La muerte cae desde el cielo
Robert Brooks
I

Flotaba en soledad. El tiempo no significaba nada. Finalmente, el sonido de la música llegó a través de la quietud.

Avancen sobre la muralla, cantaba la emperatriz. Los fuertes regresarán. Los débiles morirán.

Kil'ruk abrió los ojos por primera vez.

***

El polvo y el humo cubrían el horizonte hacia el este. A través de la bruma solo se divisaba la tenue silueta de la muralla: el Espinazo del Dragón. Los sonidos de la guerra retumbaban en el aire. Los alegres gritos de los mántides jóvenes y los alaridos de los que iban muriendo se mezclaban armoniosamente con el ruido de las hojas al chocar y la carne al desgarrarse.

El nuevo ciclo había comenzado con firmeza y con gloria.

Un grupo de ancianos mántides observaba desde una colina al oeste.

—El enjambrenato se ve vigoroso y saludable. La emperatriz los ha nutrido bien —dijo uno de ellos. Ninguno lo contradijo. Todos habían observado a los jóvenes mántides cuando se lanzaban en estampida contra la muralla, apenas unos minutos después de nacer a la vida, sin poder pensar en otra cosa que no fuese destrozar a todas las criaturas inferiores—. Su entusiasmo será de mucha utilidad si los mogu nos siguen provocando. No hay como el miedo al olvido para templar la ambición.

Los demás se limitaron a emitir un chasquido. El sonido reflejaba que estaban de acuerdo, aunque eso no significaba un compromiso. Aún no había necesidad de tomar una decisión.

Por ahora, los Klaxxi simplemente observarían. Los eventos evolucionaban de acuerdo a lo previsto.

***

Un solitario mogu, vestido con ropajes vistosos y de excelente confección, entró en la enorme tienda y miró con frialdad a los esclavos que correteaban alrededor de la extraña colección de tubos blancos y pulidos. Su voz resonó alta y desdeñosa:

— Le dijeron al señor de la guerra Gurthan que sus armas ya estarían listas. Está decepcionado por este fracaso.

Los dieciséis esclavos, en su mayoría pandaren y también algunos jinyu, se mantuvieron callados y temerosos. En el fondo de la tienda, una figura maciza se levantó lentamente. Su cara estaba envuelta por las sombras. Se inclinó hacia adelante. El reflejo de un blandón encendido iluminó el borde de su mandíbula. A pesar de las palabras hostiles del visitante, la expresión del enorme mogu era calma e intimidante.

—Si el señor de la guerra Gurthan estuviese decepcionado conmigo, me lo habría dicho él mismo, Hixin —dijo el capataz Xuexing.

—Quizás no estés al tanto de los eventos recientes. Los mántides están atacando —respondió Hixin con indiferencia, como si fuese posible ignorar los espantosos sonidos de la lucha en el lado oeste—. El señor de la guerra Gurthan tiene asuntos más importantes que atender que un arcanista atrasado y los errores de unos pocos esclavos.

—¿Atrasado? —Xuexing se contuvo. Hixin era el más escurridizo de los consejeros del señor de la guerra Gurthan. Nunca provocaba a alguien sin un motivo. Sin dudas, lo que buscaba era contarle al señor de la guerra que Xuexing había reaccionado con ira. Si no puede responder con calma a una simple crítica, señor de la guerra, diría Hixin, ¿es posible confiar en él para las tareas de máxima importancia?

Todos sabían que Xuexing gozaba de la confianza del señor de la guerra en casi todas las áreas del arcano. Incluso los zandalari buscaban sus consejos. Hixin necesitaba desacreditarlo para poder suplantarlo. Me quiere hundir para poder ascender.

—El huatang estará listo cuando esté listo —dijo Xuexing—. Y cuando así sea, yo mismo le avisaré al señor de la guerra Gurthan.

—¿Debo decirle que tendrá un arma lista en cuestión de días? ¿Semanas? ¿Meses? Los insectos no esperarán —contestó Hixin en el mismo tono indiferente y neutro de antes. Con un aire ausente, recorrió con el dedo el borde de una extraña urna ricamente adornada que descansaba sobre una mesa cercana.

—Dile lo que se te ocurra —dijo Xuexing.

—Supongo que deberé informar al señor de la guerra que no tienes una respuesta.

—No me ponga a prueba, consejero.

***

Todos juntos. Avancen sobre la muralla. Las palabras de la emperatriz llenaban sus mentes. Ella les daba un propósito. Los deseos de ella eran sus deseos, y no dudaban en obedecer.

Sin ella, los mántides no eran nada.

Los fuertes regresarán. Los débiles morirán, había dicho.

Kil'ruk y cientos de otros voladores se elevaron en el aire y avanzaron hacia el este nuevamente. Era el tercer ataque a la muralla, o quizás el cuarto. Kil'ruk no llevaba la cuenta. Lo único que le importaba era la voz de la emperatriz, que lo instaba a avanzar. Había ansiado la batalla desde su primer momento de vida, y sus instintos se ocupaban del resto. Sus antenas se retorcieron inquietas, mientras las patas delanteras se mantenían contra la parte inferior del abdomen, apoyadas cómodamente contra el caparazón. Incluso el acto de mantener las cuatro alas transparentes zumbando a la vez en su espalda era tan natural para él como respirar.

Las criaturas inferiores deben morir, les cantaba a todos la emperatriz. Arrasen con todo.

Desde lo alto, hasta la tierra misma parecía retorcerse con la cólera de la emperatriz. Miles y miles de mántides avanzaron hacia el este sin pensar, en dirección a las criaturas inferiores y su patético obstáculo. Aunque la muralla se proyectaba hacia el cielo, la emperatriz había ordenado derribarla, y así sería.

Lo llaman el Espinazo del Dragón, dijo con burla la emperatriz. Destrócenlo.

En el suelo, el enjambrenato cargó contra la muralla para intentar trepar por esa barrera escarpada. En la base del Espinazo ya se amontonaba una pila de caparazones rotos. Escalar la pared era una tarea agotadora y peligrosa, y los pocos mántides que lograban llegar a la cima se encontraban solos ante un enorme ejército de enemigos que pugnaban por defenderse, así que no duraban mucho.

Kil'ruk y los demás voladores merodeaban muy alto por encima de las almenas de la muralla, lejos del alcance de los arqueros. Cada uno de los mántides llevaba una red cargada con unas extrañas pepitas que despedían un humo venenoso. El herrero de ámbar con un solo ojo que las había creado las llamaba cartuchos. "Decoren sus cabezas con esto", había susurrado mientras llenaba las redes que sostenía con sus patas delanteras.

Los voladores sacaron sus cartuchos de las redes y los dejaron caer. Los cartuchos se abrieron y rociaron ácido y veneno sobre los enemigos más cercanos. Las criaturas inferiores huyeron despavoridas mientras gritaban de dolor y desesperación, pero el veneno pronto se dispersó en el viento. Los enemigos se reacomodaron en la muralla y lanzaron más flechas y rocas contra los mántides que trataban de trepar.

Kil'ruk siguió arrojando los cartuchos, pero lo invadía una extraña insatisfacción. Quería ver de cerca la agonía de las criaturas inferiores. Quería bañar de sangre las almenas. Tirar los cartuchos desde tan alto parecía algo demasiado limpio y distante, y no tan útil.

Cuando se quedaron sin cartuchos, los mántides volaron de regreso hacia el herrero de ámbar. Los demás iban chasqueando alegremente pero Kil'ruk meditaba en silencio. El herrero de ámbar tenía más redes listas a la sombra de un retoño de árbol kypari.

Durante dos días y dos noches repitieron las mismas acciones: volaban hacia la muralla, dejaban caer los cartuchos desde lo alto y volvían para recoger más redes, una y otra vez.

Cuando llegó la segunda noche del ciclo, la mayoría de los mántides del grupo de Kil'ruk yacían agotados bajo los árboles kypari. Kil'ruk se limitó a tomar otra red con cartuchos y emprendió el vuelo sin ellos.

La muralla seguía en pie. Los enemigos de la emperatriz aún estaban vivos. ¿Cómo podía descansar?

No se permitió sucumbir a la fatiga hasta que el sol salió el cuarto día.

II

Un halcón atravesó la brisa de la tarde, muy alto en el cielo. Era la figura de un cazador solitario. Casi todas las demás criaturas que habitaban las tierras de los mántides habían huido apenas había comenzado el ciclo. Solo algunos cachorros de mures, demasiado pequeños para poder seguir el éxodo, permanecían en sus madrigueras estremecidos por el sonido de la batalla en la distancia. Una de las pequeñas criaturas asomó la cabeza por encima del suelo y olisqueó el aire con la esperanza de encontrar comida.

El halcón lo descubrió. Al instante, plegó las alas contra el cuerpo y se lanzó hacia abajo formando un arco. Solo un segundo antes de tocar el suelo, desplegó las alas y las sacudió en el aire. Tras un frenesí de movimientos, ascendió casi verticalmente, con un cachorro de mur que se retorcía en sus garras. El halcón lo apretó con fuerza y el mur quedó definitivamente inmóvil.

El halcón emprendió el vuelo de regreso a su nido, en lo alto de un árbol kypari. De pronto, cambió de dirección y dobló en un ángulo amplio alrededor de un solitario volador mántide que sobrevolaba el suelo.

El halcón lo observó receloso, pero cuando se hizo claro que el volador no se preparaba para atacar a ninguna criatura allá abajo, el ave lanzó un furioso chillido por el tiempo perdido y se alejó. La falta de una presa fácil lo había dejado hambriento.

Kil'ruk, el solitario mántide, lo observó alejarse con asombro.

***

—¿Un halcón?

—Un halcón —asintió el anciano mántide conocido como Klaxxi'va Pok—. Este mántide está fascinado con un halcón. Obsesionado, quizás. Trata de imitarlo constantemente.

—Bajar en picado desde lo alto es imposible para nosotros —objetó el otro. Tenía alas, a diferencia de Klaxxi'va Pok—. Los que fuimos bendecidos con el poder de volar podemos sobrevolar el suelo e ir rápidamente de un lugar a otro, esa es nuestra ventaja. Ese enjambrista es un suicida. La tensión que se necesita para detenerse después de bajar en picado desde tanta altura le arrancará las alas de la espalda.

—Como acabo de decirte, practica todo el tiempo —respondió Klaxxi'va Pok—. Ayer logró un recorrido de 10 zancadas. Esta mañana, 15 zancadas.

—No me parece muy útil, solo...

—Esta tarde, 25 zancadas —concluyó Klaxxi'va Pok.

El otro anciano mántide permaneció en silencio mientras se frotaba lentamente las patas delanteras en señal de contemplación. Recuperarse de un vuelo en picado sin control de 25 zancadas era el límite, incluso para los voladores mántides más avanzados.

—¿Así que se está volviendo más fuerte?

—Sí.

—¿Mucho más fuerte?

—Así parece —respondió Klaxxi'va Pok.

—Interesante.

—Mucho más de lo que te imaginas —agregó Pok—. Apenas pasó una semana. El enjambrenato aún es muy frágil y terriblemente inmaduro. Dependen por completo de la voz de la emperatriz, y ella no ha dicho nada sobre semejantes tácticas.

El otro mántide chasqueó lentamente sus mandíbulas para indicar que había entendido.

—Actúa por iniciativa propia. No solo por los deseos de la emperatriz. Muy prometedor, para ser un mántide tan joven. —Sus antenas se movieron levemente y de su boca escapó una seca risa ahogada—. La última vez que surgió un dechado del enjambrenato fue hace tres ciclos. Quizás este también pronto se gane un segundo nombre.

—Quizás —agregó Klaxxi'va Pok—. O quizás sea simplemente otro que muere antes de alcanzar su potencial.

—Ciertamente. Después de todo, así es como funciona el ciclo.

***

Yong se consoló a sí mismo con un pensamiento simple: todo acabará pronto.

Las palizas salvajes de las últimas horas habían dejado casi ciego al esclavo pandaren, que apenas podía distinguir algunas sombras y figuras vagas. Dos guardias mogu lo arrastraron a la luz del sol y lo encadenaron a un poste. No estaba seguro de que fuesen los mismos que había atacado el día anterior.

