La Preuba de las Flores Rojas
Cameron Dayton

Diez llevaba toda la tarde siguiendo a los extraños y estaba seguro de que tenían dinero. Podía notarlo en su postura, sus atavíos y la confianza que proyectaban al desplazarse por el mercado. Discernir la riqueza de blancos potenciales era un hábito que mantenía a Diez con vida, aún en estas épocas.

Eran cuatro y, a juzgar por sus pesadas capas, provenían del norte. Además, si la ropa fuera de temporada no constituía prueba suficiente de que eran extranjeros, el guía que eligieron sí: Jogu, el viejo borracho jinyu que pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo junto al pequeño estanque cerca del mercado. Jogu era delgado aún entre los jinyu, divagaba arrastrando las palabras y le faltaban escamas. ¿Por qué estos hombres lo escogieron a él como guía era un misterio para Diez. De cualquier modo, el pago debió ser bueno porque Jogu mostraba más energía que en años, gesticulando y señalando las mediocres vistas y el panorama del Mercado del Alcor como si fueran monumentos del Templo de Jade.

Por su parte, los cuatro viajeros caminaban sin decir nada y ni se inmutaban ante las gracias del hombre pez. Era obvio que estos pandaren deseaban un guía más directo y silencioso que les condujera a su destino; ya se arrepentían de su decisión.

Diez se recargó contra el muro del callejón e intentó pensar. Tal acto era difícil cuando le dolía con intensidad el estómago, pero eso no cambiaría a menos que pusiera su mente a trabajar. Aun aquí, en el Valle de los Cuatro Vientos, la cosecha resultó pobre esta temporada. Los granjeros eran más cuidadosos con sus mercancías y las rutas comerciales ostentaban más guardias que nunca antes. Había pasado un día desde su última comida, un durazno que se deslizó fuera de la carreta del vendedor de frutas mientras éste dejaba el mercado. O… eso parecía haber sucedido cuando el carromato pasó por donde Diez se encontraba oculto entre las sombras. Diez se había beneficiado de los “descuidos” de Kim Won Gi en el pasado y quería agradecerle al generoso comerciante, pero no estaba listo para dejar de robarle. ¿Cómo haría un ladrón para sobrevivir entonces?

Ladrón. Diez no sentía orgullo por lo que hacía o tenía que hacer. Si su padre viviera, retorcería las zarpas a causa del pesar.

Uno no puede cambiar las estaciones.

El grupo avanzaba. Jogu concluyó un prolongado soliloquio sobre el Altar del Comerciante Honesto en lo que pareció ser una épica presentación emocional acompañada de revoleos. Cuando sus clientes no respondieron, ni le pasaron una propina mientras se encontraba inmóvil con los brazos levantados cual imponente árbol taolun, Jogu se encogió de hombros y siguió caminando. Los fuereños le siguieron. Uno de ellos negaba con la cabeza.

En ese momento, Diez estaba seguro de que iban al Consejo de los Labradores. Tal era el único edificio de importancia en esa dirección. El joven pandaren sonrió. Por supuesto, los acaudalados extranjeros vinieron a visitar a la poderosa unión de granjeros, quizá para hablar de comercio o contratos. ¿Mercaderes, quizá? Eso explicaría las voluminosas capas que llevaban sobre estómagos anchos y bien alimentados, las cuales, si Diez no se equivocaba, cubrían bolsillos profundos y sacos llenos de oro. Al observar más de cerca, notó el modo en que la tela oscura caía sobre las cinturas de los viajeros. En efecto, había dinero debajo. Los dedos le temblaron.

Sucedió cuando el grupo cruzaba el Puente Fo. Nam Zarpa Férrea, el maestro de despensas, acababa de llegar al punto más alto con una carreta repleta de salmón. Una de las ruedas del vehículo estaba floja y, cuando Nam saludó a los viajeros, ésta cedió con el peso. El robusto tendero se volvió impotente mientras la carreta sobrecargada se volcaba, regando toda una noche de abundante pesca por el puente.

—¡No, no! —Gritó Nam, sus bigotes temblaban haciendo eco visual de su frustración.

Una avalancha húmeda y plateada fluyó sobre las tablas del puente. Las balaustradas hicieron veces de embudo, encausándola hacia un aterrorizado Jogu y sus acompañantes. El pobre jinyu, borracho aún, les gritó a los peces lo mismo que Nam. —¡No, no! —Luego, con desesperados gestos de súplica, intentó convencerles de que reconsideraran. Los salmones muertos hicieron caso omiso.

Al son de un impacto húmedo, el grupo terminó bajo peces. Diez hizo una mueca al imaginarse en tal situación, así como el hedor que resultaría de ello. Al pasar la ola, los salmones restantes se deslizaron por los costados del puente hasta caer al río. Los cuatro mercaderes pandaren se habían agachado y agarrado de las tablas para mantener el equilibrio y ahora se ayudaban unos a otros a incorporarse. Los salmones arrastraron a Jogu hasta el agua, pero éste aún no salía a la superficie. Tal situación era más graciosa que alarmante, pues el río —a diferencia de la tierra— constituía el elemento del borracho jinyu. Estallaron gritos y risas en el mercado conforme la familia de Nam y otros aldeanos llegaron corriendo.

Diez sabía que no habría mejor momento para actuar.

El muchacho dejó las sombras y se unió a la multitud que se aproximaba a la carreta volcada. Delgado y menudo para sus catorce años de edad —con manchas grises donde la mayoría de los pandaren tenían manchas blancas— para Diez era fácil permanecer inconspicuo entre el caos. Eso hacía por lo general, pasar desapercibido era una especialidad del hijo más joven de un pobre granjero de nabos. Un hijo que fue bautizado así sólo por ser el último en nacer.

Sus cinco hermanos mayores se dividieron la propiedad cuando murió su padre, pero pronto cayeron en la cuenta de que cinco parcelas de una granja en ciernes apenas y podrían mantenerlos, ¿de que servía dividirlas más si eso significaba que todos morirían de hambre? Así, dieron a los cinco hijos restantes la opción de permanecer como peones… o irse. Para alivio de sus hermanos, Diez se fue. De cualquier forma, ahí no había nada para un joven pandaren. Dudaba que alguien le extrañaría.

Al frente pudo ver a los miembros de la familia Zarpa Férrea intentando enderezar la carreta, mientras otros recolectaban pescado en canastas, vasijas e, incluso, las secciones frontales de sus delantales. Nam se aproximó a los cuatro extranjeros con la cabeza inclinada, disculpándose de manera profusa. Diez esperaba que los acaudalados mercaderes estuvieran furiosos por la viscosa bienvenida al Alcor, pero se sorprendió al ver que reían, una risa suave y gutural que prácticamente sacudía el puente, mientras quitaban las escamas de sus sombreros y se daban palmadas en los hombros. Uno de los viajeros extrajo un pescado grande de entre el cuello de su camisa y asintió al extendérselo a Nam. El maestro de despensas se vio aliviado por el buen humor de los fuereños y se alejó para supervisar los esfuerzos de recuperación. El precio del salmón era alto y habían transcurrido meses desde que su carreta estuvo tan llena.

Diez avanzó, recolectando pescado en silencio junto con los demás miembros de la familia Zarpa Férrea. Cuando estuvo cerca de los viajeros, fingió un resbalón y chocó contra el de mayor tamaño. El mercader se volvió y Diez dejó escapar un grito ahogado. Su objetivo sólo tenía un ojo. Una larga cicatriz se extendía por el rostro del viajero, desde su frente hasta su barbilla, y un parche de color negro cubría el punto donde habría estado su ojo. El mercader obviamente estaba acostumbrado a ese tipo de reacciones. Con una sonrisa, ayudó a Diez a recuperar el equilibrio y le dijo que tuviera cuidado al caminar sobre tablas mojadas. Su voz era fuerte pero amable y el joven ladrón sintió algo de culpa por robarle a esta gentil alma.

Sin embargo, los pensamientos bonitos no silencian un estómago que ruge.

Diez hizo una tímida reverencia, como haría un simple cachorro de aldea, y se alejó. La bolsa de cuero que le quitó al mercader se encontraba bajo su mugrienta túnica y el joven sentía ansias de ver qué riquezas había robado. ¿Oro? No pesaba lo suficiente. ¿Joyería? Quizá. Suficiente para pagar un par de comidas calientes y otra frazada, o al menos eso esperaba. El invierno se aproximaba y a Diez le preocupaba el frío. El pequeño pandaren se aseguró de embolsarse también algunos de los peces más pequeños, pero no quiso presionar su suerte. Su estómago rugió de nuevo.

Al llegar al borde del mercado, Diez fingió limpiarse escamas de las mangas mientras examinaba la escena que se desarrollaba detrás de él. Nadie había notado que ya no estaba. Todos se encontraban ocupados recuperando los peces antes de que se los llevara la apacible corriente. Diez sacó la bolsa de entre su túnica, desató el cordel de cuero y vació el contenido en su zarpa.

No era oro ni joyería, sino un pergarmino. El corazón de Diez se encogió. Un estúpido pergamino enrollado en una simple varilla de bronce con remates de marfil. El joven alzó el delicado objeto, rompiendo el sello de cera para ver si era posible desarmarlo. Quizá podría vender el marfil.

Echó un vistazo rápido a la página, leyendo las palabras sin querer. Hace años, su hermano Siete le enseñó a leer para que pudiera ayudar con el conteo de las cosechas. Diez aprendió rápido y descubrió que era una habilidad útil al seleccionar qué bolsa hurtar de los puestos de comestibles desatendidos. El mensaje estaba escrito con trazos fuertes y urgentes. Conforme leía, Diez sintió el pánico aglomerarse en su estómago vacío.

Honorable Haohan Zarpa Fangosa, Líder de los Labradores en el Valle de los Cuatro Vientos,

Con este mensaje te extendemos un saludo, una bendición para tus campos y una advertencia. Nuestros contactos han avistado a varias tribus yaungol desplazarse hacia el este desde las Estepas de Tonglong. Parecen huír más que buscar conflicto. En centurias pasadas, esto ocurría cuando los mántides surgían, sus colmenas de tamaño tal que aún estos imponentes seres con pezuñas huían de ellos. Nuestras fuerzas se encuentran al límite, Haohan, y necesitamos comenzar a almacenar provisiones para el conflicto venidero. Estamos conscientes de la cosecha pobre de este año así como de tu deber de alimentar a la gente del valle y más allá. Sin embargo, nuestra necesidad es imperiosa. Por favor envía lo que puedas con estos muy estimados guardianes. Ellos garantizarán que cualquier cosa que tu generosidad permita llegue con bien.

Esas no eran las palabras de un mercader.

Estimados guardianes. Estos viajeros no vinieron a comerciar. La marca en la parte inferior del pergamino hizo que Diez contuviera el aliento. Era sencilla, un círculo con líneas curvas que surgían de los costados; el rostro de un tigre blanco que gruñía.

Shado-pan!

De súbito, se presentó una conmoción en el puente. Diez giró mientras guardaba el pergamino en su túnica. Jogu surgió del agua, gritaba y señalaba… señalaba a Diez.

—¡Ladrón! ¡Han robado a mis señores! ¡Ladrón! ¡Ladrón!

De primera instancia, nadie sabía de qué hablaba el histérico jinyu. Algunos miraron a Diez con ojos de sospecha y otros más se rieron de Jogu, poniendo los ojos en blanco ante su alcoholizada agitación. Sin embargo, el imponente pandaren contra el que chocó Diez palpó su bolsillo e hizo un gesto a sus compañeros. Al caer las capas de los fuereños quedaron armas al descubierto: espadas, lanzas y hojas que brillaban peligrosamente bajo la luz del sol. Tenían algo oculto después de todo. Diez estaba parcialmente en lo correcto.

