebro, observaría el esplendor de la ciudad. ¿En algún momento centraría su mirada, todos sus pensamientos, en un solo punto? Sería imposible gobernar de esa manera. Todo se vería borroso.

Mar'gok miró la gran masa amorfa de sus consejeros mientras volvían de la reunión y se detenían entre los jardines (probablemente para discutir). Luego observó el punto rojizo marrón de la mensajera a medida que se alejaba.

***

El ataque no tardó en llegar. (Un mensaje así siempre se entregaba como una idea tardía, no como un preludio).

Las calles de Mar'gok retumbaban con aullidos que provenían de todas direcciones, como si Draenor mismo estuviera rodeado por lobos. Más allá de los parapetos occidentales, esferas de humo y llamas revoloteaban por el aire y se dirigían hacia la gloriosa Gran Magullador. Si llegaran a impactar las murallas exteriores, las torres de tambor se vendrían abajo y obstruirían los caminos en la montaña. Las fuerzas de las cumbres superiores de Gran Magullador no podrían ayudar a los de más abajo; los ascensores eran demasiado lentos. Las fuerzas de relevo que corrían por la brecha probablemente perderían el equilibrio por los escombros y serían masacradas en grupos, sus cuerpos pasarían de ser instrumentos de guerra a obstáculos para sus compañeros.

O la Horda de Hierro tomaría el camino de esculturas del este, montados en lobos diestros, cuyas mandíbulas se llenarían de sangre cuando mordieran los estómagos de los ogros. La línea de defensa oriental de Gran Magullador estaba conformada por brutos casi en su totalidad y estos tenían la costumbre de responder a las cargas dejando de lado sus lanzas con la esperanza de romper algunas mandíbulas débiles con sus manos antes de morir. (¿Los habían azotado recientemente?)

¿Qué pasaría si los orcos rompieran sus líneas y obtuvieran acceso a los recintos de esclavos? ¿Podrían armar a los esclavos, crear una revuelta?

Había muchos riesgos. Imperator Mar'gok los contempló mientras el golpeteo de las flechas se hacía más fuerte en su balcón. Al fin se decidió, ordenó.

Había ordenado que todos los esclavos fueran encerrados en los recintos. Los que desobedecieran, serían aniquilados en el acto. Los cuerpos, dejados a las moscas, serían encerrados con los vivos.

El nivel más bajo de Gran Magullador, en donde habitaban los gorians más pequeños, pobres e inexpertos, recibiría el ataque inmediato. Mar'gok ordenó llenar el lugar con centinelas, guerreros experimentados, para detener el ascenso del enemigo. Los centinelas llevaban el estandarte dorado y púrpura del Imperator, y sus gritos hacían sacudir las rocas de las colinas.

En la vanguardia, anuladores de magia gorian de tez roja cargaban ilesos contra los brillantes hechizos de sus enemigos, destruyendo cuerpos orcos con golpes de sus poderosos garrotes y pisoteando sus gargantas. Aun así, la Horda de Hierro seguía llegando.

Un grupo variado de jinetes Grito de Guerra luchaba lado a lado con otros orcos: aulladores pintados con rostros decorados con remolinos de sangre, brigadas de infantería blindada sin siquiera un centímetro de músculo descubierto bajo las negras placas de acero, fanáticos mutilados con espadas en lugar de manos, sometidos al gladiador Kargath. La única característica que parecían compartir era una insignia, un garabato rojo puntiagudo que adornaba los estandartes y escudos.

Y armas. Cada gota de ingenio de la Horda de Hierro se había vertido en los instrumentos de aniquilación. (¿Cómo pudieron inventar tanto en tan poco tiempo? Era como si generaciones de progreso hubieran caído en sus regazos).

Equipos de orcos, haciendo un esfuerzo detrás de las cadenas de las catapultas, enviaban ruedas de fuego crujiendo por los cielos que prendían fuego a la carne ogra y derretían los muros como si fueran mortero.

En las manos de los orcos, las cuchillas de dos puntas giraban como ruedas; vagones de acero se bamboleaban sobre patas que parecían de araña y llevaban a los soldados por sobre las fosas que alguna vez hicieron de la ciudad de Mar'gok una ciudad impenetrable. La Horda de Hierro tenía rodeados a los defensores de Gran Magullador, incluso en los pasajes estrechos llenos de ogros hombro a hombro.

Cinco orcos en el interior de un ariete de metal, que en lo más alto tenía un puño que escupía fuego, cargaban por un sendero de ganado hacia la ciudad. Los ogros caían ante el ariete como grandes efigies ardientes, hasta que la máquina se detuvo frente a un bruto con un martillo en un montón de chispas. El bruto se vino abajo con la mitad del pecho horadado y el agujero de salida estaba lleno de ceniza.

Los orcos no tomaban prisioneros. Incluso en la cima del Alto del Imperator, en la cumbre de Gran Magullador, el humo y el hedor a cadáver de los ogros moribundos alcanzaba los dos pares de fosas nasales de Mar'gok. Su estómago borboteaba ansiosamente.

***

Mientras la Horda de Hierro devoraba su ciudad desde los cimientos, el rey hechicero de los Gran Magullador permanecía muy lejos de la masacre, rodeado por los pilares de esquisto de su primer gran proyecto, los salones del Gorthenon.

El consejo de Mar'gok colmaba todo el lugar. Eran grandes ogros ancianos, encorvados como tigres dormidos o posando como si fueran dioses sobre enormes piedras que habían cargado varios niveles. A una distancia respetuosa del consejo, aguardaban inmóviles filas de asesores militares y campeones, llevando mazas y armaduras gastadas. Algunos exhibían la extraña coloración roja, azul y gris, y los tatuajes arcaicos que los marcaban como anuladores de magia, guerreros sujetos a rituales y entrenamiento que los volvieron inmunes a las escuelas de hechizos, un decreto que el rey hechicero impuso durante su reinado para uno de cada veinte gorians. El débil éxito de los anuladores a la hora de retener a la Horda de Hierro era evidente en su actitud; lucían completamente preparados para salir de la discusión y mutilar a los enemigos de Gran Magullador en el acto.

No quedaban lugares para sentarse. Varios consejeros caminaban de un lado a otro por el Gorthenon, orbitando al Imperator, el ogro más grande entre ellos, una criatura gigantesca cuyos músculos y grasa tomaban turnos para dominar su imagen. Un gran cuerno perforaba la cabeza derecha; un cinto morado le rodeaba los pies. Bajo sus capuchas, Mar'gok apretó las mandíbulas mientras pensaba. Las manos callosas extendidas hacia la asamblea.

De todos en la habitación, solo el consejero mayor Vareg lucía más ansioso.

—Nuestros primalistas destrozarán la cuesta norte —dijo—. El pico norte caerá, se deslizará sobre ellos y aplastará sus pequeñas cabezas de una buena vez.— La grasa en su cara brillaba.

Mientras escuchaban a Vareg, algunos miembros del consejo parecían listos para beber su sangre, pero la mayoría, en particular los anuladores de magia, daban pisotones en signo de aprobación. Esta era una sala de gobierno y violencia; aquellos que permanecieran en desacuerdo por mucho tiempo golpearían los cráneos de los otros para que apoyaran sus puntos. Era crucial llegar a un punto en común.

Mar'gok gruñó, sus voces hicieron eco en toda la cámara. —No.

El impaciente y hambriento (de baja cuna) Vareg, sus pensamientos siempre en rebelión, rebelión y rebelión, se veía como si lo hubieran enviado a morir al coliseo.

Mientras miraba a Vareg con una cabeza y con la otra escaneaba a los presentes en el consejo, Mar'gok hizo que los murmullos disminuyeran. —Los orcos y sus armas son demasiado numerosos. No los destruiremos de un golpe y pones en peligro los cimientos de la ciudad. No. Nuestras legiones en el frente se retirarán al Camino de los Victoriosos y los obligarán a ascender. Si necesitan cuerdas para escalar nuestros escalones, perderán tiempo.

Gran Magullador había aplastado todos los intentos de invasión a leguas de su esplendor. El enemigo estaría cansado de marchar y cabalgar. Un verdadero asedio a la ciudad podría durar días. (Los trenes de suministro de la Horda de Hierro tendrían que ser numerosos).

