Grito Infernal
por Robert Brooks

Primera parte

Garrosh inspeccionó el paisaje de Nagrand detenidamente. Hacía días que no se avistaba a los rastreadores Grito de Guerra. ¿Por qué habrían de dejarse ver? La colina se alzaba en el linde del territorio del clan y, en tiempo de paz, no había motivo apenas para patrullar en ella. Los asaltantes ogros llegarían del oeste. El resto de clanes orcos lo harían desde el este. Hasta las piezas de caza escaseaban aquí estos meses, recordó Garrosh.

Habían pasado muchos años desde la última vez que, sentado en esta colina...

No. Garrosh no se había sentado nunca en esta colina, ni había trepado a estos árboles, ni había acariciado estas briznas, siendo niño. Este era un mundo distinto.

Kairozdormu lo había prevenido de los extraños descubrimientos. "He dedicado mi vida a estudiar las sendas del tiempo. Si intentas contar y comparar las hojas de hierba, te volverás loco", había dicho. "Mis planes requieren unas... condiciones favorables. Aquí las encontraremos. Este es el portal perfecto. No será un reflejo exacto, pero sigue siendo perfecto".

Eso estaba por verse. Garrosh alzó la mano para protegerse del sol y observó los campos bajo la luz del atardecer. Al menos sabía que la colina era un lugar seguro para descansar. Las extensas praderas, verdes y exuberantes, delatarían a los intrusos mucho antes de que estos avistasen a Garrosh.

Tras él, Kairoz descansaba recostado junto a los restos de la fogata mientras sostenía, sobre sus ojos, un fragmento de cristal curvo y dentado. La luz de las brasas y el sol del ocaso lo teñían de reflejos dorados. —¿Has pensado en lo que hemos hablado, Grito Infernal? Ya has perdido tiempo suficiente...

Garrosh se volvió, atravesándolo con la mirada. —No vuelvas a llamarme así. Ni aquí, ni nunca.

Kairoz se levantó con torpeza. El dragón de bronce carecía aún de elegancia en sus movimientos, en su nueva forma de orco. —¿No? Tu apellido llamaría sin duda la atención de los Grito de Guerra. Pondría las cosas en marcha.

—Tal vez ponga a Aullavísceras en mi cuello. Y en el tuyo —dijo Garrosh.

Kairoz sonrió con afectación. Su mueca era decididamente quel'dorei, totalmente ajena a un rostro orco. —Tu padre y su arma no podrían tocarme. No, salvo que pueda volar.

Garrosh no respondió. "Espero que muestres tu forma de dragón ante Grommash Grito Infernal. No sabes cuánto".

Kairoz apoyó el cristal en el regazo. Incluso un movimiento tan simple como ese resultaba extraño. —Entonces... ¿Has decidido algo?

—Sí.

—¿Y bien?

Garrosh habló, sin alterarse: —Es hora de separarnos.

—¿Lo es? —Kairoz rio entre dientes. —No recuerdo haberte dado tal elección.

—Podrás parecer un orco, pero no actúas como tal. Tu olor te delatará. Debo ir yo solo —dijo Garrosh.

—Ya veo. ¿Y cuándo volveré a unirme a ti? —La mueca de Kairoz se hizo más pronunciada.

—¿Quién sabe? Cuando sea buen momento...

—Es decir, nunca. —Kairoz movió la cabeza. —Ay, Garrosh, Garrosh, Garrosh... La sutileza no es tu fuerte. No hagas el ridículo.

Garrosh replicó con dureza. —Muy bien. —Su voz seguía en calma. —Seré claro: mi Horda no necesita la ayuda de un dragón.

—Mmm. ¿Tu Horda? —Kairoz se levantó muy despacio, tanteando el fragmento de cristal. —Tu Horda te depuso. Sin mí aún estarías pudriéndote en una celda. No tienes el privilegio de decirme que me vaya. —El falso orco arqueó la cabeza. —Y, si no sabes comportarte, puedo hacer que llegues a desear la clemencia del hacha del verdugo.

La otra mano de Kairoz descansaba en su fajín, la única prenda que había conservado de su atuendo de elfo noble. Garrosh oyó un tintineo metálico en su interior. ¿Un arma oculta, quizás?

Garrosh aguardaba ya que se desatase la violencia. Percibió el mundo más claro, nítido. No se inmutó. —Mi pueblo merecía un destino mejor. Lo arreglaré. Sin ti —dijo Garrosh

—Tú no me das órdenes —replicó Kairoz. —Yo...

"Basta". Garrosh se abalanzó de improviso. Su grito de batalla resonó en el aire. En apenas tres pasos había saltado por encima de las brasas y tenía el cuello de Kairoz a su merced. El dragón se resistía, retorciéndose.

Hubo destello de bronce. El cristal de Kairoz resplandeció en su mano.

Garrosh parpadeó. Su mano solo apretaba ya el aire. Volvía a estar a tres pasos de la fogata, como si nunca se hubiera movido. No había rastro del dragón. Tras un momento de confusión, Garrosh notó cómo un brazo lo agarraba del cuello y sus pies se levantaban del suelo.

Cielo y tierra mudaron sus posiciones. Un metal frío —y familiar— se cerró con un chasquido en torno a sus muñecas.

Cayó con fuerza contra el suelo. La rodilla de Kairoz lo retenía, mientras que el antebrazo del dragón apretaba su cuello.

—¿Crees que el ser mortal ahora me hace más débil? —siseó Kairoz. —Ya no eres un jefe de guerra, Grito Infernal. Eres libre porque así lo quiero. Vives porque esa es mi voluntad. Y vas a unirte a tu padre y convocarás a los viejos clanes orcos porque tal es mi deseo. —El disfraz de Kairoz desapareció de su rostro y su cabeza de orco se transformó súbitamente en algo mucho mayor y reptil. Los inmensos ojos del dragón de bronce se posaron a escasos centímetros del rostro de Garrosh. —Eres un peón. Nada más. Si dejas de ser útil, serás sacrificado.

Garrosh enseñó los dientes. Volvía a llevar las mismas esposas que había lucido en aquel espectáculo absurdo que llamaron juicio. Ahora entendía por qué Kairoz se las había retirado con tanto cuidado, en lugar de romperlas.

Las había guardado a buen recaudo. Esperaba un enfrentamiento. No. Lo había provocado.

Lentamente, poco a poco, Garrosh refrenó su furia. Controló su respiración, ya regular, acompasada. "Necio. Te ha engañado. No vuelvas a cometer ese error". El tinte encarnado desapareció de su visión. Su voz, tensa, recuperó la compostura cuando acertó a hablar:

—Si no me necesitases, dragón, me habrías dejado en Pandaria. Ahórrate las amenazas.

La boca reptil de Kairoz esbozó una sonrisa. —Siempre y cuando nos entendamos... —Volvió a adoptar su forma de orco y se levantó, alejándose de Garrosh.

—Lo hago. —Grito Infernal rodó sobre su cuerpo y usó las manos, aún atadas, para incorporarse. —Créeme.

Un resplandor de luz llamó su atención mientras se levantaba. Era el fragmento de cristal, que había caído al suelo durante la refriega. Kairoz lo señaló.—Levántalo.

Garrosh lo observaba. —Recoge tú tus cosas.

—Ahora es tuyo. —El dragón parecía hablar a un niño rebelde. —Te va a hacer falta.

Garrosh no se movió, sin dejar de observarlo. El cristal curvado latía, emitiendo destellos de una luz broncínea, la misma que había visto cuando el dragón huyó de su presa. Sus bordes parecían afilados. Con las muñecas atadas, habría resultado difícil sostenerlo sin cortarse las palmas.

—Pensé que habías dicho que ya no tenía poder. —Dije que ya no tenía el de antaño. Eso no quiere decir que no tenga poder, como bien has visto —respondió Kairoz. Volvía a sonreír.

Garrosh levantó sus manos esposadas. —¿Y estas?

—Esas aún tienen poder, ¿no te parece? Se quedarán ahí hasta que me convenzas de que has entendido cuál es tu sitio. Kairoz se volvió hacia la fogata y empezó a cubrir las brasas de tierra con los pies. —Tó... ma... lo.

Con respiración regular, acompasada. "Que no te engañe de nuevo". Garrosh levantó el fragmento con cuidado, sosteniéndolo en las palmas de las manos. Cuando estaba entero, durante su juicio, la Visión en el tiempo tenía labrados dos dragones de bronce, enmarcándolo. Aún conservaba la cabeza y el cuello de una de las figuras. Era una empuñadura cómoda.

—Supongo que no tiene poder para mí —dijo Grito Infernal, con voz firme. "O no me habrías dejado tocarlo". El pensamiento hizo brotar de nuevo la rabia del orco.

—Claramente. Pero no lo pierdas. O me enfadaré —dijo Kairoz. Se alejó de la hoguera, arrancando una hoja de una rama baja y aplastándola entre los dedos hasta que no fue más que una masa verduzca. —Tienes razón en una cosa, Garrosh. Tú y yo somos dos extraños, aquí. Tal vez sea lo mejor acercarnos a los Grito de Guerra por separado. Con meses de distancia, si es preciso. De este modo, reduciremos las suspicacias de tu pueblo para que no piensen que estamos... confabulados. —Dejó caer al suelo los restos de la hoja y se limpió la mano contra el muslo. Su palma aún lucía una leve mancha verde. —Enséñales el cristal. Aun cuando los tuyos fuesen primitivos en este mundo, tenían consciencia de lo sobrenatural, ¿o no? Tu chamán bastará. Cualquier necio con un mínimo de talento sabría distinguir qué es lo que portas. Bastará para percibir un destello de nuestro Azeroth y los despojos de otros mundos. Cuando los hayas convencido de que se unan a tu Horda ideal para someter aquello que vean, volveré contigo. Seré otro orco que sigue al nuevo caudillo de su pueblo. —Kairoz abrió los brazos. —Revelaré nuevos usos milagrosos para el fragmento. Lo usaremos para viajar a cualquier mundo que nos plazca.