Era momento de correr.

Maldiciendo entre dientes, Diez dio la media vuelta y echó a correr por el mercado.

Un mercado repleto de granjeros, pescadores y vendedores de fruta; ¿a quién decido robar? Al escuadrón de matones armados.

Su mente era un torbellino que intentaba recordar lo poco que sabía de los Shado-pan. Realmente nunca tuvo tiempo para la historia. Ese grupo era una fuerza militar de élite, algo rara vez visto en este gentil valle. Diez sabía que los Shado-pan protegían la muralla al oeste y que salvaguardaban las tierras de los pandaren contra criaturas malignas como los mántides. Escuchó como otros ladrones y delincuentes, que también vivían en los callejones, hablaban de ellos. Historias sobre los Shado-pan y su habilidad de caminar sobre el filo de una espada, de detener flechas al vuelo y de golpear a un enemigo para que su corazón estallase dentro de su pecho. Escuchó que los Shado-pan no perdonan a los que los han traicionado, ni olvidan cuando alguien les hace algún mal.

Diez se tocó el pecho mientras corría y pudo sentir su corazón, aún intacto, palpitando con fuerza. El pergamino se movía con cada paso que daba y los bordes de marfil golpeaban el escuálido tórax del muchacho, casi como si estuvieran llamando a sus perseguidores.

El pequeño pandaren ya podía escuchar pasos pesados detrás de él. Los guerreros eran rápidos. Hubo un silbido y Diez se agachó justo a tiempo para evitar una lanza, la cual se clavó en el pilar central del puesto de un mercader. Éste gritó y, por el susto, lanzó al aire una olla de sopa. El caldo caliente le cayó en la cara a un hozen irascible que vendía implementos de cocina en el puesto contiguo. Mientras brincaba furioso, el mono le aventó un cucharón a Diez, quién esquivó el utensilio y se puso a buscar una ruta de escape.

Diez vio su reflejo en otra olla que colgaba del puesto del vendedor de sopa. Dos de los Shado-pan se aproximaban desde ambos lados… y no había para donde correr.

Por lo tanto, no lo hizo. Diez saltó y aterrizó con un pie sobre el asta de la lanza Shado-pan clavada en el poste frente a él. Rogando que el grueso bambú soportara su peso, Diez se agachó mientras el asta se doblaba. Instantes después, cual resorte, ésta proyectó al joven por encima del puesto y los dos Shado-pan se quedaron parpadeando confundidos bajo el sol del atardecer.

Un arma bien forjada. Al menos no me equivoqué en algo: los viajeros tienen dinero.

Aterrizó y rodó en el pasto detrás del mercado, pero resonaban gritos por todos lados. El ladrón aún no lograba evadir a sus perseguidores. Los dos Shado-pan, nada impresionados con las acrobacias del muchacho, rodearon los puestos. Diez sabía que no lograría escapar en campo abierto, tendría que intentar perderlos en el pueblo. Maldiciendo, echó a correr alrededor del perímetro del mercado, en dirección a la aldea. En el cielo, un halcón emitió un chillido.

La aldea estaba en la cima de la colina. Diez casi tenía encima a los Shado-pan al llegar finalmente a la taberna: el Tulipán Perezoso. La tabernera Lei Lan gritó cuando el muchacho entró por la puerta y derribó su charola de bebidas. Diez frunció el ceño al ver buena Cerveza de Trueno desperdiciada a causa de sus prisas, pero no había nada que hacer. El Shado-pan que le pisaba los talones resbaló con el líquido y chocó contra la tabernera, quien acababa de recuperar el equilibrio. El otro Shado-pan evitó a su acompañante caído de un salto y siguió a Diez hasta la cocina, gruñendo de manera audible. Parecía que este carterista de poca monta ya les había causado a los Shado-pan más problemas de los que valía.

Diez entró corriendo a la cocina y asustó al maestro de especias Jin Jao a tal grado que éste lanzó sus entregas al aire. Jin Jao maldijo, pero Diez no se detuvo, sino que se deslizó entre las piernas del maestro de especias y subió por las escaleras. El pequeño pandaren escuchó los pasos de su perseguidor, las protestas de Jin Jao por la mercancía arruinada, así como el creciente disgusto del maestro de especias cuando fue hecho a un lado por esos “matones zafios”. Diez llegó a la parte más alta de las escaleras y luego corrió por el pasillo, intentando abrir cada una de las puertas. Eran los aposentos de los trabajadores de la taberna y, obviamente, estaban cerrados. Diez maldijo, consciente de que no habría tiempo para abrir las cerraduras.

La última puerta no estaba cerrada con llave y Diez sabía que ahí vivía Den Den, el barman hozen del lugar. No era un mal tipo, para ser un mono, y contaba con una actitud mucho más afable que su primo lanza-utensilios. En cierta ocasión, Den Den le dio a Diez un tarro de Cerveza de Trueno a cambio de una Granada —sustraída, obviamente, de la carreta de Gi— y Diez siempre apreció su generosidad. Sin embargo, su habitación era un fétido cubil que parecía más un tiradero de basura que un domicilio. Ropa de cama sin lavar, pilas de semillas, un barril repleto de cáscaras de fruta y… lo que parecía ser una muñeca hozen hecha de pelo apelmazado. Diez arrugó la nariz y comenzó a escombrar la montaña de basura que cubría la pared lejana del recinto en busca de una ventana. Finalmente, un rayo de luz iluminó sus dedos, ¡lo había logrado!

—Aléjate de la pared, ¡ladrón!

La voz, aunque denotaba enojo, era firme. Diez casi podía sentir la lanza que apuntaba hacia su espalda. Se volvió lentamente con las zarpas arriba, forzando una sonrisa. Había dos Shado-pan en el umbral y pronto se les unió un tercero, chorreando cerveza.

—Hola, caballeros, bienvenidos al Alcor. Pasaba por aquí en busca de medicinas para mi madre enferma y…

—¡Silencio, alfeñique! —Rugió el guerrero empapado, esgrimiendo una espada. Estaba malhumorado, tanto por la cerveza como por haber chocado con la encantadora tabernera de modo muy poco caballeroso. Diez decidió mantener el pico cerrado.

Otro Shado-pan, quien donó su lanza para que Diez pudiera escapar del mercado, colocó una zarpa sobre el hombro de su compañero enojado. Llevaba una bufanda roja alrededor del cuello y los otros dos se hicieron a un lado para dejarle pasar. Aunque había recuperado su lanza, Diez estaba consciente de que este guerrero no necesitaba armas para matar. Quedaba bien claro en sus movimientos seguros, las cicatrices en sus zarpas y la intensidad de sus ojos dorados.

—Te encuentras en terreno peligroso, pequeño truhán. Mi amigo cree que eres un espía cuya misión era interceptar nuestra misiva para entregarla a nuestros enemigos. Yo considero que eres un tonto y que tu simple acto criminal te metió en más líos de los que buscabas.

El Shado-pan dio un paso al frente y extendió una zarpa.

—Mi maestro aguarda abajo. Entrégame el pergamino que te robaste y no hagas movimientos bruscos. De lo contrario, Tao-Long te atravesará de cabo a rabo. Obedece y te garantizaré un viaje sin escalas al Consejo de los Labradores para que te juzguen. Lo más probable es que te sentencien a trabajos forzados en el granero.

Diez aspiró profundo. Lentamente metió la mano bajo su túnica y sacó el pergamino. Empezó a extendérselo al Shado-pan que asentía, pero se detuvo.

—Entonces… ¿otras opciones?

El guerrero de bufanda roja frunció el ceño y su actitud se tornó fría.

—Claro, puedes no aceptar la misericordia que te ofrezco y confirmar las sospechas de Tao-Long. En tal caso, te quitaremos el pergamino y la vida. Mas no creas que eso significa que sólo vamos a matarte, ladrón. Cuando los Shado-pan te quitan la vida, ésta pasa a ser de nuestra propiedad. Te ataremos, te sacaremos los ojos, te cortaremos los pies y todo lo demás salvo dos dedos para que puedas alimentarte. Después te amarraremos a una montura y te llevaremos a nuestro monasterio en las partes más altas de la Cima Kun-Lai. Al llegar, te dejaremos en una saliente cubierta de hielo a la espera de nuestros Buscadores de la Verdad.

En ese momento, Tao-Long, el Shado-pan bañado en cerveza, mostró una sonrisita e hizo girar su espada de manera sutil. Su opción preferida era obvia.

—Los Buscadores de la Verdad Shado-pan te mostrarán que el quitarte los ojos sólo fue el primero, y más gentil, de nuestros obsequios. Descubrirán cómo es que fuiste corrompido por el sha, qué sabes de sus designios y si acaso habremos de lanzarte a los vientos del cañón para que seas enjuiciado.

Los ojos de Diez estaban muy abiertos y alzó el pergamino hasta su rostro, como si buscara ocultar su miedo.

—Esa opción tampoco me agrada…

Bufanda Roja sonrió con severidad y extendió su zarpa una vez más. Diez acercó el pergamino a su boca y devolvió la sonrisa.

—Creo que prefiero la tercera opción.

Y luego sopló con fuerza. El polvo de Bocardiente que le robó a Jin Jao se convirtió en una nube roja en torno a los rostros de los pandaren que se encontraban de pie en el umbral. Gritos de sorpresa y dolor llenaron la pequeña habitación. Hubo un golpe, un impacto y una súbita ola de luz del sol. Diez se había ido.

Los Shado-pan no entraban fácilmente en pánico y, al cabo de unos segundos de maldecir y tropezar entre la ardiente niebla, se reorganizaron en el pasillo fuera de la habitación. Bufanda Roja recibió la mayor parte del polvo y sus ojos inflamados se encontraban cerrados detrás de párpados enrojecidos. Le pidió a Tao-Long que lo guiara hasta la ventana rota y que le describiera la escena.

Tao-Long, ahora disgustado por su ira previa, condujo a su camarada hasta la ventana. Parpadeando y con lágrimas en los ojos, describió los postes de bambú que se deslizaban por la orilla del techo hasta la abertura. Las ramas dobladas del árbol taolun en el borde, un camino que hendía los arbustos y luego… un río perezoso que serpenteaba hacia los pantanos que se encontraban más allá. Muchos sitios para desaparecer, el ladrón se había ido.

—Por ahora. —Gruñó Bufanda Roja, limpiándose su moquienta nariz. —Sólo estará desaparecido hasta que lo hallemos. Entonces, este ladrón arrogante conocerá los límites de la misericordia Shado-pan.

Retrocedió un paso y habló.

—Nuestra presa huyó hacia las tierras suaves que se encuentran más allá de esta excusa incompleta que hace las veces de colina. Nos evadió un agente del sha, hermanos. ¿Quiénes somos?

—Somos la espada en las sombras.

—¿Habremos de descansar?

—¡No flaquearemos!

El mantra fue dicho en voz baja, con pasión fría e innegable seguridad. Luego, sin decir más, los Shado-pan descendieron por las escaleras, dejaron la taberna y se fundieron con la multitud del mercado.

Desde el tejado que se extendía encima de la ventana, Diez los vio partir. El joven se recargó en la quincha y sintió un escalofrío. Los engañó el barril que lanzó por la ventana; no se les ocurrió revisar la saliente que se encontraba encima. ¿Por qué habrían de? ¿Qué clase de tonto se encerraría en un tejado cuando hay rutas de escape en todas direcciones?

