La Búsqueda de Pandaria - Parte 3
Sarah Pine

Li Li vio dunas doradas deslizándose bajo sus pies y cada paso que daba la propulsaba varios metros sobre la arena. El sol del atardecer lanzó un destello mientras Li Li avanzaba junto a las montañas escarpadas en la frontera sureste de Tanaris. Pasó cerca de un pequeño oasis con cactos en sus estribaciones, corriendo hacia un pasaje angosto que atravesaba la roca de manera tan limpia y súbita que parecía haber sido hendido con un hacha cósmica. Cuatro magníficas estatuas con semblante severo vigilaban el camino. Una de ellas tenía la apariencia de una humana típica, pero las otras poseían cabezas de animales. Li Li se volvió hacia ellas y éstas cobraron vida, extendiendo sus palmas de manera amigable. La pandaren dejó de correr y se aproximó a las estatuas, intrigada. Con esto, la actitud de las estatuas cambió. Gruñeron y extendieron sus delgados dedos con garras como guadañas hacia Li Li. Ella abrió la boca para gritar. Luego, las estatuas se fusionaron en una sola entidad, convirtiéndose en su padre. Sus intenciones aún eran maliciosas, pues deseaba atraparla. Li Li intentó huír, pero sus largos pasos —tan sencillos previamente— le fallaron y tropezó. Ella percibió su caída en cámara lenta, cada segundo una eternidad. Mientras el camino de roca se aproximaba para darle la bienvenida, todo el entorno se hizo líquido. Las rocas de color cobrizo se tornaron azul zafiro. Li Li cayó en un mar picado durante una terrible tormenta. Olas del tamaño de Shen-zin Su la alzaban y la proyectaban con violencia. Ella luchaba por mantenerse a flote, jadeando.

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Una ola la llevó sobre su cresta y Li Li vio de reojo el punto mínimo de la misma. Otra pandaren nadaba hacia ella, llamándole por su nombre; atrapada en el mismo océano salvaje.

¡Mamá! —Gritó Li Li.

Xiu Li gritó el nombre de su hija y Li Li estiró ambos brazos, olvidándose de nadar. La ola no continuó su avance debajo de ella, sino que se desvaneció, colapsándose sobre sí misma. Li Li fue proyectada hacia el frente, a la vanguardia del embate, y vio el rostro de su madre aproximarse a gran velocidad. El agua que rugía detrás de Li Li era una tumba tan efectiva como cualquiera excavada por manos mortales.

***

Li Li despertó debido a la sensación de humedad en su cabeza. Intentó incorporarse, perdió el equilibrio y azotó contra el suelo, regando algunas piezas de equipo con el impacto.

—¿Li Li? —La voz preocupada de Chen la tranquilizó y disipó su pánico. —¿Te encuentras bien?

Li Li se sentó con cuidado. Su mente separaba lentamente la fantasía de la realidad mientras se frotaba los ojos. Iba en un carromato, cruzando Tanaris con una caravana enana que se dirigía hacia Uldum.

—Sí —murmuró aún atontada por la siesta y la pesadilla—, un mal sueño. —La imagen del rostro desesperado de su madre irrumpió en sus pensamientos y la hizo temblar.

—Eso pensé. Estabas muy inquieta mientras dormías y derribaste uno de los odres. —Chen le mostró el contenedor. Había una línea oscura donde el agua se había derramado. Li Li colocó su palma contra su frente en tanto que buscaba una respuesta. No obstante, su ingenio le falló.

—¿Qué soñaste? —Preguntó Chen. —¿Te gustaría hablar de ello?

—Empezó como la visión que me mostró la Perla en Trinquete. Viajaba por Tanaris, donde ví el oasis y el paso con las estatuas. Luego… —Li Li guardó silencio y Chen aguardó pacientemente.

—Luego se convirtió en una pesadilla. Estaba… atrapada en una tormenta en medio del océano. —Concluyó.

Chen no la presionó para obtener más detalles. —Está bien, Li Li. —Dijo él. La presencia de su tío era más tranquilizadora de lo que a Li Li le gustaría admitir.

Ambos pasaron a través de las lonas en la parte frontal de la carreta y subieron al asiento de madera junto a la conductora, una enana de cabello negro llamada Felyae. Las interminables arenas doradas de Tanaris se extendían en todas direcciones. La única variación en el tedio visual era la cordillera al suroeste, la cual apareció en el horizonte unos días antes mientras subían por las dunas. Saber que la caravana se aproximaba al borde del desierto motivaba a la compañía entera a seguir adelante.

Las interminables arenas doradas de Tanaris se extendían en todas direcciones. La única variación en el tedio visual era la cordillera al suroeste, la cual apareció en el horizonte unos días antes mientras subían por las dunas. Saber que la caravana se aproximaba al borde del desierto motivaba a la compañía entera a seguir adelante.

—¿Cómo te sientes, muchacha? —Preguntó Felyae con amabilidad. —Tu siesta pareció no ser apacible.

—Tuvo un mal sueño. —Respondió Chen antes de que Li Li pudiera decir algo.

—Ey, el calor desértico es malo para la mente. —Felyae golpeó suavemente sus muslos con las riendas del camello a modo de énfasis. —Provoca pesadillas y alucinaciones.

Li Li no había considerado las visiones de la perla como alucinaciones, pero sus experiencias en las últimas semanas le inspiraban a reconsiderar. Al llegar a Trinquete tuvo la esperanza de contratar un barco a través de los contactos de Catelyn para viajar al sur en busca de Pandaria. Sin embargo, aún con la recomendación de una pirata de renombre, fue imposible hallar un capitán que estuviese dispuesto a realizar tal travesía. Una vez más buscó guía en la perla y ésta le mostró una senda que cruzaba Tanaris y conducía a la tierra de Uldum, más allá de las montañas. Li Li y Chen compraron su pasaje con un grupo de enanos de la Liga de Exploradores y emprendieron la marcha.

—Llegaremos a la frontera en uno o dos días. —La voz de Felyae rompió el silencio. —¿Qué planes tienen para su estancia en Uldum?

—Visitaremos la ciudad. —Dijo Chen.

—Ah, ¿Ramkahen?

—Eh, sí. Ramkaaa… hen. —Li Li tartamudeó al pronunciarlo pues desconocía el nombre de la ciudad. —Es la que se encuentra a orillas del lago, ¿verdad?

—En la orilla norte, al menos. —Confirmó Felyae. —Llamada así por sus habitantes.

—Los tol’vir. —Felyae asintió y Chen prosiguió. —¿Sabes mucho acerca de ellos? Yo sé muy poco.

—Pues —dijo Felyae pensativa—, los tol’vir son como centauros, pero felinos en lugar de equinos.

Chen se enderezó, visiblemente fascinado. —¡Qué interesante!

—Sí. —Dijo ella. —He estado antes en Ramkahen, conocí a algunos. En fin. Los tol’vir se dividen en tribus que llevan el nombre de la ciudad en la que habitan. Los Ramkahen viven en Ramkahen. Existían dos más, los Neferset y los Orsis, pero han desaparecido casi por completo.

—¿Qué ocurrió? —Preguntó Li Li.

Felyae negó tristemente con la cabeza. —Guerra, guerra civil. En la actualidad sólo quedan los Ramkahen.

—Eso es terrible. —Dijo Chen con suavidad.

