La Búsqueda de Pandaria - Parte 4
Sarah Pine

Frente a la proa del sólido velero tol’vir, el océano azul se extendía de manera infinita. El sol del atardecer trazaba líneas en la superficie del agua y brillaba cual gema. Li Li se inclinó en dirección al viento. El aroma salado le recordaba los cálidos días en las playas de Shen-zin Su. Chen se encontraba sentado en popa, con una zarpa sobre el timón. Navegaban hacia el sureste desde que salieron de Uldum.

Li Li se volvió hacia su tío. —¿No te emociona? —Gritó. —¡Por fin estamos en camino! Incluso la perla coopera. Ya la consulté tres veces y siempre me muestra navegando. —Ella rio y alzó un puño. —¡Siguiente parada, Pandaria!

Ninguno de los dos tenía deseos de arruinar el buen humor, así que decidieron ignorar que la perla aún no les mostraba como penetrar la niebla que ocultaba la legendaria tierra de su gente. Era mejor cruzar ese puente cuando llegasen a él.

Al caer la oscuridad, Li Li tomó la primera guardia. La noche era clara, repleta de estrellas que contrastaban con el cielo aterciopelado. Las lunas gemelas de Azeroth presentaban un brillo fantasmal encima del horizonte oriental. Li Li cruzó las piernas y se ciñó una manta sobre los hombros para resguardarse del frío aire marino. Sus párpados cobraron peso con el arrullo del vaivén del barco y el sonido del agua contra el casco. Ella decidió que no había por qué resistirse al cansancio y cerró los ojos.

Caer de bruces la despertó con violencia. Aturdida y con los miembros torcidos, Li Li permaneció en el punto donde aterrizó.

Chen la sacudió. —¡Li Li, levántate!

El bote ascendió de nuevo con el oleaje y él cayó de rodillas.

***

—Se avecina una tormenta —dijo Chen—, hay que arrizar las velas. Ya me encargué de asegurar nuestras pertenencias. —Li Li no podía ver su expresión entre la oscuridad, pero se apreciaba ansiedad en su voz. Aunque bien construido, el navío Ramkahen era pequeño y estaría a merced del mal tiempo en mar abierto.

La nave se agitó con violencia una vez más. El oleaje había crecido lo suficiente como para volverse peligroso. Li Li hizo una mueca y se sentó. Enormes nubes que cubrían las estrellas se aproximaban desde el sureste y relámpagos ocasionales centelleaban hacia la superficie del océano.

—Ok —le dijo a Chen—, vamos.

La tormenta llegó con un fuerte viento acompañado de fría lluvia. Las gigantescas olas rompían en torno a los pandaren, amenazando con devorar su bote. Chen y Li Li se dieron a la ardua tarea de guiar el navío tol’vir por los puntos mínimos paralelos al oleaje, cruzando una traicionera pista de obstáculos.

Un rayo hendió el cielo y se impactó en el agua junto al bote, no tocando el mástil por mera providencia. El trueno que le siguió sonó como fuego de cañones. Li Li tembló. Eso estuvo demasiado cerca.

El barco se sacudió. Li Li y Chen no calcularon bien el curso y golpearon el costado de una ola. La nave se inclinó, ascendiendo por un ángulo pronunciado cual carreta en una curva. Chen se agarró de la cuerda más próxima al resbalar sobre la empapada cubierta de madera. Cuando escuchó a Li Li gritar detrás de él, sintió su corazón agolparse en su garganta.

—¡Li Li! —Gruñó Chen mientras luchaba por recuperar el equilibrio. Su sobrina también se aferraba con desesperación a una cuerda y Chen suplicaba que no se le fuera de las zarpas. No podía soltar su propia cuerda hasta que el barco se enderezara. La ola avanzaba interminable y el pequeño buque tol’vir se encontraba peligrosamente cerca de zozobrarse.

Finalmente pasó la cuesta de la ola y el navío comenzó a estabilizarse. Cuando estribor se niveló, Chen recuperó su punto de apoyo y se volvió para ayudar a su sobrina. Li Li extendió un brazo en su dirección pero el barco se sacudió, estrellándola contra la borda. Chen gritó su nombre e hizo todo lo posible para alcanzarla.

—¡Li Li!

***

Era demasiado tarde. Li Li parpadeó con rapidez mientras se le escapaba el sentido. La cuerda se deslizó entre sus dedos flácidos y se precipitó al agua.

¡Li Li! —Gritó Chen por tercera vez. Las olas rompían entre su sobrina y el barco, sin embargo, ya no podía verla aunque se replegó el oleaje.

En Shen-zin Su, el cielo no mostraba indicio alguno de mal clima. El sol había descendido por el horizonte y los últimos vestigios de luz lentamente se tornaban de color índigo. En el centro de la isla, justo fuera de la Gran Biblioteca, Chon Po sostenía dos hojas de papel.

Dicha biblioteca era el lugar favorito de su hija. Entre pilas de libros y cartas, Li Li pasó horas leyendo, devorando hasta el último fragmento de información que pudo encontrar. Este pasatiempo la convirtió en una soñadora y le metió ideas en la cabeza, pero también le otorgó pasión e impulso.

—No te preocupes, Po. —Mei colocó una zarpa en su brazo y le ofreció una alentadora sonrisa. —Sólo envíalas.

Las misivas más recientes de Chen y Li Li llegaron el día anterior en una corriente de magia, un antiguo truco pandaren cuyos orígenes habían desaparecido. Chon Po permaneció despierto toda la noche escribiendo sus respuestas.

Po respiró profundo y asintió. Con mucho cuidado dobló los papeles en la forma de un pájaro, un enorme albatros, para transportar los mensajes sobre el océano. Cuando terminó, sostuvo la figura y sopló suavemente sobre ella, rociándola con una pizca del polvo encantado que Li Li siempre llevaba consigo. En una explosión de color, el ave de papel flexionó sus alas y despegó. Era duro dejarla ir.

Chon Po se quedó mirando hasta que toda señal del ave se fundió con el cielo claro. Albergaba la esperanza de que su hermano y su hija recibieran las cartas sin problemas.

El océano se había convertido en una criatura viviente; una fuerza de voluntad. Las olas se enroscaban cual dedos en torno a Li Li, lanzándola y haciéndola girar. Era una buena nadadora y luchó contra el mar, tomando bocanadas de aire cuando lograba salir a la superficie. Ella pateaba, manoteaba e intentaba permanecer a flote, pero la corriente la jaló. Li Li continuó su lucha y el ciclo se repitió. No transcurrió mucho tiempo antes de que empezara a cansarse.

Le ardían los músculos y sus miembros se volvieron torpes. Conforme se disipaba la descarga inicial de energía que alimentaba sus esfuerzos, su determinación comenzó a convertirse en pánico.

Me voy a ahogar.

Caer en la cuenta de eso la golpeó con la misma fuerza que las olas contra las que luchaba. Chen ya no estaba y quién sabe qué tan lejos había sido arrastrada del bote. Tierra firme se encontraba a días de distancia y la tormenta era imparable, inmune a la razón o a la fuerza.

El instinto la impulsó a intentar llegar a la superficie, a luchar por sobrevivir, aunque sentía en los huesos que no había nada que hacer. La desesperación la inundó, tan salada y amarga como el océano mismo.

¿Así fue, verdad Mamá? A Li Li le ardían los ojos a causa del agua de mar y las lágrimas. Se obligó a ser valiente y aceptar su destino, pero su terror no sería negado.

¡Mamá! Gritó para sí, incapaz de hablar. ¡Mamá, mamá!

El océano la escupió hacia el cielo y ella se mecía en la cresta de una ola. Li Li jadeaba con fuerza, aferrándose a cada segundo mientras ésta comenzaba a romper. Por el rabillo del ojo notó algo distinto en el panorama de agua interminable, una silueta sólida y oscura. Ella se volvió, intentando ver qué era y se estrelló contra algo duro y menos flexible que el mar. Su cabeza conectó con fuerza contra el objeto y el mundo se tornó negro.

***

—…Nunca había visto uno, me acordaría.

—Yo sí, en Vallefresno hace muchos años.

—Puede ser una espía de la Horda.

—Es posible, supongo.

Li Li trató de abrir los ojos, mas sintió como si estuvieran pegados. Intentó voltearse, pero dolor inundó su cuerpo. Con un gemido, se hundió de nuevo en la suave masa de mantas y almohadas.

Le pasó por la mente que, de algún modo, seguía con vida.

Sus ojos se abrieron y un doloroso destello de luz blanca la deslumbró, así que los cerró nuevamente.

—Atropa, ella está despierta, ¡por Elune! El capitán…

—En ello. —Respondió la otra voz.

Li Li entreabrió los ojos y se encontró frente a un rostro rubicundo de tonos morados, enmarcado por cabello violeta oscuro que le llegaba hasta los hombros. Los ojos de la mujer no tenían pupilas y brillaban en suave color plata. Una elfa de la noche.

—Vaya, pensamos que dormirías al menos unas horas más. —Dijo la elfa de la noche. —Debe haber agua por aquí en algún lugar.

El rostro desapareció y Li Li tocó un punto particularmente inflamado; sus dedos rozaron vendajes de algodón. La delicada presión envió agujas de dolor hacia la parte posterior de su cráneo. Ella hizo una mueca y retiró la zarpa.

—Déjame ayudarte. —Dijo la elfa de la noche, rodeando la cintura de Li Li con un brazo delgado. La mujer acomodó las almohadas detrás de la joven pandaren y le entregó una taza de agua. Li Li bebió agradecida, vaciándola de un trago, y la extendió pidiendo más. Una vez satisfecha, Li Li miró con cuidado de lado a lado, consciente de su cuello adolorido.