Un tonto demasiado pequeño como para correr lejos.

Escapó, sí, pero ahora lo cazaban guerreros experimentados que jamás descansarían. La convicción en sus voces aterradora; la intensidad. Diez jamás había escuchado tal confianza. Detrás de su miedo sentía algo más.

¿Admiración?

Otro halcón emitió un chillido en el cielo encima de él. Diez negó con la cabeza y respondió con un susurro.

—Considérate alguien con suerte, amigo mío. Ser un cazador de tal calibre, escoger el rumbo de tu senda y saber que lo seguirás hasta el final…

Dejó la oración inconclusa, cargada de añoranza. Esa vida siempre estaría fuera del alcance de un ladrón como él.

—Su nombre es Pluma Blanca. —Dijo una voz profunda y extrañamente familiar. —Ciertamente es mejor ser cazador que presa, pequeño ladrón. Pero el cazador que sabe asumir el papel de presa atrapará criaturas más escurridizas.

Diez se volvió, casi perdiendo el equilibrio. El mercader de un ojo, no… el Shado-pan de un ojo, estaba sentado en la parte alta del tejado y una enorme lanza descansaba sobre sus rodillas. El halcón chilló de nuevo y luego descendió para posarse en el hombro del imponente pandaren. Diez intentó hablar, pero no salía aliento de sus pulmones. Esa lanza era… lo suficientemente grande como para partirlo en dos. La esgrimía un guerrero veterano capaz de desplazarse por el techo de una taberna con la velocidad y el sigilo del viento vespertino, ¿acaso Bufanda Roja no habló de un maestro?

Voy a morir.

El maestro Shado-pan frunció el ceño. —Tienes algo que me pertenece y me gustaría que me lo devolvieras.

Con la boca abierta, Diez hurgó en su túnica y sacó el pergamino. Lo sacudió, intentando quitarle el polvo que pudiera quedar en su superficie. La brisa atrapó una pizca del mismo y la proyectó contra el rostro de Diez. El joven pandaren dejó escapar un patético gemido y comenzó a toser. Su vista borrosa por las lágrimas.

El extraño se inclinó hacia el frente y tomó el pergamino, guardándolo bajo su voluminoso ropaje.

—¿Cómo te llamas, ladronzuelo?

Mientras parpadeaba para aclarar su vista, Diez tosió de nuevo.

—Me llamo Diez, señor.

—¿Diez? ¿Cómo el número diez?

—Sí, señor. A mi padre se le acabaron los nombres interesantes después de su quinto hijo.

—Bueno, Diez. Mi teniente ya te explicó con cierto detalle el castigo por robarle a un mensajero Shado-pan. Te ofreció una alternativa misericorde, pero literalmente le escupiste en la cara.

Diez no sabía si sus ojos veían correctamente, pero creyó notar el inicio de una sonrisa en la comisura de la boca del maestro Shado-pan.

—No soy tan condescendiente como Feng, pero quizá eso se debe a que he pasado muchos años en la muralla. Luchar contra el sha, sólo estar cerca de ellos… lo endurece a uno frente a los aspectos menos violentos de la vida, aún si uno lucha para preservarlos.

Diez no entendía de qué hablaba este enorme guerrero que cargaba una imponente lanza, ni qué eran los sha, pero consideró que lo mejor era guardar silencio y asentir. Sentía que su existencia pendía de un hilo.

El maestro Shado-pan miró a Diez con su único ojo y pareció considerar algo. El muchacho se atemorizó bajo la mirada fija y echó un vistazo a la lanza, la pesada arma de hoja ancha que el Shado-pan sostenía sin dificultad. Diez comenzó a temblar cuando la zarpa del guerrero apretó el asta del arma. Diez cerró los ojos, su cabeza inclinada.

—Te presento una tercera opción, Diez del Pergamino con Pimienta, y una cuarta.

Diez levantó la mirada sin saber qué ocurría. El Shado-pan se incorporó y presionó el pecho del muchacho con un dedo.

—Puedo matarte ahora mismo como alternativa misericorde al castigo descrito por el leal Feng. Sería rápido e indoloro, la hoja de mi arma atravesaría tu cuello antes de que pudieras parpadear.

De súbito, cual pensamiento, metal tan largo como un brazo fulguró frío y plateado bajo la barbilla de Diez; seguido de una ráfaga de viento. El muchacho tembló ligeramente y esto causó que brotara una fina línea de sangre caliente. El líquido descendió lentamente por el largo del arma, cuyo filo permanecía inmóvil contra la garganta de Diez. El Shado-pan prosiguió.

—La otra opción, más cruel aún, sería que asistieras a la Prueba de las Flores Rojas.

Diez arqueó las cejas a modo de interrogante y el Shado-pan bajó su lanza con un suspiro. —No te dejes engañar por el nombre. Cada siete estaciones, los árboles sagrados de nuestro monasterio dan flores de color rojo sangre. Eso marca el inicio de las pruebas. Es un desafío de dolor y rigor que deberá pasar todo aquel que deseé unirse a nuestra orden. La prueba mata a la mayoría de los aspirantes y, ciertamente, tortura a todos los que buscan convertirse en Shado-pan.

El guerrero retiró la lanza y la ocultó detrás de su capa con un veloz movimiento.

—Sin embargo —dijo mirando hacia el valle—, si pasas las pruebas y te conviertes en acólito Shado-pan, el castigo por robarte nuestra misiva no deberá preocuparte más.

Diez no podía creer lo que oía. ¿Yo? ¿Un Shado-pan? Él no era nadie, un ladrón; un alfeñique. El décimo hijo de un granjero muerto. Luchó por hallar palabras qué decir.

—¿Pero cómo consideras que yo podría ser como Feng? Como… ¿Cómo ?

El guerrero le miró en silencio.

—Eres rápido, Diez. Rápido de pies, zarpas e ingenio. Un Shado-pan necesita fuerza, sí, pero eso se entrena. Nuestro enemigo es veloz y, aunque necesitamos guerreros que puedan igualar la ferocidad del sha, también necesitamos a quienes puedan evitar sus ataques, lanzar pimienta a sus rostros y enviarlos corriendo en la dirección equivocada.

Diez asintió sin saber qué decir. Algo similar a la esperanza se agitó en el angosto pecho del ladrón.

¿Podría yo…?

El imponente pandaren sacó un anillo de su cinturón. Tenía un diseño simple, exquisitamente tallado de un marfil que le recordaba a Diez los remates de marfil del pergamino. El símbolo de la orden, el tigre que rugía, grabado en la parte superior del anillo cuya plata brillaba como hielo del norte.

—Veo que has decidido. Toma este anillo. En tres meses te presentarás en el monasterio Shado-pan. El anillo fue tallado a partir del colmillo de un tigre blanco y te garantizará la entrada por nuestras puertas, pero sólo tu ingenio podrá llevarte hasta allá. La Cima Kun-Lai puede ser traicionera, en especial durante la temporada fría.

—Deberás venir solo, sin armas o armadura, pues no te servirán de nada. —El pandaren tocó la delgada tela de la escueta túnica de Diez. —Aunque te sugiero que consigas ropa más abrigadora.

Diez asintió estúpidamente y el Shado-pan soltó la tela. Fue ahí cuando su voz se endureció.

—Si comienzan las pruebas y aún no apareces, consideraré que no aceptaste mi última opción. En ese momento, los Shado-pan tomarán tu vida y te aseguro que Feng se vio amable al describir nuestros métodos. ¿Entiendes lo que he dicho, Diez?

Diez no estaba seguro de haber entendido y no creía poder asentir más. Sus músculos se sentían entumecidos y congelados. El guerrero tomó el silencio como afirmación.

—Me llamo Nurong, maestro del Wu Kao. Te veré en tres meses, ladronzuelo.

El maestro Nurong le susurró algo a Pluma Blanca y el ave despegó hacia el cielo vespertino. Diez se volvió para mirar al halcón surcar sobre los pantanos al noroeste, siguiendo a los otros guerreros. El ladrón habló al fin.

—Tres meses… ¿Cómo se supone que llegue a la montaña más alta del mundo, y que además la escale, en sólo tres meses?

No hubo respuesta. Diez miró sobre su hombro y notó que se encontraba solo en el tejado. El Shado-pan se había ido.

Otro gong resonó por el atrio. Diez intentó permanecer erguido en las tambaleantes tablas del puente. Buscaba verse tan imponente como fuera posible junto al resto de los candidatos. No estaba funcionando.

Era, por supuesto, el más pequeño entre una docena de jóvenes aspirantes reunidos bajo las flores rojas que brillaban intensamente en contraste con la nieve invernal. Aún el feúcho Wu el Torcido de la aldea Binan, quién era tres años más joven, le sacaba una cabeza y llevaba una coraza como un guerrero de verdad. Diez miró a Wu y éste le respondió con una mirada hosca. Ninguno de los presentes estaba contento de competir contra un alfeñique desaliñado como Diez; como si su mera presencia en las pruebas fuese una afrenta.

Diez miró los dedos de sus pies y puso cara de pocos amigos. Llegar hasta aquí fue una prueba en sí misma. El pequeño pandaren dudada que cualquiera de estos cachorros ricachones superdesarrollados hubieran sobrevivido el trayecto que él recorrió. Ascender por la Vereda de los Cien Escalones, pasar desapercibido entre saurok hambrientos en el Pasadizo Ancestral y, por último, escalar el sendero —increíblemente pronunciado y serpenteante— en las laderas de Kun-Lai, temiendo que cualquier soplo de viento le proyectaría fuera del estrecho camino y le estrellaría contra las rocas varios kilómetros abajo. Esto, claro, si primero no moría congelado.

Su capa se agitaba con el viento y Diez la ciñó aún más a sus hombros. En el Valle de los Cuatro Vientos, un día frío significaba algo de lluvia y suficiente brisa como para no querer salir a campo abierto. Aquí, el frío era mortífero. Diez intentó seguir el consejo del maestro Nurong e intercambió su raída manta y unas cuantas monedas por una capa de viajero. La gastada prenda de tela parchada salvó su vida, proporcionándole refugio, calor e incluso camuflaje en los sombríos pliegues de las montañas mientras enormes yetis pasaban de largo. Su sombrero, de ala ancha y con aroma a fruta podrida, fue un obsequio que Den Den le extendió a Diez antes de su partida, como agradecimiento por no mencionar a nadie el lamentable estado de su habitación (o la muñeca hecha de pelo). Éste mantenía la lluvia y la nieve lejos de sus hombros, servía como plato cuando hallaba comida y —según el Pesado Chan— le daba a Diez la apariencia de un hongo marchito.

El Pesado Chan era el candidato del pueblo de comerciantes llamado Barrilia. Hijo de un acaudalado alquimista, vanidoso cual pavorreal y tan grande como diez Dieces. Llegó con un séquito de sirvientes grúmels, a ninguno de los cuales se les permitió acceder al interior de las murallas del monasterio. Diez recordó haber pasado un pequeño campamento de tiendas de seda cuando llego al súmmum. Cómo se le hizo agua la boca debido al aroma que despedía la carne que crepitaba.

Si hubiera tenido más energía y menos congelación, habría tomado algo del excedente de comida del campamento. Chan ciertamente no la necesitaba.