—Solo me interesa uno —dijo Garrosh.

—Porque eres incapaz de ver más allá. Quieres una Horda, libre de la deshonra demoníaca. Yo anhelo más. Podemos crear un número infinito de Hordas...

Garrosh se rio.

Kairoz bajó los brazos. Su gesto se volvió peligroso. —¿Dudas de mí?

El orco lo miró con franqueza. —El reloj de arena se destruyó en nuestro viaje. Lo vi hecho añicos, en el suelo del templo pandaren. —Elevó el fragmento. —Podrás hacer algunos trucos con esto, pero no finjas que sigue siendo la Visión en el tiempo.

—Piénsalo bien, Grito Infernal. —La voz de Kairoz sonaba liviana. —Dado que la mayor parte del reloj de arena sigue en nuestro Azeroth, este fragmento aún resuena con nuestro portal. Llámalo un destello... una centella del tiempo. Con un poco de trabajo por mi parte...

—Podemos volver. —Garrosh sintió cómo se le aceleraba el pulso y se erizaba la piel. Los planes empezaban a cobrar forma en su mente. —No solo a nuestro Azeroth, sino también a nuestro tiempo.

—Y eso es solo el comienzo —dijo Kairoz. Se dio la vuelta, hacia el sol que se ocultaba ya bajo el horizonte de Nagrand. —Primero, Azeroth. Después, el resto de mundos. Todos ellos. Cuantos resulten necesarios. —El dragón de bronce empezó a reír. —No tendríamos límites. Ni siquiera en el tiempo. Las posibilidades son infinitas. Seré infinito...

Tres pasos, y Garrosh hundió el fragmento en la espalda de Kairoz.

La carcajada se tornó en aullido. El filo desgarró la carne sin dificultad, sin romperse, mientras seccionaba los músculos y revelaba el hueso. El orco no cejó en su empeño, agarrando con firmeza la escultura de bronce entre sus manos atadas.

El cristal se imbuyó de poder. Sobre la piel de Kairoz aparecieron y desaparecieron escamas de bronce. Intentaba usar el fragmento para volver a su forma de dragón. No funcionaba.

Garrosh lo empujó y ambos cayeron al suelo. El filo llegó a la clavícula y lo extrajo con violencia. Los aullidos se hicieron más fuertes. Unas temblorosas manos de orco intentaron apartar a Grito Infernal, que acercó su cara a escasos centímetros de los ojos del dragón de bronce, antes de clavar el cristal en su garganta. Los aullidos se volvieron gorgoteos.

Garrosh seguía agarrándolo con firmeza, ignorando el torrente de energía que fluía hacia dentro y hacia fuera del fragmento, sin dejar de prestar atención al gesto de sorpresa de Kairoz.

—Basta —dijo Garrosh. —Basta de titiriteros maquinando en las sombras. Basta de esclavistas y de su poder corrupto. Basta de miserables como tú. Los orcos serán libres de todos los amos.

Garrosh giró el cristal y lo arrastró hacia el pecho de Kairoz, sin dejar de apuñalarlo. La colina se tiñó de sangre. No era sangre de orco, ni de ninguna otra criatura que hubiera hollado la faz de este mundo, pero la tierra habría de beberla igualmente.

Al fin, arrancó el arma de su carne mortecina y se puso en pie.

Kairoz convulsionaba en el suelo. El orco observaba, con curiosidad. Nunca antes había matado a un dragón de bronce. El fragmento temblaba en la empuñadura, latiendo al ritmo del corazón moribundo de su presa. Una niebla broncínea y espesa como arena se elevó, alejándose flotando de Kairoz. No se dispersaba como el humo, sino que se concentraba en un vórtice, como una fina cuerda retorcida hacia la nada, como si tirasen de ella para arrastrarla de este mundo.

Cuando la niebla hubo desaparecido, el fragmento dejó de latir. Los ojos de Kairoz seguían abiertos. El dragón no respiraba. Garrosh esperó. Quería asegurarse. Pasaron los minutos y, al fin, gruñó, sacudiendo la cabeza:

—Un final mejor del que merecías.                    

Dejó el cadáver donde estaba. Si alguien llegaba a toparse con él, vería simplemente a un orco que había enojado a alguien equivocado.

"¿Y acaso no era cierto?". Garrosh sonrió.

Encontró un arroyo cerca y limpió la sangre de su cuerpo y del fragmento. Seguía esposado. Del esfuerzo, sus muñecas estaban en carne viva. No había nada que pudiera hacer al respecto por el momento. La llave estaba a un mundo de distancia.

¿Qué hacer ahora? Empezó a concebir y desechar ideas elaboradas con rapidez. Kairoz tenía razón: la sutileza no era su fuerte. Si se acercaba a su padre con demasiada astucia o haciendo gala de un carácter excesivamente manipulador, le cortaría la cabeza. Grommash Grito Infernal no era un necio.

"¿Verdad?".

El miedo comenzó a aflorar en su interior. Era tan joven cuando pasó. Apenas recordaba a su padre. "¿Y si no es el orco que espero que sea?". A Grommash Grito Infernal lo habían embaucado. Lo engañaron para que sirviese a los demonios. Al final se redimió, demostrando la talla de su corazón, pero no fue infalible.

Garrosh había cavilado durante días, sin encontrar una respuesta al problema. "¿Cómo convencer de su debilidad a uno de los orcos más fuertes de la historia?".

Los últimos rayos de sol saludaron la llegada de la noche. Garrosh seguía sentado en silencio junto al arroyo. Tal vez debía esperar. Le llevaría horas llegar a pie al campamento Grito de Guerra, y las esposas y el fragmento de cristal lo delatarían sin duda. Hacerlo al día siguiente o al otro, sería más seguro que llegar en mitad de la noche.

No, se decidió al fin. No más esperas. Envolvió el cristal en el fajín de Kairoz y lo ocultó en su pretina. Grommash reconocería la talla del corazón de Garrosh... o no lo haría.

Empezó a caminar. Al amanecer sabría si podría vivir al lado de su padre o si habría de morir por su mano.

—Lok-tar ogar —susurró.

Segunda parte

—Grito Infernal.

"Estoy perdida...".

—¿Jefe Grito Infernal?

"Acaba ya...".

Grommash Grito Infernal abrió los ojos. La tienda estaba vacía, como siempre, aunque tenía el brazo extendido sobre su lecho de pieles, tratando de abrazar a alguien que no volvería a yacer a su lado. Como siempre.

Desde el exterior, volvió a oírse la voz: —¿Jefe Grito Infernal?

Gruñó y se relajó. A fin de cuentas, la voz no provenía de sus sueños.—Pasa —dijo.

Entró un armero Grito de Guerra.—Jefe, el asaltante Riglo me ha insultado. Queremos medirnos en mak'rogahn."

Grommash parpadeó para despejarse. —Ya pelearon anoche —dijo.

—Contra otros. Pero ha puesto en duda mi honor. Voy a demostrar que se equivoca. No volverá a hablar de...

Y seguía. Pasaron los minutos.

Grommash se frotó la frente y al fin lo interrumpió: —Muy bien. Pueden pelear. Cuando se ponga el sol... —Miró a través de la abertura de la tienda. Ya había caído la noche. Había dormido el día entero. —No, prepárense ya. Esperen a que llegue para comenzar.

—Sí, jefe Grito Infernal. —El armero se fue.

"Este es el problema de la paz", musitó Grommash. Gran parte de sus Grito de Guerra no habían nacido en el clan. Se habían arrimado al estandarte de Grito Infernal en busca de la guerra y la gloria. Durante un tiempo, encontraron ambas. Ahora, sus enemigos habían caído. Incluso los clanes rivales empezaban poco a poco a combatir entre sí, gracias a Gul'dan y sus advertencias de una amenaza exterior. Hasta que los clanes decidieran cómo combatirla, no había nada ni nadie contra lo que luchar. Algunos tenían problemas para ocupar su tiempo.

Mak'Rogahn. No se concibió para resolver disputas por insultos. Grommash resopló con fuerza y se levantó, ajustándose los guanteletes.

—Necios —susurró, e inmediatamente se arrepintió de hacerlo. No lo eran. No más que él. Comprendió el silencioso caos de la paz, el modo en que el pasado podía abatir una mente ociosa. Los remordimientos podían mellar la voluntad de un guerrero, si llegaban a asentarse. "Los remordimientos son una debilidad", se recordó Grommash. No había lugar en los Grito de Guerra para la debilidad, aun en su jefe de clan. Acaso los placeres de un combate sin sentido podrían aliviar su pesadumbre.

"Dame la muerte de guerrera que merezco...".

Aullavísceras, el hacha del linaje Grito Infernal, reposaba junto a su lecho. No se había saciado con la sangre de ningún enemigo desde hacía demasiado tiempo, y parecía poco probable que fuera a hacerlo esa noche. Con todo, Grito Infernal la tomó y salió al campamento, en dirección al foso. Se había congregado una multitud, aunque no el clan al completo, por supuesto. Solo una décima parte de la décima parte de las tropas había regresado ya de la cacería para la estación, y solo importaba a algunos lo que ocurriese en el foso. No obstante, había suficientes para rodear el risco e interponerse en su línea de visión, hasta que llegó al asiento del jefe. El armero y el maestro de lobos ya estaban en el foso, prestos para combatir. Lo saludaron.

Se hizo el silencio entre la multitud. —Normalmente hay algo que decir, pero ya lo han oído todo —sentenció Grito Infernal, con cierta solemnidad en su voz. —Solo aquellos que demuestren una verdadera voluntad de hierro pueden ser dignos de llamarse Grito de Guerra...

—"¿No ves que es demasiado tarde?"

La voz de Grito Infernal se volvió un bramido. —Ya han mostrado su valía con anterioridad. Vuelvan a demostrarla. ¡Comiencen!

Los dos orcos saltaron hacia sí, golpeando, agarrando, retorciendo, desgarrando.

