Lor'themar Theron:A la Sombra del Sol
Sarah Pine

La superficie del escritorio de Lor’themar ya no era visible debido a la cantidad de papeles amontonados encima. Reportes, misivas, órdenes e inventarios se tambaleaban precariamente en pilas que, desde hacía mucho, Lor’themar había dejado de intentar organizar. Todos los documentos tenían relación con la breve, si brutal, guerra por Quel’Danas y la Fuente del Sol; ninguno de ellos figuraba en sus pensamientos.

En la mano sostenía un sobre sellado cuyo lacre violeta ostentaba un gran ojo, el símbolo de Dalaran. Éste parecía mirarle de modo acusador, recordándole las demás cartas que había recibido y desechado. Lor’themar rompió el lacre y extrajo un pergamino cuidadosamente doblado. Reconoció al instante la caligrafía uniforme y meticulosa que adornaba la página. El archimago Aethas Rasgasol había solicitado una audiencia con el señor regente en varias ocasiones, pero Lor’themar le había ignorado deliberadamente. Desde lo acaecido en Quel’Danas intentaba olvidarse del resto del mundo, pero cayó en la cuenta de que el mundo vendría a él tarde o temprano.

Lor’themar suspiró y se reclinó en su silla, la carta era mucho más breve que las anteriores. En esta ocasión, Aethas no preguntó, sino que se limitó a mencionar hora y fecha de llegada. El señor regente pasó el pulgar sobre el borde irregular del pergamino, tenía idea de lo que Aethas propondría pero aún no sabía como deseaba responder a ello.

* * * * *

El día que marcaba el arribo de Aethas, Lor’themar todavía albergaba dudas en sus pensamientos. Halduron le detuvo mientras cruzaba el Capitel Furia del Sol en dirección al salón principal —sitio donde aparecería el archimago— y le extendió un pequeño bulto de suave lana carmesí. Lor’themar lo tomó, sosteniéndolo en alto al desdoblarse la tela, y contempló el regio fénix dorado que adornaba su superficie: el tabardo de la Ciudad de Lunargenta.

Descargar en alta resolución—No, —dijo en tono cortante mientras rechazaba la prenda de un empujón.

—Deberías portarlo, —insistió Halduron.

—¿Qué importancia tiene? —Respondió y siguió su camino. —Cualquiera que se encuentre al servicio de Lunargenta puede hacerlo.

—Es un símbolo de estado, —dijo Halduron detrás de él. —Tú eres el mandatario, deberías lucir como tal.

—Soy el señor regente —contestó Lor’themar sin detenerse—, no el rey.

—Eso no tiene nada que ver Lor’themar, pareces un Errante.

Lor’themar se detuvo de súbito.

Soy un Errante, —respondió con mayor severidad de la que pretendía.

Fuiste un Errante, —suspiró Halduron. —Jamás podrás serlo de nuevo Lor’themar y ambos lo sabemos.

Lor’themar inclinó la cabeza y respiró profundo.

—Vamos a llegar tarde Halduron.

El señor regente reanudó la marcha y, al cabo de una breve pausa, escuchó los pasos de Halduron detrás de él.

Rommath los esperaba en el salón. Estaba apoyado en su báculo y miraba la pared lejana con expresión ausente. Al entrar Lor’themar y Halduron, éste volvió la vista hacia ellos por un instante. Un destello de desaprobación cruzó su rostro y, sin decir nada, les dio nuevamente la espalda. En una época, Rommath hubiera cuestionado —aún de manera más agresiva que Halduron— la decisión de Lor’themar de presentarse como montaraz; pero no más. Pese a que fue una espina constante en su costado, Lor’themar sólo podía sentir lástima por el mago. La decisiva traición de Kael’thas afectó en gran medida a su partidario más leal.

El aire frente a ellos comenzó a brillar en tono violeta, señal inconfundible del uso de magia arcana. Poco después, un destello de luz azulada inundó el recinto y Aethas se materializó ante ellos. Éste se enderezó y sacudió su toga; Lor’themar no pudo evitar darse cuenta de la apariencia ridícula del archimago. El elegante tejido mágico de color morado profundo del Kirin Tor contrastaba de manera espantosa con su cabello cobrizo y no le sentaba bien a su delgada complexión. Mediante sus cartas, así como rumores de terceros, Lor’themar sabía que Aethas era idealista si astuto, demasiado joven para el puesto que se había labrado en Dalaran. Ahora bien, la mayoría de los ancianos magos sin’dorei estaban muertos. Lor’themar supuso al fin que la ambición de Aethas era algo positivo, al menos uno de ellos aún albergaba esperanza.

—Bienvenido a casa archimago Rasgasol. —Anunció.

Aethas sonrió e hizo una reverencia. —Gracias Lord Theron, ojalá mi regreso fuese permanente.

—Por supuesto, —respondió Lor’themar con diplomacia. —Su correspondencia me ha familiarizado con el propósito de su visita. Sígame, mis consejeros y yo escucharemos su solicitud.

Generalmente, Lor’themar los hubiese conducido al majestuoso salón de asambleas en el extremo norte del palacio, un impresionante recinto diseñado para tal propósito. No obstante, el día era claro y el horizonte se antojaba tan cortante como un fragmento de vidrio. Sería posible ver la isla al otro lado del canal y Lor’themar casi deseó jamás volver a ver Quel´Danas. Por lo tanto, los guió a una habitación, ubicada al este de la corte principal, que se alzaba sobre los tejados abovedados de Lunargenta. Tomaron asiento y Aethas comenzó.

—Me encuentro aquí por razones de suma importancia que nos competen a todos. Estoy seguro de que saben por qué el Kirin Tor se trasladó a Rasganorte.

—Malygos, sí, —respondió Lor’themar. —¿Qué es lo que quiere, archimago?

Aethas sacudió la cabeza. —El poder del vuelo azul y la amenaza que representa constituye algo mucho mayor de lo que pensamos y quisiera formalizar nuestra colaboración con el Kirin Tor. Es imperativo que los magos de Quel’Thalas y de Dalaran trabajen juntos, como hicieron durante muchos años.

—No.

Aethas frunció el ceño, su irritación volviéndose más prominente en las esquinas de su boca y entre sus cejas. La voz de disensión no era la de Lor’themar, así que el archimago se volvió. —Hablaba con el señor regente, no con el gran magistrado.

Rommath se rió con tal amargura que sonó más como un carraspeo. —Bueno, dejemos que el señor regente determine si soy digno de hablar.

—Me atrevo a decir que eventualmente habremos de escuchar tu opinión, —dijo Lor’themar, conteniendo su tono irónico lo mejor posible. —Adelante, habla.

Los ojos de Rommath se encendieron pese a que la habitación se encontraba bien iluminada. —Muy generoso de tu parte, Lor’themar. —Respondió sin retirar la mirada del rostro de Aethas. Su voz sonaba como una serpiente enroscada: silenciosa, feroz y peligrosa.

