Sobre el Agua
Ryan Quinn

No importa cuántas veces lo hagas, jamás se vuelve más fácil. Vestir todos los días la misma ropa enlodada. Esperar durante horas a que carguen contra ti, gruñendo cual lobos todo el tiempo. Lanzar tajos con tu espada hasta que dejas de sentir los hombros, siempre con miedo de que vas a herirte, a herir a uno de los tuyos, o a sentir un cuchillo atravesar tu columna vertebral. Terminar bañado en sangre y sudor sin saber a quién le pertenece. Regresar al agujero que cavaste para dormir mientras intentas dilucidar quién vive aún y quién murió. Poco después, alguien te despierta y repites el ciclo. Hay ocasiones en las cuales te ves obligado a marchar a la vanguardia.

El muchacho miró a Tarlo de la manera más estúpida. Alguien parecía haberle convencido de que la guerra terminó y que la Alianza resultó victoriosa.

Seguro, salieron mejor librados que el bando contrario. Orgrimmar tomada por asalto, el jefe orco prisionero y la Horda en el suelo, lamiéndose las heridas.

¿Y qué? Pandaria terminó devastada para sorpresa de nadie. Ahora que el peligro local había sido contenido, los nativos parecían deshacerse de gratitud. Sin embargo, Tarlo sabía que sólo mostraban cortesía. No había manera de que lucharan ejércitos en tu hogar sin que odiaras a quienes iniciaron el conflicto.

Asimismo, la Horda no fue destruida, sólo rechazada. Había un nuevo jefe de guerra y habría una nueva guerra cuando éste pusiera en orden los asuntos pendientes. Quien se creyó que un trol caníbal conduciría a la Horda a una era de paz e ilustración no conocía a los Zandalari.

Claro, ganaron.

Tarlo Mondan luchó en la campaña Pandaren desde que solicitaron voluntarios y participó en muchas otras batallas antes de eso. Orcos, no-muertos y cabezas cornudas que portaban cráneos humanos como parte de su indumentaria. Los enfrentó a todos y sobrevivió.

¿Qué obtuvo de todo ello? ¿Suficientes cicatrices como para obligarle a afeitarse la cabeza? ¿Algo de botín para depositar en el banco? Ni hijos, ni esposa, ni hogar construido con sus propias manos. Tampoco retratos en una sólida pared. La vida tenía poco sentido. Navegaban rumbo a casa en el Orgullo del Patrono, mas pudo haber sido cualquier otro barco repleto de botín y reclutas nuevos. Vestirían uniformes limpios por primera vez en meses, recibirían medallas baratas y luego… ¿qué? ¿Aguardar el siguiente llamado a las armas?

Era mejor que el muchacho se diera cuenta ahora, antes de terminar a solas frente a un buey descerebrado de la Horda en plena carga. Al menos podría renunciar mientras aún era joven.

Claro que nunca lo hizo. El muchacho ostentaba la misma mirada estúpida cuando la tercera gran ola de la noche rompió sobre la cubierta del barco.

El impacto hizo caer a Tarlo de rodillas. Agua blanca y espumosa cubrió todo, se coló en su boca y provocó que le ardieran sus encías estropeadas. No obstante, entrecerró los ojos y se concentró en el muchacho.

La vela del barco se agitaba con el viento, desgarrada casi en su totalidad. Los tripulantes se incorporaban, gritando para que el escándalo no ahogara sus voces. El bamboleo del Orgullo del Patrono causó que el estómago de Tarlo se enroscara mientras éste corría hacia el muchacho.

Tarlo había cruzado media cubierta cuando cayó en la cuenta de que el rostro del muchacho no presentaba cambio alguno. Éste se encontraba recargado contra uno de los costados del barco mientras pequeñas olas lo mecían de un lado al otro. Astillas cubrían su ropa y se acumulaban en el agua que le rodeaba. Su túnica, previamente azul, estaba manchada de sangre y ahora presentaba una enfermiza coloración púrpura. Posiblemente un cañón le aplastó. Quizá un palo le abrió el cráneo. Tal vez…

En lo que Tarlo especulaba, otra ola sacudió el barco de lado a lado. Sus pies se separaron del suelo y fue arrancado de cubierta. Por un instante vio agua de mar en todos lados, agua en la que orinó hace algunas horas.

Tarlo chocó de espaldas contra el océano, casi sin aire en los pulmones. El agua tiró de sus manos y pies en todas direcciones —como si se tratase de las extremidades de un muñeco— hasta que se hundió.

No.

El agua estaba helada y Tarlo sentía como si una lanza le hubiera atravesado. Sus dedos se cerraron de modo involuntario; abrir los ojos era doloroso.

No.

Descenso. Su cuerpo no dejaba de girar mientras el agua le golpeaba al unísono en todos lados y sus extremidades se agitaban cual trapos.

Tarlo sentía que algo lo arrastraba hacia las profundidades. Estaba consciente de que sus pulmones punzaban, intentando expandirse. Pronto reventarían y el agua los inundaría, pero no había manera de saber cuándo. Se mordió los labios para mantenerlos sellados y luchó contra el agua, generando una gran cantidad de burbujas.

Los pulmones le ardían cada vez más —casi le quemaban— en tanto que las venas en su cuello palpitaban, tensas cual jarcias.

Su pecho cedía; su cuerpo era una marioneta. Quizá tenía rotas las piernas pues no le respondían.

Todo parecía en extremo pesado. ¿Se ahogaba acaso? Era irónico que moriría aquí, a segundos de su barco, después de sobrevivir infinidad de batallas.

Se vio forzado a abrir la boca, pues algo salido de la nada lo golpeó con fuerza.

Tarlo tragó agua salada caliente. Le resultó natural respirar de nuevo a causa del dolor y se odió por ello.

Aire… aspiró aire, agua y moco. Tarlo se dio cuenta de que su cabeza había regresado a la superficie; respiraba. La espalda y los costados le ardían como nunca, los brazos le dolían, pero le fue posible ver claramente por primera vez en una eternidad. Lunas gemelas fulguraban en el cielo. Tarlo flotó hasta chocar con algo sólido a su espalda —rocas afiladas— y usó sus piernas para impulsarse lejos de ellas antes de tomar otra bocanada de aire.

Tarlo tosió un líquido rojo y salado. Sintió dolor, una buena señal pues significaba que aún vivía.

En la distancia vio al Orgullo del Patrono, traqueteado, sus velas agitándose con el viento, flotando de modo precario hacia el horizonte. Tarlo no esperaba que regresaran por él en esta tormenta. Él habría hecho lo mismo, mejor un hombre que cien.

El agua estaba helada. En un principio, las olas le daban ligeros empujones hacia las rocas, pero quedaba claro que deseaban alzarlo y azotarlo con fuerza. Tarlo intentó ignorar lo que sentía en la espalda, mas no tuvo éxito. Con algo de suerte sólo sería un tirón, pero prefirió no arriesgarse a tocar.

A su alrededor, el océano picado se alzaba. ¿Cuánto tiempo le quedaba? Al mirar hacia arriba en busca del Orgullo del Patrono, vio crecer una pequeña ola en la distancia. Probablemente no sería tan grande como la que causó estragos en el barco de la Alianza, pero era más que suficiente para acabar con él.

Tarlo aspiró una bocanada de aire y sintió escalofríos. Las olas seguían su curso. Si no era ésta, sería la siguiente. Su respiracion era irregular.

Conforme la ola más cercana se preparaba para erguirse de nuevo, Tarlo notó algo en su cresta. ¿Los restos de un navío? Tenía la apariencia de una enorme tabla.