Espero haberlos lastimado, pensó con cansancio. Había sido un gesto patético, y sabía que solo significaba su muerte, pero aun así no se arrepentía ni por un instante. Ya no tienen mi obediencia. No la merecen.

—Vamos a probar algo nuevo contigo —dijo uno de los mogu—. Xuexing, dispara cuando estés listo.

Yong estaba demasiado exhausto para sentir miedo, pero tenía curiosidad. Pestañeó con fuerza para ver mejor la figura que tenía ante sus ojos.

Era extraño. Parecía que los mogu iban a ejecutarlo con una especie de enorme panal de color blanco.

Lo último que Yong oyó antes de morir fue el sonido crujiente de la energía arcana.

***

El atardecer del noveno día comenzó y cedió paso a la noche. Al amanecer, Kil'ruk podía bajar en picado 50 zancadas. No estaba satisfecho. El halcón había descendido un recorrido de al menos 100 zancadas. De todas formas, podía sentir que sus alas se habían fortalecido y que los músculos de su espalda se habían vigorizado.

El herrero de ámbar había cambiado de lugar por la noche y había colocado las redes en las laderas situadas en las afueras de Klaxxi'vess, la sede del consejo cultural de los mántides. Cuando Kil'ruk regresó de la muralla no pudo evitar detenerse y contemplar extasiado la arquitectura de ámbar en la cima de la colina. Desde luego, tenía prohibido ingresar. Entrar al reino de los Klaxxi sin invitación significaba una muerte segura.

No era la primera vez que Kil'ruk se preguntaba por qué los Klaxxi casi nunca se dejaban ver. Aunque los mántides trataban al consejo con respeto, eran muy pocos los enjambristas que habían divisado a sus miembros fuera de las fronteras de su hogar. Nadie había visto a ningún Klaxxi en la lucha. En medio de una batalla permanente por la gloria, el consejo no parecía muy útil.

El herrero de ámbar sacó a Kil'ruk de sus pensamientos.

—¿Hay algo que te preocupe, enjambrista?

Muchas cosas. Kil'ruk disparó la pregunta que había tenido en la cabeza todo el día.

—¿Qué pasa con las criaturas inferiores?

—¿A qué te refieres?

¿Cómo es posible que un halcón vuele mejor que yo? Yo soy uno de los elegidos por la emperatriz, pensó Kil'ruk, aunque no dijo eso. Sentía vergüenza de su propia incapacidad, y no tenía ningún deseo de revelársela a alguien más. Hizo una pregunta diferente:

—Veo diferentes criaturas peleando contra nosotros en la muralla. Diferentes formas, diferentes tamaños, diferentes seres. ¿Por qué están juntos?

El herrero de ámbar se rio divertido.

—¿Juntos? Los saurok y los pandaren son esclavos de los mogu. No tienen otra opción, tienen que pelear contra nosotros.

¿Saurok? ¿Pandaren? Kil'ruk no conocía esos nombres. Para él, los enemigos que se defendían de su ataque eran solo criaturas inferiores. El herrero de ámbar estaba ansioso por explicarle:

—Los luchadores escamados y habilidosos son los saurok. Las criaturas peludas y panzonas son los pandaren.

El herrero de ámbar habló largo y tendido acerca de los mogu y le contó cómo habían aprovechado el poder de los usurpadores para fundar su imperio miles de años atrás, cuando se volvieron poderosos mientras sometían a otros. Muchas de las grandes obras de los mogu no habrían podido realizarse sin la fuerza de sus esclavos conquistados.

Cuando Kil'ruk le preguntó cómo habían aprendido a pelear los esclavos, el herrero de ámbar volvió a reír.

—Los saurok nacieron para matar. Aún no han encontrado otro propósito en su vida. Y los pandaren, bueno... Tienen prohibido usar armas a menos que estén en la muralla, peleando contra nosotros.

Las patas delanteras de Kil'ruk se agitaron con incredulidad.

—¿Los mogu envían a criaturas sin entrenar a la batalla? No pueden ser tan estúpidos.

—Es así, enjambrista —dijo el herrero de ámbar—. Los mogu aplastan cualquier rebelión apenas aparece. Los pandaren que muestran cualquier señal de desacuerdo son enviados a la muralla como castigo. Es por eso que los más fuertes están acá para pelear contra nosotros, pero vienen acá solo para morir.

Kil'ruk no sabía que los mogu tenían semejante sentido del humor. Se rio hasta que le dolieron las antenas.

***

Un joven pandaren sirvió una taza de té. Algunas gotas cayeron al piso, y el esclavo tembló de miedo. Xuexing lo ignoró y sorbió el té gentilmente.

—Me complació ver la exitosa demostración del huatang. El señor de la guerra Gurthan desea que lo uses en la batalla de inmediato —dijo Hixin.

—Dile al señor de la guerra Gurthan —respondió Xuexing, con una voz que resonó en toda la tienda— que deseo discutir con él en forma personal y privada la forma en que le gustaría usar el huatang.

—No hay necesidad —contestó Hixin. El consejero le extendió un pergamino enrollado, una orden oficial del clan Gurthan sellada con magia. Xuexing tomó el pergamino y lo examinó con desconfianza.

—¿Qué es esto?

Hixin bebió un pequeño sorbo de té.

—La voluntad del señor de la guerra Gurthan.

Xuexing observó cuidadosamente al otro mogu. Era inconcebible que el señor de la guerra Gurthan usase a esta criatura indolente como intermediario, y sin embargo el sello parecía genuino. Conjuró un poco de magia para abrir el pergamino, que contenía solo un breve mensaje.

Despliega tu potencial al caer la noche. No vuelvas a decepcionarme.

Xuexing no dijo nada. Solo se oía el sonido distante de la batalla y la respiración agitada y temerosa de los esclavos pandaren que permanecían arrodillados en una de las esquinas de la tienda.

El huatang solo se había probado una vez, y en un esclavo. Nunca se había puesto a prueba en la batalla. El más leve desequilibrio en el flujo de energía podía alterarlo. Y un gran desequilibrio podía ser simplemente catastrófico.

La batalla tiene su propia forma de generar desequilibrios, pensó Xuexing sombríamente.

Pero no admitiría eso adelante del inútil que tenía enfrente. Xuexing vació su taza.

—Que así sea. Dile al señor de la guerra que pronto dominará los cielos. —Se levantó para irse—. Gracias por el té.

Ni siquiera se molestó en llevarse el pergamino. Hixin lo observó mientras se iba, y no se permitió esbozar una sonrisa hasta que Xuexing despareció de su vista.

—Deshazte de esto —le dijo al esclavo, mientras le entregaba el pergamino.

***

—Quiero una hoja —dijo Kil'ruk.

El herrero de ámbar parecía confundido.

—¿Para qué?

—Necesito garras.

—¿Qué?

—He visto cómo los mántides pelean en tierra con hojas afiladas —explicó Kil'ruk—. Quiero unirme a ellos.

—Eres un volador —respondió el herrero de ámbar—. No estás hecho para eso.

—Los que no tienen alas no pueden llegar a las almenas —dijo Kil'ruk—. Escalar es demasiado peligroso. Hay pilas y pilas de mántides muertos a lo largo de la base de la muralla. Yo tengo alas. Yo puedo caer sobre las almenas desde lo alto.

—No estás hecho para eso —repitió el herrero de ámbar, más confundido que antes—. Aún puedes sentir la voluntad de la emperatriz, ¿verdad? Ella dice que permanezcas en el aire.

—Yo seré sus garras —murmuró Kil'ruk.

—No entiendo.

—Entonces no tengo nada más para decirte.

En el ocaso del décimo día, Kil'ruk logró sobrevivir a una bajada en picado de 75 zancadas.

III

El decimocuarto día de su vida, Kil'ruk se ganó el favor de la emperatriz.

Kil'ruk y el resto de los voladores estaban dejando caer los cartuchos sobre las almenas, sobrevolando sin peligro lejos del alcance de cualquier enemigo. Aunque esa insistente sensación de inutilidad seguía absorbiendo los pensamientos de Kil'ruk, obedeció las órdenes de la emperatriz y no dejó de arrojar veneno sobre las criaturas inferiores.

Su red estaba casi vacía cuando se oyó un extraño y ensordecedor sonido: era una especie de crujido seguido de un traqueteo profundo y repetitivo, como si fuese el tronco de un árbol gigante que se quiebra y cae en medio del vendaval de una tormenta.

La primera reacción de Kil'ruk fue de confusión. Nunca antes había oído un sonido tan extraño. Un instante después, el aire se llenó de gritos espantados de asombro y dolor. Hacia el norte, cinco voladores se desplomaron desde el cielo, entre pedazos de carne y alas. Los demás mántides comenzaron a chasquear, alarmados. ¿Arqueros? ¿Con mejores arcos, quizás? No habían sido una amenaza de temer en los ataques anteriores.

Después de buscar alguna pista en el suelo durante algunos minutos, Kil'ruk logró divisar una extraña forma en los extremos del campamento mogu levantado detrás de la muralla. Desde su perspectiva, en principio parecía una especie de panal, pero cuando se acercó un poco más se dio cuenta de que se trataba de una serie de tubos apilados en una estructura de forma redonda, de la altura de un mogu. De sus aberturas salía humo blanco.

Habían colocado la estructura de tubos sobre ruedas y los habían apuntado directamente en dirección a los mántides.

Los esclavos caminaban con rapidez alrededor de la parte delantera del panal para llenar los tubos con puñados de guijarros.

Nuevos crujidos se sintieron en el aire.

Kil'ruk lo comprendió justo a tiempo.

***

Xuexing llenó la parte trasera del arma con poder arcano en una violenta ráfaga.

¡BUUUM!

El sonido de la explosión anuló cualquier otro ruido, y sintió en su pecho la conmoción de un golpe similar al de un martillo. Las nubes de humo blanco empañaron su visión. Pudo ver borrosamente las figuras de varios esclavos pandaren que yacían en el suelo, adelante del huatang. Muertos, seguramente. Xuexing no había esperado a que saliesen del paso.

Esto les enseñaría a los demás a moverse con más rapidez.

Cuando el humo comenzó a disiparse, los efectos del arma se hicieron evidentes. La primera ráfaga había sido algo amplia y solo había matado a unos pocos voladores en el extremo norte del enjambre, pero la segunda ráfaga había sido letal. Muchos voladores mántides cayeron a tierra, algunos destrozados. Xuexing incluso había visto a uno que se aferraba a su red, con las alas inmóviles. Quizás unos tres o cuatro voladores habían logrado escapar intactos y habían tenido la percepción necesaria para regresar a sus tierras, fuera del alcance de Xuexing.

—¡Recarguen! —bramó Xuexing. Los esclavos metieron más guijarros y piedras en los tubos, empujándolos con fuerza. Con cuidado, Xuexing comenzó a reunir más energía para volver a disparar. Probablemente no era necesaria una tercera ráfaga pero ¿para qué arriesgarse? El arma funcionaba mucho mejor de lo que había soñado.

El cielo sobre esta sección del Espinazo del Dragón se había limpiado con solo dos salvas. Debo agradecer a los zandalari por esto, pensó. Aunque la forma en que los trols controlaban lo arcano era primitiva en comparación con el control de los mogu, al observar sus técnicas Xuexing se había inspirado de diferentes maneras.

¿Quién más, entre los mogu, habría imaginado que el uso de pequeñas piedras, impulsadas a una increíble velocidad por la energía arcana, podía causar tanto daño?

***

Los gritos de los heridos provenían de todas partes. Casi todos los mántides habían sido destruidos. Las piedras y los guijarros habían destrozado a cientos y cientos de voladores y habían abiertos agujeros en sus caparazones. Todos habían caído fuera de control.

Kil'ruk cayó con los demás, pero no fuera de control. No se estaba muriendo.

Estaba bajando en picado. Como el halcón.

Un segundo antes del disparo proveniente del panal, Kil'ruk se había abrazado a su red y había plegado las alas contra la espalda. Los cartuchos de la red lo habían protegido de la peor parte del disparo del arma, y el resto de los guijarros había atravesado el aire silbando junto a su cuerpo.