—¿Acaso Modera te dio su declaración antes de que partieras, Aethas? Suenas distinto y tus palabras gotean con su falsa diplomacia. Al menos ella no se atreve a pararse en este lugar; posee algo de sentido común. Supongo que debería estar agradecido por los pequeños favores de la vida.

—Modera está de acuerdo conmigo en lo que respecta a esta situación, —dijo Aethas con rigidez, sin morder el anzuelo de Rommath.

—Está de acuerdo contigo —murmuró Rommath—, mejor dicho tú estás de acuerdo con ella, puesto que dudo que te hubieran enviado a hablar en representación suya si tuvieses una pizca de criterio propio.

—Maldita sea Rommath, —la paciencia de Aethas se agotó— ¿tienes algo útil qué decir? Sólo escucho insultos personales.

—Estás ciego, —replicó Rommath con certeza, sin alterar la voz. —Mordieron un bocado más grande de lo que podían masticar y ahora enfrentan tanto a Malygos como a Arthas. Tienen miedo, como debe ser. Necesitan ayuda que supere sus facultades, sin embargo, ¿a quién han recurrido siempre en cuanto a cuestiones arcanas? Oh sí, a nosotros. Los miembros del Kirin Tor jurarán a los cuatro vientos que tus habilidades son indispensables, pero te desecharán cuando te conviertas en un inconveniente. Su oreja izquierda se movió de manera casi imperceptible mientras sus ojos se posaron primero en Halduron y luego en Lor’themar. —Pregúntales. Saben de lo que hablo, pero no tan bien como yo.

Aethas miró a Rommath sin comprender. —Quel’Thalas y el Kirin Tor han sido aliados por más de dos mil años. Desde que nos unimos formalmente a la Horda ha habido algo de tensión, pero…

Rommath se rió de nuevo, con fuerza esta vez.

—Desde que nos unimos a la Horda, —repitió. —Imagino que eso es algo incómodo. ¿Qué de ti, archimago Rasgasol, recuerdas exactamente por qué buscamos unirnos a la Horda?

Aethas no respondió, sólo miró a Rommath directamente a los ojos; inmutable.

—Una monumental traición, —dijo Rommath casi en un susurro. Sus ojos ardían con furia que no se disipaba aún al cabo de casi una década. —En Dalaran —prosiguió—, bajo la atenta mirada del Kirin Tor.

—Ellos no tuvieron nada que ver con…

—Supongo que quieres decir —interrumpió Rommath—, que el Kirin Tor no hizo nada para evitarlo ni detenerlo y, en vez de eso —el tono de su voz iba en aumento—, nos abandonaron a nuestra suerte en las prisiones subterráneas de una ciudad que muchos de nosotros llamamos hogar; casi tanto como a Lunargenta. Una ciudad a la que nuestro príncipe sirvió por más de una vida humana con la misma lealtad que tenía hacia su tierra natal. Lugar por el que luchamos y morimos porque así lo solicitó el Kirin Tor. Sitio cuyas murallas ellos habrían vigilado en silencio mientras todos nosotros pendíamos de la horca. Su ciudad.

—El Kirin Tor cuenta con nuevos líderes, —respondió Aethas. Lor’themar consideró que el tono ecuánime hablaba bien del joven archimago.

—Eso es una mentira y lo sabes, —dijo Rommath. —Rhonin puede ser su figura pública, pero Modera y Ansirem permanecen en el consejo. Son los mismos individuos que felizmente se hicieron de la vista gorda cuando Garithos nos sentenció a muerte. Espero se pudran en el infierno o, mejor aún, en las filas del ejército de Arthas como parte de la Plaga, —se burló el gran magistrado.

—Esperemos que ninguno de los miembros del Consejo de los Seis termine jamás bajo la influencia de Arthas, Rommath. —Dijo Halduron en voz baja.

—Pese a su obvio desdén por el Kirin Tor parece estar bien informado gran magistrado, —dijo Aethas.

Lo que, me parece, constituye una de tantas razones por las cuales yo soy el gran magistrado de Quel’Thalas y tú no, —contestó Rommath. —Y como gran magistrado, nunca ordenaré a mis magos que sirvan al Kirin Tor; nunca.

Lor’themar pasó los dedos sobre la pulida superficie de la mesa y sus facciones se endurecieron. Rommath había caminado por una delgada línea y sobrepasado los límites.

—Suficiente, —dijo Lor’themar con serenidad. —No cuentas con la autoridad para emitir tales ultimátums. Enviar o no enviar a nuestras fuerzas a Rasganorte será mi decisión. Si ésta resulta afirmativa, tú y tus magos se limitarán a seguir órdenes.

—Ahora —Lor’themar se incorporó—, queda claro que continuar con esto sólo traerá discusiones sin sentido. Si así es como desean proceder, siéntanse en libertad. Yo prefiero no desperdiciar más de mi tiempo y me aventuro a creer que el general de los montaraces comparte mi sentir.

—Tengo asuntos que atender en el sur —continuó—, y planeaba salir mañana. No me parece que deba alterar mis planes. Puede permanecer aquí archimago, pero me ausentaré varios días.

Aethas permaneció en silencio, mas no logró ocultar su irritación. Lor’themar estaba contento con el desarrollo de los acontecimientos y se volvió para dejar el recinto.

La voz de Aethas se escuchó desde el otro lado de la habitación. —Habrá quienes viajarán a Dalaran aunque no le parezca al señor regente. —Lor’themar hizo una pausa para mirar al archimago mientras este proseguía. —Concédame su bendición para hablar en representación de la regencia de Lunargenta y me encargaré de que, al menos, se salvaguarden los intereses de los sin’dorei.

Rommath bramó a modo de respuesta, pero no dijo nada. Por un instante Lor’themar consideró la petición de Aethas, pero el joven elfo no se encontraba en posición de negociar. Todos sabían perfectamente que la habilidad de Aethas para manejar asuntos de estado se veía eclipsada en gran medida por los demás hombres en la habitación.

—Un sirviente le mostrará sus aposentos archimago, —dijo Lor’themar.

* * * * *

Aethas dejó el lugar con la deferencia suficiente, lanzando una o dos miradas hostiles hacia Rommath. El gran magistrado parecía resuelto, pero Lor’themar notó sus pasos tambaleantes y las líneas de cansancio que regresaron a su rostro al desaparecer Aethas. Lor’themar tomó nota de la fragilidad de Rommath, había posibilidad de doblar su voluntad.

En el pasado, Lor’themar hubiera considerado innoble esgrimir tal cosa contra alguien más. En la actualidad, reconocía la necesidad de llevarlo a cabo.

El señor regente se encontraba solo en sus aposentos, sentado junto a la ventana mientras analizaba los debates acaecidos por la tarde. Estrujaba la larga cortina con sus manos de manera distraída en tanto que miraba hacia los jardines del capitel, escuchando en su mente la decidida voz de Aethas. Habrá quienes viajarán a Dalaran aunque no le parezca al señor regente. Lor’themar no podía negar esa verdad, asimismo —y aunque no lo aceptaría en público— estaba de acuerdo con el desdén de Rommath. ¿Cómo podía confiar en que Aethas representaría a la regencia con lealtad si portaba los atavíos del Kirin Tor y estampaba su sello en su correspondencia? Aethas estaba comprometido con la Guerra del Nexo, eso quedaba claro. ¿Cuántos más podría convencer para que le siguiesen? Y, ¿qué obligación tenía Lor’themar, como señor regente, de proteger a su pueblo mientras éste se internaba en territorio ambiguo?