Si podía alcanzarla antes de que terminara la trayectoria de la ola, quizá…

La ola rompió, bañando a Tarlo y proyectándole hacia atrás. Éste quiso gritar cuando las rocas arañaron su espalda, mas les dio un fuerte empujón. Sintió que apenas se movía, pero que de alguna manera se aproximaba a la tabla, a su salvación. ¿Cómo seguía a flote después del romper de la ola?

Ahí fue cuando cayó en la cuenta de que la tabla iba en su dirección. Pudo verla con claridad gracias a la luz de las lunas mientras ésta se abría paso por una ola naciente, amarizando justo dentro de su campo de visión. La tabla era cada vez más grande y estaba más y más cerca, ¿un barco?

Un navío de algún tipo. Tarlo observó como la pequeña tabla se convirtió en un elongado esquife de madera con redes en los costados.

Los tripulantes del buque eran grandes, de cuello grueso. Iban encorvados y los remos, pequeños cual bastones en sus puños, entraban y salían del agua.

Orcos, tres. Tarlo deseaba tener su espada en estos momentos.

Una ola golpeó el bote en el costado derecho y las tres siluetas cambiaron de posición con presteza. Se irguieron y comenzaron a golpear el mar con sus remos —como si blandieran lanzas— para intentar evitar que el navío se escorase. Tarlo apretó los dientes y contuvo la respiración mientras reflexionaba. ¿Qué era mejor? Morir congelado, ahogado, o ser capturado por…

No, no eran orcos. Sus manos y rostros estaban cubiertos de pelo y se encontraban empapados hasta los ojos. Vestían capas de color gris y café amarradas en torno a sus cuerpos, cual montones de trapos mojados, y sus zarpas peludas se aferraban a los costados del bote.

¿Pandaren?

Una de las figuras tenía la boca bien abierta, pero no parecía decir nada, sólo… gritos. Surgió una ola por la retaguardia y jaló el bote, cuya popa se alzó precariamente. La figura levantó una zarpa, trazando un signo en el aire mientras el buque se salía de control. No cerró la boca.

Estaba… ¿vitoreando?

El esquife pandaren navegó sobre la ola por unos segundos antes de caer pesadamente. Tarlo tenía la vista fija en el bote que se encontraba a escasos cuatro metros de distancia. Los tres marinos estaban empapados, pero el de mayor tamaño —aún con la boca abierta— extendió una zarpa gruesa, señalando al humano. Detrás del barco surgió otra ola, una que pronto iría en busca de las rocas.

Tarlo pataleó con fuerza y nadó por su vida.

***

El hombre titiritaba y vomitaba mientras las tres figuras lo subían al barco, pero se tragó el salado líquido cuando reanudaron la marcha. Los pandaren eran una fuerza contra las olas.

Gritaban de manera poco articulada, dos veces, luego una. Salmodiaban cuando surgía una ola y vitoreaban cuando salían empapados de ella, dándose palmadas en la espalda y gritando como si no hubiesen estado a segundos de morir. Cada vez que el bote cruzaba una muralla de agua, Tarlo juraba que pronto estaría de vuelta en el mar… luego el salmodio y el barco saltando contra las olas. El agua se agitaba por todas partes, como si enormes manos gigantescas golpearan el océano. No obstante, los pandaren seguían adelante. Eventualmente ya no hubo olas, sólo vitoreos.

Tarlo dejó de contar las olas que casi volcaban el barco y simplemente se recostó. No parecía haberse roto nada importante. ¿Quizá una costilla? Le dolía el costado, pero estar sentado no era intolerable, así que se acurrucó en la capa que los pandaren colocaron a su alrededor. El cielo seguía adusto, la lluvia se desplomaba con fuerza, el pequeño navío se sacudía precariamente casi sin advertencia y las olas estaban… más tranquilas. Tarlo no podía ver el Orgullo del Patrono por ningún lado pero, en la distancia, divisó acantilados rocosos y afilados, probablemente algo que los hombres a bordo del Orgullo buscaban sortear antes de la tormenta.

Después de mirar a su alrededor, Tarlo sintió como si acabase de despertar. Estaba a salvo; en menos riesgo. —Tú… gracias.

Uno de los pandaren, el grandulón que no había dejado de gritar, hizo una pausa lo suficientemente larga como para asentir con un gruñido. Otro, bajo, fornido y con mandíbula gruesa, sacaba agua del fondo del bote con un tarro. El tercero, con una capucha sobre sus orejas, remaba alternando entre un remo y otro. Tenía la espalda recargada contra lo que parecía ser un barril de cerveza casi del tamaño de un hombre. El pandaren no se volvió ni dejó de remar mientras hablaba. Sus palabras apenas audibles debido a la incesante lluvia.

—¿Eres… Alianza? —Idioma común con acento, voz ronca y chirriante. —¿Un hombre?

—Sí —Tarlo hizo una pausa—, ¿dónde estamos… a dónde van en este bote?

El navío se deslizó por la inercia cuando el pandaren, que se volvió para mirar a Tarlo, dejó de remar. Ojos de color dorado bajo la capucha, con apariencia de animal asustado. Su barba rala y sus dos bigotes peludos se agitaron.

—De pesca.

Tarlo estaba tan seco como era posible, es decir, nada. Se cubrió la cabeza con otra frazada cuando los pandaren izaron los remos y permitieron que las olas guiaran el barco.

Los acantilados estaban cada vez más lejos y Tarlo apenas podía verlos. No podía imaginar dónde se encontraba el Orgullo del Patrono, si es que no había naufragado aún. Un relámpago iluminó el cielo.

Los tripulantes se ocupaban charlando, preparando sedales, revisando redes en busca de agujeros; colocando carnada en los anzuelos. El pandaren grandote y gritón había destapado el barril y llenaba tarros de dos en dos.

—Oye, te lo agradezco —le dijo al pandaren grandote— pero, ¿podrías dejarme cerca de esos acantilados que pasamos hace poco?

—El primo Shi Ga se prepara para lanzar, ¿gustas un trago?

—El… ella, su voz era sorprendentemente suave. —Tarlo apenas y podía creer que las palabras provenían de las mismas fauces que bramaban hace no mucho.

Tarlo terminó aceptando el espumoso tarro de cerveza que le pusieron en las manos. Los dientes le castañeteaban al cabo de un par de sorbos. Estaba tibia… pero no era algo malo.

—Uh, gracias. Tarlo. —Dijo mientras se señalaba a sí mismo.

—Yo soy Mei Pa. Me alegra compartir un trago contigo, Tarlo. Éste es mi hermano, Kuo. —Ella hizo un gesto con la palma abierta en dirección al robusto pandaren de rostro ancho.

Kuo, quien sujetaba las asas de dos tarros con su enorme zarpa mientras estiraba las redes del bote, asintió.

—Kuo nos contaba aquella ocasión en la que atrapó un pez alveolar cerca de la costa del Bosque de Jade. ¿Pescas, Tarlo?

Tarlo no pescaba pues lo consideraba increíblemente aburrido. Te sentabas, esperabas, observabas y luego aguardabas un tanto más. La gente salía de pesca en las condiciones más perezosas y claras que uno pudiera imaginar. Asimismo, se autoproclamaban pescadores como si fuera algo importante. Cualquiera podía ser un pescador en primavera. Por otro lado, pescar en un pequeño bote durante una tormenta en medio del océano con este frío infernal… eso no era aburrido. Era estúpido.

—No tengo madera de pescador. —Dijo.

—Pero seguro cuentas historias, ¿no?

—¿Historias? Sí, claro, tengo algunas.

De inmediato, Mei Pa y Shi Ga le clavaron la mirada. Al parecer les agradó la idea. Si podía tocar terreno en común, quizá serviría para convencerles de llevarle a un sitio más seco…

Tarlo se aclaró la garganta.