El viento soplaba a una velocidad increíble. Mientras Kil'ruk iba descendiendo, sentía cómo se le aceleraba el corazón. Los mogu no habían disparado por tercera vez. Seguramente pensaban que todos los voladores estaban muertos.

Era hora de sacarlos de su error.

—¿Puede verme, emperatriz? —susurró Kil'ruk. Con la sorpresa del ataque había olvidado la canción, pero ahora podía oír nuevamente a la emperatriz que cantaba con suavidad y le ordenaba al enjambrenato que avanzara. ¿Había cierto tono de tristeza en su melodía? ¿Había observado los destrozos causados por la nueva arma de los mogu?

Kil'ruk soltó la red, que pareció alejarse flotando lentamente. Abrió un poco las alas, y sintió el impacto del aire a toda velocidad. Era doloroso. Parecía que podía arrancarle las alas de un golpe. Este recorrido sería mucho más largo que todos los que había ensayado anteriormente. Quizás debería caer unas 200 zancadas, o quizás 250.

—Míreme, emperatriz.

***

—¡Están todos muertos! —gritó Xuexing. Hizo un cuidadoso giro de la muñeca para relajar su voluntad, y la energía arcana que había reunido lentamente se apagó—. ¡Vamos hacia el norte!

El norte era la Puerta del Sol Poniente, donde los esperaba la más grande concentración de mántides. Primero eliminaría a cualquier volador que quedase por ahí, y luego...

Una sombra cubrió a Xuexing. Apenas tuvo tiempo de mirar hacia arriba antes de que el ensordecedor chirrido de furia mántide descendiese sobre su cuerpo.

***

Kil'ruk aterrizó y golpeó con los pies el estómago del mogu. Trató de clavarle en el pecho las patas delanteras, pero el impacto había sido extraordinariamente violento. El mogu quedó despatarrado y Kil'ruk salió despedido y resbaló en el barro, y solo pudo detenerse contra las endebles paredes de tela de una tienda de esclavos.

En la mente de Kil'ruk surgió con calma un pensamiento. Necesito practicar los aterrizajes.

Kil'ruk despejó su mente y se levantó de un salto. Estaba rodeado de criaturas inferiores, pero su entrada dramática los había sorprendido. Los pandaren, e incluso los saurok, instintivamente se echaron hacia atrás con asombro.

A sus pies yacía un pandaren muerto. Sus heridas eran muy extrañas, posiblemente las había causado el panal. Fuego amigo. Una espada astillada descansaba junto a la criatura. Acero barato, de mala calidad. Patético. De todas formas, Kil'ruk tomó la espada. Necesitó un momento para acostumbrarse al peso y aferrarla sin torpeza.

Fue entonces que Kil'ruk recordó al halcón y sus garras, y la naturalidad con que las había usado para atrapar a su presa. Ahora tengo una garra.

De pronto, la espada parecía una prolongación de su cuerpo. Ya no parecía un objeto extraño en su mano, sino algo tan natural como las alas en su espalda.

Kil'ruk oyó una explosión ensordecedora en las almenas y se estremeció, al igual que las criaturas inferiores. Ah, sí. Mi red. La red aún contenía muchos cartuchos cuando Kil'ruk la soltó mientras caía. Al golpear contra las almenas, todos los cartuchos habían explotado a la vez. La nube de veneno y ácido se expandió rápidamente. Al menos eso mantendría ocupadas por un tiempo a las criaturas que defendían la muralla.

Kil'ruk dejó que sus alas lo impulsasen contra la masa de criaturas inferiores que estaban cerca del panal. Su nueva garra se llenó de sangre.

***

Era una locura. Los voladores mántides jamás peleaban mano a mano en tierra. Nysis rugió la orden para los demás saurok: rodear y atacar. Incluso los mejores luchadores mántides caían con esta táctica. Si los esclavos pandaren eran astutos, se apartarían del camino. De lo contrario...

El volador enloquecido saltó sobre un pandaren que huía y le abrió la panza con las patas delanteras. Nysis fue al ataque con su espada de acero en alto, pero el mántide hizo zumbar sus alas y se elevó en el aire, fuera de su alcance.

Nysis dudó.

El mántide bajó y evisceró a otro saurok con un corte que casi pareció casual. Luego volvió a elevarse en el aire. Rodearlo no serviría de nada. Tiene alas. Los pensamientos de Nysis se congelaron en su mente. Si no podían rodearlo, ¿había algo que pudiesen hacer? El mántide se inclinó sobre un saurok moribundo, y Nysis arremetió contra su lado desarmado.

Para su asombro, la estocada de su espada quedó bloqueada por el acero. El mántide había tomado otra espada, la del saurok.

El volador giró y lo atacó con las dos espadas. Nysis solo logró eludir una. Una herida profunda y mortal se abrió en su pecho. El mántide giró para alejarse y saltó sobre nuevos oponentes mientras lanzaba un grito extraño, algo acerca de una "emperatriz".

Nysis cayó al suelo y sintió cómo el calor de la vida desaparecía contra el barro helado.

Una locura.

***

Esto no está sucediendo. Xuexing lanzó otra explosión de arrabio y volvió a fallar. Esto no puede estar sucediendo. El otro mogu que estaba junto a él trastabilló hacia atrás, con el muslo abierto hasta el hueso. ¡Es solo un mántide! El volador se elevó en el aire mientras Xuexing disparaba en el lugar donde había estado un segundo antes.

No había tiempo para estrategias. Xuexing se agachó y ahuecó las manos para reunir cada palmo de poder que pudiese convocar, sin importarle la proximidad del nuevo huatang. Era un dispositivo sensible, y podía reaccionar mal con tanta energía, pero eso era un problema a resolver después. Ahora...

Shushhh...

Xuexing contempló con sorpresa el acero que sobresalía de su pecho. El mántide le había arrojado una de sus espadas. Esto no está sucediendo, gimió su mente. Cayó al suelo sobre las manos y las rodillas.

No. No permitiría que este mántide sobreviviese. Xuexing siguió reuniendo poder aunque la oscuridad comenzaba a enceguecer su visión. El aire a su alrededor pareció infundirse de esa energía crepitante.

Levantó una mano débil y temblorosa hacia el volador.

***

De todos lados salían sonidos crujientes, descontrolados y furiosos. La expresión del mogu moribundo le había transmitido a Kil'ruk todo lo que necesitaba saber. El volador se elevó en el aire sin pensarlo dos veces.

El mogu levantó la mano en dirección a Kil'ruk con su último aliento, pero justo antes de que pudiese liberar el hechizo el último soplo de vida dejó su cuerpo. La criatura quedó inerte. De pronto, la energía que había reunido comenzó a dispararse en todas direcciones.

El panal tembló y se sacudió, y luego desapareció en medio de una centellante ola de choque de pura luz. Kil'ruk siguió volando hacia arriba hasta que los ecos de la explosión se disiparon.

Allá abajo, podía ver el extremo del campamento mogu que se incendiaba. Las tiendas y los enemigos cercanos habían sido destrozados por la explosión. Incluso el lado posterior del Espinazo del Dragón parecía chamuscado. Fuese lo que fuese esa apestosa arma, era inestable, y podía ser peligrosa incluso para los que trataban de usarla. Kil'ruk lo tendría en cuenta si volvía a ver alguna.

Mientras volvía en dirección al lugar donde estaba el herrero de ámbar, se dio cuenta de que algo había cambiado. La emperatriz estaba cantando una nueva canción.

Contemplen al poderoso, cantaba la emperatriz. Contemplen al fuerte. Vean el humo que se levanta del campamento de las criaturas inferiores. Su nueva arma ha desaparecido, destruida por mi favorito.

—¿Emperatriz? —susurró Kil'ruk—. Emperatriz, ¿me ha visto? —Sus antenas se retorcieron en éxtasis. La emperatriz cantaba acerca de él. Mi favorito.

El enjambrenato que estaba en tierra lo contempló mientras pasaba volando. Los voladores lo rodearon y comenzaron a seguirlo en su regreso al hogar. Contemplen mi cólera, que golpea desde lo alto, cantaba la emperatriz. Contemplen la muerte que cae desde el cielo. Contemplen al Atracavientos.

Los mántides repitieron sus palabras con reverencia.

El Atracavientos.

—Emperatriz —dijo Kil'ruk. Ella  lo había visto.

El Atracavientos.

Cuando Kil'ruk se acercaba a Klaxxi'vess, vio a un halcón sobrevolando en círculos uno de los árboles kypari.

Era el mismo que había visto varios días antes.

Kil'ruk voló en su dirección. El halcón vio que se acercaba y se lanzó en picado.

***

El halcón, pensó Kil'ruk varios minutos después, sabe realmente bien.

IV

—Tenemos mucho de qué hablar, Atracavientos —dijo Klaxxi'va Pok.

Kil'ruk alzó sus nuevas espadas, forjadas con la más pura kyparita disponible, según las órdenes de la emperatriz. Brillaban con destellos a la luz del día. Solo un favorito puede recibir semejante honor.

—Hablaremos una vez que todas las criaturas inferiores hayan sido destruidas.

—No te demoraremos mucho.

—La emperatriz ha ordenado la muerte de todas las criaturas inferiores —dijo Kil'ruk. El anciano mántide tenía una extraña mirada en sus ojos. Casi como si estuviese decepcionado porque Kil'ruk no ignoraba las órdenes de la emperatriz—. Cualquier demora es inaceptable.

—Muy bien —dijo en voz baja Klaxxi'va Pok—. Ten cuidado. Estoy seguro de que las criaturas inferiores harán todo lo posible para impedir que alcances tu potencial. Incluso pueden tener más armas malignas como el panal, y las usarán para atacarte.

—Excelente. También las destruiré.

***

El señor de la guerra Gurthan acarició suavemente la frente del joven quilen sentado pacientemente a su lado, mientras contemplaba al solitario mántide que descendía a toda velocidad sobre las almenas distantes. Flechas delgadas y oscuras surcaron el cielo para alcanzarlo, pero fallaron. El mántide desapareció detrás del borde de la muralla, y Gurthan ya no pudo seguir viendo la batalla. A juzgar por los gritos que se oían desde el campamento, sus guerreros no la estaban pasando muy bien.

—Explícamelo otra vez, Hixin —dijo Gurthan, con la vista fija en el Espinazo del Dragón—, ¿por qué Xuexing se lanzó a la batalla sin mi permiso?

—Parece que tuvo un exceso de confianza en sus habilidades, señor de la guerra —respondió Hixin—. Desde luego, yo le imploré durante semanas que te hiciese saber cuándo estaría listo el huatang para que juntos pudiesen elaborar una estrategia...

Gurthan no dijo una palabra. Simplemente metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño trozo de pergamino, que sostuvo en su mano con el brazo extendido. Hixin se quedó en silencio.

Fulmin, uno de los consejeros más jóvenes, tomó el pergamino y lo observó. Su expresión fue de confusión.

—Esto tiene su sello, señor de la guerra.

—Así parece —respondió Gurthan.

Hixin retrocedió con inquietud.

***

El herrero de ámbar había hecho un buen trabajo. Las dos hojas de ámbar iguales se sentían equilibradas y diestras en las manos de Kil'ruk, y la armadura le calzaba a la perfección, sin restringir su capacidad para volar o matar.

Kil'ruk abrió un surco en medio de las fuerzas enemigas. Hoy habían enviado lo mejor que tenían. Eso era bueno. Hoy, él les demostraría que ni eso podría detenerlo.

***

A pesar de la distancia, el señor de la guerra Gurthan podía ver las espadas del mántide bañadas en el espeso líquido de color rojo oscuro. La visión de un solo mántide abriendo surcos en medio de sus fuerzas era exasperante. Humillante. Esto es lo que el huatang debía evitar.

—¿Sabes dónde se encontró este pergamino, Hixin? —preguntó Gurthan.

—No lo sé, señor de la guerra.

—Un joven pandaren lo entregó. Uno de tus esclavos, según me dicen. Dijo que le ordenaste deshacerse del pergamino después de habérselo mostrado a Xuexing. Según parece, el esclavo creyó que encontraría un amo menos cruel si exponía tu traición —explicó Gurthan.