Lor’themar no se dio cuenta de que la tela se estiraba y comenzaba a deshilacharse bajo sus atenciones agrestes y no conscientes.

* * * * *

—No estoy seguro, —le confesó Halduron esa tarde. Éste había hallado al señor regente sentado junto a su ventana mientras observaba el atardecer con resentimiento. Una mirada le había enviado en silencio al estante de licores a llenar generosamente un vaso para su viejo amigo. Ahora el general de los montaraces se encontraba sentado frente a Lor’themar.

Considero que sus intenciones son honestas —prosiguió Halduron—, pero no sé que tanto podemos confiar en la honestidad, aún entre nuestra propia gente.

Lor’themar se incorporó y caminó hasta el estante para rellenar su vaso. —Me preocupa que si le concedo autoridad para actuar en representación nuestra pueda, intencionalmente o no, prometer algo que no estoy dispuesto a llevar a cabo. —Hizo una pausa y miró hacia el techo tallado. —Por otra parte, si suficientes sin’dorei deciden seguirle hasta Dalaran, Aethas terminaría como líder de facto y me resisto a que actúe como tal sin obligaciones hacia la coro… Lunargenta.

—Sería mejor si Rommath no fuese tan necio, —musitó Haldurón. —Vivió en Dalaran por mucho tiempo y ostenta el título de archimago. Tiene suficiente experiencia con el Kirin Tor y sabe como manejarles, además de ser leal a su patria. Considero que podemos confiar en él, sería un contacto ideal para Aethas.

Lor’themar sonrió débilmente ante las palabras de Halduron. —Vaya, ¿acaso no es extraño escucharte hablar bien de Rommath?

—Nunca estuve de acuerdo con lo ocurrido en torno a M’uru, ni con la formación de los caballeros de sangre, no —admitió Haldurón—, pero eso queda en el pasado; no tenemos más razones para dudar de él. Si fuera a traicionarnos lo hubiera hecho cuando Kael’thas… —Las palabras flotaron y se congelaron en la garganta de Halduron. Ninguno de los dos mencionó palabra por un buen rato.

—Bueno —agregó finalmente—, lo hubiera hecho entonces.

—¿Qué opinas al respecto? —Lor’themar cambió el tema y regresó a su asiento junto a la ventana. —¿Cómo proceder con Aethas y Dalaran?

—Aethas se considera miembro del del Kirin Tor —contestó Halduron—, y sé de varios más que gustarían de portar ese manto una vez más. Si el Kirin Tor desea admitir elfos de sangre, no podemos hacer nada para impedirlo.

—En efecto, no podemos, —respondió Lor’themar, guardando silencio por un momento. —Sin embargo, mi instinto me dice que debemos evitar involucrarnos oficialmente en la Guerra del Nexo. Aethas tendrá que reportarse con nosotros periódicamente y estableceremos límites claros. Quienes deseen ofrecer sus servicios podrán hacerlo bajo la bandera del Kirin Tor; no la de Quel’Thalas.

Una esquina de la boca de Halduron dio paso a una sonrisita sardónica y Lor’themar pretendió no notar la melancolía en los ojos de su amigo. —¿Qué fue lo que dijiste esta mañana sobre ser un Errante? Cada día suenas más como un rey, Lor’themar, —observó Halduron.

Desde su asiento, sin embargo, Halduron no pudo ver el modo en que los dedos de Lor´themar se tensaron alrededor del vaso que sostenía.

* * * * *

Algunos días después, Lor’themar, montado en su halcón zancudo, se abría paso por las estribaciones del norte en las Tierras de la Peste del Este. Frunció el ceño al mirar la tierra. Él era un elfo y un montaraz, hijo de los bosques, del agua clara y las hojas doradas. El panorama de la tierra resquebrajada y burbujeante, así como de los árboles marchitos del este de Lordaeron, hizo que su corazón se encogiera y casi le hizo vomitar. Ese sería el destino de Quel’Thalas sin la vigilancia constante de su gente.

Lor’themar miró hacia atrás. Una guardia de honor constituida por tres Errantes le seguía gracias a la insistencia de Halduron y Rommath.

—Obviamente —dijo Halduron—, no deberías ir bajo ninguna circunstancia. Pensé que habrías olvidado esa tonta noción cuando Aethas decidió visitarnos. Sin embargo, veo que no hay palabras que puedan detenerte, así que, al menos, llevarás escolta; no discutas. —Rommath quería enviar a algunos caballeros de sangre, pero eso se encontraba fuera de la cuestión. —No serán bien recibidos, —puntualizó Lor’themar. Y me rehúso a hacer tal, —agregó en silencio. Por fortuna, Rommath no insistió.

Finalmente, el risco que buscaba apareció en la distancia. A primera vista parecía ser sólo una saliente más en las rocas, pero Lor’themar sabía que no era así. Hizo que su montura diera una vuelta cerrada hacia una vereda, avanzando a paso veloz. El sigilo no era necesario, pues era seguro que los exploradores ya los habían visto.

Como lo esperaba, a eso de la mitad del sinuoso camino dos figuras surgieron de atrás de las rocas. Sus espadas chocaron, cerrando el paso. El sonido provocó un violento eco en la inquietante calma de las Tierras de la Peste del Este.

¿Quién va hacia la Logia Quel’Lithien? —Preguntó uno de ellos.

Lor’themar miró hacia abajo.

—No actúes como idiota, sabes quien soy.

Su interlocutor le clavó la mirada.

—Eso no significa que su presencia sea bienvenida, Lord Theron.

Lor’themar desenvainó las dos espadas que llevaba a la espalda. Los guardias apretaron con fuerza las empuñaduras de sus armas y sus nudillos emblanquecieron. El señor regente notó que uno de ellos movió ligeramente los dedos, listo para dar la señal de ataque a todos los demás que se encontraban ocultos por el terreno. En silencio Lor’themar lanzó sus armas al suelo, seguidas de su arco y carcaj, e hizo un ademán a sus guardias para que hicieran lo propio. Una vez que hubieron cumplido su orden, arqueó una ceja.

—¿Es eso prueba suficiente de la honestidad de mis intenciones?

El primer explorador Lithien habló de nuevo.

—¿A qué ha venido?

—Traigo noticias para el señor de los montaraces Lanza de Halcón y la alta sacerdotisa Celeste con respecto… —Se aclaró la garganta. —Con respecto al príncipe Kael’thas.

Los guardias consideraron esto un momento —uno de ellos miró brevemente al otro— pero en realidad nunca apartaron la vista de Lor’themar; ojos aún azules y sin contaminar. Finalmente uno de los guardias hizo un ademán con la cabeza, señalando el risco.

—Bueno, el señor de los montaraces decidirá qué hacer con usted; sígame.

