Gelbin Mekkatorque:Truncado
Cameron Dayton

—Efectuamos una revisión de seguridad en los pisos superiores del sector 17, señor. El lugar parece no haber sido tocado desde nuestra, um, salida. Claro que todo hiede a trogg…

—Hmmm, sí. Esa fabulosa mezcla de moho, sarna y chango agrio. Le quita a uno el apetito, lo sé.

El capitán Herk Vincarresorte de los Engranes frunció el ceño, palideciendo ante la descripción de su comandante. El hedor ciertamente estaba causando estragos en la moral.

—¿Y su equipo cuenta con la versión más reciente de mis Sanitizadores Nasales de Alta Velocidad?

—Sí señor. El aroma… bueno, uno puede saborearlo, señor. No importa qué tan limpias se encuentren sus fosas nasales. —Vincarresorte echó la cabeza hacia atrás, mostrando unas enormes y apuestas fosas nasales gnomas que, en efecto, se encontraban relucientes. —Dos de los miembros de mi escuadrón solicitaron su transferencia a la Patrulla Trol en Yunquemar y mi médico quiere saber si ofrecemos vacaciones por hedor.

El Manitas Mayor Gelbin Mekkatorque suspiró, se colocó los lentes sobre la frente y deslizó sus dedos índice y pulgar por los costados de su prominente nariz. Las gafas nuevas le lastimaban y ajustarlas era el primer inciso de una lista de miles de tareas que planeaba llevar a cabo cuando terminase el combate. No había dormido la noche anterior y la piel de su nariz se encontraba enrojecida y le dolía. Recuperar Gnomeregan se estaba tornando en algo más que una simple operación militar.

Consideremos el hedor, por ejemplo. Uno de los problemas que presenta una vasta ciudad mecanizada subterránea —mejor dicho, uno de cientos— era la ventilación. Operando a máxima capacidad, la red de ventiladores, ventilas y filtros requería un equipo de quince técnicos trabajando las veinticuatro horas para mantener el aire de Gnomeregan fresco y limpio. Años de pestilencia trogg sin sanitizar se habían coagulado en capas de suciedad impenetrable con aroma a almizcle, que era más difícil de eliminar que los invasores mismos.

Descargar en alta resolución—No se preocupe, capitán. Tengo a los genios del Cuerpo de Alquimia creando un prototipo de mis Cañones Deodorizantes Quitapeste. Eso deberá ayudar a expulsar ese asqueroso hedor de nuestros corredores. ¿Por qué no se toma el resto del día junto con su escuadrón? Vayan por unas pintas a la Cervecería Trueno.

El otro gnomo sonrió, saludó y asintió con presteza.

Mekkatorque se volvió hacia los planos extendidos en la mesa que se encontraba detrás de él y se acomodó de nuevo los lentes con un gesto de dolor. Aunque algunas secciones de Gnomeregan seguían en brutal conflicto, otras fueron recuperadas con facilidad sorprendente. Por supuesto, la ayuda de la Alianza había sido un catalizador en ese aspecto, pero Gelbin no estaba tan seguro. La Cámara de Engranajes parecía… abandonada. No era común que su antiguo enemigo cediera territorio tan fácilmente.

Gelbin, luego de ser interrumpido por alguien aclarándose la garganta, se volvió de nuevo. El capitán de los Engranes seguía ahí, moviendo nerviosamente las manos.

—Disculpe, ¿hay algo más, capitán?

—Bueno, sí, Manitas Mayor; señor. Si no le molesta que pregunte…

—En absoluto, hable.

—Bien, señor. Es sólo que algunos de los muchachos se preguntaban, y yo también, por qué fuimos enviados a efectuar reconocimiento de ese sector. Vaya, no se encuentra cerca de las líneas frontales y no parece tener recursos; ni valor estratégico alguno. Parece ser la biblioteca de un viejo loco, señor.

—¿La biblioteca de un viejo loco dice usted?

El capitán Vincarresorte sonrió con aire de complicidad. —Je, esa es la impresión que me dio, señor. Pilas de libros antiguos, papeles arrugados y algo similar a una madriguera de conejo construida con moldes de hojalata para pay.

—Vaya, supongo que la maqueta a escala del Tren Subterráneo tiene cierto parecido con eso…

—El… ¿Señor?

—Esos eran mis aposentos, capitán.

—Sus… sus aposentos, ¿señor? Oh. Oh. Mil disculpas Manitas Mayor, no pretendía…

—No es lo que esperaría de alguien que cuenta con mi exaltada posición, ¿eh? —Gelbin rió y le dio unas palmaditas en el hombro al nervioso capitán. —No se preocupe, Vincarresorte. Puede que tenga un puesto importante en la Corte Manitas pero todo mi trabajo real, como pensar e inventar, lo llevé a cabo en esa biblioteca de viejo loco. Ahora, mientras va de salida, ¿podría decirle al sargento Pernocobre que estoy listo para examinar el área? Gracias por su excelente trabajo, capitán.

* * * * *

Gelbin aguardó hasta que su equipo de seguridad desapareció alrededor de la esquina antes de permitir que la sonrisa abandonara su rostro. Sus hombros cayeron al son de una exhalación entrecortada, la cual era tanto un suspiro como una maldición.

Era difícil regresar a su estudio, su rincón. Éste era el sitio que imaginaba siempre que escuchaba la palabra hogar, aún después de tantos años. Años viviendo de la caridad y la tolerancia de aliados quienes, pese a sus nobles sentimientos, todavía le veían con lástima.

La lástima… ah, esa era la parte más dura. Para una raza de individuos con grandes aspiraciones, cuyas vidas se veían validadas a través del dominio magistral de las leyes científicas del universo, era intolerable que otros sintieran lástima por ellos. Ser víctimas de la lástima era un insulto. A Gelbin le irritaba la simpatía y sabía que su gente se sentía igual. Como líder aprendió que era sabio pensar un poco en sus propias emociones, ya que por lo general reflejaban lo que los demás gnomos sentían; al menos de cierto modo.

Pero la lástima no era todo, al menos para el Manitas Mayor. Tener que conservar la sonrisa, el valeroso ánimo y el ingenio gnomo frente a su gente. Verse en la necesidad de proyectar confianza constante sin interrupciones en la apretada zona que constituía la Antigua Ciudad Manitas, cuando todo lo que deseaba era tirarse al suelo y… y…

Gelbin respiró entrecortadamente y trastabilló hacia un lado. Su hombro chocó contra la pared metálica, emitiendo un sonido débil. Tantos muertos. ¡Tantos!

