Genn Greymane:Señor de su Manada
James Waugh

—Nunca aceptes la mano de otro hombre, hijo… —dijo el rey Archibald Greymane, cuyo robusto cuerpo ahora era una distorsionada silueta en contraposición al brillo menguante del crepúsculo. —Siempre es mejor permanecer de pie por ti mismo, es lo que separa a los grandes de los débiles.

Su hijo Genn, de sólo siete años de edad, retiró su mano extendida. Estaba sentado con las piernas cruzadas sobre las frías piedras de las fortificaciones recién construidas. Éstas eran un impresionante testimonio del poderío de la nación, sin embargo, Genn no las consideraba tan imponentes como el hombre que se encontraba de pie frente a él.

—¿Crees que todo esto fue edificado pidiendo ayuda a los demás reinos?

Las torres industriales de la ciudad de Gilneas dominaban el panorama que se extendía abajo. De cierto que era una vista magnífica, enormes tejados, calles empedradas, tiendas, fábricas y columnas de humo; una ciudad que tenía la vista en el futuro y en el potencial de su gente.

—Cuando yo era un joven príncipe como tú, mi padre jamás hubiera soñado esto. Sin embargo, soñé y emprendí mi propio camino. Míranos ahora… Todo esto fue llevado a cabo sin aceptar la ayuda de los de Ventormenta, ni de rogarles a los de Lordaeron; ciertamente tampoco nos postramos ante la arrogancia orejilarga de esos semi-humanos de Quel’Thalas.

Genn había escuchado las historias de Gilneas antes de que Archibald llegara al trono. Ciertamente era una nación que no tenía siquiera una fracción del poder que eventualmente alcanzaría.

—Ahora levántate, muchacho. Levántate y no me pidas ayuda de nuevo, porque todo esto será tuyo. Llegado el momento, deberás estar preparado.

—Es tuya padre, Gilneas siempre será tuya.

Archibald sonrió y su tono adquirió un matiz más suave. —No, hijo. Los príncipes se convierten en reyes y los días se vuelven noches. Tal es el devenir de las cosas… Ahora ven, me atrevo a decir que siento frío en el aire. Es hora del banquete, creo que esta noche habrá jabalí rostizado.

Genn se incorporó rápidamente. El suculento jabalí cardopresto, preparado por alguien que Genn consideraba el mejor chef de todo Azeroth, era su cosa favorita bajo las dos lunas.

—¿Crees que habrá manzanas en salsa para acompañar la cena, padre?

—Si quieres manzanas en salsa, muchacho, habrá. Ese también es el devenir de las cosas para los reyes y sus descendientes.

Al son de esas palabras ambos descendieron de las fortificaciones, mientras los últimos vestigios de luz de día cruzaban el cielo magullado.

El navío de transporte de los elfos de la noche se mecía en un mar cada vez más violento. Con cada vaivén nauseabundo, las ancestrales tablas de madera que dieron forma al imponente casco del buque milenios atrás dejaban escapar agudos crujidos.

En uno de los mohosos camarotes, el rey Genn Greymane abrió los ojos. Los recuerdos enconados de su juventud aún le atormentaban por razones que no alcanzaba a comprender. Eso no era lo único, corrientes de sucesos pasados fluían por su mente, ahogando sus pensamientos; como si intentaran comunicar un mensaje que era incapaz de dilucidar. La memoria era misteriosa, mágica incluso, quizá más extraña y poderosa que las imponentes energías arcanas que esgrimían los magos encapuchados de Dalaran.

Intentó sentarse, pero se vio forzado a recostarse de nuevo. Le dolía el cuerpo a causa de la batalla reciente, aquella que libró por su reino y perdió.

Respiró profundo pese al malestar y cerró los ojos. Las imágenes regresaron con violencia. Una copa emitiendo sonidos metálicos al chocar contra un suelo de piedra, banderas de Gilneas colgando orgullosas de una pared, su ahora difunto hijo, sangrando de la boca y en brazos de Genn.

—Déjeme ayudarle, Lord Greymane. Ha sufrido mucho durante estos atribulados días.

Genn abrió los ojos de inmediato. Frente a él se encontraba extendida la mano morada de un elfo de la noche. Las palabras de Talar Garra de Roble tenían un tono suave, pero Genn sabía que no debía confundir su gentileza con debilidad.

Talar era alto y vestía una ornamentada armadura de cuero, así como togas de seda de un color que Genn no había visto antes, azul, quizá verde; no podía discernir cuál. Hermosas plumas colgaban en borlas del bastón que sostenía con la otra mano.

Genn miró la mano extendida por un instante.

—Este viejo rey no necesita tu ayuda, ni la de nadie más, para levantarse de la cama, Talar Garra de Roble; es algo que aún puedo hacer yo solo. —Genn se incorporó, dando la bienvenida a la oleada de agonía que salpicó su espalda.

Talar percibió el gesto de dolor de Genn e intentó no mostrar su frustración antes de hablar de nuevo. —Traigo malas noticias, honorable rey. Se le necesita en cubierta… ¡Aún estamos en peligro!

El fuego de las antorchas danzaba, distorsionando las sombras proyectadas en las paredes de granito de las habitaciones para huéspedes reales de Lordaeron. Genn y varios de los nobles más influyentes de Gilneas viajaron para responder al llamado de emergencia que el rey Terenas envió a los señores de Azeroth. Sólo habían pasado unas horas desde que se enteraron que Ventormenta fue conquistada por la Horda de orcos, así como de los tiempos funestos que parecían avecinarse. Luego de una cena cortés con los diversos reyes, Genn se retiró a sus aposentos para hablar con sus compatriotas. No tomó mucho tiempo para que empezaran las discusiones.

—Estos malditos gozques verdes podrían llegar hasta nuestras puertas si no actuamos, Lord Greymane. Deberíamos unirnos a esta Alianza y hacer todo lo posible antes de que los monstruos arrasen las tierras de los demás reinos y lleguen a las nuestras.

Lord Crowley era un hombre inteligente, más joven que Genn, pero no tan refinado en ciertos aspectos de la política. Sin embargo, muchos creían que era un noble con un futuro brillante. Expuso su caso a los lores sentados alrededor de la mesa con un fervor que pocos, salvo el mismo Greymane, poseían.

—Ciertamente entiendo tus temores Crowley, pero estos… orcos, como se les ha llamado, no han llegado cerca de nuestras tierras. Tampoco se ha derramado una sola gota de sangre de nadie de Gilneas. Me duele la situación de Ventormenta, así como lo que padecen el joven príncipe Varian y este héroe, Lothar; en verdad que sí. No obstante, ¿he de enviar a mi gente a un destino similar? ¿Vale la pena sacrificar la vida de alguien de Gilneas por algo que no le afecta en lo absoluto?

Genn era vehemente. Los orcos constituían una nueva y extraña amenaza, pero estaba casi seguro de que su gente no necesitaría ayuda para contenerlos; eran salvajes después de todo, semi-entidades, monstruos.

—Señor, como ha descrito, las demás naciones parecen estar ansiosas por cooperar. Si Trollbane, Perenolde y los otros se unen a la causa, no entiendo cómo podemos llamarnos vecinos o amigos si no hacemos lo mismo, —prosiguió Crowley.

Genn comprendió por qué le querían tanto. Sus palabras eran vigorosas y no contenían ni un ápice de política, sólo era un hombre preocupado por los demás. Genn lo respetaba sin importar lo equivocado que estuviera. Crowley no podía entender la insensatez de su simpatía, ni lo que podría resultar de la misma. Tampoco comprendía que era necesario considerar primero a su gente; era joven y relativamente nuevo entre la nobleza.