—Así es. —Felyae asintió. —No he ido de visita desde que terminó la guerra, así que no puedo decirte qué esperar, pero la última vez constituía un sitio adusto. Hermoso, mas permeado de dolor.

Los tres permanecieron un rato en silencio sobre el bamboleante carromato, observando el avance del camello mientras éste ascendía por otra duna. Al aproximarse a la cima, escucharon una fuerte exclamación de alegría y Dalgin, líder de la caravana, gritó.

—¡Vean el Valle Cardizal en las laderas! ¡Ya casi estamos en Uldum!

La emoción de Dalgin era contagiosa. Li Li, Chen y Felyae sonrieron ante el anuncio pese al adusto tema del que hablaban. Li Li sintió un escalofrío de emoción recorrer la parte central de su espalda. Ninguna de las cartas del tío Chen hablaba de Uldum.

***

Cuando llegaron al valle, todos recuperaron el ánimo. La arena se volvió suelo más firme y el paso de la caravana se hizo más veloz. Las agrestes montañas surgieron justo frente a ellos, una abertura clara en el costado de la ladera que revelaba la continuación del camino.

Dalgin se aseguraba de anunciar todo lo que ocurría. —Nos acercamos al paso —gritó—, llegaremos al campamento al anochecer.

La caravana se internó con lentitud en las sombras de las escarpadas faldas de la montaña. Estatuas guardianas se alzaban imponentes en ambos flancos de los viajeros, de mucho mayor tamaño que en la visión de Li Li. Ella tembló al recordar su sueño, pero las enormes esculturas permanecieron inmóviles; impresionantes pero inofensivas.

Los cascos de los camellos resonaban con suavidad al chocar contra el pavimento. Su débil eco era continuo, cual campanas distantes. Li Li miró en todas direcciones. Ansiaba conocer a los creadores de este lugar, escuchar sus historias y aprender más sobre su arte. Ella miró de reojo a Chen mientras éste examinaba los alrededores. Su rostro presentaba la misma fascinación. ¿Se habría sentido así Liu Lang? ¿Fue eso lo que le impulsó a él y a sus seguidores a vivir una vida de exploración? Ella sintió algo de pena al pensar en su padre. No tenía idea de lo que se perdía.

***

La luz cubrió de nuevo la caravana cuando salieron del paso. El camino continuaba hacia el oeste y cruzaba una enorme ruina. Una gigantesca estatua alada de un individuo con rasgos felinos protegía una tumba. En las manos sostenía una espada gigante. Li Li estaba tan ocupada mirándola que casi no se dio cuenta cuando la caravana se detuvo abruptamente. La voz de Dalgin la sacó de su trance.

—¡Por las barbas de Brann! ¿Qué es esto? ¿Por qué nos apuntan con esas cosas?

Li Li, Chen y Felyae se miraron preocupados. De modo instintivo, Li Li extendió la mano para tomar el bastón que se encontraba justo en el interior del carromato cubierto. Chen la agarró de la muñeca, deteniéndole. Con la otra zarpa apuntó hacia las ruinas y Li Li siguió la mirada de su tío.

Varias criaturas altas y cuadrúpedas, de color dorado, café o negro, se aproximaban a la caravana. Su torso era similar al de los humanos, pero la parte inferior de sus cuerpos, así como sus cabezas, eran felinas. Li Li respiró profundo, ¡tol’vir! Sin embargo, su entusiasmo no duró mucho. Tenían apariencia hostil y se encontraban armados.

—¡Oigan! —Gritó Dalgin. —¡No hemos hecho nada malo!

El líder del grupo de tol’vir dio un paso al frente, era fácil distinguirlo por el atavío que llevaba, además sostenía una enorme lanza sin esfuerzo; Dalgin era la mitad de alto que él. Li Li admiró el valor, o la imprudencia, del enano.

—Deberán acompañarnos a la ciudad de Ramkahen —dijo el líder tol’vir con voz sonora—, para presentar una explicación al rey Phaoris.

—Vamos, ¡sólo estamos mirando! —Discutió Dalgin. —Hemos de documentar algunas cosas, escribir registros…

—Los escoltaremos hasta la ciudad. —Repitió implacable el tol’vir. Dalgin murmuró algunas palabras en enano y Li Li pasó algo de tiempo tratando de imaginar que pudo haber sido; riendo ante las posibilidades más ordinarias. La caravana reanudó su avance. Los severos tol’vir que marchaban junto a los carromatos la guiaban hacia Ramkahen en silencio.

Llegaron a la ciudad siguiendo el gran río y el oasis que poblaba sus bancos. Li Li quedó cautivada por la vista y se maravilló ante la diversidad de vida que existía en las aguas. Palmeras y helechos de hoja ancha cubrían la orilla, proporcionando sombra y refuguio para gran variedad de criaturas: ranas, sapos, lagartijas y pájaros de piernas delgadas. Estaba maravillada de que algo tan frágil pudiese prosperar en un desierto hostil.

De manera abrupta, los árboles se tornaron escasos. Cuatro pilares de piedra surgían de la tierra y, más allá de éstos, dos enormes estatuas con cabeza de halcón vigilaban la entrada a la ciudad. El Lago Vir’naal al sur fulguraba con los rayos del brutal sol, como si hubiera diamantes en su superficie.

Llegaron a Ramkahen. Los tol’vir los guiaron al interior de la ciudad, ordenándoles dejar sus carromatos frente a las puertas. Li Li esgrimía su bastón con recelo mientras caminaba junto al tol’vir de mayor tamaño, pero ninguno de los guerreros le prestaba atención.

Ramkahen sería un sitio fascinante para los pandaren si sus circunstancias actuales fuesen distintas. Li Li estaba demasiado molesta como para notar las hermosas calles pavimentadas o los coloridos toldos que adornaban cada puerta. Chen se encontraba igual de intranquilo.

Conforme el grupo avanzaba por Ramkahen se hizo aparente que algo inusual ocurría. Una turba de tol’vir estaba aglomerada en el centro de la ciudad, espetando gritos de enojo. Los guardias se encontraban alerta alrededor de la gran plaza, examinando a la multitud en busca de comportamiento potencialmente peligroso.

—¿Pero qué en Azeroth sucede aquí? —Chen se preguntó en voz alta.

Un regio edificio rodeaba el extremo norte de la plaza y contaba con una amplia escalinata que conducía a una veranda elevada. Ahí se encontraban cinco tol’vir encadenados, escoltados por otros tres, uno de los cuales llevaba una máscara magnífica que cubría por completo su rostro. Debido a la distancia, Li Li no podía estar segura de lo que veía, pero la piel de los prisioneros se apreciaba distinta de la de los demás tol’vir. Entrecerró los ojos en un intento por ver mejor.

Uno de los tol’vir en la parte superior de la escalinata gritó por encima del ruido de la multitud.

—¡El rey Phaoris se dirige a ustedes! ¡Guarden silencio y escuchen!

La turba dejó de hablar. El tol’vir que llevaba la máscara, el rey Phaoris, habló. Sin embargo, sus palabras no iban dirigidas al pueblo reunido, sino a los prisioneros. Su profunda voz retumbó por la plaza.