Armándose de valor, apretó los puños y exhaló. Se puso a contar números primos hasta que esos sentimientos se replegaron, una vez más, a ese rincón distante de su mente. Números primos seguros y confiables, siempre podías depender de ellos; confiar en ellos. Gelbin sabía que tendría que regresar y lidiar con esos sentimientos algún día, pero no había tiempo ahora; nada de tiempo. Los gnomos necesitaban a su Manitas Mayor en su mejor forma para recuperar su tierra natal. El mostrar fruslerías como vergüenza y pesar sólo parecería debilidad. Un pueblo de caminantes que se encontraba al borde de la extinción no podía tener un líder que mostrara debilidad.

Al menos no otra vez.

Sacudiéndose ese pensamiento de la cabeza, Gelbin avanzó y comenzó el análisis de la condición de su otrora hogar. A diferencia de sus iguales en la Alianza, el Manitas Mayor evitaba los recintos extravagantes a cambio de una morada práctica. ¿De qué servía un trono cuando pensabas mejor de pie? La gastada red de corredores en el sector 17 era una representación física del proceso creativo de Gelbin: biblioteca conectada a la habitación para crear prototipos, conectada a su vez a una fundición simple y a una cámara de ensamblaje. Investigación, imaginación, creación, ingeniería. Fue aquí donde convocó a los números, los juntó con hierro y les hizo marchar hacia adelante; literalmente.

En este sitio Gelbin concibió el primer mecazancudo, lo que permitió a su diminuto pueblo mantener el paso con los imponentes corceles humanos. Esa creación lanzó al joven gnomo a la fama y lo colocó en la senda hacia el liderazgo. El micro-ajustor giromático, el robot de reparaciones, el Tren Subterráneo, incluso el prototipo de la máquina de asedio enana; todos ellos comenzaron como bocetos y sueños en este estudio. Todos fueron creados en el caldo primigenio que constituía la imaginación de Gelbin; para beneficio de todos los gnomos.

—Lo que ruega la interrogante —murmuró—, ¿pueden cien inventos brillantes sufragar un error terrible?

La oscuridad sostuvo sus palabras y las juntó con el dolor. Mientras esperaba una respuesta que ya sabía, el Manitas Mayor notó algo que le hizo sonreír. Estaba hablando consigo mismo, algo que no hacía desde… vaya, cuando todavía habitaba estos túneles. ¿Quizá el retorno de la neurosis era una buena señal? Gelbin se rascó su bien cuidada barba.

Si encuentro esperanzas en una recaída psicótica, las cosas realmente están mal.

Al avanzar por la cámara de ensamblaje, pasó un dedo sobre la polvosa banca y chasqueó la lengua. Los años no habían sido amables. Aún bajo la luz parpadeante —el hecho de que la iluminación aún funcionara era testimonio de la ingeniería gnoma— Gelbin sabía que su otrora inmaculado estudio necesitaría una sanitización seria y a conciencia.

Echó un vistazo a su vitrina de trofeos en la pared lejana. Era algo que el Manitas Mayor pidió que instalaran bajo solicitud de sus aprendices y únicamente porque necesitaba un sitio para colocar todos esos reconocimientos inútiles. Al igual que todo lo demás, se encontraba cubierto por una capa de polvo.

En la parte central se encontraba su primer prototipo funcional del mecazancudo, orgulloso y desgarbado entre varias medallas y listones. Gelbin sonrió al notar que aún los modelos de alta velocidad más avanzados y recién salidos de Forjaz, todavía contaban con el bamboleo de ave y la forma de tetera de su opus original. Lo que era más, sus agentes en Rasganorte reportaron que los enigmáticos mecagnomos adoptaron su invento para sus misteriosos propósitos. ¿Qué puede ser más halagador que el hecho de que una raza de máquinas utilice tu máquina para desplazarse?

Aunque el mecazancudo había sido el primero (y posiblemente el más popular) de sus inventos, el flujo constante de creaciones únicas, poderosas y prácticas que surgió de estas cámaras fortaleció a su gente y demostró que los gnomos eran un componente vital en la Alianza de enanos, humanos y elfos. Fue aquí donde Gelbin Mekkatorque paso de mero inventor a Manitas Mayor de los gnomos. Fue aquí donde Gelbin Mekkatorque alcanzó su nivel de comprensión más elevado, creó sus inventos más brillantes y recibió los mayores galardones por parte de un pueblo que consideraba que la creatividad y la creación eran lo más importante.

Y fue aquí donde Gelbin Mekkatorque confió estúpidamente en el consejo de alguien a quien consideraba un amigo. Fue aquí donde Gelbin Mekkatorque dio la orden que mató a la mayoría de su gente, dejó a los sobrevivientes sin tierra natal y los lanzó a mendigar y al oprobio.

Descargó un golpe contra la pared, levantando una nube de polvo. Las luces parpadearon como eco visual de su frustración. El Manitas Mayor temblaba mientras abría y cerraba los puños. Luego… decidió que quizá era mejor caminar un poco. Fue de la cámara de ensamblaje hasta la fundición y luego a la habitación de creación de prototipos. Ahí se detuvo y se dio cuenta, con cierto grado de sorpresa, que acababa de mostrar su primera señal concreta de ira; años después de la traición. Tal acto poco característico se sintió bien.

Tal vez algo del modo de ser de los enanos se le había pegado, o quizá al estar de nuevo en casa —más allá de los ojos de ciudadanos preocupados y de benefactores que le veían con lástima— sentía como si las cortinas estuviesen descorridas; ya no tenía que ser el Manitas Mayor. Aquí podía, finalmente, ser Gelbin y Gelbin podía sentirse triste; Gelbin podía sentirse traicionado y Gelbin podía estar furioso y con el corazón hecho trizas a causa de la maldita injusticia de todo lo acaecido.

Gruñó y volvió a golpear la pared, disfrutando del dolor en sus nudillos y del satisfactorio sonido que reverberó a través de los corredores metálicos que le rodeaban. Pasar tiempo con los enanos fortaleció a su gente y permitió que se sintieran más cómodos con su habilidad física; como nunca antes en la historia académica de los gnomos. Los enanos habían dominado el poco delicado arte del combate cuerpo a cuerpo en un mundo repleto de seres que les doblaban en tamaño, mientras que los gnomos, por lo general, se concentraban en huir del conflicto. Sin embargo, los años de tribulaciones y sobrevivencia entre sus más robustos aliados había, para bien o para mal, proporcionado a los gnomos cierta ventaja en combate. En estos días, Gelbin veía cada vez más gnomos blandiendo armas, portando armaduras y poniéndose al tú por tú con los Grandotes.