—¿Dónde estoy? —Preguntó.

—Estás a bordo del Elwynn, un buque de la Alianza. —La elfa negó con la cabeza. —Tienes mucha suerte, me encontraba de guardia y vi cuando chocaste contra el casco durante la tormenta. Un chamán le pidió a un elemental de agua que te sacara.

Li Li se recargó en las almohadas con el corazón a mil por hora.

—No estoy muerta. —Dijo.

—Por fortuna. —Respondió la elfa. —¿Cómo te llamas?

—Li Li Stormstout, ¿quién eres tú?

—Me llamo Lintharel. —Dijo la elfa de la noche. —Soy una druida kaldorei al servicio de la Alianza.

La puerta del camarote se abrió y entró un humano seguido por otra elfa de la noche. Era casi idéntica a Lintharel, incluyendo los tatuajes de color violeta con forma de gotas de lluvia en el rostro. Claramente eran hermanas.

—Soy Marco Heller, capitán de este barco. —Declaró el hombre tan pronto cruzó el umbral. —Tengo algunas preguntas para ti.

—¿Tan pronto? —Dijo Lintharel, frunciendo el ceño. —Creí que sólo querías saber cuando estuviera despierta. ¡Aún se encuentra herida!

—¿Por qué no sales a buscar más vendajes? —Preguntó el capitán Heller, aunque por su tono parecía una orden. —Puedes acompañarla si quieres, Atropa.

—No iré a ningún lado. —Atropa cruzó los brazos. Lintharel miró con frustración al capitán antes de salir. Li Li escuchó sus pasos desvanecerse por el pasillo.

El capitán jaló una silla junto a la cama de Li Li y se sentó, mirándola fijamente. Después de un breve silencio, descargó un aluvión de preguntas. —¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Qué haces en estas aguas?

—Soy Li Li Stormstout, una pandaren de la Isla Errante. Estaba navegando con mi tío cuando nos agarró la tormenta. ¡Caí por la borda! —Las preguntas le crispaban los nervios. —¿Qué ocurre?

Los ojos del capitán Heller brillaron de modo amenazador.

—Me pregunto si eres una espía de la Horda.

—¿Qué? —Li Li resintió la acusación. —¡Eso es ridículo! ¡Mi tío y yo éramos amigos del mismísimo rey Magni Barbabronce! ¿Te tragaste un pez globo o alguna otra cosa que te haya llenado la cabeza de aire?

El capitán Heller frunció el ceño pero no dijo nada.

Li Li prosiguió. —Si fuera una espía de la Horda, no habría intentado abordar tu barco lanzándome al océano en medio de una tormenta con la esperanza de que me encontraran. Eso es totalmente estúpido.

—¿Aún si llevabas dos días navegando relativamente cerca de nosotros?

—Yo… ¿Qué? —Li Li parpadeó sorprendida. —¿También hay un barco de la Horda

El capitán ignoró la pregunta de Li Li y se volvió hacia Atropa, quien parecía haberse desvanecido en una de las esquinas de la habitación. —¿Qué opinas? —Le preguntó Heller.

—Me parece que dice la verdad. —Atropa entrecerró ligeramente los ojos. —Es legítimamente ignorante.

—Oh, gracias. —Replicó Li Li. —Muy amable de su parte, dama.

—Estoy de acuerdo contigo, Atropa. —El capitán se incorporó y miró a Li Li. —Eres una huésped en este barco y estás aquí por la gracia de un servidor y de la gente de la Alianza. Si llegase a ser necesario, es muy posible que tengas que luchar a nuestro lado. ¿Tienes algún problema con eso?

—No le temo a la batalla. —Li Li le miró desafiante.

—Bien. —El capitán Heller dejó el recinto sin decir nada más y Atropa le siguió.

Li Li se recostó, exhausta. Extrañaba mucho a Chen y esperaba que éste hubiera salido ileso de la tormenta. Sin embargo, de ser ese el caso, seguro creería que estaba muerta. El corazón le dolía. Deseaba que hubiera manera de enviarle un mensaje, pero su bolsa de polvo encantado se encontraba en el bote tol’vir. No había nada que pudiera hacer por el momento, así que cerró los ojos para dormir un rato.

***

La tormenta dejó a su paso un día claro y una agradable brisa. El océano en torno al pequeño bote se encontraba en calma, pero Chen no podía disfrutarlo. Li Li ya no estaba y todo rastro de ella se había esfumado. El único recuerdo de su existencia eran sus pertenencias almacenadas en el compartimiento bajo cubierta. Chen sentía como si le hubieran perforado el pecho.

Sentado, miraba hacia la distancia y no veía nada. En su regazo sostenía la perla, lo primero que buscó una vez que pasó la tormenta. Lo único que mostraba eran los últimos momentos de Li Li repitiéndose de manera infinita. Ya no tenía estómago para mirar.

El cansancio le destruiria tarde o temprano si no dormía, pero al cerrar los ojos sólo se intensificaba la visión de Li Li mientras la arrastraba el océano. En sus oídos escuchaba sus propios gritos de impotencia, como si pudiera negociar con el mar para que se la devolviera.

Fue ese abatimiento poco característico lo que permitió que el navío de guerra lo rebasara; inadvertido hasta que el ruido de agua desplazada se volvió demasiado sonoro como para ignorarlo. Chen se volvió sobre su asiento. En cualquier otra ocasión habría estado de pie, listo para negociar o luchar. Ahora, no obstante, no le importaba. Nada importaba.

El barco se aproximó junto a él. Chen notó velas rojas con símbolos negros en cubierta y rápidamente guardó la perla en su mochila.

—¡Ah del barco! —Retumbó una voz. —Al pasajero del bote desconocido. Tu presencia aquí carece de explicación. ¡Prepárate para ser detenido e interrogado por la Horda!

***

Chen se encontraba en un camarote, sentado frente a un fornido orco llamado Aldrek, capitán del buque de guerra. Éste cruzó sus brazos llenos de cicatrices y examinó a Chen de pies a cabeza con vista aguda.

—¿Qué haces en estas aguas? Los marineros solitarios no se aventuran por acá. —Ladró el orco.

Chen se frotó el rostro con cansancio. No tenía energía para interrogatorios, quería que el asunto terminara rápido.

—Me llamo Chen Stormstout. —Dijo. —Soy un pandaren de la Isla Errante. Estaba navegando con mi sobrina cuando nos atrapó la tormenta de anoche y nos sacó de curso. Mi… —Se hizo un nudo en la garganta de Chen y éste luchó por controlar su voz. —Mi sobrina se perdió en el mar.

El capitán no respondió.

—Sé por qué me interrogas. No soy un espía de la Alianza. Hace muchos años, luché junto con Thrall, Cairne y Vol’jin contra el Gran Almirante Proudmoore en Theramore. Si hay alguien a bordo que haya participado en esa batalla, quizá pueda corroborarlo.

—Karrig, uno de nuestros chamanes, luchó en Theramore. —Aldrek asintió hacia uno de sus guardias. —Tráiganlo para ver qué dice al respecto.

Aldrek miró a Chen por un rato antes de hablar de nuevo.

—Bueno, si eres un espía, has hecho una gran labor al asumir la apariencia de un marinero extralimitado en vías de enloquecer por el cansancio. —El capitán ofreció una amplia sonrisa, mostrando sus impresionantes colmillos.

El guardia regresó acompañado de un orco encorvado de edad media, cuya larga cabellera negra estaba arreglada en un rodete trenzado.

—¡Ah, Karrig! —Aldrek juntó las manos. —Este individuo dice haber luchado en Theramore contra el Gran Almirante Proudmoore. ¿Lo reconoces?

Un pandaren se unió a nosotros en esa batalla. —Dijo Karrig. —Se llamaba Stormshout o algo.

—Stormstout. —Corrigió Chen mientras miraba al capitán Aldrek. Éste se rio.

—Parece que estás a salvo. —Dijo el capitán. —¡La Horda tiene una deuda de amistad contigo! —Aldrek chasqueó los dedos frente al guardia.

—Trae a Nita. —Dijo Aldrek. Al volverse hacia Chen, agregó. —Es una druida tauren, te arreglará en un santiamén. ¡Bienvenido a bordo del Puño del Jefe de Guerra! Aldrek le dio a Chen una palmada en la espalda, pero éste apenas y respondió. Sólo podía pensar en Li Li. Su cuerpo se mostraba insensible ante todo lo demás.

***

Una vez que se sintió lo suficientemente bien como para caminar, Li Li empezó a preguntarles a todos en el Elwynn si habían visto el bote tol’vir. Sólo recibió negativas. Abatida, se recargó contra un barandal en cubierta y se quedó mirando el enorme barco de guerra de la Horda que navegaba frente a ellos. Se preguntó si habría manera de entrar en contacto con dicho navío para saber si alguien había visto Chen, aunque los intentos de comunicarse con la Horda no servirían para desmentir la suposición inicial del capitán Heller de que ella era una espía. Li Li frunció el ceño. A menos de que ella y Chen se hubiesen desviado en gran medida, los buques se encontraban en aguas cercanas a las costas de Tanaris, que eran neutrales. Tanto la Horda como la Alianza debían poder navegar sin incidentes. ¿Por qué se encontraba tan tenso el capitán?

Li Li se quebró la cabeza tratando de trazar un plan que le permitiera enviar un mensaje al navío de la Horda sin ser lanzada por la borda. No tuvo ninguna idea genial, así que se dio por vencida y descendió bajo cubierta. Ahí encontró a algunos de los miembros de la tripulación jugando cartas. Entre ellos reconoció a Lintharel y Atropa, las gemelas elfas de la noche. Li Li tomó una silla vacía y se unió a ellas.