El otro chasqueó los dedos y, como predijo Lor’themar, media docena de exploradores Lithien dejaron surcos y fisuras para recolectar las armas que él y su escolta dejaron en el suelo. Lor’themar los siguió sin decir palabra.

En la cumbre de la vereda, enclavada entre rocas y maleza seca, se alzaba la Logia Quel’Lithien. Su fino exterior de madera estaba decolorado y picado, sin duda a causa de los estragos provocados por la peste, y los Errantes habían camuflado sus vigas con follaje en descomposición. Lor’themar sintió un nudo en el estómago conforme se aproximaba a la logia, e intentó no recordar aquellos tiempos cuando los alrededores eran verdes y se le recibía con gritos de alegría en lugar de espadas. Esos días se habían perdido.

El señor regente extendió las riendas de su halcón zancudo a una de las exploradoras, quien las tomó y se alejó luego de lanzarle una mirada desconfiada. Uno de los montaraces que impidieron su avance por la vereda se adelantó a la logia. A su regreso venía acompañado de dos elfos que Lor’themar no había visto en años.

—Lor’themar Theron, —la voz de la alta sacerdotisa Aurora Celeste era mesurada y más que poco amable.

—No tienes vergüenza al mostrar la cara, —dijo Renthar Lanza de Halcón. —Debería ordenar a mis arqueros que te conviertan en un alfiletero.

Las palabras ardieron pese a que las esperaba. Cerró su ojo bueno y lentamente lo abrió de nuevo.

—Traigo noticias —dijo sin gran pompa—, que deberían saber.

—¿No pudiste enviar una carta? —Se mofó Renthar.

—¿La hubieras leído? —Preguntó Lor’themar. El fino movimiento en la comisura de los labios de Aurora y la cara de pocos amigos de Renthar confirmó lo que ya sabía: no lo hubieran hecho. —No viajé hasta acá por algo trivial, —dijo al fin. —¿De menos escucharán lo que tengo que decir?

Renthar y Aurora lo miraron sin decir palabra y luego se volvieron para entrar a la logia. Lor’themar los siguió, consciente de que lo ojos de los altos elfos seguían sus movimientos.

Los puestos de avanzada de los Errantes en los Reinos del Este nunca habían sido opulentos, mas la austeridad de Quel’Lithien era aleccionadora. Varias de sus paredes ostentaban marcas profundas causadas por algún tipo de hoja y las manchas oscuras en las tablas del suelo seguro eran de sangre. No obstante, los elfos se preciaban del cuidado de la logia; las cortinas, aunque gastadas tenían un dobladillo cuidadoso con puntas uniformes. El ancestral mapa del este de Lordaeron que descansaba en el muro contaba con gran cantidad de anotaciones, pero en caligrafía elegante y sin siquiera un solo manchón de tinta sobre su pergamino amarillento. Un pequeño dolor surgió en Lor’themar al ver cada una de estas cosas, como si hubiese descubierto una carta de alguna amante olvidada. Había vivido la vida de un Errante en un pasado tan distante que ahora parecía un sueño.

—Aquí, —Renthar señaló una pequeña habitación con el pulgar y luego abrió la puerta de un empujón. —Ciérrala al entrar, —le dijo a Lor’themar sin volverse.

Lor’themar tomó asiento frente a Aurora y Renthar tiró de la mesa varios trozos de armadura de cuero ensangrentada antes de sentarse junto a la sacerdotisa. Esto casi provocó que Lor’themar sonriera vagamente; el modo en que le miraban como jueces en un tribunal.

—Mencionaste que tenías algo que decir, —la voz de Renthar cortó el silencio. —Dilo.

—Hace algunas semanas regresaron varios miembros de las fuerzas Furia del Sol.

Los ojos de Renthar y Aurora se abrieron con incredulidad, lo que le dio a Lor’themar cierta satisfacción petulante, si hueca.

—Por la Fuente del Sol —dijo Aurora con suavidad—, pensé que nunca lo harían.

—Entonces —los ojos de Renthar brillaron extrañamente, de modo muy similar a los de Rommath—, ¿viniste bajo las órdenes del príncipe para ofrecernos una disculpa oficial?

—Quizá —respondió Lor’themar—, si el príncipe aún viviese.

Si cualquiera de los dos altos elfos frente a él parecían escandalizados, no era nada en comparación con sus expresiones actuales. El color desapareció de sus rostros.

—Maldición, explícate, —exigió Renthar.

Lor’themar respiró profundo y comenzó a describir los eventos que transcurrieron en fechas recientes. No había previsto en su totalidad lo doloroso que sería comunicar la historia, en especial a dos personas que le odiaban en gran medida. Extrajo las palabras de su boca, una por una, en algunos puntos por la fuerza. Tenía que escupirlas de un extremo al otro de la habitación para poder decirlas. Al terminar parpadeó una vez, como si estuviese despertando.

—Nos han devuelto la Fuente del Sol, —dijo Aurora, volviendo el rostro hacia la ventana.

—Sí, —respondió Lor’themar.

El silencio absoluto de las Tierras de la Peste inundó el recinto. Lor’themar inclinó la cabeza, remembrando el momento en que comprendió; ese instante en que se asentó el polvo en Quel’Danas y la Fuente del Sol brilló majestuosa e imponente una vez más. Lor’themar la había mirado fijamente con la misma expresión que Renthar y Aurora tenían grabada en el rostro, pero no halló alegría en su brillo. Nunca pensó que el precio de su restauración sería demasiado.

La voz de Aurora lo sobresaltó. —Me preguntaba por qué las punzadas de la adicción eran tan tenues últimamente. No necesitaba… ayuda… para sobrellevarlas.

—La magia en la Fuente del Sol ahora es distinta, —dijo Lor’themar. —Puede tomar tiempo para que algunos se acostumbren.

—Algunos, sí. —Aurora extendió la mano y pareció agarrar algo que Lor´themar no podía ver, pasándolo por sus dedos como si fuera un listón largo. —Soy una sacerdotisa de la Luz, conozco esta magia.

—Fue un gran obsequio. —Lor’themar escuchó sus propias palabras y Aurora le lanzó una mirada de soslayo; estaba consciente de que su falta de convicción no había pasado desapercibida.

—Si el príncipe ha muerto —dijo Renthar—, ¿qué ocurrirá con la corona de Quel’Thalas?

—El mismo Kael´thas decretó que Anasterian sería el último rey de Quel’Thalas, la corona no ha sido reclamada.

Renthar entrecerró los ojos. —¿Y si alguien intentase hacerlo?

—No queda nadie con derecho a ella.

Renthar lo miró directamente al ojo y Lor’themar le sostuvo la mirada con la misma ferocidad. Renthar Lanza de Halcón podía dudar de él en todo menos esto.

Aurora habló de nuevo. —Supongo que esto es lo que viniste a decirnos.

—Sí, —contestó Lor’themar.

—Entonces siéntete en libertad de irte. —Declaró Renthar.

Lor’themar cerró el ojo, faltaba lo más difícil. —Queda una cosa más.