—Bueno —murmuró—, la parte del tú por tú no ha sido algo muy benéfico para nuestros números en declive.

El sonido de su violento asalto contra la pared aún hacía eco por la habitación y el Manitas Mayor se detuvo en medio de sus pensamientos. Eso no sonaba bien.

Gelbin ladeó la cabeza y retrocedió un paso. El Sector 17 había sido edificado en una zona sólida en el noroeste de Dun Morogh, debajo de una cadena montañosa nevada constituida principalmente de granito y pizarra. Los pasillos acorazados en esta ala de Gnomeregan no debían responder a la percusión con tal resonancia. ¿Le estaría fallando la memoria?

Gelbin dio unos golpecitos a la pared con los nudillos, sus ojos cerrados. El sonido continuaba con un tono similar al de una campana.

Sin quitar los ojos de la pared, Gelbin retrocedió hasta el centro de su habitación. Su antigua silla trol, una construcción deliciosamente primitiva de hueso y piel de raptor, seguía en su sitio. La silla era un recuerdo de la primera vez que los gnomos ayudaron a la Alianza en una incursión contra un campamento de la Horda durante la Segunda Guerra. Gelbin conservó la cosa con apariencia feroz como recordatorio de dos puntos importantes. Primero, que sus enemigos vivían en un mundo formado con hueso y piel de monstruos. Segundo, que incluso los salvajes con colmillos y piel musgosa necesitaban algo cómodo para sentarse de cuando en cuando. Pese a que el Manitas Mayor generalmente no se sentaba mientras trabajaba en sus inventos, había usado la silla como catre provisional después de muy largas noches de devanarse los sesos. Como había sido diseñada para el relativamente sustancial trasero trol, su poca altura y cuero suave proporcionaban un sitio para la siesta gnoma perfecta. Se dejó caer en la suavidad de su silla con un suspiro de preocupación.

¿Hubo construcción nueva en esta zona desde el éxodo? Las sospechas de Gelbin habían aumentado. Examinó la habitación para crear prototipos en busca de cualquier señal de sabotaje: cables sueltos, paneles mal colocados, o huellas desconocidas en el polvo. Su gente más capaz inspeccionó el sector entero, pero Mekkatorque sabía que no debía confiar ciegamente, en particular cuando Termochufe se encontraba involucrado.

Sicco Termochufe. El nombre aún traía un frío opresivo a su estómago, una tensión que no era posible eliminar a través de la racionalización. Gelbin finalmente acuñó un término para esa extraña sensación, algo que le era severa y terroríficamente desconocido; confusión. En este caso particular, el Manitas Mayor Gelbin Mekkatorque seguía muy, muy confundido.

¿Cómo pudo haber pasado?

Un gnomo de Gnomeregan actuando en contra de los suyos era una imposibilidad, una casualidad, una aberración inconcebible. A diferencia de los enanos, los gnomos no tenían historia previa de violencia intestina. Su pasado se encontraba libre de señores de guerra y de facciones violentas. En general, gnomos no peleaban contra gnomos. En un mundo de leones, tigres, furbolgs y Grandotes, los integrantes de su pueblo tenían que depender unos de otros; ni siquiera había que decirlo. Por esta razón, los gnomos no necesitaban la primogenitura primitiva que había sido causa de mucha de la sangre derramada entre las demás razas de Azeroth. Además, dejaron la monarquía siglos atrás. Los gnomos elegían a sus líderes por consentimiento común, con base en los méritos de su trabajo. Mérito que era totalmente cuantificable con respecto a los beneficios que aportaba a la raza gnoma. Actuar de modo dañino contra la especie, desear poder pese al costo que eso conllevase al pueblo; eran cosas que harían los enanos o los orcos. Sin duda era una cualidad humana. ¿Cómo podía un gnomo ser el responsable de la cuasi extinción de los gnomos?

Sicco dijo haber efectuado pruebas de los niveles de radiación del gas. Afirmó tener evidencia de su efecto terminal en los troggs y mostró a Gelbin números falsificados en cuanto a su densidad y peso volumétrico. El gas debió permanecer en las zonas de cuarentena en las secciones bajas de Gnomeregan, envenenando a los invasores conforme surgían de las profundidades; mientras los gnomos aguardaban sanos y salvos en los túneles urbanos superiores. En ese entonces parecía ser la única manera de combatir la invasión imprevista y no requeriría ayuda de la Alianza, que se encontraba ocupada. Los gnomos resolverían los asuntos de los gnomos. Termochufe parecía tener plena confianza de que esto sería la solución.

Sin embargo, la mayoría de los troggs simplemente se abrieron paso a través del gas, volviéndose incluso más salvajes al ser irradiados. Además, el gas permeó Gnomeregan. Éste pasó por los aclamados Filtros Domicílicos Viento Leempio de Termochufe y mató a los gnomos que aguardaban en sus hogares; asfixiados por repugnantes nubes verdes detrás de puertas que los mantendrían a salvo, según prometió el Manitas Mayor. Gnomeregan murió ese día. Murió porque Gelbin Mekkatorque confió en que un amigo sería un amigo, o al menos un gnomo.

Gelbin se reclinó y cerró los ojos. La presión en su pecho era casi dolorosa y por millonésima vez se preguntó si debería renunciar a su título y dejar que alguien más asumiese el puesto. Alguien menos confundido, alguien que no cometería un error estúpido que terminaría matando a tantos…

Esta vez no existía la posibilidad de contener la desesperación, ni la densa nube de pesar que surgía desde la prisión donde estuvo encerrada durante mucho tiempo. Gelbin respiró profundo un par de veces, contó números primos, se agarró con fuerza del asiento de su silla, pero no había manera de detenerla. La pena se abrió paso a través de sus defensas y escapó de su pecho como un sollozo entrecortado y gutural.

Solo en el oscuro silencio de su estudio abandonado, el Manitas Mayor Gelbin Mekkatorque lloró al fin.

* * * * *

Una vez que las lágrimas se secaron, los temblores cesaron y la calma regresó a la habitación, Gelbin exhaló entrecortadamente y se enderezó. Se sentía vacío… de modo limpio y hueco. No era exactamente un sentimiento agradable pero sí uno muy necesario.

Era tiempo de regresar a la superficie, a su gente. Ya se estaba sintiendo egoísta por tomarse tanto tiempo con sus propios problemas. Se recargó en el apoyabrazos para levantarse.

E hizo una pausa.