Vareg era poderoso, un señor de la magia con muchas victorias y un talento inusual para la desobediencia y la supervivencia. —Al dejarlos entrar a la ciudad, les estás dando la iniciativa. Incluso si cortamos sus suministros o sus cuerdas, no les darán mucha esperanza de escape a nuestros guerreros.

—¿Escapar? —reflexionó Mar'gok—. ¿Crees, entonces, que Gran Magullador caerá?

Silencio.

Mar'gok hizo rodar una roca por su palma. Había sido desgastada por sus callos. —¿Crees —chasqueó una lengua— que prevenir las bajas en nuestro ejército es más valioso que prevenir la muerte de Gran Magullador? Nadie había dicho eso, pero nadie habló para desmentirlo.

Vareg subió el tono de voz. —Imperator, está lejos del campo de batalla. No puede ver a nuestros soldados ni a nuestros enemigos. Si no nos permite derribar la montaña, entonces enfrentémoslos con todas nuestras fuerzas. Si nos retiramos, nuestras pérdidas serán enormes. Lamentará cada una de ellas después de la victoria.

Las palabras de Vareg hicieron eco; la mayoría de los consejeros se alejó de él para pararse tras el Imperator, un apoyo bien firme, pese a que no habían emitido palabra alguna. Al verlos, Vareg se puso incluso más furioso. —Los orcos son tan pequeños que ni siquiera podrán mover a nuestros muertos —gruñó.

Los rostros de Mar'gok permanecieron aparentemente imperturbables. —Quizás es más fácil de lo que creí. Sígueme y usa tu vasto conocimiento sobre la Horda de Hierro para traernos la victoria.

—¿Seguirlo, Imperator? ¿Luchará?

—No. Mientras nuestras fuerzas repelen y frenan a los orcos, nosotros iremos a ver al jefe de guerra de la Horda de Hierro y haremos que nos muestre la paz. Al enviar a su mensajera, Grommash Grito Infernal nos prometió un salvoconducto.

Unos pocos centuriones y un anulador de magia adicional servirían como la guardia personal del Imperator; no se atrevía a sacar más soldados del frente de batalla. Mar'gok giró las cabezas hacia los anuladores de magia y bramó: —Los más fuertes de entre ustedes me acompañarán.

Mar'gok se sorprendió al ver cómo los compañeros de un anulador marcado con azul, cubierto de runas desordenadas que lucían como si hubiesen sido talladas en su cuerpo con una roca, lo obligaron a dar un paso al frente de inmediato. Aparentemente, el anulador compartía el desaliento del Imperator.

—Imperator —recitó seriamente—. Hoy aplasté cuatro cráneos de chamán. No estoy en condiciones de intercambiar palabras dulces. Déjeme quedarme y luchar por la gloria de Gran Magullador.

—¿Cómo te llamas, anulador? —preguntó Mar'gok de forma suave y lenta, como si le hablara a su comida.

—Ko'ragh, Imperator.

—Ko'ragh —continuó Mar'gok—. No te quedarás. Tu muerte no le dará a Gran Magullador más que tu vida. Además —Mar'gok cortó la posibilidad de objeción y la mandíbula del anulador se cerró de golpe—, el momento y forma de tu muerte son decisión de tu Imperator. ¿Comprendes? —Después de oír eso, Ko'ragh saludó, golpeándose el pecho con un puño prominente.

Vareg, quien nunca dejaba que los otros fueran el centro de atención por más de un instante, rápidamente alzó su voz. —¿Y cómo le serviré yo, Imperator?

Mar'gok se permitió mostrar unas sonrisas. —Tú tirarás de mi carreta.

El consejero mayor lo miró boquiabierto. Algunos miembros de la asamblea rieron nerviosamente, el sonido igual al de dos rocas chocando.

El Imperator había alentado hace mucho tiempo a su consejo a disentir de una forma no violenta en cualquier momento: solo tenían que escupir a sus pies. Ninguno de sus consejeros vivos expresó alguna vez desacuerdo de la manera descortés que sugirió, pero de todas formas la había ofrecido. Él era magnánimo.

Mar'gok miró enfáticamente sus pies desnudos, luego de nuevo al grupo. Un fuego turbio pasó por una de las ventanas, esparciendo pequeñas rocas derretidas en el alto. Frunció el ceño de su rostro izquierdo, luego el del derecho.

El Imperator miró nuevamente sus pies. No hubo escupitajo.

Mar'gok analizó su séquito con ambas cabezas, moviéndolas de atrás para adelante, sin mostrar expresión alguna, como si estuviera evaluando una serie de platillos de un banquete o un puñado de rocas para apostar.

El consejero mayor Vareg, que tiraba de la carreta de ocho ruedas cubierta de tela que lo doblaba en tamaño, ya había sacado inmenso provecho de esta dolorosa lección. Aunque lucía abatido, ya no se quejaba, aunque sus togas amarillas estaban manchadas con pequeñas motas de lodo. Por el momento, Ko'ragh lo ayudaba en sus labores.

A diferencia de las ropas de Vareg, el anulador estaba vestido para la guerra, con una armadura de metal fragmentada y un nefario garrote de guerra con un cráneo en el extremo. Su cabeza desnuda y brazos musculosos y tatuados seguían expuestos, igual que los demás miembros del grupo de Mar'gok; los Gran Magullador no se privarían de verse bien aunque enfrentaran la amenaza de la extinción.

Incapaz de aceptar ser parte de una misión diplomática mientras Gran Magullador estaba sitiada, Ko'ragh caminó con el ceño fruncido hasta que Vareg, de la nada, le ordenó poner una cara mejor. La dura lección de Vareg también les había servido a los demás.

Vareg tal vez fuera ambicioso y Ko'ragh obstinado y soso, pero ambos eran poderosos ogros con puestos importantes que se desempeñaban excepcionalmente en los ejercicios de batalla. Habían ascendido rápido y sobrevivido dolorosas heridas (Ko'ragh había perdido algunas vísceras; Vareg, un corte en el muslo que dejó que se infectara para probar su fuerza), con docenas de muertes a sus espaldas.

El Imperator había seleccionado al resto de su séquito de entre los centuriones que esperaban fuera del consejo, escuchando atento sus logros (aunque no sus nombres). Uno había dormido dentro de un domo de lava durante años hasta que el magma estuvo a su entera disposición; otro era uno de los favoritos del coliseo y había arrancado las garras de diez grandes depredadores para hacerse unos guantes de boxeo; otro tenía una conexión con la montaña tan fuerte que ninguna flecha podía perforar su piel. Todos podían cargar una roca de dos toneladas hasta la cumbre sin descanso.

Los centuriones nunca habían visto al Imperator en persona; viajar con su rey había enardecido sus lenguas. Mar'gok los lideraba pesadamente desde el frente, intentando ignorar la distracción de su charla. Cada tanto, sus cabezas giraban hacia dentro, molestas, para mirar a cada una hasta que se sintió mareado. (¿Callarlos? Que hablen).

A su paso, el suelo se derretía para formar un suave lodo, lo que permitió que su séquito caminara por la ladera sin caerse. La rampa improvisada volvía a convertirse en piedra fría tras los pasos de ellos. Empezaron a caminar más rápido; la carreta arrancaba surcos de lodo del suelo. Vareg comentó que ahora los orcos tendrían el camino principal e incluso el Imperator se permitió una pequeña sonrisa con una de las cabezas.

Con zancadas descomunales, los ogros llegaron a su destino luego de un amanecer. Aunque el Imperator permanecía en silencio, su séquito charlaba con orgullo durante el viaje. Su pueblo nació en los inicios: cuando los grandes Forjadores extrajeron la luz de la enorme bola de fuego que se convertiría en Draenor, estos hicieron a los ogros a partir de barro ardiente y les dieron dominio sobre la roca y la tierra. El mundo entero era suyo; su capital se encontraba en lo más alto del andamio del pasado.

Ninguno de ellos dudaba que los defensores de Gran Magullador hubieran luchado toda la noche, que el imperio seguía erguido, hasta que posaron sus ojos sobre Grommashar.

***

La última vez que Mar'gok había visto el campamento Grito de Guerra, este era pequeño, movible. Madera y cuero, cabañas y chozas ubicadas con cuidado sobre la tierra. Recordaba con viva imagen los rostros abatidos de los orcos cuando el viento y la lluvia derribaban sus hogares, su reacción de tonta consternación, y se preguntaban qué había pasado.