—¿Ah sí? —La voz de Renthar seca. —¿Y bien?

—Con el retorno de las fuerzas Furia del Sol —comenzó Lor’themar—, y como nuestra posición en las Tierras Fantasma es ahora más… segura… los Errantes ya no se encuentran bajo tanta presión. Ellos, yo, les enviaría a ustedes suministros de manera regular.

Lor’themar estaba acostumbrado a recibir la burla de aquellos a quienes no podía complacer, pero no había esperado la aguda punzada que provocó la risa de Renthar. Incluso el rostro de Aurora, por lo general tan controlado y sereno, enrojeció con desprecio abierto.

—Por cinco años nos pudrimos aquí, desalojados de nuestros hogares a instancia tuya porque nos negamos a succionar magia de otros seres vivientes cual vampiros. —Renthar se incorporó, apoyándose en la mesa; temblando de rabia. —¿Ahora quieres ofrecernos ayuda? ¿Después de lo que hemos sufrido, vienes ahora? ¿Luego de lo que nos hizo la Horda en nombre de ese bastardo humano que se hacía llamar montaraz? ¿Qué tan ciego crees que estoy Lor’themar? ¡Debería matarte, debería matarte y enviarle tu cabeza a Sylvanas!

Aún a través del arranque de ira de Renthar, Lor´themar se agarró con fuerza de una palabra. Montaraz y no cualquiera, un montaraz humano. Hasta donde tenía entendido el señor regente, sólo existió uno.

—Pensé —dijo con lentitud—, que Nathanos Marris murió a manos de la Plaga.

Tanto Aurora como Renthar voltearon a verle, sus rostros fríos cual muñecas de marfil. Por primera vez desde su llegada, Lor’themar escuchó su corazón golpeteando en sus oídos; el nudo en su garganta le dificultaba tragar saliva.

Aurora habló primero.

—Así fue, —dijo ella.

Lor’themar clavó la vista en el rostro de Aurora. Había otra cosa bajo la superficie, algo que merodeaba cual sombra por los rincones de la habitación y lo descubriría antes de partir.

—Pero no se convirtió en parte de la Plaga, —manifestó ella.

—Sylvanas siempre estuvo extrañamente orgullosa de él, —murmuró Renthar, desviando la mirada. —A nadie debe sorprenderle que lo llamaría a su servicio antes de que Arthas pudiese controlar su voluntad. Venimos en nombre del campeón de la reina Banshee —citó—, tienes algo que le pertenece.

Renthar se volvió para mirar a Lor’themar una vez más. —Guardamos una copia del registro que detallaba la aceptación de Marris a los Errantes. Lo tomaron por la fuerza y masacraron a cuanto montaraz hallaron en su camino. Horda, Lor’themar, incluyendo a los Renegados. La gente de Sylvanas, tus aliados.

Lor’themar no podía hablar, estaba seguro de que su voz se quebraría.

—En algún momento habría dado felizmente mi vida si asi lo solicitase la general de los montaraces. —La voz de Renthar estaba cargada de terrible amargura. —Ya no somos su pueblo, ni tampoco somos el tuyo.

—Renthar —habló Lor’themar—, pese a nuestras diferencias, sabes que no habría…

Renthar rió, interrumpiéndole.

—Nos envías aquí para ser ignorados, inconvenientes como somos, ¿y luego tienes la desfachatez de sorprenderte cuando sufrimos? No hay insultos lo suficientemente viles como para describirte, Lor’themar. Sé de quién son las tropas emplazadas en Tranquillien, señor regente. Me pregunto cuántos de tus propios montaraces sin’dorei han matado bajo tus narices. Trata con el diablo como te plazca, sólo espero que recibas lo que te mereces.

—Ahora lárgate, —dijo en voz baja. —Envía suministros si así lo deseas, te regresaré los corazones de los mensajeros envueltos en sus propios tabardos.

Lor’themar se incorporó y se volvió para irse. Le habían tomado desprevenido y las paredes a su alrededor ya no parecían sólidas. Aurora se incorporó y le clavó la mirada, tenía la frente en alto y una actitud desafiante. Ni ella ni Renthar dijeron nada más y pareciera que la mera fuerza de su odio estuviera expulsándole del recinto.

No tenía razón para luchar contra ellos. Quizá podría ofrecer sus palmas como penitencia, pero sólo escupirían sobre ellas y, ciertamente, no hallaba en su corazón modo alguno de culparles. Si albergaba previamente esperanzas de expiación , y tal vez así era, la desolación de las Tierras Fantasma las había sofocado; como hacía con todo aquello que vivía y soñaba. Estos puentes ardieron hace mucho tiempo por su propia mano.

Sus tres guardias aguardaban en la habitación frontal, rodeados de montaraces quel’dorei con flechas listas en sus arcos. Caminó en línea recta hacia el exterior y sus montaraces le siguieron en silencio.

En el patio, un explorador Quel’Lithien sostenía las riendas de sus halcones zancudos y otro sus armas. Lor’themar tomó sus cosas, montó sobre la silla y se volvió para mirar a Renthar y Aurora. Sentía deseos de decir algo, lo que fuera, para sufragar el golfo que se extendía entre ellos, mas toda palabra se secó y se transformó en polvo dentro de su boca. Lor’themar hizo que su halcón zancudo diera media vuelta y no miró hacia atrás.

* * * * *

Varias horas más tarde, mientras cabalgaban por el Paso Thalassiano, comenzó a nevar. Cruzaron el umbral que marcaba la frontera sur de Quel’Thalas sin siquiera levantar la vista. En algún momento sus arcos —de color dorado y blanco— se extendieron hacia el cielo como si surgieran de las mismísimas rocas; cayendo hacia el suelo como una cascada de marfil y ámbar. Arthas, como todo a su paso, los había arruinado. Las oscuras banderas de la Plaga aún se encontraban izadas en las murallas, ondeando sobre sus cabezas al son del viento montañoso.

—Lord Theron —dijo uno de sus escoltas—, debería usar su capa en este clima. —Lor’themar no respondió. No había manera de que se sintiese más gélido de lo que ya estaba. Los copos de nieve chocaban contra su rostro, dejándolo en carne viva.

* * * * *

En Lunargenta, Halduron y Rommath aguardaban el regreso de Lor’themar. Aethas también se encontraba ahí, para disgusto del señor regente. Cuando Halduron lo miró y dijo: ¿Bueno? Lor’themar se limitó a sacudir la cabeza. Halduron alzó las cejas como si preguntase, ¿y qué esperabas? Rommath ni siquiera lo miró al ojo.

—¿Cuál fue su reacción? —Preguntó Aethas. Lor’themar se volvió, clavándole la mirada.

—Hace cinco años los expulsé de los hogares que lucharon por proteger con la misma ferocidad que cualquiera de los habitantes actuales de Quel’Thalas —respondió—, ¿cómo crees que reaccionaron?

Aethas se estremeció.

—Vereesa Brisaveloz está casada con el nuevo líder del Kirin Tor. No le agrado, ni tampoco le agradan a quienes represento. Tenía la esperanza… como usted es un montaraz… —Aethas se encogió de hombros. —Pensé que quizá podría ayudarnos a sufragar esa brecha; supongo que no.