Al sentir algo frío bajo su mano, Gelbin abrió los ojos y echó un vistazo. En el apoyabrazos de la silla se encontraban sus espejuelos favoritos. Esos simples lentes con armazón de mithril que recibió como regalo al graduarse de la Universidad Engranaje. Resistentes, confiables y reconfortantes. Habían permanecido en su rostro por décadas desde entonces, algo que se vio interrumpido por la invasión trogg y el precipitado éxodo de los gnomos. Gelbin se las arregló con un nuevo par de lentes, algo que armó en Forjaz durante su tiempo libre; mientras atendía asuntos en Ciudad Manitas y el trono de Barbabronce. Fue una hazaña que su pobre nariz lamentaba desde entonces. Sonriendo, el Manitas Mayor se inclinó para recuperar sus lentes perdidos.

—Ahora puedo volver a ser yo de nue…

Los lentes dejaron la silla con cierto grado de tensión extraña y Gelbin se quedó inmóvil. Un recuerdo helado se deslizó desde la parte posterior de sus pensamientos: las gafas fueron un regalo de graduación. Un obsequio de su amigo y compañero de estudios Sicco Termochufe.

Gelbin jamás hubiera dejado sus lentes en la silla.

Cuando notó un alambre delgado atado alrededor del puente de los lentes, ya era demasiado tarde. Éste descendía por la silla hasta un pequeño agujero en el mosaico; un hilo metálico casi invisible. Veraplata, increíblemente ligera, pero más fuerte que el acero. Gelbin sintió un suave tirón del lado opuesto del alambre —el movimiento de un resorte que se suelta— y levantó la mirada justo a tiempo para ver como una pesada puerta se cerraba en la entrada. Hubo un sonido metálico similar en el corredor de salida detrás de él.

¿Nueva construcción en el sector 17? Parecía que sí. Alguien había dejado una trampa para el Manitas Mayor y éste había caído redondito. ¿Quién sino Gelbin se sentaría en esta silla? ¿Quién tocaría los lentes del Manitas Mayor? Conforme engranes ocultos gruñían detrás de las paredes huecas, Gelbin se preguntó si el capitán Vincaresorte había sido sobornado, o si su equipo simplemente no se dio cuenta del sabotaje.

Hubo un sonido de estática crepitante al activarse una bocina eléctrica, seguido de una voz que había estado presente en los sueños del Manitas Mayor por años ya.

—¿Sabes, mi estimado Gelbin? Me preguntaba si esta trampa sería demasiado obvia para ti. Casi no lo creí cuando sonó la alarma. Parece que siempre podré depender de que tu encantadora inocencia supere tu intelecto.

Gelbin se incorporó de un salto, limpiándose los ojos. Por un momento tuvo la infantil preocupación de que quizá Sicco le vio llorar, sin embargo, la hizo de lado rápidamente. El sentimiento de vacío que tenía hace algunos instantes fue reemplazado con algo más frío: miedo y vergüenza. Éstos hacían eco en dolorosa armonía junto con su confusión. Apretando los dientes, Gelbin buscó en la argolla de su cinturón, donde por lo general se encontraba su confiable Llavecalibur. Nada, en su prisa por ver su viejo estudio había venido sin armas.

Esto era otra cosa que no hacía nunca, ni siquiera al caminar por Forjaz. ¿Estaba enloqueciendo? Confusión, olvido y ahora esto.

De modo irónico, Termochufe tenía razón. El Manitas Mayor sospechó que podría haber una trampa acá abajo, ya que consideraba que fue muy sencillo tomar la zona. Sin embargo, ¿cómo era posible que Sicco desperdiciara tal cantidad de tiempo y recursos sólo para matar a un gnomo? En especial cuando la totalidad de la Alianza se encontraba a su puerta. De nuevo, confuso.

¡Maldición, concéntrate! —Se dijo Gelbin a sí mismo. Moriría acá abajo si no se ponía las pilas. El Manitas Mayor nunca se había sentido tan confundido pero, si deseaba sobrevivir, no podía permitir que su viejo amigo se enterara. Quizá un duelo verbal mantendría ocupada la famosa mente obsesiva de Sicco mientras Gelbin hallaba la forma de salir de ahí. Éste se aclaró la garganta.

—Obviamente te di mucho crédito como estratega, Sicco. No cabe duda por qué mis fuerzas han logrado avanzar tanto contra tu ejército atrincherado, una multitud que nos supera en número tres a uno. Has desperdiciado tu tiempo en inútiles juegos de venganza.

Mientras examinaba con presteza la habitación, Gelbin luchaba por mantener su concentración. Si Termochufe decidía inundar el lugar con el mismo gas tóxico que utilizó contra su gente, no habría manera de escapar. Gelbin sabía eso porque conocía perfectamente la habitación; sólo contaba con dos puertas y ambas estaban selladas. Se acercó al rostro la parte frontal de su túnica en busca de las señales que revelaban la presencia de la mortal neblina verde. Quizá podría mantener la respiración el tiempo suficiente como para salir por cualquiera que fuere la ventila que su enemigo utilizase para descargar la repugnante sustancia.

Sicco Termochufe reía.

—¿Inútiles juegos de venganza? Gelbin, ¿tienes idea de lo que tu muerte provocará entre los gnomos? Te mantuvieron a la cabeza pese a todo lo que hice para desprestigiarte. Los pequeños tontos adoran a su Manitas Mayor. Tu muerte les despedazará el corazón.

La respuesta de Gelbin fue interrumpida por el clic de un switch. Silencio total seguido de un gemido mecánico, el sonido de pesados cables de hierro y discos impulsados por resortes. La pared frente a él, la misma que golpeó antes, comenzó a subir hacia el techo. Una ráfaga de aire caliente y húmedo se coló al recinto; Gelbin comprendió entonces el modo de su asesinato. Olía a moho, sarna y chango agrio.

El trogg salió de entre las sombras con un rugido húmedo. Su complexión era robusta, con brazos musculosos que casi tocaban el suelo y su andar mostraba la arrogancia de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.

El Manitas Mayor dirigió escaramuzas contra estas bestias, pero nunca había estado tan cerca de una. Su equipo de seguridad nunca lo permitiría (un equipo al que imprudentemente ordenó que le esperara fuera del sector). El trogg doblaba a Gelbin en tamaño y tenía una red de cicatrices a lo largo de la pedregosa piel de su pecho. Afiladas protuberancias huesudas surgían de los hombros y codos de la criatura; crecimientos deformes que eran testimonio de su rocosa herencia. Gelbin escuchó rumores de que los troggs eran una rama torcida de la raza enana. Aunque nunca diría tal cosa frente a sus gentiles anfitriones, notaba las similitudes: barba greñuda, complexión robusta y gruesas tiras de músculo que parecían haber sido talladas de granito. Sin embargo, ahí terminaba el parecido. El trogg tenía una postura encorvada, similar a la de un simio, el ceño tosco y los caninos pronunciados de un depredador.