La multitud rugía y hacía chocar sus armas, lo bastante alto como para ahogar la otra voz, la que solo el jefe podía oír, gritando desde sus recuerdos.

Grommash se sentó, cruzando los abrazos. El hacha descansaba en su regazo. Minutos después, el maestro de lobos golpeó con fuerza la sien del armero y el combate concluyó. El orco, victorioso, se dejaba bañar por la adulación del clan. Su rival yacía inconsciente

Todo bastante ordinario, pero a la altura de lo esperado por el clan. —Buen combate. Sin rendidos. Honor para el maestro de lobos por la victoria, y honor para el armero por su voluntad de luchar hasta el final —dijo Grommash. Beban esta noche hasta la saciedad. Ambos demostraron tener el corazón de un Grito de Guerra. "Por octava vez en dos semanas, sospecho".

Entre dos orcos, levantaron al armero y le golpearon el rostro con cuidado hasta que recuperó la consciencia, aturdido pero de buen humor. En esta ocasión, no había miembros fracturados de los que preocuparse.

La multitud, ansiosa, esperaba otro combate. Grommash se mostró conforme. Una refriega nunca bastaba para acallar el pasado.

El líder levantó el puño y la multitud se volvió hacia él. —¿Quién más? —preguntó. —¿Quién más me mostrará su corazón de Grito de Guerra esta noche?"

Varios, entre la multitud, levantaron ambos puños, bramando por lograr su atención. Un orco se abrió paso a empellones y saltó al foso. —¡Yo lo haré! —gritó.

Grommash sonrió. "Los demás preguntan. Él actúa". El jefe fue incapaz de recordar su nombre, y la tenue luz de las antorchas ubicadas alrededor del foso no le permitían distinguirlo con nitidez. Grommash entrecerró los ojos, escrutando su rostro. Extraño. Tenía sin duda un aire familiar, pero su nombre se le resistía.

El gentío empezó a susurrar, alterado.

—¿Quién es?

Nadie lo sabía. Los murmullos crecieron.

Algo estaba mal. Grommash se inclinó hacia delante, observando. Muchas cosas estaban mal. El extraño estaba esposado. Su atuendo era distinto a todo lo que había visto en su vida, tanto en sus telas como en su hechura. La sombra oscura que cubría su mandíbula no era una barba descuidada, sino un tatuaje, uno de jefe, y exageradamente elaborado.

La multitud estaba intranquila. Pronto se hizo el silencio entre los Grito de Guerra, y aquellos que portaban armas echaron mano a la empuñadura. El orco se alzaba, orgulloso, en el foso, con una leve sonrisa en los labios, disfrutando de la confusión.

Grommash buscó el mango de Aullavísceras. Había aprendido a confiar en su voz interior, y esa voz gritaba ahora que ese orco era peligroso, un extraño, que ese no era su sitio. ¿Un asesino? En ese caso, o era valiente o era estúpido, al entrar en un foso rodeado por un clan armado y esposado de manos.

Grommash aguardaba ya que se desatase la violencia. Había pasado demasiado tiempo desde que su hacha se hubo saciado.

Y, sin embargo, la misma voz interior... alimentaba su curiosidad. "¿Por qué me resulta tan familiar?". —¿Dices tener el corazón de un Grito de Guerra? —preguntó Grommash.

—Lo tengo —respondió el orco con voz potente, hablando tanto a la multitud como al propio jefe.

—Dinos tu nombre.

El orco elevó su rostro. —Vengo a ustedes como un extraño y nada más./p>

Grommash lo estudió en silencio unos instantes. —¿No tienes clan, extraño? ¿Ni legado? ¿Ni un nombre al que canten los relatos de tus asombrosas victorias en el campo de batalla? —Decidió mostrar su desdén, y una risa tensa resonó entre la multitud.

—Los relatos son palabras, y a las palabras se las lleva el viento —replicó el extraño. —Solo los hechos muestran lo que el corazón alberga.

—Y, sin embargo, una breve historia o dos pueden dar respuesta a algunas preguntas. —Grommash señaló las esposas del orco. —¿A qué clan hiciste enfadar para tener tal premio? ¿Y cuándo escapaste? ¿Hay algún ejército tras tus pasos, extraño, dispuesto a asaltar mi campamento? —Volvió la mirada hacia la multitud sin pretender ocultar su enojo. —¿Y cómo consiguió entrar en él, para empezar? ¿Quién de ustedes era responsable de prestar atención a la noche y eligió observar el foso? ¡Muéstrense! —Su rugido resonó entre las filas de las tiendas del clan Grito de Guerra. La risa de la multitud se apagó por completo.

Cuatro orcos avanzaron lentamente hasta el borde del foso. El leve sonido de sus pasos atronaba en el silencio. Sus rostros reflejaban la preocupación, pero todos mantuvieron alta la cabeza y se identificaron por su nombre. Grommash se mantuvo a la espera. El sudor afloró en la frente de los cuatro.

—El corazón de un Grito de Guerra no significa nada si tienen el cerebro de un ogro —musitó. —Permitieron a este llegar hasta nosotros. Es justo que compartan su sino, sea cual sea. ¿Están de acuerdo?

—Sí, jefe Grito Infernal —murmuraron.

Grommash volvió a susurrar: —Pues vayan con él. —Tras un instante de duda, saltaron al foso sin rechistar. El extraño dio un paso atrás, para darles espacio. Lo observaron con odio. Les devolvió la mirada sin pestañear.

—Extraño, ¿careces de clan? —preguntó Grommash.

—Como he dicho, mi corazón es Grito de Guerra. Pero no tengo clan —respondió.

Grommash se acarició el mentón. —¿Por eso llevas las marcas? ¿No tienes clan y, por eso, eres tu propio jefe?

Las risas volvieron a resonar entre la multitud. El extraño no sonrió. —Es una marca de otro tiempo. Una cicatriz. Nada más.

—Mis Grito de Guerra no contestan a mis preguntas con acertijos y evasivas, extraño. Y ni siquiera eres lo bastante hábil en unos y otras para impresionarme —replicó Grommash. —Contéstame sin rodeos. ¿Qué haces aquí?

El extraño sonrió. —Eres la segunda persona que me dice eso hoy. —Bajó la cabeza un momento y recompuso sus pensamientos. Cuando volvió a alzar los ojos, la sonrisa había desaparecido. En su lugar había convicción absoluta. —Grommash Grito Infernal. He viajado y he sacrificado mucho para estar aquí, ante ti. He venido a desafiar el destino dictado para ti y todos los orcos.

—¿Y cuál es ese destino?                               

—La esclavitud. La pérdida de nuestra alma y de todo lo que nos hace grandes —dijo el extraño con resolución.

La multitud de los Grito de Guerra observaba a Grommash, esperando una reacción. No los hizo esperar demasiado.

Rio. Fuertemente. Con estruendo. La tensión se desvaneció de golpe y todo el clan se unió a sus carcajadas. Hasta los orcos del foso se rieron. Solo el extraño permaneció impasible. "Y pensar que llegué a creerlo peligroso", pensó Grommash, decepcionado. Terminado el divertimento, Grommash se puso en pie, sosteniendo a Aullavísceras descuidadamente en la mano.

—Algunos te querrían ver muerto por tus palabras, extraño. Yo, sin embargo, no veo honorable el ajusticiamiento de lunáticos —dijo el jefe. Se volvió a los orcos del foso: —Llévenlo a la tienda del herrero. Quítenle las cadenas, denle una comida y un odre de agua, y enséñenle la salida. No te someteré a ningún castigo. —Los cuatro orcos se relajaron. —Tal vez no sea suya toda la culpa. Si lo hubiesen visto, lo habrían matado. Los espíritus protegen a los necios. Sáquenlo de aquí y aprendan bien la lección. No más despistes.

Los cuatro orcos del foso se acercaron al extraño. —¿Crees que miento? —dijo, dando un paso atrás.

—No —respondió Grommash con condescendencia. —Creo que tu mente está dañada. Los Grito de Guerra no se rinden. La esclavitud es un destino que nunca afrontaremos. Aun en la derrota, aun cuando nos capturen, resistimos hasta la muerte.

Uno de los guardias del foso tomó al extraño del brazo. El orco esposado plantó los pies en la tierra, juntó las manos con fuerza y asestó un golpe. Sus puños alcanzaron la mandíbula del guardia, que cayó atrás con violencia. Los otros tres se abalanzaron sobre él.

—¡Basta! —rugió Grommash. Se detuvieron. —Extraño, estás poniendo a prueba mi paciencia. La clemencia de los Grito de Guerra no es infinita, aun para con los necios.

El extraño rechazó deponer su actitud. —La esclavitud de los Grito de Guerra no vendrá de la guerra ni de la derrota. Será un destino que aceptarán libremente y de buen grado —dijo, elevando la voz —y serás tú, Grommash Grito Infernal, quien insistirá en ser el primero en someterse a los nuevos amos de los orcos. Los demás te seguirán. Nunca nos recuperaremos.

Un silencio sepulcral acogió sus palabras. Solo se oía el leve rumor de la brisa en las tiendas del clan y el crepitar de las antorchas del foso.

Los últimos retazos de lástima de Grommash habían desaparecido. —Tus profecías son absurdas. Y ahora has ultrajado mi honor. —Sus ojos se endurecieron. —Pero, como has dicho, a las palabras se las lleva el viento. Solo importan los hechos. ¿Has oído hablar del mak'rogahn, extraño?

El orco esposado arqueó la cabeza y habló, solemne: —Duelo de voluntad. Conozco el mak'gora. Lo conozco bien. ¿En qué se diferencia? —preguntó.

—Mak'gora es una lucha a muerte —respondió Grommash. —Mak'rogahn es como prueban su valor los Grito de Guerra. Entran en el foso y luchan. Solo se detienen cuando flaquean sus cuerpos. No hay rendición. No hay clemencia. Solo una expresión pura de la voluntad de sobrevivir a la dureza y de soportar todo el dolor. Los que abandonan deben exiliarse. Así es como se demuestra tener el corazón de un Grito de Guerra. Nuestro clan no volverá a tolerar la debilidad.