—Inclúyeme. —Anunció Li Li. Atropa la miró de reojo, pero Lintharel rio y la complació.

—Es más fácil aprender sobre la marcha. —La elfa asintió en dirección a los demás jugadores, un par de enanos.

—Ella es Li Li, la pasajera inesperada que recogimos la otra noche.

—Sí, la no espía. —Sonrió una enana. —Me llamo Trialin y éste es mi hermano Baenan.

—¡Tu hermano mayor! —Corrigió Baenan. —¡Y el único paladín de la Luz en el barco, a tu servicio! —Infló el pecho con orgullo.

—Ah, cierra el pico, presumido. —Dijo Trialin, poniendo los ojos en blanco.

—Me encuentro en la mesa de hermanos —bromeó Li Li— y sin el mío. En la única ocasión en la que sería de utilidad… —Sintió una punzada en el corazón al pensar en Shisai y se preguntó cómo le estaría yendo en Shen-zin Su. ¿Me extraña, acaso?

—No es una mesa de hermanos. —Sonrió Lintharel, indicando a Atropa y a sí misma. —No somos hermanas.

—Oh. —La revelación sorprendió a Li Li.

—Pero vaya que se parecen. —Dijo Trialin. —La mayoría de la gente comete ese error.

—De todos modos, Tharel es lo más cercano que tengo a una familia. —La sonrisa de Lintharel se tornó nostálgica con las palabras de Atropa.

—¿Vamos a darle a las cartas o qué? —Baenan golpeó la mesa con el puño, lo que sacó a ambas kaldorei de su melancolía. Li Li miró fijamente sus cartas, fingiendo que sabía lo que hacía. Lintharel explicó las reglas conforme avanzaba el juego y, aunque Li Li no era muy diestra, después de unas cuantas partidas ya no estaba perdiendo siempre.

—Oigan —dijo Li Li tratando de sonar desenfadada—, um, ¿qué hay con ese barco de la Horda? Creí que las aguas cercanas a Tanaris eran neutrales. ¿Por qué hay tanto lío con que navegue por aquí?

Todos se miraron y Li Li se dio cuenta de que formuló una pregunta incómoda. Tenía la esperanza de mencionar la posibilidad de contactar al navío de la Horda para obtener información. Claramente eso era una pésima idea. Eventualmente, Atropa llenó el silencio.

—Técnicamente estás en lo correcto. —Dijo mientras tomaba una de sus cartas y la desechaba.

—¿Pero…? —Li Li insistió.

Pero, eventos recientes nos han dado razones para sospechar de cualquier presencia de la Horda fuera de su territorio.

—Están demasiado cerca de Theramore. —Murmuró Baenan. —Si quieren que los dejemos en paz, necesitan regresar a donde pertenecen. No podemos confiar en ninguno de ellos.

—Colaboré con muchos miembros de la Horda en el Monte Hyjal. —Dijo Lintharel con suavidad. —El archidruida Hamuul Tótem de Runa es un tauren y uno de los líderes más importantes del Círculo Cenarion. No puedes juzgar a todo un pueblo por las acciones de unos pocos.

Baenan negó con la cabeza. —Muchacha, me gustaría poder estar de acuerdo contigo. Los druidas del Círculo Cenarion pueden ser la excepción, al igual que los chamanes del Anillo de Tierra. Sin embargo, mírate, regresaste de Hyjal para continuar tu servicio en la Alianza. Tus amigos de la Horda hicieron lo mismo, son tus enemigos así como tú lo eres para ellos.

Los dedos de Lintharel se tensaron en torno a sus cartas. —Sirvo a la Alianza porque tal es la voluntad de la alta sacerdotisa Tyrande y del archidruida Malfurion; les soy leal. —Frunció el ceño. —Sin embargo, las divisiones entre la Horda y la Alianza son falsas.

—¡Divisiones falsas que se imponen con armas de fuego y espadas reales! —Bufó Baenan. —El jefe de guerra Hellscream no quiere paz. ¡Mira tu hogar en Vallefresno! Ese orco es una amenaza y tus amigos druidas son cómplices de su reinado. —Azotó las cartas sobre la mesa, fue ganador de esa ronda. —No hay nada ni nadie digno de confianza en la Horda y tienes que aceptarlo.

***

La luz que se colaba por la portilla de la enfermería le indicó a Chen que ya estaba entrada la mañana. Se sentía mejor físicamente, pero su espíritu seguía cansado. Había perdido a muchos seres queridos con el transcurso de los años y algunas muertes dolían más que otras.

Chen siempre consideró a Li Li como la hija que nunca tuvo, el único miembro de su familia que era como él. Se cubrió los ojos con el pulpejo de sus zarpas mientras lágrimas humedecían el pelaje de su rostro.

—Caray, ¿acaso no hay suficiente agua en el mar? ¿Sientes la necesidad de crear más?

Chen se sentó de manera abrupta. Un elfo de sangre claramente aburrido se encontraba recargado contra la pared de la enfermería, tenía los brazos cruzados.

—Reducido a esto, al parecer. —Se lamentó el elfo. —Niñera de pacientes.

La ira servía de refugio contra la pena. La marea de furia impulsó a Chen a dejar el catre y cruzar el recinto. Chen estaba versado en la intimidación.

—Cuidaría mi lengua si fuera tú. —Gruñó. —Dudo que hayas enfrentado a uno de mi especie y, creeme, no quieres hacerlo.

Antes de que el elfo tuviera la oportunidad de responder, alguien más entró a la habitación. Era Karrig, el chamán. Sostenía un bastón largo, con el cual golpeó fuertemente el suelo.

—¡Talithar! —Gritó. —No puedes pasar ni dos horas sin meterte en líos. Largo de aquí, elfo infeliz.

El elfo, Talithar, le lanzó una mirada de desprecio puro a Karrig, pero no dijo nada y salió de la enfermería con su rostro bien parecido en alto.

—Bastardo estirado. —Murmuró Karrig. —¡Un héroe de la Horda como tú merece respeto! —Le sonrió generosamente a Chen. —Es un gran honor tenerte a bordo.

—Um… gracias. —Respondió Chen, no del todo cómodo con la manera en que Karrig le llamó héroe. Sus recuerdos de Theramore pintaban la situación en una perspectiva más compleja.

—Vine en tu busca —dijo Karrig—, el capitán Aldrek quiere hablar contigo.

Chen asintió y lo siguió hasta el camarote del capitán. Aldrek se encontraba sentado frente a un escritorio de labrado tosco, golpeteando la madera con los dedos.

—Karrig ha hablado mucho de tus proezas en Theramore hace ya tantos años. —Dijo Aldrek. —Estoy convencido de que haberte interceptado fue una señal de los espíritus.

—¿Por qué? —Preguntó Chen. Había algo en el tono de Aldrek que le inquietaba.

—Porque creo que puedes ayudarnos. —Respondió el capitán orco. —Una vez que nos deshagamos del navío de la Alianza que nos sigue…

—No tengo idea de qué puedo hacer con respecto a eso, capitán. —Dijo Chen de forma educada. Aldrek pareció sorprendido.

—¡Oh no! Ni te preocupes por ellos. —Dijo. —Tengo ideas más a largo plazo para ti.

—¿Perdón?

Aldrek se inclinó hacia Chen.

—Verás, nuestra misión es sólo de reconocimiento, pero…

—¿Reconocimiento de qué exactamente? —Interrumpió Chen. Tanto Aldrek como Karrig sonrieron.

—Eso no puedo decírtelo, aún no. Pero como soldado de la Horda en la primera batalla de Theramore, imagino que te sentirías honrado de servir en una segunda.

Aldrek se recargó en el respaldo de su silla, permitiendo que sus palabras se asentaran. Chen luchó por mantener su expresión neutral.

—Eso sería… toda una experiencia. —Respondió. —¿Es eso lo que planeas?

Aldrek se tocó un costado de la nariz y sonrió con picardía. —No, es únicamente reconocimiento, ¿verdad?

—Correcto. —Contestó Chen, recordando guiñarle el ojo al capitán. —Mera… exploración.

—Aldrek asintió. —Exploración, en efecto. Pretendemos ayudar a la Alianza a entender eso.

—Como sabes —dijo Karrig—, la obtención de recursos ha sido problemática desde que la Horda llegó a Kalimdor. No es sencillo mantener una ciudad importante en medio del desierto.

—Conozco algunos de los problemas de Orgrimmar. —Dijo Chen.

—¡Entonces comprendes nuestra imperativa! —Aldrek golpeó la palma de su mano con el puño. —Debemos obtener recursos adecuados para nuestras familias y niños. Orgrimmar jamás debe peligrar.

Chen decidió no decir más. Lo que Aldrek y Karrig le decían era desconcertante, al igual que el ferviente brillo en sus ojos cuando hablaban de Orgrimmar y su futuro.

Tomando su silencio como consentimiento, el capitán Aldrek se relajó en su silla. —Me encuentro muy honrado de tenerte a bordo de mi nave, Chen Stormstout. —Dijo. —Estoy seguro de que demostrarás ser un valioso aliado para la Horda. Tienes mi permiso para ir a donde te plazca en el barco. Puedes retirarte.

—Gracias, capitán. —Chen hizo un saludo.

***

Chen se dirigió a la galera. Quería una bebida fuerte y comida caliente. Estaba casi seguro de que Aldrek y Karrig habían revelado el deseo de la Horda de invadir Theramore. No quería pensar en el asunto. Al menos la comida en el barco era decente.

El pandaren alzó la vista cuando alguien se sentó frente a él. Era Nita, la tauren que le había cuidado la noche anterior. Ella sonrió, gruesas trenzas enmarcaban su rostro gentil, y colocó sus enormes manos con tres dedos sobre la mesa.