—Bueno, cuando estaba en los Humedales, mi compañía y yo —éramos ocho si mal no recuerdo— encontramos este viejo poblado. Se trataba de un fuerte en ruinas, construido por los enanos hace mucho tiempo. Nuestra misión era explorar, así que comenzamos a revisar el interior. Sin embargo, creo que la Horda también sabía de su existencia, pues al poco rato se congregaron dos enormes legiones a las puertas del lugar; buscaban una entrada. Rodearon el fuerte por completo y no había modo de salir sin que nos vieran. Eran un montón; estábamos atrapados. Malditos bastardos feos esgrimiendo hachas enormes, espadas, en fin, de todo.

—Mei Pa frunció el ceño.

—Entonces, a Griley se le ocurrió esta magnífica idea. Quitamos todo lo que pudimos de la pared, incluyendo los grabados. Agarramos algunas de las alfombras que no estaban podridas —incluso rasgamos un par de ellas para hacerles creer que eran sobrantes de los saqueos— y apilamos todo en la parte frontal del atrio. También echamos unas monedas al asunto, porque los orcos no son capaces de resistir una pila de basura si parece que hay cobres de por medio.

Los pandaren estaban realmente interesados en la historia. Shi Ga dejó su caña de pescar y se acomodó en su asiento para ver a Tarlo mientras narraba.

—Después pusimos media docena de cargas explosivas en la pila de botín, las cubrimos con todo lo demás y nos escondimos. Cuando entraron los orcos, me encontraba sudando a lo bestia. No les miento, no creí que se la tragaran.

—Discutieron por un rato, pero al final enviaron a unos cuantos goblins, ya saben, los pigmeos de color verde con orejas puntiagudas, a echar un vistazo. Esperamos a que varios de ellos estuvieran hurgando en la pila, seis, ocho, diez… y ¡BAM! Nos cargamos como a veinte, así como buena parte de la muralla y la reja levadiza. Fue de lo más estruendoso que he escuchado en mi vida. Mientras el enemigo intentaba dilucidar qué había pasado, lanzamos nuestras cuerdas sobre la puerta oeste y salimos de manera sigilosa.

Listo. No obstante, parecía que Kuo contenía la respiración. —¿Y? —Preguntó.

—¿Cómo? —Respondió Tarlo.

Mei Pa intercedió. —Lo que se pregunta mi hermano, me parece, es la moral de tu historia. —Su rostro parecía haberse encongido de manera extraña.

—¿Moral? Bueno, los engañamos. Fuimos más inteligentes que ellos y logramos escapar. ¡Ninguno de nuestros muchachos resultó herido y nos superaban en número casi diez a uno! —Tarlo comenzaba a ponerse rojo.

—Ya… veo. —Mei Pa parecía molesta.

—Estábamos en guerra. —Tarlo alzó la voz, pero los pandaren le ignoraron. Toqueteaban sus implementos, preparaban de nuevo los sedales y miraban hacia la tormentosa negrura. El bote se agitaba con violencia pero no avanzaba. Era una situación incómoda.

—¿Qué hacen ustedes en el océano con esta tormenta? —Preguntó Tarlo, consciente de lo absurdo que era cuestionar a quienes le salvaron la vida. —Queda claro que no iban en busca de nuestro navío.

—¿Puedo responder a tu pregunta con una de mis historias, Tarlo? —Mei Pa respondió con amable suavidad. Tarlo asintió. ¿Por qué no? Iba a lloverle de todos modos.

***

Hace muchos, muchos años —no muy lejos de aquí— había una pequeña aldea pandaren llamada Za Xiang. Sus habitantes eran pescadores ancestrales y llenaban sus estómagos con los frutos del mar. Los aldeanos dependían del océano en su totalidad pues entre sus filas no había granjeros ni cazadores, mas gozaban de salud y felicidad. Sin embargo, un día, la aldea se vio asolada por una hambruna antinatural y los peces desaparecieron del área cercana a los hogares de los pandaren. Éstos bebieron lluvia y cerveza, se alimentaron de nueces, pero sus reservas pronto se agotaron y los peces no volvieron. Los aldeanos sufrieron.

Después de semanas de hambre y de racionar lo poco que quedaba, los aldeanos se hundieron en la desesperanza. Enviaron corredores a la capital para solicitar comida, sin embargo, durante la espera, muchas familias abandonaron Za Xiang. Los pandaren pasaban horas en los muelles, pero los peces no mordían. Siempre regresaban a sus hogares con las zarpas vacías, salvo por un joven muchacho llamado Xun de aproximadamente 12 años de edad.

Xun era necio y juró que pescaría sin parar hasta que hubiera suficiente, no sólo para alimentar a su familia, sino a la aldea entera. Por desgracia, desconocía el oficio de pescador, así que aguardó en los muelles. Desde ahí llamó a los peces y los buscó por encima del agua, mas nada ocurrió. También tenía un palo con un hilo amarrado, sin embargo, carecía de carnada pues sus vecinos la usaban como alimento. Entonces, Xun decidió engañar a los peces. El pandaren pulió unas cuantas piedras hasta sacarles lustre y luego las lanzó sobre el agua, con la esperanza de que los peces saltaran tras ellas. No lo hicieron.

El muchacho se dedicó a lanzar piedras al agua sin pegar pestaña durante toda la semana. Tampoco funcionó. Después, Xun trató de convencer a los peces de que salieran del agua. Metió la boca al océano y les contó chistes en su idioma. Por desgracia, los peces no comparten nuestro sentido del humor y, si alguno escuchó el sonido de la voz de Xun, ninguno subió a saludarle.

Al cabo de tres días, todo parecía indicar que el mar no albergaba peces y Xun se enojó. El muchacho comenzó a nadar hasta que el agua se tornó fría. La costa y su hogar tenían apariencia diminuta desde ahí.

Xun respiró profundo, se sumergió y comenzó a buscar peces con los ojos abiertos para poder atraparlos con sus zarpas. Pronto divisó un pequeño pescado café oculto entre el lodo. El pandaren era veloz y nadó hacia su presa. Sin embargo, al aproximarse, una enorme sombra bloqueó la luz del sol y el muchacho vio como las enormes fauces de una serpiente hambrienta se cerraban en torno al pez.

El monstruo que se robó el pescado de Xun era enorme y correoso, cual anguila, pero estaba enroscado como si no pudiera estirarse. Su estómago hinchado sobresalía y había peces vivos empalados en sus dientes plateados. Xun cayó en la cuenta de que esta cosa era culpable de la desaparición de los peces de Za Xiang, la razón por la cual nadie —ni siquiera los mejores pescadores del pueblo— podía atrapar siquiera uno.

El monstruo era tan grande que el cuerpo entero del muchacho cabría sin problemas en su gigantesca boca. Xun sintió miedo, pero estaba demasiado enojado como para regresar a casa. Decidido, Xun nadó en pos de la criatura, imitando su ritmo y sus movimientos mientras se desplazaba por el océano.

Xun contuvo la respiración lo mejor que pudo y se abalanzó contra las fauces abiertas de la bestia. La separación entre sus serrados dientes era tal que al pandaren le fue posible meter una zarpa entre ellos; sacó un pez. Luego exhaló y se apresuró a regresar a la superficie antes de que la criatura pudiera arrancarle un trozo.

El muchacho llevó el pez directo a casa, donde lo colocó en la mesa mientras comunicaba a sus padres, hermanos y hermanas que no tenían por qué irse. Sólo era necesario encontrar una nueva forma de pescar para alimentar a todos.

Xun descubrió, como todo aquel que decide realizar esta tarea, que la mejor pesca no es pasiva.

***

Para no reírse —y a pesar del dolor de espalda, la lluvia, el frío y todo lo demás que estos pandas locos parecían ignorar— Tarlo tuvo que bajar la mirada y hundir sus labios en su cerveza.