—¿Volverá? —preguntó el extraño.

"Dame la muerte de guerrera que merezco...".

Grommash reprimió el recuerdo sin contemplaciones. —Si tus palabras son ciertas, lucha. Muéstranos tu honor.

El extraño se detuvo un instante a pensar en sus manos esposadas. —Acepto.

—Excelente. El mak'rogahn no está pensado para ser un combate a muerte, aunque en ocasiones hay accidentes —dijo Grommash. —Nos has insultado. No solo a mí, sino a todo el clan Grito de Guerra. Tal vez ustedes cuatro en el foso quieran defender nuestro honor.

—¡Aceptamos! —rugieron, sin dudar. El extraño abrió los ojos levemente.

Empiecen —dijo Grommash, apaciblemente, mientras volvía a tomar asiento.

Y empezaron.

Tercera parte

Los cuatro Grito de Guerra se lanzaron contra Garrosh, derribándolo. Cayó con dureza al suelo, gruñó y se cubrió el rostro con las manos encadenadas. Llovían puñetazos y patadas. La multitud rugió en señal de aprobación.

"En ocasiones hay accidentes", había dicho su padre. Estaba claro que iba a ocurrir uno ahora. El fragmento de cristal, oculto en la parte trasera de la pretina de Garrosh, aun envuelto en la tela, se abría paso dolorosamente hacia la piel. Se veía tentado de sacarlo... no. "No". Así no conseguiría nada. Mostrar un arma oculta era deshonroso y solo le aseguraría la muerte.

La familiar ansia de sangre se asentó en su mente, aunque se resistió al deseo de ceder a la rabia. Cuatro contra uno: no era cuestión de fuerza bruta. Se movía de un lado a otro sin cesar, intentando recibir cada golpe en los músculos, en lugar de en los huesos. Funcionó pero, aun así, el dolor pronto empezó a extenderse por todo el cuerpo.

Con todo, las costillas seguían intactas. No había recibido impactos directos en la mandíbula o en la sien.

Sus agresores se habían entregado a la furia. Cada puñetazo, cada patada, los asestaban como si fuera un golpe de gracia. Estaban desperdiciando las fuerzas.

Garrosh siguió moviéndose, defendiéndose, luchando, evitando los golpes que podrían dejarlo herido e indefenso.

Había llegado demasiado lejos para fracasar ahora.

Uno de los orcos apuntaba a su cabeza con patadas, siguiendo un patrón rítmico. Pam. Pam. Pam. Predecible. Estiró los brazos y anudó la cadena de sus muñecas alrededor del tobillo de su agresor.

Garrosh sonrió.

***

Grommash sacudió la cabeza y se volvió a uno de los guerreros de su izquierda. —Cuando acaben, encárguense de él sin demora. Tal vez sea un demente, pero quizá haya sido importante para alguien. Evitemos un conflicto de sangre por este necio, si podemos —sentenció.

El guerrero rio. —Al menos sabe cómo morir —observó.

—Sí, lo sabe —Grommash no podía ver con claridad más allá de la niebla de golpes, pero acertó a vislumbrar al extraño en el foso, moviéndose y luchando, todavía tendido, sin aceptar la derrota. —Ha seguido mis instrucciones al pie de la letra. "Una lástima".

Uno de los cuatro guerreros del foso saltó de repente hacia atrás, aullando de dolor. Su pie izquierdo colgaba de forma antinatural. Grommash y el resto se rieron. "Le dio una patada tan fuerte que se hizo daño". El orco herido apretó los dientes y volvió al ataque, gruñendo y asestando puñetazos a la cabeza del extraño. Un momento después se oyó otro grito de dolor y el mismo orco se echó hacia atrás, con el puño izquierdo aplastado y roto.

Algunos de entre la multitud callaron. También lo hizo Grommash. Había visto lo mismo que ellos: el extraño había usado su cadena como arma.

Y eso era solo el principio. Dirigió una patada a la rodilla de otro orco, haciéndola pedazos. Otro golpe sorprendió a un tercer agresor entre las piernas. Cayó al suelo. En cuestión de segundos, el extraño había incapacitado o aturdido a tres de sus rivales.

Los vítores se apagaron rápidamente.

El último guerrero gruñó y dio un paso atrás, para ponerse fuera de su alcance. El extraño se incorporó de un salto, respirando profunda pero pausadamente. Fijó la mirada en su último contendiente. Cargaron el uno contra el otro.

Grommash ni parpadeó. No daba crédito a lo que veía. Sin miedo. Sin dudas. Violencia encarnada. Ansia de sangre transformada en puro poder. Una mente dedicada únicamente a la victoria, ajena a las distracciones.

"Así es como lucho yo", pensó Grito Infernal.

El Grito de Guerra golpeó al extraño en el estómago. Una, dos, tres veces. Después, lo agarró del cuello. Su rival juntó las manos y las subió, como una maza, alcanzándolo bajo el mentón. La mandíbula del último orco se cerró de golpe, con un crujido terrible. Dos dientes saltaron por los aires. Cayó al suelo, con los ojos en blanco.

Estaba acabado.

Los otros tres, dolientes, empezaron a levantarse, arrastrándose hacia el extraño, inasequibles al desaliento, aunque estaban claramente derrotados. El mak'rogahn lo exigía. Mientras pudieran luchar, debían hacerlo.

El extraño dio un paso atrás, para salir de su alcance. —¿He mostrado la talla de mi corazón, Grito Infernal? ¿Lo han hecho ellos? —preguntó. —¿O tengo que matarlos?

Grommash no contestó. Observaba. Escuchaba. A su lado, la multitud murmuraba: —Pelea... pelea como Grito Infernal.

El orco de la rodilla rota se arrastraba, gateando, hacia el extraño. A cada movimiento ahogaba un grito de dolor. Garrosh dio un paso atrás, hacia el borde del foso. —Jefe Grito Infernal, no he venido a matar a los tuyos. He venido a salvarlos —dijo.

—Basta —replicó. —El combate ha acabado. El guerrero herido se desplomó.

Grito Infernal descendió al foso, con Aullavísceras en la mano. El extraño no se movió. El clan contenía el aliento.

Grommash se puso a un paso del extraño y lo estudió de cerca. El tatuaje facial, las cicatrices, los ojos fieros, los rasgos extrañamente familiares. La técnica de lucha. Las esposas, blasonadas con la insignia de un animal que nunca había visto. —¿Qué es esto? —preguntó sin alterarse.

—Es Xuen, el Tigre Blanco, el sello del Shadopan —replicó.

—¿Quién?

—He recorrido un largo camino, Grito Infernal —contestó el extraño, casi susurrando. Su voz mostraba desesperación, aunque no locura. —Mi camino no importa. El tuyo es el que cuenta y es por ello que estoy aquí.

Los susurros de la multitud aún resonaban en el foso: —Pelea como Grito Infernal.

Grommash elevó a Aullavísceras sobre su cabeza y la bajó de un golpe, con un silbido.

Clang.

Las manos del extraño cayeron a los lados. La cadena de sus esposas estaba rota.

—Creo que nunca he conocido a un orco como tú —dijo Grommash. —Ven. Hablemos. Pero sabe una cosa —añadió, colocando a Aullavísceras contra el cuello del extraño. —Si me haces perder el tiempo, si pretendes hacer daño a mi clan, te cortaré la cabeza.

El extraño no se inmutó. —Si mis palabras te hacen perder el tiempo, nada he de objetar. Si fracaso, mi vida no importa.

—Muy bien. —Grommash salió del foso y regresó a su tienda. El extraño lo siguió.

Cuarta parte

Grommash encendió una pequeña antorcha en su tienda y se sentó en el suelo. Con un gesto, indicó a Garrosh que hiciera lo mismo. La tenue luz se reflejaba sobre las gruesas pieles de las paredes, mecida por la brisa nocturna que se colaba en la tienda.

Garrosh se agachó, despacio. El dolor del combate habría de acompañarlo durante días, pero no percibía señales de ninguna lesión grave. —Tuve una ventaja en el foso —dijo. Su voz seguía en calma, sin delatar nada.

—Dime —contestó Grommash.

—La sorpresa. —Garrosh descansó las manos sobre las rodillas. —Pensaron que estaba perdido en el momento en que caí al suelo.

El jefe del clan gruñó. —Les enseñaste algo que ya deberían haber aprendido: tu enemigo no está muerto hasta que muere.

—Una lección que, entiendo, ya has compartido con tus enemigos —replicó Garrosh. "Grommash Grito Infernal... El orco de la voluntad de hierro... mi padre". Se contuvo para no sonreír. —Tengo curiosidad. Mak'rogahn. No sé de otros clanes que sigan esta práctica.

—¿Cuánto sabes sobre mí, extraño?

—Algo —respondió Garrosh con cautela.

Había un odre de vino a la izquierda de Grommash. Lo acercó al extraño, que declinó la oferta. El jefe bebió con ganas antes de continuar. —Los Grito de Guerra pasaron tiempos difíciles. Una banda de ogros casi nos extermina.

Garrosh conocía la historia. La muerte de su madre, el renacer del clan Grito de Guerra, el comienzo de la leyenda de Grito Infernal. —Fue ahí que perdiste a tu compañera, ¿verdad? Es duro ver morir a la familia en combate.

—No vamos a hablar de ella —respondió Grommash con voz férrea.

Su furia era alarmante. Garrosh dudó. —He oído que Golka murió luchando, y acabó con varios ogros en persona antes de caer —dijo.

—Mi clan mostró debilidad ese día. Cayeron —gruñó Grommash. —Tuve que enseñarles a los Grito de Guerra cómo afrontar la muerte. ¡Con sangre en las manos y el cuello de tu enemigo entre los dientes! —Arrojó el odre vacío al otro lado de la tienda. —El mak'rogahn elimina de mi clan la vergüenza de ese día. Quien quiera llamarse un Grito de Guerra debe pasar esa prueba.