—Mi padre nunca consideró que el futuro de nuestra gente debería sujetarse al camino que eligiesen Lordaeron, Stromgarde o Alterac. Algunos son fuertes, Lord Crowley, otros débiles; así son las cosas. Nosotros los Gilneos somos fuertes y tenemos que velar por nuestra manada antes que nada.

Genn los había convencido y veía cabezas asintiendo. Podía ver a los nobles imaginando los primeros reportes del frente y los lamentos de las madres que perdieron hijos. De hecho, los veía considerando el costo en vidas que traería la petición de Terenas y Lothar.

En ese momento, una voz tranquila se escuchó en el fondo.

—Por otra parte, mi señor, para preservar las relaciones que tenemos con nuestros reinos vecinos, y que las rutas comerciales y tarifas permanezcan estables, quizá valga la pena enviar un pequeño destacamento militar; demostrando así lo que un puñado de tropas de Gilneas es capaz de lograr. Nuestra milicia fija se encuentra lista para atacar a cualquier enemigo que invada la periferia, usémosla.

Su nombre era Godfrey. Genn confiaba en su consejo, pero siempre sospechó de sus ambiciones. La moción que planteaba no provenía de la empatía como en el caso de Crowley, sólo era una inteligente maniobra política que aseguraba la fama de Godfrey; comandante de dicha milicia fija. Sin embargo, tenía razón en algo. El comercio y las tarifas proporcionaban importantes ingresos al reino; arriesgarlos no sería prudente.

—Es una vía que no carece de mérito, mi señor, —agregó el barón Ashbury, quien era uno de los amigos más leales de Genn. Su padre, Lord Ashbury I, ayudó a Archibald a edificar la nación y éste último siempre aconsejó a Genn que confiara en la lealtad de los Ashbury hacia la corona.

—Lo consideraré, Godfrey.

Genn y Talar subieron apresuradamente por la escalera serpentina que conducía a la cubierta; un sentimiento de urgencia permeaba el aire. Aún así, Genn estaba sorprendido de lo elaborados que eran estos navíos élficos. Tanta labor artesanal incorporada a cada detalle funcional. La enormidad de la nave y sus múltiples niveles sobrepasaba, incluso, el ingenio de su propia gente.

—Parece que los Gilneos son bastante necios, Lord Greymane. —Las frustraciones de Talar habían aumentado durante las últimas 24 horas.

—Es una cualidad que siempre hemos admirado, buen druida.

—Sí, eso veo.

—Has sido muy cortés, Talar, sin embargo preferiría que dijeras lo que piensas en realidad. He sentido gran sospecha de tu parte desde que nos conocimos. Por favor concédeme el honor de sacarlo.

—Me disculpo si así parece. Yo… Azeroth se encuentra en grave peligro, su majestad. Me temo que es una época que no sobreviviremos a menos que nos mantengamos realmente unidos… Usted es un regente que decidió segregar a la totalidad de su reino del resto del continente, un rey que ignoró las solicitudes de ayuda a lo largo de los años. Soy un druida, creo en la interconectividad de todas las cosas, ya que así se encuentra constituida la naturaleza; un ecosistema. Sus decisiones son… extrañas para mí.

—Te debo mucho a ti y a tu gente, Talar. Quizá nuestras diferencias sean enormes, pero no dejes que nos dividan.

Talar inclinó la cabeza gentilmente. —No sucederá tal, el Archidruida Stormrage considera que usted y su gente se convertirán en miembros valiosos de la Alianza. No soy nadie para cuestionar su sabiduría.

—¿Miembros valiosos de la Alianza? —Dijo Genn sorprendido—. Le debemos mucho a tu gente, eso es cierto… pero no puedo ofrecerte ni a ti, ni a tu líder, la certeza de que podremos, o no, participar en los asuntos de tu noble Alianza como miembros de importancia.

—Es desafortunado escucharlo, pero eso es mera política. El día de hoy debemos preocuparnos por sobrevivir.

En el exterior, la luz era escasa. Tenues rayos se asomaban entre las nubes, sólo para ser devorados por el horizonte oscuro. El fresco aire salado llenó la nariz de Genn y se escuchó el ruidoso graznar de las gaviotas en la lejanía.

Docenas de humanoides violetas iban y venían, haciendo todo lo posible con la finalidad de preparar su navío para lo que parecía ser una brutal tormenta. Sin embargo, Genn podía ver a los suyos entre el barullo. Piel rosada y, por supuesto, los huargen; hombres y mujeres con forma lupina que no deseaban acatar las peticiones de sus rescatadores.

—Como puede ver, majestad, desean formar parte de los preparativos y hacen caso omiso de nuestras órdenes. Me ignoraron cuando estipulé que todo aquel que no fuera marinero dejase la cubierta.

Cerca de la proa, Genn vio como dos Centinelas, hermosas mujeres guerreras, intentaban impedir que un huargen siguiera trabajando en las líneas de las velas; no marchaba bien. El hombre lobo empujó a un tercer marinero elfo de la noche, furioso de que trataban de sacarle de ahí.

—Debe entender que nuestra misión no era llevar de regreso a Darnassus a la población restante de una nación, sino ofrecer ayuda con los huargen. Estamos operando al límite y mire hacia allá, esto no es una mera borrasca. Es posible que pronto enfrentemos el mayor obstáculo hasta el momento, —prosiguió Talar.

—Está bien, Talar.

En el océano, alrededor del navío, había varios buques de los elfos de la noche. Genn sabía que en uno de ellos, en el Resplandor de Elune, se encontraban su esposa, Mia, y su hija, Tess; su familia. Le parecía extraño pensar en su familia y no incluir a su hijo. Era mucho más agudo que cualquier dolor físico, mucho más que perder un reino.

—¡Los exploradores regresan! —Gritó el vigía desde su puesto, apuntando hacia el cielo sombrío.

Tres manchas negras se desviaron de la oscuridad de la tormenta que se extendía adelante. Poco a poco fue posible verles más claramente, ya no eran puntos, sino cuervos de tormenta volando a gran velocidad hacia Talar; sus fuertes graznidos una cacofonía de urgencia y, según notó Genn, miedo.

Luego, los enormes cuervos se transformaron. Genn aún no se acostumbraba a ver esto. Había escuchado que algunos de los campesinos de Gilneas seguían la senda de los druidas, pero sólo recién lo vio en persona. Las formas de las aves se contorsionaron y se tensaron, sus anatomías regresando a formas más naturales; druidas kaldorei, dos hombres y una mujer.

El pánico se encontraba escrito en cada uno de sus rostros.

—¡Hay que ordenar a los buques que actúen de inmediato! —Dijo la druida.

—La tormenta… es… es distinta de lo normal. La acompañan olas cuyo tamaño es de tres veces el de un gigante… El mar hierve con los restos de navíos despedazados, —dijo uno de los druidas. Intentaba mantener la compostura a como diera lugar, pero su terror era aparente.

—Me lo temía, —dijo Talar—. Vayan, apresúrense a advertir a los capitanes. Los barcos solitarios no sobrevivirán, díganles que debemos formar una flotilla de inmediato.