La reacción fue instantánea y vehemente.

—Mentiras —escupió Hixin—. Tráiganlo ante mí. Veremos qué tiene para decir cuando...

—El muchacho está muerto. —Las palabras del señor de la guerra Gurthan paralizaron la lengua de Hixin—. Todo esclavo que toca un sello oficial del clan Gurthan debe ser ejecutado, por supuesto, pero te aseguro, Hixin, que fue… alentado… a decir la verdad antes de morir.

Hixin miró alrededor nerviosamente.

—Señor de la guerra, no puedes creer en las palabras de un esclavo moribundo, ¡apenas un niño! Te he servido fielmente todos estos años.

—Recuerdo este pergamino —dijo el señor de la guerra Gurthan—. "Despliega tu potencial al caer la noche". Yo conjuré esas palabras hace más de tres años. Creo que estaban dirigidas a uno de mis jóvenes maestros de bestias, pues le pedía una demostración de sus habilidades para entrenar un quilen para la batalla. Las circunstancias hicieron que el documento no fuese necesario y nunca fue enviado. Por eso el sello jamás se rompió y el documento se envió a mis archivos. Estuve averiguando desde la muerte de Xuexing. Parece que el pergamino fue robado hace poco.

—Señor de la guerra, yo...

—Tú fuiste mi jefe de archivistas durante años, ¿no es verdad, Hixin?

Hixin cayó sobre sus rodillas mientras balbucía una disculpa que nunca pudo completar. El señor de la guerra Gurthan frunció los labios y silbó dos veces: un tono largo, y luego uno corto. El quilen que estaba a sus pies saltó a la garganta de Hixin. El consejero (o ex consejero) soltó un ahogado grito de terror.

Los desagradables sonidos solo duraron un momento. Rápidamente, el quilen volvió trotando junto al señor de guerra, con la sangre chorreando de sus colmillos. Los demás consejeros no podían quitar los ojos de lo que había quedado en el lugar.

—No está bien —les dijo a todos el señor de la guerra Gurthan— que yo tenga que enterarme de la verdad a través de los quejidos de un esclavo moribundo.

Se volvió hacia la muralla.

—Cada cien años, los mántides atacan. Cada cien años, peleamos contra ellos y logramos detenerlos, y se retiran nuevamente a sus tierras como si nunca hubiesen tenido intención de atacarnos. Nadie nunca supo por qué.

Gurthan bajó la voz hasta convertirla casi en un susurro.

—No pedí estar a cargo del Espinazo del Dragón para conformarme solo con una nueva retirada. El arma de Xuexing era una oportunidad para cambiar la historia, para finalmente tener el control de las tierras que están más allá del Espinazo del Dragón y finalmente lanzar un ataque contra los mántides. Esa oportunidad ha sido saboteada. Va a llevar un tiempo volver a construir más huatang. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

Los consejeros permanecieron en silencio. La mayoría seguía con la mirada fija en los restos de Hixin. Finalmente, Fulmin carraspeó.

—La reliquia, señor de la guerra.

El señor de la guerra Gurthan lo miró con desdén. La reliquia era un proyecto que Xuexing había estudiado muchos años antes de que apareciese el enjambre mántide. Era un objeto fascinante de origen arcano, pero ningún experimento había logrado producir algo más útil que un irritante zumbido.

—La reliquia no es un arma, Fulmin.

—Y sin embargo puede actuar como un arma.

—¿Cómo? Entiendo que alguna vez se usó para comunicarse... —Gurthan hizo una pausa. Se le había ocurrido una idea interesante—. ¿Estás sugiriendo que podemos negociar con los mántides? Quizás si pudiésemos convencerlos de unirse al clan Gurthan...

—No, señor de la guerra. La reliquia usa sonidos que nosotros no podemos oír. Xuexing experimentó con eso hace mucho pero no le encontró ninguna utilidad. Cuando probó la reliquia con abundante energía arcana, describió los efectos como similares a "una pared de sonido" que estaba más allá de nuestra capacidad auditiva —explicó Fulmin—. No le encontró a eso ninguna utilidad, teniendo en cuenta los peligros de usar la reliquia.

—¿A dónde quieres llegar? —preguntó Gurthan.

—Los experimentos de Xuexing se realizaron en el valle. Ahora estamos mucho más cerca de la muralla. Sugiero que sobrecarguemos esta reliquia con toda la energía posible. Quisiera probar la "pared de sonido". Si estoy en lo correcto, la energía arcana obstaculizará la comunicación entre los mántides, y hasta la anulará por completo.

El señor de la guerra Gurthan necesitó un momento para comprender.

—Estás hablando de una teoría no comprobada.

—Sí, señor de la guerra.

—La que dice que la emperatriz mántide le da órdenes y dirige a su enjambre a la distancia. Que puede hablarles a través de sus mentes.

—Sí, señor de la guerra.

Gurthan pensó en lo que significaban las palabras de su consejero.

—Tú crees que existe una conexión, que la reliquia y la emperatriz se comunican de la misma manera. ¿Cómo actuaría exactamente la reliquia si se sobrecarga? ¿Anularía las palabras de la emperatriz?

—Básicamente, señor de la guerra. Quizás podemos ahogar su voz. Como mínimo, la reliquia puede confundir a los mántides. Como máximo… —Fulmin se encogió de hombros—. No estoy seguro. El efecto podría ser drástico. Sospecho que puede provocar una tremenda reacción.

El señor de la guerra Gurthan volvió a acariciar la frente del quilen.

—Si estás equivocado, no ganamos nada.

—Si estoy equivocado, no perdemos nada —respondió Fulmin.

El señor de la guerra Gurthan sonrió.

—Excepto a ti. Me han dicho que la reliquia es muy inestable. Una vez amplificó cien veces una pequeña cantidad de energía y la envió de vuelta en dirección a un arcanista. Fue muy desagradable. Algo feo de ver. Miró en dirección a los restos de Hixin.

Fulmin inclinó la cabeza.

—Estoy dispuesto a correr el riesgo.

—Busca la reliquia y tráela.

—Sí, señor de la guerra.

***

Kil'ruk se alejó de la muralla. Sentía los brazos y las patas delanteras placenteramente doloridos después de un día productivo. Aunque un pequeño corte en su pierna derecha le causaba cierto dolor, había masacrado a las criaturas inferiores sin recibir ninguna herida de importancia.

—Emperatriz, ¿lo ha visto todo? —murmuró. Kil'ruk dejó que la canción de la emperatriz invadiera su mente y...

Oyó un ruido terrible. Un sonido horrible, espantoso, abrumador. Y luego, nada.

Ella ya no estaba.

Así de simple.

Kil'ruk parpadeó y comenzó a caer desde lo alto.

—¿Emperatriz? —dijo. Sus alas no se movían. Caía a toda velocidad y estaba a punto de estrellarse contra el suelo—. ¿Emperatriz?

Se fue. Se sintió inundado por el pánico. Donde antes oía cantar la voz de la emperatriz, ahora solo quedaba un zumbido sordo. El silencio total.

—¡Emperatriz!

Kil'ruk se acordó de volar poco antes de tocar el suelo. Sobrevoló aturdido, tratando de oír su voz.

Se fue. ¿Por qué no está? ¿Qué le pasó? ¿Acaso ella...?

***

Un súbito silencio proveniente desde el oeste quedó suspendido en el aire. Durante algunos momentos, todos los sonidos de los mántides cesaron, y luego solo se oyeron chillidos de agonía, terror y dolor.

La cara del señor de la guerra Gurthan se iluminó con una amplia sonrisa.

V

—Seis días. Ya pasaron seis días —dijo Klaxxi'va Pok—. ¿Alguno de ustedes aún tiene la esperanza de que el enjambrenato de pronto salga de ese estado y vuelva al combate?

—No —dijo otro de los miembros del consejo—. A menos que alguno quiera mostrar nuevamente a la emperatriz.

No lo decía en serio. Tres días antes, los Klaxxi habían convencido a la emperatriz de que era necesario que apareciese y saludase al enjambrenato cara a cara para probar que no estaba muerta sino que simplemente la habían silenciado con esa extraña reliquia mogu. Miles y miles de enjambristas se habían reunido en Klaxxi'vess, pero cuando ella apareció no la reconocieron. No podía hablarles a través de sus mentes como antes, y por lo tanto no tenía influencia en ellos. Solo se limitaron a contemplarla.

La única buena noticia era que el enjambrenato no se había marchado. Una masa sólida de mántides seguía deambulando sin rumbo fijo en los alrededores de Klaxxi'vess. Por lo menos servirían como escudos vivientes contra el inevitable ataque de los mogu. Ninguno de los Klaxxi tenía la esperanza de que intensasen pelear.

Klaxxi'va Pok caminó rengueando hasta el centro de la cámara. La herida que había recibido tres días antes le producía un profundo dolor. Se detuvo junto al enorme y suave trozo de ámbar que habían encontrado y llevado a Klaxxi'vess solo una hora antes. Adentro descansaba una leyenda, un héroe de los mántides preservado para un caso de enorme crisis. Un dechado.

—Entonces, esta es nuestra única oportunidad —dijo Klaxxi'va Pok en voz baja.

—El Atracavientos debe tomar el lugar del heraldo —dijo otro miembro del consejo. Todos giraron para mirarlo—. Ustedes saben tan bien como yo que está distraído. No es inútil, no como los demás, pero su mente aún busca la voz de la emperatriz. La presencia de un dechado puede sacarlo de su depresión.

—Tráiganlo.

***

Un sonido resonó en medio del silencio.

El dechado abrió los ojos por primera vez en siglos.

El recipiente que lo había preservado, el huevo de ámbar, se deshizo a su alrededor. El aire llenó sus pulmones. Sintió dolor. El mántide cayó al suelo sin poder evitar las náuseas. El ámbar lo había mantenido con vida, y ahora su cuerpo se rebelaba contra su ausencia.

Tardó un poco en controlarse. Frente a él habían depositado una buena provisión de savia kypari y la tomó. Percibió que había otros mántides que lo observaban, pero siguió alimentándose sin detenerse. Era una señal de respeto. Así todos fingirían que no notaban su debilidad.

Al menos por ahora.

Su fuerza regresaba poco a poco. Aunque le temblaban las extremidades, se puso de pie.

—He oído el llamado de los Klaxxi —dijo Ninil'ko en un tono áspero—. He regresado.

Uno de los mántides que lo observaban habló.

"Ninil'ko, Llamasangre, ¿estás bien? —preguntó.

—Sí —respondió Ninil'ko complacido. Si conocían su nombre, conocían su reputación—. Díganme cuál es la crisis que los llevó a despertarme. Espero su...

Tuvo que parpadear. Frente a él había tres mántides, de los cuales dos llevaban el tradicional atuendo de los Klaxxi'va. Ninguno de ellos era su heraldo. Ninil'ko estaba seguro. Observó que el otro mántide, el que llevaba la armadura y las armas…

—Tú no eres miembro de los Klaxxi. ¿Cuál es tu nombre?

—Soy Kil'ruk. Algunos me llaman el Atracavientos.

¿Algunos? ¿No es un dechado? pensó Ninil'ko. Interesante. ¿Por qué los Klaxxi lo eligieron para ser mi heraldo?

—Llamasangre —dijo uno de los Klaxxi'va—, requerimos tu ayuda. El ciclo corre peligro.

Ninil'ko dejó a un lado su curiosidad por el tercer mántide.

—Díganme qué es lo que necesitan.

—Las criaturas inferiores nos invaden. La emperatriz está al borde de la aniquilación —explicó el otro Klaxxi'va.

Entonces reemplácenla por otra pensó Ninil'ko, aunque no lo dijo en voz alta. Si los Klaxxi'va no se habían preparado para eso, significaba que había otros factores atenuantes y no valía la pena mencionar esa opción.

—Debo ver los movimientos del enemigo para poder elaborar un plan.

Kil'ruk inclinó la cabeza levemente. Parecía un poco distraído, pero su voz resonó con fuerza.