—¿Cómo te sientes hoy, Chen Stormstout? —Preguntó.

—Muy bien, gracias a tus habilidades. —Respondió. —Eres una druida muy talentosa.

Ella le ofreció una radiante sonrisa. —Gracias, siento no haber podido estar contigo esta mañana. Por desgracia tenía otros deberes qué atender. ¿Te indicó Talithar que vinieras aquí por comida?

—Um, no. —Dijo Chen. —Él, ah… no fue muy educado que digamos.

Nita se mostró consternada. —Me disculpo en su nombre. —Dijo. —Es uno de los magos del barco y un alma atormentada. Se ha enemistado con casi toda la tripulación. —Suspiró pesadamente. —Le pedí que te auxiliara porque creí que le haría bien algo de interacción con alguien que no pertenecía a nuestro barco. Supongo que me equivoqué.

—No es culpa tuya que no sepa comportarse. —Dijo Chen. —Pero es amable de tu parte preocuparte por él.

—Es mi deber preocuparme por los demás —se mostraba sonriente una vez más—, soy una sanadora y, además, todos somos hijos de la Madre Tierra. Somos más fuertes cuando estamos unidos que cuando estamos divididos. —Hizo una pausa, frunciendo el ceño. —Creo que a nuestro capitán se le olvida eso a veces.

***

A bordo del Elwynn, el capitán Heller llamó a una reunión general en cubierta. Heller miró al personal desde la parte alta del puente.

—Como muchos de ustedes saben —anunció—, he estado en contacto con los dirigentes del barco de la Horda.

—El corazón de Li Li saltó. Si Heller entabló comunicación con el barco de la Horda, podría preguntarle sobre Chen.

—Su presencia es preocupante —prosiguió el capitán— y no podemos dejarlos sin supervisión. Para mi sorpresa, dijeron que entendían y que les gustaría colaborar para llegar a una resolución pacífica.

Hubo murmullos y susurros entre la multitud.

—Su capitán aceptó enviar un mensajero diplomático con la condición de que hagamos lo mismo. Concuerdo con tal curso de acción, por lo tanto, necesito un voluntario. Dicho individuo debe ser valiente y estar listo para hablar en representación de la Alianza. No necesito decirles que puede ser peligroso, sin embargo, si podemos convencerlos de regresar a Durotar, será una victoria para la Alianza. ¿Quién prestará servicio a esta causa?

Varias manos surgieron al son de gritos afirmativos, pero una figura avanzó sin miedo y subió hasta la mitad de la escalinata que conducía al punto donde estaba el capitán; irguiéndose a todo lo que daba su metro veinte de altura. Era Baenan, el enano. Li Li escuchó el agudo soplo de Lintharel junto a ella.

—¡Yo iré! ¡Como paladín de la Luz, ofrezco con gusto mi servicio en nombre de la Alianza!

El capitán Heller asintió. —Muy bien. Les comunicaré que hemos seleccionado un mensajero y prepararemos el intercambio.

El capitán hizo una seña al mago draenei que se encontraba cerca, el cual lanzó al aire una serie de descargas de color, trazando runas entre una cascada de luz. Después de una larga pausa, Li Li notó algo similar originarse desde la cubierta del buque de la Horda.

—¡El intercambio tendrá lugar en media hora! —Declaró el capitán Heller antes de volverse hacia Baenan. —Sígueme, te daré las órdenes de tu misión.

Baenan saludó con gran entusiasmo y Li Li se abrió paso entre la multitud. Al verla, Heller se detuvo.

—¿Sí? —Preguntó bruscamente.

—Um, tengo una pregunta, señor. —Dijo Li Li con tanta educación como pudo. —He estado tratando de descubrir si alguien ha visto a mi tío desde la tormenta. Me pregunto si el mensaje de la Horda mencionó algo acerca de otro pandaren, o de un pequeño bote en los alrededores.

El capitán Heller entrecerró los ojos, pero Li Li se mantuvo firme. Su pregunta era inocente.

—El mensaje no decía nada de eso. —Respondió Heller al fin. —Puedes preguntarle tú misma al diplomático de la Horda cuando llegué.

—Gracias capitán. —Li Li asintió en dirección a Baenan. —Buena suerte. —El enano asintió a modo de respuesta, su rostro cargado de determinación, y luego comenzó a caminar junto a Heller. Ambos desaparecieron bajo cubierta en compañía de algunos guardias.

—El resto de la tripulación comenzó a dispersarse y Li Li vio a Trialin en las cercanías. La enana levantó la barbilla con orgullo por su hermano, pero sus mejillas se encontraban muy pálidas. Lintharel se detuvo frente a Li Li con la mandíbula tensa y el ceño fruncido. La druida miró hacia el cielo y luego cerró sus etéreos ojos color plata.

—¿Puedes sentir el cambio en los vientos? —Preguntó. —Habrá una tormenta esta noche.

***

—¿Estás segura de que quieres correr el riesgo? —Aldrek evaluó a su voluntario diplomático, nadie más que Nita la druida.

—He colaborado con miembros de la Alianza como parte del Círculo Cenarion —repuso Nita—, eso les tranquilizará.

Aldrek se frotó la barbilla pensativo. —Bien, ¿puedes remar hasta allá?

Nita podría haberse convertido en ave y volado hasta allá, pero la Alianza iba a enviar un bote. Era mejor ser recíprocos.

—Sí. —Respondió.

A Chen se le concedió un sitio de honor, de pie cerca de Karrig y del capitán Aldrek, y vio como Nita se aproximó con calma para ofrecerse como mensajero para la Alianza. El pandaren pensó en sus palabras previas: todos somos hijos de la Madre Tierra. Definitivamente no había mejor candidato para una misión cuyo objetivo era calmar la tensión entre los navíos.

En tanto que Nita preparaba su bote, Aldrek guió al enorme buque de guerra hacia el navío de la Alianza. Para que los mensajeros pudieran salvar fácilmente la brecha, ambas naves deberían estar bastante cerca una de la otra, a distancia de tiro. Chen estaba nervioso e intentaba no ser negativo, pero no podía evitar recordar lo que Aldrek insinuó con respecto a Theramore. ¿Qué planeaba la Horda? ¿Qué tanto sabía la Alianza? ¿Era esta situación el resultado de una coincidencia en alta mar, o la Alianza los había rastreado? Quizá la Horda les tendió una trampa?

El Puño del Jefe de Guerra quedó paralelo al Elwynn. Dos marinos ayudaron a Nita a bajar el bote a alta mar y se puso en marcha. Los remos subían y bajaban de manera rítmica con cada tirón de sus brazos.

***

Los mensajeros se cruzaron al llegar a la mitad del espacio entre los barcos. Baenan echó una mirada a la tauren mientras pasaba, notando que su atuendo era típico de los druidas. Su corazón se tranquilizó. Los tauren eran mucho más razonables que los orcos y además colaboraban con frecuencia con miembros de la facción contraria. Quizá había esperanza para esta misión.

Al llegar a su destino, los marinos de la Horda estaban listos para recibirle. Mientras izaban su bote, Baenan miró al Elwynn,delineado con elegancia en un tono dorado-anaranjado gracias al sol del atardecer. El enano murmuró una oración a la Luz para regresar ahí con bien.

***

Li Li esperó frente a la tripulación, resuelta a ser de los primeros en recibir al diplomático para preguntarle acerca de su tío. Cuando la gran tauren subió a cubierta, Li Li avanzó con entusiasmo.

—¡Bienvenida a bordo! —Dijo el capitán Heller, extendiendo una mano. Nita la estrechó con calidez y los marinos reunidos inclinaron sus cabezas respetuosamente.

—Gracias, capitán. —Respondió ella. —Espero que podamos alcanzar un acuerdo satisfactorio para ambas partes. —Nita examinó la multitud y, al ver a Li Li, arqueó las cejas.

Li Li no pudo evitarlo. —¡Me reconoces! —Exclamó con alegría. —Um, quiero decir, —¡a mi especie! ¿Has visto a mi tío Chen?

—Sí, lo encontramos en su bote la mañana siguiente a la tormenta. —Nita sonrió. —Se pondrá feliz al enterarse de que estás a salvo.

—Gracias, muchas gracias. —Li Li sintió un nudo en la garganta por la emoción. No tenía idea de lo preocupada que había estado por Chen hasta que recibió confirmación de que se encontraba a salvo. Ella y su tío pronto estarían reunidos.

—Por aquí. —El capitán Heller dio un paso frente a Li Li y señaló su camarote. —Hablaremos de nuestros objetivos para llegar a un acuerdo.

Nita siguió cortésmente al capitán Heller. Las poderosas pezuñas de la tauren retumbaban por la cubierta de madera con cada paso. Al caminar junto a Li Li, el capitán le lanzó una mirada hostil. La pandaren los vio desaparecer bajo cubierta y luego se volvió para mirar el barco de la Horda, notando que el bote de Baenan ya se encontraba a bordo. Las pláticas estaban en curso.

Baenan casi temía que todos en el camarote del capitán pudieran escuchar los latidos de su corazón acelerado. Intentando calmarse, miró en torno a la habitación repleta de orcos, trols, un tauren, dos goblins (discutiendo quién se treparía al escritorio del capitán) y un Renegado podrido y enmohecido. También había uno de esos pandaren, como la muchacha en el Elwynn. Frunció el ceño. La muchacha dijo que viajaba con su tío. ¿Sería él acaso? De ser así, ¿por qué estaba con la Horda?

Baenan miró al capitán Aldrek, quien mostró una amplia sonrisa de depredador.