De súbito, los candidatos guardaron silencio y Diez se volvió, los maestros acababan de aparecer. Éstos se encontraban del otro lado del puente, donde la arboleda de meditación tocaba la orilla del lago congelado. Inmóviles como estatuas, los tres maestros miraban a la docena de iniciados. El sol de la mañana brillaba pese a la niebla que envolvía el monasterio y Diez no podía constatar si el maestro Nurong era uno de los tres maestros. El pequeño pandaren quería asegurarse de que Nurong notara su presencia para que no le quitaran la vida. Diez llegó al monasterio el último día de sus tres meses de libertad condicional y pasó jadeando junto al silencioso vigía que cuidaba la puerta. El Shado-pan asintió cuando Diez le mostró el anillo.

Un halcón chilló en las alturas y Diez entrecerró los ojos.

—Empecemos de una vez. —Murmuró el Torcido Wu. —Las flores no se pondrán más rojas. —Diez comprendió que las quejas de Wu se debían a los nervios. Todos los candidatos estaban inquietos: cambiaban de posición, retorcían las zarpas, se mordían los labios. Incluso el Pesado Chan se distraía haciendo girar el brazalete dorado que adornaba su gruesa muñeca, un llamativo objeto que bien podría hacer las veces de collar en cualquier pandaren de tamaño normal.

Bonita pieza de joyería.

Uno de los maestros dio un paso al frente y Diez frunció el ceño. No era Nurong, sino una pandaren de rostro adusto que llevaba su cabello gris arreglado detrás de sus orejas. La maestra Shado-pan alzó una zarpa y habló, su severa voz clara aún pese a la distancia.

—Iniciados, les doy la bienvenida a la prueba de las Flores Rojas. Han venido de todas partes del continente, cada uno de ustedes considerado por nuestros agentes como un candidato digno. Así ha sido por años inmemoriales; así será siempre.

—Soy la maestra Yalia Murmullo Sabio de la disciplina Omnia, Shado-pan cuya tarea es preservar la sabiduría, el conocimiento y las sagradas tradiciones de nuestra orden. Es un honor para mí darles la bienvenida y elogiar su valor por estar presentes el día designado. La Prueba de las Flores Rojas se divide en tres: la Prueba de Determinación, la Prueba de Fuerza y la Prueba de Espíritu. Cada una de éstas significa la muerte para aquellos incapaces de estar bajo la bandera de los Shado-pan.

A tales palabras las acompañó una severa brisa que se convirtió en una ráfaga, un frío viento que descendió de los picos circundantes cual felino depredador. Pétalos rojos giraron por el aire como gotas de sangre conforme el puente se mecía y Diez se agarró con más fuerza de la cadena que servía como balaustrada. El Torcido Wu notó su pánico y soltó una risita mientras la maestra Murmullo Sabio proseguía.

—Esta es la última oportunidad de desviarse del curso que los trajo aquí. Si alguno de ustedes duda de su sitio en las pruebas, o siente recelo, los invito a dejar el Puente de Iniciación y regresar a sus hogares. No hay deshonra en tal decisión, pero nunca más se les permitirá el acceso al interior de estas murallas.

Hubo un instante de silencio y luego un carraspeo. Algunas disculpas murmuradas seguidas de pasos mientras uno, no, dos pandaren se excusaron y dejaron el puente. Eran el alto leñador de las Islas del Sur y una muchacha, de apariencia estudiosa, de Villaroca. Ambos llevaban la cabeza inclinada. Diez deseó poder darse el lujo de hacer lo mismo.

No, no. Yo no quiero hacer eso.

Tal pensamiento le sorprendió, pues surgió de manera espontánea en su mente. ¿Acaso estaba contento de encontrarse en el frío cortante, meciéndose sobre un lago a medio congelar?

Bueno, no contento, pero… al menos sentía que tenía la oportunidad de hacer algo, ser alguien. Uno no puede cambiar las estaciones, ciertamente, pero no pienso darle la espalda a un viento afortunado.

La fría brisa se agolpó contra su capa y Diez tembló.

Figurativamente.

La maestra Murmullo Sabio aguardó a que escoltaran a los dos pandaren fuera del atrio antes de proseguir.

—Ahora comienza la Prueba de las Flores Rojas. Hay Shado-pan entre ustedes, iniciados, o al menos eso esperamos. Nuestras filas han disminuido con los siglos y nuestros enemigos cada vez son más audaces. Desde el Templo del Tigre Blanco surgen malos augurios mientras la niebla que rodea a Pandaria se disipa. En los últimos meses han llegado salvajes amenazas nuevas a las costas del continente y nuestros sitios más sagrados han sido tomados, corrompidos y destruidos. Los sabios hablan de días oscuros.

Diez se preguntó qué quería decir la maestra Murmullo Sabio con “salvajes amenazas nuevas”. Al parecer había ocurrido algo importante y aterrador desde que dejó el Valle de los Cuatro Vientos. Recordó escuchar conversaciones susurradas mientras viajaba, rumores de bestias extrañas y visitantes de tierras lejanas. Sin embargo, estaba tan concentrado en sobrevivir el viaje al norte que consideró todo eso como charlas sinsentido de viajeros nerviosos. Ahora Diez deseaba haber prestado más atención.

La maestra Murmullo Sabio dio un paso al frente y alzó una zarpa hecha puño.

—Aún así, no constituimos un ejército tosco. En nuestras filas no hay plebeyos sin preparación. Somos los Shado-pan. Nuestras filas siempre han sido mucho menores que las de nuestros enemigos, pero cada guerrero Shado-pan equivale a una docena de soldados ordinarios. Así derrotamos a los mántides, de tal manera rechazamos a los yaungol y es así como mantenemos a raya al sha. Así ha sido y será siempre.

Ella señaló la orilla opuesta del lago. Ahí, un par de acólitos Shado-pan que llevaban bufandas blancas colocaban un brasero pequeño con forma de tigre.

—El feroz tigre pondrá a prueba su determinación. En su estómago, entre los carbones, hay seis monedas de plata que ostentan el símbolo de nuestra orden. Meterán sus zarpas a la boca del tigre, sacarán una moneda al rojo blanco y me la entregarán en la arboleda.

Los diez iniciados que quedaban se miraron nerviosamente. La chica largirucha de Krasarang comenzó a retroceder por el puente, intentando obtener algo de ventaja. En segundos terminó atrapada en una maraña de brazos mientras los demás se empujaban para llegar al otro lado. El puente se mecía sin control y Diez se agarró de la cadena con más fuerza aún.

¿Una carrera para mostrar determinación? Hay algo que no nos ha dicho.

La maestra Murmullo Sabio se volvió. Los otros dos maestros ya se encontraban rumbo a la arboleda. Ella dijo algo más por encima de su hombro.

—Sólo hay seis monedas y diez de ustedes, sugiero que naden rápido.

¿Nadar?

Con un traqueteo, la cadena que sostenía un costado del puente se soltó y los candidatos cayeron al lago, dejando agujeros irregulares en el hielo. Los pandaren salieron a la superficie farfullando, gritando, bramando; una voz, entre chillidos, reiteraba que no podía nadar. Hubo varios segundos de caos aterrador mientras algunos de los jóvenes entraron en pánico y se agarraron de otros, quienes respondieron violentamente con golpes y maldiciones para evitar ser arrastrados a las gélidas profundidades. Aquellos que llevaban armadura ornamentada no salieron a la superficie. Los más prestos se quitaron su pesado equipo y empezaron a nadar velozmente hacia el otro lado. Sabían que pasar más tiempo en el agua helada significaría la muerte.

Diez se columpió de la cadena del puente que aún permanecía sujeta, encima de todos los demás. Su agarre nervioso impidió que se desplomara junto con ellos, sin embargo, estaban dejándole atrás. El pequeño pandaren trepó y se sentó sobre la cadena mientras consideraba la posibilidad de usarla para llegar a las amarras y rodear el lago hasta el brasero.

No creo que me dejen escapar tan fácilmente.

Su temor se vio confirmado cuando otro acólito de bufanda blanca caminó hasta la segunda amarra y comenzó a desconectar la cadena. Parecía que un baño en el lago era requisito para convertirse en Shado-pan, sin embargo, él sabía que si el agua no lo mataba, el viento contra su magra capa mojada lo haría; aun si pasaba la estúpida prueba. Diez no poseía el tamaño ni los recursos de los demás iniciados, tenía que permanecer seco.

Diez avanzó, una mano a la vez, hasta el punto más bajo de la cadena y comenzó a descolgarse por las tablas que pendían debajo. El puente estaba hecho para colapsarse de un lado y después ser reconectado fácilmente una vez que terminasen las pruebas. Astuto, pensó Diez. Así evitan tener que construir un puente nuevo cada siete temporadas.

Por suerte, o ausencia de, esta séptima temporada caía en la mitad del invierno. Eso significaba que el hielo era grueso en varias partes del lago. Quizá lo suficiente como para soportar el peso de un alfeñique. El acólito ya casi terminaba con la cadena y Diez sintió que ésta comenzaba a ceder. El pequeño pandaren miró la extensión de hielo que se encontraba justo frente a él y comenzó a agitar las piernas, meciendo el puente entero para obtener suficiente inercia…

La segunda cadena se soltó y Diez la dejó ir en la cúspide de su balanceo. Giró por el aire con los brazos extendidos y aterrizó sobre el hielo al son de un impacto sólido y seco con ambos pies. Diez permaneció inmóvil por unos segundos, oídos atentos ante el más leve sonido de hielo resquebrajándose. Silencio.

Diez buscó otro trozo de hielo y divisó un bloque flotando a unos cuantos metros. El joven saltó la brecha, pero por poco resbala al aterrizar. El impacto provocó que el hielo se desplazara un poco más hacia su objetivo, pero tuvo que agitar los brazos con violencia para mantener el equilibrio. Había hielo por todo el lago pero a esta velocidad —y falta de constancia— perdería. Nadar resultaría en una tumba poco profunda en la montaña; el pequeño pandaren sabía lo que tenía que hacer.

El muchacho brincó hacia otro bloque de hielo, uno más pequeño. Esta vez no se detuvo para recuperar el equilibrio, sino que aprovechó la inercia para continuar brincando de uno a otro, rebotando por el lago cual roca. Diez pronto aventajó a los nadadores y se aproximó a la orilla opuesta.

En la orilla, tocando la superficie del agua, seis cadenas —varios metros de metal escarchado— pendían de la saliente rocosa donde se encontraba el brasero. Sería difícil para cualquiera; mucho más para pandaren mojados con las zarpas entumecidas por el frío. Esto constituía una verdadera prueba de determinación.

Por desgracia, los bloques de hielo se tornaban más pequeños y se encontraban cada vez más lejos. Los pies de Diez estaban mojados debido al salpicar del agua y ya no podía sentir sus dedos. Para empeorar las cosas, no había hielo cerca de las cadenas. En dos saltos más caería al lago, parecía imposible evitarlo.

No evitarlo, pasar por encima. Como en el mercado.

Rápidamente desató las correas que mantenían su ancho sombrero sujeto a su barbilla. Mientras saltaba hacia el último bloque de hielo, se quitó el sombrero y lo lanzó al agua helada. Éste giró por la superficie del lago cuando el joven pandaren aterrizó sobre él. Con un pie en el sombrero —cuyo tamaño impidió que se hundiera— e impulsado por la inercia del brinco, Diez patinó unos segundos encima del agua; tiempo suficiente como para saltar a la cadena.

Una de las ventajas de ser un hongo marchito.

Diez ascendió por la cadena tan rápido como pudo. El pequeño pandaren se sentía vigorizado después de su travesía por el lago y no cargaba gran cosa. Se deslizó por el borde de la saliente y trotó hasta su ardiente objetivo.