Ahora aspiraba a ser una ciudadela. Empalizadas filosas como navajas la rodeaban; orcos ferozmente armados de muchos clanes patrullaban los muros con aspilleras talladas en sus remates; y por doquier podían verse las terribles máquinas rechinantes, escupiendo más humo y fuego que el que habían hecho volar sobre las murallas de Gran Magullador.

Los ogros se movían lentamente a través de Grommashar bajo una falsa bandera para debatir. Mar'gok rasgó por la mitad uno de sus estandartes dorado y púrpura, pero los orcos no habían dado la alarma a su entrada, como si hubieran estado esperando la llegada de los ogros. Solo la carreta inmensa cubierta de tela atrajo las miradas.

—¿Qué es eso? —preguntó un corpulento orco armado, parado a la cabeza de veinte, todos con cañones portátiles apuntándolos, el metal bruñido brillando bajo el sol.

Vareg expulsó moco crujiente por las fosas nasales y se irguió a su altura máxima, sus palmas estaban negras, rosadas y adoloridas por el día de trabajo en la carreta. Ko'ragh sujetó con emoción el garrote con punta de cráneo que llevaba. Los superaban en número. El terreno era extraño; el enemigo, impaciente.

(¿Ingenio? ¿Sinceridad? ¿Distracción?). —Solo es un tributo —balbuceó Vareg antes de que Mar'gok pudiera decir algo.

Fue suficiente. Algunos miembros de la Horda de Hierro se quedaron olfateando y vigilando la carreta, levantando la tela e inspeccionando lo que guardaba. (¿Qué veían?). Las enormes armas de los ogros habían sido lanzadas al Mar Zangar, aunque algunas lanzas todavía sobresalían del agua a pesar de los mejores esfuerzos de los soldados de Grommashar por enterrarlas. Los orcos eran exasperantemente pequeños, con venas minúsculas visibles en sus brazos, pequeñas gotas de sudor adornando sus rostros; sus cuerpos tensos, comprimidos, su piel apenas los contenía, como si no tuvieran más espacio en el interior.

El Imperator ordenó que su séquito no realizara ninguna acción mientras sufrían las humillaciones de la diplomacia; solo sus miradas mantenían la reverencia mientras los llevaban ante Grommash Grito Infernal.

Aunque su hogar había cambiado mucho, Grommash seguía igual. La plaga de Nagrand no lucía diferente de la última vez que Mar'gok lo había visto a la cabeza de un grupo de guerra: una melena de cabello grueso, músculos como los de un animal, labios que dejaban entrever dientes apretados en un gruñido.

Lo que sorprendió a Mar'gok fue el trono en el que se apoyaba Grommash, un árbol torcido cuya gruesa madera se veía incómoda y que era poco probable que durara para la próxima generación de jefes de Grito de Guerra. Mar'gok reconoció este particular árbol y el sufrimiento por el que el orco tuvo que haber pasado para recuperarlo.

Grommash había pasado bastante tiempo atado al árbol durante el reinado del último rey hechicero. Luego de un ataque fallido contra Gran Magullador, Grommash había sido capturado, golpeado y privado de comida hasta llevarlo al borde de la muerte. (Y entonces...).

Una cabeza ogra marrón, de cuello podrido y cuencas vacías lo miraba desde las ramas del árbol. Incluso con los pocos trozos de carne que permanecían en el cráneo y que lo identificaban, Mar'gok estaba bastante seguro de que lo reconocía. Hubiera sido imposible anticipar la muerte de su predecesor durante tanto tiempo sin imaginar, con razonable precisión, el aspecto de su cabeza una vez removida.

—Imperator —recitó Grommash con su clara voz grave—. ¿Qué piensas del último señor ogro que se me opuso? —Mar'gok no le siguió el juego, ni siquiera se movió de su lugar (aunque el gesto de dominio era claro). En sus ojos podía verse resolución, concentración.

El breve momento de silencio se llenó de tensión y los ogros miraron a su rey.

—Creo que fue un tonto —bramó Mar'gok.

Vareg relajó las manos. Dejó de cruzarlas y las llevó a sus lados.

—Fue un tonto por no haberte matado.

Se escuchó el siseo bajo de un orco cerca del trono. Vareg y Ko'ragh se pusieron nerviosos, sus manos buscaron instintivamente las armas que ya no tenían.

—Si tuviera tu vida en mis manos —continuó Mar'gok—, habría cortado tu garganta en frente de mis prisioneros y habría tirado tu cuerpo putrefacto al océano. Luego los habría tirado a ellos detrás de ti. —Señaló a los orcos detrás de él—. Tu pueblo estaría acabado. Los Gran Magullador ahora regirían sobre todo Nagrand. —(Regirían sobre todo Nagrand de nuevo). Mar'gok siempre le daba paso a la teatralidad cuando era justificada.

Grommash ni siquiera se movió, impávido ante el relato informal de su muerte. Podía darse ese lujo.

Desde atrás del trono salieron varios orcos más (ahora habían dos docenas a la vista). Uno, de hombros anchos y rostro lleno de tatuajes apenas distinguibles bajo su capucha café, se inclinó para susurrar algo al oído de Grito Infernal. (¿Desde cuándo escuchaba consejos?).

—Ya veo —contestó Grommash, vacío—. Entonces, háblame sobre el valor de los Gran Magullador. Háblame de este tributo que me trajiste y del valor de sus vidas.

El Imperator se había dado cuenta de que la posición del sol lo obligaba a entrecerrar los ojos e inclinar un poco las cabezas. Resistió el deseo de derribar un árbol y cubrirse los ojos con él. (Grommash descansa a diario en una reliquia de sus rencores. Cualquier trato debería ser simple y darle ventaja obvia).

Mar'gok resopló. —Muy bien. El regalo que te traigo es el conocimiento. La Horda de Hierro es débil.

Ahora Grommash sonreía. —Dices esto mientras destruimos los muros de tu hogar. —Hizo señas a un lugar detrás de los ogros de la forma en que su tamaño lo permitía—. Cuéntales lo que viste.

Otro orco corrió al lado de Grito Infernal, Mar'gok reconoció el rostro lleno de cicatrices de la mensajera que le había declarado la guerra a su pueblo. Una lástima; esperaba que hubiera muerto en el asedio.

Su rostro se veía salvajemente orgulloso. —Rompimos la línea de los Gran Magullador en la entrada de la ciudad. La montaña está rodeada. Se retiran a sus hogares.

Mar'gok había sospechado que eso podía suceder, pero no tan pronto.

***

Era un engaño. Tenía que serlo. Por un momento, mientras su gente discutía entre ellos y los orcos disfrutaban el caos, Mar'gok cerró los ojos y trató de imaginar la escena: los ogros perdiendo terreno, luchando en las calles, roca derretida proveniente de las casas-montículos cubriendo las piernas de los gorians en formación.

No tenía que esforzarse demasiado para imaginar a los orcos rodeando a sus legiones, los dientes de sus armas zumbando mientras cortaban las piernas de sus ogros, quienes cojeaban hasta caer. Ya lo había visto muchas veces.

Luego, los orcos destruirían sus estatuas. Sus hombres, mujeres y niños rugirían y se juntarían, lucharían y cantarían su nombre sin cesar, El rey. El rey. Entre más lo dijeran, menos sonaría como un apropiado grito de muerte.

Seguramente se habían aferrado a esas sílabas durante tanto tiempo porque eran más fáciles de gritar que Imperator, no porque no pudieran pronunciar su título, su nombre.

Seguramente aguantarían.

Mar'gok se cansó de imaginar y abrió los ojos. Exhaló y se volvió hacia Ko'ragh y Vareg, que murmuraban en voz alta. Tenían una postura defensiva. A juzgar por sus rostros, ellos también creían en lo que decía la mensajera; guardaron silencio cuando Grommash habló.

—Ahora, explícame, Imperator —dijo, confiado como si hubiera leído las mentes de Mar'gok—. ¿Cuál es la debilidad de la Horda de Hierro? —(Finalmente).

—Déjame explicarte, Jefe de Guerra. Son superiores en número. Quizás, con el tiempo, tus orcos lleguen a la cima de Gran Magullador. —El Imperator empezó a caminar, haciendo gestos animadamente—. Pero no será sin un costo, ya que carecen de nuestra grandiosa fuerza. Enfrentas el ejército de un rey hechicero. Nuestras tradiciones son tan antiguas como el mismo Draenor.