Gelbin recordó su entrenamiento de combate. Un trogg usualmente era equivalente a cuatro o cinco gnomos, asumiendo que éstos se encontraran armados y contaran con experiencia en combate subterráneo. Como estratega comprobado, Mekkatorque sabía que podía dar batalla incluso sin armadura impulsada por vapor, ni Llavecalibur a su lado. El gnomo dio un paso hacia adelante y examinó la habitación. Quizá si lograba llegar al otro lado del estudio con la rapidez suficiente, habría un banco que podría convertirse en un arma provisional. Si conseguía mantener al trogg a distancia, quizá le sería posible escapar a través de la abertura por la que entró. Era arriesgado pero era la mejor…

Dos troggs más aparecieron en escena. El primero gruñó órdenes guturales a los otros y éstos flanquearon a la presa con una rapidez feral que no dejaba traslucir su tamaño.

La pared se cerró detrás de ellos con un ominoso clang y Gelbin comprendió la triste realidad: iba a morir acá abajo. No había modo de escapar de la trampa de Termochufe.

Termi…

nado.

Estaba harto de la lástima, fastidiado de los recordatorios diarios de que había perdido su reino sólo porque era un gnomo. Cansado de la maldita confusión. Los pasos de los troggs eran más próximos y Gelbin Mekkatorque susurró su despedida a su amada Gnomeregan y a su gente.

“Los pequeños tontos adoran a su Manitas Mayor”

Después de todo lo ocurrido, adoran a su Manitas Mayor.

Gelbin abrió los ojos y miró hacia abajo. Vio que aún sostenía sus lentes y también el alambre de Veraplata, delgado cual navaja, que se extendía hacia el suelo. Casi de modo instintivo, su mente de ingeniero se adueñó de la situación y planos imaginarios se desplegaron por su campo de visión.

El alambre obviamente conducía a un disparador con peso, activado por resortes. Éste se encontraba conectado a un eje pesado, cuyo contrapeso eran los cables que levantaron la pared con ayuda de algo que sonó como un par de bisagras de hierro oxidado; Sicco siempre había sido descuidado en sus creaciones. El resto era ingeniería simple y a Gelbin le pareció irónico que incluso Sicco, el no-gnomo, empleaba tecnología gnoma para sus oscuros fines. Tecnología que Gelbin adaptó, que Gelbin innovó y que Gelbin dominó para la protección y salvación de su gente.

Gelbin Mekkatorque era un gnomo en sus fallos y triunfos, por eso su gente le amaba. Esa era la razón por la que aún era el Manitas Mayor y por la cual seguía luchando por los gnomos, aún después de tanta vergüenza, oscuridad y confusión.

De súbito, ya no se encontraba confundido.

El puño del primer trogg se aproximaba velozmente y Gelbin rodó hacia un lado para evadirlo. Los rocosos nudillos de la criatura partieron el mosaico del suelo y varios fragmentos pasaron rozándole. Gelbin se puso de pie al instante y corrió hacia la parte posterior del estudio. Un plan se formaba en su mente.

—Entonces dime, Sicco. Si mi muerte te daría una ventaja tan obvia, ¿por qué esperaste hasta ahora? ¿No habría sido mucho más fácil matarme cuando todavía confiaba en ti?

Era difícil hablar y correr al mismo tiempo, pero Gelbin sabía que tenía que mantener distraído a Termochufe para que su plan funcionara.

Creyendo que su presa se acercaba a una ruta de escape oculta, los dos troggs a sus costados cargaron para cerrarle el paso. Gelbin anticipó ese movimiento y aprovechó los pocos segundos que esto le concedió para enrollar el resto del alambre de veraplata alrededor de sus lentes.

El primer trogg estaba nuevamente casi encima de él y Gelbin se volvió para correr directamente hacia la bestia aullante. Fue algo inesperado y la criatura embistió aire en tanto que Gelbin se agachó, se deslizó entre las piernas del monstruo, rodó hasta quedar de pie y siguió corriendo.

Rugiendo, el trogg se volvió y corrió pesadamente tras él. Los otros dos, emocionados por el escándalo de su hermano, dejaron escapar un aullido y comenzaron a rodear la zona. No eran animales estúpidos y Gelbin lo sabía. Estaban contentos de permitir que el primer trogg lo cansara para luego aprovecharse de la cena fácil.

—¿Cómo? ¿Aún no mueres? —Farfulló Sicco.

Gelbin sonrió mientras corría. Su oponente acababa de revelar que, aunque tenía la capacidad de escuchar lo que ocurría dentro de la habitación, no podía ver nada.

El trogg enojado era rápido, mucho más de lo que Gelbin hubiera imaginado, y el gnomo podía sentir su horrible aliento en su cuello. El mismo Gelbin jadeaba y se concentró en la mesa de prototipos que se encontraba a un par de metros al frente.

Más cerca, más cerca.

Con un súbito aullido, el trogg fue enviado al suelo por una fuerza invisible. El alambre de veraplata que Gelbin amarró alrededor del tobillo de la criatura llegó a su límite y, al tirar de los resistentes lentes de mithril con tal peso y velocidad, le cercenó el pie al trogg. Un rugido de angustia, parte gemido y parte grito, estremeció el aire. El trogg levantó un muñón irregular que chorreaba y bramó de nuevo, golpeando el suelo con uno de sus puños. Mekkatorque le lanzó un guiño de disculpa y se escurrió hacia la mesa de prototipos que se encontraba justo adelante. Uno de los troggs se acercó a la criatura caída, más por curiosidad que por preocupación, mientras el otro continuaba rondando en torno a Gelbin.

Surgieron palabras entre dientes de la bocina oculta en el techo.

—Tienes razón Gelbin, debí matarte en aquellos días, pero necesitaba un chivo expiatorio; un objeto de odio que me permitiera juntar a los gnomos mientras me elegían el nuevo Manitas Mayor. ¿Tienes idea de todo el tiempo que pasé tramando el plan para arruinar tu buen nombre? ¡Matarte hubiera sido fácil!

Gelbin llegó a la mesa y comenzó a buscar frenéticamente en los cajones. Disfrazó sus acciones con un tono cuasi familiar.