—Ahora —dijo el capitán con soltura— hablemos del asunto como gente razonable.

Baenan tragó saliva y logró hallar su voz. —Como sabes, nos preocupa la presencia de navíos de la Horda tan al sur.

—Estas aguas son neutrales. —Dijo Aldrek.

—Eso es cierto —respondió Baenan—, pero aún así tuviste que navegar por territorio de Theramore para llegar aquí, lo cual…

—¿Cómo sabes que no salimos del Campamento Grom’Gol en Tuercespina? —Interrumpió Aldrek.

—¿Eso hicieron? —Preguntó Baenan de forma rotunda.

Aldrek fue tomado por sorpresa. —Estamos aquí bajo las órdenes del jefe de guerra en misión de reconocimiento. —Su voz comunicaba una advertencia.

—Mira —dijo Baenan—, soy un enano. Mi gente es directa. Tú dices que estás aquí en misión de reconocimiento. Quizá así sea, pero no hay modo de que sepamos que es verdad. Sólo queremos que nuestras tierras en Theramore estén a salvo. Permítenos escoltarte de vuelta a aguas de Durotar, esa es la oferta de mi capitán.

El capitán Aldrek se echó a reír y el corazón de Baenan se precipitó hasta su estómago.

—Esa es precisamente la oferta que rechazo. —Dijo el orco mientras chasqueaba los dedos.

—Este enano es nuestro prisionero.

La primera reacción de Baenan fue luchar por su libertad, pero esa era una idea muy mala. Le superaban en número y le quitaron sus armas cuando abordó el Puño del Jefe de Guerra.

—Sabía que eran un montón de cobardes mentirosos. —Murmuró, lo cual le rindió un coscorrón por parte de uno de los orcos.

—Y aún así decidiste confiar en nosotros. —El rostro de Aldrek mostraba petulancia. —Enciérrenlo en el pantoque y encuentren a alguien para vigilarle. Llamen todos a cubierta y preparen los cañones mientras la Alianza piensa que las negociaciones aún están en curso.

Mientras guiaban a Baenan fuera de la habitación, Chen tuvo que echar mano de toda su fuerza de voluntad para mantener una expresión neutral. Casi saltó en defensa del enano, pero reconsideró. Quería obtener más información acerca de lo que ocurría. Sin importar lo mucho que le molestaba, tenía que esperar hasta que llegara el momento adecuado.

***

Nita se encontraba frente al capitán Heller en su camarote. Varios oficiales navales, con las manos a la espalda a la usanza formal, flanqueaban a los negociadores.

—Capitán —comenzó ella—, quisiera ofrecerle una explicación detallada de los movimientos de nuestro buque…

—Nita —interrumpió Heller—, no me interesan los pormenores de los movimientos de la Horda. Sólo quiero que tu gente salga de aquí.

—Estas aguas son neutrales —replicó ella—, tenemos tanto derecho de estar aquí como ustedes.

—Eso puede ser cierto —prosiguió Heller con indiferencia—, pero ustedes son una amenaza. No estaré satisfecho de que el peligro ha sido contenido hasta que su navío esté de regreso en Durotar, donde pertenece.

—Puedo comunicarle eso a mi capitán si así lo desea. —Dijo Nita de modo tentativo.

—No, habremos de comunicarnos con él directamente. —Dijo Heller. —Tú permanecerás aquí como garantía para que nuestro mensaje sea escuchado como es debido.

La boca de Nita se abrió por la sorpresa. —¿Qué? ¿Me tomará prisionera?

—Hago lo que tengo que hacer. —Dijo el capitán. —Arréstenla.

Cuatro oficiales sujetaron los brazos de la tauren. —¡Esto es un ultraje! —Gritó mientras luchaba contra sus captores. —¡Soy una druida del Círculo Cenarion! ¡He colaborado con el mismísimo Malfurion Stormrage!

—Qué lindo —respondió Heller—, si alguna vez me lo presentan le diré que te conozco.

***

Atado en el pantoque del Puño del Jefe de Guerra, Baenan podía escuchar estruendos distantes que parecían ser pies marchando y el arrastre de cañones pesados. El maldito capitán orco se preparaba para lanzar un ataque contra el Elwynn y Baenan no podía impedirlo. No había nada peor que la impotencia; estaba furioso con la Horda.

El capitán Aldrek no dejó a Baenan solo en su prisión. Talithar, un arrogante elfo de sangre, se encontraba de guardia con apariencia aburrida. Baenan lo odiaba con todas las fibras de su ser.

—Horda inmunda —gruñó Baenan—, el capitán Heller los enviará al fondo del mar como bocadillos para los naga.

—Y a ti con nosotros si tiene éxito. —Respondió Talithar. —Trágico en verdad. Para que sobrevivas, tus amigos deben perder.

—De ser así, moriré feliz sabiendo que me los llevo conmigo. —Replicó Baenan.

—Muy noble de tu parte.

Baenan escupió cerca de los pies del elfo. —Ustedes, elfos de sangre, no sabrían de nobleza aunque la tuvieran tatuada en la frente. Patéticos adictos a la magia, ¡incluso vendieron a su propia gente!

El rostro de Talithar palideció, dando a Baenan la satisfacción de haber golpeado un punto delicado. Sabía que no era inteligente provocar a su carcelero, pero estaba demasiado enojado como para importarle.

—Sí —prosiguió—, he conocido altos elfos durante mi vida y sé lo que les hicieron. Provengo de Loch Modan, he escuchado las historias que cuenta la joven de los Errantes…

Con un sorpresivo despliegue de pura fuerza física, Talithar cruzó la habitación con un paso y levantó a Baenan, estrellándole contra la pared. Lo sostuvo ahí, a su altura, casi el doble de la del enano, y le clavó la mirada.

Jamás se te ocurra mencionarla en mi presencia. —La voz de Talithar se apreciaba calmada, pero contaba con un trasfondo amenazador que provocó que se le erizara el cabello a Baenan. Pretendía hacer enojar al elfo, pero su reacción fue extrema. No importaba, la Horda tomó prisionero al enano y le negó la oportunidad de luchar con armas, así que se valió de palabras; el elfo representaba todo aquello que detestaba.

Veo que conoces a Vyrin Vientoveloz. —Dijo Baenan por mero rencor. —¿Alguien especial? Bueno, ¡ella odia a tu especie y todo lo que ésta representa!

Talithar lanzó a Baenan al suelo. El enano aterrizó sobre su hombro, preparándose para recibir la furia del mago, pero éste poseía una compostura impresionante y no hizo nada más.

Baenan logró sentarse. Su hombro pulsaba, pero había valido la pena provocar al elfo de sangre. Talithar tenía la cabeza inclinada y los puños apretados, con los nudillos emblanquecidos. El enano miró hacia arriba y su boca se abrió.

Lágrimas surcaban el rostro de Talithar.

—Una esposa tiende a ser alguien especial para su esposo. —Su voz iba cargada de furia, humillación y desesperación. Talithar arrancó una delgada cadena de oro que pendía de su cuello y la lanzó a pies de Baenan. Ésta no tenía cuentas ni pendientes, sólo dos exquisitos anillos —de hombre y mujer— de origen élfico.

—¿Crees que no sé lo que soy? Los sin’dorei tuvimos que elegir entre integridad o bienestar, como si eso fuera una elección. Escogí mi bienestar y mi esposa eligió su integridad.

***

Chen se apresuró a llegar hasta el nivel más bajo del Puño del Jefe de Guerra tan rápido como pudo. Evitar que le viera el capitán Aldrek fue difícil y encima tuvo que buscar sus armas. Corrió con suerte, no obstante, el bote tol’vir se encontraba almacenado junto a los demás botes salvavidas y la tripulación no había tocado sus pertenencias. Incluso la perla estaba donde la dejó, sana y salva dentro de su mochila de viaje. Uno de los beneficios de la admiración que sentía Aldrek, supuso Chen.

La entrada al pantoque estaba asegurada. Chen respiró profundo y derribó la puerta de una patada, apresurándose al interior blandiendo su bastón. El arma silbó por el aire de manera inofensiva. Chen se detuvo para evaluar la situación. Baenan, el embajador enano, estaba sentado en el suelo. Tenía los miembros atados y se le apreciaba miserable. Con la misma apariencia miserable, Talithar, el guardia asignado, estaba sentando con la espalda recargada contra la pared.

Chen bajó su bastón y se dirigió hacia Baenan sin quitarle la vista a Talithar.

—Vengo a ayudarte a escapar. —Dijo. —Talithar, te advierto que…

El elfo lo sorprendió con una risa breve y amarga. —No voy a detenerlos, sólo váyanse.

La actitud de Talithar confundió a Chen, pero no iba a cuestionarla. Con presteza se arrodilló junto a Baenan y usó un cuchillo para liberarlo. El enano lo miró agradecido.

—Eres uno de esos pandaren —dijo, frotándose las muñecas—, gracias por salvarme.

—¿Conoces a mi gente? —Preguntó Chen mientras cortaba las cuerdas que sujetaban las piernas de Baenan.

—No mucho. —Respondió el enano. —Pero el otro día recogimos a una muchacha pandaren durante la tormenta…

Chen agarró a Baenan del cuello de la camisa y lo levantó. —¿Li Li? —Gritó el pandaren de modo frenético. —¿Se llamaba Li Li?

—¡Sí! —Confirmó Baenan, algo agitado de que le habían levantado del suelo con violencia por segunda vez en menos de media hora. —¡Se llama Li Li! Dijo haber sido lanzada por la borda durante la tormenta.

—Está viva. —Chen dijo débilmente, soltando a Baenan. —Mi sobrina está viva.

—Sana y salva a bordo del Elwynn. —Dijo Baenan.