Levantó ambos brazos hacia la multitud y apretó sus monstruosos puños. —Invocaremos derrumbes desde nuestros hogares, aterrorizaremos a tus lobos con fuego, oxidaremos tu metal con lodo. La magia de tus chamanes no puede tocarnos. Nos reiremos de su falso trueno y aplastaremos sus cráneos hasta hacerlos polvo. —Al escuchar esto, Grommash se mostró casi... intrigado. (Los orcos veneran los elementos. Típico de los seres pequeños, intentar admirar algo externo a ellos mismos).

—Y —Mar'gok no pudo resistir agregar— son pequeños. Incluso si toman Gran Magullador, tardarían todo un año en quitar los cadáveres.

Mar'gok bajó el cincel de sus palabras y cerró las bocas con decisión. Los poderosos alaban su habilidad física y estatura sobre los otros; los rápidos de pensamiento, sus mentes sin límites y duraderas; los carismáticos, su liderazgo y poder persuasivo. Pero la verdadera fortaleza siempre ha sido todas las fortalezas (por eso él era el rey) y Grommash se vería atormentado por el pensamiento de cualquier fortaleza que no tuviera. Mar'gok estaba convencido de esto, lo suficiente para creer que con eso salvaría su imperio, su vida.

La réplica de Grito Infernal fue rápida. —No queremos su ciudad. Queremos sus cadáveres. —Al ponerse de pie, su mano izquierda se cerró sobre el mango de un hacha dentada casi tan grande como él, manchada con sangre fresca que tomaba un color oscuro cerca del filo—. Todos en la Horda de Hierro están dispuestos a morir en batalla. Estamos ganando. La tuya es una amenaza vacía.

Ko'ragh se encolerizó al escuchar esto, pero Mar'gok lo detuvo con una mano en frente mientras el rugido de Grommash se volvía contemplación.

—Solo dices una verdad. Tu magia es poderosa. Enséñanos y algunos de ustedes vivirán.

Había más líquido en una gota de la saliva de Vareg que en el vientre derramado de un orco.

El Imperator había solicitado unos pocos minutos para reunirse con su consejo y se había alejado del trono de Grommash. Ahora observaba con todos sus ojos. La saliva crepitaba en el polvo, a centímetros de sus dedos. Las burbujas se movían hacia lo más alto y estallaban; parecía como si pudiera moverse por cuenta propia.

Tal falta de respeto flagrante se había producido hace poco, después de que Mar'gok mencionara casualmente que rechazar la "oferta" de Grito Infernal era el curso de acción más razonable. Ninguno de los centuriones había visto el escupitajo. Movió en vano algunas rocas sobre él.

Vareg prácticamente aullaba mientras se movía de aquí para allá. Cada vez más, parecía que su paso animal agitaría y obligaría a los orcos a usar sus armas.

Ko'ragh luchaba tontamente por entender. —Imperator, no habla en serio. Usted... ganará tiempo, para engañar a Grommash...

—¡No! —gritó Vareg, alzando su voz por lo general tranquila—. Hiciste un juramento ante el consejo con ambas voces. Dijiste que traerías la paz. Y ahora te acobardas por el precio.

Mar'gok dejó de mirar el escupitajo, la indignación y diversión se mezclaban en las paletas de sus rostros.

Vareg no había terminado de hablar. —¿Qué valor tienen nuestras tradiciones si no queda ningún Gran Magullador para continuarlas? ¿Nuestra hechicería es más preciosa para ti que nuestras vidas? —(Lento. Más una invitación que una pregunta).

Mar'gok solo dio un paso en dirección a Vareg, pisando lo suficientemente fuerte como para levantar el polvo. —Hablas de sobrevivir como un esclavo que no puede ver más allá de sus cadenas. Tienes el corazón de un orco, feliz de solo ver terminar el mal momento.

El rostro de Vareg estaba casi púrpura. Gruñó con la fuerza suficiente para que todo el campo lo escuchara. Los otros ogros se acercaron más a sus líderes.

Mar'gok continuó: —Gog Matagronns sabía que ser libre, vivir, era solo el comienzo. Cuando quebró los cuerpos de los gronn, abrió sus huesos y comió su médula para probar que no eran dioses, levantó sus esqueletos para que otros pudieran presenciar su victoria. Deseó más que la mera supervivencia, así que construyó su salón para que fuera tan grande que ninguna familia de sangre pudiera llenarlo. Muchos se reunieron y pronto su hogar se convirtió en un imperio. No huyó simplemente a las montañas para regodearse de su existencia.

Parecía que Vareg había conservado un poco de sensatez, ya que guardó silencio mientras el Imperator hablaba. (¿A Vareg? ¿A los demás? Donde había dos mentes, siempre era necesario tener tres discursos). —El mundo nos pertenece. Su inmensidad está domada, su grandeza revelada, solo porque nosotros dominamos lo que los Forjadores hicieron. Si compartes nuestro poder con los esclavos, les permites moldear la tierra, no eres un ogro.

En respuesta, el consejero mayor lanzó otra salva de saliva sobre la primera. Qué talento tenía donde más importaba.

Vareg había dejado de caminar. Resopló. —Gran Magullador ya no es un imperio. Solo una gran ciudad. Me pregunto si todos nuestros clanes están de acuerdo con que vale la pena morir por ella. —(La voz de Vareg era nasal, pero apenas ocultaba su ansiedad). Sus ojos recorrieron a los de los demás ogros, pero nunca miró a Mar'gok, como si estuviera a punto de acusar al Imperator o lanzar el desafío que tantas veces había ensayado antes de su turno como tirador de la carreta.

Ko'ragh empezó a hablar, desviando la atención de Mar'gok y Vareg, quienes ahora se miraban con ira. —Imperator, los orcos dicen que están ganando. Si no ataca ahora a Grommash, entonces tendremos que rendirnos ante él. —Sus ojos brillaban.

Mar'gok cruzó los brazos en inconsciente imitación de una de sus estatuas favoritas. —Entonces el legado del reinado ogro, de mi familia de sangre, se convierte en un trueque barato. ¿Qué sacrificarían ustedes? ¿Sus riquezas? ¿Sus honores en el coliseo? ¿Sus vidas?

Vareg no dudó, aunque miró a los centuriones, no al Imperator, cuando respondió. —Yo daría lo que fuera por salvar a nuestro pueblo. Mientras vacilamos, el clan muere.

Por supuesto. Vareg se apresuró a expresar su solidaridad, alineándose con nuestro pueblo antes de que Mar'gok pudiera, para así obtener el apoyo del resto del séquito. ¿Podría persuadirlos de cometer un asesinato? En la historia de Gran Magullador, más debates que los que el Imperator podía contar se habían convertido en revueltas espontáneas.

Mar'gok miró rápidamente a su alrededor, cuidándose de no mostrar ninguna emoción. Los ojos de Vareg parecían los de un lobo, erráticos; en cualquier momento, podía producir una sonrisa o un aullido. Los otros tenían los puños desnudos sobre los pechos en señal de saludo, pero ¿a quién? Ellos eran cinco; él, uno.

Con un movimiento de sus cabezas, dio su aprobación. —Muy bien. Venderé nuestra magia. Los esclavos no pueden tomar esclavos. ¿Qué pueden hacer los orcos con el poder de los Forjadores que nosotros no hayamos logrado ya?

Adustos pero tranquilos, los ogros marcharon de vuelta hacia Grommash.

Mar'gok permaneció atrás, luchando con sus sonrisas. Vareg se había revelado a sí mismo. Mar'gok había sido "convencido". Era lo más cercano a una rendición humilde que le había dado a alguno de sus consejeros. Defiende la posición de un idiota y las masas no podrían evitar unirse para luchar contra ella.

Les convenía (como les convenía a todos los avaros y campesinos) creer que aquel que se alzaba por encima de sus vidas era vanidoso y engreído, que escogería la muerte antes que el sacrificio, que preferiría conducir silenciosamente a su pueblo a la historia, en vez de por un camino vergonzoso en voz alta.

Esta, también, era la razón por la que Mar'gok era rey.

***

Hacía rato que el sol se había ocultado y el humo espeso de las antorchas amarillas que iluminaba Grommashar se mezclaba con la niebla que deambulaba por los muros. Mar'gok respiró profundamente. El hedor lo relajaba.