Sin dudarlo, los druidas asumieron de nuevo la forma de cuervo de tormenta y se dispersaron en dirección a los demás buques. Genn vio el océano agitado y las nubes negras que manchaban el horizonte. No era un marino, pero la situación, aún pese a su limitado conocimiento náutico, parecía severa.

—Todavía estamos a la sombra de ese maldito dragón negro, —dijo Talar—. Era la mayor cantidad de emoción que Genn le había visto expresar desde aquellos días en que apenas escaparon de Gilneas. —Este cataclismo… el mundo aún se estremece y las tormentas han desgajado los océanos…

—Alamuerte el Destructor es un monstruo, de eso no hay duda… pero imaginar que esa bestia provocó este gran cataclismo… que las réplicas persisten por su culpa… yo sólo…

—Créelo, Genn Greymane. Como dije, nos encontramos en los tiempos más lóbregos. Si sobrevivimos, las preocupaciones de Gilneas no son más que el principio. Ahora, haz que tu gente se refugie bajo cubierta. Mi tripulación debe trabajar con precisión, sin distracciones. Ordena a los tuyos que obedezcan en todos los navíos. —Talar ya había comenzado a hacer señas con el brazo a los marineros que se encontraban en el puente.

—Podemos ayudar, Talar. Mi gente es capaz… querrán ayudar en el salvamento de sus propios pellejos.

—¡No hay tiempo para discusiones! Preferiría que sus pellejos, como has dicho, no terminen en el fondo del Mare Mágnum como alimento para los naga. En esta situación, en nuestras naves, Gilneas debe cooperar.

La lluvia llegó en capas. Chorros de líquido descendieron con fuerza sobre la tripulación y el mar comenzó a levantarse. Genn se dio cuenta de que no era el momento, ni el lugar, para que su gente discutiera. Era una situación donde tendría que poner sus destinos en manos de los kaldorei.

Los vientos aullaron cuando, aparentemente de la nada, una ola masiva chocó contra el casco, sacudiendo el imponente navío y provocando que humanos, elfos de la noche y huargen se tambalearan por toda la cubierta. Genn resbaló, se agarró con fuerza de una línea de mástil, e hizo todo lo posible para mantenerse en pie. Esta tormenta, este tsunami, llegó mucho más pronto de lo que los exploradores habían predicho.

Era difícil ver qué había frente a él, la lluvia oscurecía todo. Podía escuchar los gritos de su gente mientras discutían con los elfos de la noche.

Genn proyectó su cuerpo hacia adelante y comenzó a gritar órdenes a su gente.

—¿Qué pretende hacer qué cosa? —Godfrey le miró a través de anteojos tan gruesos como un cubo de hielo. Las repercusiones de lo que acababa de escuchar eran, de cierto, considerables. Se antojaba adecuado que estuvieran en el cuarto de guerra.

—Ya me oíste, Godfrey.

—¿Quiere sellar nuestra nación entera con una muralla? ¿Cerrar las fronteras y dar por terminado el comercio con el resto de la Alianza? Yo… ¿no cree qué es una decisión fuerte?

—¡Seguí tu consejo y el de Crowley; mira dónde estamos! Gilneos muertos, despedazados por esos desgraciados verdes y ahora la Alianza, oh, esta ‘Alianza’ que tenías la certeza de que sería benéfica para nuestra gente… quieren más y más cada día. Toman y toman, ¿pero qué recibimos a cambio? ¿¡Dónde está la magna reciprocidad de la que ambos estaban tan seguros!? Ahora quieren que les enviemos oro para esa fortaleza… Nethergarde… ¿qué es lo que tal sitio tiene que ver con Gilneas, con mi gente? —Genn no estaba de humor para que lo contradijeran.

Godfrey miró el mapa desgastado que se encontraba sobre la mesa de roble antiguo y levantó su copa de vino. Sabía que era mejor dejarlo ahí, Genn era un rey decisivo al igual que su padre.

Godfrey tomó un buen trago de vino —rojo de Kul Tiras— y cayó en la cuenta, mientras lo paladeaba, que ésta bien podría ser la última vez que disfrutaría del vino producido en dicha isla nación. Al final habló.

—No digo que sea un curso equivocado, sin embargo, considero que…

—Aceptamos la mano de la Alianza, le dimos nuestro apoyo y mira lo que recibimos a cambio; cosechan los beneficios de nuestras contribuciones mientras nuestra nación se empobrece… Había orcos… bestias salvajes; sangrientas. Los viste, así como de lo que son capaces… Ahora Terenas quiere más de nuestro oro, quizá más de nuestra sangre. ¡Yo digo que no! Las palabras de Genn parecían provenir de alguien que había recibido una visión.

—La muralla tendrá que pasar sobre las tierras de alguno de los nobles. Es necesario que tenga eso en mente. Ninguna de nuestras fronteras naturales sirve para tal propósito, todas son más bien flexibles.

—¡Lo tengo bien claro! Quién sea recibirá compensación, así como los granjeros y ciudadanos de sus dominios.

Godfrey tomó otro sorbo de vino. Su mente trabajaba a gran velocidad, calculando sus opciones y estudiando el mapa; se reclinó en su silla.

—El mapa parece indicar que sugiere el reino de Lord Marley como posibilidad… Sin embargo, observe el terreno, mi señor… Justo aquí tenemos esta región montañosa. Qué gran defensa sería, con montañas a cada lado a modo de barrera natural.

—Lo que dices es cierto.

—Claro que para lograrlo, será necesario dividir las tierras de Lord Crowley; particularmente Bosque de Piras y Molino Ámbar.

—Yo también pensé en ello, un rumbo factible pero… Crowley es poderoso y muy influyente, quizá tanto como tú Godfrey. Cabe la posibilidad de que no tome la situación a la ligera.

—Eso… es muy cierto, sin embargo, tiene que entender las razones detrás de tal elección; es lo mejor para Gilneas. Cualquiera puede ver que constituiría una barrera impenetrable, —prosiguió Godfrey, bebiendo su vino mientras esperaba la reacción de Genn.

—Vaya que sí, Godfrey. Asimismo, eso haría de tu reino el más valioso desde una perspectiva estratégica, ya que sería la zona que nos conectaría con el exterior. Poseerías el reino más cercano a la muralla.

—Mi señor, esto sólo tiene que ver con la ubicación; con Gilneas. Espero que no crea…

—Para, Godfrey. Tienes razón, lo veo claramente… sean cuales fueren tus motivos, viejo amigo.

—Señor, yo…

—Edificar la muralla en esas montañas, con las tierras de Punta Norte como intermediarias, garantiza nuestra seguridad. Acepto tu lógica. Lord Crowley… Darius tiene que entender.

Godfrey se terminó el contenido de su copa y rápidamente se sirvió otra. Sabía que necesitaría una buena reserva de vinos y cervezas en los años venideros. Sin embargo, el día de hoy, y como dicen en los climas tropicales cerca de la Bahía del Botín, “hizo de limones, limonada”. Tuvo que aguantarse las ganas de sonreír.

—Hay que convocar una reunión de nobles de inmediato, —dijo Godfrey mientras se levantaba—. Ésta es la senda correcta mi señor, aunque quizá precaria.

—Eso lo sé… —Genn parecía estar hipnotizado por la danza de la vela encendida. Miró con anhelo, como si soñara con un futuro presente dentro de esas llamas—. Pero imagina, sólo imagina lo brillante que será nuestro futuro cuando estemos libres de toda interferencia; sólo imagina.