Garrosh no sabía qué decir. Era evidente que la historia era más extensa de lo que había conocido de niño. —Pero tu compañera...

—He dicho que no vamos a hablar de ella.

"¿Qué me estoy perdiendo?", pensó Garrosh. Una muerte honorable era digna de ser celebrada, aun cuando el guerrero cayese en una batalla perdida. "A menos que...".

Los recuerdos de su infancia se agolparon en su mente. Día tras día, lleno de culpa y vergüenza, llevando un nombre que creía maldito. "No somos tan diferentes. En absoluto".

—Comprendo cómo te sientes. —Garrosh escogió las palabras con cuidado. —Mi padre murió con su hacha enterrada en el pecho de su enemigo. Una muerte decente. Sin embargo, el camino que lo llevó allí fue el del deshonor, y partió de una única decisión errada. Durante mucho tiempo viví con ira hacia él. Pero fue inquina vana. La muerte de tu compañera y la debilidad de tu clan tal vez te causen dolor todavía, mas el hijo que te dio...

—¿Mi hijo? Nunca me dio un hijo.

Grommash miraba a los ojos a Garrosh, escrutándolo. Este no se permitió siquiera un parpadeo. —No lo sabía —fue cuanto acertó a decir.

"Kairoz". Sintió cómo se le tensaban las mejillas. "Contar las hojas de hierba". Se detuvo un momento en el recuerdo del vientre del dragón eviscerado, de la sangre cálida de Kairoz bañando sus manos. Le calmó. Respiró profundo. "No llegué a nacer en este mundo. Grommash nunca fue mi padre. ¿Por eso habló el dragón del portal perfecto?".

Garrosh preparó su ingenio. "Llegó la hora de decirle por qué estoy aquí". —Jefe Grito Infernal, quiero preguntarte algo...

***

—Si pudieras volver atrás en el tiempo y salvarla, ¿lo harías? —preguntó el extraño. —Yo sí. Mi padre tenía un corazón honorable. Lo engañaron. Mereció un legado mejor. Tal vez Golka lo merezca también.

"¿No ves que es demasiado tarde? ¡Acaba ya!".

Legado. El gesto de Grommash se agravó. —A las palabras se las lleva el viento. Salvo que puedas llevarme allí, no voy a hablar más de ella —dijo. "Golka". No se había permitido el lujo de mencionar su nombre durante mucho tiempo. ¿Cómo lo sabía el extraño?

Este buscó algo en su espalda. —No puedo llevarte al pasado, pero puedo ayudarte a mirar adelante. —Extrajo un hatillo y lo desenvolvió. Dentro había un fragmento de cristal mellado. Lo colocó entre ambos. —Así es como evitarás caer en ese error imperdonable.

Grommash no lo tocó. —¿Has llevado esto todo el tiempo?

—Sí, jefe Grito Infernal.

Tenía un filo que podría matar, en las manos de un orco motivado. "¿Y no lo usaste ni siquiera cuando cuatro orcos intentaron segar tu vida a patadas?". Pocos habrían tenido tal aplomo. —¿Qué es?

El extraño sonrió. —Un amigo lo llamó... una centella del tiempo. Pensaba que su filo era demasiado cortante, de modo que ahora es mío. —Golpeó un nudillo contra el cristal. El sonido fue casi musical. —Esto probará mis palabras

—Habla, pues.

—Déjame que te describa algo. Armas. —Los ojos del extraño brillaron.

Grommash escuchaba. Habló de una energía mágica concentrada en un momento explosivo, de una "bomba de maná". Unas criaturas poderosas, llamadas "hechiceros", podrían refinarla hasta que tuviera el potencial para eliminar a un clan entero en un instante.

—Esa arma existe —dijo el extraño.

Y continuó describiendo un arsenal inimaginable. Dispositivos de metal y fuego que podrían reventar la roca sólida, filos giratorios lo bastante grandes como para pulverizar a los enemigos con solo tocarlos, armas de asedio que pudieran ser empleadas tanto en tierra firme como en el mar.

—Nunca las he visto —dijo Grommash.

—Todavía no —contestó el extranjero —pero puedo enseñarte a construirlas y a usarlas, y decirte cómo pueden contrarrestarlas tus enemigos. Pero los Grito de Guerra no podrán hacerlo solos. Necesitarás al resto de clanes, sus recursos y sus habilidades.

Grommash entornó los ojos. —Entonces, prefiero no tenerlas. ¿Por qué habría de darle al resto de clanes el medio para eliminar a los míos en un único ataque traicionero? "Unir los Grito de Guerra al resto de los clanes solo puede acabar mal para todos". Extendió la mano, señalando más allá de las paredes de la tienda. —Tenemos las tierras más fértiles de Nagrand y, con ellas, alimento, cobijo y caza suficiente para años. Ningún clan tiene agallas para desafiarnos. Saben que lo pagarían con creces.

—¿Es así como viven ahora los Grito de Guerra? ¿Con complacencia? ¿Satisfechos con lo que poseen? ¿Sin desear nada más? —La boca del extraño esbozó una sonrisa.

Las palabras dolían, pero Grommash no sintió ira. Los excesos del mak'rogahn mostraban que su pueblo era todo menos satisfecho. Sin embargo, el extraño era sin duda perspicaz. —De querer más a necesitar esas armas increíbles hay un largo trecho.

"Dame la muerte de guerrera que merezco...".

Grommash ahogó su voz, despiadado. ¿Por qué el extraño no hacía más que traerla a su memoria? La imagen de su compañera caída solo le recordaba la vergüenza de su clan, que no había de permanecer sepultada.

—Cierto. Pero no has de temer al resto de clanes. No se volverán en tu contra, Grito Infernal. —La luz de la antorcha resplandeció en los ojos del extraño. —Las usarán contra un enemigo común.

—¿Quién? —La respuesta resultó obvia al momento, y rio. —¿Los draenei? ¿Eres uno de los discípulos de Gul'dan? Él habla de lo mismo. Gul'dan había sondeado a Grito Infernal y, muy probablemente, al resto de jefes de clan, dejando entrever que había encontrado una nueva fuente de poder que eclipsaba las artes chamánicas. Ese poder, afirmaba, podría resultar fundamental para derrotar a los draenei. Grommash aún no tenía el convencimiento de que las criaturas azules fuesen peligrosas, pero sus visiones eran sin duda inquietantes. —¿Es ese su poder secreto, extraño? ¿Vas a construir esas armas para él?

—No, jefe Grito Infernal. Nunca he tratado con Gul'dan...

***

—...pero mis armas lo detendrán —dijo Garrosh con crudeza.

Las llamas de la antorcha chisporrotearon. No se oía otro sonido en la tienda, salvo la leve brisa que mecía las paredes de la tienda. Garrosh veía la sospecha en los ojos de su padre. No desconfiaba de Gul'dan, sino de él.

—Detener a Gul'dan... ¿de qué?

—De que te convenza a ti y al resto de orcos de que se conviertan en esclavos —dijo Garrosh. —Gul'dan va a iniciar una guerra que los orcos no podrán ganar solos. Reunirá a los clanes y les ofrecerá un don, uno que podría garantizar la victoria. Ese día...

Grommash lo interrumpió: —¿Qué don?

Era peligroso hablar de ningún jefe de clan, pero Garrosh continuó. La inquina hacia Gul'dan impregnaba sus palabras. —Ese día, jefe Grito Infernal, serás el primero en aceptar su oferta, no porque seas débil, sino porque no permitirías que ningún otro orco asumiese antes ese riesgo. —Entrecerró los ojos y su voz pasó a ser apenas un susurro. —Ese don te costará todo. Tus pensamientos, tu mente, tu voluntad... pasarán a ser juguetes de tus nuevos amos invisibles. Mi padre corrió esa triste suerte. He venido para que no la sufras tú.

Su padre arqueó una ceja. —Si lo que dices es cierto —dijo, aunque era evidente que Grommash aún no lo creía —entonces no hay necesidad de esas nuevas armas. Las viejas son bien capaces de arrancarle el corazón a Gul'dan. Un final sencillo.

"Más de lo que ese traidor merece". —Gul'dan es una marioneta. Mátalo y sus maestros encontrarán otro vasallo, tal vez dentro de varias generaciones, cuando tú y yo y el resto de los que lo recordamos se hayan ido —dijo Garrosh. —Tienen buena memoria y son pacientes cuando es necesario. No. No les daremos la ocasión de reagruparse. Los atraeremos, los sacaremos a la luz y los aplastaremos.

Grommash resopló con fuerza. —Hablas de peligros imposibles, extraño. Estoy destinado a ser engañado por un enemigo que no he conocido, que me ofrece un poder inimaginable y al que solo puedo eliminar con armas que nunca he visto. —Sacudió la cabeza. —A las palabras se las lleva el viento. ¿Cómo piensas probarlo? ¿Con el fragmento? —Dirigió la mirada al extraño trozo de cristal curvado que reposaba entre ellos.

Garrosh afirmó. —Sí, jefe Grito Infernal.

—¿Cómo?

Garrosh se preguntaba lo mismo. A decir verdad, solo tenía una corazonada. Pero era buena. Tras nacer en un Draenor en ruinas, visitó con frecuencia un lugar sagrado, rogándoles a los espíritus que le proporcionasen respuestas y consejo. No le habían contestado en años.

Después, con la llegada de Thrall, le mostraron cómo su padre se había redimido. Ese momento supuso para él un nuevo comienzo.

—Quisiera llevar el fragmento a las Piedras de la Profecía —dijo Garrosh. —Los espíritus de Nagrand cambiaron mi destino. Creo que también lo harán con el tuyo.

***

Grommash se rascó el mentón. Las Piedras de la Profecía.

Muchos chamanes de distintos clanes habían peregrinado a esos pilares, aunque pocos habían recibido respuesta de los espíritus que allí moraban. "Solo los de corazón de trueno son dignos del consejo de las tormentas del destino", rezaba el proverbio. Grommash había conocido al viejo chamán que cuidaba del lugar, aunque nunca había tenido interés por acudir allí en persona. No era un jefe Foso Sangrante que necesitase mutilarse para vislumbrar su futuro. Prefería creer que su destino residía en sus propias manos.