—¿Y cuándo empieza la parte en la que juntas a los gnomos y te conviertes en el Manitas Mayor? ¿Se suponía que eso iba a ocurrir antes o después del genocidio?

Sicco gruñó, maldijo y se escuchó el peculiar sonido de una llave de tuercas rebotando en una pared. Gelbin estaba sacándole de quicio.

—¡Cualquier idiota puede sonar sabio a posteriori! El gas resultó ser más… efectivo de lo que esperaba. Mis cálculos mostraban un índice de mortalidad de treinta por ciento, un número significativo de cadáveres estadísticamente hablando; todos a tus pies. Eso, seguido de mi impresionante eliminación de los troggs hubiera asegurado un presto golpe de estado.

Gelbin vio su oportunidad. —Hubiera es la frase operativa aquí…

Otro sonido de impacto, ésta vez sólo pudo ser un puño contra el micrófono.

—¿Quién hubiera calculado que los gnomos aún te seguirían después de que prácticamente pinté tus manos con su sangre? Que tirarían la lógica por la ventana y actuarían como un montón de elfos de la noche llorones y emotivos. ¡Qué bueno que el gas hizo lo que hizo, los gnomos necesitaban esa purga!

El siguiente sonido fue similar al previo, sólo que más fuerte y seguido del rugir de estática; luego silencio. Al parecer Sicco Termochufe no había considerado el daño cuerpo a cuerpo en la plantilla de durabilidad de su micrófono. Gelbin levantó la vista y asintió.

—Qué genio. Acabas de perder la capacidad de regodearte a larga distancia, amigo mío.

Se agachó y regresó a su trabajo. Por suerte, Termochufe había tenido cuidado de no alterar la mayor parte del estudio para evitar alarmar a los especialistas del Manitas Mayor. De hecho, Gelbin sospechaba que la construcción de casi toda la trampa se había llevado a cabo en otro sitio, para posteriormente ser instalada detrás de las paredes y bajo el suelo. La única intrusión detectable era el maldito alambre.

Y el maldito alambre redujo sus problemas en 33.3 por ciento (que se repite, por supuesto). Gelbin encontró lo que buscaba en el fondo del último cajón. Un pequeño estuche de cuero con herramientas que sus ayudantes utilizaban para dar mantenimiento a los relojes del estudio. La puntualidad nunca fue su fuerte, pero le gustaba saber qué tan tarde iba a llegar.

El gnomo se volvió para ver dónde andaban sus atacantes y evadió otro brutal golpe. Uno de los troggs intentó tomarle desprevenido; su puño despedazó la mesa como si ésta se encontrase hecha de palillos. Siempre sospechó que estas criaturas tenían minerales pesados en su fisiología y el daño que causaron al suelo y a los muebles en los últimos minutos confirmaba tal hipótesis.

Nuevamente, la velocidad del gnomo era su ventaja y se alejó de la bestia con el estuche en la mano. El trogg rugió con furia y se volvió para gruñir órdenes a sus hermanos. Uno de los monstruos se estaba desangrando sobre el mosaico, pero el otro resopló afirmativamente y avanzó con lentitud por la habitación. Iban a cerrarle el paso a Gelbin y luego descargar el golpe mortal. El Manitas Mayor no podía correr para siempre. Sólo era cuestión de tiempo y estaban conscientes de ello.

El gnomo regresó al centro de la habitación. Su silla yacía en el suelo, volcada sobre uno de sus costados. El trogg moribundo había jalado el alambre con toda la fuerza de su pesado cuerpo, sumado a la velocidad que llevaba, arrancando la caja que albergaba el disparador; la cual había sido colocada bajo los mosaicos donde generalmente se encontraba la silla. Era una caja cuadrada de metal del tamaño de un plato. Si Sicco Termochufe empleó el mismo tipo de ingeniería goblin-esca descuidada que Gelbin le había visto usar antes, el resorte, eje y contrapesos principales estarían justo debajo de dicha caja.

Gelbin empujó la silla y abrió el estuche. Una llave de tuercas, un martillo de hierro, una lima y un frasco blanco de aceite de bocanegra para lubricar resortes. Todo en miniatura, del tamaño justo para trabajar con relojes; o sabotear un sabotaje. Levantó la vista y calculó el tiempo que tomaría a los troggs llegar hasta él. Quizá veinte segundos, necesitaría treinta.

Después de destapar el frasco, Gelbin regó su contenido sobre el mosaico y lo hizo rodar hacia el trogg más cercano. El líquido trazó una línea brillante. La criatura miró el pequeño contenedor, dejó escapar un sonido simiesco que indicaba que le causaba algo de gracia y levantó la mirada para ver un gnomo que sostenía una diminuta llave de tuercas en una mano y una lima en la otra. Con un rápido movimiento, Gelbin frotó el borde de la llave con la lima. Una fulgurante línea de chispas trazó un arco hacia el suelo y cayó sobre el camino de aceite, el cual ardió serpenteando hacia el frasco que se encontraba a los pies del trogg. Sucedió tan rápido que la criatura apenas tuvo tiempo de girar mientras una bola de fuego surgía debajo. Su barba greñuda se incendió y el trogg comenzó a golpearla frenéticamente con sus huesudos nudillos. Esto sólo sirvió para avivar las llamas.

Satisfecho, Gelbin se volvió hacia el alambre, el mosaico roto y la caja expuesta que contenía el disparador. El otro trogg aún estaba del otro lado de la habitación y se movía con mayor cautela ahora que un gnomo sin armas le había dado fuego a su compañero.

—Treinta segundos ahora —murmuró el Manitas Mayor— quizá cuarenta.

Utilizó la llave de tuercas para abrir la caja que contenía el disparador y ubicó el mecanismo en la base del carrete de veraplata. En efecto, Sicco había sido descuidado. Un buen saboteador se hubiera asegurado de que el disparador fuese de construcción de única ocasión, empleando materiales de un solo uso, o resortes de baja tensión. El resorte del carrete aún contaba con tensión suficiente para un par de usos más y Gelbin adjuntó rápidamente el disparador al interruptor de contrapeso —una combinación rectangular de engranes que permitía a la pared falsa subir y bajar gracias a los cables conectados a un resorte masivo; que se encontraba enrollado alrededor de un eje ubicado justo bajo sus pies. Con el disparador sujeto, colocó el interruptor a un lado y metió la mano en el sitio donde residía la caja que contenía el disparador. La llave de tuercas fulguró mientras Gelbin quitaba rápidamente los tornillos que mantenían el eje en su lugar.