Mantuvo la voz suave, una de sus cabezas inclinada más que la otra. —Te enseñaremos la forma de anular magia, Grommash Grito Infernal.

Una sonrisa, entusiasta y genuina, se deslizó por el rostro de Grommash. Había una dulzura única en tener un enemigo vencido y sometido a pocos metros frente a ti, los ojos abiertos y astutos.

—Retira tu ejército y envía a diez de tus mentes más agudas a Gran Magullador. Yo mismo les enseñaré. En un año estarán listos, quizás menos.

Grommash levantó una ceja al oír eso. Frunció el ceño, cuatro dedos carnosos tamborileaban sobre la empuñadura del hacha, pero su voz era mesurada. —No te burles de mí, Imperator. Les enseñarás a todos los orcos que tengan la capacidad de aprender y lo harás aquí.

Mar'gok extendió sus brazos y sonrió, ambas bocas abiertas. Eran sonrisas de abundante promesa, reservadas por lo general para los familiares a los que pensaba asesinar. —Una vez que haya compartido nuestra magia con tu ejército, no necesitarás a mi gente. ¿Qué harás con los ogros si no te sirven de nada?

Si el cráneo ogro que colgaba del trono de Grommash tuviera párpados, le habría lanzado un guiño.

Grommash hizo una mueca. —Los dignos vivirán. Confía en el valor de tu magia, ogro. No tienes otra opción.

Desde atrás llegaba un sonido de marcha a pie; segundos después, unos cuantos orcos más se acercaron sin ser anunciados, con sus armas envainadas golpeando las piernas. La mensajera era la primera entre ellos y todos los ojos (ogros y orcos por igual) voltearon hacia ella. Grommash levantó una mano en señal de silencio.

—¿Sí?

—Intentaron traer refuerzos por mar, Jefe de Guerra Grito Infernal. Cuatro barcos zarparon hacia Gran Magullador, pero los golpeamos con nuestros cañones. Ninguno llegó a la costa. —Sus movimientos eran vivaces—. Lo que queda de su ejército se refugia en sus torres. Pronto tomaremos su fuerte. —La orca lucía como si fuera a cantar.

Mar'gok miró su mano derecha. Tenía nudillos como perillas, lo suficientemente grandes como para derribar a un elekk, para sacarle las costillas a un orco por el pecho. También temblaba.

Intentó obligarla a detenerse, primero sin mucha determinación y luego con todas sus fuerza, pero no lo hizo.

El suelo se estremeció. Los gritos de terror se fundieron con el sonido de las espadas. De reojo, Mar'gok vio a Ko'ragh lanzarse contra el trono de Grommash, tirando a dos orcos sobre sus espaldas y pasando sobre ellos, sus descomunales brazos estirados con furia. Una delgada lanza silbó en el aire y se alojó, con un bamboleo, en su hombro. La sangre del anulador caía por doquier sobre la madera, pero, como una roca sobre el fango, seguía yendo hacia adelante.

Mar'gok pasó un brazo a su alrededor, tomó la garganta de Ko'ragh y lo golpeó contra el suelo, con una fuerza tal que los árboles cercanos perdieron sus hojas de a montones y los orcos cayeron sobre sus espaldas.

Mientras el viento salía de los pulmones del anulador, Mar'gok posó su pie sobre la panza y observó su rostro retorcido por el dolor. —¡Idiota! —gritó.

Grommash se puso de pie. Docenas de orcos apuntaron sus espadas y lanzas hacia Mar'gok. Quitando su pie del abdomen del anulador, Mar'gok se levantó hasta alcanzar su altura completa y se encontró con los ojos del jefe de guerra, cauteloso, corto de aire y tenso por la expectativa. Él era más grande. Grito Infernal más rápido. (Si Mar'gok pudiera despertar la roca durmiente antes de que el orco pudiera alcanzarlo con el hacha, luego atajar el golpe con el hombro...).

—¿Osas intentar matarme en mi propia casa?— rugió Grito Infernal y verdaderamente fue un rugido; ningún ruido cercano intentó ser más fuerte. Flexionó los dedos: tensos, relajados. Ambas manos tomaron el hacha. Observó a los otros orcos, la respiración agitada por la furia, y respondieron con la misma ira, como si fueran un solo organismo.

La premisa de diplomacia se marchitaba. Tendría que correr hacia la carreta. (¿La habrían movido?).

Cuatro orcos con una rabia animal avanzaron contra Mar'gok, con pasos suaves, se dividieron en dos grupos, levantaron sus armas y lo rodearon. Apretó la roca lisa que había llegado a su palma. Ambos pares de dientes mordían sus lenguas tan fuerte que podía saborear la sangre.

—Esperen. —La voz de Grommash era más baja, más consistente.

Mar'gok observó un poco de esa retorcida furia, los labios doblados y nudillos presionados, bajar un poco en los otros orcos cuando Grito Infernal habló. —Esto no fue obra del Imperator. —El jefe de guerra miró el cuerpo de Ko'ragh. Algunas pocas armas bajaron, pero solo algunas.

Pero los fríos ojos de Grommash seguían observando con fastidio. Respiraba entrecortado, no por el cansancio sino por la ira, por la simple promesa de violencia. —No cambia mi demanda. Aceptarás enseñarnos ahora o todos morirán.

Cuatro orcos con hombros de toro mantenían inmóvil a Vareg, sus lanzas a centímetros del pecho. En el suelo, el anulador gemía, movía su cabeza de un lado al otro con botas orcas en los brazos.

—Entonces discutamos los términos. —Mar'gok volvió a colocar la piedra entre su túnica y luego levantó las palmas. Aquellos que dependían de las armas para matar, por lo general se sentían aliviados al ver manos vacías.

Grommash Grito Infernal no dijo nada.

—Levántenlo. —Mar'gok hizo un ademán con cuidado; los centuriones arrastraron a Ko'ragh hasta arrodillarlo y quitaron la lanza en su hombro con un escalofrío y un chorro rojo.

Los orcos intercambiaron unas cortas miradas con su líder. La distracción de espadas y lanzas agitadas apuntadas a sus ojos se desvaneció a regañadientes, pero el gran número de orcos armados observando a Mar'gok era agobiante. El sudor empezó a manchar su cuerno, el Imperator lo limpió, robando un momento para ordenar sus pensamientos.

Grommash se había calmado rápidamente, más rápido de lo que su legendaria cólera sugería, y sin saciar su sed de sangre. ¿Pensaba aprovechar este ataque en la negociación? O acaso... estas nuevas máquinas de matar, que aparecieron de la nada; el brillo en el ojo de Grommash cuando se mencionaba la magia; ¿dejar con vida al anulador después de haber atacado al jefe de guerra? (Demuestren su valía, había dicho la mensajera).

—Nuestra magia no es solo una parte del trato. —Mar'gok frunció los labios con complicidad—. La necesitas. ¿Por qué?

Grommash permaneció en silencio.

—¿A qué poder le temes?

El jefe de guerra no reaccionó con la baba canina que Mar'gok esperaba. En su lugar, volvió a su trono.

—Es cierto —respondió Grommash lentamente—. No sabemos quién se interpondrá en nuestro camino.

Continuó, mirando a algunos orcos que los observaban atentamente cerca de su trono. —He visto mucho y es... sensato prepararse. Creo que pronto enfrentaremos magia nunca antes vista en Draenor. No caeremos ante ella. Si tu clan nos ayuda con su magia, si le dan su palabra a la Horda de Hierro, ganarán sus vidas.

Mar'gok asintió con ambas cabezas. —De acuerdo.

—Pero —y aquí fue cuando el aspecto animal brilló en los ojos de Grommash— si titubean, si no se entregan por completo, serán presa de Kargath Garrafilada.

Garrafilada. El jefe del clan Mano Destrozada se había pavoneado en el coliseo como si le perteneciera. Los Gran Magullador encadenaron a Kargath bajo sus muros. Los esclavos famosos pueden ser peligrosos.

Kargath se arrancó una de las manos (¿izquierda?, ¿derecha?) para escapar, pero igual pudo dejar tortuosas heridas en sus captores mientras huía. Con solo una mano, incluso fue capaz de liberar a otros gladiadores y los convenció para que se unieran a su demente retaliación. Aparentemente, los orcos Mano Destrozada ahora mutilaban su propia carne para recordar el logro supremo de su fundador.