Los barcos luchaban contra el romper de las olas, meciéndose unos contra otros en formación organizada. Los marinos elfos de la noche se apiñaron hacia la proa y la popa de los barcos, lanzando cuerdas a la tripulación de los navíos contiguos.

La idea era clara. Si los buques podían formar una flotilla masiva, permaneciendo cerca unos de otros, tendrían mayores probabilidades de rechazar la brutal tormenta; a diferencia de las que cada barco tendría de manera individual.

—¡El grupo de la retaguardia ha recibido daño severo en sus mástiles, señor! —Gritó uno de los marineros—. Talar se dirigió rápidamente hacia la parte posterior del puente para echar un vistazo.

—Hey, Talar… ¿Dónde está el Resplandor de Elune? ¿Acaso no se encuentra con el grupo de la retaguardia? —Preguntó Genn, subiendo rápidamente por los peldaños empapados del puente del barco.

Talar titubeó. —Correcto, aún no sabemos que fue de él. —Talar apuntó un elongado dedo color lavanda hacia la derecha. Genn entrecerró los ojos y notó, entre el aguacero, las vagas siluetas de dos navíos. Uno de ellos estaba dañado y el otro lo remolcaba.

—Elfo de la noche, tu catalejo, ¡ahora! —Sin advertencia alguna, Genn se lo arrebató al marinero.

Al mirar por el lente, Genn pudo ver con claridad las figuras y su temor fue confirmado. El Resplandor de Elune guiaba a un barco dañado que tenía el mástil roto; cuyas velas se encontraban regadas por la cubierta.

—¡Prepárense para impacto! —Gritó el vigía desde su puesto, pero la advertencia llegó demasiado tarde. El mundo desapareció debajo de Genn y tanto él como los demás quedaron flotando en el espacio restante. El catalejo salió disparado, rebotando hasta desaparecer bajo cubierta, la cual ahora se inclinaba hacia arriba.

Por un momento sólo existía el fresco y salado batir del océano… así como el dolor provocado por el choque entre cabeza y madera; seguido de rodar por la cubierta antes de la caída.

El dolor trajo de vuelta las imágenes. Una copa rodando por el suelo de piedra, el rostro de Liam.

¡BAM! El barco descendió y chocó contra el mar con tal fuerza que los oídos de Genn comenzaron a zumbar.

Poco después escuchó un crujido y miró hacia arriba. La sobremesana se partió a causa del impacto y se desplomó sobre la cubierta. Siguieron los gritos nerviosos de los marineros, quienes hacían lo posible para asegurar que el creciente flujo de agua fuera expulsado del barco.

—Esa ola debió medir 25 metros. ¡No aguantaremos otra embestida igual, señor! —Gritó un golpeado marinero mientras se incorporaba. Genn hizo lo propio, tratando de recobrar el equilibrio; zumbidos huecos aún taladraban sus oídos. La ola se dirigía hacia los navíos en el horizonte… hacia el Resplandor de Elune y el buque que remolcaba.

—¡Mia! ¡Tess!

Antes de que pudieran hacer cualquier cosa, la ola chocó contra los navíos que se desplazaban pesadamente. Genn sintió que el tiempo se detenía.

Los dos barcos de transporte chocaron el uno con el otro y volaron tablas de madera como si fueran astillas de un árbol que estaba siendo aserrado. Era como si el océano hubiera abierto su enorme gaznate e intentara devorar todo lo que había alrededor; inhalando el barco dañado y dejando al Resplandor de Eluneen pésimas condiciones y a la deriva.

—¡Por la Luz! Exhaló Genn. Sus palabras poco más que un suspiro; casi como una suave e impotente oración.

La otra nave se desvaneció antes de que Genn tuviera la oportunidad de parpadear, dejando solo al Resplandor de Elune mientras el océano intentaba hundirlo lentamente.

—Traigan los esquifes… desplieguen los barcos salvavidas. ¡Debemos intentar un rescate! —Talar gritaba, sumido en un concentrado frenesí.

—¡Pero la tormenta sigue crispando las aguas, Talar! ¡Ola tras ola! —Gritó un marinero. Las palabras se incrustaron en los oídos de Genn, los cuales aún zumbaban.

—Siguen avanzando, mi señor, ¡ola tras ola! ¡Su avance… no cesa! Yo… No hay mucho que podamos hacer.

El capitán de la guardia no podía ocultar su terror, se encontraba boquiabierto y miraba fijamente hacia abajo. Genn, el adolescente Liam, el capitán y el infame archimago real conocido como Arugal, se encontraban de pie en una de las tantas fortificaciones de la muralla Greymane.

Abajo había un océano de cuerpos no muertos, centenas de criaturas arácnidas y monstruosidades masivas, cuyos cuerpos parecían haber sido confeccionados al coser las pieles de cadáveres podridos. La raíz de esta nigromancia maligna era difícil de determinar, pero no así su origen; Lordaeron. La ciudad que semanas antes había pedido ayuda a Gilneas y que le fue negada.

—Por la Luz, mírenlos. Son… son tantos. —A Genn le sorprendía lo que veía. La luz de la luna se reflejaba en la golpeada armadura de las figuras esqueléticas y sus gemidos, persistentes e implacables, hacían eco. Los no muertos avanzaban con un objetivo claro, abrir un boquete en la muralla.

Los soldados de Gilneas que se encontraban afuera se mantuvieron firmes. Disparaban flechas encendidas contra la muchedumbre, que dejaban estelas de luz hasta alcanzar a sus objetivos. Pero tan pronto como uno de los no muertos comenzaba a arder, surgía otro para reemplazarle.

—Esto no tiene fin, señor. Hemos estado así por días y… dudo que podamos aguantar mucho más. Aún nuestra imponente muralla cederá ante infinidad de números. —El capitán estaba muy nervioso, había visto mucho horror últimamente, cosas que ningún hombre debería ver jamás; cosas que ningún hombre podría olvidar.

—¡Contrólate, eres un Gilneo! ¿Dónde está tu orgullo? Claro que la muralla aguantará y obviamente sobreviviremos, aún a esto. —Genn fue severo, tenía que mostrar liderazgo a toda costa, ser el señor de su manada; el corazón palpitante de Gilneas.

Miró hacia el exterior, escuchando los lamentos que provenían de abajo, viendo a sus hombres perder terreno y replegarse hacia la pared. Se preguntaba qué es lo que habría hecho su padre en tal caso; tenía que haber una solución.

—Padre, debiste… debiste escucharme.

Genn se volvió hacia la voz sin poder creer lo que escuchaba. Liam, su propio hijo, le cuestionaba de nuevo, aquí, frente a todos, mientras él hacía todo lo que podía para inspirar a su gente.

—¡Éste no es el momento, muchacho! No ahora. —Los ojos de Genn brillaban con furia.

Genn miró al archimago que se encontraba de pie junto a él. Arugal, un misterio perpetuo. Aún en la situación actual no mostraba emoción alguna, ni miedo, sólo la mirada tranquila y calculadora de alguien que analizaba con interés los cadáveres reanimados. Tal era el camino de aquellos que dedicaban sus vidas a lo arcano. Genn nunca conoció mago a quien pudiera llamar empático.

—Maestro mago…

—¿Sí, mi señor? Las palabras de Arugal frías y entrecortadas. Su mirada devoraba el panorama que se extendía abajo.

—Lleva a cabo lo que hablamos, ¡sólo hazlo!

Arugal inclinó ligeramente la cabeza y una extraña sonrisa se formó en su rostro, como si fuera un niño que acababa de recibir un nuevo juguete. —Será hecho, mi señor.