El brasero era de manufactura astuta. Un tigre que gruñía, fabricado con barras de hierro oblicuas: rayas negras que contrastaban con el brillo anaranjado de las ascuas. Diez apretó los dientes, metió una zarpa en las enormes fauces del tigre y, al son de un siseo, sacó rápidamente una moneda al rojo vivo. Como ladrón, sustraer monedas con presteza era un arte que dominaba. La maniobra sólo le costó una palma ampollada, pelaje humeante y dedos escaldados al balancear el metal brillante y lanzarlo hacia un montón de nieve en las cercanías. Con un suspiro, hundió su zarpa en la crujiente blancura.

¡Es la primera vez que agradezco que haya nieve!

Diez se volvió al escuchar el tintineo de la cadena detrás de él. Otro iniciado acababa de llegar. Se trataba de la chica de Krasarang, quien se desplomó cerca de la base del brasero, temblando de modo atroz. Ella le lanzó una mirada confundida al pequeño pandaren y luego se hizo ovillo.

—¡Q-q-qué f-f-río! —Gimió, su voz rasposa y queda.

Diez miró hacia el borde del acantilado, tres cadenas se sacudían, anunciando el arribo de más iniciados. Era momento de retirarse. La ruta más directa sería nadar por el lago, pero a Diez le daba pavor la idea. Perdió el sombrero, sus dedos de los pies estaban congelados y había desafiado a los espíritus del hielo lo suficiente por un día; decidió rodear el lago.

El joven llegó sin incidentes a la arboleda, donde encontró a la maestra Susurro Sabio sentada serenamente bajo un kiosco. Si a la pandaren le sorprendía ver al iniciado más pequeño llegar primero, y seco, no lo demostró. Ella se limitó a extender la zarpa y asentir cuando Diez le entregó la moneda. Posteriormente, sin decir palabra alguna, le indicó al iniciado que aguardara en silencio a un costado del pabellón.

El siguiente iniciado en llegar no fue la chica de Krasarang, sino un fornido muchacho con cabello largo al que Diez no había visto antes. Estaba empapado y su brazo derecho aún humeaba a causa del encuentro con las fauces del tigre. Diez notó que le tomó tiempo sacar la moneda. Partes del pelaje de su muñeca estaban chamuscadas por completo y presentaba quemaduras de apariencia dolorosa en su zarpa.

No obstante, el muchacho tuvo éxito y tomó su lugar junto a Diez en silencio absoluto. El pequeño ladrón consideró que el rostro de su competidor mostraba determinación. Así era como un guerrero de verdad lidiaba con el dolor. Diez sintió admiración por él.

Él pasó la prueba, yo sólo le di la vuelta.

La victoria de Diez ahora se sentía hueca, no era más que un ladrón.

Luego llegó la chica de Krasarang, cuyos dientes castañeaban por el frío. Diez sólo podía imaginar lo extraño y doloroso que el agua helada debía parecerle a alguien acostumbrado al calor de las junglas del sur. Al menos su brazo se encontraba en mejores condiciones que el del otro cachorro. Diez supuso que zarpas veloces eran una necesidad para sobrevivir en la jungla.

Hubo un gruñido, un estornudo explosivo y el Pesado Chan entró dando sendos pisotones a la arboleda. Decir que el enorme pandaren estaba empapado era quedarse corto. Chan logró quitarse su lujosa capa en el lago, pero el resto de su ropa salpicaba y emitía sonidos como de succión; con gruesas gotas de agua helada chorreando por su superficie. Escurrían de su nariz, su barbilla, su panza y comenzaron a formar un charco alrededor de sus anchos pies cuando llegó frente a la maestra Susurro Sabio. Se encontraba tan mojado que Diez no pudo evitar preguntarse si el Pesado Chan regresó nadando desde el brasero en lugar de rodear el río como los demás. De nuevo, la maestra Susurro Sabio extendió una zarpa.

El Pesado Chan alzó su propia zarpa y fue entonces cuando Diez notó algo que no había visto desde donde estaba: la zarpa de Chan cubierta de metal, barras que daban forma al rostro de un tigre.

Un escalofrío recorrió la espina del enorme pandaren, quién hizo una reverencia frente a la Shado-pan.

—No pude sacar mi zarpa mientras sostenía la moneda, maestra. Las fauces del tigre eran muy pequeñas y estaban muy calientes… —el pesado Chan le sostuvo la mirada a la maestra Susurro Sabio— …entonces, tomé el brasero y salté dentro del lago.

Chan estornudó de nuevo, un poderoso estruendo que sacudió la arboleda. Más flores rojas flotaron hasta el suelo y Diez notó que los otros dos iniciados miraban incrédulos al enorme pandaren.

En verdad nadó de ida y vuelta, sosteniendo un tigre de hierro durante el regreso.

El Pesado Chan alzó el brazo y estrelló el brasero contra una de las piedras cercanas. Debilitado por el agua fría, el metal se partió. Chan depositó tres monedas en la zarpa de la maestra Susurro Sabio.

—No hay nadie detrás mío.

Diez se preguntaba cuántos se ahogaron, se congelaron o simplemente se dieron por vencidos cuando Chan tomó el brasero.

La maestra Susurro Sabio se incorporó e indicó a los iniciados que la siguieran. Todos le cedieron el paso al Pesado Chan mientras éste salpicaba detrás de ella, intentando exprimir el exceso de agua fuera de su ropa. Chan estornudó de nuevo y notó que Diez iba siguiéndole, saltando para evitar los charcos.

—Bien hecho, alfeñique. Veamos si pararte sobre tu sombrero te sirve para pasar la Prueba de Fuerza.

El muchacho de cabello largo rio y Diez se encogió de hombros. Luego, Diez pasó junto al Pesado Chan y le dio un golpecito en el brazo.

—Es una lástima que no haya una prueba donde puedas alardear de lo mojado que estás. Llevas medio lago en tus gigantescos pantalones.

El Pesado Chan gruñó y lanzó un golpe contra el pequeño pandaren, quién esperaba tal respuesta y se hizo a un lado con facilidad. Ahora, la chica de Krasarang reía también y Diez hizo un espectáculo de sacudirse con delicadeza el agua de su puño. El enorme pandaren frunció el ceño y estornudó de nuevo. Ni siquiera sus capas de grasa aislante le conferían inmunidad contra un remojo helado tan absoluto.

La maestra Susurro Sabio condujo a los cuatro iniciados a través de un par de pesadas puertas que daban al interior de un dojo de entrenamiento. Ahí había una pequeña arena delimitada con pilares de piedra. Diez podía sentir la historia del lugar, las centurias de entrenamiento y disciplina que parecían estar hilvanadas en el mismísimo aire. La maestra Shado-pan asintió a modo de despedida y regresó en silencio a la arboleda. Los iniciados miraban nerviosamente el dojo y se preguntaban en qué consistiría la siguiente prueba.

Diez notó algo curioso. En la parte central de la arena descansaban tres ancestrales campanas de gran tamaño —tan altas como un pandaren adulto y tan anchas como el Pesado Chan— con palabras de poder inscritas en su superficie. Diez se aproximó a ellas, esperanzado de que la prueba no fuera cargar una de esas cosas.

Los iniciados escucharon una voz suave a sus espaldas. —Han mostrado determinación digna de un Shado-pan. Ahora habrán de mostrarme su fuerza.

Diez se volvió y se quedó sin aliento. En la puerta se encontraba el guerrero pandaren más grande que jamás había visto. Le sacaba, fácil, tres cabezas al Pesado Chan y sus hombros eran mucho más anchos. Este Shado-pan era puro músculo, de pelaje casi totalmente blanco y ojos que examinaban a los iniciados con la presteza de un depredador: tomando nota de ventajas y debilidades.

El pequeño pandaren sintió un escalofrío, como si estuviera frente a una avalancha apenas contenida de mortífero poder marcial.

—Soy el maestro Wan Ventisca Algente de la disciplina Guardia Negra. Los guerreros Shado-pan me rinden cuentas, así como yo rindo cuentas al señor Taran Zhu. Conozco a cada uno de los guerreros que vigilan nuestras murallas y he cruzado acero con cada uno de ellos. Si ustedes sobreviven las pruebas y se convierten en Shado-pan, algún día habrán de pelear contra mí. No conocerás a alguien en verdad hasta que luches contra él.

El maestro Ventisca Algente cerró un imponente puño y el crujir de sus nudillos retumbó por el dojo como si se tratase de rocas. Diez hizo una mueca.

—Pero tal día no es hoy, ustedes son jóvenes y carecen de entrenamiento. Un iniciado aún no es un arma, sino una barra de hierro en bruto que aguarda el calor de la forja. Es aquí donde el hierro muestra su fuerza antes de ser afilado.

El maestro caminó hasta las tres campanas y sus pasos silenciosos le recordaron a Diez a un tigre merodeando.

—Se encuentran frente a artefactos sagrados, reliquias que datan de cientos de años, creados con magia y metalurgia para resistir el paso del tiempo. Cada una de éstas ha sido afinada para emitir una nota perfecta al ser golpeada.

Suavemente, el maestro golpeó la campana más cercana con sus nudillos y ésta emitió un apagado sonido metálico.

—Hermosas, ¿qué no? —El maestro Ventisca Algente sonrió. —Las campanas no habrán de cantar hasta que sean levantadas del suelo y golpeadas con cierta ferocidad, es parte de su encanto.

Diez frunció el ceño. Levantar campanas gigantes no figuraba entre su repertorio de habilidades… y escuchó algo apagado debajo de ella, ¿un siseo?

El maestro Ventisca Algente prosiguió. —Debajo de cada una de estas campanas hay un tipo de muerte distinto, iniciados: la muerte que roba, la muerte que se oculta y la muerte que salva. Aguardaré en la arboleda y sólo regresaré al escuchar el repicar de las tres campanas. Todos los que hayan sido lo suficientemente fuertes como para sobrevivir pasarán a la siguiente prueba.

El Pesado Chan estornudó y el maestro Shado-pan hizo un gesto en dirección al iniciado empapado.

—Esta séptima temporada ha sido particularmente fría y sé que están cansados, así que empecemos.

Con un veloz movimiento, el maestro Ventisca Algente giró y pateó la campana que se encontraba detrás de él. Ésta voló por los aires y se estrelló contra un pilar al otro lado de la arena, el cual se resquebrajó. Entre una lluvia de pequeños guijarros, la campana rodó por el suelo sin haber sufrido daño alguno.

El maestro Ventisca Algente caminó hacia las puertas mientras los iniciados le miraban sobrecogidos.

—No espero que luchen bien —dijo—, pero si espero que luchen.

Las puertas se cerraron y el cerrojo hizo click.

—¡Miren! —Gritó el muchacho de cabello largo. Su voz denotaba horror.

Diez se volvió y dejó escapar un grito ahogado. Había una enorme serpiente enroscada en el punto donde previamente estuvo la campana. La criatura se irguió sobre su musculoso cuello, imponente frente a los iniciados.

—¡Un pitón de bambú! —Gritó la chica. —¡Retrocedan! Va a ata…

La serpiente atacó cual relámpago verde y, luego de derribar al muchacho de cabello largo, hundió sus colmillos en su hombro. El chico gritó e intentó golpear la cabeza del animal, pero éste se aferró con tenacidad y se enroscó alrededor del pandaren. Los otros tres iniciados se alejaron de la criatura, buscando un lugar para esconderse. ¿Cómo podrían cuatro muchachos sin entrenamiento ni armas derrotar a una bestia tan mortífera?