Mar'gok calculó cuánto tiempo tratarían de mantenerlo vivo con una cabeza.

Grommash estaba terminando. —Ustedes serán los sirvientes.

La bilis empezó a subir por las gargantas de Mar'gok. No se volvió a mirar a su séquito. —Entiendo —dijo rotundamente—. Pero debes saber desde el principio de esta... asociación... que algunas formas de magia simplemente no pueden enseñarse y no por falta de voluntad. —La mensajera puso los ojos en blanco. (Quizás se resbalaría por un acantilado en el camino de vuelta a Gran Magullador).

—La magia de la que hablo moldea cuerpos y mentes como un cincel lo hace con la roca. Al mismo tiempo que nos potencia, elimina astillas de nuestro ser. Esto puede matar incluso a aquellos que han pasado toda su vida entrenando para ello. —Le lanzó una mirada deliberada a Ko'ragh (todavía vivo).

El mentón de Grommash descansaba sobre una de sus manos; no parecía conmovido. El Imperator se apuró a romper el silencio. —Dudas de mi sinceridad, pero te he traído pruebas. Vareg, la carreta.

Vareg lo miró con ira, pero tiró de la carreta. No había duda de que pensaba que iba a usarse durante un ataque sorpresa al campamento Grito de Guerra, no como ofrenda en un intercambio. Si antes había habido alguna esperanza de atacar a Grommash con la guardia baja, esa posibilidad se había esfumado.

Mar'gok le quitó la tela de encima y el olor apenas perceptible de tierra volcada llegó a sus narices.

Un opaco trozo de roca permanecía rígido en la carreta. No se movió ni un centímetro mientras la llevaban ante la audiencia de Mar'gok. La mayoría de los orcos no parecían impresionados: era una gran roca, irregular y sin forma. Varios de los espirales y giros intrincados que decoraban su frente estaban duplicados, con trazos gruesos, sobre la piel de Ko'ragh, pero por lo demás (para ser que era un artefacto sacado de las entrañas del mundo por las familias de sangre más noble en Gran Magullador, luego de una disputa de una década) se veía como una roca normal.

Las piedras lisas ocultas en los bolsillos de Mar'gok empezaron a calentarse un poco; podía sentir el calor irradiando como pinchazos. Las piedras se retorcían, como si quisieran liberarse. Seguramente cualquier chamán entre los orcos lo notaría.

—Cuando se despierta —añadió el Imperator con una floritura—, esta gran roca durmiente puede disminuir cualquier magia que sienta, incluso la de tus chamanes. Pero tiene una mayor importancia: es el medio por el que moldeamos a nuestros anuladores más consagrados.

El orgullo danzaba en el rostro de Ko'ragh. Mar'gok continuó: —Son escogidos por su resistencia. Son quemados por el calor, aplastados por rocas, privados de agua, comida y aire. Incluso los más resistentes pueden morir en el proceso.

Grommash asintió.

—Primero, aprenden los signos y patrones de una escuela de magia. Luego, deben ser golpeados por infusiones controladas de magia, como puntadas o tallas, en la presencia de esta roca. Al final, parte de su esencia vital desaparece y una pequeña porción de ella es sustituida por la magia marcada en su mismo ser. Se vuelven inmunes.

—¿A solo un tipo de magia? —refunfuñó Grommash. Mar'gok había experimentado la misma decepción hacía mucho tiempo.

—A solo una escuela —respondió el Imperator—. Hemos intentado potenciar a nuestros anuladores más hábiles con inmunidad a más escuelas. Todos murieron en el proceso. Horriblemente. Uno de ellos ardió en llamas desde su interior.

Mar'gok continuó: —Los reyes hechiceros han reunido artefactos como este durante cientos de años. Muchos afectan la forma en la que la magia trabaja sobre seres vivos, pero otras desafían cualquier descripción. Todavía hay muchos en Nagrand, enterrados en lo profundo. Compartiré su poder contigo.

El jefe de guerra caminaba cerca del artefacto, mirándolo con un renovado interés. —¿Y esto hará que los orcos sean inmunes a cualquier magia? ¿No solo los ogros?

Mar'gok contuvo una pequeña satisfacción vanidosa que intentaba mostrarse en ambos rostros. —Con el tiempo, sí. Tus guerreros no son tan fuertes como los mejores de Gran Magullador. Tomará tiempo, generaciones, para que aprendan a adaptarse, incluso con nuestro tutelaje. Pero puede lograrse.

La única respuesta de Grommash fue un fuerte gruñido. Cualquier respuesta que no incluyera un rugido o un grito debía interpretarse como aprobación.

Satisfecho, Mar'gok extendió unos dedos graníticos. —Entonces tenemos un acuerdo. El clan Gran Magullador —había saliva en sus gargantas— servirá a la Horda de Hierro. —No dijo nada sobre sus ejércitos, territorios ni defensa mutua. Dejemos que Grommash pida cada favor por su cuenta.

El Imperator miró a la mensajera de rostro marcado, ahora suya: —Dile a tu legión que deje Gran Magullador y vuelva aquí. —Ni siquiera notó que ahora respiraba con más facilidad. Estaba hecho. Dejó un sabor rancio, pero estaba hecho. El clan y la ciudad seguirían en pie y con el tiempo...

—No —Grommash lo interrumpió—, el asedio termina una vez demuestres el funcionamiento del artefacto. No antes.

Las cabezas de Mar'gok voltearon hacia Grommash.

—Si debo confiar en tu poder en batalla, lo presenciaré en batalla —continuó Grommash—. ¿Acaso no son veteranos de la arena? Es una pelea sencilla contra algunos de mis campeones. Si lo que dices es cierto, entonces no durará mucho.

(Garrafilada. No cabía duda).

—Jefe de Guerra Grito Infernal, cada ogro asesinado en Gran Magullador es uno menos que puede instruir a tus guerreros.

La mirada de Grommash hizo que la sangre corriera a las orejas de Mar'gok. Las manos del jefe de guerra estaban entrelazadas en su hacha, como si fuera un cuello; en un instante, Mar'gok entendió cuán profundo era el odio del orco. —¿Te rehúsas, Imperator?

Las mentes de Mar'gok estaban en blanco. Dentro de ellas, acechaba, insultaba. Sus palmas estaban llenas de sudor. Así era la paz con la Horda de Hierro, no un acuerdo, más bien una jaula. (¿O acaso Grommash solo había contemplado la negociación para tener una oportunidad de humillarlo?). Buscó a su séquito con la mirada, tratando de que sus movimientos fueran serenos y calculados. (¿Pero lo serían?). Había orcos por doquier, parecían ocupar toda su visión.

—No. Acepto.

Grommash Grito Infernal los guio hasta el foso de lucha.

***

En ningún otro momento los ogros estaban más en paz unos con otros que cuando conspiraban un asesinato. Mientras hurgaban por las pilas de pequeñas armas que los orcos habían preparado, seleccionando con cuidado camisotes y lanzas, podía palparse el entusiasmo de la compañía, como si fuera un gran espectáculo en el coliseo. Por fin, no había más discusiones, solo la irreflexiva simplicidad de un baño de sangre. Matar. Ganar.

Usando el andrajoso estandarte de Mar'gok, los centuriones habían construido una bandera improvisada sobre una alabarda y ahora amontonaban en sus manos espadas orcas como puñados de cuchillos. Incluso Ko'ragh, la herida de su hombro feculenta bajo vendajes musgosos, estaba de pie, levantando un par de garrotes demasiado pequeños.

Ni siquiera sabían qué iban a enfrentar. (Idiotas).

Solo Vareg lucía dubitativo. (¿Se sentía más cómodo con armas arcanas en vez de metal? Desde luego). Jugaba con un escudo, lo levantaba y luego lo ponía en su lugar, como si esperara un presagio. Mar'gok los llamó con señas, sus palabras tan antiguas como la vida misma.

—¿Están preparados para dar sus vidas por la gloria de Gran Magullador, su consejo y su Imperator?

Todos los pies dieron pisotones; todos los puños en alto.

—Triunfen hoy y nos darán mil años más en la montaña. —Miró a Ko'ragh. El anulador sonrió en respuesta.