Con esas palabras se desvaneció, dejando a Genn, Liam y al capitán en compañía de los horribles sonidos que provenían de abajo: el choque de acero contra armaduras, los gemidos continuos de los no muertos y los alaridos de los soldados moribundos de Gilneas. Genn consideró brevemente lo que acababa de hacer. Había visto a los hombres lobo, los huargen, que Arugal invocó. Eran bestias peligrosas y más de éstas podrían presentar un riesgo. Sin embargo, eran tiempos desesperados, quizá se necesitaban monstruos para derrotar monstruos.

La flotilla estaba recibiendo la peor parte de la tormenta. Olas gigantescas golpeaban a los barcos pero, gracias a la fuerza combinada de la resistente madera y los remaches de acero de una flota entera, éstos se mantenían firmes. Cuando alguno de los navíos recibía daño, era reparado al instante por los miembros de las tripulaciones combinadas.

Sin embargo, dicha flotilla no estaba protegiendo al Resplandor de Elune, ni a Mia o a Tess. El barco, o lo que quedaba de él, continuaba deslizándose hacia las profundidades.

Cuatro barcos salvavidas salpicaron al chocar con las aguas del océano, blancas y espumosas debido a las olas y a la lluvia; un profundo contraste con el cielo de nubes ónice. Varias Centinelas descendieron a los esquifes por medio de escaleras de cuerda, sus afilados glaives enfundados en los tahalíes que llevaban a la espalda. Genn siguió a Talar hasta llegar a estribor.

—Talar… Tengo que acompañarte, —suplicó Genn.

—Rey Greymane, es mi deber llevarle a usted y a su gente a Darnassus en una pieza. —Gritó Talar por encima de los crepitantes truenos y brutales vientos. —No puedo arriesgar su vida también. Es una tarea peligrosa, razón por la cual, como líder de esta expedición, debo ser yo quien la lleve a cabo. Me niego a poner en peligro a más de un puñado de mi propia gente… Le prometo que haré todo lo que esté en mi poder para traer de regreso a su esposa e hija.

—Son todo lo que tengo, Talar. Debo…

—¡Debe quedarse! —Talar descendió por la escalera de cuerda hasta llegar a uno de los botes. Éstos comenzaron rápidamente su avance en dirección al Resplandor de Elune y los pequeños puntos morados y rosados que flotaban en el mar; agitando los brazos.

Genn observó como los esquifes danzaban sobre la irregularidad de las olas. No, no podía quedarse, simplemente no podía. Era su familia y les debía mucho. Aún ahora, con su mundo hecho trizas, y a pesar de todas las decisiones estúpidas que tomó, Mia y Tess todavía creían en él y le apoyaban. Aspiró profundo y dejó escapar un rugido. Podía sentir el cambio, la expansión de su cuerpo, el crecimiento de su cabello y el modo en que su rostro se extendía en un canoso hocico.

Completó su transformación con un aullido ensordecedor, arqueando la espalda y levantando los brazos hacia el cielo. Era un huargen, uno de los hombres lobo que hace tantos años pidió a Arugal que invocara; uno de los hombres lobo quienes, junto con los Renegados, destruyeron inexorablemente su nación. Sin embargo, esta forma le proporcionaba mayor fuerza y velocidad, la maldición que le afligía tenía sus ventajas.

Corrió hacia estribor a toda velocidad. La cubierta mojada no afectó su balance y sólo tenía un objetivo. El instinto animal surcaba sus venas y su mente estaba decidida a llevar a cabo este único acto, nada más. Cuando llegó al barandal, saltó.

Talar se volvió con violencia al escuchar el aullido. Arriba de él, descendiendo a gran velocidad sobre su bote salvavidas —una figura imponente en contraste con la lluvia—, se encontraba Greymane.

Greymane cayó perfectamente de pie, mirando al druida a los ojos. Las Centinelas a su izquierda y derecha desenvainaron sus glaives de manera instintiva, listas para atacar.

—En asuntos relacionados con mi familia, he de actuar. —La voz de Genn era salvaje, estremecedora.

Talar hizo un gesto para que las Centinelas se detuvieran. —Qué hombre tan necio. —Pero asintió al cabo de un momento.

Los botes salvavidas continuaron su camino hacia el barco que se iba a pique. El Resplandor de Elunegemía, su madera se astillaba y su casco comenzaba a reventar; la proa ahora apuntaba hacia el cielo.

—¡Hey! ¡Ayuda!

—¡Por la Luz, por favor, por favor sálvenme!

—¡Hermano druida, ayuda!

La gente de Gilneas y los kaldorei intentaban mantenerse a flote con todas su fuerzas, agitando los brazos y pataleando frenéticamente.

Las Centinelas en los botes agarraron a los sobrevivientes por los brazos y los sacaron del agua. El bote de Talar y Genn continuó en dirección al severamente dañado barco de transporte. Había sobrevivientes en la parte superior; en la proa. Sus gritos se perdieron entre los sonidos que les envolvían, lluvia, vientos aullantes, el crujir del navío. No eran muchos, al menos no tantos como deberían ser, y Genn lo notó al instante. Los demás quizá fueron devorados por el Mare Mágnum, o por las bestias que habitaban en sus eternas profundidades.

—¡Mia! ¡Tess! —Gritó Genn. Su visión era mejor en su forma de huargen, pero no podía ver a su familia en la cubierta. —¡Seguro aún están dentro! —Dijo—. Deben estarlo.

—Avancen hasta el barco, lancen las líneas ¡ya!

Las Centinelas a bordo del esquife lanzaron sus glaives, los cuales ahora contaban con resistentes cuerdas. Las armas ancestrales se clavaron en la cubierta y las cuerdas se desenrollaron, regresando a las fuertes manos de las guerreras.

—No están allá arriba. Si aún viven, deben estar adentro. —Sin esperar respuesta, Genn saltó del bote salvavidas y se agarró de los remaches que sobresalían del casco del buque. Luego trepó hasta llegar a una portilla que tenía el vidrio roto.

—¡Greymane, detente! ¡Los sobrevivientes siempre son conducidos a la proa o a la popa! Si aún viven estarán… —Pero era demasiado tarde. Genn ya había arrancado el marco de madera de la portilla e ingresado al interior del buque que se hundía.

—Idiota… Se ahogará. Si desea arreglárselas solo, que así sea, —murmuró Talar. Con esas palabras, se transformó en un enorme cuervo de tormenta y ascendió hacia el cielo gris, en dirección a la proa y a los sobrevivientes que en ella se encontraban.

En el interior del barco, un incendio despedía nubes de denso humo gris. Genn apenas podía ver, el calor era brutal y le costaba trabajo respirar. Todo se encontraba en ángulos imposibles, de cabeza. Los pasillos estaban torcidos y repletos de tablas quemadas, así como mobiliario carbonizado. Arriba, fuera del camarote, Genn pudo escuchar los gritos desesperados de los sobrevivientes.

—¿Mia?

Respiró profundo y permitió que la furia natural de su forma salvaje lo consumiera, para después salir corriendo apresuradamente del camarote hacia el pasillo lateral, entre llamas y la estructura decadente del barco.

—¿¡Tess!?