—Yo puedo llevarte, Llamasangre. Te mostraré al enemigo.

Ninil'ko echó una mirada a los dos Klaxxi'va, que asintieron con la cabeza.

—Llévame, heraldo.

***

En el Bancal Gurthan solo se había construido una edificación en los últimos seis días, desde que los mántides habían sido masacrados, a pesar de que los esclavos habían trabajado noche y día para colocar los cimientos y las paredes de varias construcciones más. Por ahora, la edificación que estaba completa serviría de sala de mandos. Así lo había decidido el señor de la guerra Gurthan. Cuando los mántides fuesen derrotados definitivamente, sería un buen lugar para recibir a los embajadores de otros clanes mogu, que sin duda tratarían de congraciarse cuando todas las tierras al oeste del Espinazo del Dragón de pronto quedasen liberadas.

Fulmin guio al señor de la guerra Gurthan al interior del lugar.

—Quisiera mostrarle algo —dijo el consejero.

En el extremo sur de la sala de mandos había un objeto desconocido.

—Estuve preparando esto durante los últimos días —dijo Fulmin—. Finalmente está listo.

El señor de la guerra Gurthan examinó de cerca la ofrenda. Era una urna de gran tamaño, recubierta en bronce. Parecía brillar, y Gurthan pudo percibir restos de energía arcana que la envolvían, como volutas de humo emanadas de un trozo de incienso.

—¿Para qué sirve?

—Se me ocurrió, señor de la guerra, que cuando finalmente matemos a la emperatriz mántide, necesitaremos un lugar apropiado para exhibir sus restos —dijo Fulmin.

La risa grave del señor de la guerra resonó en la habitación.

—Admiro tu previsión.

—Aun más —agregó el consejero—, quizás ni siquiera necesitemos matar a la emperatriz para dejarla indefensa.

—Explícate.

—Con un simple hechizo arcano, podemos suspender el espíritu de la emperatriz en esta urna. Su forma física se desvanecerá, pero su mente quedará atrapada. Será como un sueño pesado, plagado de pesadillas —dijo Fulmin—. Y si cualquiera de los otros mogu duda de que usted realmente haya conquistado a los mántides, solo deberá invocar su espíritu. La esencia misma de la emperatriz estará a sus órdenes. Su mente será su trofeo.

El señor de la guerra hizo una mueca.

—No. Si los mántides se enteran de que aún está viva, pueden intentar rescatarla. No les daré esa oportunidad.

—Ah —dijo Fulmin con una sonrisa—, pero es por eso que el hechizo será inmutable para los mántides. No podrán dañar la urna, y mucho menos liberar el espíritu que contiene.

—Es demasiado riesgo.

—Apuesto mi vida —dijo Fulmin—. Capture a la reina mántide. Suspenda su espíritu. Luego, para comprobar lo que digo, arroje la urna al resto de los insectos. Si alguno de ellos puede hacerle tan solo un rasguño, le ofrezco mi cabeza como castigo.

El señor de la guerra Gurthan lo observó un momento. Era raro que un mogu estuviese dispuesto a apostar su vida para alcanzar el éxito, y además Gurthan tenía que admitir que la idea de conservar el espíritu de la emperatriz como un recuerdo de la victoria le resultaba muy atractiva.

—Fulmin, creo que tendrás nuevas responsabilidades una vez que terminemos con los mántides —dijo el señor de la guerra Gurthan—. ¿Puedes enseñarme el hechizo?

—Sí.

—Pues hazlo, ahora. —El señor de la guerra Gurthan sonrió satisfecho—. Es mi intención acabar con los mántides hoy mismo.

***

La vista desde el aire era increíble. Ninil'ko se agazapó en la espalda del Atracavientos y dejó que lo llevara más alto, hasta alcanzar casi mil zancadas en el cielo.

El dechado no decía nada, y Kil'ruk no buscaba conversación. Ninil'ko simplemente estudió los movimientos del ejército mogu. Ciertamente, la situación era funesta. Los Klaxxi'va no habían exagerado. A menos que las criaturas inferiores se movieran con lentitud y cautela, el ejército probablemente atacaría Klaxxi'vess antes del ocaso, y aunque había miles de enjambristas que rodeaban el lugar, no podrían ofrecer mucha resistencia.

Ninil'ko notaba la ausencia de la voz de la emperatriz, pero para él no significaba nada. No la conocía. Y aunque la conociese, ahora servía a un nuevo fin. Las emperatrices vienen y van. Ninil'ko tocó a Kil'ruk en el hombro, y el volador se sacudió con sorpresa, como si despertase de un letargo. Muy extraño, pensó el dechado.

—Heraldo, ¿quién en el enjambrenato es el más apto para atacar la muralla?

—Yo —dijo el volador.

Era la primera buena noticia que Ninil'ko oía desde que se había despertado. En su mente comenzó a perfilarse un atisbo de plan, aunque aún había graves problemas que resolver.

—Esa muralla no existía en mis tiempos.

—¿Puedes vencerla?

—No lo sé.

—Entonces, la emperatriz está perdida. —La voz de Kil'ruk reflejaba su desazón.

—No dije eso —respondió Ninil'ko—. El ciclo será preservado cueste lo que cueste.

—Pero la emperatriz está perdida.

Ninil'ko no contestó. La mente del Atracavientos aún muestra inmadurez. Es una criatura de la emperatriz, no de los Klaxxi. Era un pensamiento inquietante, aunque señalaba algo interesante. Dejó que sus pensamientos fluyesen en torno al dilema para tratar de desentrañar sus secretos.

Poco a poco, las piezas se fueron acomodando y Ninil'ko entendió por qué los Klaxxi habían permitido que el Atracavientos lo despertara, aunque probablemente lo habían obligado. Mucho tiempo atrás, un herrero de ámbar había comparado el proceso de revivir a un dechado de su sueño de ámbar con el momento en que una emperatriz muestra al mundo su enjambrenato. La idea tenía cierta lógica. Mantenerse preservado era doloroso. Era como morir. ¿Y quién podía decir que despertarse no significaba simplemente volver a nacer? Los jóvenes mántides dependían por completo de la emperatriz, y quizás un dechado sintiese un vínculo similar con su heraldo, aunque solo fuese un lejano reflejo de esa lealtad ciega.

La teoría no era tan alocada como podía parecer, comprendió Ninil'ko. Incluso ahora...

De pronto sacudió la cabeza. Podía ver el plan claramente en su mente. Ya sabía cómo detener a los mogu. Pero para eso necesitaba que Kil'ruk el Atracavientos estuviese concentrado por completo en la tarea y no distraído por la ausencia de la emperatriz.

De todas formas morirá, pero es necesario que cause todo el daño posible antes de que eso ocurra, pensó Ninil'ko.

—Heraldo, ¿cuánto tiempo has servido a la emperatriz?

—Desde que llegué a este mundo —fue la respuesta irritada.

—¿Cuánto tiempo has servido a los Klaxxi? —preguntó Ninil'ko. Kil'ruk no respondió, así que el dechado siguió presionando—. Servir a los Klaxxi es preservar el ciclo. Y preservar el ciclo significa permitir que la emperatriz sobreviva. ¿No eres servidor de los Klaxxi?

—Sirvo a la emperatriz —dijo Kil'ruk.

—¿Sabes lo que es el ciclo?

—Por supuesto.

—Explícamelo.

Kil'ruk giró la cabeza, y el dechado pudo ver los ojos del volador clavados en el él. Ninil'ko sabía que este era un territorio peligroso. Si el Atracavientos lo consideraba un traidor... tendría que recorrer una gran altura hasta estrellarse contra el suelo.

Después de un breve momento, Ninil'ko rompió el silencio.

—Cuando naciste ya sabías lo que era el ciclo. Puedes sentirlo, sabes que es importante. Es un instinto que simplemente no te explicaron. No tienes por qué avergonzarte.

—Cuéntame.

Ninil'ko describió con lujo de detalles el proceso de cien años, la forma en que la emperatriz alimentaba al enjambrenato, y cómo todos atacaban a las criaturas inferiores al instante para demostrarse que estaban en condiciones de combatir.

—Solo crecemos a través de la batalla. Es el mejor mentor —dijo. Lo que no mencionó es que las emperatrices con frecuencia morían y eran reemplazadas. Cuando Kil'ruk le preguntó cómo era la emperatriz mucho tiempo atrás, el dechado cambió de tema.

—Pero una de las crueles verdades sobre el ciclo es que esta emperatriz morirá algún día. Ella lo sabe y lo acepta —dijo Ninil'ko—. No hay nada que temer.

Kil'ruk comenzó a temblar. Ninil'ko esperó pacientemente a que los temblores se aquietasen antes de seguir.

—Es por eso que los Klaxxi están aquí, para asegurarse de que el ciclo perdure. Para asegurarse de que la obra de la emperatriz no muera nunca.

—¿De qué sirve el ciclo sin la emperatriz? —murmuró Kil'ruk. Sus alas parecieron flaquear, y los dos mántides cayeron algunas zancadas antes de que pudiese retomar el control.

—La batalla es el mejor mentor —repitió Ninil'ko—. Hay mucho que aprender acerca de las criaturas inferiores. —Era extraño. ¿Por qué Kil'ruk de pronto parecía tenso al oír esta afirmación? Ninil'ko avanzó, con la sensación de que finalmente había logrado captar la atención del volador—. Con cada ciclo, aprendemos más sobre la batalla, sobre ellos y sobre nosotros mismo. Nos hacemos más fuertes, cambiamos. Las criaturas inferiores no aprenden nada, excepto el temor.

Ninil'ko podía sentir la respiración más lenta de Kil'ruk. Se estaba calmando. Estaba escuchando.

—¿Cuánto tiempo durará el ciclo? —preguntó Kil'ruk—. ¿Para siempre?

—No. Llegará un día en que ya no necesitemos el enjambre —respondió Ninil'ko—. Hasta entonces, los Klaxxi preservarán el ciclo y se asegurarán de que esta emperatriz, y toda otra emperatriz que la suceda, viva lo máximo posible. ¿Entiendes?

Kil'ruk no respondió, pero Ninil'ko supo que había plantado la semilla. Había que dejarla crecer.

—Llévame de regreso con los Klaxxi —dijo Ninil'ko—. Debo explicarles mi plan.

—¿Podemos ganar? —preguntó Kil'ruk.

—Por supuesto.

—¿Cómo?

Ninil'ko soltó una risa seca.

—Haciendo lo que el enemigo no espera que hagamos. Así es como se gana una batalla.

VI

—Los siglos que pasaste en ámbar te estropearon el cerebro, Llamasangre.

—Escuchen mis palabras, Klaxxi'va —dijo Ninil'ko, girando de uno a otro de los Klaxxi'va que lo rodeaban, todos con la misma expresión de desaprobación—. La emperatriz morirá al atardecer, hagamos lo que hagamos, ¿no es así?

—Así es. Pero de todas formas lo que propones es una locura. No tenemos a nadie para ocupar el lugar de la emperatriz. No podemos arriesgarla. Si muere, será el fin del ciclo.

—La única solución para detener la invasión mogu es el enjambrenato. Si no podemos revivir las mentes de nuestros jóvenes mántides, no tendremos suficientes fuerzas para rechazar el ataque —explicó Ninil'ko con calma—. El enjambrenato no será de ninguna utilidad hasta que destruyamos la reliquia. Y no puedo destruir la reliquia mientras esté rodeada por un ejército. Nuestra única oportunidad de llegar a la reliquia es tentar a ese ejército con un trofeo al que no puedan resistirse. La emperatriz es ese trofeo. ¡Es el único trofeo posible! Esta es mi lógica. Este es mi plan. Es por esto que me despertaron. Escuchen mis palabras.

Se produjo un largo silencio.

***

—¡Señor de la Guerra! —el joven mogu entró corriendo en el lugar. Los siete líderes militares que analizaban los mapas y los informes de exploración diseminados por la mesa levantaron la vista. En la cabecera estaba sentado Gurthan—. ¡Los mántides se mueven!

—¿Para atacarnos? —preguntó uno de los comandantes.

—¡No! —jadeó el joven mogu —. Para... para alejarse.