Y, sin embargo, el extraño afirmaba que los espíritus lo habían guiado. "Interesante". —¿Eres un chamán? —preguntó Grommash.

—No.

—¿Puedes comunicarte con los elementos? —insistió.

—No, jefe Grito Infernal, pero creo que te ayudarán —dijo el extraño.

—¿Por qué?

—El destino de los que habitan este mundo descansa sobre tus hombros. No solo el de los orcos. Los elementos acudirán a nuestra necesidad.

—¿Y si no lo hacen? —preguntó Grommash.

El extraño no lo dudó: —Toma mi cabeza. No habré de necesitarla más.

Grommash levantó lentamente a Aullavísceras y colocó el filo de nuevo sobre el cuello del extraño. Sus miradas se cruzaron. Garrosh no parpadeó. —Es una oferta realmente peligrosa, extraño —dijo Grommash.

—Lok-tar ogar. Si no puedo convencerte, he fracasado.

Grommash bajó el hacha y se sumió en sus pensamientos. El extraño era un misterio viviente. Un torbellino de preguntas se asomó a su mente, aunque ninguna se posó en sus labios. Ya habría tiempo para hacerlas.

¿Qué era lo importante?

¿El destino? ¿La esclavitud? ¿El honor? ¿La voluntad?

La debilidad.

"¿No ves que es demasiado tarde? ¡Acaba ya!".

Grommash cerró los ojos. La debilidad. Esa era la clave. El extraño, lo bastante fuerte como para imponerse a cuatro guerreros del clan estando atado, el que luchó como si tuviera un corazón de Grito Infernal, le advertía a Grommash de la debilidad, y afirmaba que podía probar sus argumentos. Apostaba su vida para hacerlo.

Podría tolerarlo un poco más para saber la verdad. Los Grito de Guerra no deben volver a ser débiles.

"El corazón de un Grito de Guerra no significa nada si tienen el cerebro de un ogro", había dicho antes. Grommash había aprendido la lección por las malas. Había mostrado tanto empeño en mostrar su voluntad que se había lanzado ciegamente a un combate que no podía ganar. Un enemigo invisible había estado esperando por —no, había contado con— su imprudencia.

"Estoy perdida...".>

Grommash abrió los ojos y sonrió. —Caminaremos juntos hasta las Piedras de la Profecía, extraño. Te tomo la palabra —dijo.

El otro orco lo miró, satisfecho. —Me alegra oírlo.

El jefe del clan observó las heridas y las contusiones del extraño. —¿Tienes fuerzas para continuar?

—Sí.

Grommash se puso en pie. Observó el cielo a través de la abertura de la tienda para ver los primeros rayos del nuevo día, que asomaban sobre el horizonte. —Las piedras no están demasiado lejos y hay mucho de qué hablar. Si ese peligro es real, ¿cómo podría convencer al resto de clanes? No me tienen mucho aprecio fuera de los Grito de Guerra, extraño.

El otro orco también se incorporó. —Pero tienes su respeto, y tendrás cosas que ofrecerles. Un botín de guerra inimaginable...

Salieron juntos hacia el malva mutable del amanecer. En la comisura de los labios del extraño se intuía una sonrisa.

Quinta parte

Los espíritus de las Piedras de la Profecía llevaban días inquietos.

Durante una tarde y una mañana fueron presas del pánico. "El destino ha virado. Ha venido alguien. Los acontecimientos ya están cambiando". El parloteo se había convertido en un murmullo confuso y disperso.

El anciano Zhanak ya había visto cosas peores. Tras décadas cuidando las piedras, había aprendido a entender que los elementos no eran pacíficos, sino enérgicos; no pasivos, sino adaptables. A veces estaban furiosos. A veces tenían miedo. A veces querían hablar. Pero no hoy. No con Zhanak y, ciertamente, no con ningún peregrino. Lo había aceptado —¿qué más habría de hacer?— y se sentó en la sombra para meditar. De tanto en tanto atisbaba un fragmento de su inquietud.

"Retorcido y virado. No es su lugar. ¿Quién es? ¿Quién es?

No lo asustaba su parloteo. El destino era algo delicado. En ocasiones, los espíritus se dignaban a ofrecerle apenas un destello de lo que podría —podría— ser, o lo que había sido, pero no podían trazar los pasos de ningún orco, aun cuando hubieran querido. Los elementos solo podían hablar de lo que sabían... y no lo sabían todo.

Un susurro lo devolvió a la realidad.

—Anciano Zhanak. —Era uno de los aprendices de chamán. —Han llegado peregrinos.

Zhanak no se molestó en abrir los ojos. Su vista se había ido apagando durante treinta años y todo cuanto estuviese a más de dos brazos de distancia no era ya más que un revoltijo de luces y de sombras. Sin embargo, cuando los elementos son tus aliados, los sentidos adormecidos no son tan limitantes.

—Son tres, ¿verdad?

—Cuatro.

Zhanak frunció el ceño. Los espíritus eran conscientes únicamente de la llegada de tres orcos.

—¿Estás seguro?

—Uno es el jefe Grommash Grito Infernal. Lo acompañan dos guardas Grito de Guerra. No reconozco al cuarto —dijo el aprendiz.

—Ya veo. —Zhanak levantó una mano anquilosada. —Por favor, ayúdame a levantarme. —El aprendiz lo incorporó con cuidado. Sus débiles rodillas temblaron un instante, pero resistieron. El chamán asintió, satisfecho. Su bastón lo mantendría erguido el tiempo suficiente. —Puedes hacerte a un lado, joven.

—No.

—No te lo estoy pidiendo —dijo Zhanak amablemente. —Grito Infernal y yo nos entendemos bien, aunque creo que las cosas serán algo distintas. Tal vez no le complazca que le diga que tiene que marcharse. No tengo nada que temer. Podría arrancarme la cabeza, pero ¿me arrebataría en verdad el poco tiempo que me queda? A ti te quitaría mucho más. Vete. —El aprendiz dudó pero acabó alejándose.

Zhanak se quedó solo, aguardando la llegada de los Grito de Guerra y de su extraño invitado. Empezó a escuchar con atención —con mucha atención— el murmullo creciente de los espíritus.

"Es él. Está aquí. Está aquí. ¡Está aquí!".

Volvía a sentir su pánico. Las manos de Zhanak agarraron con fuerza el bastón. "El destino es delicado", pensó con gravedad. "Veamos si podemos protegerlo hoy".

***

—El clan Roca Negra no es tan acogedor, extraño —dijo Grommash Grito Infernal, sorteando unas piedras del camino. Dos guardas Grito de Guerra lo seguían unos pasos por detrás, en señal de respeto. —Tampoco lo es el de la Mano Destrozada. Querrán algo más que abalorios y promesas.

—Cuando estén convencidos de la existencia de otro mundo al que someter, solo querrán una parte mayor del botín. No tendrás que entregar Nagrand —dijo Garrosh. —Existe un lugar llamado Forjaz. Los Roca Negra sacrificarán mucho para reclamarlo. ¿Los Mano Destrozada? Dales las tierras que lindan con el Poblado Sen'jin. Les ayudaré a tomarlas. —"Y disfrutaré haciéndolo".

Garrosh ocultaba su júbilo. Su padre estaba considerando seriamente sus palabras. Grommash ya estaba contemplando la forma de guiar a un pueblo orco unido, a una Horda. "Supongo que debería darte las gracias, Kairoz", pensó Garrosh.

—Y si eso no basta por el momento —añadió —háblales de las maravillas que saquearemos de los draenei.

—Dijiste que no eran la amenaza de la que hablaba Gul'dan —replicó Grommash.

—No lo son, pero acabarán interponiéndose en el camino. Mejor encargarse de ellos más pronto que tarde. Ya lo verás —dijo Garrosh.

Grommash no parecía convencido.

—Quizás… —Quedó en silencio, mientras subían al fin la última cuesta. Las Piedras de la Profecía se encontraban ya a poca distancia.

Un orco los esperaba, junto a un árbol cercano.

—Anciano Zhanak —dijo el jefe del clan, —me alegra verte de nuevo.

El viejo orco, con las manos desvencijadas por la edad, se apoyaba pesadamente en un bastón.

—Han pasado muchas lunas desde la última vez que nos vimos, jefe Grito Infernal, pero las historias de tus conquistas han llegado a mis oídos. Has dado gran honor a los Grito de Guerra —dijo con afecto y respeto.

Garrosh dio un paso adelante. "Si mi padre es su amigo, también yo debería serlo".

—Saludos, anciano. He recorrido un largo camino, y...

El anciano lo interrumpió.

—Lo sé. —El afecto había desparecido. —¿Cómo te llamas?

—Vengo como un extraño y nada más.

—¿Cómo te llamas, extraño? —El veneno de la voz de Zhanak dejó a Garrosh sin habla. El anciano elevó un dedo anquilosado y dijo: —Este no es tu lugar. Los espíritus aborrecen tu presencia. Has traído el caos a este mundo con tu sola existencia.

Garrosh observó a su padre y vio caer el velo de la duda sobre sus ojos. "El viejo chamán podría echarlo todo a perder".

—Sin duda, vengo de una tierra distante, pero...

—Puedo oler tus mentiras incluso antes de que hables, extraño. —El chamán hervía de furia. Lentamente, pero con decisión, avanzó hacia Garrosh. Las venas, tensas, resaltaban sobre su piel arrugada. —El propio destino se retuerce. Intentas derribar todo el orden de este mundo .

Una presencia opresiva parecía cernirse sobre la mente de Garrosh. Ciertamente, los espíritus lo aborrecían. "Si supieras lo que con gusto les hice a tus hermanos en Durotar, acabarías conmigo en el acto". Buscó el fragmento en su espalda, y lo desenvolvió rápidamente.

—Esto probará...

El chamán lo hizo caer de un manotazo.