Claro, claro, un muchacho pandaren nadó hasta la mitad del océano. Era tan veloz que arrancó un pescado de las fauces de una enorme anguila, escapó sin ser devorado y salvó a su aldea. Seguro que sí.

Lo que Tarlo dijo fue. —Eh, historia interesante.

Mei Pa le sonrió como si pudiera leer su mente. —Sólo es una historia, Tarlo. Un fragmento, pero considero que es importante.

Estos pandaren eran inclusivos. No sólo le salvaron la vida y le contaron una historia, sino que también le dieron una pequeña y torcida caña de pescar con algo de carnada; del mismo modo que uno le daría una espada de madera a un niño para que se divierta. Tarlo había estado lanzando su anzuelo al agua con una mano mientras Mei Pa narraba. Pescar, claro. Más bien echar un cordel al océano para no pensar en el frío. Aún al cabo de una hora no mordía nada de nada.

Ahora que Mei Pa ya no hablaba, Tarlo se volvió hacia el mar y se quedó mirándolo fijamente. ¿Por qué no había pescado nada después de tanto tiempo? Kuo y Shi Ga sacaban redes repletas de olorosos peces de color dorado.

—No te preocupes, Tarlo. En ocasiones los peces no vienen, no tiene nada que ver contigo.

Tarlo sacó el anzuelo del agua, miró a Mei Pa y gruñó con indiferencia mientras dejaba caer la caña sobre cubierta. Los pandaren habían terminado, así que él también. Podían irse al fin. Después de unos minutos, el bote comenzó a moverse una vez más.

***

Tarlo miró hacia el cielo; llovía con más fuerza. Las frazadas que llevaba puestas ya sólo guardaban la humedad y el frío. Trató de recordar cuando fue la última vez que vio esos acantilados. ¿Qué sería? ¿Hace cuatro o cinco horas? Aún estaba oscuro.

"

—¿Nos dirigimos hacia tierra? —Preguntó a nadie en particular.

—Todavía hay buena pesca. —Respondió Shi Ga con voz rasposa. Un relámpago centelleó por el cielo y las nubes parecieron abrirse una vez más.

Tarlo prefería morir a causa de sus propios errores que debido al mal juicio de alguien más, así que echó un vistazo al agua en busca de algo hacia lo que pudiera nadar; aun herido como estaba. Tablas a la deriva, trozos de coral, cualquier cosa. Sin embargo, sólo vio cortinas de lluvia tan densas que terminó por entrecerrar los ojos.

Momento, divisó algo más. Ahí, cerca de la superficie, se desplazaba una silueta serpenteante y aceitosa de color negro. Tarlo creyó ver una aleta, pero se desplazaba a demasiada profundidad como para estar seguro. El bote se meció suavemente y Tarlo se agarró de un costado. Es la tormenta, no… lo que sea esa cosa.

—Hey… —Empezó Tarlo, pero Kuo y Shi Ga sacaron los remos del agua. El bote avanzó sin dirección con languidez hasta quedar inmóvil; la fuerza de la lluvia los golpeó con todo.

—No toques la superficie —susurró Shi Ga con su voz de fumador de pipa—, pasará.

Tarlo vio a la oscura silueta dar vueltas en círculos perfectos debajo de ellos y no estaba tan seguro. Sentía comezón en el cuello y quería expulsar lo que fuera que se acumulaba en su garganta, pero no emitiría ningún sonido innecesario con esa cosa tan cerca.

Kuo carecía de tales escrúpulos. —Tarlo, ¿gustas que continúe la historia de Xun? El momento parece idóneo. —El pandaren le extendió una cerveza, cuya espuma escurría por el borde del tarro a causa de la lluvia.

Insensatez.

***

La pesca de Xun no era suficiente para alimentar a todo Za Xiang. Ni siquiera bastó para su familia pese a que lo rebanaron, hicieron sopa con las aletas y se comieron también las escamas. No obstante, había un significado entre líneas. Si un principiante podía pescar algo, ¿qué detenía a los maestros que llevaban haciéndolo toda la vida? Los aldeanos se dedicaron a lanzar sus anzuelos al agua día y noche. Eran tantos que no cabían en el pequeño muelle y sus sedales terminaban por enredarse. Quienes no podían pescar comenzaron a ampliar el muelle para que todos tuvieran espacio para pescar.

No obstante, aún trabajando juntos, los aldeanos apenas y comían. Sacaban uno o dos peces diariamente y se llevaban trozos para cocinarlos y compartirlos con los demás. El rugido de sus estómagos hacía eco por el océano. Los pandaren tenían apariencia demacrada —la pérdida de peso evidente en sus espaldas, brazos y rostros— y deambulaban sin dormir. El mar parecía estar vacío.

Xun no estaba contento. Sus compatriotas se esforzaron para conseguir comida, pero el muchacho sabía lo que rondaba en las profundidades. Sus familiares y amigos sufrirían hambruna por siempre gracias al monstruo que devoraba a todos los peces. Xun nunca mencionó la existencia de la bestia, pues temía que los aldeanos dejasen de pescar. Esa noche cargó una canoa con cacerolas y barriles vacíos de peso considerable y emprendió la marcha hacia alta mar. Su remo era una lanza, pues la mayoría de los remos de madera terminaron como materiales para la ampliación de los muelles. Transcurrió medio día antes de que la costa desapareciera a sus espaldas. El viento arreció poco después y Xun sintió frío por falta de abrigo. Nadie le consideraría sabio.

Cuando ya no le fue posible ver su hogar, Xun comenzó a gritar y a golpear el agua con su lanza. Posteriormente tomó las cacerolas y los barriles y los lanzó por la borda con todas sus fuerzas. Algunos se hundieron y crearon grandes nubes de tierra al tocar fondo, cual enormes pisadas en el suelo marino. El muchacho se dedicó a hacer eso durante casi toda la noche. Eventualmente vio a la monstruosa anguila aproximarse.

Xun tomó la lanza y se preparó para atacar a la aberración tan pronto como llegara cerca de su bote, sin embargo, divisó figuras similares detrás de ella. Algunas eran del mismo tamaño que la gran anguila; otras aún más. Tenían fauces como picos, enormes caparazones y colas con aletas. La trampa de Xun atrajo a estas criaturas, más grandes que las casas de Za Xiang.

Antes de que el pandaren pudiera reaccionar, las bestias hicieron pedazos su barco. Xun cayó al agua justo en medio de una congregación de monstruos.

El hambre las condujo hasta Xun y éste se defendió trazando arcos de izquierda a derecha con su pequeña lanza, valiéndose de sus piernas para impulsarse fuera del agua y esquivar sus embates cual pez saltarín. Cada vez que el pandaren evitaba sus feroces mandíbulas, las criaturas se violentaban e incluso se mordían unas a otras. Cuando tuvo la oportunidad, Xun atacó con su lanza, pero el hierro se abrió en cuatro como cáscara de plátano.

La lucha continuó —del amanecer hasta el ocaso— y Xun empezó a sentirse cansado. Cinco de las imponentes bestias le rodearon, forcejeando para impedir que las demás le devorasen primero. En eso, una enorme tortuga rocosa agitó sus aletas debajo de él y abrió su enorme boca, cual compuerta en el fondo del océano. Xun fue arrastrado hacia las profundidades entre torrentes de agua de mar y su visión se tornó negra cuando fue tragado por la tortuga.

***

—¿Y qué se supone que aprenda de eso, Kuo? —Espetó Tarlo sin mirar el agua. —¿No navegar hasta alta mar en un bote pequeño? De ser el caso, ustedes tres no parecen entender la lección.

Kuo le miró, un tanto sorprendido. —Oh no, no. Xun aprendió que el tamaño del pez no importa, siempre hay uno más grande. Sin embargo, no he terminado.