—Explícate —dijo el señor de la guerra Gurthan

El joven mogu recobró la respiración.

—Nuestros exploradores dicen que unos mántides abandonaron su bastión y llevaban a otro con ellos.

—¿Por qué? —preguntó Gurthan.

—No es seguro... El que se llevaban parecía… —De pronto, el mensajero pareció nervioso. Se aclaró la garganta y eligió cuidadosamente cada una de sus palabras. Las noticias sobre la muerte de Hixin se habían esparcido con rapidez—. Este mántide en especial parecía diferente. Muy diferente. Los demás insectos parecían tratarlo con cuidado y respeto.

Los comandantes se miraron entre sí.

—¿Era la emperatriz mántide? —preguntó en voz baja Gurthan.

—Los exploradores piensan que sí, señor de la guerra —respondió el joven mogu.

El señor de la guerra Gurthan se levantó lentamente, con los ojos fijos en la urna que descansaba en una esquina de la mesa. Hasta ahora sus ejércitos se habían desplazado cautelosamente más allá de la muralla. Gurthan sabía que el tiempo estaba a su favor: tarde o temprano, a los mántides solo les quedarían opciones temerarias, desesperadas. Era el momento que había estado esperando.

—Han visto nuestros preparativos. Saben que atacaremos hoy. Tienen la esperanza de postergar su destrucción y mantener a la emperatriz fuera de nuestro alcance, aunque solo sea unos minutos más. Y ahora la llevan lejos del único lugar en el que podían haber preparado una defensa adecuada.

Uno de los comandantes parecía inquieto.

—Es posible que estén tratando de llevarnos...

—Por supuesto que sí —dijo Gurthan. Es precisamente lo que yo haría, pensó—. Eso no cambia nada. Tenemos suficientes guerreros para vencer cualquier defensa que tengan.

—¿Tus órdenes, señor de la guerra?

Todos los comandantes clavaron la mirada en él. El señor de la guerra analizó rápidamente sus opciones, tratando de encontrar los puntos débiles y los peligros ocultos. Mientras el ejército persiga a la emperatriz, la reliquia será vulnerable, pensó Gurthan. Ese peligroso volador mántide aún sigue vivo. ¿Es una trampa?

Una sonrisa se dibujó en su cara.

—Envíen a todos. Busquen a la emperatriz y tráiganla, de ser posible viva. La quiero en esta urna antes de la caída del sol. —Ojalá ataque el volador, pensó Gurthan—. Y asegúrense de que los tripulantes del huatang estén listos. Avísenles que deben esperar un ataque desde las alturas.

***

Kil'ruk observó a los guerreros mogu y a sus esclavos, que dejaban atrás sus tiendas, sus fogatas y sus pertenencias para llevarse solo un arma antes de salir corriendo hacia el oeste. Era evidente que el señor de la guerra les había ordenado no perder tiempo.

Matarán a la emperatriz y a toda otra emperatriz que pueda llegar a vivir. Este pensamiento zumbaba en su cabeza como una mosca de savia alrededor un árbol kypari. Lo extraño era que, a pesar de su cólera, los efectos adormecedores de la reliquia mogu parecían tenues en comparación con lo que sentía tan solo una hora antes. Aún no podía oír a la emperatriz, pero su ausencia ya no entorpecía sus pensamientos.

En realidad, nunca había tenido tan claros sus objetivos. Las criaturas inferiores querían terminar con el ciclo, y Kil'ruk los detendría.

Solo crecemos a través de la batalla, le había dicho Ninil'ko. Es el mejor mentor.

Incluso parecía que el ansia de batalla podía agudizar la mente de un mántide.

Kil'ruk esperó hasta que el último guerrero del enorme ejército mogu desapareció detrás de las colinas cercanas. Entonces se elevó en el aire, junto con otros seis voladores mántides. Solo seis. Eran los únicos mántides alados que habían sobrevivido y tenían la suficiente madurez para pelear sin que la voz de la emperatriz los guiase.

El Bancal Gurthan se abría ante sus ojos y encima se alzaba, imponente, la muralla.

Kil'ruk voló hacia la muralla. A 600 zancadas de distancia, sobre las almenas, las siluetas blancas de seis panales giraron para enfrentarlo.

***

—Ahí está, señor de la guerra.

El señor de la guerra Gurthan entrecerró los ojos y los protegió con la mano de la luz del sol de la tarde. Era verdad, ese inconfundible volador mántide se estaba acercando desde el oeste. Otros voladores, unos cinco o seis, lo seguían de cerca.

Para sorpresa del señor de la guerra, no descendieron en dirección al bancal.

—¿Están atacando el Espinazo del Dragón? —preguntó Fulmin—. Supongo que no saben que trasladamos aquí la reliquia.

—Quizás —respondió Gurthan, dubitativo. Los mántides no se caracterizaban por tener tales descuidos. ¿Qué es lo que no veo? pensó Gurthan mientras miraba alrededor del bancal. Sus guardias estaban en sus posiciones pero con la atención puesta en los mántides. Incluso el quilen entrenado para la batalla que descansaba a sus pies seguía con la mirada a los voladores a través del cielo.

El primer disparo de huatang sonó justo cuando los mántides alados cruzaban el extremo oeste del bancal. Dos de los voladores cayeron al instante. El que era peligroso no estaba entre ellos.

***

Faltaban 200 zancadas. El grupo de mántides permaneció al nivel de las almenas, mientras los guardias mogu apostados en tierra los observaban de cerca.

Los mántides vieron la explosión de humo blanco apenas un segundo antes de que la carga de guijarros del panal los alcanzase. Kil'ruk oyó el impacto fatal en un caparazón a su izquierda. No sabía a quién le habían dado, y tampoco le importaba. Los otros cinco panales cargados eran suficiente motivo de preocupación. Era hora de comprobar si el Llamasangre estaba a la altura de su leyenda como estratega.

—Dispérsense —dijo Kil'ruk.

Los otros voladores, solo cuatro según pudo ver Kil'ruk de un vistazo, se alejaron hacia la izquierda, la derecha y arriba, siempre sin descender. El dechado lo había prohibido expresamente.

Las criaturas inferiores esperan que vayan hacia el bancal, les había dicho Ninil'ko, así que no lo hagan.

Otro panal lanzó su carga pero falló, porque apuntó demasiado bajo. Otros dos volvieron a disparar al unísono. Demasiado bajo, otra vez. El dechado tenía razón, se imaginaban que los voladores tratarían de capturar la reliquia. Los esclavos corrían alrededor de los cuatro panales vacíos para recargarlos.

Atracavientos, la mayoría de los disparos estarán dirigidos contra ti. Te temen demasiado para hacer otra cosa, le había dicho Ninil'ko.

Se acercaron más a la muralla. Faltaban solo 50 zancadas. Los dos últimos panales estaban bien apuntados. Esta vez no fallarían, no a esta distancia.

Solo 20 zancadas. Era hora de ejecutar la siguiente parte del plan del dechado.

No pueden imaginar que no seas el primero en atacarlos, le había dicho Ninil'ko.

Yo tampoco, había respondido Kil'ruk.

Sorpréndelos. Sorpréndete a ti mismo, había dicho el Llamasangre.

De pronto, las alas de Kil'ruk formaron una borrosa visión traslúcida. Comenzó a ascender rápidamente, a una velocidad asombrosa, casi con la misma velocidad con la que podía bajar en picado. Los últimos dos panales trataron de seguir su rastro y lanzaron su carga apresuradamente en medio del pánico. Fallaron.

Ninguno de los panales estaba recargado aún. Los otros cuatro voladores cayeron sobre las almenas en un torbellino enloquecido de ámbar y sangre.

Kil'ruk dejó que sus alas se aquietasen. El impulso lo llevó cada vez más alto, hasta formar un arco por encima del Espinazo del Dragón. Alcanzó su punto máximo casi 400 zancadas por encima de las almenas.

Había una extraña quietud aquí arriba. El sonido de la batalla parecía muy lejano allá abajo. La emperatriz seguía en silencio. Por primera vez en su vida, Kil'ruk volaba hacia la batalla realmente solo.

Ese pensamiento no le molestó en absoluto.

Comenzó a bajar a toda velocidad.

***

—Muy astuto —dijo el señor de la guerra Gurthan, sonriendo. El volador había aprovechado sus suposiciones y se había abierto paso a través de sus defensas. Ahora bajaba en picado hacia el Espinazo del Dragón—. Muy astuto, realmente.

—¿Debemos enviar refuerzos? —preguntó Fulmin.

—No. Incluso aunque perdamos a todos nuestros guerreros en las almenas, no importaría si la reliquia...

Un grito agudo interrumpió al señor de la guerra.

—¡Mántides! ¡Mántides por el oeste!

El señor de la guerra Gurthan giró. Un grupo de mántides a pie cargaba contra el Bancal Gurthan, y ya estaba a unos cien pasos de los mogu. Todos los guardias habían estado concentrados solo en los voladores…

Muy astuto, pensó, aunque ya no sonreía.

***

Ninil'ko el Llamasangre irrumpió en la batalla con el resto de los mántides. Siseó y chasqueó sus mandíbulas: ssss... ssss... tk-tk-tk-tk...y los otros mántides se alinearon en una formación en punta. Tuvo un momento de satisfacción: el tiempo que había pasado en el ámbar no había hecho mella en su talento.

Por lo general, el segundo nombre de los dechados era decidido por los Klaxxi. Hasta donde sabía, Ninil'ko era el único dechado que había elegido su propio segundo nombre. ¿Quién otro debería hacerlo? Los Klaxxi lo habían alabado por su sentido de la estrategia y su emperatriz, aunque era débil y patética, se había maravillado por su habilidad para derrotar una rebelión mántide.

¿Pero quién de ellos podría haberlo denominado el Llamasangre?

Ninil'ko levantó su lanza mientras los otros mántides cubrían las últimas zancadas hasta los mogu. Apuntó la hoja curva hacia el flanco izquierdo y chasqueó las mandíbulas dos veces. Todos los guerreros mántides avanzaron hacia dos mogu en particular. Los enemigos murieron en un torbellino de hojas de ámbar.

Ninil'ko lentamente atravesó toda la línea de defensa de los enemigos mientras los iba matando. Clic clic clic.Otros tres mogu murieron y dejaron un enorme hueco en la defensa. El flanco izquierdo se desmoronó. Clic clic. Dos quilen muertos. Clic clic clic. Un mago, un maestro de bestias y un quilen herido fueron los siguientes.

Era un don. Ninil'ko se había dado cuenta, cuando aún era un enjambrista inmaduro, que podía comunicarse con los demás mántides sin usar palabras e influir en sus mentes. Cuando proyectaba su voluntad, los mántides cercanos sabían dónde atacar. Cuando siseaba o chasqueaba las mandíbulas, comprendían cuándo hacerlo. Podía enviar a los soldados al combate o traerlos de regreso a su voluntad, mientras dirigía el flujo de la batalla en un nivel preciso e imperceptible.

Nunca le había explicado su don a nadie, ni siquiera a los Klaxxi. En realidad, ni el mismo Ninil'ko lo comprendía verdaderamente. ¿Respondían al sonido? ¿Podía influir en ellos como la emperatriz? No estaba seguro. Quizás lograba llegar a una parte perdida de la mente mántide, algún instinto primigenio que había quedado después de que el Antiguo les confiriese claridad de pensamiento y un propósito superior. Quizás los mántides se comunicaban de esta forma mucho tiempo atrás.

En última instancia, no tenía ninguna importancia. Cuando Ninil'ko la llamaba, la sangre fluía. Y muy pronto el bancal quedó bañado en rojo.

***

Kil'ruk seguía bajando en picado.

VII

—¡Sigan recargando! —gritaba el capataz de las almenas.

Un esclavo pandaren cayó sobre sus rodillas y con desesperación comenzó a juntar pequeñas piedras en sus zarpas. Los gritos de los otros esclavos que iban muriendo lo enloquecían. Quería salir corriendo, pero volverían a azotarlo si...

Un chirrido horripilante hizo estallar los oídos del esclavo y congeló sus pensamientos con el más puro terror. Miró hacia arriba justo a tiempo para ver una figura borrosa de color ámbar violeta que descendía sobre él.