—A ustedes, sobrevivientes Neferset, se les acusa de estar coludidos con Alamuerte, el dragón maligno. Se les acusa de aceptar su oferta de revertir la maldición de la carne a cambio de jurarle lealtad a él y a su aliado Al’Akir, el señor elemental del aire. Se les acusa de usar el poder que les proporcionaron para hacer la guerra contra su propia gente…

—Tío Chen, ¿qué es la maldición de la carne? —Susurró Li Li.

—No lo sé. —Respondió en un susurro.

—Es una condición que afecta a las creaciones de los titanes. —Felyae, que estaba a su lado, respondió con suavidad. Ambos pandaren parpadearon debido a la sorpresa. —Los titanes crearon a sus criaturas a base de piedra o medios mecánicos —explicó—, así podrían desempeñar sus deberes asignados sin miedo al deterioro o a la debilidad. Pero existen seres de gran poder y malicia que odian a los titanes y sabotearon tales creaciones, convirtiendo sus cuerpos en carne como las demás criaturas de Azeroth.

—¿Cómo sabes todo eso? —Preguntó Li Li en voz baja. Felyae medio sonrió, medio hizo una mueca.

—Porque nosotros los enanos la sufrimos también. Alguna vez fuimos criaturas de piedra creadas por los titanes.

En la expresión de Felyae quedaba claro que tenía sentimientos encontrados por estar hecha de carne. Li Li, sabiamente, no dijo nada, pero recordó el tiempo que pasó en Forjaz durante el Festival de la Cerveza y no consiguió imaginar que la situación sería igual de escandalosa y jovial si los enanos fuesen de piedra. No pudo evitar alegrarse un poco de que ahora eran criaturas de carne y hueso como ella.

Entonces los tol’vir deben ser creación de los titanes. —Comentó Chen y Felyae asintió.

En la parte superior de las escaleras, el rey Phaoris concluía su discurso. Li Li no había escuchado la segunda parte del mismo.

—…el Magno Consejo discutirá este asunto en lo que resta del día de hoy y mañana. Su destino será decidido un día después. Si alguno de ustedes desea hablar en defensa propia, deberá hacerlo en este momento.

—¡Los prisioneros deben morir! —Gritó alguien de la multitud.

—¡Que los traidores sufran! —Exclamó otra voz.

—Comenzarán las deliberaciones. —El rey Phaoris se dirigió a la multitud inquieta. —Todo ciudadano que deseé presentar argumentos con respecto al manejo de esta situación podrá hablar con el Consejo.

—Un grupo de guardias escoltó a los prisioneros fuera de ahí al son de los gritos y las burlas de los presentes. El rey Phaoris y aquellos que le acompañaban entraron al magnífico edificio y desaparecieron. La multitud comenzó a dispersarse entre murmullos de disgusto. El tol’vir que vigilaba a Li Li, Chen y a los enanos los exhortó a subir por la regia escalinata que daba al énclave del rey con un empujón.                       

El grupo fue llevado directamente con el rey Phaoris, quien, antes de hablar, pasó momentos largos y desconcertantes examinando a los recién llegados.

—Mis guardias los trajeron ante mí por algo. —Dijo con frialdad. —¿Qué hacen aquí?

Dalgin dio un paso al frente. —Somos arqueólogos —dijo inflando el pecho con orgullo—, de la Liga de Exploradores de Forjaz. Estamos aquí para aprender lo que podamos de los sitios ancestrales de Uldum.

Li Li podría jurar que Phaoris puso los ojos en blanco, pero su máscara hacía imposible saberlo. A decir verdad, emitió un pequeño suspiro.

—Una expedición de gnomos se dedicó a husmear en las ruinas al sur y enloquecieron. —Anunció con cierto filo de impaciencia en su voz. —Es verdad que extranjeros como ustedes nos proporcionaron ayuda invaluable durante la guerra que libramos hace poco, pero recuerden que son huéspedes en nuestras tierras. Es mejor dejar enterradas algunas cosas. Son bienvenidos en mi ciudad por ahora, pero no presionen su suerte. Pueden retirarse.

Los enanos salieron en fila india, gruñendo entre dientes. Li Li entendió partes que incluían cosas como “obstrucción académica” y “vejetes estirados”; suprimió una risita. Chen se quedó atrás, mirando la habitación, inhalando la arquitectura y la decoración del extraño lugar. Li Li sonrió y se entretuvo junto con su tío.

Después de un momento dejaron el lugar con la intención de hallar a los enanos y buscar una taberna o el equivalente Ramkahen. Cuando Chen cruzó el umbral, casi fue derribado por un tol’vir que entraba corriendo al edificio.

—¡Rey Phaoris! —Exclamó el recién llegado. —¡Por favor, debo hablar con usted y con el Magno Consejo!

El rey resopló de manera audible. —Ya escuchamos lo que tenías que decir, Menrim.

—Por favor —repitió Menrim—, por favor escúchenme. Los prisioneros Neferset merecen misericordia…

—Es obvio que dirías algo así. —Bufó uno de los miembros del Consejo. El rey Phaoris alzó una mano, indicando silencio.

—Menrim, estoy consciente de que te preocupa su destino. El Magno Consejo asegurará que se haga justicia del modo que sea necesario.

—Hicieron la guerra y fueron derrotados. —Dijo Menrim en tono de súplica. —¿Acaso no es suficiente? ¿Hay que responder sangre con sangre?

Otro tol’vir en la habitación murmuró algo muy similar a un “sí”.

Li Li y Chen se apresuraron a dejar la estructura, escapando mientras los demás se encontraban ocupados con Menrim. En tanto que dudaban en la plaza sin saber a donde ir, Menrim salió a la parte superior de las escaleras, arrastrando con desánimo sus patas color arena. El cansancio permeaba su actitud entera y Chen sintió simpatía por él. Impulsivamente, Chen decidió hablarle al tol’vir solitario.

—Escuché lo que le dijiste al rey. —Declaró al aproximarse a Menrim. —Creo que eres muy valiente. No es fácil abogar por misericordia para aquellos que te han causado mal.

Menrim pareció sorprendido por las palabras de Chen. Con la mirada examinó a ambos pandaren, claros extranjeros en estas tierras. No habló, pero de su rostro desapareció algo de su angustia.

—Mi nombre es Chen Stormstout. Mi sobrina Li Li y yo acabamos de llegar. Te deseamos buena fortuna en estos tiempos de tribulación.

—Me llamo Menrim. —Respondió el tol’vir. —Agradezco sus palabras. —Hizo una pausa y luego agregó. —Me complacería que tú y tu sobrina me acompañaran a cenar, si así lo desean.

—Sería un honor, Menrim. —Dijo Chen.

Menrim vivía en una modesta casa de planta baja frente al Lago Vir’naal. Conforme se oscurecía el cielo, las luces del pueblo al otro lado del agua se hicieron visibles.

—¿Cómo se llama esa ciudad? —Preguntó Li Li, señalando los brillantes puntos rojos y anaranjados. Ella estaba en la cocina, ayudando a Menrim a lavar los platos después de la cena.

—Mar’at. Se encontraba cerca de Orsis cuando ésta aún existía.

—¿Fue Orsis destruida en la guerra? —Preguntó Li Li y Menrim asintió.

—Sí, Al’Akir envió a sus ejércitos a enterrarla bajo una enorme tormenta de arena. —Suspiró Menrim. —Orsis y Neferset eran en verdad hermosas, Neferset en especial.

—¿Has estado ahí?

—Nací ahí. —Respondió Menrim con suavidad.