La gravedad le pesaba, cada movimiento era una lucha. Había cuerpos regados por los pasillos, varios de los cuales alguna vez fueron orgullosas guerreras Centinelas kaldorei. Algunas empaladas por estacas de madera, otras con aspecto cenizo, tomadas por sorpresa y cuyas miradas mostraban asombro digno; no esperaban morir de tal modo. Genn caminaba sobre las paredes volcadas y lo que debería ser el suelo se encontraba a su izquierda.

El humo flotaba hacia él, trayendo a su nariz el hedor de carne quemada; un olor familiar.

La ciudad de Gilneas ardía. El humo serpenteaba por las calles laterales y el fuego de los cañones hacía eco en el cielo. Genn se encontraba de pie en una de las fortificaciones, mirando hacia abajo. Era el mismo sitio donde, cuando niño, observó atardeceres anaranjados junto a su padre; admirando la gran ciudad y nación que algún día gobernaría.

Pero ahora esa ciudad se encontraba en peligro. Crowley había movilizado a sus hombres —los rebeldes de Punta Norte, como se hacían llamar— a través de las puertas. Para Genn eran terroristas y era necesario castigarles por su traición.

Crowley no aceptó la muralla de manera amable. Desafío a Greymane, e incluso prestó ayuda a la Alianza durante el conflicto ahora conocido como la Tercera Guerra; enviando a la “Brigada de Gilneas” para apoyar a Lady Jaina Proudmoore.

Genn intentó razonar con el orgulloso noble, de poner en claro que esta muralla era el futuro. Trató de explicar la razón por la cual ayudar a la Alianza era un error, aún cuando su propio hijo estaba en desacuerdo con él. Sin embargo, Crowley no veía la verdad en todo esto, e insistía en que sus actos velaban por el futuro de Gilneas y que pondría fin a la “tiranía” de Genn.

La guerra civil se apoderó de la nación; la capital ardía gracias a los ataques de la propia gente de Gilneas. El gran sueño de Archibald Greymane se desvanecía.

Genn giró bruscamente y comenzó a escalar por un pasillo que debería haber estado en posición horizontal. Se apresuró a llegar al punto de donde provenían los gritos de auxilio.

Arriba de él pudo ver brazos de color morado, extendidos entre los escombros que bloqueaban una puerta. Varias manos exploraban los restos que los mantenían atrapados, buscando con desesperación el modo de salir. Seguro era un grupo de marineros atrapados en un camarote de proa.

Genn no perdió tiempo. Usando su brazo derecho para propulsarse hacia el frente, se estiró y, con su mano izquierda, arrancó el marco de madera que se encontraba cubierto con una red; desplazando los desechos. Entre la madera doblada de los escombros pudo ver el rostro de un elfo de la noche, quien le miraba eufórico.

—¿Por la luz de Elune, de dónde saliste? —Exclamó una voz.

—Venimos a rescatarlos, —replicó Genn. Intentó tirar de los escombros, mas, sin éxito. No podría hacer esto él solo.

—Empuja con todas tus fuerzas, puedo sacarte de ahí si combinamos esfuerzos.

—Como digas, huargen.

Genn se concentró, intentando mantener los recuerdos fuera de su mente revuelta. Una copa que rodaba, vino regándose en el suelo de piedra; cual sangre. No otra vez, no podían distraerle ahora, no podían debilitarle aquí. Finalmente, tiró con fuerza mientras los elfos de la noche empujaban.

¡Crack! Los desechos cayeron y Genn se lanzó hacia la puerta. Un marinero elfo de la noche perdió el equilibrio, pero logró agarrarse de algo, ¡eran libres!

—Gracias, habíamos empezado a aceptar nuestro fin.

—Nunca aceptes cosas inciertas, elfo de la noche. Sígueme.

Rápidamente, varios de los marineros descendieron junto con él. Densas columnas de humo surgían desde el nivel inferior.

—¿Dónde están mi esposa e hija?

—¿Tus quiénes? —Preguntó un marinero con el rostro ensangrentado.

—Eres… el rey Greymane? —Inquirió otro de los elfos.

Greymane asintió.

—Sus aposentos se encuentran abajo, pero no las hemos visto. Un grupo de Centinelas tenía la consigna de conducirles hacia proa, pero…

—¿Pero qué?

—Nadie las ha visto, ni oído de ellas… estaban en las cabinas de estribor.

La mente de Genn recordó los golpeados cuerpos de las Centinelas que vio al entrar al barco. La imagen fue reemplazada casi de inmediato por otro terrible destello del pasado: un grupo de Centinelas en un charco de su propia sangre en Puerto Quilla, en Gilneas. Habían sido asesinadas por guardias de la muerte Renegados. Esos monstruos no muertos que servían a la reina Banshee se encontraban en contubernio con un culto rebelde de huargen, cuyo propósito era absorber las tierras de Genn.

Genn y los marineros apretaron el paso mientras avanzaban por los pasillos que comenzaban a caerse a pedazos. Le era posible sentir como el barco se hundía cada vez más. Sucedía rápido y con largos jalones. Mientras descendían, pasaron los cuerpos de las Centinelas caídas.

—Abajo y a la izquierda, los botes salvavidas esperan afuera de la ventana. ¡Ahora vayan! —Genn apuntó hacia el pasillo que conducía al camarote por el que había entrado.

—El camarote de tu esposa se encuentra abajo, cerca de los niveles de popa. Buena suerte y gracias, —dijo el marinero.

Genn se soltó y se dejó caer por el pasillo, a través del humo. Descender de ese modo por el interior del barco era un sentimiento bizarro. Asimismo, podía ver como el agua subía por el pasillo.

—¡Auxilio! —Era una voz de mujer y Genn supo al instante que pertenecía a Mia. Estiró un brazo y se agarró del umbral de una puerta para detener su caída.

—¡Estoy en camino, mi amor!

Genn avanzó con dificultad por el empapado pasillo. Agua espumosa se colaba por las portillas y apenas podía ver a través de la densa capa de humo y ceniza que oscurecía su visión.

—¡Esposo! —Gritó Mia. Estaba poco más adelante, sólo tenía que continuar avanzando.

—¡Resiste, no voy a perderte! —Ahora los recuerdos invadían su mente con mayor rapidez. De nuevo, imágenes quebradas del cuerpo herido de Liam en sus brazos, una copa rodando por el suelo en el cuarto de guerra, vino derramado. Genn opuso resistencia. —¡No, no ahora!

Conforme los recuerdos desaparecieron, derribó una puerta y entró a un camarote.

—¡Padre! —Tess, su hermosa hija, lo abrazó con fuerza. Detrás de ella estaba Mia, su pierna doblada hacia un lado, inflamada y morada; rota sin lugar a dudas. —Mamá… su… ¡su pierna está destrozada! No pude dejarla… Cuando el barco recibió el impacto, el tocador la golpeó y…

—Váyanse, ambos. Márchense, amores míos, mientras aún hay tiempo. ¡Por favor, sólo déjenme aquí! —Mia luchaba por mantenerse coherente pese al dolor.

—¡No voy a dejarte, madre!

—¡Jamás vamos a dejarte! Genn se apresuró a llegar al lado de Mia y la levantó cuidadosamente en sus brazos. Ella gritó por el dolor y el sonido desgarró el corazón de Genn; su pierna colgaba lánguidamente.

—Shhh… todo está bien mi amor, voy a sacarte de aquí; debes resistir. —Pese al dolor, ella le ofreció esa sonrisa característica que siempre iluminaba su rostro entero y arrugaba su pequeña nariz. La misma sonrisa que hizo que se enamorara de ella hace tantos años, cuando se conocieron en el banquete real celebrado en Aderic. Estaba entrando en shock a causa del dolor, pero su sonrisa aún era radiante. —Agárrate de mi espalda, hija, ¡debemos salir de aquí!