De nuevo, Vareg se lanzó, aunque ligeramente, contra su destino. —¿Luchará a nuestro lado, Imperator? —Parecería una pregunta honesta si no hubiera intentando llamar la atención de cada centurión al mismo tiempo.

—Pelearé con ustedes, pero mi arma será la roca durmiente. Grito Infernal tiene que tener su demostración. (Haré lo que sea, Vareg).

Mar'gok se incorporó. —No conocemos la naturaleza de nuestros oponentes. Ustedes dos —dijo mientras señalaba a Vareg y Ko'ragh—, son nuestra defensa contra la magia, mientras los otros se dedican a la matanza. No prolonguen la pelea. A Grito Infernal le interesa la roca, no sus muertes.

Los ogros colgaron el estandarte de Gran Magullador en el borde del foso de lucha, una divisoria poco profunda con bordes de roca llena de arena y manchas de sangre negra violácea. Era obvio que la Horda de Hierro no tenía a nadie para limpiarlo (o no creía que la pelea valiera la ceremonia), pese a la presencia de docenas de orcos arrodillados o de pie, provocándose entre ellos. La audiencia no tenía asientos.

Mientras los orcos lo observaban, Mar'gok llevó lentamente el artefacto hasta el rincón más alejado del foso, en el lado opuesto al que se encontraba Grommash. Vareg lo siguió, tomando la parte trasera de la carreta para ayudar a empujarla.

—Imperator —susurró Vareg—, necesita apoyo para usar el artefacto. Déjeme ayudarlo.

—No —respondió Mar'gok, sacándoselo de encima.

—¿Qué pasa si resulta herido en la pelea? ¿O asesinado? Nadie más ha invocado la roca durmiente. —Sus ojos eran grandes y frenéticos. Se acercó a su rey; podía estar suplicando o preparándose para estrangularlo.

Mar'gok apartó sus manos. —No. Tu lugar está en el foso. Ve.

Increíblemente, lo hizo. Si ambos iban a morir, por lo menos Vareg moriría primero.

No había puertas de entrada en ninguno de los lados del foso. Una a uno, los otros ogros fueron saltando, levantando ráfagas de arena, y comenzaron a revisar los muros, tomar posiciones, golpear sus armas contra el terreno y a usar el suelo como su tambor compartido, golpeado con velocidad, sin cambiar de ritmo. Se levantó más arena. Cantos guturales de batalla hacían eco desde sus gargantas, sin mucha armonía.

—Están listos —dijo Grommash y toda la habladuría llegó a su fin de inmediato, como lluvia atrapada en una nube. No era una pregunta.

Mar'gok se agachó frente al artefacto. Su calor era reconfortante, aunque ya se había comenzado a sentir enervado por su presencia.

—¡Traigan a los prisioneros! —ordenó Grito Infernal.

Una docena de figuras desaliñadas fue llevada en cadenas a la parte sur del foso. Eran orcos, ninguno más grande que los guerreros al lado de Grommash, pero sus túnicas violetas llenas de orificios y su cabello y barbas descuidados los hacían ver aún más pequeños. Todos carecían de armadura y armas.

La única característica inusual era su piel verde.

Grommash le habló suavemente a un prisionero, cuyas respuestas eran inaudibles: —No te daré tu libertad, brujo —el jefe de guerra levantó su voz para que las tropas de Mar'gok pudieran escucharlo—, pero cualquiera de ustedes que mate a un ogro podrá escoger una recompensa: un catre limpio o una muerte rápida.

¿Qué era un brujo? Mar'gok nunca había escuchado esa palabra. ¿Cuál fue su crimen? El Imperator sintió una punzada de suspenso en la columna. Por su lamentable apariencia, era probable que estos orcos fueran ladrones, pero ¿Grommash permitiría que los ladrones conservaran las manos? Los ogros en el foso quedaron perplejos al ver a sus pequeños enemigos. Ko'ragh se rascó la cabeza y rio disimuladamente mientras quitaban las cadenas que sujetaban las muñecas y tobillos de los prisioneros orcos.

Cuando se acercaron, Mar'gok notó marcas protuberantes de latigazos en los brazos y hombros de los prisioneros. (Algunos cortes aún estaban frescos).

Débilmente descendieron al foso. Cuando sus pies tocaron la arena, una docena contra cinco, los espectadores comenzaron a estirar los cuellos para observar. Mar'gok contuvo el aliento en cada garganta. Seguro usarían magia, pero ¿de qué tipo? No tenían adornos, no mostraban signos.

—¡Comiencen! —gritó Grito Infernal.

Antes de que el jefe de guerra abriera la boca, Vareg ya había plantado los pies y hecho un movimiento circular con una enorme pierna, dibujando medio círculo en la arena, con las palmas hacia afuera. Los prisioneros estaban desprevenidos cuando de la arena surgió una ola de hielo que sepultó por completo a dos de ellos, aplastándolos y arrastrando los restos rojizos de sus cuerpos.

Mar'gok arañó con las uñas la base de su palma y luego la presionó sobre el artefacto. Los hechizos que tejía sobre sí mismo todas las mañanas desaparecieron: su escudo arcano invisible se disipó lentamente; su ropa se volvió más ligera y suelta a medida que perdía su inmunidad al fuego. Quedó vulnerable, pero podía sentir el poder de la roca agitándose. Se encontró con los ojos de los orcos y vio que estaban vidriosos y desenfocados. (Entonces, su magia no era de comunión).

Los otros ogros cargaron en masa desde el otro lado del foso, con varias armas pequeñas en cada puño, sus descomunales pies arrojaban arena y hielo. Rápidamente redujeron la distancia, mientras los orcos, que se movían al unísono como marionetas atadas a la misma cuerda, empezaron a invocar su magia. Había indicios de las escuelas, pero nada era seguro. (No tenían tradiciones arcanas ni chamánicas. Ya habría reconocido magia de ese tipo).

De sus labios salieron palabras hace rato olvidadas.

—¡Sepárense! —vociferó Mar'gok. Su séquito obedeció con coordinación silenciosa, abriéndose para reducir la probabilidad de que más de uno fuera golpeado por un solo ataque.

(Si los orcos variaban su magia y golpeaban a cada ogro con varios hechizos, pocos compañeros de Mar'gok sobrevivirían y eso bastaría). Empezó a tocar las espirales en la parte inferior del artefacto.

Los orcos movían los dedos rápidamente, con movimientos arcanos. El Imperator entrecerró los ojos, tratando de leer su magia mientras la invocaban, pero era extraña. Sonrió mientras Ko'ragh aplastaba afanosamente un garrote contra la garganta de uno de los orcos y se detuvo cuando vio desprenderse la piel del anulador, como una hoja en agua hirviendo.

Diez orcos liberaron la misma invocación. Mar'gok nunca había visto algo así en ningún lugar. Una siniestra llama de color amarillo verdoso, que quemaba el mismo aire en el que flotaba y extraía exhalaciones ardientes de los pulmones de todo aquel que miraba, giró por todo el foso de lucha. (No).

Golpeó a los ogros con la fuerza de un huracán y les quemó la piel en un horrible instante. Los campeones de Gran Magullador eran masas marchitas, sus cuerpos uniformes se doblaban en la arena, solo unos cuantos mechones de cabello encendidos eran la única prueba de que alguna vez tuvieron vida. (No. No).

Mar'gok golpeó el artefacto con ambas manos. No hubo respuesta.

El rey hechicero había perdido. Los rostros de Mar'gok tomaron el aspecto lánguido de la muerte. Observó a Vareg (quizás) arder y derretirse, pero ni siquiera podía sentir el regocijo usual de ver a un rival vencido.

Sucias luces amarillas y llamas verdes fosforescentes chisporroteaban en el aire y se reflejaban en los ojos desenfocados de los brujos orcos. Estos se volvieron hacia Grito Infernal y, uno por uno, intentaron (¿burlándose?) hacer un saludo.

Y Mar'gok vio movimiento detrás de ellos. En el fango con olor fétido en el que se había convertido el foso de lucha de los Grito de Guerra, Ko'ragh intentaba lentamente, atontado, ponerse de pie, su cuerpo estaba quemado y la piel colgaba en pedazos.

Por un segundo, el pie del Imperator golpeó el suelo con expectativa de intentar lo imposible. Estiró un brazo hacia el artefacto. Ya había fallado. No había riesgo en apostar con los cuerpos de Gran Magullador.