Había, en total, cuatro tornillos oxidados y desatornillar tres de ellos le tomó a Gelbin el tiempo restante. El metal gruñó porque el peso masivo de un armazón completo ahora descansaba en un solo tornillo corroído.

Gelbin se incorporaba justo cuando el trogg lo agarró y lo levantó. Examinó a Mekkatorque de cerca y mostró una sonrisa irregular; su paciencia había rendido frutos. El Manitas Mayor se encontraba a centímetros de una hilera de dientes rocosos agrietados, los cuales aún tenían trozos de la última pobre criatura que estuvo así de cerca. Gelbin se encogió frunciendo el ceño.

—Vincarresorte tenía razón. Puedo saborear ese hedor.

El trogg rugió y saliva salpicó al Manitas Mayor.

Entonces, Gelbin descargó su puño contra la boca del trogg, destrozando sus dientes frontales y lanzando fragmentos de hueso hacia la parte posterior de su garganta. El trogg lo soltó y trastabilló hacia atrás, al son de un gemido ahogado. Gelbin se sacudió la sangre de su mano y luego la abrió para revelar el martillo de hierro.

—Un consejo, mi amigo. Nunca dejes que un gnomo se acerque a tus dientes.

El trogg se limpió la sangre de la boca y se volvió cuando llegó el otro, que tenía ampollas en su piel quemada. Ambas criaturas estaban furiosas y Gelbin sabía que se encontraba a unos cuantos segundos de que le despedazaran. Retrocedió un paso y presionó el disparador que construyó apresuradamente.

Las pesas subterráneas cambiaron de sitio, los cables se tensaron y un tornillo oxidado cedió bajo la presión. Los mosaicos bajo los pies de los troggs estallaron al son de una erupción de roca y metal, mientras un eje jalado por un cable perforaba el suelo. Esto lanzó a las dos bestias contra el escritorio destrozado y, al mismo tiempo, levantó la pared falsa que se encontraba detrás del Manitas Mayor.

Sus oponentes estaban en el suelo y la salida se encontraba libre, era hora de dejar el lugar. Gelbin guardó las herramientas en su cinturón y se detuvo un instante, considerando regresar por sus viejos lentes. Podía verlos del otro lado del cuarto, aún sujetos al grotesco remanente del pie de un trogg por el alambre. Riendo ante tal idea, se volvió para irse.

Sin embargo, esperó demasiado. Se aproximaban más troggs por la salida, gran cantidad de ellos. Éstos se apiñaron por la abertura y rodearon a Gelbin, gruñendo y lamiéndose sus dientes irregulares. Se le habían agotado las ideas y dudaba que los troggs fueran tan amables como para levantarle, junto con su martillo ensangrentado, a la altura de sus rostros.

Pero los troggs no avanzaban, aguardaban.

—Supongo que te debo una disculpa, Gelbin. Subestimé tu valentía, debí mandar cuatro troggs.

La aguda risa que siguió era desconcertante. Al parecer, Sicco Termochufe había descendido aún más por los abismos de la locura en compañía de estos monstruos. Se escuchó un sonido metálico, el siseo de un motor de vapor y Sicco entró en escena.

El mekigeniero había creado un nuevo traje de batalla. Durante los últimos años, Gelbin escuchó reportes de Sicco piloteando una cosa enorme con forma de caldero por las entrañas de Gnomeregan, sin embargo, esto era completamente distinto; un ágil artilugio. El constructo de tamaño humano pasó emitiendo un sonido de vapor caliente junto a los troggs que aguardaban. Creado de metales maleables y decorativos, era similar a las armaduras humanas usadas en los desfiles y para presumir frente a los plebeyos. Sólo la cabeza pequeña y arrugada de Sicco sobresalía del cuello del aparato. Los años no habían sido amables con el gnomo demente y Gelbin apenas reconoció a su viejo amigo. Mejillas huecas, delgadas líneas de cabello ralo y la enfermiza coloración verde que indicaba radiación y locura.

Sicco notó la mirada de lástima de Gelbin y la tomó como reconocimiento. Sonriente, hizo un giro y una reverencia con ademán elegante.

—Una impresionante pieza de ingeniería, ¿no crees? ¿Sabes? Llevé a cabo varias pruebas con un prototipo de campo más práctico, pero era demasiado voluminoso y susceptible a explosiones. Este traje es mucho más estable, además de ser más adecuado para mi posición.

—¿Tu posición?

—Claro, lo apropiado es que el rey de los gnomos pueda ver a los ojos a los demás gobernantes del reino. Concepto difícil de entender para un fracasado insignificante como tú, lo sé.

Gelbin frunció el ceño. —El rey de los gnomos, ¿eh? Supongo que ya dejaste de lado la idea de ganar una elección. Considero que es lo mejor, ya que al electorado puede serle difícil votar por un candidato que no es un gnomo.

Sicco pareció sorprenderse y hubo un siseo. El Manitas Mayor no estaba seguro si el sonido surgió del motor de vapor en la región abdominal del traje de Sicco, o si fue una respuesta reptiliana del aspirante a usurpador. Sin embargo, el ruido se adecuaba a la expresión de Termochufe.

—Creo que rogar por las sobras en la mesa de los enanos te ha vuelto un poco loco, Gelbin. “¿Que no es un gnomo?” ¡Soy diez veces más gnomo de lo que tú jamás serás! Mientras estabas echado en tus laureles debido a tu ‘genio’ impredecible y falso, yo me vi en la necesidad de trabajar para obtener reconocimiento. ¿Quién pasó semanas diseñando todos los mecanismos balísticos de tus máquinas de asedio? ¡Convertí tu enorme camión de rábanos en un cañón móvil! Eso cimentó nuestra alianza con los enanos pero, ¿recibí algún tipo de agradecimiento por ello?

Gelbin suspiró. —Sicco, eras uno de los gnomos más brillantes en Dun Morogh y pareces olvidar que siempre expresé mi gratitud por tu trabajo. Tenías ideas creativas, geniales incluso, pero eras demasiado descuidado. Había muchos aproximados en tus cálculos y no dedicabas el tiempo suficiente a refinarlos. Te asigné el diseño de artillería con la esperanza de que te pondrías a la altura de la situación, pero tus cálculos balísticos habrían detonado mis máquinas de asedio al momento de recargar. Pasé muchas horas revisando tus cifras antes de enviarlas a Forjaz.

—¿Qué? ¡Mentira! Si mi trabajo era de tan mala calidad, ¿por qué dejarme tomar el crédito por los cañones?