Tess se agarró con fuerza del robusto cuerpo de Genn y éste, con una claridad que no había sentido en días, cargó contra el humo, aferrándose a Mia con cada fibra de su ser. Los niveles estaban casi completamente inundados y el pasillo que conducía a la proa estaba sumergido. Se impulsó trabajosamente al frente y hacia arriba con un brazo, mientras Tess le ayudaba a sostener a su madre. De modo lento pero seguro, Genn avanzó junto con su familia.

—¡Rápido padre, el agua sube!

—Genn no miró hacia abajo, podía escuchar la urgencia de su tono y sabía que el agua los alcanzaría pronto. Verla no ayudaría en nada.

Al dar la vuelta en un corredor, pasaron los cadáveres de las Centinelas y se lanzaron hacia el camarote por donde había entrado Genn. Pero, antes de que pudiera dar un paso más, cayó sobre su estómago. Los gritos de su esposa e hija desgarraron sus oídos, pero fueron apagados por el sonoro crujir del Resplandor de Elune mientras se hundía. El tiempo no se encontraba de su lado y, con un último esfuerzo, corrió tan rápido como pudo hacia la salida.

Afuera de la portilla pudo ver los botes salvavidas pegados unos con otros, mientras recibían a los últimos sobrevivientes. Las corrientes hacían que los esquifes chocaran mutuamente y Talar mantenía un delicado balance en tanto que recibía a los individuos rescatados. Genn pudo ver que los marineros que salvó se encontraban con vida en los esquifes.

—¡Talar, la reina está herida! ¡Debes ayudarla a ella y a la princesa! —Gritó Genn, su voz abriéndose paso a través de la ventisca.

—Déjalas caer, yo las recogeré! ¡Podemos sanarla! —Gritó Talar de vuelta, impresionado de lo que estaba viendo.

Genn miró a la izquierda y a la derecha. Estas dos mujeres eran lo único por lo que valía la pena vivir. Sin nación, ni hijo. Eran su todo. —Amor mío, esto va a doler terriblemente cuando caigas. Si me fuera posible impedirlo, lo haría. Debes ser fuerte.

—Puedo soportar cualquier dolor si te encuentras cerca de mí, esposo. Te amo… siempre. Ahora, suéltame.

Genn sonrió y la soltó por la portilla; hacia el océano. —Tess, debes irte, ¡ayuda a tu madre!

Tess le ofreció una sonrisa torcida, lágrimas en sus ojos. Salió por la portilla y saltó al mar.

Ambas mujeres alcanzaron la superficie rápidamente, jadeaban y agitaban los brazos. El esquife de Talar se emparejó con ellas, mientras las Centinelas las ayudaban a subir a bordo.

Aliviado y orgulloso de lo que acababa de hacer, Genn comenzó a salir por la portilla. Sin embargo, antes de que pudiera lograrlo…

¡Whooooosh!

Talar sintió una especie de vacío que se originaba abajo. Los esquifes se torcieron y chocaron unos contra otros. Como si una gran fuerza jalara desde las profundidades, el Resplandor de Elune se precipitó hacia el fondo.

Los ojos de Genn se abrieron desorbitadamente cuando fue proyectado hacia atrás de manera instantánea, rebotando por la cabina hasta llegar al pasillo inundado. La succión lo jalaba hacia abajo, en dirección a las entrañas del barco hundido.

—¡Genn! —Gritó Mia. El barco había desaparecido, sólo quedaban espumosos círculos concéntricos que se extendían hacia afuera como una enorme diana.

El agua llenó los pulmones de Genn, provocando que tosiera todo el aire que le quedaba. Movió los brazos, intentando nadar hacia arriba mientras luchaba contra la fuerza que intentaba devorarle. Estaba entrando en pánico, su corazón latía rápido y casi lo tenía incrustado en su garganta. Se dio cuenta de que le restaba poco tiempo de vida.

El pánico invadía a Genn. Podía escuchar el llamado de Godfrey, Ashbury y de los demás nobles; sabía que le encontrarían pronto. Frente a él, tirada en el suelo, se encontraba una de las bestias, uno de los huargen que poblaban la Arboleda Negra. Recordatorios terribles del fracaso de Arugal años antes, recordatorios terribles del momento en que Genn ordenó utilizar a las bestias para luchar contra la Plaga; peor aún, recuerdo vivo del modo en que los monstruos se volvieron contra la gente de Genn. La criatura estaba muerta, los tiros de trabuco ahora eran agujeros en su pecho. El cadáver perdía calor y los charcos de sangre comenzaban a coagularse.

Era un secreto entre los nobles que jamás sería revelado a la ciudadanía. Cada luna llena, Genn, Godfrey, Ashbury, Marley y otros se internarían en la Arboleda Negra, armados hasta los dientes y en busca de criaturas que la mayoría de su gente consideraba un mito; exageradas historias de guerra narradas por los soldados que regresaban de la Muralla Greymane. Los nobles los cazaban por deporte y por venganza, decididos a exterminarles.

Se tocó la tibia humedad que sentía en el hombro, sitio donde su piel pulsaba y ardía. Sus manos quedaron manchadas de sangre densa y pegajosa; había sido mordido. La bestia le tendió una emboscada y le alcanzó en el hombro antes de que Genn pudiera abrir fuego. El miedo le invadió, se sentía enfermo. ¿Se convertiría acaso en uno de los monstruos que tanto odiaba? Sabía que si Godfrey, Ashbury o Marley veían la mordida, harían lo que esperaba, lo que él haría si estuviera en sus botas; le volarían la cabeza. La maldición no se diseminaría más. Se apresuró a limpiar la sangre de su hombro y acomodarse el cuello de la camisa.

—¿Señor, cómo van las cosas? Era Marley gritando a través del follaje.

Con manos titubeantes, Genn arrancó un pedazo de la bolsa que cargaba y lo colocó debajo del forro de su abrigo, a la altura del hombro. Levantó el cuello del abrigo y se guardó un gemido..

—Lord Greymane, ¿dónde está usted? Preguntó Godfrey.

Genn jaló el cuello del abrigo tan alto como pudo. La herida le ardía y suspiró con dificultad a causa del dolor.

—Sí, estoy… estoy aquí, ¡maté a la bestia! —Gritó Genn a modo de respuesta, esperando poder engañarles. Se alejó del cadáver con lentitud, respirando rápida y nerviosamente; luego se dejó caer al suelo para limpiar sus manos ensangrentadas en el pasto mojado.

La lengua del huargen pendía de un lado de su boca, como si fuera un lánguido listón rosa, y sus ojos vidriosos se clavaron en los de Genn; condenándole.

—¡Padre! —Gritó Tess mientras el barco se desvanecía bajo el mar.

—Regresen a la flotilla inmediatamente. Yo iré por él, ¡vayan! —Talar estaba de pie en la proa del bote salvavidas cuando dio la orden.

—Por favor… por favor, trae a mi marido de regreso, —suplicó Mia.

—Haré lo posible, reina Greymane. —Con eso, Talar saltó. Bajo la superficie del agua se transformó en un león marino de piel lisa, una forma que perfeccionó a través de los milenios, muy útil en su vida de marinero. Pudo ver al Resplandor de Elune deslizándose hacia el fondo, envuelto en la oscuridad de las profundidades.