Lor’themar frunció el ceño al escuchar el nombre de Vereesa. —Supones bien, —dijo.

* * * * *

Esa tarde compartió con Halduron los detalles de su viaje a Quel’Lithien entre tragos de vino Canción Eterna.

—Claro que iban a tratarte con desprecio, siempre lo supiste, —lo reprimió su general de montaraces. —Honestamente no sé a qué fuiste.

—Hubieras hecho lo mismo, —respondió Lor’themar y Halduron frunció el ceño.

—Me conoces demasiado bien, —dijo al fin. Luego se hundió en su silla y clavó la vista en la ventana.

—No sabían de la Fuente del Sol —dijo Lor´themar—, hice lo correcto al ir.

—¿A quién tratas de convencer? —Preguntó Halduron desconcertado.

—Halduron —prosiguió Lor’themar—, ¿recuerdas a Nathanos Marris?

Éste frunció el ceño. —Por supuesto, ¿qué tiene?

—Aurora me dijo que lo levantaron como no muerto —contestó Lor’themar—, Sylvanas lo llamó a su servicio. Ahora se le conoce como el campeón de la reina Banshee.

Halduron se reclinó, balanceando la silla sobre sus patas traseras, y colocó sus manos detrás de su cabeza. —Qué chistoso —dijo—, Sylvanas siempre lo defendió a él. Kae, er, había quienes no deseaban que un humano entrenara con los Errantes; yo incluido.

—Los montaraces de Quel’Lithien fueron atacados por algunos miembros de la Horda en el nombre del campeón de la reina Banshee. —Lor’themar se bebió el contenido de su vaso de una sentada y lo colocó sobre el escritorio. —Muchos de ellos fueron asesinados.

Las patas frontales de la silla de Halduron regresaron al suelo con un sonoro impacto.

—¿Por qué querría atacar Quel’Lithien?

Lor’themar se encogió de hombros. —Ahí había una copia del registro Thalassiano donde Sylvanas dio el visto bueno para que Marris fuese admitido a los Errantes. Al parecer lo quería.

—¿Entonces envió a sus subordinados a atacarlos? ¿Por un libro? —La voz de Halduron rebosaba de incredulidad.

—Eso me dijeron.

—¿Estás seguro de que no mentían?

—Lo consideré —admitió Lor’themar—, pero si algo tiene Renthar Lanza de Halcón, son principios.

—Y no puedo imaginar que Aurora haya sido deshonesta un solo día de su vida. —Agregó Halduron. Luego suspiró pesadamente. —¿Crees que Sylvanas esté al tanto?

Lor’themar sacudió la cabeza. —No lo sé.

—¿Consideras que le importaría si así fuese?

Esa era la pregunta que temía Lor’themar. —Tampoco lo sé, ¿qué tal si no? —Se cubrió el rostro con las manos. —Eran sus montaraces.

—Eran tuyos cuando los exiliaste, —dijo Halduron en voz baja.

—De hecho eran tuyos, —respondió bruscamente Lor’themar. Destiló furia por un momento, pero luego colgó los hombros. Las palabras de Renthar hicieron un eco fantasmal en su mente. Nos envías aquí para ser ignorados, ¿y luego tienes la desfachatez de sorprenderte cuando sufrimos?

—Nunca quise que murieran —dijo Lor’themar al fin, avergonzado de escuchar la súplica en su voz—, pero no podía dirigir una nación dividida…

Una pesada mano en su hombro le hizo levantar la cabeza.

—Lo sé, —dijo Halduron, colocando un vaso lleno frente a Lor´themar. —Contrólate —su voz era áspera mas no cruel—, siempre supimos que era arriesgado confiar en los Renegados, no obstante, ¿quién más se ofreció a luchar por Quel’Thalas?

Lor’themar alzó su vaso. La luz de la tarde brilló a través de él, prestándole a su contenido una coloración rojo óxido; como el suelo de las Tierras de la Peste.

* * * * *

Lor´themar golpeteó su escritorio con los dedos, releyendo sin ánimo las notas que tomó sobre las diversas juntas con Aethas. Tendría que dar al archimago una respuesta definitiva hoy o mañana. Se apretó el caballete de la nariz con el índice y el pulgar y echó una mirada al vino que reposaba en el estante. Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—¿Sí? —Dijo.

El mensajero hizo una apresurada reverencia.

—Lord Theron, se solicita su presencia en el salón.

Lor’themar frunció el ceño. Halduron y Rommath hubieran venido directamente a su puerta y, a estas alturas, Aethas probablemente también.

—Estoy indispuesto, —dijo cansinamente.

—Señor —dijo el mensajero—, la reina Banshee no esperará.

Lor’themar sintió su corazón desplomarse hasta su estómago y se incorporó.

—No —dijo en voz baja—, por supuesto que no. Llévame con ella.

El mensajero dio media vuelta, pero no sin lanzarle una mirada de preocupación al señor regente. Lor’themar se armó de valor mientras caminaba.

Éste aprovechó los minutos que transcurrieron durante la caminata hacia el salón principal para organizar sus pensamientos. Durante los años que había gobernado Quel’Thalas, descubrió que era un acto casi físico; el modo en que tenía que colocarse el manto de autoridad. Le era posible sentir el cambio hasta la punta de sus dedos. Frente a Sylvanas necesitaría toda la determinación que pudiese reunir.

Halduron y Rommath se unieron a él en silencio mientras andaba. El rostro del general de montaraces se apreciaba tenso y Rommath mostraba indiferencia. Sabía qué esperar, pero su horror era distante e impersonal; no así Lor’themar y Halduron. Para ellos, el destino de Sylvanas era una herida que se abría siempre que la veían y el dolor aún no cedía.

En el salón donde se encontraba Sylvanas, la luz parecía desvanecerse. No se atenuaba ni se apagaba, sino que se colapsaba y hundía en el espacio que ocupaba la reina Banshee; como si la luz del sol decayese a su alrededor. El feroz brillo blanco en sus ojos mostraba, de manera aún más prominente, la palidez de su amargado rostro. Sus Guardias Reales del Terror la flanqueaban, sosteniendo espadas ennegrecidas con sus manos esqueléticas.

Todo lo que Lor’themar escuchó al entrar al salón fue el eco de sus propios pasos, lo que incluso pareció desvanecerse de modo antinatural ante la presencia de la reina Banshee.

—¿Qué te trae a Lunargenta, Sylvanas?

—Acabo de regresar de Orgrimmar, —dijo con voz que arañaba las paredes. Mientras su boca se movía, Lor’themar notó que la piel circundante se resquebrajaba y pelaba como cuero de víbora mudado hace mucho. —Arthas se atrevió a atacar el corazón de la Horda.

La boca de Lor’themar se resecó y una marea de desasosiego comenzó a golpear su pecho. Sylvanas hizo una pausa, examinando su rostro en busca de alguna reacción. Él apretó los dientes mas permaneció en silencio.