—Porque —dijo Gelbin— eras mi amigo.

momentáneamente, revelando cierto parecido con el brillante joven gnomo con el que Gelbin entabló amistad hace tantos años ya. El gnomo al que ayudó a graduarse de la escuela, a quien le dio empleo en su fundición y le otorgó un papel importante en la Corte Manitas pese a su desempeño preocupante y cada vez más errado. Sicco parpadeó varias veces y levantó una mano metálica para frotarse la frente.

—Gelbin, yo… yo…

Y luego notó la mano, los poderosos dedos dorados que él solo había creado. Formó un puño y el rostro de Sicco se contorsionó, mostrando una sonrisa enloquecida. El amigo de Gelbin ya no existía más.

—Bueno, esa enorme debilidad es exactamente el por qué decidí arrebatarte las riendas. Los gnomos deberíamos dominar la tierra con nuestras armas imparables, no vendérselas a nuestros imbéciles aliados. ¡Eso es cosa de goblins!

El Manitas Mayor sacudió la cabeza.

—Nunca lo entendiste, ¿verdad? Es la lealtad hacia nuestros amigos lo que nos proporciona nuestra mayor fuerza. Esto es lo que nos separa de ogros, troggs, e incluso goblins. Es por esto que los enanos nos ayudaron cuando estábamos cerca de extinguirnos y nos cedieron una parte de sus recintos sagrados para que tuviéramos algo que pudiéramos llamar hogar. Esa es la razón por la cual hay enanos, humanos, draenei y elfos de la noche muriendo junto con nosotros en los túneles circundantes para recuperar una ciudad que nunca fue suya. Están aquí porque son nuestros amigos, Sicco. Mis amigos. Es un poder con el que los números no pueden competir.

El mekigeniero siseó —esta vez, Gelbin estaba seguro de que el sonido surgió de la boca arrugada del gnomo— y avanzó. —¿Por qué no cierras los ojos y me dejas poner fin a esta vergüenza?

Al detenerse frente al Manitas Mayor, Sicco sacudió la cabeza y se despidió agitando una mano. Ésta emitió un sonido mecánico, efectuó una rotación completa y se desvaneció en el interior de la muñeca de acero del blindaje del traje de batalla. Termochufe rio y extendió el brazo. Con otro impulso de vapor, surgió una navaja afilada, la cual comenzó a brillar en rojo gracias a calor generado mecánicamente. Gelbin retrocedió trastabillando hacia el eje y sintió el resorte tenso contra su espina dorsal. Aún tenía la llave de tuercas en su cinturón y la levantó para bloquear la navaja de Sicco. Esto provocó otra risa.

—Caray, te ves precioso allá abajo. ¿Así te enseñaron a pelear los enanos?

—No —dijo Gelbin haciendo girar la llave de tuercas entre sus dedos— así es como lucha un gnomo. Cuidado con la cabeza.

Se volvió y golpeó el seguro que mantenía el resorte en su sitio, un seguro sostenido por la infraestructura inferior. Éste se deslizó hacia abajo con un sonido metálico, permitiendo que el resorte latigueara para soltarse del eje, un borroso relámpago de acero afilado que silbó por toda la habitación mientras una reserva masiva de energía acumulada se descargaba en cuestión de segundos. Gelbin sintió una tremenda ráfaga pasar sobre su cabeza y luego… calma.

Giró y miró hacia atrás. Los troggs seguían de pie, babeando. Sicco dejó escapar otra risita.

Tres cabellos solitarios que crecían en la corona de la cabeza de Gelbin cayeron lentamente frente a sus ojos.

Seguidos de las cabezas de todos los troggs en la habitación.

Y finalmente por el torso bisecado del traje de batalla de Sicco Termochufe. Con un chorro de vapor caliente, la parte superior se deslizó y cayó al suelo justo frente a Gelbin, deteniéndose boca arriba contra su pierna. El ocupante tragó saliva y parpadeó repetidamente.

Sicco estaba sorprendido.

Sicco estaba… confundido.

—M-mis piernas están en esa mitad, —dijo Sicco, apuntando hacia la porción del traje que aún se encontraba de pie.

El Manitas Mayor Gelbin Mekkatorque asintió y se inclinó para darle unas palmaditas en su hombro mecanizado.

—En efecto, amigo mío. Gracias al corte relámpago del resorte y a la cauterización por vapor debido a la ruptura del motor, el sangrado probablemente es mínimo. Me quedaría a ver si las ratas te encuentran antes que tus esbirros trogg, pero ya vi suficiente de ellos por un día.

—¿Vas a… vas a dejarme aquí?

—No mereces una muerte rápida Sicco. Mereces una existencia larga y miserable en un agujero oscuro rodeado de monstruos asquerosos.

Gelbin dio un paso hacia atrás con una sonrisa triste en su rostro. Extendió los brazos para abarcar la totalidad de Gnomeregan. —De hecho, creaste tu propia prisión aquí mismo. Mejor que cualquiera que yo pudiese construir para ti. Ciertamente me superaste en esta ocasión, felicidades.

Sicco Termochufe parpadeó. Tartamudeó. Gelbin disfrutó la rara oportunidad de mirar a su enemigo con aire de superioridad. Podía escuchar el sonido de más troggs aproximándose por la abertura y sabía que era tiempo de marcharse.

—Además, si sobrevives, no puedo pensar en alguien mejor para dirigir a estas bestias que uno de los suyos. —Se inclinó y olfateó la parte superior de la cabeza de Sicco, frunciendo la nariz con disgusto.

—Disfruta tu tiempo en prisión, amigo mío. Tu sentencia ya casi termina.

Con eso, Gelbin dejó su estudio para dirigirse a Nueva Ciudad Manitas, dejando a Sicco solo, indefenso y perfectamente bisecado en la oscuridad.

La infestación continuaba y limpiarla iba a tomar tiempo y esfuerzo. Había aumentado la prioridad de un exhaustivo trabajo de sanitización en estos apestosos pasillos y el Manitas Mayor ya estaba considerando planos para una distribución mucho más abierta. Era tiempo de efectuar una remodelación en este “agujero oscuro” —una que ni los titanes podrían imaginar— no sólo para regresar a la ciudad a su previa gloria, sino para convertirla en algo mucho mejor, más brillante; más adecuado para los gnomos de Azeroth. Gelbin se quitó sus nuevos lentes y suspiró, tocando los costados de su nariz. Unas cuantas actualizaciones, unas cuantas mejoras; podría acostumbrarse después de todo.

Battle For Azeroth
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