***

Había agua de mar y ecos en la fría garganta de la bestia. Xun no podía ver nada y el agua hacía más lentos los golpes que soltaba contra la tortuga. Sus enormes mandibulas, no obstante, permanecieron cerradas.

Xun sabía que no saldría de ahí peleando, pero también tenía presente que la criatura deseaba un bocadillo, así que contuvo la respiración. Reunió en su boca el poco aliento que le quedaba y luego lo almacenó en sus pulmones. Xun hinchó los cachetes, apretó el pecho y se aferró a la garganta de la enorme bestia mientras ésta nadaba en círculos e intentaba lanzarle a su estómago con la lengua. El pandaren estaba cansado y tenía miedo, pero cerró los ojos y aguardó.

Días después, cuando la mayoría de los aldeanos de Za Xiang intentaban pescar desde los muelles, un viejo buscaba madera y algas marinas en la playa. Gran fue su sorpresa cuando se topó con una casa en la playa y más aún al descubrir que la “casa” era una tortuga dragón. Su delgada cabeza era similar a la de una serpiente y su caparazón cubría todo su cuerpo, incluso el abdomen.

Arrastrar a la criatura hasta la playa fue una tarea que requirió las zarpas de todos los aldeanos. Éstos se valieron de martillos para romper el caparazón y trabajaron hasta que cayó la noche; cada impacto resonaba con más fuerza que el hambre en sus estómagos. Cuando terminaron, hallaron puntos suaves para cortar la carne de la tortuga, más que suficiente para alimentar a todos.

El escándalo de los martillos despertó a Xun y, cuando los aldeanos abrieron la panza de la tortuga, el joven salió para regocijo de su familia y de todos en Za Xiang. La necedad de la bestia había sido casi tan grande como la de Xun, pues se rehusó a abrir la boca para impedir que su presa escapara. Atrapado en el gaznate de la criatura, Xun contuvo la respiración durante un rato tan largo que ésta se ahogó, mas no se hundió gracias a las imponentes corrientes de aire en los pulmones del pandaren.

Xun les dijo a los aldeanos que no había nada que temer y que podían pescar lo que quisieran del océano: desde peces pequeños hasta enormes bestias. Cocinaron la carne de la tortuga dragón y llenaron sus estómagos por primera vez en mucho tiempo.

***

Tarlo notó que, con la historia concluida, estaba consciente del golpeteo de la lluvia sobre las olas. Rugido y calma; una, otra y otra vez. Tenía aún más presente su miedo, pues sostenía un remo con firmeza y sus dedos se encontraban acalambrados.

La enorme silueta bajo el agua se detuvo por un período que pareció una eternidad y Tarlo consideró que se preparaba para atacar. Shi Ga estuvo observándola durante la historia, mientras la lluvia se deslizaba por su capucha. Su barba y su bigote tenían la apariencia de colas de rata gemelas adheridas a su barbilla.

Luego, de modo abrupto, la silueta se retiró, disminuyendo de tamaño hasta que a Tarlo ya no le fue posible verla. Ninguno de los pandaren dijo nada, pero, al cabo de unos minutos, sus remos estaban de vuelta en el agua.

Probablemente se trataba de un tiburón. En este momento, lo que más le preocupaba a Tarlo era el frío. Temblaba tanto que sus huesos se sentían como témpanos y no podía dejar de mover las manos. Los pandaren le ayudaron a quitarse una de las capas empapadas y a ponerse otras dos —extraídas de un arcón de hierro— además de servir otra ronda de cerveza. Quizá pronto llegarían a tierra y entonces podría estar seguro de que sobrevivió.

Mientras tanto, el bote se desplazaba y la curiosidad —estúpida y sin dirección— pudo más que Tarlo. Este muchacho, Xun, salió para salvar su aldea, llegó por suerte al lugar correcto, luchó contra enormes peces dentados sin salir lastimado, resolvió los problemas de todos y terminó en la playa cercana a su casa donde la vida regresó a la normalidad… claro.

Tarlo tocó a Kuo en el hombro.

—¿Eso es todo? ¿Encuentra unas criaturas enormes, una de ellas se lo traga, sobrevive de milagro y, cuando encalla, eso salva su aldea de la hambruna?

Kuo negó con la cabeza. —Hay más en torno a la historia de Xun, por supuesto.

—Seguro —dijo Tarlo—, siempre hay más cuando vas inventándolo sobre la marcha. Debe ser agradable no verte limitado por lo que en realidad sucedió. ¿Cuánto tiempo contuvo Xun la respiración? ¿Dos días?

Tarlo esperaba que Kuo se mostrara dolido, pero parecía estar sonriendo; una sonrisa entre pelaje mojado.

—Es buena señal que recuerdes su nombre. Shi Ga es el mejor para narrar el resto de la historia, así que permitiré que él sea quien continúe.

Kuo y Mei Pa tomaron los remos y Shi Ga se sentó junto a Tarlo. Éste miró al pandaren mientras el bote viajaba a la deriva sin propósito o rumbo aparente. Los ojos de Shi Ga brillaban tanto como de costumbre y su voz ronca obligó a Tarlo a acercarse, de mala gana, para poder escucharle.

—Transcurrió mucho tiempo desde que Xun salvó a su gente y esto siempre trae cambio…

***

Durante muchos años, Xun se encargó de alimentar a su aldea. La gente de Za Xiang comió tortugas dragón, enormes calamares de ocho ojos e imponentes anguilas. Nadie igualaba el apetito del mismo Xun, quien también bebía el aceite de las bestias. Conforme llegó a la edad adulta, se volvió más alto y fuerte, hasta que fue posible ver su cabeza por encima de las casas de la aldea. Al caminar se desplazaba derecho y sólido, como si fuera un roble.

Como era costumbre de los hombres pandaren que viven cerca de los fríos vientos del océano, Xun se dejó crecer la barba, la cual absorbió sal marina y adquirió una apariencia desgreñada; cual pellejo de animal salvaje. Sus ojos se tornaron rojos y se le inyectaron de sangre, mientras que sus pupilas se estrecharon como las de un pez. Corrían rumores de que podía ver a leguas de distancia bajo el agua.

Cuando Xun entraba al océano con la camisa puesta, el agua de mar temblaba ante su presencia y se ocultaba en los confines de la tela, dejándola empapada durante días. Por esta razón decidió poner a secar sus enormes camisas —confeccionadas por una docena de sastres de la aldea— en la playa. Terminaban crujientes y tiesas por la sal y los cachorros se tropezaban con ellas. Peor aún, sus anchos hombros derribaban su casa cuando daba vueltas en su cama. Xun decidió entonces andar sin camisa y dormir en el muelle para que la aldea no sufriera a causa de su tamaño.

Como adulto, Xun comenzó a atrapar a las enormes bestias del mar sin ayuda. Recibió mordidas y picaduras en múltiples ocasiones y ostentaba un bosque perfecto de cicatrices blancas en su pecho y mandíbula. En cierta ocasión, un tiburón colosal, cuya boca tenía un diente por cada alma viviente en Pandaria, cerró sus fauces sobre la oreja de Xun. Incapaz de quitárselo, caminó por el fondo del océano de vuelta a tierra, sacó a la bestia del agua —donde no podía respirar— y la arrastró hasta la playa, creando los ríos que aún fluyen al interior en las cercanías de Za Xiang. Cuando los aldeanos le quitaron al tiburón de encima a Xun, éste perdió parte de su oreja. Lo que quedó parecía cuero curtido, así que su familia le obsequió un gran anillo, del tamaño del brazalete de un cachorro, para que se lo pusiera.

Como no había necesidad, la gente de la aldea dejó de pescar.