La roca gris del artefacto empezó a calentarse en el lugar en el que la tocó. Tan solo había visto esta magia unos segundos, pero quizás eso bastaría para repetirla, para imitarla. Con los dientes apretados, el rey hechicero tomó aire con tanto cuidado que parecía como si estuviera raspando un mural en madera astillada.

Finas líneas de fuego verde empezaron a grabarse en la piel de Ko'ragh, arañando su cuerpo, amenazando con quitarle la vida. La inscripción de Mar'gok cruzó un parche de carne azul marcado con runas; el anulador gritó lleno de dolor, hundiéndose en la arena.

Con la presteza de un lobo, los prisioneros orcos giraron. Uno apuntó una cruel mano de dedos largos hacia el anulador. Mar'gok perdió el coraje, esta vez peor por la pequeña esperanza de indulto, mientras las furiosas llamas brillantes aparecían de nuevo y envolvían a Ko'ragh como una túnica.

Mar'gok trazó el flujo de la inscripción hacia arriba, a tientas, hacia el punto de inicio. No podía ver a Ko'ragh. Su dedo permaneció extendido.

Entonces las llamas cesaron y se desvanecieron en el aire.

Dos escuelas de magia. Ahora el anulador era inmune a ambas. No era posible, hasta que finalmente lo fue.

De a poco, mientras Mar'gok contenía un aire abrasador en los pulmones, la sombra de Ko'ragh se elevó por las paredes del foso, cubriendo a los orcos. Estaba erguido, las marcas ahora azules y verdes ocultas bajo quemaduras oscuras. Las apresuradas inscripciones del rey hechicero eran visibles en su cuerpo y se mezclaban con las runas como una escritura en cenizas.

Con dientes apretados y ojos frenéticos, el anulador avanzó sobre los orcos. Ráfaga tras ráfaga de la abrasadora energía verde se evaporaba contra su piel.

Las armas de Ko'ragh habían sido destruidas, así que se abalanzó contra sus enemigos con las manos desnudas, aplastándolos bajo su cintura, rompiendo sus cuerpos de papel, vapuleándolos hasta convertirlos en una pulpa negra rojiza con manos y codos que parecían estalactitas.

Uno de los prisioneros orcos retrocedió ante la avalancha que consumía a sus compañeros. Abandonó los hechizos, tomó un arma del suelo y la blandió en un intento de rechazar al gigantesco ogro. Alejándose de la matanza que produjo, Ko'ragh dejó que la mordedura del acero picado impactara contra su hombro y esta apenas le rasgó la piel.

Tomó el cráneo del orco con un puño, lo apretó y lo retorció. Las manos del prisionero luchaban y rasguñaban, tratando de sacar provecho de algún lugar sensible, cualquier lugar que aflojara el agarre, pero era demasiado pequeño. Lentamente, con mucho dolor, los ojos del orco empezaron a sobresalir, brotando más allá de la frente. El anulador agasajó a su audiencia con el sonido de madera rompiéndose; luego, con un movimiento final, azotó su carga contra el suelo.

Mientras los orcos de la Horda de Hierro rugían en aprobación, el anulador levantó un solo puño, ensangrentado por el exceso de victoria, hacia el Imperator. Mar'gok cruzó los brazos sobre el pecho.

Grommash Grito Infernal lucía complacido y animado mientras gritaba junto con los otros orcos. Desde el otro lado del foso, gritó: —¡Pronto nuestros guerreros ignorarán la magia de los brujos! —Y los gritos aumentaron—. Felicidades, Imperator. Quizás tengamos un uso para tu clan, después de todo. —Se volvió hacia la mensajera de rostro marcado, hablando lo suficientemente fuerte para que Mar'gok escuchara—. Envíale un mensaje al ejército. Detengan la matanza. Los Gran Magullador ahora son sirvientes de la Horda de Hierro.

Los aplausos dispersos tardaron unos minutos en apagarse. Los Gran Magullador, sirvientes. Cambiarían, bajo pena de muerte. Pero Grommash había llamado a Mar'gok por su título. Todavía era rey.

La voz de Grito Infernal, cerca, sacó al Imperator de sus pensamientos: —Sé que tienes muchos esclavos en tu ciudad.

Porque tenía que hacerlo, Mar'gok se inclinó para responder. —Sí.

—Le entregarás todos los orcos a Kargath Garrafilada. Ahora son miembros del clan Mano Destrozada. Si hablas en mi contra, si osas rebelarte —se burló Grommash mientras pasaba—, enviaré esclavos Gran Magullador por tu sangre.

El Imperator no respondió.

Mientras los orcos abandonaban el foso, Mar'gok vio a Ko'ragh aproximarse con una sonrisa de satisfacción abrumada por el cansancio sobre su lampiño rostro, la sonrisa de aquel que no solo logró algo, sino que sabe que puede hacerlo de nuevo.

—Imperator —saludó.

—Ko'ragh. —Mar'gok no levantó su mano para felicitarlo. El anulador apenas lo notó. Estaba eufórico.

—Imperator, creo que puedo hacerlo de nuevo.

Mar'gok resopló. —¿Hacer qué?

—Volverme inmune incluso a más magia.

—Ya veo. ¿Y en qué momento pensabas contarme sobre este... talento oculto, Ko'ragh?

Ko'ragh parecía confundido. —No...

Mar'gok lo golpeó. Duro, en el rostro, rompiendo el hueso y derribándolo. Una repentina furia ardió desde el mismo ser del Imperator; pequeñas motas de saliva salían de su boca mientras golpeaba a Ko'ragh en la cabeza, pecho, hombros. Los golpes caían como granizo.

Sus puños dolían. El anulador, de rodillas, levantó ambas manos para cubrir su rostro, pero nunca respondió. Sus ojos estaban llenos de miedo, luego, consternación. Después, cuando se volvió evidente que Mar'gok no lo seguiría golpeando, se llenaron de odio. Junto con su baba, dejó caer en el polvo un diente blanco ensangrentado.

Mar'gok lo ignoró. Sin aliento, se quitó las capuchas y rascó las húmedas coronillas calvas de sus cabezas.

Al ver a la mensajera de rostro marcado llenando su bolso de provisiones, Mar'gok le lanzó una orden: —Llévalo con tus sanadores. —Y señaló a Ko'ragh con un rápido giro de su mano.

La mensajera sonrió. No dijo nada, no le prestó más atención y continuó atando descuidadamente sus botas de viaje.

—¡Ahora! —rugió Mar'gok.

Le dio una mirada a Mar'gok, ligeramente molesta, como si sus voces fueran simplemente demasiado ruidosas. Luego de un segundo, volvió a darle la espalda.

Él observaba, echando humos, mientras la mensajera se alejaba, sola.

***

El balcón de Mar'gok estaba en silencio. Las piedras dormían.

Había añadido dos más a su salón del trono tras su regreso de Grommashar. Con el servicio a la Horda de Hierro, podrían deambular por Nagrand sin castigo alguno, al menos de parte de los orcos. Seguramente Grommash lo tenía vigilado, pero ¿le molestarían unas cuantas rocas siempre y cuando sus ejércitos fueran entrenados?

Los orcos estaban aprendiendo lentamente los principios de la inmunidad a la magia. Probablemente tardarían años y esos años podían extenderse a generaciones. Mar'gok le ordenaría a Ko'ragh enseñarle a dos ogros por cada orco.

El lugar de Vareg en el consejo seguía vacante y sería llenado cuando a Mar'gok le placiera. Él elegiría a un reemplazo que no representara ningún riesgo. Los dos pesados ogrones sin cuello, pasos evolutivos entre los ogros y el lodo, que servían de guardias a las afueras de sus salones eran demasiado tontos para desobedecer. Eso era agradable.

Mar'gok esperaría. Sobreviviría a la Horda de Hierro. Grommash Grito Infernal solo sabía cargar a la batalla, no matar. El jefe de guerra nunca pisotearía las tradiciones del clan Gran Magullador mientras le fueran útiles. Solo era el guerrero con las armas más grandes. ¿Qué sabía él de un imperio? Nada.

La Horda de Hierro los llamaba sirvientes. Y el pueblo de Mar'gok serviría. Apaciguarían a Grito Infernal, mentirían sobre su tamaño. Por ahora.

Un rey puede jugar a ser campesino si mantiene oculta su corona.