—Oh. —Incómoda, Li Li limpió un plato con una toalla. —¿Eres un Ramkahen?

—Ahora lo soy. —Dijo Menrim al cabo de un rato. —Pero alguna vez formé parte de la tribu Neferset.

—Oh. —Repitió Li Li y continuó con su labor.

—Yo… —Menrim comenzó, había una pequeña chispa de orgullo en su voz. Luego frunció el ceño. —No parece molestarte.

Li Li parpadeó. —¿Debería?

Menrim la miró con extrañeza, pensativo. —Supongo que no necesariamente considerarías extraño mi patrimonio.

—Menrim —dijo Li Li—, no sé nada de los tol’vir. Hubo una guerra civil y escuché que los Neferset se aliaron con Alamuerte. —Menrim hizo una mueca al escuchar el nombre del otrora Aspecto Dragón; Li Li prosiguió. —Sin embargo, no pareces estar del lado de Alamuerte. Como que falta algo de muerte.

Menrim apenas y sonrió ante las palabras de Li Li.

—Ni alas. —Respondió Menrim. Li Li puso los ojos en blanco de buena gana y el tol’vir respiró profundo.

—En tal caso, creo que debo contarles una historia a ti y a tu tío.

—Nos encantan las historias. —Dijo Li Li, pero Menrim hizo una mueca.

—Es muy probable que ésta no. —Respondió.

***

Chen y Li Li se encontraban frente a Menrim en la sala de su pequeña casa, sentados en el suelo con las piernas cruzadas. Menrim se echó, doblando las patas, y comenzó a hablar.

—La ciudad de Neferset se encuentra al sur. Es… era, magnífica, mucho mayor que Ramkahen. Nací ahí, igual que mi hermano Bathet.

—Todos los tol’vir tenemos presente nuestra historia. Sabemos que somos constructos de los titanes, con la consigna de proteger Uldum y sus secretos. Sin embargo, somos individuos; no autómatas. En un principio, los titanes nos concedieron cuerpos de piedra para que fuéramos mejores guardianes.

—Cuando surgió la maldición de la carne entre los tol’vir, sufrimos a causa de nuestros cuerpos debilitados, mas no parecía haber nada que pudiéramos hacer para revertirlo. Lo aceptamos y seguimos con nuestras vidas, pero muchos nunca dejaron de lamentarse la pérdida.

—Como sabes, el gran dragón Alamuerte regresó hace poco al mundo. Se alió con Al’Akir, señor de los elementales de aire y con los Dioses Antiguos; fuente de la maldición.

—Aliado con los Dioses Antiguos —dijo Chen suavemente—, no puedo creerlo…

—Créelo. —Respondió pesadamente Menrim. —Cuando Alamuerte llegó a esta tierra, ofreció un trato a los tol’vir. Si nos uníamos a su causa, él restauraría nuestra forma original de piedra. La maldición sería revertida.

Li Li y Chen asintieron.

—Mis compatriotas Neferset, dirigidos por Tekahn, el Faraón Oscuro, aceptaron el trato de inmediato. Yo me opuse, no obstante.

Menrim recuperó la compostura.

—Intenté convencer a los demás Neferset que era una pésima idea. Efectivamente recuperaríamos nuestros cuerpos de piedra, pero estaríamos en deuda perpetua con Al’Akir y Alamuerte. Mi gente, en su arrogancia, creía que podríamos derrocarlos y recuperar nuestra independencia una vez que nuestra forma antigua fuese restaurada. Cada vez menos de mis compatriotas compartían mi reticencia. Incluso el mismo Bathet estaba en desacuerdo conmigo. Le supliqué que reconsiderara, pero no me escuchó. Él era uno de los defensores más vocales de la alianza con Alamuerte en toda la ciudad. Eventualmente fue claro que me encontraba en peligro, así que huí a Ramkahen y ofrecí mi lealtad al rey Phaoris. Cuando el resto de los Neferset marcharon a la guerra, ayudé a derrotarles.

—¿Y tu hermano? —Preguntó Chen. —¿Qué le ocurrió?

Menrim no respondió de inmediato. Sus rasgos presentaban cansancio bajo la luz anaranjada que emitían las lámparas de aceite.

—Sobrevive. —Contestó Menrim al fin, su voz temblorosa. —Es uno de los prisioneros de los Ramkahen. Su destino depende de la decisión del Magno Consejo

Esa noche, Chen permanecía despierto en su saco de dormir, mirando el techo de la sala de la casa de Menrim. Los suaves ronquidos de Li Li le informaron que dormía, sin embargo, sabía que su sobrina tenía problemas para conciliar el sueño. La escuchó dar vueltas en la cama por al menos una hora antes de sucumbir ante el cansancio.

Él, por su parte, no podía descansar. Entendía perfectamente por qué Menrim se atrevió a oponerse a los demás tol’vir y argumentar a favor de la misericordia para los prisioneros de guerra Neferset. Chen sólo podía imaginar lo que sentiría si fueran a ejecutar a Chon Po —aún considerando la gravedad de los crímenes de Bathet— y sabía que él también haría todo lo posible por salvar la vida de su hermano. Conforme le daba vueltas al asunto, el estómago de Chen se comprimía dolorosamente al pensar en lo que estaba pasando Menrim, consciente de que él bien podría ser lo único que se interponía entre la vida y la muerte de su hermano. Eventualmente, Chen se levantó y regresó a la cocina para sentarse a la mesa. Se sentía desesperadamente inquieto y muy cansado al mismo tiempo.

—Veo que tampoco puedes dormir. —La queda voz de Menrim sacó a Chen de sus pensamientos. No escuchó al tol’vir entrar a la habitación y Chen se maravilló de que pese a su tamaño, Menrim podía ser tan silencioso como un gato doméstico.

—Lamento que el suelo no sea más cómodo. —Dijo Menrim y Chen negó rotundamente con la cabeza.

—He dormido en lugares mucho peores, créeme. Estoy despierto porque aún le doy vueltas a lo que nos contaste después de la cena.

Menrim suspiró. —Igual yo. Todos aquí conocen mi historia y en algún punto mostraron simpatía, pero la guerra endurece hasta al corazón más compasivo.

—Yo también tengo un hermano. —Respondió Chen. —Es el padre de Li Li. No siempre hemos estado de acuerdo en todo, pero no puedo imaginar que terminemos en bandos opuestos de una guerra.

Menrim miró hacia la distancia. —He discutido largo y tendido con el Magno Consejo. Pocos de sus miembros están dispuestos a ofrecer misericordia sin razón, pero hay quienes podrían considerarlo si los prisioneros se arrepienten. Intenté comunicarle esto a Bathet, pero hasta el momento no tiene remordimiento alguno. —La voz de Menrim se quebró e inclinó su gran cabeza felina hacia su pecho, agachando las orejas.

—Mi familia es lo más importante para mí —dijo— y siempre intenté dirigir con el ejemplo. Soy mayor que Bathet. Quise mostrarle el modo de vivir una buena vida, pero no deseaba interferir. No obstante, siempre que me pidió consejo le hablé con la verdad. Cuando se convirtió en partidario acérrimo de la oferta de Alamuerte… me pregunté varias veces qué fue lo que hice mal.