La chica de Krasarang maldecía y Diez escuchó sus susurros enojados.

—Sé cómo matar a estas cosas. Si tan sólo tuviera mi lanza, ¿por qué no me dejaron traerla? ¡Podría salvarlo!

La muerte que salva.

—¡Pesado Chan! —Gritó Diez. —¡Puede haber armas bajo una de las campanas! ¡Rápido, echa un vistazo!

El enorme pandaren miró a Diez como si estuviera loco.

—Buen intento, alfeñique. ¿Crees que voy a acercarme? —Chan señaló las dos campanas restantes que se encontraban justo detrás de la serpiente y su presa. —Además —gritó el Pesado Chan—, ¿¡cómo sabes que hay armas ahí!? ¡Quizá se trata de más serpientes!

El muchacho de cabello largo dejó de luchar y la serpiente le propinó una última sacudida antes de desenroscarse y erguirse de nuevo. La bestia estaba cubierta de escamas color esmeralda y tenía fríos ojos negros. Sangre y saliva goteaba de sus largos colmillos, formando un charco en el suelo de piedra. Diez miró al muchacho muerto y le sorprendió el tamaño de las marcas rojas con forma de lágrima que presentaba en el hombro.

La muerte que roba: veneno o algún otro tipo de fluido tóxico de los pantanos. Entra sigilosamente al cuerpo a través de puertas pequeñas y sale con tu alma.

Un ladrón.

La serpiente se arrastraba hacia la chica de Krasarang, quién había llegado al extremo de la arena y no tenía para donde ir.

Diez sabía que no pasaría la prueba si los otros morían, pues no podía mover las campanas él solo. Fue extraño caer en la cuenta de que los necesitaba.

—Chan, es necesario que confíes en mí o todos moriremos. El pitón es la muerte que roba. Una de las campanas oculta la muerte que salva. Me parece que eso significa armas, herramientas de muerte que podemos usar para salvar nuestras vidas.

Diez apretó los puños y corrió hacia la bestia agitando los brazos. La criatura siseó y se alejó de la chica.

—¡Distraeré a la serpiente y la alejaré de las campanas! —Gritó. —Golpéalas, pon atención a cualquier sonido que provenga de su interior.

El pitón ahora se arrastraba hacia Diez, quien tuvo que dar media vuelta y echarse a correr. ¿Quizá podría evadirlo entre los pilares? Diez miró por encima de su hombro y notó que el Pesado Chan y la chica se dirigían hacia las campanas mientras la criatura le perseguía a él.

La bestia era mucho más veloz de lo que Diez imaginó y no estaba seguro de poder llegar a los pilares a tiempo. La campana que pateó el maestro Ventisca Algente se encontraba en el suelo, de costado, justo adelante. El pequeño ladrón saltó detrás de la enormidad de bronce con fauces pisándole los talones.

Diez giró para encarar al pitón. Era enorme y la cobertura que ofrecía la campana parecía raquítica desde su perspectiva. La serpiente atacó de nuevo y Diez apenas logró evitar el borrón de escamas y colmillos. Detrás de la bestia rastrera vio al Pesado Chan tocando el costado de una de las otras dos campanas. La chica de la jungla tenía un oído pegado a la misma con una expresión intensa en el rostro.

Fue ahí cuando Diez se dio cuenta del gran error en su plan. Estaba armando a sus dos rivales, quienes esperarían a que el pitón se encargara de él para terminar la prueba con un competidor menos.

El Pesado Chan miró a Diez, sonrió y se despidió de él agitando una mano. Después, el enorme pandaren rodeó una de las campanas con ambos brazos y comenzó a levantarla.

Diez apretó los dientes. No podía culpar a los otros iniciados ya que la prueba se trataba de sobrevivir, no de hacer amigos. Sin embargo, tampoco iba a permitir que ellos se unieran al Shado-pan sobre su cadáver, maldita sea.

El pequeño pandaren corrió hasta la boca de la campana, terminando justo frente a la gigantesca serpiente. Ésta retrocedió sorprendida ante la audaz maniobra y siseó enojada.

Como ladrón, Diez aprendió a observar a sus blancos y buscar señales, expresiones características, gestos o movimientos que indicasen el inicio de algún ataque. Esa lección salvó su vida varias veces en las calles.

El pitón se anunciaba. Diez observó cuando la bestia atacó al muchacho de cabello largo y también cuando arremetió contra él. La serpiente sacaba y metía la lengua justo antes de atacar, extendiendo el órgano sensorial para saborear el miedo de su víctima antes de matarla. Diez miró los movimientos hipnóticos de la criatura con las rodillas dobladas, esperando a que sacara la lengua… ¡ahí!

Diez saltó verticalmente cuando el pitón se abalanzó hacia el punto donde se encontraba parado. Por desgracia para la bestia, dicho punto era la boca de una campana antigua y su cráneo emitió una clara y hermosa nota al chocar contra el pesado bronce.

Va una.

El pequeño pandaren aterrizó sobre el lomo de la serpiente y rodó para esquivar el cuerpo que se enroscaba mientras el animal intentaba sacar la cabeza de la campana.

Diez se reunió con los otros dos iniciados justo cuando la chica de Krasarang sacaba una lanza al son de una risa áspera. Diez se agachó para ver qué más había oculto bajo la campana; la muerte que salva, en verdad. Una pila de armas simples, si afiladas, estaba acomodada en el suelo: una espada, un garrote, un hacha y una daga. Diez se apresuró y las sacó, quedándose con la daga. Luego, utilizó la pesada empuñadura del arma para golpear el costado de la campana con todas sus fuerzas. Una nota pura resonó por todo el dojo.

Van dos.

El Pesado Chan maldecía, pidiendo que tomaran un arma para él y que no podría sostener la campana durante mucho más tiempo.

—Toma. —Dijo Diez, deslizando el hacha por el suelo.

—Ya era hora. —Jadeó Chan por el esfuerzo. —¡Cuidado!

Con eso, soltó la campana, la cual aterrizó con un pesado sonido metálico y una ráfaga de aire.

El Pesado Chan alzó el hacha con una sonrisa. La chica de Krasarang sonrió también, esgrimiendo su lanza.

Esto es lo que había estado esperando —dijo el Pesado Chan—, es hora de mostrarle a esa serpiente algo de la muerte que ofrecemos.

—¡Les deseo mucha suerte! —Dijo una voz apagada desde el interior de la campana.

El Pesado Chan permaneció inmóvil y la sonrisa desapareció de su rostro. —¿Dónde está el alfeñique?

La chica de Krasarang se encogió de hombros. —Sólo puede estar en un lugar.

El Pesado Chan golpeó la lisa, impenetrable y protectora superficie de la campana.

—¡Mil maldiciones para tu familia, alfeñique desgraciado! ¡No tienes vergüenza? ¿Qué clase de cobarde eres?

—Soy la clase de cobarde que sigue con vida, Pesado Chan. Ahora escucha: el pitón se librará de la campana en breve y es mucho más veloz de lo que imaginas. Pon especial atención a su lengua, la saca antes de atacar.

Diez se recargó contra el costado de la campana y escuchó como los dos iniciados discutían qué hacer con el ladrón. Al final, la serpiente decidió por ellos. Escuchó gritos, provocaciones y siseos enojados. Un alarido, un rugido.

Vaya, qué bueno que no estoy allá afuera.

Confiaba que ahora que los iniciados se encontraban armados, la experiencia de la chica de la jungla, combinada con la fuerza del Pesado Chan, sería suficiente para matar a la bestia. Hubo más gritos y otro siseo. Diez percibió que algo azotó contra el suelo, seguido de un largo silencio. Luego, el golpeteo de nudillos contra la campana.

—¿Pitón, eres tú? —Dijo Diez.

La voz del Pesado Chan se apreciaba cansada y ardía de furia.

—La serpiente se encuentra regada en varios trozos por el suelo del dojo, alfeñique. Ahora Pei-Ling y yo vamos a golpear la tercera campana, completar la prueba y dejar que te pudras dentro de tu pequeña cueva de metal. ¿Quién sabe? Quizá regrese una vez que me haya convertido en Shado-pan, con otra serpiente para hacerte compañía.

Diez logró escuchar la risa de la chica de Krasarang (al parecer se llamaba Pei-Ling) ante tal idea.

Fantástico, al armar a los iniciados y salvar sus vidas me he ganado su odio.

Estaba acostumbrado a eso. Ocurrió con su padre, sus hermanos y los demás carteristas en los callejones. ¿Por qué habría de ser distinto con estos iniciados?

Uno no puede cambiar las estaciones.

Diez golpeó la campana. —Revisa tu muñeca, Pesado Chan. Creo que tiraste algo.

Transcurrieron unos segundos de silencio y luego retumbó un grito de furia.

—¡Ladrón! ¡Degenerado! ¡Comeraíces amante de hozen!

Los insultos continuaron por un buen rato hasta que hubo un impacto débil. El pesado Chan se había dejado caer contra la campana.

—Ese brazalete fue un regalo de mi madre, renacuajo malnacido. Sal de tu agujero y entrégamelo.

Hubo un gruñido, un estornudo y la campana comenzó a inclinarse. Diez salió de ahí y se encontró de espaldas contra la tercera campana. Pei-Ling estaba sentada en el suelo, limpiando la sangre de su lanza. Ella miró a Diez y simuló un saludo antes de regresar a su arma. Tal acto confundió al joven ladrón. Jamás había recibido algo así, ni siquiera en broma.

Una muestra de respeto.

El Pesado Chan dejó caer la campana y se volvió, jadeando y temblando de tal modo que apenas y podía levantar su hacha. Chan resultó herido durante la batalla. Una de las piernas de su pantalón estaba ensangrentada y desgarrada, como si el enorme muchacho hubiera sido arrastrado por el suelo de piedra. La herida, el nado en aguas gélidas y el repetido levantamiento de campanas le costaron al iniciado, quién presentaba síntomas de gripa. No obstante, al Pesado Chan le impulsaba su ira.

—Entrégame el brazalete, alfeñique. —Resolló, golpeando con su hacha la campana que acababa de soltar. Diez hizo una mueca al ver chispas saltar a causa del torpe impacto.

—Tranquilo, Chan. Aquí mismo tengo tu baratija.

—¡Dámelo, ya!

Al son del grito de Chan surgió una onda de choque de la tercera campana, la cual hizo temblar el suelo y derribó al enorme pandaren. Creyendo que se trataba de un truco de Diez, Chan gruñó y se incorporó.

—Maldito alfeñique, ¡nadie le roba a Pesado Chan!

Pei-Ling gritó, señalando la campana. Esto finalmente llamó la atención de Chan, quién se volvió con ambas cejas arqueadas.

La campana temblaba y se movía de lado a lado. Hubo un impacto, el sonido de metal doblándose y un gruñido húmedo…

…seguido de un tremendo crack. La tercera y última campana acababa de partirse por la mitad. Cualesquiera que fueran las magias antiguas que la preservaban íntegra, se disiparon entre vibrantes torbellinos de energía brillante cuando una garra sombría surgió del grueso bronce. Las mitades de la campana cayeron al suelo con un clang sincopado, revelando una nube de humo y una llama de ébano.

No, es una cosa viva, un monstruo.

Parecía haber sido creado a base de pesadillas, sombra hecha carne. Diez miró con mayor atención y tembló. El horror se encontraba encorvado sobre el cadáver de un tigre, algo estaba muy mal.

Se suponía que el tigre sería nuestro enemigo. La muerte que se oculta, un cazador sigiloso; no esta cosa.