—El ataque fue rechazado con éxito —prosiguió ella—, pero Arthas sólo está jugando con nosotros; debemos destruirle. El señor de guerra Thrall por fin puede ver lo que sabíamos desde hace mucho, —sus ojos brillaron con peligroso entusiasmo. —La Horda se prepara para el conflicto y los sin’dorei son parte de la Horda, Lor’themar.

Sus palabras lo golpearon cual rocas. Sabía lo que pedía y siempre estuvo consciente de que llegaría el momento. Sin embargo, al hallarse de pie en el salón, de súbito consciente de la manera en que su enormidad lo devoraba, no pudo responder.

—Lor’themar —las palabras de Sylvanas estallaron a su alrededor con impaciencia—, vamos a acabar con Arthas de una vez por todas.

Éste sacudió la cabeza con lentitud.

—Agradezco que tú y el señor de guerra Thrall quieran que formemos parte del frente inicial en Rasganorte, pero nos encontramos en el límite. Recibimos una solicitud similar por parte del Kirin Tor, sin embargo, no puedo enviar a mis fuerzas al norte. Desde lo acaecido en Quel’Danas…

—Esto no es una solicitud, Lor’themar —interrumpió ella, sus ojos fulgurando en rojo—, enviarás tropas para apoyar a los Renegados.

—Sylvanas —dijo Lor’themar en voz baja—, acabamos de salir de una guerra civil. ¿Qué podemos ofrecer?

—¿Has olvidado quién es el responsable del estado actual de Quel’Thalas? ¿Quién tiene la culpa? —Sylvanas buscó una respuesta en el rostro de Lor’themar y prosiguió al no hallarla. —Bueno, ¡al menos yo no! Mi venganza no ha de ser denegada y tú me darás lo que te exijo: los montaraces y magos sin’dorei, así como los caballeros de sangre.

—No podemos prescindir de ellos, Sylvanas.

Sus labios escamados dieron paso a una sonrisa burlona.

—Entonces puedes esconderte aquí como perro golpeado si tal es tu voluntad, Lor’themar. Aunque si consideras que algo bueno vendrá de ello, eres un tonto. ¿Crees que Arthas se contentará con ignorarte mientras esperas y lames tus heridas? ¿Piensas que yo toleraré tal cobardía? Te advierto, quienes no están con los Renegados, están en su contra y aquellos que se encuentran en tal posición no durarán mucho. Mi pueblo ha vigilado y protegido estas tierras; gracias a mí tienes un lugar en la Horda. Marcharás con nosotros a Rasganorte o dejaré de prestar mi apoyo a Quel’Thalas.

En la zona sur, cerca de las Tierras de la Peste, ahí donde la Plaga aún deambula libremente por la Cicatriz Muerta pese a todo esfuerzo por suprimirla, no podían darse el lujo de perder el apoyo de las tropas de Sylvanas. Lor’themar no había mentido ante Aurora y Renthar cuando dijo que su posición en las Tierras Fantasma era más segura, mas no era tan ingenue como para creer que esto era posible sólo con soldados Thalassianos. Sin los Renegados caería Tranquillien y luego, ¿qué vendría después? Por segunda ocasión desde su regreso de Quel’Lithien escuchó las palabras de Lanza de Halcón en su mente.

Ya no somos su gente.

Si Lor’themar era honesto consigo mismo, no podía negar que sabía que tal cosa ocurriría. —Enviar a mi pueblo exhausto a encontrar más muerte en Rasganorte, o arriesgarme a perder Quel’Thalas ante la Plaga una vez más. —En la distancia escuchó su propia risa, muy similar a la de Rommath. —No hay elección en torno a esto, Sylvanas.

La reina Banshee lo miró con indiferencia.

—Espero tus fuerzas en Entrañas a más tardar en dos semanas, Lor’themar —respondió ella— y no seré decepcionada.

—Sí, mi señora.

Ella se volvió para irse.

—¿Cómo puedes hacer esto? —Lor’themar notó la ira desesperada en la voz de Rommath con sorpresa sorda; el gran magistrado todavía parecía creer que existía la posibilidad de negociar con Sylvanas.

—¡Esto es una extorsión! —Prosiguió Rommath, sus nudillos tornándose blancos al apretar los puños alrededor de su bastón. —¡Fuiste  quien nos ofreció ayuda en primer lugar! ¡Nunca la pedimos, nos la diste por voluntad propia! ¿Cómo pueden hacerse llamar nuestros aliados un momento y tomar nuestras tierras de rehén al siguiente; exigiendo rescate por ellas?

Sylvanas lo consideró un momento, mirándolo con aire de suficiencia pese a que el magistrado era más alto que ella.

—Nunca estuvieron obligados a aceptar mi oferta —dijo—, fue su decisión hacerlo. Todo lo que pido por el momento es la voluntad y el poder para derrotar a nuestro más grande enemigo.

Rommath la miró con odio puro, pero Lor’themar habló antes que el gran magistrado pudiese decir más al respecto.

"—¿Hay algo más que desees tratar, Sylvanas? —Sonaba derrotado ante sus propios oídos, carente de voluntad y pasión. Tratar, lo azuzó una vocecilla. Como si fuese posible tratar con la reina Banshee.

—No Lor’themar, he terminado.

Shorel’aran, Sylvanas, —dijo él.

Los ojos de la reina Banshee fulguraron ante la despedida en Thalassiano, mas no dijo nada. Lor’themar la miró sin interés mientras se retiraba; la miró porque no había nada más que ver. Se sentía tan frágil como una hoja de pasto en una helada.

Al darse la media vuelta, Lor’themar notó de mala gana que Aethas había hecho acto de presencia en algún punto de la reunión. Le irritaba que el archimago hubiese visto su humillación, pero no le quedaban fuerzas como para preocuparse de su orgullo. Pese a su aturdimiento, su mente ya estaba preparando listas; la guerra le era familiar. Halduron llamaría al capitán Estigma Solar y al teniente Corredor de Ocaso. Rommath notificaría a los magos y podría actuar en representación de los caballeros de sangre mientras informaban a Liadrin. Aethas tendría la oportunidad de probar su valía. El señor regente avanzó por el pasillo como si estuviese en un sueño.

—¡Lor’themar!

Éste se detuvo y se volvió hacia la voz, intentando controlar su rostro y parecer atento o interesado. En realidad, se encontraba exhausto. Únicamente deseaba regresar a su escritorio y estar solo. Quizá ocupando su mente con tareas mundanas necesarias olvidaría por un rato lo ocurrido.

Como era costumbre, Rommath no le dejaría ser.

—Lor’themar, —dijo de nuevo en tanto que alcanzaba al señor regente. —No estás hablando en serio, no podemos…

—Ya la escuchaste Rommath, —interrumpió Lor’themar. —Vamos a Rasganorte o perdemos el apoyo de los Renegados y posiblemente el del resto de la Horda; así que iremos. —Se dio la media vuelta para retirarse.

—Aún hay soldados en las enfermerías por lo acaecido en Quel’Danas, —prosiguió Rommath. —Ni siquiera ha habido servicios funerarios apropiados para los muertos; ¡por la Fuente del Sol, Lor’themar!