—Entonces no hay tiempo qué perder. —Declaró Chen. —Aldrek se prepara para la guerra. ¡Vámonos!

Chen se volvió para irse, pero Baenan dudó y recogió un objeto brillante del suelo. Para sorpresa de Chen, el enano se lo extendió a Talithar.

—Esto te pertenece. —Dijo el enano visiblemente incómodo. —Debes tenerlo de vuelta y… —Baenan hizo una pausa. —Lamento lo que dije, fue cruel de mi parte.

Chen parpadeó. Era claro que se había perdido de algo.

—No. —Dijo Talithar con suavidad y extendió una mano para acariciar ambos anillos. —Tenías razón. Vyrin me dejó por algo. Tomé mi decisión y hubo consecuencias.

—Sí, pero… —Baenan dudó de nuevo. —Hay algo más, ella hablaba de ti. Quiero decir, yo no sabía eras tú, pero mencionó que estuvo casada. Nunca me dijo por qué dejó a su esposo.

—No te odia —dijo Baenan—, sé que está enojada pero te extraña.

La expresión de Talithar pasó por varias facetas mientras Baenan hablaba y finalmente se asentó en melancolía nostálgica. Sin embargo, no tomó el collar.

—Quédatelo —dijo Talithar—, pero hazme un favor.

Baenan asintió con cautela.

—Cuando regreses a Loch Modan, llévale los anillos a Vyrin. Dile que la extraño y que nunca dejé de amarla.

—Lo haré —dijo Baenan—, lo prometo.

Talithar se incorporó. —Sólo tendrán una oportunidad de escapar. —Les dijo a Chen y a Baenan. —Si los atrapan, serán ejecutados al instante. Haré lo que pueda para distraer a los marinos.

—Gracias —dijo Chen—, en verdad.

Talithar sonrió, pero la tristeza no dejó sus ojos. —En marcha.

***

Con el anochecer, un conjunto de nubes se deslizó desde el sur y el aire se enfrió. Li Li sintió escalofríos tan pronto salió a la cubierta del Elwynn, esperando con ansias el resultado de la reunión diplomática. Lintharel desapareció, fundiéndose con las sombras como era común con los elfos de la noche. Junto a Li Li, Trialin mordisqueaba el costado de uno de sus dedos, sin duda preocupada por su hermano. Li Li esperaba que todo saliera bien. La situación podría resolverse de manera pacífica si ambos bandos tuvieran la disposición de dejar de lado su orgullo. Algo tan simple pero tan difícil de lograr.

Finalmente el capitán Heller y Nita aparecieron en cubierta. Li Li se paró de puntitas intentando ver qué ocurría y se le comprimió el corazón. Nita tenía las manos amarradas detrás de su espalda; la solemne expresión de los guardias indicaba que las negociaciones no llegaron a buen término.

El capitán Heller esgrimió su espada.

—¡Esta criatura —anunció, apuntándole a Nita con la hoja—, me atacó a mí y a mis oficiales cuando nos encontrábamos lejos del resto de la tripulación! ¡La sometimos y ahora debemos hacer algo al respecto!

—¡Mientes, no hice tal cosa! —Nita replicó enojada. Uno de los oficiales de mayor estatura le propinó una bofetada.

—¡Silencio, escoria de la Horda!

Una serie de explosiones y destellos interrumpieron al capitán. Magia surgió de la cubierta del barco de la Horda y runas iluminaron el cielo que se oscurecía.

Uno de los magos gritó. —¡Ordenan que nos rindamos o Baenan muere!

Furioso, Heller gruñó y maldijo. —¡Nunca nos rendiremos! —Gritó como si el Puño del Jefe de Guerra pudiera escucharle.

Trialin se cubrió la boca con ambas manos, suprimiendo un sollozo. Li Li colocó un brazo alrededor de los hombros de la enana.

Heller se volvió hacia Nita. —Tú. —Hizo una señal a sus hombres, quienes empujaron a la tauren hacia el frente. —Si la vida de Baenan está perdida, también la tuya. Sangre por sangre. —El capitán alzó su espada.

Lintharel, prácticamente materializándose de la nada, se interpuso entre Nita y el capitán estirando ambos brazos.

—No. —Dijo la elfa de la noche.

La expresión del capitán Heller se retorció por la furia, pero no bajó la espada.

—¿Lintharel? —Dijo Nita con suavidad. Li Li ladeó la cabeza, ¿cómo sabía esta tauren el nombre de la elfa?

—Apártate, elfa de la noche. —Dijo el capitán Heller.

—En el Monte Hyjal luché junto con Nita. —Declaró Lintharel. —He tenido pocos camaradas tan honorables o valientes. Ella no ha hecho nada malo, déjala ir.

—Su gente ha tomado a Baenan prisionero. —Dijo Heller con los dientes apretados.

—Igual que tú a ella. —Indicó Lintharel. —Si la Horda pretendía capturar a Baenan desde el principio, están dispuestos a sacrificar a Nita. Sabían cual sería tu reacción ante su ultimátum. Ella es una víctima, igual que Baenan.

—Hazte a un lado, elfa de la noche. ¡Es una orden!

—¿O acaso tú también pretendías detener al mensajero de la Horda —prosiguió Lintharel alzando la barbilla— condenando así a Baenan a muerte?

—¡Cierra el pico! —Rugió Heller. La punta de su espada temblaba a centímetros de la garganta de la elfa. —Tienes una deuda de servicio con la Alianza. Desobedecerme es traición.

—Traicionar a un amigo es un pecado igual de grave. —Dijo ella. —¿A qué le debo más, capitán? ¿A una lealtad política o a una personal?

La pregunta se prolongó como la nota de un gong. Li Li sentía el corazón escapándosele por la boca. Los tripulantes miraban, quietos como la muerte. Nadie se atrevía siquiera a respirar. Todos los sonidos estaban magnificados: las olas que golpeaban el casco de madera, las jarcias agitándose con el viento. Las nubes aglomeradas se hicieron más gruesas, pintando el crepúsculo de un fantasmagórico tono verde.

El pelaje en los brazos y el cuello de Li Li se erizó. El aire estaba cargado, tenso hasta un límite intangible.

Li Li entendió.

Lintharel, de pie entre Nita y aquellos que buscaban lastimarle, no era tan vulnerable como parecía. Había estado entreteniéndolos, ganando tiempo.

Lanzando un hechizo.

La primera gota de lluvia cayó del cielo.

—Lintharel —dijo el capitán Heller con calma sepulcral—, ésta es tu última advertencia.

Li Li agarró a Trialin de la muñeca y se alejó de la multitud. La enana, percibiendo la urgencia de Li Li, la siguió sin hacer sonido alguno.

—No me apartaré. —Dijo Lintharel. Encima de ella, el cielo retumbó.

—¡Así sea! ¡Maten…

La otra mitad de la orden de Heller se perdió entre un rugido de viento que surgió con ferocidad desde atrás de Lintharel, derribando a todos los que se encontraban frente a ella. En ese instante, un relámpago surcó el cielo y se impactó contra el mástil del Elwynn como una bomba, encendiendo la gavia entre una lluvia de chispas. Astillas de madera del tamaño de dagas cayeron sobre cubierta. Li Li y Trialin se lanzaron detrás de una caja asegurada mientras las llamas iluminaban la noche.

Lintharel caminó hacia el espacio, ahora libre, frente a ella. Sus brazos abiertos ya no eran un gesto de sacrificio, sino de poder. Sus ojos brillaban cual estrellas, blancas igual que los relámpagos que invocó. Un viento imposible giraba alrededor de ella, agitando su cabello y su larga falda, pero no le causaba daño. Li Li miró asombrada, Lintharel parecía una diosa.

—Libérala. —Le ordenó a uno de los atemorizados marinos en cubierta. Él asintió, ojos muy abiertos a causa del miedo, y comenzó a arrastrarse hacia Nita.

Otra explosión sacudió el navío entero y todos trastabillaron. En algún punto, la gente gritaba pidiendo agua y sanadores.

El Puño del Jefe de Guerra había disparado.

El caos se adueñó de todo. La lluvia caía con fuerza de las nubes. Algunos de los miembros de la tripulación se lanzaron contra Lintharel y Nita, mientras otros se aprestaban a defender el barco. Entre todo ello, el capitán Heller gritaba órdenes, intentando desesperadamente recuperar el control.

Un aluvión de fuego de cañón respondió a la descarga del navío de la Horda. Algunos de los tiros dieron en el blanco. Li Li salió de su escondite, sus ojos fijos en la pequeña multitud que luchaba contra la elfa de la noche y la tauren.

—¿A dónde vas? —Gritó Trialin.

—Lo que le hicieron a Nita está mal. —Dijo Li Li de modo desafiante. —Voy a ayudarle a ella y a Lintharel.

Li Li temía que la furia de Trialin por lo ocurrido con su hermano la orillaría a unirse al bando contrario, pero se sintió aliviada cuando la enana asintió.

—Sí —dijo—, es el súmmum de la cobardía atacar a un diplomático. —Ella desenvainó una espada corta y se la lanzó a Li Li. —Necesitarás un arma.

—Gracias. —Dijo Li Li. —Con un grito, ambas se lanzaron a la batalla.

***

Chen y Baenan corrieron por los pasillos bajo cubierta, intentando mantener un perfil tan bajo como fuera posible. Baenan ocultó su barba bajo su camisa y usó un casco para cubrir su rostro en un chapucero intento de disfrazarse. El crudo plan de escape constituia dirigirse al bote tol’vir, lanzarlo al mar y saltar. Tenían probabilidades remotas de tener éxito, pero quedarse no era opción.