Diez recordó que el maestro Nurong mencionó al sha, un enemigo del que jamás había escuchado antes. ¿Qué dijo el Shado-pan?

Sólo estar cerca de ellos… lo endurece a uno frente a los aspectos menos violentos de la vida.

Diez se arrastró hasta donde estaban el Pesado Chan y Pei-Ling, intentando alejarlos del sha. Ambos se encontraban paralizados por el horror y el joven ladrón notó como la criatura parecía crecer conforme aumentaba su miedo. El sha pulsaba en sincronía con la respiración aterrorizada de los iniciados y su tamaño ya superaba de manera considerable a los tres pandaren combinados; manifestando nuevas garras y tentáculos cada segundo que transcurría. Mientras pudiera alimentarse de su miedo, el monstruo no parecía tener prisa por atacar. Diez sabía que esto no duraría mucho.

—¡Mírenme, ambos!

Los iniciados obedecieron, terror húmedo patente en sus ojos. Contaban con entrenamiento de combate, sí, pero jamás habían tenido que enfrentar a un enemigo que bullía con tal oscuridad. Una cosa era saber pelear, otra conocer el miedo.

Diez conocía el miedo. Sacó su daga y la sostuvo frente a ellos.

—¡Escuchen! No somos cachorros asustados, sino Shado-pan. Cruzamos el lago de hielo, regresamos con las monedas ardientes y dimos fin a la muerte que roba. Esta es nuestra prueba, la oportunidad de demostrar de qué estamos hechos e ingresar a las filas de aquellos que dan caza a la oscuridad. Podemos hacer esto.

Ambos jóvenes asintieron, armándose de valor con las palabras de Diez. El joven ladrón sacó el brazalete de oro de uno de los bolsillos de su túnica.

—Toma, Chan. Siento habértelo robado. Yo incité la ira que alimentó a esa cosa.

El Pesado Chan miró por encima del hombro de Diez e hizo una pausa. El enorme pandaren tenía una expresión curiosa en el rostro. —El monstruo se encogió justo ahora, cuando te disculpaste.

Como respuesta, el sha dejó escapar un gruñido y comenzó a arrastrarse hacia los jóvenes. Diez hizo una mueca.

Ups, quizá eso no fue una buena idea.

El pequeño ladrón ayudó a los iniciados a incorporarse mientras retrocedían trastabillando, intentando alejarse del sha. Diez susurró una orden rápida a Pei-Ling, quién saludó antes de flanquear al monstruo. Éste gruñó cuando sus presas se separaron, pero decidió concentrarse en los dos pandaren que tenía enfrente.

Mientras retrocedía, Diez se quitó su capa —aún seca— y se la extendió a Pesado Chan, cuya ropa seguía mojada por haber cruzado el lago a nado.

—Toma esto también, venda tu pierna para detener el sangrado.

El Pesado Chan lo consideró un momento y luego extendió una gruesa zarpa hacia el pequeño ladrón. El agarre del enorme pandaren era débil y húmedo.

—Estoy… estoy completamente aterrorizado, alfeñique. Esa cosa es una pesadilla, pero tengo plena confianza de que hallarás el modo de sortearla, tal como saltaste por el lago cual piedrita. Quédate con el brazalete, incluso mi madre diría que te lo has ganado.

Diez guardó el brazalete y estrechó la zarpa de Chan tan fuerte como pudo.

—Controla tu miedo. Muévete alrededor del monstruo cuando me aproxime a él, pero no lo ataques.

Diez soltó la zarpa del iniciado y se volvió para encarar al sha.

—Ah, y me llamo Diez.

Con una sonrisa adusta, el Pesado Chan se amarró la capa alrededor de su pierna herida y se alejó. El monstruo gruñó y comenzó a avanzar hacia el pandaren de mayor tamaño, así que Diez se apresuró y corrió hacia el sha; su daga desenvainada. La aberración giró para recibirle con garras y tentáculos. El pequeño ladrón miró al horror con calma o, al menos eso esperaba.

—No hay sitio para ti aquí, monstruo.

El sha se aproximó, listo para descargar violentamente sus tentáculos.

—Este monasterio es un lugar de meditación y concentración. Tu intrusión es una afrenta a…

Con un gruñido, el sha atacó a Diez. Un par de tentáculos del tamaño de ramas de árbol silbaron por el aire cual látigos monstruosos que ni siquiera Diez podría evadir. El impacto proyectó al pequeño pandaren contra el suelo del dojo.

Ok, eso en verdad dolió.

Diez se incorporó dolido. Una de sus costillas estaba rota y una línea de sangre escurría de su boca. Pese al golpe, el joven logró conservar su daga y la alzó de manera patética mientras el sha se arrastraba hacia él.

—He sido huérfano desde los siete años. Incontables veces dormí en cloacas y luché contra manadas de virmen sólo para obtener algo de comida y sobrevivir. Me he refugiado bajo la lluvia crepuscular en callejones repletos de ladrones y asesinos.

El sha gruñó y atacó de nuevo. Una vez más, Diez rodó a causa del golpe. Su daga emitió un tintineo metálico al chocar contra el suelo de piedra. Otra costilla rota. ¿Podría levantarse acaso? Tenía que hacerlo. El pequeño pandaren se incorporó al son de un gemido, tambaleándose. Sangre manaba de un costado de su rostro.

—¿Crees que nunca he recibido una paliza, monstruo? La estación pasada, un carnicero me dio de latigazos por robarme su basura y un herrero hizo lo mismo porque tuve la osadía de calentar mis zarpas frente a su forja.

Un grueso tentáculo surgió del monstruo y atrapó al pandaren en un agarre asfixiante. El sha acercó a Diez a sus fauces. El pequeño ladrón ya no tenía su daga, así que hurgaba en su túnica con el brazo que aún tenía libre. El brazalete del Pesado Chan se apreciaba frío y sólido en su zarpa.

—He vivido a la sombra del hambre, el dolor y la muerte toda mi vida —gruñó el ladrón—, no me asustas.

El pandaren hizo un brusco movimiento con su zarpa libre y el largo brazalete dorado de Chan latigueó por el aire. El metal reventó uno de los ojos brillantes de la criatura. El sha emitió un chillido y soltó a su presa, enroscándose, retrocediendo; tentáculos agitándose por la agonía. Tosiendo sangre, Diez cayó de rodillas. El sha ya sólo era un poco más grande que él.

—¡Ahora, Pei Ling! —Gritó, esperando que su voz se escuchase por encima de los alaridos de la criatura. La chica de Krasarang surgió de las sombras con la lanza presta. Se la clavó al sha, valiéndose de la inercia para levantar a la abominación y llevarla a donde estaba el Pesado Chan, quien aguardaba junto a la primera campana.

—¡La campana, Chan! —Gritó Diez, intentando incorporarse. Rogaba que el enorme muchacho aún tuviera fuerzas para realizar este último esfuerzo.

El Pesado Chan asintió, adivinando el plan de Diez. El pandaren se agachó, dobló las rodillas, rodeó la campana con sus brazos y, con un fuerte rugido, la levantó.

Pei-Ling empujó al sha a toda velocidad en dirección al Pesado Chan. El monstruo estaba enloquecido por el dolor y lanzaba tajos ciegos con lujo de violencia. Varios de sus ataques alcanzaron a la chica, haciéndola sangrar de hombros y brazos.

Con un grito, Pei-Ling aventó la lanza y al sha directamente al interior de la campana. El Pesado Chan trastabilló con la fuerza del impacto, gruñendo al azotar la parte inferior de la misma contra el suelo. Las piedras se agrietaron en el punto del impacto.

La campana tembló cuando los tentáculos atrapados bajo el borde se agitaron salvajemente. El Pesado Chan tomó su hacha y se dio a la tarea de cortarlos. Pei-Ling le ayudó, usando su pie para inmovilizar los tentáculos mientras el arma surcaba el aire y chocaba contra el suelo.

—Diez caminó hasta ellos dando traspiés mientras se agarraba con fuerza el costado.

—Eso mantendrá encerrado al monstruo siempre y cuando controlemos nuestras emociones.

Pei-Ling soltó su risa áspera.

—Me parece —dijo—, que eso no será problema alguno.

Diez y el Pesado Chan miraron hacia abajo, pues ya no surgía ruido del interior de la campana. Un humeante líquido viscoso burbujeaba y corría por las grietas del suelo. Diez se limpió la sangre de la frente para impedir que entrara en sus ojos.

—Tratemos de hacer que repiquen los pedazos de esa tercera campana. Considero que pasamos la Prueba de Fuerza.

La maestra Susurro Sabio y el maestro Ventisca Algente discutían silenciosamente en la terraza que se alzaba frente al lago congelado, sus expresiones tranquilas. Así discutían los Shado-pan, supuso Diez, cosa que tenía sentido después del encuentro con el sha. El pequeño ladrón se inclinó hacia el frente y se esforzó por escuchar lo que decían, pero las palabras de los maestros se perdían entre el gélido viento. Moverse provocó que le dolieran las costillas, las cuales aún no sanaban por completo. Diez hizo un gesto de dolor y se sentó de nuevo.

El descubrimiento de un sha en el monasterio fue motivo de alarma y los iniciados fueron interrogados repetidamente sobre lo acaecido. Varios agentes Shado-pan recibieron la tarea de investigar las causas. Mientras se encontraba en la enfermería, Diez descubrió que el tigre que aguardaba bajo la tercera campana fue un tributo de la aldea Rincón Tallo Ardiente, pero resultó que ninguno de los aldeanos sabía nada al respecto. Diez escuchó a los acólitos susurrar algo sobre intrigas mántides, e incluso una conspiración mogu. De cualquier forma, alguien intentó corromper la Prueba de las Flores Rojas y profanar la sagrada tradición Shado-pan. Diez suponía que las cosas pudieron haber sido mucho peores. Si el sha hubiera logrado matar a los iniciados, podría haberse ocultado fácilmente en el monasterio para corromper a los Shado-pan desde su punto más vulnerable. Nadie habría sospechado nada, después de todo, morían iniciados en cada prueba.

En otras palabras, Diez, Pei-Ling y el Pesado Chan eran héroes.

Diez miró a Pei-Ling, quien se arrodilló junto a él. Se encontraba ataviada en el uniforme de los acólitos, la bufanda blanca resaltaba el pelaje blanco alrededor de sus orejas. La chica de Krasarang sonrió y asintió hacia la gran figura que se arrodillaba junto a ella. El Pesado Chan también vestía uniforme de acólito, pero llevaba una capa simple y sucia en lugar de una bufanda. El pequeño ladrón puso los ojos en blanco. Al parecer, el Pesado Chan había jurado usar la capa de Diez como símbolo de honor mientras fuera un Shado-pan.

Si en verdad somos Shado-pan.

Por eso fueron llamados. Parecía que había debate en torno a su lugar en la orden. Después de que concluyeron los interrogatorios, el maestro Ventisca Algente visitó a Diez, Pesado Chan y Pei-Ling mientras se recuperaban en la enfermería. Fue él quien los felicitó por sobrevivir una prueba que no habría impuesto ni a sus estudiantes más experimentados. Se encontraba orgulloso de la fuerza de los iniciados, según dijo, y no habría más pruebas para demostrar su valía ante la orden. Cuando los tres sanaran y estuvieran listos, podrían empezar su entrenamiento en el dojo. Acólitos con bufandas blancas aparecieron detrás del maestro Ventisca Algente y entregaron uniformes a los iniciados con una reverencia.