—No tenemos elección Rommath, ¿no lo comprendes? ¡Hacemos lo que Sylvanas pide o es muy posible que perdamos todo Quel’Thalas al sur del Río Elrendar!

—¡Entonces que así sea! —Gritó Rommath. Lor´themar se congeló y se volvió con lentitud una vez más, notando el también sorprendido rostro de Halduron.

—¿Que así sea? —Comenzó a alzar la voz. —¿Tienes idea de cuántos elfos, sin’dorei y quel’dorei, murieron por defender esas tierras? ¿Cuántos siguen dando sus vidas? ¿Y sólo dices que así sea? ¿Qué demonios pasa contigo?

—¡Hubieran preferido morir en vano antes de dar sus vidas para que te convirtieses en el títere de un… monstruo en nombre de su sacrificio!

Lor’themar no podía creer lo que escuchaba. Rommath le clavaba una mirada feroz, pero no de ira o desprecio, sino de salvaje, y poco característica, desesperación. Durante su regencia, y aunque él y Rommath habían discutido en innumerables ocasiones, éste último nunca perdió su compostura y porte. En estos momentos prácticamente temblaba. Por el rabillo del ojo Lor’themar notó que una pequeña multitud se había reunido y no tenía deseos de causar una escena.

—No te dejes amedrentar por sus amenazas, —dijo Rommath en voz baja y Lor’themar, en horrorizada sorpresa, se dio cuenta de que suplicaba. —Sólo piensa usarte.

Resentido, Lor’themar apretó los puños. —Haré lo que sea necesario para proteger Quel’Thalas y a su gente —declaró—, aunque esto signifique ser utilizado. Tú obedecerás mis órdenes, ¿queda claro?

—¿Y cuánto tiempo crees que podrás jugar este juego?

—Tanto como sea necesario, —respondió Lor’themar inmutable. Rommath se había topado con su obstinación y el señor regente no sería vencido fácilmente. Se irguió y miró a Rommath a los ojos. El gran magistrado le devolvió la mirada por un momento, pero todo su cuerpo pareció flaquear y cerró los ojos. —Un líder de los sin’dorei alguna vez me dijo palabras muy similares, Lor’themar, —dijo en voz baja, desviando la vista. —No discutí con él en esa ocasión, de hecho, en aquel entonces pensé que estaba en lo correcto.

Se le heló la sangre a Lor’themar.

—Lo enterramos en Quel’Danas, —dijo Rommath y suspiró pesadamente. —Notificaré la decisión del señor regente a Lady Liadrin y al magistrado Promesa de Sangre. Me reportaré con usted cuando tenga sus preparativos. —Se marchó sin decir palabra, con los hombros caídos.

Sin poder pensar de manera muy clara, Lor’themar siguió al gran magistrado con la vista hasta que éste dobló una esquina y desapareció.

—Lor’themar, —la tranquila voz de Halduron lo sacó de su trance. El señor regente se volvió hacia su amigo sólo para descubrir que el general de montaraces le miraba extrañado, como si le estuviese viendo por primera vez. Lor’themar quería sacudirle, gritarle que dejara de mirarle de ese modo.

—¿Cuáles son las órdenes del señor regente? —Preguntó Halduron. Su formalidad era desconcertante.

—Informa al Retiro de los Errantes y al Enclave de los Errantes, —respondió. —Comunícales lo que ha sido decidido.

Halduron asintió, dejándole con una última mirada ininteligible.

Lor’themar miró a su alrededor, su cara de pocos amigos envió a sirvientes y guardias del palacio de vuelta a sus deberes. La única persona que quedaba en el pasillo era Aethas Rasgasol, quien se negaba a ser ignorado.

—Si va ir a Rasganorte, ¿apoyará también al Kirin…?

—El Kirin Tor puede hacer lo que le venga en gana, no es problema mío. —Respondió hostilmente Lor’themar. —Sin embargo, como una cantidad considerable de elfos sin’dorei viajarán pronto al norte, estoy seguro de que muchos terminarán a tus puertas. Harás todo lo posible para ayudarles, Aethas. Ahora vete y encuentra a Rommath, estoy seguro que de algo le servirá tu ayuda. —Lor’themar finalmente fue vencido por el desprecio que sentía. —Supongo que debes estar complacido, archimago.

Aethas negó con la cabeza. —Es cierto que deseaba obtener su apoyo en Rasganorte, señor regente, pero no en estos términos. Créame cuando digo que preferiría que aceptara por voluntad propia y no por…

—Mi voluntad permanece intacta, gracias, —Lor’themar lo interrumpió de nuevo, doliéndose del filo de las palabras de Aethas. —Y es por mi voluntad que se gobierna Quel’Thalas.

—Por supuesto, mi señor, —respondió Aethas, inclinándose ligeramente como señal conciliatoria. Sin embargo, cuando éste levanto la vista, Lor’themar notó que la disculpa no se extendía a sus ojos. Furioso, Lor’themar se dio la media vuelta y lo dejó ahí, solo bajo pesadas banderas rojas con dorado.

* * * * *

Diario del señor regente, entrada 83

No consigo recordar la última vez que dije una mentira tan descarada desde que fui forzado a entrar a la política. Sin embargo, le mentí a Aethas, él lo sabe, yo lo sé y cualquiera que me haya escuchado lo sabe también. De hecho, mi voluntad significa muy poco. Puedo pretender que mi poder es real, mas todo es un acto y no existe nada honesto en ello. Puedo lavarme las manos, jugar al mártir, ser victimizado y no lograr nada, o puedo pelear y victimizar a otros; volviéndome la esencia de todo aquello contra lo que he luchado. Si en algún momento he racionalizado mis decisiones con cualquier otra lógica, me estaba mintiendo a mí mismo. Lanza de Halcón tiene razón, trato con el diablo. No obstante, es posible que la Fuente del Sol jamás habría sido restaurada si no hubiéramos descendido a tal nivel. Tanto él como Aurora pueden dormir tranquilos sabiendo que nunca comprometieron su ética, pero si niegan que prosperan gracias a quienes han hecho tal; se engañan tanto como yo.

Estoy muy cerca de creer que el fin justifica los medios, pero las ruinas del Bancal del Magistrado me perseguirán por siempre, recordándome el destino al que tiento con dichos pensamientos. Esta es la línea por la que camino, sabiendo que no es posible defender los actos que desempeño por necesidad. Tales verdades son irreconciliables, pero en ocasiones las sostengo a la par y casi puedo decir que entiendo. Podría llamar a esto una revelación profunda si fuera lo suficientemente ignorante como para no darme cuenta de que sólo estoy aprendiendo lo que Kael’thas, y Anasterian antes que él, aprendieron en su momento. Lo único que podemos hacer es transitar el camino que nos fue dado con tanta dignidad como podamos —cada uno a nuestra propia gloria o deceso— y rogar que aún exista algo de nuestros corazones cuando todo termine. Por la Fuente del Sol, espero que algo quede del mío.