—No eres responsable de sus elecciones. —Dijo Chen. —Sólo puedes vivir tu propia vida y ser honesto contigo mismo. Es probable que Bathet haya hecho lo mismo, tan terrible como eso suene. Quizá en verdad creía que hacía lo correcto.

—Quizá. —Menrim ni siquiera miró a Chen. —Regresaré a la cama, buenas noches.

—Buenas noches. —Respondió Chen. Sabía que sus palabras no ofrecían consuelo alguno. Se sintió muy inadecuado y juró hacer lo posible, cualquier cosa, para ayudar a Menrim y a su hermano.

***

La mañana siguiente, antes de que Li Li se levantara, Chen salió en busca del sitio donde mantenían encerrados a los prisioneros Neferset. Los tol’vir se pusieron agresivos cuando preguntaba, pero un orco serio señaló la puerta este; la misma por la cual Li Li y Chen entraron a la ciudad el día anterior. La rampa que conducía bajo tierra constituía la entrada de una prisión. Chen le agradeció y siguió su camino.

Dos chacales vigilaban ominosamente la parte superior de la rampa desde dos pilares. Chen hizo una pausa y los miró. Albergaba esperanzas de tener un efecto positivo en la situación, pero al mismo tiempo se preguntaba si una sola persona sería capaz de lograr algo. Se recordó a sí mismo que había visto a individuos realizar grandes cosas. Luego de respirar profundo, Chen descendió. Al fondo, un guardia Ramkahen bloqueaba la puerta.

—¿A qué vienes? —Preguntó, esgrimiendo un pico tan grande como el mismo Chen.

—Um, me gustaría hablar con los prisioneros Neferset. —Declaró Chen.

—¿Para qué?

—Aprender. —Respondió Chen. —Quiero saber por qué hicieron lo que hicieron.

El guardia examinó al pandaren a consciencia, mirándole de pies a cabeza. —Eres una criatura de apariencia extraña. Es obvio que no estás relacionado con los tol’vir. Si deseas conversar con los prisioneros deberás dejar todas tus pertenencias aquí conmigo. Hay otro guardia adentro, quien vigilará todo lo que hagas.

Chen asintió y dejó caer al suelo su bastón y su saco. —Gracias. —Dijo al abrir la puerta.

Quedaba claro que la estructura subterránea no estaba diseñada para ser una prisión, sino que había sido adaptada con precipitación para cumplir tal propósito. Como le fue dicho, había otro guardia para asegurar que su conversación con los Neferset fuera inocua.

Los Neferset estaban encadenados a las paredes de piedra. Sus endebles jaulas eran claramente construcciones temporales, Chen se preguntaba qué pretendía el Magno Consejo al encarcelar a estos tol’vir.

—¿Quién de ustedes es Bathet? —Preguntó Chen.

—Ese de allá. —Respondió el guardia Ramkahen y señaló una jaula en la pared derecha.

Chen asintió, aproximándose al hermano de Menrim.

Ahora que sus ojos se habían ajustado a la tenue luz, Chen examinó a Bathet y a los demás prisioneros. En verdad eran criaturas de piedra, con mayor similitud a los golems que a los seres vivientes.

—¿Entonces tú eres Bathet? —Preguntó Chen.

—¿Qué te importa? —Gruñó el Neferset. Sus ojos eran diametralmente opuestos a los de Menrim. Fríos, duros y cargados de ira.

—Responde a sus preguntas. —Rugió el guardia, golpeando los barrotes de la jaula con su pico. El choque de metal contra metal provocó un desagradable eco en el espacio subterráneo.

Bathet se rio y no respondió. Más bien se dedicó a caminar de un lado al otro en el interior de su diminuta jaula, mostrándole los dientes a Chen. El guardia volvió a golpear los barrotes.

—Vengo de parte de tu hermano Menrim. —Dijo Chen.

Bathet parpadeó y luego se rio en tono burlón.

—Bueno, ¡eso explica por qué pierdes el tiempo en la oscuridad con nosotros los conquistados! Supongo que el bienamado Menrim te suplicó que me ayudaras a entender razones.

—De hecho, no tiene idea de que estoy aquí. —Bathet rio ante las palabras de Chen.

—¡Mejor aún! Te ha conmovido de forma tal que te ha inspirado a realizar sus obras sucias en su lugar. ¡Magnífico!

Chen ladeó la cabeza y miró a Bathet. Sabía que intentar argumentar en contra sólo generaría más mofas, así que buscó la mejor manera de hacer que Bathet conversara con él.

—Este es un lugar bastante sucio para trabajar. —Dijo Chen. —Supongo que ninguno de ustedes se ha bañado últimamente, así que podemos estar agradecidos de que son sólo bloques de piedra.

El guardia Ramkahen que se encontraba junto a Chen pareció ofenderse un poco por el comentario, pero igual se rio entre dientes. Bathet pareció sorprendido y Chen hizo un espectáculo de sacudirse mugre imaginaria de su pelaje blanco y negro. Luego cruzó los brazos y le ofreció a Bathet la expresión más petulante de la que fue capaz.

Funcionó.

—Ustedes sacos de carne pueden seguir pensando que son tan rectos. De hecho, siéntete en libertad de decírselo también a mi hermano. Cuando lo hagas, presta atención a su rostro moralista, quejumbroso y sufrido y nota el modo en que suspirará con desesperación mientras sus ojos tristes dicen: oh, estoy muy decepcionado de ti, Bathet. Después, déjale claro que es un…

Bathet gruñó un torrente de epítetos soeces que Chen juró en silencio jamás repetir. Incluso el guardia se sorprendió.

—…eso es lo que pienso de él y de su angelical complejo de superioridad.

—Seguro. —Mintió Chen.

—De cualquier modo, Menrim malgasta su aliento. —Prosiguió Bathet. —Aún si el consejo se traga sus muy sinceras apelaciones de clemencia, preferiría morir aquí con mi familia verdadera que estar un segundo más en su presencia.

—Con eso, Bathet le dio la espalda a Chen y se quedó mirando la pared. Chen no intentó continuar la conversación, sabía que no había más que decir.

—Me retiro. —Le dijo al guarida, quien asintió.

La luz del sol resplandecía y Chen permaneció inmóvil por unos segundos mientras sus ojos se ajustaban al exterior. Uno de los guardias cerró la puerta detrás de él, mientras el otro lo miraba con curiosidad.

—Espero que hayas aprendido lo que deseabas —dijo—, pero dudo que obtuvieras mucha iluminación por parte de los prisioneros. No son más que fanáticos.

Chen reflexionó sobre la conversación que sostuvo en la prisión mientras recogía sus pertenencias. Pese a que “fanático” parecía clasificar a Bathet adecuadamente, éste nunca mencionó a Alamuerte, riquezas, ni nada relacionado con el poder. Sólo expresó odio profundo y total por su hermano.

—Aprendí lo suficiente. —Chen caminó por la rampa, perdido en sus pensamientos

—¡Mira nada más quién decidió escabullirse! —Comentó Li Li. Le esperaba fuera de la casa de Menrim, a la sombra de una palmera. Había estado estudiando uno de los mapas que tomó en Shen-zin Su, marcando los sitios que visitaban y agregando los puntos importantes que faltaban, como la totalidad de Uldum.

—¿Qué tan temprano te levantaste? —Prosiguió ella. —¿Acaso no ves que estamos de vacaciones?

Chen intentó sonreír ante el comentario de su sobrina, pero no estaba de humor. Li Li percibió su melancolía de inmediato.