***

El pandaren que estaba de rodillas absorbió la mayor parte del impacto. Kil'ruk recuperó el equilibrio rápidamente y luego clavó la hoja en el esclavo. Sintió una leve resistencia durante un instante. Era su primera víctima en la batalla.

Habría muchas más.

Dos de los otros voladores habían logrado sobrevivir y combatían salvajemente entre las criaturas inferiores. Estaban ansiosos y exaltados por pelear junto al Atracavientos, pero no tenían suficiente experiencia. No sobrevivirían mucho en una batalla como esta. Las almenas estaban repletas. Seis panales y casi doscientos enemigos llenaban todos el espacio existente entre las torres vigías que sobresalían en el Bancal Gurthan.

Kil'ruk avanzó en medio de las criaturas inferiores y dejó que sus espadas de ámbar bailaran al ritmo de la sangre.

***

Ninil'ko saltó hacia atrás con un siseo. Sssss...tk-tk-tk-tk-tk.... Era la única orden que necesitaba dar. Los demás saltaron junto con él. Dos de los mogu, enceguecidos por el calor de la batalla, cargaron contra ellos. Clic clic. Siete hojas mántides los cortaron en pedazos. En menos de un minuto, Ninil'ko había reducido a la mitad las fuerzas enemigas y solo había perdido un puñado de sus propios guerreros.

Era un buen comienzo. Ahora los mogu solo los superaban a razón de dos a uno, pero los mogu se habían recuperado del impacto de la emboscada y habían recobrado su disciplina. Formaron una amplia línea de escaramuza entre los mántides y la edificación donde estaba la reliquia. Su táctica sería acertada en cualquier batalla, y Ninil'ko lo sabía.

Pero no tan acertada hoy. Ninil'ko escudriñó la formación y apuntó en dirección a un mogu situado en el centro de la línea. Parecía el más asustado y el más anciano. Y eso lo convertía en el blanco más valioso en ese momento.

Clic clic.

----

El señor de la guerra observaba impasible. Solo la tensión en su mandíbula reveló sus verdaderos sentimientos cuando el último de sus comandantes cayó. Finalmente, se volvió hacia Fulmin.

—Toma la reliquia y vete —dijo en voz baja el señor de la guerra Gurthan.

—¿¡Qué!? —susurró Fulmin—. ¡Pero si somos más que ellos!

Los ojos de Gurthan centellaron.

—Toma la reliquia y regresa a través de la Puerta. En silencio, sin que nadie te vea. Debes mantener la reliquia activa cueste lo que cueste. Sin interrupciones. Necesitamos que los mántides mantengan su docilidad.

—Señor de la guerra...

—No los dejaré ganar. No los dejaré. ¿Entiendes? Nuestro ejército acabará con esto en una hora. No importa qué trucos o milagros hagan los mántides en el campo de batalla si su emperatriz está muerta.

Fulmin vaciló.

—Lo matarán, señor de la guerra.

—No me cabe ninguna duda de que lo intentarán. Vete. Pero apresúrate a volver cuando esto termine —agregó Gurthan con una sonrisa torcida—. Es posible que necesite que me despiertes. Suelo tener el sueño pesado.

La cara de Fulmin se iluminó cuando comprendió.

—Oh, sí, señor de la guerra.

Gurthan lo contempló mientras se iba y esperó a que estuviese fuera de su vista para dar la próxima orden.

—¡Retrocedan! ¡Vuelvan al edificio!

***

Kil'ruk inundó la almenas con la sangre de las criaturas inferiores. Y sin embargo, seguían viniendo.

¿Con qué amenazarían los mogu a los esclavos para que no huyesen? se preguntó Kil'ruk mientras cortaba en pedazos a otro pandaren. ¿Puede haber sido algo peor que esto? Las cabezas de dos saurok rodaron al piso desde los hombros de esas criaturas semejantes a lagartos. Qué seres tan inútiles.

Kil'ruk se elevó en el aire y echó un vistazo por encima del alcance de los enemigos. Se detuvo cerca del panal más cercano a la torre vigía del norte y destrozó a otro mogu.

Una furiosa masa de guerreros saurok apareció entre las criaturas que se defendían y lo atacó. Kil'ruk enterró sus espadas en dos de ellos pero no pudo evitar caer de espaldas un instante después. El peso de varios cuerpos lo mantuvo inmóvil. Tenía la cara sonriente de un saurok a solo unos centímetros de distancia.

Fue entonces cuando un sonido crujiente llenó el aire. El saurok levantó la vista, y la sonrisa se transformó en una mueca de terror.

Todo quedó sumergido bajo una explosión terrible y ensordecedora. Kil'ruk sintió que ya no había tanto peso sobre su pecho. No quiso parpadear. Quería morir con los ojos abiertos. Vio que el saurok se levantaba de un salto y era alcanzado por una segunda ráfaga que hizo temblar la muralla. Antes de que la criatura inferior pudiese caer muerta, despareció con una tercera explosión.

El sonido quedó resonando en el aire y paralizó todos los demás sentidos. Finalmente, Kil'ruk parpadeó. Aún estaba vivo.

No podía decir lo mismo de la mayoría de los saurok. Mientras tosía, Kil'ruk apartó los restos de los saurok que lo habían atacado y se puso de pie. Poco a poco, el penetrante dolor de sus oídos se calmó y pudo oír los gritos y los quejidos.

Lo que vio lo dejó estupefacto.

Los mogu habían girado los panales recargados en dirección al norte y disparaban directamente en las almenas. Dispararon contra las almenas. Tres veces. Habían masacrado a sus propios esclavos en su intento por aniquilar a un solo volador mántide. Se había salvado por los cuerpos de los esclavos que lo habían atacado.

Kil'ruk sintió un mayor respeto hacia los mogu. Una táctica muy audaz, reflexionó.

Las persistentes nubes de humo de la explosión lo ocultaban de la vista de los mogu, pero eso no duraría mucho. Dejaré que crean que me mataron junto con los esclavos, pensó. Kil'ruk descendió de las almenas y bajo al suelo suavemente.

Los sonidos de la lucha aún resonaban en el Bancal Gurthan. Parecía que el combate se había trasladado al edificio en el que estaba la reliquia. Kil'ruk corrió hacia el lugar.

***

Las estrechas salas del edificio habían sido un obstáculo para los movimientos de los atacantes. El único mántide que aún podía pelear murió cuando dos lanzas mogu lo partieron en tres pedazos antes de que pudiese responder a la advertencia que le siseó Ninil'ko.

El Llamasangre estaba solo en el campo de batalla. Ninil'ko apoyó la espalda contra la pared y esperó el inevitable ataque final. Solo quedaban tres, no, cuatro mogu, incluyendo a uno de apariencia extraña que vestía vistosos atuendos regios. Este último mogu estaba parado lejos del combate, con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras dos quilen permanecían agazapados a sus pies.

Ese debe ser el señor de la guerra Gurthan, adivinó Ninil'ko.

—Alto —dijo el cuarto mogu. Los otros se detuvieron—. Mántide, ¿tienes un nombre?

***

El insecto solitario no parecía oírlo.

—Criatura, ¿entiendes lo que digo? —preguntó Gurthan.

Un sonido seco y horrible resonó en la habitación. Las mandíbulas del mántide se abrieron y se cerraron con un chasquido rítmico, extraño y áspero. ¿Se está riendo de mí? se preguntó Gurthan.

Soy el señor de la guerra Gurthan, mántide, yo soy...

—No me importa, mogu.

Gurthan se endureció.

—¿Tienes un nombre, mántide?

—Ninguno que quiera darte a conocer —siseó la criatura.

***

Kil'ruk se acercó sigilosamente a la puerta. Oyó la voz de Ninil'ko y la de alguien más.

—¿Dónde está la reliquia? —preguntó Ninil'ko.

—Puse a tu especie al borde de la extinción, mántide —dijo la otra voz—. Si eres capaz de razonar...

—Mucho más que tú, Gurthan. ¿Dónde está la reliquia?

—No encontrarás la reliquia antes de que tu emperatriz esté muerta —dijo Gurthan—. Pero quizás no haya necesidad de que todos los mántides mueran con ella. Algunos de ustedes son hábiles luchadores, quizás...

—¿Estás negociando? —se rio Ninil'ko, divertido—. Pues esta es mi oferta, mogu: arrodíllate ante mí, suplícame que te perdone, entrégame la reliquia y te dejaré salir vivo de esta habitación. Lo que te suceda de aquí a la muralla, bueno, sobre eso no puedo prometer nada.

—¿Arrodillarme? —La voz de Gurthan adquirió un tono de suave furia—. Los esclavos del imperio se arrodillan ante mí. Las bestias descansan a mis pies, esperando mis órdenes, y en tu arrogancia...

Kil'ruk no tenía ganas de seguir escuchando. Atravesó el umbral de la puerta.

—Tus palabras nos hacen perder tiempo —dijo a viva voz—. Enfréntate a mí.

Los tres guerreros mogu giraron con desconfianza al ver al segundo mántide.

Gurthan simplemente frunció los labios y silbó dos veces en un tono agudo. Los dos quilen que estaban a sus pies saltaron hacia el cuello de Kil'ruk.

Kil'ruk alzó sus espadas en el aire y los dos quilen cayeron al piso. Uno de ellos aún estaba apenas vivo, y lastimoso quejido escapaba a través de su boca. Intentó débilmente arrastrarse hacia el lugar donde estaba el señor de la guerra Gurthan. Kil'ruk atravesó su cuerpo con su pata delantera y terminó con su agonía.

—Llamasangre, estoy listo, ¿y tú? —preguntó Kil'ruk.

Ninil'ko alzó su lanza.

—Sí, Atracavientos.

Los dos mántides avanzaron juntos.

***

—Mátenlos —ordenó el señor de la guerra Gurthan.

Los tres guardias restantes corrieron para atacar a los mántides. Las espadas chocaron y lanzaron chispas.

Gurthan no se hacía ilusiones acerca de sus posibilidades. Sus ojos se posaron en la urna dorada, la que estaba destinada a la emperatriz mántide.

Así debería ser.

No los dejaré ganar.

Mientras sus guardias caían muertos, Gurthan se arrodilló y ahuecó las manos para reunir energía arcana. Solo tendría tiempo para un único hechizo.

***

El último guardia peleó con valentía, pero con sus dos camaradas muertos, era solo cuestión de tiempo hasta que alguno de los ataques de los mántides encontrara su cuerpo. Las dos espadas del Atracavientos penetraron en su pecho. Cayó con un gruñido y quedó inmóvil.

Kil'ruk giró lentamente en dirección al último mogu.

—Gurthan —susurró—. Habrías matado a la emperatriz. A esta emperatriz y toda emperatriz en el futuro. Habrías puesto fin al ciclo.

El señor de la guerra mogu movía las manos en pequeños círculos. Estaba conjurando un poder. Kil'ruk no sabía con qué fin.

Y tampoco le importaba.

Ninil'ko dio un paso atrás.

—Atracavientos, te cedo el honor —dijo el dechado.

Kil'ruk levantó sus espadas y avanzó lentamente. Si Gurthan planeaba lanzar un ataque final, algún gesto cobarde antes del fin, el Atracavientos estaría preparado.

—Morirás, señor de la guerra. Y no será rápido.

—¿Lo disfrutarás, insecto? —escupió Gurthan.

Solo cinco pasos más para alcanzar la satisfacción.

—Más de lo que crees.

De pronto, Gurthan dejó las manos quietas. El aire revivió con el poder. Los ojos del mogu y los ojos de Kil'ruk se enfrentaron.

—Bien. Esto es lo que te prometo: tú y los de tu especie jamás tendrán el placer de terminar con mi vida.

El señor de la guerra extendió las manos. Un destello de luz enceguecedor inundó la habitación. Kil'ruk se cubrió los ojos con las espadas.

Cuando pudo ver, la luz se había desvanecido.

El señor de la guerra Gurthan no estaba. La urna parecía vibrar como si estuviese imbuido de poder, energía y vida.

No —dijo Kil'ruk.