—No me interesan tus viles trucos —dijo Zhanak, alzando la voz. Se había cortado la mano con el filo del fragmento, pero pareció no darse cuenta de la sangre que empezó a gotear al suelo. —Jefe Grito Infernal, si quieres ahorrarte dolores y sufrimientos inimaginables, harías bien en matar a esta obscenidad sin más demora. Su camino llevará a la muerte a innumerables inocentes. Observa. Lo negará.

—No niego nada —gruñó Garrosh. Señaló al fragmento que yacía en el suelo. —Derribaré el orden. Debo hacerlo. Y esto les enseñará por qué.

—Se condena con sus propias palabras —dijo Zhanak, casi susurrando. —Mátalo. Mátalo ya.

—¿Crees que pueda existir un destino peor que la muerte, anciano? —Garrosh se esforzaba por mantener un tono respetuoso. El menor signo de condescendencia podría volver a su padre contra él. —No traigo la paz. Traigo la guerra. El caos. La muerte. Aun cuando cada uno de nosotros sufriera mil muertes agónicas, seguiría siendo un precio justo para evitar el destino reservado para todos los orcos.

—Anciano Zhanak —continuó Grommash, —este extraño afirma que todos los orcos se verán pronto sometidos al yugo de la esclavitud.

—Lo que deba ocurrir, ocurrirá —dijo Zhanak.

Garrosh vio una oportunidad en la sentencia del chamán.

—No. No he de sentarme a esperar el olvido. —Garrosh se volvió a Grommash, implorando. —Y tú tampoco. Lo sé.

—Zhanak —dijo Grommash, —debo verlo por mí mismo. Si ha encontrado... la debilidad... en nuestro pueblo, debe corregirse.

Zhanak negó con la cabeza.

—Los espíritus no van a hablar contigo hoy.

—Tengo el derecho de interpelarlos.

—Pero él, no —replicó, señalando a Garrosh de nuevo. —Si insistes en llevarlo contigo, me interpondré en tu camino. Tendrás que matarme.

Garrosh reprimió las ganas de arrancarle el dedo al anciano. "Voy a disfrutar con tu muerte, estúpido senil", pensó.

—Yo me quedaré aquí con el anciano, jefe Grito Infernal. Toma el fragmento. Habla con los espíritus. Es demasiado importante como para demorarlo.

Grommash se quedó en silencio durante un largo rato, estudiando a Garrosh con la mirada.

—Anciano Zhanak, debo hacerlo. Necesito saber la verdad.

La expresión de Zhanak se volvió una mueca, como si hubiera mordido un bocado desagradable.

—Muy bien. Acaba de una vez.

Grommash recogió con cuidado el fragmento de cristal.

—Quédate aquí —le dijo al guarda Grito de Guerra. Y ordenó a su compañera: —Acompáñame. —Se alejaron por el camino hacia los pilares de piedra.

Garrosh no abrió la boca. Mantuvo los ojos fijos en su padre, ignorando la mirada venenosa del anciano. El otro guarda observaba al orco detenidamente.

—Si las cosas resultan mal para ti —le dijo, —no corras. Será mucho más sencillo si aceptas tu destino.

—Podrán resultar mal para mí, pero si no logro cambiar su destino, peor será para ustedes —dijo Garrosh. —No tengo intención de que ocurra.

El guarda gruñó. Garrosh miraba a las piedras. Sintió un peso muerto en el estómago.

"Ya no depende de mí".

***

Grommash se dirigió al centro del anillo de rocas después de entregarle a Aullavísceras a la guarda.

—No me molestes y no la pierdas —dijo.

—Sí, jefe Grito Infernal.

El aire rezumaba poder. Cada movimiento de Grommash parecía molestar a los espíritus. Zhanak no mentía: odiaban al extraño. Tal vez eso significase que no había esperanzas de obtener respuestas. "Pero será el extraño el que pague el precio, no yo", pensó el orco, sombrío. Sería una pena decapitar a un guerrero tan notable, pero una promesa era una promesa.

Grommash sujetó el fragmento entre las palmas y lo examinó con detalle. Tenía pequeños destellos de bronce, como granos de arena atrapados en su cuerpo. "Un objeto fascinante".

Tal vez había un modo tradicional de saludar a los espíritus. Si existía, Grommash no lo conocía. Sería directo. Si no respondían, que así fuese.

—El extraño cree que el destino de este mundo depende de mis decisiones —dijo Grommash, levantando el cristal. —También afirma que este objeto puede probar cuanto dice. Demuestren que miente y morirá aquí. Muéstrenme la verdad, sea cual sea.

El aire se revolvió. Sobre el fragmento se formó un vórtice que atrapó pequeñas motas de fuego, gotas de agua y polvo de roca.

Grommash no se arredró mientras el poder llenaba el cristal, ni tampoco cuando una luz penetrante alcanzó sus ojos y la niebla cubrió las Piedras de la Profecía. De pronto, fue arrebatado...

***

En un suspiro, Grommash había desaparecido. Una pared sólida de niebla, diferente a todo lo que Garrosh había visto antes —y ciertamente distinta a la del día en que Thrall le hubo mostrado una visión— llenó el círculo de piedra. La guarda, en su confín, se inclinó a derecha e izquierda, tratando de distinguir al jefe entre el revuelo.

El guerrero, junto a Garrosh, se tensó.

—Si has matado a nuestro jefe, extraño, morirás ahora —estalló.

Garrosh negó con la cabeza.

—Está bien. —Las palabras contrastaban con el miedo súbito que ahogaba su corazón. ¿Cómo habrían de reaccionar los espíritus al ver otro mundo y otro tiempo? ¿Tendrían pánico? ¿Matarían a Grommash? —Es lo que esperaba. "Tiene que funcionar". Confianza. Debía mostrar confianza.

La luz resplandeció de pronto entre la niebla.

El anciano Zhanak gritó:

—¡No!

Los guardas se volvieron. El chamán se había desplomado.

—¡No! —volvió a gritar. —¡No puede ser! —El guarda se arrodilló a su lado, sosteniéndolo por los hombros, mientras el viejo orco temblaba y convulsionaba.

"Está viendo lo mismo que mi padre". El sentimiento opresivo de disgusto y odio se desvaneció. "Y también los espíritus". Y estaban tan aterrorizados como el propio Zhanak.

Garrosh se volvió hacia las Piedras de la Profecía y aguardó.

***

...los días, las semanas y los meses pasaban raudos a cada instante. Grommash observaba, preso de la admiración.

"Era cierto. Cuanto había dicho el extraño era cierto".

La guerra que los orcos no podían ganar. La sangre azul de los draenei y la carmesí de los orcos mezclada sobre el campo de batalla. Los números aterradores de un pueblo orco unido, llegando más allá de donde los Grito de Guerra podrían siquiera haber soñado solos. "Esta es la Horda". Grommash apenas podía concebir su poder. El extraño no había acertado siquiera a empezar a describir su potencial.

El tiempo, arremolinado, siguió pasando ante sus ojos. Vio el lento decaer del país tras abrazar un nuevo poder, el de los brujos. Vio mutar el color de la piel de los suyos, las manchas verdes que aparecían aun sobre aquellos que nunca habían tocado la energía corrupta.

Vio el "milagro" de Gul'dan, un don de poder inefable de un benefactor invisible. Y sí... Grommash fue el primero que dio un paso adelante para saciar su sed.

Pero el extraño se equivocaba: poco le había importado el peligro de sus iguales. Iría el primero alentado por un simple pensamiento: "Nadie ha de ser más fuerte que yo. Ni por un instante. No he de volver a ser débil".

Grito Infernal observó la niebla de la profecía y se vio a sí mismo bebiendo del líquido resplandeciente. Sintió sus efectos tan vivamente como si estuviera allí. Notó cómo su cuerpo se transformaba. Notó la furia, palpitante, mientras su piel se teñía por completo de verde. Notó el poder, derramándose por todo su ser.

—Me siento... ¡magnífico! —gritó en la visión. —¡Quiero carne draenei que desgarrar y seccionar! ¡Su sangre, para bañarme en ella... y beberla hasta que me haya saciado! ¡Denme su sangre!

Era magnífico.

Y era un error. Sus pensamientos ya no eran los suyos. También podía sentirlo.

La niebla volvió a arrebatarlo.

***

El anciano volvió a gritar.

—¡No debe ser!

Temblaba, entre espasmos, mientras apretaba los ojos, tratando de no ver. La espuma se agolpaba en la comisura de sus labios.

El guarda Grito de Guerra siguió mirando las Piedras de la Profecía.

—¿Se está muriendo Grito Infernal? —preguntó.

Garrosh señaló el camino.

—Ve. Yo me quedo aquí. Si es preciso, saca a Grito Infernal de la niebla.

No precisó más motivos. Corrió raudo hacia las rocas. Garrosh se arrodilló junto a Zhanak y sintió un extraño alivio.

—¿Lo entiendes? —le preguntó. —Por eso vine aquí. Para impedirlo.

El chamán, retorciéndose, murmurando, se llevó la mano al pecho. Los dedos se le clavaban en la piel, a la altura del corazón. La herida que se había hecho con el filo del cristal dejaba un rastro escarlata en su túnica.

—No debería ser. No puede ocurrir. No debería ser. No puede ocurrir. Su respiración se volvió más débil y rápida. Abrió los ojos. —Aún hay esperanza. Redención. Redención.

—Sí —dijo Garrosh, casi susurrando. —Redención. Por eso estoy aquí. —Tomó al anciano del brazo y sintió su pulso acelerado. ¿Se moría? Tal vez. —Yo llevaré la redención a nuestro pueblo.

Zhanak no parecía escuchar.

—Grito Infernal tiene el corazón. La voluntad para cambiarlo todo.

—Sí —dijo Garrosh.

—La voluntad para resistir. Para luchar. Para unir a los orcos. Para comandarlos.

Garrosh se sentó, cruzando las piernas, y apoyó la cabeza del chamán en su regazo.

—Sí. Para todo eso y mucho más. —Empezó a darle palmaditas en el hombro. "Al menos este pobre necio lo comprende ahora".