¿Qué ocurrió? —Preguntó ella.

—Fui a la prisión a visitar al hermano de Menrim. —Dijo él.

—Una excelente conversación mañanera, me imagino.

Chen miró el fulgurante lago Vir’naal sin responder. Pensó en el pesar de Menrim y en el vitriolo de Bathet.

—¿Tío Chen? —Li Li colocó gentilmente una zarpa sobre la muñeca de su tío. —¿Por qué la visita? —Sus ojos brillaban con preocupación genuina. Chen la abrazó.

—No estoy seguro. —Confesó Chen, soltando a Li Li. —Supongo que deseaba ver qué es lo que impulsa a alguien a tomar una decisión como la de Bathet.

—Bathet detesta a su hermano. Tan pronto como mencioné el nombre de Menrim, él… bueno, digamos que no le alegró el día.

Chen se recargó contra el tronco de la palmera. —No lo entiendo. Bathet llamó a los demás prisioneros Neferset su familia “real”, así que claramente busca distanciarse de Menrim, mas no comprendo por qué. Anoche, Menrim sólo podía hablar de lo mucho que le importa su hermano.

Li Li frunció el ceño pero no dijo nada. Chen continuó.

—¿Cómo puede Bathet odiarlo así? ¿Qué pudo haber pasado entre ellos?

—Se fue. —Dijo Li Li suavemente.

—Claro —respondió Chen—, no quería servir a Alamuerte.

—No, antes de eso. —Li Li negó con la cabeza. —Mientras estabas fuera hablé con Menrim. Es mayor que Bathet. Menrim se fue a trabajar con los sacerdotes para preservar la maquinaria de los titanes una vez que alcanzó la mayoría de edad. Pasaba todo su tiempo fuera y rara vez veía a Bathet.

Chen la miró sin comprender. —¿Y eso qué?

—Bathet le guarda rencor por ello… supongo. —Murmuró Li Li. —Se sintió abandonado y mangoneado. A Bathet no le importaba Alamuerte, sólo quería un lugar al cual pudiera pertenecer.

—¿Cómo sabes qué cruzaba por la mente de Bathet? —La retó Chen.

Li Li agarró puñados de su cabello y tiró de ellos con frustración. Chen nunca la había visto actuar así, parecía luchar consigo misma.

—Lo sé porque en alguna ocasión Bo dijo lo mismo acerca de ti.

¿Qué?

Li Li se veía miserable pero siguió hablando. —Cuando papá lo envió a buscarme, Bo me dijo… —Li Li guardó silencio.

—¿Qué cosa? —Preguntó Chen, su corazón retumbaba en su pecho.

—Bo me dijo que te fuiste porque te importaban más tus cervezas y tus aventuras que nosotros.

—¡Eso no es cierto! —Protestó Chen.

—¡Lo sé! —Gritó Li Li. —Caray, tío Chen. ¡Yo leía tus cartas todos los días! Sin embargo, así se sentía Bo! Te guardó rencor durante mucho tiempo.

Chen inclinó la cabeza. Su discusión con Chon Po la noche antes de que Li Li huyera con la perla regresó a su mente con gran claridad. Pudo ver el dolor en los ojos de Po; escuchar la furia y angustia en su voz.

—Recuerdo lo que Bo me dijo en la playa antes de morir. No lo entendí todo en ese momento, pues ocurrió muy rápido. —Chen se frotó el rostro, cansado de súbito. —Chon Po se sentía igual, aún se siente igual.

Li Li no dijo nada. Encima de ellos, las hojas de los árboles susurraban con la cálida brisa.

—Creo que sé qué hay que hacer. —Dijo Chen.

Por costumbre, Chen sintió la urgencia irracional de ofrecer té. Se encontraba intranquilo y no sabía donde poner sus zarpas. Las juntaba frente a él, las dejaba colgar a sus costados y finalmente decidió entrelazar los dedos detrás de su cabeza.

Menrim miró a Chen y a Li Li en la sala de su casa. Había curiosidad en sus suaves ojos de color café pálido.

—Fui a ver a tu hermano esta mañana —dijo Chen—, hablé con él.

Menrim se volvió y caminó unos cuantos pasos, agitando su cola. —¿Qué dijo?

—Está muy enojado. —Dijo Chen y Menrim asintió.

—Lo sé.

Chen respiró profundo y se preguntó cómo resultaría lo que iba a sugerir.

—Deberías disculparte con él.

Menrim giró sobre su eje. —¿Yo debería disculparme? ¡Él se unió a Alamuerte!

—Sí —respondió Chen—, pero… Bathet parece creer que él nunca te importó.

—¿Cómo puede pensar eso? Es…

—Menrim —interrumpió Chen; esto sonó severo aún para sus oídos—, puedes analizar lo correcto e incorrecto de la situación más tarde. Si pretendes que Bathet muestre remordimiento por sus actos para que se le otorgue clemencia, estoy casi seguro de que necesitas disculparte.

—¿Cómo sabes? —Preguntó Menrim.

—Porque he abandonado gente durante mi vida, gente que amo; incluyendo a un hermano. —Su mente se llenó de recuerdos de Chon Po y de Strongbo. —Ha habido… consecuencias.

Menrim caminó de un lado al otro en la habitación, sumido en sus pensamientos. Finalmente se detuvo y encaró a los pandaren.

—Está bien —dijo—, lo intentaré. Me disculparé con Bathet. —Hizo una mueca. La idea no le agradaba.

Chen asintió, intentando ser jovial. —Considero que eso marcará la diferencia.

Menrim dejó el recinto sin responder.

—Me parece que salió bien. —Dijo Chen.

Li Li miró sus zarpas. —Seguro, tío Chen.

***

Menrim no regresó sino hasta el anochecer. Chen y Li Li se sentían incómodos de permanecer en su hogar mientras él se encontraba fuera. Dejaron sus sacos y bastones recargados contra el muro de contención del embarcadero y aguardaron sentados frente al agua.

Li Li dormía recargada en el hombro de su tío para cuando Menrim regresó. Chen agitó una mano para llamar su atención, pero el tol’vir no respondió al saludo. Menrim giró la cabeza, lo miró a los ojos y siguió su camino.

—Chen bajó el brazo. —Me lo temía. —Despertó con suavidad a Li Li.

—Oh, ¿qué quieres, Chen? —Murmuró ella, frotándose los ojos.

—Parece que no somos bienvenidos en el hogar de Menrim esta noche —dijo—, busquemos una posada.

—Al menos existe la probabilidad de dormir en una cama y no en el suelo. —Murmuró Li Li, tomando sus cosas.

—El vaso está medio lleno, ¿eh? —Por un momento, Chen deseó encarecidamente haber seguido a los enanos después de la confrontación con el rey Phaoris, así jamás habría visto a Menrim. Ambos pandaren estarían con la caravana, dondequiera que estuviese, riendo y pasándola en grande.

Una vez que encontraron un sitio para quedarse, estaban tan cansados que durmieron hasta bien entrada la mañana. Al despertar, el clamor de cientos de voces los orillaron a dejar sus camas, vestirse rápidamente y ver qué ocurría.

Afuera, los residentes de Ramkahen obstruían las calles y se empujaban para llegar a la plaza central, mirando a la expectativa el edificio que albergaba al rey y al Magno Consejo.