Aunque a Xun no le molestaba encargarse de todo, empezó a preocuparse con la vejez. Los peces aún escaseaban en torno a Za Xiang y él no había visto más de un puñado a la vez desde que era un muchacho. El apetito de los aldeanos, quienes se alimentaban de las imponentes bestias que atrapaba Xun, aumentó, pero ninguno de ellos creció como Xun, ni tampoco eran capaces de sacar la fauna del mar como él hacía. Xun temía que, al morir, sus compatriotas perderían el océano ante las bestias y se verían forzados a dejar sus hogares o sucumbir frente al hambre.

Un sabio pandaren podría haberle sugerido a Xun que guiara a su gente a otro sitio en busca de una nueva vida. Seguramente un héroe del tamaño y fuerza de Xun, alguien responsable de tantas proezas, sería capaz de convertirse en un gran cazador o hacerse de un lugar en alguna ciudad para sus familiares y amigos.

Sin embargo, Xun no era sabio, sino necio, y amaba su hogar. Decidió pues que se dedicaría a alimentar a Za Xiang por siempre.

Mientras descansaba en el muelle, Xun escuchó a viejos pescadores —pandaren con pelaje gris desde que él no era más que un niño— repetir una historia una y otra vez. Ésta se grabó en la mente de Xun y revelaba la existencia de un monstruo sin nombre, vasto como el océano mismo. Medía mil metros, mucho más grande que cualquier otra bestia traída a tierra.

La primera vez que Xun escuchó la historia, se trataba de un tiburón inmenso con filas infinitas de dientes afilados. Cuando la narraron por segunda ocasión, era similar a una aguamala con apariencia vidriosa; cubierta de aguijones.

Xun no consideró que la discrepancia indicara falsedad en la historia. Sin importar cual fuere la verdad, razonó, la bestia era de tamaño tal que podrían compartirla sin problemas. Había suficiente sal y humo en la aldea para preservar las piezas durante un buen tiempo. Sus aletas o tentáculos darían sabor a una buena sopa y su panza serviría como churrasco o cecina. Podrían rebanarlas, freírlas, sazonarlas, rellenarlas, marinarlas, cocerlas con verduras, filetearlas, echarlas a la parrilla o prepararlas en brochetas. Comerían de tal pesca durante meses, años; generaciones.

Otro punto común en todas las historias de esta criatura de proporciones titánicas era que habitaba en las profundidades del océano, más allá de lo que ningún pandaren había visto jamás. Xun pasó horas sentado en la colina más cercana a su aldea, aspirando las ráfagas de viento que chocaban contra su boca para llenar de aire sus pulmones. Luego, amarró pesados barriles a sus pies para llegar con facilidad al fondo del mar. Mientras se internaba en el océano, sus tremendas zancadas provocaron resaca que generó bancos de arena en la superficie y las gaviotas que habitaban en su barba surgieron juntas hacia el cielo como una flecha blanca. Los aldeanos estaban acostumbrados y saludaron a las aves como si se tratase del mismo Xun.

***

El bote se detuvo una vez más y Tarlo, sin planearlo, se encontró con la caña de pescar en las manos y el anzuelo en el agua. Su mente divagaba. Mei Pa y Kuo hicieron lo propio, lanzando varias veces sus sedales antes de quedar satisfechos. Posteriormente permanecieron inmóviles, cual estatuas, mientras la lluvia escurría de sus siluetas.

Tarlo también era joven y estúpido cuando empezó su servicio militar. Lo único que sabía era que luchar por la Alianza constituía la posibilidad de llegar a algún lado, sin embargo, no consideró que ese lado sería otra pelea, así como más cuerpos magullados y vacíos cuya apariencia se apreciaba indistinta en el suelo. Claro, cuando eres joven y estúpido puedes saber algo sin que ésto sea verdad. Siempre existiría un nuevo enemigo o algún premio que dos personas añoraban mas no podían compartir. La gente que hacía la guerra creaba generaciones a su imagen, la muerte conducía a más muerte; todo eso.

¿Entonces por qué no renunció al ejército y regresó a casa?

Se detuvo. Era de lo más extraño pues Tarlo juraría que sintió un tirón en el sedal. Quizá temblaba por el frío pero… no, ahí estaba de nuevo. Tomó la caña con ambas manos y Shi Ga guardó silencio de súbito, haciendo una pausa en la historia para observar a Tarlo pescar. —Con cuidado… —Dijo el pandaren.

Valiéndose de tanta precaución como pudo, Tarlo se incorporó y agarró la caña con firmeza, como si se tratase de una lanza. Hubo un tirón, luego otro y Tarlo jaló con fuerza para revelar…

…un anzuelo vacío que surgió entre el oleaje y le golpeó en el hombro. El sedal mojado se enroscó en su oreja.

El maldito pez se robó la carnada directamente del anzuelo. Quizá dos peces, trabajando en equipo, se dividieron el premio y se lo llevaron. Tarlo estaba tan enojado que casi quería saltar al agua para perseguir al pez, no obstante, vio el rostro peludo e inescrutable de Shi Ga. ¿Podían los pandaren sonreírse?

—Continúa. —Gruñó Tarlo.

***

Xun se hundió bajo las olas y descendió durante más tiempo del que podía medir: mil veces su altura a través de las profundidades. El agua se tornaba cada vez más fría, los peces más escasos y el océano más oscuro en todas direcciones.

Él había nadado en las profundidades, pero nunca hasta el punto donde le rodeaban inmensos cañones de roca y ya no existía el vaivén de las olas. Aún con los oídos llenos de agua, sentía dolor en su cabeza. Pronto, el interior de sus oídos se hizo pedazos y sangre manó de ellos. La sal del mar le ardió, sin embargo, no regresó a la superficie.

Xun continuó su descenso hasta que ya no pudo ver nada de luz filtrarse desde arriba, ni discernir imágenes más allá de sus zarpas. Tampoco vio a las nebulosas criaturas, vastas cual ballenas, que pasaron cerca de él. Al rozar sus escamosos pellejos, éstas ni cuenta se dieron. Así de grandes eran.

Flotó hasta que se quedó dormido y despertó al cabo de una noche de descanso, hundiéndose aún. Xun percibió un débil calor que manaba de abajo y nadó presuroso hasta que sus zarpas tocaron polvo de color negro azulado. Bajo sus pies se extendía una enorme zanja, una fractura en el rocoso suelo marino. Cuando se quitó los barriles y descendió, estaba seguro de que se encontraba cerca del centro de Azeroth.

En el interior de la zanja, Xun sintió el agua pasar a gran velocidad y sus oídos rotos escucharon el eco amplificado de cada uno de sus movimientos. Sabía que la cueva era tan grande que representaba un mar en sí mismo y las murallas estaban a distancia tal que tomaría una hora nadar de una a otra.

Se sentó y dejó que sus ojos se ajustaran a la oscuridad en ese sitio cercano al suelo del mundo. Pronto comenzó a distinguir siluetas borrosas, así como la saliente de un amplio hueco de roca. Frente a dicho hueco había extensos arrecifes y Xun estaba seguro de que ahí encontraría el hogar de la gran bestia sin nombre, pues no había visto punto más profundo en todo el océano.

Sin embargo, la pequeña montaña que rodeaba la cueva tenía apariencia extraña. Su color era similar al de un gusano de tierra y no al negro azulado de una piedra marina. Aun en la oscuridad, Xun pudo distinguir su coloración con claridad. Estaba confundido.

Luego, las agallas de la montaña se agitaron y despidieron una lluvia de rocas. Xun supo entonces que tenía vida.

De tamaño comparable a la aldea de Xun, la criatura producía energía suficiente como para calentar la zanja en las profundidades del océano. Ésta se movió, pues la presencia de Xun le despertó, y el pandaren notó cientos de tentáculos en la parte inferior del cuerpo de la bestia, como si se tratase del tronco de un árbol masivo. Cada apéndice tenía un enorme aguijón dentado en la punta.