El barco se sacudió cuando los cañones de la Alianza dieron en el blanco. Chen encontró la escalera que buscaba, la más cercana a los botes salvavidas, y empujó a Baenan; apresurándose detrás de él.

—¡El prisionero! —Retumbó una voz detrás de ellos. Chen reconoció a Karrig. —¡Sucio traidor! —Exclamó el orco. —¡Confiamos en ti! ¡Mátenlos a ambos!

Chen miró hacia atrás, contó a seis incluyendo a Karrig. El pandaren maldijo. Luchar contra ellos tomaría mucho tiempo.

—¡Váyanse! —Dijo otra voz. Talithar entró corriendo y descendió de un salto al pie de la escalera. —¡Los detendré!

Los dos fugitivos ni dudaron. Murmurando silenciosas palabras de agradecimiento, Chen subió lo que quedaba de la escalera y él y Baenan corrieron.

—¡Eres una desgracia para la Horda, Talithar Vientoveloz! —Rugió Karrig. —¡Elfo malnacido y traicionero!

—Luché por la Horda en los páramos nevados de Corona de Hielo —respondió Talithar con calma— y me enorgulleció hacerlo. Sin embargo, la Horda no posee toda mi lealtad.

—Quítate —gruñó Karrig—, o muere.

Talithar alzó ambas manos y manifestó bolas de fuego de color rojo sobre sus palmas. La agreste luz iluminaba el contenido de la bodega. En las paredes había barriles llenos de pólvora y munición adicional para los cañones.

—Oh —Talithar les ofreció una sonrisa pacífica—, ya tomé mi decisión.

***

El fuego se había extendido a la vela mayor del Elwynn y la lluvia servía de poco para detenerlo. Un puñado de marinos trabajaban una brigada de cubetas para contener el incendio, pero sus esfuerzos resultaban inútiles. Eventualmente el barco ardería por completo.

—¡Nita —gritó Lintharel—, tienes que salir de aquí! ¡Asume una de tus formas y escapa!

—Salvaste mi vida —respondió la tauren—, no dejaré que luches sola.

—¡Ella no está sola! —Gritó Li Li, abriéndose paso entre ambas druidas.

—¡Sí, estamos aquí para ayudarte! —Dijo Trialin, esgrimiendo dos hachas con gran maestría. Lintharel lanzaba descargas mágicas de color amarillo, Li Li bloqueaba las armas de los marineros. La enana, la elfa de la noche y la pandaren obligaron a sus atacantes a retroceder y abrieron un pequeño espacio.

—¡Ahora es tu oportunidad! —Li Li le gritó a Nita.

—¡Estoy en eterna deuda con ustedes! —Nita se alejó de la fila de marineros con una enorme zancada y saltó por la borda. Momentos después, un león marino desapareció entre las olas.

Li Li sostenía con fuerza su espada y jadeaba. Se encontraba hombro a hombro con Lintharel y Trialin. La lluvia golpeaba su rostro y cuello. Ahora que Nita estaba libre, ellas también tenían que escapar.

Trialin alzó un hacha, asintiendo hacia la druida y la pandaren. —Una —dijo—, dos…

Un gran estallido sacudió al Elwynn desde el bauprés hasta la popa. La nave tembló con violencia y el casco de madera gimió por la fuerza de la explosión. Todos cayeron sobre cubierta. Una columna de humo negro ascendía, mientras pequeñas gotas de brea ardiente caían del cielo, alimentando las llamas que devoraban las velas.

—¡Por Elune e Ysera! —Maldijo Lintharel. Li Li rodó hacia un lado, intentando ver qué había ocurrido. Salía humo de un enorme boquete en el Puño del Jefe de Guerra, donde se originó la explosión.

—Baenan —susurró Trialin junto a Li Li—, oh Luz, por favor permite que esté vivo…

Lintharel fue la primera en incorporarse y le tendió una mano a Li Li. La pandaren se estiró para tomarla, pero, por el rabillo del ojo, notó movimiento. El capitán Heller se aproximaba sigilosamente a Lintharel con la espada desenvainada.

—¡Cuidado! —Gritó Li Li, pero su advertencia llegó muy tarde. El cuerpo de Lintharel se arqueó, sus ojos abriéndose desorbitadamente por el dolor y la sorpresa, cuando el acero del capitán la atravesó.

Lintharel tosió y sangre enrojeció las comisuras de su boca. La elfa cayó de rodillas sobre la cubierta de madera al son de un crujido y luego se desplomó, respirando de manera entrecortada.

Heller sacó la espada. El color carmesí en la hoja plateada se corría gracias a la lluvia.

—La pena por traición es la muerte. —Dijo con calma y luego alzó su arma para descargar el tiro de gracia.

Una sombra se materializó junto a Heller y una hoja curva con grabados en relieve tocó su garganta.

Su rostro se hinchó por la furia. —¡Traidoras!

—Cállate. —Los ojos de Atropa, idénticos a los de Lintharel, fulguraban con intenciones asesinas. —La pena por lastimar a mi familia también es la muerte.

***

La lluvia dio la bienvenida a Baenan y a Chen cuando finalmente llegaron a cubierta. Nadie pareció darse cuenta de su presencia. Todos parecían estar preocupados por la batalla. Frente a ellos, el Elwynn ardía.

—Tenemos que llegar allá. —Declaró Baenan. El pandaren y el enano corrieron hasta los botes salvavidas. Chen podía ver su velero tol’vir entre ellos.

De pronto, el sólido piso de madera fue arrancado bajo los pies de Chen. El rugido y el calor de una gran explosión lo rodeó, proyectándole a él y a Baenan por la cubierta contra los botes salvavidas.

La batalla por conservar el sentido era una que Chen no podía darse el lujo de perder. Pese a que le dolían todas las articulaciones, se obligó a ponerse de rodillas. Cerca de ahí, Baenan se encontraba boca abajo, había perdido el casco por la explosión. Chen notó que su bastón rodaba a unos metros de distancia y se lanzó para agarrarlo, ignorando el dolor en sus piernas. Al menos nada parecía estar roto.

—¡Baenan! —Sacudió con fuerza al enano. —¡Es nuestra oportunidad!

—¡Ese tonto elfo de sangre! —Gruñó Baenan mientras Chen lo ayudaba a incorporarse. —¡Estabamos en la bodega de municiones!

—No hay manera de que haya sobrevivido. —Dijo Chen pesadamente, sorprendido de sentir una punzada de dolor por alguien a quien había amenazado por la mañana.

—Sí. —Baenan miró a Chen. —El barco se hundirá en cuestión de minutos, es hora de irnos.

Las llamas lamían el boquete que la explosión causó en el casco del Puño del Jefe de Guerra. El navío hacía agua rápidamente y se inclinaba hacia un lado, facilitando a Chen y a Baenan el lanzamiento del bote tol’vir.

El acto de Talithar acabó con todo semblante de orden. En lo único que pensaba la tripulación era escapar con vida del barco. Chen tomó un remo y comenzó a remar hacia el Elwynn, cuyas velas ardientes servían de faro en la tormenta.

Al llegar junto al navío de la Alianza, una figura se desplomó de cubierta y chocó contra el agua, rozando el pequeño bote.

—¡Ese era el capitán Heller! —Exclamó Baenan.

Chen miró el cadáver, que flotó por unos instantes antes de hundirse bajo las olas. —Le rebanaron la garganta.

Miraron el punto desde el cual se desplomó el cuerpo de Heller. Chen ató provisionalmente el bote tol’vir al buque en llamas, listo para un escape rápido.

—¿Listo? —Preguntó Baenan.

—Sí, respondió el enano con cierto brillo en sus ojos. —Vamos a rescatar a nuestras familias y luego nos vamos.

Ambos dejaron el velero tol’vir de un salto y se apresuraron a abordar el Elwynn.

***

El amanecer de tonos rosas y dorados sólo iluminaba los restos que flotaban sobre las olas donde ambos barcos se hundieron. No quedaba nadie para verlo, pues los botes salvavidas de los sobrevivientes se habían dispersado.

Un pequeño bote transportaba a cuatro pasajeros, tres de los cuales se encontraban en la proa y la popa con el fin de hacer espacio para el cuarto, que se encontraba tendido en el fondo.

—Hice todo lo posible. —Dijo Baenan con tristeza mientras negaba con la cabeza. El cansancio patente en su rostro. —He llegado a mi límite, lo lamento.

Trialin colocó una mano sobre el brazo de su hermano.

Atropa sostenía delicadamente la cabeza de Lintharel en su regazo, acariciando mechones de cabello detrás de las largas orejas de la druida. Ella inclinó la cabeza para tocar la frente de Lintharel con la suya mientras lágrimas silenciosas se deslizaban por su rostro.

Los ojos de Lintharel se encontraban cerrados, pero sonrió débilmente. No habló, sólo apretó la mano de Atropa. Nadie decía nada, sabían que era cuestión de tiempo.

Ninguno de los presentes notó la mancha negra en el horizonte, la cual se hacía más grande conforme se aproximaba, hasta que les sorprendió un agudo chillido. Una enorme ave de color café volaba en círculos encima de ellos, sus alas casi tan largas como el bote. Descendió, postrándose hábilmente en el borde de madera. Después de mirar hacia ambos lados, se transformó.

Era Nita.

La tauren se arrodilló junto a Lintharel, cuidando de no agitar el bote salvavidas, y colocó sus dedos sobre el abdomen de la elfa de la noche; cubriendo la herida. Un brillo verde surgió de sus palmas, envolviendo a Lintharel con luz.

Lintharel inhaló con violencia e intentó sentarse pese a que respiraba de manera entrecortada y tosía. Tanto Atropa como Nita la detuvieron.