—¿Qué sucede? —Preguntó Chen y Li Li tenía la respuesta.

—Se acabó el tiempo —dijo suavemente—, el Magno Consejo está a punto de anunciar su decisión.

Chen sintió el corazón agolparse en su garganta. Li Li miró a su tío.

—Necesitamos un punto para ver mejor.

Chen asintió.

Li Li y Chen se abrieron paso entre la multitud hasta que llegaron junto al enorme reloj de sol en la parte suroeste de la plaza. Una pila de cajas se tambaleaba cerca de ellos. Era demasiado angosta para los tol’vir, pero de tamaño suficiente como para que un par de pandaren pudieran tomar asiento. Ambos subieron hasta la punta, sitio desde el cual podían ver fácilmente la parte frontal del gran salón.

Poco después apareció un cuadro de guardias Ramkahen escoltando a los cinco prisioneros Neferset. Estaban encadenados de cuello, muñecas y tobillos pero los rugidos de la multitud opacaban el tintineo de los pesados eslabones. Chen reconoció a Bathet y tragó saliva nerviosamente.

El rey Phaoris caminó hacia el frente y alzó los brazos. La multitud guardó silencio.

—¡Ciudadanos de Ramkahen! —Dijo con voz atronadora. —El Magno Consejo ha tomado una decisión. Antes de anunciarla, no obstante, hemos decidido permitir que cada prisionero hable por sí mismo. Así ustedes podrán comprender por qué llegamos a tal conclusión y solidarizarse con nosotros, que hemos deliberado largo y tendido para determinar el veredicto más justo.

La multitud vitoreó a modo de respuesta, pero Chen sintió un trasfondo de ferocidad y no todos parecían conformes con las palabras del monarca. Phaoris se hizo a un lado y un guardia azuzó al primer prisionero. Éste miró de un lado al otro, examinando a la multitud reunida. Luego abrió la boca para hablar.

—Me llamo Nanteret —dijo el primer prisionero— ¡y respaldo la alianza que hizo mi pueblo!

La multitud respondió de manera ensordecedora, con gritos de furia y odio. La garganta de Chen se secó.

—¡Lo único que lamento —gritó Nanteret—, es que no maté a más de ustedes, asquerosos Ramkahen!

Escupió sobre la escalinata para dar énfasis a su declaración. Un guardia rápidamente lo puso en su sitio de un empujón. El rey Phaoris solicitó de nuevo el silencio de los asistentes y los Ramkahen bajaron la voz en espera del resto de los discursos.

Uno por uno, los prisioneros Neferset hablaron. Los siguientes dos parafrasearon a Nanteret casi palabra por palabra. Cuando llegó el turno de Bathet, cuarto en la fila, el corazón de Chen se hundió; mas no pudo evitar sentir una pequeña chispa de esperanza.

—¡Me enorgullece mi decisión! —Grito tan fuerte como lo permitió su voz. —¡No me arrepiento de nada, estoy con mis hermanos! — Chen hizo una mueca ante el énfasis de Bathet en la última palabra. Li Li colocó su zarpa sobre la de su tío. La multitud rugió a modo de respuesta y diversos objetos llovieron sobre la escalinata. Una granada a medio comer se estrelló contra un costado del rostro de Bathet y su jugo de color rojo oscuro escurrió por su mejilla.

El último Neferset dijo lo que tenía que decir, pero Chen apenas y le escuchó. Cualesquiera que hayan sido sus palabras, no se arrepentía, igual que los demás.

El rey Phaoris avanzó de nuevo al frente y alzó los brazos.

—Que quede claro que los Neferset tuvieron la oportunidad de expresarse para que todos lo escucharan. ¡No se arrepienten de su blasfema alianza con Alamuerte y Al’Akir! ¡Ni tampoco de los miles que asesinaron en nombre de sus deseos de poder! ¡Han traicionado todo lo que representamos los tol’vir!

—La decisión del Magno Consejo es unánime —continuó el rey Phaoris—, serán ejecutados.

La multitud aclamó.

Li Li dejó escapar un grito ahogado, cubriéndose la boca. Chen la tomó del brazo.

—Tenemos que encontrar a Menrim. —Dijo él.

Ella asintió. —Vamos.

***

Chen cayó en la cuenta de que era completamente absurdo intentar hallar a un individuo entre la muchedumbre que avanzaba por las calles de Ramkahen. Sin embargo, tanto él como Li Li persistieron y hablaron con alguien que lo había visto. Finalmente encontraron al tol’vir que buscaban. Estaba sentado junto a una fuente en la parte norte de la ciudad, parcialmente oculto. Vio a Chen y a Li Li aproximarse, pero los ignoró.

Chen se sentó a su lado. —Lo siento mucho, Menrim. —Dijo.

Menrim miró en otra dirección y su rostro se endureció. —No se arrepintió, selló su propio destino.

Chen y Li Li se sorprendieron ante la insensibilidad de Menrim, pero Chen lo atribuyó al shock por el veredicto del Magno Consejo.

—Aún así —dijo Chen—, sé lo mucho que te importa tu hermano. No puedo imaginar lo difícil que es esto para ti.

—Todos permanecieron en silencio, sólo se escuchaba el sonido del agua que corría en el fondo.

—Si me permites la pregunta —Chen inquirió con gentileza—, ¿cómo reaccionó Bathet ante tu visita el día de ayer?

—Tal como habría de esperarse —dijo Menrim hoscamente—, como el traidor podrido y egoísta que es.

—¿Qué respondió —continuó Chen—, cuando le dijiste que lo sentías?

Abruptamente, Menrim se incorporó y comenzó a alejarse. Al cabo de unos pasos se detuvo y se volvió.

Chen cerró los ojos y recargó su frente contra sus zarpas. Li Li le dio un suave abrazo. —Hiciste lo que pudiste, tío Chen. —Dijo ella. —No puedes arreglarlo todo.

—¿Quién te crees que eres? —Gritó. —Te entrometes en mi vida y ¿me dices lo que tengo que hacer? ¿Disculparme con Bathet? ¡No necesito hacer tal! ¡Él es el criminal, el blasfemo, y he estado trabajando sin descanso para salvarle la vida! ¡Es él quien debería suplicarme perdón y agradecerme desde el fondo de su ingrato corazón de granito! En comparación con Bathet, yo soy un santo.

—No tengo nada de qué arrepentirme y se lo dije. ¿Cómo te atreves a intentar culparme? Lárgate de mi vida. —Gruñó antes de darse la vuelta y emprender la marcha hacia la ciudad.

Chen cerró los ojos y recargó su frente contra sus zarpas. Li Li le dio un suave abrazo.

—Hiciste lo que pudiste, tío Chen. —Dijo ella. —No puedes arreglarlo todo.

No había manera de que Chen articulara el sentimiento de responsabilidad personal, obligación, fracaso y culpa que luchaban por la supremacía en su corazón. No recordaba la última vez que se había sentido así de miserable.

Era difícil matar a un Neferset con piel de piedra, así que el Magno Consejo decidió que los prisioneros morirían aplastados. Fue construida una compleja máquina con poleas y contrapesos para la ocasión. Varios guardias operarían las palancas y una pila de gigantescos bloques sería elevada a varios metros de altura. Al liberar el seguro, los bloques se desplomarían, pulverizando a cualquiera que estuviese debajo. Li Li podía imaginar pocos artilugios más brutales.