Sus fauces eran un bajío o un arrecife de coral y los tiburones que serpenteaban entre sus dientes, alimentándose de los restos de comidas previas, eran de tamaño suficiente como para volcar un bote con un golpe de sus hocicos. Su piel lisa estaba cubierta de espinas que ondulaban en el agua oscura. Conforme la criatura se alzaba y sacudía estratos de tierra de su cuerpo, el hedor de su aliento llenó el océano con eones de muerte y descomposición; Xun se sintió cansado por primera vez en un buen rato.

Los otrora magníficos ojos y oídos de Xun no le servían de mucho en la oscuridad y la aspereza de su barba le hizo sentir la punzada innegable de la edad. Tampoco había disfrutado del aire o del viento fresco durante días. En comparación con la criatura en su camino, Xun no parecía pequeño, era pequeño; cual cachorro frente al sol.

El puño de Xun se estrelló contra uno de los enormes dientes, resquebrajándolo. El segundo puñetazo lo hizo añicos y los fragmentos rebotaron por las fauces de la monstruosidad cual arpones. Cuatro tiburones que devoraban la placa de la criatura sin nombre fueron succionados de manera ruidosa, como si hubiera un remolino invisible.

Xun bajó la cabeza y continuó su ataque. Al son de un crujir espantoso que reverberó en lo que quedaba de sus oídos, seis dientes más flotaron hacia el océano. Éstos ascendieron a gran velocidad, recolectando plankton, peces y ballenas a su paso. Cuando los dientes finalmente salieron a la superficie —tapizados de vida animal y vegetal empalada— parecían brochetas marinas del tamaño de árboles.

La cosa intentó cerrar las mandíbulas, pero Xun clavó los pies en sus encías y empujó con fuerza. Las muñecas del pandaren se doblaron en agonía y sus huesos terminaron hechos polvo; aun así, mantuvo abiertas las mortíferas fauces. Sin embargo, el monstruo era implacable y usó sus tentáculos para tomar a Xun de la garganta, jalar sus extremidades y atravesar repetidamente su estómago.

Las terribles picaduras dejaron perforaciones rojas en el pellejo del pandaren, pero el veneno era peor. Xun sintió la sangre hervir en su cuerpo. No podía usar sus brazos para protegerse, pues las enormes mandíbulas podrían cerrarse. Sin más opciones, mordió uno de los tentáculos una y otra vez hasta que le dejó ir. Posteriormente, apretó los dedos alrededor de la extremidad en retirada y fue transportado al oceáno abierto.

Los tiburones que moraban en las fauces de la cosa se aferraron a los brazos y piernas de Xun, sangrando algo del veneno con sus mordidas, así que los usó como escudos para impedir que los tentáculos le atravesaran los ojos. Mientras resistía los embates, nadó hasta la cabeza de la abominación y comenzó a golpearla con fuerza. Las espinas de la piel del monstruo se irguieron como si se tratara de un gigantesco pez globo y los nudillos de Xun se abrieron cual tela con cada puñetazo; mas no se detuvo. Sus golpes rugían cual truenos en la superficie, pero se veían opacados en las profundidades. Las espinas de la criatura se quebraron, y su carne crepitó con la fuerza de cada ataque, pero permaneció silenciosa como calamar.

Pelearon sin descanso durante días. Xun golpeaba la cabeza o la panza de la criatura y se alejaba cuando los tentáculos se acercaban demasiado. La cosa jalaba al pandaren hasta sus mandíbulas o trituraba sus huesos. Tal era la furia de su batalla que gigantescas olas rompieron en la costa de Za Xiang, alzándose tan alto que los aldeanos temieron por sus vidas. El muelle se quebró y fue devorado por el océano mientras la gente huía al interior de sus hogares.

Eventualmente, Xun comenzó a flaquear. El veneno llegó a su corazón, entorpeciendo sus movimientos. La docena de tentáculos que quedaban lo rodearon y ejercieron presión. Xun sabía que carecía de la fuerza para quitárselos a golpes.

Antes de que sus brazos terminaran inmovilizados, Xun clavó los dedos en dos de los tentáculos, plantó sus piernas en el suelo y tiró con gran fuerza. El pandaren sintió como sus entrañas se hacían jirones.

El cuerpo de proporciones titánicas surcó por las aguas, colgando de sus tentáculos como si se tratara de un papalote en un hilo. Xun tiró con todo y azotó la masa del tamaño de una montaña contra el suelo marino. El choque no emitió sonido alguno. Tierra y polvo grueso salieron despedidos a gran velocidad desde el punto de impacto.

Sin perder tiempo, Xun amarró los enormes tentáculos en torno a sus muñecas e intentó levantar a la criatura. Ya lo había hecho una vez, ahora sólo debía nadar hasta la superficie. Jaló, esperando que el monstruoso cadáver flotara.

Pero no ocurrió nada.

La visión de Xun era escasa, sus movimientos lodo y sus pulmones clamaban oxígeno. Descansaría un poco y lo intentaría una vez más. Apenas consciente de los latidos de su propio corazón, se arrastró hasta la cueva que otrora bloqueaba el cuerpo de la criatura.

En la oscuridad, un cardumen de peces pequeños pasó cerca de su cabeza. Sus aletas eran diminutas y sus escamas de color oro pálido.

Pese a su deplorable estado, Xun sintió lástima —lástima por los peces dorados encerrados aquí— pero lástima por su captor también. La enorme bestia devoró la mayoría de los peces pequeños que habitaban en el océano y luego decidió quedarse con el resto. La hambruna llegó a su aldea a causa del hambre de otro.

A Xun le costaba cada vez más trabajo recordar, pero su objetivo era de suprema importancia. Tomaría un descanso e intentaría levantar de nuevo al monstruo. El pandaren se recostó en el suelo marino y dejó escapar una fracción de su aliento en mil burbujas mientras peces de colores brillantes se arremolinaban en torno a él.

Xun se preguntó si realmente había hallado la parte más profunda del océano, cuestionó la veracidad de las historias y, mientras se planteaba todo esto, sintió que su espíritu le abandonaba. Antes de que sus ojos se cerraran, Xun vio a los peces dejar la cueva en dirección a mar abierto.

***

Shi Ga se incorporó, quizá, Tarlo pensó, porque la historia había concluído. Sin embargo, el pandaren aún tenía algo que decir.

—Cuando Xun luchó, la gente de Za Xiang sólo vio las olas. No obstante, pescar no es únicamente lo que ves sobre el agua, sino lo que hay debajo y lo que ven los peces. La experiencia es una lucha de vida o muerte, aunque esto no sea aparente.

Tarlo asintió. —¿Y los peces en la cueva?

—Xun no lo sabía, pero esos peces —dijo Shi Ga con aspereza—, eran los ancestros de la carpa dorada. Nadaron hasta aguas libres de peligro y se multiplicaron. Hoy día son uno de los peces más comunes en nuestros océanos y los consumen jóvenes, viejos, grandes y pequeños.

Tarlo miró una de las cubetas que había en el bote, dos peces con escamas doradas nadaban en su interior. Ok, podía ver el punto, o al menos la silueta de uno. Xun salvó a su aldea al hallar una nueva fuente de alimento accidentalmente. Una linda historia, aunque con algunos agujeros.

—Si Xun murió en la cueva, ¿cómo sabes tanto acerca de la pelea? —Preguntó Tarlo, demasiado quedo como para que pudieran escucharle claramente entre la lluvia. Se sintió mal por recalcarlo, pues era obvio que la historia era importante para estos pandaren. Probablemente Xun era el tatarabuelo de alguien y había sido prominente en sus días.