—La paz... Tal vez veamos la paz...

La mano de Garrosh se detuvo.

***

Lok-tar ogar. Victoria o muerte. La visión mostraba ambas. La victoria contra los draenei y la muerte de su mundo por la corrupción de la magia vil.

Sería la ruina de los propios elementos. Grommash podía sentir su desazón en las Piedras de la Profecía. La visión era tan sorprendente para ellos como para él.

Y, después, llegó otra idea magnífica de Gul'dan: invadir un nuevo mundo. Azeroth. La Horda cargó a través de un portal, logró victorias, destruyó ciudades, masacró a cuantos se interpusieron en su camino.

Mas las victorias no duraron. Cuando vino la derrota, fue total. Los orcos supervivientes fueron encerrados en campos.

Y no se rebelaron.

Incluso los Grito de Guerra. "No se rebelaron". Su poder corrupto se había desvanecido, dejándolos sumidos en la apatía.

"Nuestras almas. Nuestras almas se consumirán". Grommash quería llorar.

***

Los ojos de Zhanak volvieron a fijarse en el rostro de Garrosh.

—Lo has visto. Lo sabes. Un pueblo unido. Protegiéndose mutuamente. Glorioso. Grito Infernal podría liderarlos. Tiene la voluntad. Glorioso...

—Es la Horda, anciano —dijo Garrosh.

—Grito Infernal puede soportarlo. Puede sobrellevarlo. La corrupción no será el final. Las lágrimas caían por el rostro de Zhanak. Su voz sonaba a gozo y esperanza. —Un mundo en ruinas, pero el otro más fuerte que nunca. El sacrificio de Grito Infernal nos salva a todos. Lo has visto...

La visión volvió a arrebatarlo y empezó a temblar de nuevo.

Garrosh miró a su alrededor. Los dos guardas estaban inquietos en el linde de la niebla, decidiendo si debían interrumpir la visión. No había nadie más a la vista. Si el chamán tenía cuidadores o aprendices, no estaban cerca.

—Lo he visto, anciano —dijo Garrosh. Se acercó a él, tapándole la nariz con una mano y apoyando la otra con firmeza sobre la boca. —Y no volveré a verlo.

Entre sus dedos se escapaban los gruñidos ahogados del chamán, pero el aire no llegaba a sus pulmones. Golpeó a Garrosh con las manos.

—Los ancestros te recibirán en su seno —murmuró, mirando hacia delante.

Esperó a que cesaran los gruñidos, la resistencia, los latidos. Y empezaron. No obstante, contó hasta treinta antes de retirar las manos.

Después, dejó al chamán tendido en el suelo.

—Los ancestros te recibirán en su seno —repitió, con convicción. El anciano se había ganado el respeto incluso de Grommash Grito Infernal. Era una lástima que tuviese que morir.

Garrosh corrió hacia las Piedras de la Profecía. Tal vez los elementos estuviesen furiosos por lo que acababa de hacer. O quizá no lo hubieran visto en absoluto. La visión parecía haberlos cautivado.

"Lo que me recuerda...".

Aullavísceras seguía en manos de uno de los guardas. Garrosh sonrió y fue por ella.

***

El cautiverio. El horror. La muerte. Aun los orcos que evitaron los campos apenas podían labrarse una existencia en ese mundo extraño. Aun Grommash Grito Infernal, el orco de la voluntad de hierro, el orco con corazón de gigante, el temible líder de los Grito de Guerra... luchó una batalla perdida contra el letargo y la desesperación, viviendo su vida ocultándose de sus conquistadores, añorando la muerte en secreto.

Sus pensamientos reflejaron la voz. La voz de Golka. Al fin lo comprendió. No había sido débil. Ni por un instante. ¿Cómo no lo había visto?

"Dame la muerte de guerrera que merezco...".

—¡No puede ser! —aulló Grommash. —¡No puede ser!

Los elementos se hacían eco de sus emociones. "No puede ser". La mancha demoníaca habría de llevarlos también al borde del exterminio. Todos sufrirían juntos.

"No puede ser. Nunca". Grommash sintió la convicción en los huesos. La convicción y la ira. "Mi clan no caerá tan bajo. Pagaré el precio que sea necesario para evitarlo".

"El que sea".

La visión continuó. Un nuevo orco, criado por humanos, era obligado a luchar para su divertimento. A pesar de su fuerza, era humillado y apaleado sin cesar. Lo llamaron Thrall. Pronto soñó con escapar, y...

—¡Necios, sáquenlo de ahí!

La voz no provenía de la visión. Grommash la ignoró. ¿Qué podía haber más importante que esto? La niebla le mostraba cómo el joven orco aprendía a leer y...

—¡Ha matado al chamán! ¡Hay que detener esta visión! ¡Ya!

Alcanzó a distinguir el mango de Aullavísceras —en el mundo real— y vio cómo se movía. Sintió el dolor atravesándole la muñeca. Abrió la mano al momento, y el fragmento de cristal que había canalizado las terroríficas visiones cayó al suelo. La niebla desapareció. Las imágenes y los sonidos se apagaron.

Todo había acabado.

Grommash cayó de rodillas, sin aliento.

—¡Jefe Grito Infernal! —El extraño estaba arrodillado a su lado. Tenía a Aullavísceras en la mano. —¿Estás bien?

Grommash recuperó poco a poco la compostura. Muy lentamente. No alzó la vista hasta que no hubo recuperado el aire. El viento aún seguía soplando, arremolinado, a su alrededor. Los elementos seguían inquietos.

Al fin, Grommash se puso en pie.

—Dámela —dijo, extendiendo la mano. El extraño le tendió a Aullavísceras. —¿Por qué has interferido?

El extraño señaló el árbol, más allá de las piedras, donde esperaba el chamán. —La visión ha matado al anciano, Grito Infernal —dijo. —Nunca imaginé que pudiera ser tan peligrosa. Tenía miedo de que también acabase contigo.

—Su corazón no pudo soportar lo que vi. —Grommash agarró del cuello al extraño y lo arrojó contra una de las rocas. Acto seguido, colocó a Aullavísceras contra su cerviz. —¿Qué pasó después?

—¿Qué? —preguntó el extraño.

—Vi la esclavitud y la muerte. No puede haber acabado así. —Sentía el filo de Aullavísceras, a punto de rasgar su piel. —¿Qué me pasó a mí? ¿Qué le pasó a mi clan?

—Luchaste hasta el final, Grito Infernal. Tú y el resto. —Sonaba como una concesión que no quería hacer. —Pero era demasiado tarde. Nos habían arrancado el corazón. ¿Lo ves ahora? El precio a pagar por el poder de Gul'dan es...

—Todo —lo interrumpió Grommash. —Su voz sonaba ronca. Retiró a Aullavísceras lentamente. —Nos costará todo.

—Sí. Pero has visto algo más, Grito Infernal.

Los ojos de Grommash reflejaban su ansiedad.

—¿Qué?

—Has visto el poder de la unidad —dijo, calmado, el extraño. —Los orcos, marchando bajo un mismo estandarte. Imagínalo sin amos. Sin corrupción. ¡Imagínalo! Una horda liderada por los Grito de Guerra. ¿Cuál sería el límite? ¿Qué mundo podría hacernos frente?

Grommash apartó la mirada. Seguía sumido en los pensamientos.

—La debilidad. Me creí fuerte y pudo haberme llevado a la ruina. —"Ah, Golka. Juro que tendré tu fuerza. Y si he de caer, lo haré en la batalla... Derramaré océanos de sangre para evitar el destino que el extraño me ha mostrado. Incluso el mío. Lo juro".

—Sí, jefe Grito Infernal —dijo el extraño. —Pero ahora sabes a qué te enfrentas. Que hay enemigos dispuestos a esclavizarnos. Los amos de Gul'dan. Los del otro mundo. ¿Quién sino tú podría estar a la altura de ese reto? ¿Quién sino tú podría ser un padre para todos los clanes?

"Nadie. Nadie más". Nadie salvo él podría conocer el verdadero horror de su destino. Nadie salvo él podría hacer nada para evitarlo.

—Los del otro mundo nos derrotaron. Son fuertes. Debemos serlo más. —A Grommash le hervía el alma. "Seré más fuerte". —Podemos caer, extraño, mas aun así, moriremos en el intento, ¿o no?

— Lok-tar ogar —dijo el extraño.

Los dos guardas lo repitieron, con un hilo de voz.

— Lok-tar ogar.

Grommash elevó a Aullavísceras e inspeccionó su reflejo en el metal bruñido.

—Nunca seremos esclavos. Ni en este mundo ni en ningún otro. —"Pagaré el precio que sea necesario para evitarlo", volvió a pensar. Grommash miró a su reflejo y luego, al extraño. —Me recuerdas a alguien.

—¿A quién?

"A ella", pensó Grommash para sí. Era imposible. ¿Mas no acababa de ver lo imposible con sus propios ojos?

—No importa. ¿Cuánto tiempo tenemos, extraño?

—Meses. No sé precisar cuánto más.

—Debemos ocultarle esto a Gul'dan. Que no sepa nada hasta que llegue el día. —Se volvió hacia los guardas. —Vuelvan corriendo al campamento. Díganle a los rastreadores que se preparen, y rápido. Habrá que enviar mensajes al resto de clanes en secreto. ¡Vamos!

Partieron sin dudar. Grommash y el extraño los vieron alejarse.

—Debemos advertirles que no piensen siquiera en tocar el nuevo poder de Gul'dan —gruñó Grommash. —No va a ser fácil.

—Desde luego.

Grito Infernal se quedó mirando fijamente al extraño.

—¿Estás dispuesto a luchar con los Grito de Guerra?

—¡Hasta la muerte!

—Eso pensaba —dijo el jefe del clan. —Tienes sin duda el corazón de un Grito de Guerra. Quédate conmigo. Tenemos un largo camino por delante.

Los ojos del extraño brillaron.

—Y pienso disfrutarlo a cada paso —respondió.