Parecía que la ciudad entera de Ramkahen se encontraba aglutinada en el espacio abierto frente al lago, donde estaba la máquina. Li Li y Chen treparon a un toldo. No hablaron mientras aguardaban a que comenzara el espectáculo. En realidad, ninguno de ellos quería presenciar la ejecución, pero Chen sentía que era su deber y Li Li no iba a abandonarle.

Ya entrada la tarde, los guardias Ramkahen guiaron a los prisioneros por las calles. Los espectadores se burlaban y proferían insultos contra los Neferset condenados a muerte. Li Li se sentía enferma.

Había poco decoro con respecto a las ejecuciones. El guardia simplemente escogía a un Neferset de la fila, lo guiaba hasta el sitio designado y lo encadenaba ahí. Los demás guardias activaban la máquina. Li Li trató de mirar como gesto de respeto, pero no pudo soportarlo. Cerró los ojos y juzgó el desarrollo de los acontecimientos por medio del sonido: el laborioso rechinido de las poleas mientras alzaban las rocas, el soplo del aire que se desplazaba con su caída, el crujir del prisionero al ser aplastado y el golpeteo de sus restos mientras hacían espacio para el que seguía.

Chen apretó los hombros de Li Li con fuerza en un intento por impedir que sus zarpas temblaran. Él sí observó las ejecuciones, pero envidiaba a Li Li por haber cerrado los ojos. Estaba absorto, como si una fuerza intangible le obligase a mirar. Al igual que en los discursos, Bathet fue el cuarto en la fila. Murió de manera tan poco ceremoniosa como los demás. Todo terminó muy rápido, pero parecía como si hubieran transcurrido mil años. Chen sabía que este día le atormentería por siempre.

***

De algún modo, Chen cayó en la cuenta de que sus pulmones aún respiraban, su corazón latía, pero todo sonido y sensación se encontraba a metros de distancia. El toldo podría haberse colapsado bajo sus pies y no se habría dado cuenta. Sus pensamientos se alejaron y Chen permaneció ahí sentado, como en trance, observando la otra orilla del lago por un buen rato.

—Tío Chen. —Dijo Li Li con suavidad.

—¿Sí, Li Li? —Preguntó él. Su sobrina se veía un tanto enferma.

—Yo… quiero irme tan pronto como sea posible. No sé por qué la perla nos trajo aquí, este sitio se encuentra repleto de miseria.

—Oh. —Ante las palabras de Li Li, él también sintió la urgencia de salir de Ramkahen.

—No sé exactamente a donde iremos después —dijo Li Li—, lo único que importa es salir de aquí.

—Estoy de acuerdo. —Dijo Chen. —Descansemos un rato, partiremos por la mañana.

Descendieron del toldo y caminaron de regreso a la posada. Cuando llegaron a la puerta, alguien saltó de las sombras frente a ellos. Era Menrim.

—¿Qué quieres? —Dijo Chen bruscamente.

Menrim dudó antes de hablar.

—Quería disculparme. —Dijo.

Tanto Chen como Li Li le miraron.

—Tenías razón. —Prosiguió Menrim. —Tenías razón y debí haberte escuchado. Debí hacer lo que dijiste, debí…

—Es un poco tarde para esto, ¿no crees? —Interrumpió Chen. —¿Qué pretendes?

—Traté… traté de hacerlo. Intenté decirle a Bathet que lo sentía, pero… pero él sólo me culpó a mí y me enfurecí… después de todo, no es como si todo hubiese sido culpa mía.

—Evítanos la pena. —Dijo Li Li.

—¡Quería salvarlo! —Gritó Menrim. —Quería salvarlos a todos. Fui a pedir clemencia al Magno Consejo una y otra vez…

—Claro que querías salvarlo —respondió Chen sin emoción—, siempre y cuando no tuvieras que comprometer tu propio orgullo, ni nada por el estilo.

Menrim miró a los pandaren con los ojos muy abiertos. —Sé que falle, lo sé… lo supe cuando ví caer las piedras; mi hermano… mi único hermano… —La voz de Menrim se quebró y éste comenzó a llorar. —Mi ciudad… mi gente… mi hermano… ¿Cómo llegamos a tal

Chen sólo podía sentirse exhausto. Era verdad que Menrim, que todos los tol’vir, habían sufrido en gran medida. Era cierto que Bathet y los otros Neferset habían hecho cosas terribles. Era verdad que Bathet tenía todo el derecho de guardarle rencor a Menrim y probablemente también era cierto que nada que cualquiera de los hermanos pudiera haber dicho habría cambiado el destino de Bathet aquella tarde.

Chen apenas conocía a los hermanos y, sin embargo…

—¿Qué quieres que te digamos? —Preguntó Chen pesadamente. —Ni mi sobrina ni yo podemos absolverte, no podemos absolver a Bathet, ni tampoco tenemos la capacidad de cambiar nada para nadie. Lo hecho, hecho está.

Menrim se limpió los ojos con su antebrazo y pareció recobrar cierto grado de compostura. —Lo sé. —Susurró. —Lo sé, pero… gracias por intentarlo. —Inhaló.

—Li Li —comenzó Menrim—, ayer, cuando tu tío se encontraba fuera, hablamos de tus viajes. No puedo imaginar que desees quedarte en Ramkahen después de lo sucedido.

—Y no te equivocas. —Dijo Li Li.

—Si sigues el río Vir’naal hacia el sur, llegarás a la boca del río y a la Ciudad Perdida. Otrora un bastión de los Neferset, pero fueron expulsados durante la guerra. Mi familia tenía un pequeño bote. Según tengo entendido, sigue ahí.

Menrim le extendió una llave esqueleto fabricada en hierro. —Esta llave abre el candado de las cadenas que lo sujetan al muelle. Tómala, así te será mucho más fácil dejar Uldum. Las corrientes del sur no son tan agrestes y los vientos debe estar más tranquilos a raíz de la derrota de Al’Akir. Por favor —dijo—, es tuya.

Li Li tomó la llave.

Gracias. —Dijo ella con suavidad.

Brotaron lágrimas de los ojos de Menrim mientras asentía. —No sé si mi gente se recuperará. Quizá los días de los tol’vir han llegado a su fin. Intentaré ser mejor de lo que fui. Les deseo suerte en sus viajes, ojalá encuentren lo que sea que buscan. —Concluyó.

Te deseo paz, Menrim. —Dijo Chen con voz suave.

Menrim se dio la media vuelta y caminó en dirección a su hogar, solo.

En silencio Li Li y Chen regresaron a la habitación que rentaron. Les pesaba el ánimo mientras se preparaban para dormir. Mientras Chen revisaba las mochilas para asegurarse de que todo estuviera listo para partir a primera hora, notó que Li Li había estirado una hoja de papel en el suelo frente a ella.

—¿Qué haces? —Preguntó Chen.

—Escribo una carta a casa. —Contestó ella. —Supuse que debería, pues ha pasado algo de tiempo. —A Chen se le ocurrió una idea mientras Li Li le miraba.

—Me gustaría escribir una a mí también.

Li Li sacó algo de papel y otra pluma de las profundidades de su bolsa. Chen se sentó en el suelo en otra parte de la habitación y aplanó la hoja en blanco que tenía enfrente.

Querido Chon Po, —Comenzó.

Te debo una disculpa