Genn nadó con fuerza, pataleando. La presión en sus pulmones era insoportable. Sentía como su mente se alejaba, suplicando ser liberada para acallar el ardor del pecho y la presión de los oídos. Su mente marchaba a gran velocidad, dando lugar a una crisis, con fogonazos de diversos recuerdos danzantes en la cúspide de la inconsciencia. El dolor que causaban era, quizá, lo único que le impulsaba a seguir adelante.

Presenció el día en que los huargen atacaron la ciudad de Gilneas, así como la silueta de la misteriosa sacerdotisa elfa de la noche que se presentó ante él para advertirle del peligro que enfrentaba. Pudo ver a su hijo exhortando a su gente a luchar contra los Renegados. Fue testigo del modo en que su gente apoyaba al joven príncipe, sus rostros llenos de inspiración. Recordó pensar con claridad cuán orgulloso estaba del joven que crió.

Pero se debilitaba con rapidez. Resbalaba del marco del cual estaba agarrado y podía sentir como las corrientes lo jalaban.

Mantente de pie tú solo, muchacho. Puedes hacer lo que desees si tienes el valor y la voluntad para mantenerte de pie sin ayuda. Era la voz de su padre, rebotando en la parte posterior de su mente.

Ya sé padre, ya sé. Como si Genn hubiera recibido una de las pociones rojas creadas por los apotecarios, la voz de su padre lo trajo de vuelta a la vida. Comenzó a avanzar con fuerza, sus ojos pestañeaban y su mente estaba casi en blanco.

¡Puedes sobrepasar tus límites de maneras que ni siquiera imaginas!

Ya casi llegaba a la portilla. En el exterior pudo ver la figura de una criatura que se aproximaba a la abertura, un león marino que se contorsionaba al son de las corrientes.

Genn luchó contra la fuerza que intentaba arrastrarle hacia las profundidades. Cerró los ojos para enfrentar la negrura que había en su mente, la cual pretendía sumergirle con la misma violencia que el agua. Al abrir nuevamente los ojos, notó una mano extendida de color violeta a través de la ventana, era Talar. Con la otra mano estaba agarrado fuertemente del marco de la ventana mientras la corriente trataba de arrastrarle al interior.

Genn miró directamente a los ojos fulgurantes del elfo de la noche y luego hacia su mano extendida. Talar había venido por él, había arriesgado su vida para rescatar a un hombre que apenas conocía y que apenas le agradaba.

Con un último esfuerzo, haciendo uso de cada gramo de fuerza, Genn se lanzó hacia adelante, extendiendo su mano hasta que alcanzó el fuerte agarre de Talar.

Luego, todo se tornó negro.

La misiva estaba desenrollada sobre la mesa y Liam estrelló su mano sobre ella, intentando probar su punto. Sólo era un adolescente, pero no iba a tener miedo de dar su opinión. Estaba asustado y enojado, en total desacuerdo con su padre.

—Puedes retirarte, Liam. Ya escuché lo que tienes que decir y no me agrada tu efusión. —Genn dio otro trago a su vino.

—¿Qué tal si la plaga llega hasta acá? ¿Luego qué? —Presionó Liam.

—Por esa razón una gran muralla separa a nuestra gran nación de las demás, —replicó Genn. Comenzaba a sentirse un tanto borracho y la conversación estaba provocándole una jaqueca.

—¿Y si esas criaturas logran penetrar tu muralla? ¿Luego qué, padre? Además, ¿qué tal si existiese la posibilidad de hacer algo para detenerlo con antelación?

Con un violento movimiento, Genn se puso de pie y aventó su copa —aún llena de vino— contra el suelo de piedra. —¿Cómo te atreves a cuestionar a tu padre, muchacho? ¡Sal de aquí!

La copa rebotó y emitió sonidos metálicos, regando vino por el suelo, como si fuera sangre de una herida recién abierta. Sobresaltado, Liam se le quedó viendo antes de hablar de nuevo.

—No señor, no lo haré hasta que me hayas escuchado en verdad; escuchado por una vez en la vida lo que tengo que decir. Suplican, padre. Lordaeron únicamente solicita nuestra ayuda en una época desesperada. Cada minuto que pasa hay más muertos, esto no tiene nada que ver con tarifas o…

—¡Son súplicas de debilidad! ¿Quieres salir y enfrentar esas monstruosidades? ¿Es eso? No, no arriesgaré la vida de mi hijo, ni la de cualquier hijo de Gilneas. ¡Mi padre no lo haría y su hijo tampoco lo hará!

—Siempre con el abuelo; siempre. Como si tú no fueras el rey, sólo un vigía que mantiene caliente la silla en lo que regresa.

—¿!Cómo te atreves muchacho!?

—Hay otras vías que considerar… este hijo tomaría decisiones distintas a las de su padre.

—Cuando yo tenía tu edad, lo único que deseaba era ser como mi padre, ese es el deber de un príncipe.

—Yo pensé que el deber de un príncipe era convertirse en un gran rey algún día. —Liam se dio la vuelta, consciente de que la discusión no tenía caso; su padre haría lo que siempre hacía.

—¡Fuera de mi vista! ¡Lárgate, vete lejos! La muralla nos protegerá, muchacho. —Gritó Genn, mientras trastabillaba de regreso hacia su silla—. Resistirá y Gilneas siempre será grande… ¡siempre!

Sus palabras hicieron eco en las paredes vacías de la cámara.

Genn’s eyes fluttered. When they opened, he was blinded by sharp rays of sunlight. He quickly shaded his view. He was alive. He didn’t hear or feel rainfall. Above him was a canopy of puffy white clouds set against an azure sky.

“You are awake,” a familiar voice said cheerfully.

“Talar,” Genn whispered with a smile. “You saved my life.”

“You were dreaming, good king, talking aloud.”

“I was dreaming about my boy…. My son would have made a fine king, a better one than this stubborn old man.”

“Genn… Lord Greymane, do not do this to yourself. You are?”

“Oh, no, Talar, this is far from sadness…. Indeed, there will be times when this loss will hit me like a stone thrown to the chest, but I can take comfort now….”

“I do not understand.”

“Liam understood that there are always other ways to consider, that different times call for different actions. I am a proud father to know that my son was a wiser man than me.”

“Perhaps we all can consider other ways…. Your people are stubborn, and so are you, but without that trait many of the sailors would not be alive today. I am honored to ferry you to Teldrassil.”

“Ah, yes, Teldrassil. I hear it is a sight to behold.”

“Come, your wife and daughter await. The queen’s leg has been healed.” Talar reached his hand out to lift Genn from the deck.

Genn stared at the hand for a moment.

“This old king needs not your help or anyone else’s to stand up, Talar Oaktalon. Tell me you did not forget this,” and he pulled himself up, wearing a sly grin.

Talar broke into hearty laughter. “As you would have it, my friend.” Talar was still chuckling. It was the first time Genn had heard the night elf laugh or seen him smile.

Standing, Genn watched the sunlight flicker on the calm ocean. His whole body hurt, but his mind was clearer than it had been in weeks. He waited a moment, certain that his thoughts would soon become filled with memories he’d rather forget. But none haunted him now. The ships were separating from the flotilla. Now, with the trouble averted, each unraveled its own bright sail and glided out farther over the sun-speckled sea.

“You said to me that this Archdruid Stormrage believes my people will be an important asset to the Alliance.”

“That I did.”

“Perhaps he is right, then…. Perhaps he is right.”