—Hmm. —La respuesta de Shi Ga pareció indicar que consideraba la pregunta por primera vez. Los otros dos pandaren no dijeron nada, sólo golpeaban el mar con los remos. Shi Ga tomó su propio remo mientras la lluvia caía con fuerza.

Llevaban horas remando, aún no amanecía y Tarlo no creía que estuvieran más cerca de llegar a tierra. Los tres pandaren movían los remos con rigidez, como si viajaran en línea recta, hasta que Shi Ga olfateó el aire y sacó su remo del agua. Los otros dos hicieron lo propio. —Ahh —dijo, inhalando profundo mientras el barco se bamboleaba.

—Henos aquí.

***

Tarlo temblaba pero, cuando las olas se agitaron y lanzaron agua sobre su regazo, se olvidó por completo del frío. Mei Pa se dirigió a su arcón de hierro, ahora situado en medio de uno de los charcos más profundos en el fondo del barco.

Lo que extrajo con cuidado del arcón parecía ser demasiado grande como para caber en él. Tenía la apariencia de una cadena de barco oxidada con un garfio, del tipo que los hombres usarían para anclar un barco a algún muelle. Enormes redes colgaban de ella, como pétalos de flor.

Mei Pa se incorporó, postrada cual proa en el borde de su diminuto bote, balanceándose como si fuera a desplomarse en cualquier momento. Pese a su tamaño, el buque no se movió ni un ápice. La pandaren empezó a girar la cadena en un arco amplio sobre su cabeza y Tarlo se agachó de manera involuntaria cuando el pesado garfio chocó contra el agua, salpicando en todas direcciones. Rollos de metal apilado se deslizaron sobre su hombro en dirección al fondo del océano.

A Tarlo le dolía la cabeza.

Mei Pa permaneció concentrada en su tarea, con la vista clavada en las olas. Al cabo de unos minutos se tensó y Tarlo estaba seguro de que iba a precipitarse al océano. Sin embargo, en ese momento empezó a tirar de la cadena y la primera de las redes llegó a cubierta. Estaba repleta de botín: peces fulgurantes de colores dorado, blanco y verde. Kuo y Shi Ga comenzaron a sacarlos, echándolos al bote como si se tratara de un huracán de vida marina.

Falto de convicción, Tarlo lanzó su anzuelo al agua una vez más.

Mientras los pandaren trabajaban, Tarlo observó como los tarros de cerveza, las cacerolas, las redes y las cubetas de carnada terminaron hasta el tope de peces inquietos. Incluso nadaban en charcos bajo sus pies y el barco ya casi no tenía espacio para almacenarlos. No obstante, los pandaren seguían sacando la pesca del día: un pez café de rostro aplanado y ceño fruncido con un tentáculo sobre su cabeza, un pez color ébano al que le salía vapor como si se tratase de una piedra extrusiva que se enfriaba, un pequeño pez azul con una delgada capa de… hielo… cubriendo su cuerpo.

—Esos son realmente deliciosos —dijo Mei Pa, haciendo una pausa por el esfuerzo que representaba mantener estable la cadena.

Con otro par de redes llenas a bordo, los brazos de Mei Pa comenzaron a flaquear por el peso de la cadena. Kuo y Shi Ga se dispusieron a echarle una zarpa y, entre los tres, regresaron a su rutina habitual, gritando al levar el enorme sedal metálico.

Tarlo aprendió hace mucho tiempo que, sin importar el cansancio, permanecer inactivo en medio de un frenesí de actividad era una invitación a ser sorprendido, asesinado, o ambos; en ese orden. Consideró ir a prestarles ayuda a los pandaren cuando…

Su sedal saltó.

Tarlo no iba a perder éste. Se sacudió la sorpresa y tensó los brazos mientras el viento enfriaba el sudor en su rostro y cuello.

Lo que fuere que decidió morder el anzuelo jaló con fuerza hacia el lado izquierdo y Tarlo sintió que le estaba dando demasiada libertad. Aunque le dolía la espalda, apretó los hombros y se irguió mientras el sedal comenzó a moverse una vez más, bajo el aparente control de la cosa bajo el agua. Tarlo jaló en dirección opuesta, pero no podía hacer mucho más para mantener firme la caña.

Tarlo estaba familiarizado con las proezas de fuerza. Había enfrentado cuerpo a cuerpo a tauren en armadura completa, les había quitado garrotes y espadas y se había librado del agarre de sus enormes brazos. Sin embargo, esto era muy distinto. La criatura contra la que luchaba parecía tener un peso descomunal, iba nadando entre melaza y jugaba a las vencidas con él a través de un delgado sedal atado a un desgarbado junco. Tarlo tiró una vez más pero, intentar obligar a su adversario aproximarse a la superficie, al bote, o a moverse en línea recta, era una batalla.

El hombre tenía el rostro enrojecido y respiraba entrecortadamente. La pequeña caña de pescar saltaba en sus manos, raspándole las palmas y entumeciéndole los brazos como si estuviera golpeando la muralla de un castillo con su espada. Algo retumbó y salpicó a sus espaldas pero no se volvió.

La caña había asumido forma de garfio, doblándose más y más con cada segundo que transcurría. Tarlo tiró, usando las puntas de sus pies para ejercer palanca adicional. Su sedal estaba tan tenso que le era posible distinguir las fibras que lo constituían. En ese terrible segundo, supo que algo iba a ceder.

Sin embargo, no esperaba que fuera el pez. Sin advertencia, cesó la presión en sus brazos y las escamas doradas del animal brillaron cuando Tarlo lo sacó del agua.

Era mucho más pequeño de lo que sugería la feroz batalla que dio.

El pez era casi idéntico a la gran cantidad de carpas doradas que daban coletazos y nadaban en el bote. Tarlo no tuvo que poner mucho empeño para evitar que se le escapara.

Los tres pandaren sujetaban la cadena con fuerza, llevando a cabo una especie de coreografía para colocarla de vuelta en la caja de aparejos de pesca, pero se detuvieron al unísono cuando vieron a Tarlo sosteniendo su premio. El hombre sonreía como si acabara de ganar la guerra.

Mientras miraban, Tarlo retiró el anzuelo de la boca de labios gruesos del pez, lo echó en la cubeta de agua que se encontraba en su lado del bote y se recargó contra el borde.

Uno.

***

Conforme empacaban la pesca de la tarde, la lluvia comenzó a amainar. Las gotas se hicieron más pequeñas y Tarlo pudo limpiarse los ojos en lugar de verse obligado a entrecerrarlos. El hombre se sentó junto a Shi Ga.

Lo que quería decir, una pregunta, era: ¿ya vamos a regresar a la costa?

Pero lo que salió fue una simple declaración. —Creo que entiendo por qué querías contarme esa historia.

—¿Hmm? —Shi Ga arqueó una ceja.

—Para demostrar que no están locos, claro. Pero también… inspiración, ¿cierto?

Shi Ga sonrió. —Sólo te contamos la historia de Xun porque vale la pena compartirla. Sin embargo, quizá descubras algo más en la manera de narrarla.

—¿Por eso están aquí? ¿Para pescar y contar historias?

—Continuamos la labor de Xun. No sólo para alimentarnos y sobrevivir, sino también para hallar nuestro propio legado. Para… contar nuestras propias historias. ¿Acaso no es esa la razón por la cual viniste aquí?

Tarlo meditó la pregunta. ¿Qué esperaba hallar en Pandaria? ¿Una gélida muerte lejos de casa? ¿El fin de la lucha? De cierto es que nunca pensó que conseguiría la cena. Sal a pescar en alta mar durante una tormenta y atraparás de todo.

Luego, tomó un remo y se unió a los pandaren, cuatro en el agua.