Al día siguiente, la maestra Susurro Sabio llegó con otro puñado de acólitos. Agradeció a los iniciados por su valentía, pero puntualizó severamente que la tradición dictaba tres pruebas y que la Prueba de las Flores Rojas aún no concluía. La intrusión del sha, aunque lamentable, les proporcionó valiosa experiencia en combate y ciertamente calificaba como prueba de fuerza. Sin embargo, repitió la maestra Susurro Sabio, no era una prueba de espíritu. ¿Acaso habría de promover a los iniciados que se congelaron en el lago durante la Prueba de Determinación sólo porque esta séptima temporada cayó en uno de los inviernos más fríos de la historia? Los acólitos les quitaron los uniformes a Diez, Pesado Chan y Pei-Ling, e hicieron una reverencia antes de retirarse. Al día siguiente, el maestro Ventisca Algente les regresó los uniformes. La situación ya llevaba una semana así.

Ahora estaban todos aquí. Los dos maestros se volvieron y caminaron hasta donde los iniciados. La maestra Susurro Sabio arqueó una ceja.

—Les pido disculpas por nuestra inconstancia, jóvenes pandaren. Estoy segura de que el maestro Ventisca Algente se siente igual. Esto es el resultado de no seguir las tradiciones: caos.

El maestro Shado-pan inclinó la cabeza y asintió, pero se apreciaba la sombra de una sonrisa en su ancho rostro mientras le indicaba a la maestra que continuara.

—Pasamos la mañana debatiendo las minucias de la tradición contra el pragmatismo y hemos llegado a un consenso. Decidimos que… la decisión no nos corresponde.

Entonces, la maestra Susurro Sabio dio un paso hacia atrás y el maestro Ventisca Algente tomó su lugar.

—La decisión de someterles a una tercera prueba, o de obviarla, deberá tomarla el Shado-pan responsable de la misma. Por desgracia, salió poco después del encuentro que tuvieron con el sha. Tal era su deber, pues todo suceso relacionado con nuestro terrible enemigo se encuentra bajo la jurisdicción del maestro del Wu Kao.

Un halcón emitió un chillido que resonó con el aire mañanero y Diez sonrió. Conocía ese sonido.

—Les agradezco su paciencia, estimados maestros.

El maestro Nurong llegó a la terraza. Sus botas estaban cubiertas de nieve y su capa presentaba manchas a causa del viaje. Diez notó oscuras marcas rojas en su manga. En una zarpa, el maestro Shado-pan sostenía una enorme ballesta, en la otra un saco. Asimismo, cargaba a la espalda la lanza que Diez vio por primera vez hace meses, en el techo de la taberna. El maestro Nurong lanzó el saco a los pies de los maestros Ventisca Algente y Susurro Sabio.

La bolsa se abrió y rodaron tres cabezas por el suelo de piedra. En un principio, Diez creyó que se trataba de cráneos, pero luego notó los enormes ojos insectiles; las mandíbulas serradas.

Mántides.

La maestra Susurro Sabio tomó uno de los cruentos objetos con expresión de curiosidad académica. Cada cabeza había sido perforada en uno de sus dos ojos por una saeta.

—Rastree a estos asesinos desde su guarida secreta, cercana a las afueras de la aldea Rincón Tallo Ardiente. —Dijo el maestro Nurong con voz firme y profunda, tal como Diez recordaba. —No pude sacarles mucho antes de que murieran. Los espías mántides no hablan bajo tortura, pero les arranqué los miembros sólo para estar seguro.

El maestro Ventisca Algente asintió e hizo una seña a una acólito que se encontraba cerca de la pared lejana. La pandaren de bufanda blanca se aproximó para guardar las cabezas en el saco, haciendo una reverencia al tomar la que la maestra Susurro Sabio le extendió.

—Bueno, ahora sabemos de dónde vino el ataque, o al menos contamos con evidencia más o menos clara acerca de su origen. —Dijo la maestra Susurro Sabio. —Por desgracia, esto no cambiará nuestras tácticas en la muralla. Fortificaremos donde podamos, pero aún nos superan en número.

El maestro Nurong sonrió y miró por primera vez a los iniciados. —Al menos tenemos a tres nuevos y capaces miembros de nuestra orden, o así será si pueden pasar la última prueba.

El maestro Ventisca Algente carraspeó y frunció el ceño. —Creí que tú, más que nadie, estaría impresionado con la valentía que mostraron estos jóvenes iniciados al matar a un infiltrador sha. ¿Hay otro modo de demostrar el espíritu Shado-pan?

El maestro Nurong respondió con seriedad. —Estoy impresionado. Según escuché, los iniciados demostraron valor, fuerza y… astucia excepcional. —Nurong asintió en dirección a Diez, quién parpadeó avergonzado y agachó la cabeza.

—Pero la tradición dicta tres pruebas y se administrarán tres pruebas antes de que los iniciados sean aceptados como Shado-pan.

La maestra Susurro Sabio hizo una reverencia. Su rostro presentaba una expresión tranquila (que bien podría ser lo más cercano que llegaba a una sonrisa) y dio un paso atrás. El maestro Nurong avanzó hasta quedar junto a ella, frente a los tres jóvenes pandaren. El Shado-pan de un ojo cruzó los brazos.

—Iniciados, de pie.

Diez, Pei-Ling y Pesado Chan se incorporaron.

—Soy el maestro Nurong de la disciplina Wu Kao. Somos exploradores, cazadores, espías y asesinos. Descargamos muerte desde las sombras y enseñamos a los monstruos a temerle a la noche.

—Pasaron la primera prueba y los marcó su determinación. Miren sus zarpas, pues llevan nuestro símbolo. Los tres iniciados bajaron la mirada y vieron las cicatrices redondas en sus palmas. En ellas tenían grabado el diseño de la moneda: el rostro de un tigre. Diez notó que el Pesado Chan sonreía.

Claro, tiene tres.

El maestro Nurong prosiguió. —También pasaron la segunda prueba y quedaron marcados por su fuerza. Las cicatrices son más numerosas y les prometo que les esperan muchas más si toman nuestro estandarte.

Diez tocó la venda en su frente y asintió de modo solemne.

—Ustedes derrotaron a un enemigo que sólo nuestros soldados veteranos se atreven a enfrentar. Fueron testigos del horror del sha y sintieron la oscura presencia de la criatura en sus mentes y corazones. Aunque su valor y fuerza les salvó la vida, el costo de la batalla es mucho mayor de lo que imaginan. Hay una razón por la cual no enviamos a guerreros sin entrenamiento a luchar contra tal adversario.

—Desde que inició la batalla, el sha los conoció y los marcó. Una vez que el sha deja su marca en uno, ésta jamás se disipa. A partir de ahora, todo encuentro que tengan contra las abominaciones será mucho más difícil y terrorífico. El sha los conoce. Conoce sus mentes, sus debilidades y sus miedos.

Diez cayó en la cuenta de que realmente sintió miedo. Miedo como nunca antes. Lo que dijo el maestro Nurong era cierto, había sido marcado. Diez contuvo un escalofrío y miró a los maestros con dolor en sus ojos.

Sus rostros no decían nada. El maestro Nurong cerró su ojo.

—Ahora les presento su tercera y última prueba.

Los sha constituyen el poder colectivo de todo el miedo, odio y maldad en nuestra tierra. Son un enemigo inmisericorde que jamás se cansa. El deber jurado de los Shado-pan es destruir a los sha. Somos la espada y el escudo contra su horror, la última y única línea de defensa contra la maldad que buscan desencadenar en Pandaria.

Si toman el juramento de nuestra orden, eligen voluntariamente luchar contra los sha una y otra vez por el resto de sus vidas. Los entrenaremos para destruirlos y los armaremos contra su miedo, pero una cosa es cierta: éste jamás desaparecerá.

—Su última prueba es la siguiente: realizar el juramento de los Shado-pan. Con todo lo que saben y las cicatrices que llevan, ¿se unirán a nosotros?

Diez sintió un súbito frío, algo que calaba desde el interior de sus huesos.

¿Enfrentar al sha una vez más? Apenas… apenas y sobrevivimos. ¿Ahora me conoce? No puedo hacerlo de nuevo, no puedo mirar fijamente al miedo mientras éste me despedaza contra el suelo de piedra.

Sopló la brisa por la terraza y Diez sintió un escalofrío. El gélido viento de esta maldita montaña le provocó dolor en las costillas. Diez miró la pequeña cicatriz redonda en su zarpa y consideró regresar al Alcor, a su hogar en los callejones.

La vida no era tan mala ahí. ¿Sobreviví, qué no? Me iba bien como ladrón.

Como ladrón.

Pluma Blanca llamó desde el azul cielo invernal y Diez se dio cuenta de que el título ya no le quedaba, era demasiado pequeño.

Uno no puede cambiar las estaciones.

Diez caminó hasta quedar frente al maestro Nurong y tomó su zarpa.

—Haré el juramento y me uniré a los Shado-pan, maestro Nurong.

Pei-Ling se detuvo junto a Diez, igual que Pesado Chan.

—Haré el juramento, maestro Nurong.

—Y yo también.

La maestra Susurro Sabio frunció el ceño y colocó su zarpa sobre uno de los hombros del maestro Nurong.

—¡Hacer el juramento para volverse Shado-pan no es una prueba de valía! El juramento no puede llevarse a cabo sino hasta después de que pasen la prueba. Esto es un insulto a centurias de tradi…

—¡No me dirás como realizar mis deberes, Yalia!

Las poderosas palabras del maestro Nurong hicieron eco por la terraza. Su tono de voz era recio pero carecía de ira, sólo comunicaba una peligrosa advertencia. La maestra Susurro Sabio retrocedió, tenía el rostro en blanco.

—La tradición dicta que administrar la prueba final es responsabilidad del maestro del Wu Kao y eso hice. Estos iniciados eligieron servir a su gente, conscientes del terror que les espera en años venideros. Han mostrado el valor y la fuerza de espíritu que los Shado-pan necesitan en estos días oscuros.

Pluma Blanca voló hasta la terraza y se posó en el hombro de su amo.

—Han pasado la última prueba, jóvenes Shado-pan. Harán sus juramentos ante el señor Taran Zhu al anochecer, en el Puente de Iniciación. No se preocupen, no visitarán el lago esta vez.

Los otros dos maestros dejaron la terraza junto con sus respectivos acólitos. Diez notó que la maestra Susurro Sabio se negó a mirarle a los ojos y se preguntó si su actitud siempre era tan adusta. No le agradaba el prospecto de entrenar con ella, pero ese era un problema para otro día.

Hoy soy Shado-pan.

El pequeño pandaren hizo una reverencia y siguió a Pei-Ling y a Pesado Chan. Ahora pasarían a los dormitorios y a Diez le emocionaba tener una cama propia. Esperaba que estuviera cerca de sus nuevos amigos.

—Diez del Pergamino con Pimienta, quiero hablar contigo.

El joven se volvió para ver al maestro Nurong sentado en una banca de piedra al otro extremo de la terraza. El Shado-pan estaba recargado contra la pared, obviamente cansado por el viaje. Diez se aproximó con la cabeza inclinada a modo de respeto.

—¿Sí, maestro?

El maestro Nurong miró a Diez con su ojo cansado y extendió una zarpa.

—Tienes algo que me pertenece y me gustaría que me lo devolvieras.

Diez sonrió, metiendo la mano dentro de su túnica.

—Mil disculpas, maestro. Uno no puede cambiar las estaciones… pero es difícil romper los viejos hábitos.