—Paz, amiga mía. —Dijo la tauren. Pronto estarás bien, no hay prisa.

Lintharel tomó la mano de Nita. —Gracias.

Atropa estrechó el grueso antebrazo de Nita. Las lágrimas aún brillaban en sus ojos. —Yo también te lo agradezco en gran medida.

—Era lo menos que podía hacer. —Respondió Nita. —He estado recorriendo el océano toda la noche. Hay muchos sobrevivientes de la Alianza y de la Horda. Haré todo lo posible para guiarlos a tierra.

—Te ayudaré una vez que haya recuperado mis fuerzas. —Lintharel le ofreció una tranquilizadora sonrisa a Atropa. —No tomará mucho.

Antes de irse, Nita lanzó hechizos menores en Baenan, Trialin y Atropa. Baenan suspiró felizmente cuando el dolor de sus magulladuras se desvaneció.

—Gracias, Nita de los tauren. —Se frotó el pecho y notó que ya no le dolía al tocarlo. Sus dedos rozaron un bulto debajo de su túnica.

—¡Por el martillo de Muradin! —Exclamó y sacó el collar de Talithar, ambos anillos aún sujetos a la cadena de oro. —Olvidé que aún tenía esto.

—¿Qué es eso? —Preguntó Trialin.

—Le pertenecía a Talithar. —Respondió Baenan con suavidad. —Era un elfo de sangre que iba a bordo del buque de la Horda. Salvó mi vida. Los anillos le pertenecen a él y a su esposa.

Nita frunció el ceño. —¿Qué?

Baenan se volvió hacia su hermana. —¿Trialin, recuerdas a Vyrin Vientoveloz de la Cabaña de los Errantes?

—¿En Loch Modan? Claro.

—Talithar era su esposo. —Dijo Baenan.

—Yo… no lo he visto entre los demás botes. —Dijo Nita y Baenan negó con la cabeza.

—Ni lo verás. —Cerró el puño alrededor de los anillos. —Él causó la explosión en el Puño para ayudarme a mí y al pandaren a escapar, está muerto.

—¿Qué vas a decirle a Vyrin? —Preguntó Trialin.

—Que su esposo murió como héroe. —Baenan miró con determinación hacia el cielo. ¿Cuál es la ruta más veloz hacia tierra firme? Tengo un mensaje que entregar.

—Dirígete al norte y al oeste —dijo Nita—, Tanaris no está lejos. Regresaré tan pronto como sea posible para ayudarte si aún lo necesitas. Que la Madre Tierra esté con ustedes.

—Y Elune contigo. —Respondió Atropa.

Nita extendió los brazos y se transformó en ave, dirigiéndose al cielo.

***

Una vez más, el velero tol’vir se mecía bajo un cielo repleto de estrellas. Chen abrazaba con fuerza a Li Li. —Pensé que te había perdido, Li Li. —Susurró. —Creí que estabas muerta.

Li Li presionó su rostro contra el hombro de su tío. —Pensé lo mismo, de hecho. —Sonrió débilmente y Chen se rio un poco, aunque más bien pareció toser.

Todo era fuego y caos a bordo del Elwynn. Él y Baenan terminaron separados casi al instante. Los recuerdos de Chen era un borrón. Gritó el nombre de Li Li de manera frenética una y otra vez. Luego, como por arte de magia, ahí estaba, huyendo de las llamas con el rostro manchado de sangre. Abandonaron el buque y regresaron a su velero, sólo con minutos de sobra. Mientras remaban para alejarse, fueron testigos de los últimos instantes del Puño del Jefe de Guerra y del Elwynn, cuyos restos ardientes iluminaban el océano con un brillo anaranjado.

Los pandaren durmieron intranquilos por el resto de la noche. El estrés los alcanzó y perdieron toda noción del tiempo, perdiendo y recuperando el sentido.

***

Li Li no sabía cuantos días pasaron. ¿Dos? ¿Tres? Había una densa capa de nubes, lo que hacía imposible distinguir la mañana de la tarde. Sólo cuando el cielo se oscurecía durante horas podían estar seguros de que era el final de otro día. El tío Chen dormía bajo la vela. Resultó herido en la explosión del barco de la Horda y su recuperación tomaría días.

Li Li recargó la cabeza contra el mástil. La vela colgaba flácida de la jarcia, pero no sentía deseos de atarla. Todo, absolutamente todo, había salido mal. Ella volvía a vivir el momento en que fue lanzada por la borda, cuando la espada del capitán Heller atravesó el cuerpo de Lintharel, o el cálido salpicar de la sangre de Heller contra su rostro cuando Atropa le rebanó la garganta. Li Li se estremeció. Recuerdos espantosos, cosas horribles que desearía no haber visto.

El sonido del papel agitándose en el viento llamó su atención y miró hacia arriba para encontrarse con un albatros elegantemente doblado. Li Li extendió una mano y el ave descendió, quedando inmóvil, la magia que impulsó su viaje agotada. Con curiosidad, Li Li lo desdobló, alisando el papel tan bien como pudo. El albatros estaba constituido por dos cartas, una para ella y otra para su tío Chen. Sorprendida, se dio cuenta de que ambas eran de su padre.

Como no quería invadir la privacidad de su tío, Li Li dobló de nuevo su carta y la guardó en su mochila de viaje. La misiva dirigida a ella, no obstante, decía:

Querida Li Li,

Nunca he sido muy bueno con las palabras. Siempre que trato de hablar contigo, parece que nada sale del modo en que quisiera y no nos entendemos ni hallamos un punto medio.

Eres más como tu madre y mi hermano de lo que eres como yo. Posees la capacidad de asombro de tu tío y la audacia de tu madre. Esa era una de las cosas que más amaba de ella, aunque, como alguien que no posee tal característica, me aterrorizaba verla entrar en situaciones que yo habría evitado a toda costa. Es igual de aterrorizante para mí verte tomar decisiones similares. En el pasado, he permitido que ese miedo se manifieste como ira, lo que, como ahora me doy cuenta, está mal.

Estás destinada a tomar decisiones distintas en tu vida de las que yo he tomado en la mía. Es hora de que acepte esto. No importa qué pase, siempre serás mi hija y siempre estaré orgulloso de ti.

Con amor, 
Tu padre

Li Li leyó la carta dos, tres veces, permitiendo que las palabras se grabaran en su memoria. Durante su estadía en Trinquete, ella recordó haberse preguntado si podría no traicionarse a sí misma y ser al mismo tiempo lo suficientemente buena para su padre. Chen le aseguró que así era y tenía razón. Los ojos de Li Li se nublaron a causa de las lágrimas y parpadeó, pero no pudo aclarar su visión. De pronto extrañó a su padre de manera tal que jamás pudo haber predicho.

—Oh, tío Chen —dijo con tristeza—, ¿por qué me envió la perla en este estúpido viaje? Vámonos a casa, sólo quiero irme a casa.

Chen suspiró entre sueños. Una lágrima se deslizó por la mejilla de Li Li, de por sí humedecida por la brisa marina, y ella cerró los ojos, abrazando sus rodillas.

El sonido de un fuerte viento llenó sus oídos, pero no sintió movimiento alguno. Al mirar hacia arriba, Li Li notó que una interminable neblina se agitaba, girando como remolino. Ella se inclinó y sacudió a su tío para despertarlo.

—¿Qué ocurre? —Preguntó adormilado.

—No sé —respondió Li Li—, nunca he visto nada igual.

La neblina giró cada vez con más velocidad, provocando que Li Li se sintiera mareada, y se desintegró en un instante; dando paso a un increíble cielo azul y el brillante orbe del sol.

Frente a Li Li y Chen, extendiéndose cual gema en el horizonte, había una tierra que ninguno de los dos reconocía.

—¡Mira! —Gritó Li Li, señalando con el dedo. —Tío Chen… ¿es esa…?

—¡Lo es! —Exclamó Chen. —¡Tiene que ser!

Li Li ya estaba de pie, tensando las velas. La brisa había comenzado a soplar de nuevo y les sería sencillo recalar. Chen se apresuró a ayudarle y juntos guiaron el barco hasta la costa.

***

Los pandaren no tuvieron gran problema para encontrar una playa adecuada y, una vez en tierra, arrastraron el bote sobre la arena; sus zarpas temblando por la emoción. Chen y Li Li se dieron a la tarea de explorar la zona y pronto hallaron una estrecha, aunque muy usada, vereda. En un poste de madera tallada, una lámpara de apariencia familiar se mecía con suavidad por la brisa, casi dándoles la bienvenida.

—Esto fue hecho por pandaren —dijo débilmente—, no cabe duda.

—Henos aquí. —Dijo Li Li. —Lo logramos, Pandaria.

Subieron por una colina que dominaba la costa y miraron hacia el mar. El día era claro, sin nubes a la vista. El océano brillante se extendía de modo interminable. Chen colocó un brazo sobre el hombro de su sobrina y lo apretó de manera afectuosa.

—¿Significa esto que el hechizo se ha roto? —Preguntó Li Li. —¿Desapareció la niebla para siempre?

—Yo… no estoy seguro. —Dijo Chen. —Pero eso creo.

—Entonces vendrán. —Dijo. —Papá y Shisai, la abuela Mei y todos nuestros amigos. Todos vendrán.

Una imagen se formó de súbito en la mente de Chen. Dos barcos paralelos, envueltos en llamas, disparando cañones, marineros gritando, el choque de aceros. Una escena que se desarrolló mientras corría con desesperación para escapar del Puño del Jefe de Guerra y la ausencia de refugio en el Elwynn. Chen apretó con mayor fuerza el hombro de Li Li.

—No sólo nuestros amigos, Li Li. —Dijo Chen. —Todos.