***

Ninil'ko dejó que Kil'ruk descargase su cólera durante algunos minutos.

¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Enfréntate a mí!

El Atracavientos golpeó la urna con sus espadas una y otra vez. No pudo ni siquiera hacerle un rasguño. No pudo moverla. El encantamiento que Gurthan había usado para guardar su espíritu en la urna aparentemente lo protegía de cualquier ataque físico.

En resumen, el señor de la guerra estaba fuera del alcance de los mántides. Kil'ruk golpeó y siguió golpeando, ciego de furia.

Finalmente, Ninil'ko decidió que ya era suficiente.

—Atracavientos —lo llamó suavemente. Kil'ruk no se detuvo—. Atracavientos, la emperatriz sigue en silencio.

Kil'ruk golpeó la urna por última vez, y su espada se estrelló contra la superficie con un ruido extrañamente apagado. Miró al dechado, jadeando.

—La reliquia no está acá.

—Se está alejando de nosotros. Puedes sentirla también, ¿verdad? —preguntó Ninil'ko. Era una sensación rara, que solo podía compararse con las nubes que se mueven en el cielo: desde el suelo parecen moverse con tanta lentitud que casi se diría que están inmóviles.

—Sí. —Kil'ruk pateó la urna con enojo—. Guíame, Llamasangre. Terminemos con esto.

***

Fulmin caminó con cuidado a lo largo del Espinazo del Dragón, mientras apretaba contra su pecho la reliquia, concentrado en mantener el hechizo. Sin una constante atención, el delicado equilibrio de energía podía descontrolarse. Las consecuencias serían impredecibles, pero probablemente fatales para el que tuviera la reliquia en ese momento.

La Puerta del Sol Poniente estaba justo frente a sus ojos. Una vez que Fulmin la atravesase, podría darle la reliquia a otro arcanista y convocar a nuevos guerreros mogu para recuperar el bancal.

Ese ruido terrible y el destello de luz indicaban que el señor de la guerra Gurthan había suspendido su espíritu para evitar la muerte a manos de los mántides. Fulmin le había enseñado esa técnica, y sería muy simple invertirla una vez que la amenaza mántide ya no existiese.

Oyó el ruido de hojas secas a sus espaldas.

Fulmin giró y estuvo a punto de perder el equilibrio. Un mántide, vestido con una extraña armadura y llevando una enorme lanza, estaba parado a unos quince pasos de distancia. No tenía alas, no era el volador.

El mántide levantó su lanza y la apuntó en dirección a Fulmin. El mogu lo contempló con curiosidad. No sentía una potenciación. Esto no era un hechizo. Había demasiada distancia para un ataque rápido.

El mántide emitió un sonido extraño. Clic.

Una sombra cayó sobre Fulmin. NI siquiera tuvo tiempo de gritar.

La reliquia cayó de sus manos.

***

—Un objeto extraño —dijo Kil'ruk.

De la reliquia seguían cayendo gotas de sangre del mogu. Ninil'ko la examinó cuidadosamente, mientras la daba vueltas entre las manos.

—No puedo oír a la emperatriz, Atracavientos, ¿y tú?

—No.

—La energía arcana es algo que está más allá de mis talentos —reflexionó Ninil'ko en voz alta. La reliquia emitía una luz pálida. A cada minuto que pasaba, la luz parecía brillar con más fuerza—. Los mogu utilizan la magia de una forma muy poco común. No sé cómo silenciar esta maldita cosa.

El dechado contempló al mago mogu tirado en el piso. La criatura inferior había mantenido el hechizo hasta su muerte. ¿Por qué preocuparse? La reliquia no parecía necesitar un suministro contante de poder para mantener en silencio a la emperatriz.

Ninil'ko sostuvo la reliquia con el brazo extendido.

—Atracavientos, quizás tú puedas ver si...

De pronto, la luz que emanaba de la reliquia se intensificó y se desvaneció. Kil'ruk vio un destello que se apagaba y oyó un crujido breve y suave.

Ninil'ko sintió, apenas por un momento, cómo la mayor parte de la energía arcana que quedaba en la reliquia le quemaba el brazo como un relámpago. Hubo un instante de pura agonía mientras la energía pasaba a través de su cerebro y a su paso quemaba todo resto de conciencia.

Lo último que oyó el dechado fue un débil chasquido.

***

Kil'ruk supo al instante que Ninil'ko había muerto. El dechado cayó junto al mago mogu y permaneció inmóvil, con los ojos abiertos.

Esa reliquia, esa maldita y asquerosa reliquia seguía bloqueando la voz de la emperatriz. Pero no del todo. Kil'ruk podía oír ciertos compases de su dulce canción. Era como si el hechizo del mago mogu se estuviese deshaciendo, poco a poco, y permitiese ver por breves momentos lo que ocultaba.

¿Cuánto tiempo más tardaría la reliquia en callar definitivamente? ¿Serían horas? Eso significaría la muerte de la emperatriz. Kil'ruk se inclinó sobre el cuerpo de Ninil'ko y examinó la reliquia, sin deseos de tocarla. La luz se había desvanecido pero aún podía oír los crujidos y los siseos.

Exactamente igual que el panal...

Kil'ruk levantó la reliquia. Una energía estremecedora hizo que su mano temblara. Parecía que la reliquia podría liberar los restos de energía arcana que guardaba en cualquier momento.

Recordó el primer día en que bajó en picado desde el cielo hacia la batalla, cuando un panal y un poco de energía arcana habían causado una reacción destructiva.

Kil'ruk dejó que sus alas lo transportasen por encima de las almenas. Sujetó la reliquia entre sus manos mientras volaba hacia el sur, buscando con la mirada. Todos los enemigos que permanecían en la muralla lo señalaban y gritaban sorprendidos.

Allí.

Los restos de los panales se entreveían entre los cuerpos de los esclavos muertos en las almenas que se alzaban en el Bancal Gurthan. Los pocos esclavos y guerreros mogu que quedaban vivos lo vieron casi de inmediato, pero necesitaban tiempo para alinearse y disparar. Kil'ruk solo necesitaba tiempo para lanzarles la reliquia. Era casi del mismo tamaño y peso que sus cartuchos. Su objetivo seguía inalterable.

La maldita cosa trazó un arco al caer en dirección a la muralla y rebotó una vez entre dos panales. La reliquia estalló en pedazos con una fulgurante ola de luz y un creciente crujido.

Se oyó un ruido horrible, y los panales quedaron envueltos en la luz. La energía arcana de cada panal se combinó y aumentó hasta formar una pantalla brillante que consumió a las criaturas inferiores y las dejó sin vida.

En ese momento, todo el aire se llenó de un sonido maravilloso, que solo el mántide podía oír.

Aún estoy aquí. Aún estoy aquí, cantaba la emperatriz. Kil'ruk se sintió invadido por el júbilo con cada palabra que oía. Las criaturas inferiores están aquí. Deben morir. Todas deben morir.

Muy lejos del lugar donde estaba Kil'ruk, hacia el oeste, un creciente rumor de regocijo y furia se elevó en el aire. El enjambrenato se había despertado, y su ira estalló en los cielos.

No fue un asunto de minutos, sino de horas, pero al atardecer la canción de la emperatriz había cambiado.

Muertos, tan muertos. Todos muertos. Bien hecho. Bien hecho. Estoy a salvo, estoy a salvo.

Bien hecho.

VIII

Me transformé en un dechado. Mis hazañas se convirtieron en leyendas, en mi ciclo y en todos los ciclos por venir. Los Klaxxi me otorgaron el segundo nombre que deseaba, Atracavientos, y ese nombre fue susurrado en todo el enjambrenato.

El ejército del clan Gurthan había sido aniquilado. Los dos bandos habían sufrido grandes pérdidas, pero los Klaxxi deseaban enviar un simple mensaje: que invadir nuestras tierras era sinónimo de muerte. Desataron mi poder como castigo, y masacré a miles de enemigos en la muralla. Varios miles. Apenas después de unos meses, huían en cuanto me veían, heraldo. Tengo recuerdos muy especiales de esos tiempos.

Luego, los Klaxxi me permitieron volar más allá del Espinazo del Dragón. Me dieron instrucciones para atacar los campamentos mogu y las líneas de abastecimiento. A mí nunca se me había ocurrido hacer eso hasta que me dieron la orden. Raro, ¿verdad? Sería muy fácil para cualquier volador planear por encima de las defensas de las criaturas inferiores y arrasar las aldeas desprevenidas. No tendrían forma de contraatacar. Sería increíblemente efectivo.

Si el objetivo fuese la muerte de las criaturas inferiores, eso sería todo. En verdad, heraldo, no es así. Si los Klaxxi lo hubiesen deseado, todo el continente ya sería nuestro.

Como dechado, me gané el derecho a hacer preguntas y esperar respuestas. Los Klaxxi me contaron muchas cosas.

Me hablaron sobre la preservación. Me explicaron que un herrero de ámbar que yo eligiese moldearía kyparita en un caparazón de ámbar potenciado que sería mi lugar de descanso hasta que se necesitase mi ayuda como dechado. Por supuesto, yo elegí al herrero de ámbar que forjó mis espadas. Se sintió honrado al aceptar. Fuimos los dos solos al Bancal Gurthan y trabajó con el flujo de ámbar hasta que el sueño me reclamó por miles y miles de años. Desde luego, el herrero de ámbar fue ejecutado de inmediato. Los Klaxxi consideran que es importante mantener en secreto el lugar donde descansa un dechado. Se requiere el poder de todo el consejo para localizar nuestros huevos de ámbar. Ese secreto evita que los forasteros o algún Klaxxi'va solitario pueda encontrarnos y destruirnos. Aunque a veces pasa, como tú mismo has visto.

Me contaron mucho acerca del ciclo… Sospecho que aún no entiendes, heraldo. El ciclo ya era antiguo cuando yo era joven. El ciclo es anterior a ti y a mí. Fue preservado por miles y miles de años, y han cambiado muchas cosas.

¿Pero sabes qué es lo que no ha cambiado?

La voluntad de los Klaxxi.

La voluntad de los Klaxxi es eterna.

Has peleado muchas batallas, has vencido a muchos enemigos, y sin embargo ni una sola acción de tu vida tuvo importancia hasta que cruzaste el Espinazo del Dragón y entraste en nuestras tierras. Has obedecido a los Klaxxi. Me despertaste de mi largo sueño en el ámbar. Y al hacerlo, finalmente fuiste útil.

No lo tomes como una ofensa, heraldo. Alégrate. Te has ganado nuestra confianza. Todas las insignificantes batallas anteriores te han elevado por encima de las demás criaturas inferiores. Muy pocas de esas criaturas podrían ser tan útiles como tú.

Oí hablar mucho sobre tu guerra. La Alianza. La Horda. Dos bandos igualmente inútiles peleando por metas insignificantes. Sospecho que no lo ves así. Tu guerra podría durar miles de años y solo sería un pequeño río que alimenta el océano de planes de los Klaxxi. Su voluntad es siempre preservar el ciclo.

El propósito del ciclo no es la muerte. En realidad, es el conocimiento.

El conocimiento sobre ti. El conocimiento sobre nosotros. La batalla es el mejor mentor. Todas las criaturas solo pueden alcanzar su potencial cuando la alternativa es la muerte. Los Klaxxi se aseguran de que la batalla dure tanto como sea posible. Es su interés prolongar cada ciclo, y ejercer máxima presión sobre las criaturas inferiores sin quebrarlas. De esta forma, los enemigos se defenderán con todas sus habilidades, por el temor de que todo lo que conocen y aman caiga para siempre en el olvido sin son derrotados.

Los más fuertes entre los mántides regresarán vivos. Los débiles quedarán en el camino. Nuestra especie se hace cada vez más fuerte. Y con cada ciclo, aprendemos más sobre las tácticas y las armas de las criaturas inferiores, y aprendemos cómo contraatacarlas.

Hay mucho que aprender de criaturas como tú, heraldo.

¿Te conté que aprendí a bajar en picado al observar a un halcón? Estaba completamente fascinado con su capacidad. Y conquisté esa habilidad.

Tú también me fascinas, heraldo.