Sylvanas Brisaveloz:Al Filo de la Noche
Dave Kosak

Corona de Hielo

Sylvanas Brisaveloz flota en un océano de consuelo, donde las sensaciones físicas se ven reemplazadas por la pureza de emoción. Es capaz de tomar la felicidad, ver la alegría y escuchar la paz. Esta es la otra vida, su destino. El mar eterno en el que terminó después de caer defendiendo a Lunargenta. Ella pertenece a este sitio. Cada remembranza hace que se empañen los recuerdos que tiene de este lugar. El sonido se torna distante y el calor se enfría, la visión se desarrolla en la palidez de un sueño a media reminiscencia. Sin embargo, éste, con claridad espantosa, siempre termina igual y el espíritu de Sylvanas es arrancado. El dolor es tan intenso que su alma queda desgarrada para siempre. El rostro de Arthas Menethil, con su torcida sonrisa y ojos muertos, se burla de ella mientras la jala de vuelta al mundo; violándola. Su risa, esa hueca risa, el mero recuerdo hace que su piel se enchine.

* * * * *

—¡Hijo de puta! —Aulló Sylvanas, pateando un pedazo destrozado de la armadura congelada del Rey Exánime. Su voz vacía y aterrorizante se quebró bajo el peso de su odio. El sonido hizo eco a través de los picos de Corona de Hielo, deslizándose por los valles tal como la empalagosa bruma que embrujaba este horrible sitio.

Había viajado sola hasta aquí, la otrora sede de poder de Arthas, la punta de la Ciudadela Corona de Hielo; donde un trono helado se alzaba imponente sobre una meseta de hielo blanco. Era obvio que el mocoso egoísta que conocía se establecería aquí, sentado en la cima del mundo. Sin embargo, ¿dónde estaba ahora? Destrozado, ella ya no podía sentir su maldad jalando los bordes de su conciencia. Las piezas de su armadura rota se encontraban dispersas en el pico blanco que se encontraba frente a su trono, rodeadas de plastas congeladas de sangre ennegrecida; los restos de aquellos que finalmente hicieron que cayera de rodillas.

Sylvanas lamentó no haber estado ahí para ver su derrota y recogió un guantelete quebrado, el mismo que cubría la mano que blandía Frostmourne. Por fin ha muerto. ¿Por qué se sentía tan vacía por dentro? ¿Por qué seguía pulsando con rabia? Sylvanas lanzó la armadura desde la punta para verla desaparecer entre la turbulenta niebla.

Descargar en alta resoluciónNo estaba sola. Nueve espíritus fulgurantes rodeaban el pináculo y sus rostros enmascarados se volvieron hacia ella. Sus formas efímeras flotaban con la ayuda de alas elegantes y carentes de sustancia. Eran las Val’kyr, las doncellas guerreras de antaño, previamente esclavizadas por la voluntad de Arthas. ¿Por qué permanecían en este sitio? Sylvanas no sabía, ni tampoco le importaba. Se mantuvieron fuera de su camino, mudas e inmóviles mientras ella aullaba con furia. ¿Estaban mirándola? ¿Juzgaban sus acciones? Sylvanas las ignoró y caminó trabajosamente por la nieve hasta llegar al trono de Arthas.

Alguien más estaba ahí sentado.

En un principio Sylvanas pensó que se trataba del cadáver de Arthas, colocado en ese sitio de honor de manera burlona y sellado en un bloque de hielo, mas la silueta era totalmente distinta. Se aproximó al trono y pasó la mano por encima de la superficie del hielo, mirando la distorsionada figura en su interior; humano, sí. Sylvanas reconoció el perfil de una hombrera de la Alianza, no obstante, el cuerpo presentaba quemaduras muy serias. La piel se encontraba abierta como si fuera carne rostizada. Llevaba la corona de Arthas y sus ojos, ese destello de consciencia…

Lo reemplazaron. ¡Había un nuevo Rey Exánime en el trono!

Sylvanas gritó nuevamente y su shock se tornó en furia explosiva. Primero golpeó el hielo con la palma de su mano y luego con su puño. El hielo se resquebrajó y el rostro inmóvil pareció partirse detrás de la red de fracturas. Sus aullidos se apagaron, perdiéndose en la neblina que envolvía el pico. Lo reemplazaron. ¿Significa esto que siempre habrá un Rey Exánime? Idiotas. Ingenuamente creen que su títere no comenzará a torcer el mundo para sus propios fines algún día, o peor aún, que no se convertirá en el arma contundente de algo todavía más terrible.

Fue un golpe amargo. Esperaba entrar triunfalmente, no toparse con otra derrota. La victoria era hueca, pero se alejó del trono, se irguió y aceptó que el ciclo continuaría. Arthas estaba muerto. ¿Qué importaba si otro cadáver llenaba su trono vacío? Sylvanas Brisaveloz consiguió su venganza. La visión que impulsó a la dama oscura y a su gente durante años se había materializado; ni a una sola fibra de su cuerpo reanimado le importaba qué ocurriese con el mundo ahora.

Había terminado al fin. Una fracción de ella se sorprendió de que seguía en este mundo pese a que la presencia de Arthas ya no se encontraba tirando de la parte posterior de su mente. Se alejó del trono y se volvió para mirar el mundo frío y gris que la rodeaba. Sus pensamientos regresaron a ese sitio de felicidad, ese vistazo a medio a recordar de lo que aguardaba más allá. Casa, era tiempo.

Con paso lento regresó al afilado borde de la plataforma congelada. Trescientos metros abajo, oculto por las nubes, yacía un bosque de púas de saronita que Sylvanas había explorado previamente. La caída no podía matarla ya que su carne reanimada era casi indestructible. Sin embargo, las púas —la sangre solidificada de un Dios Antiguo— no sólo harían pedazos su cuerpo sino también su alma. Ella deseaba esto, el regreso a la paz. La labor que comenzó en los bosques de Lunargenta había concluido con la muerte de Arthas.

Descolgó el arco de su hombro y lo dejó caer a un lado. El impacto con la superficie desigual del hielo fue audible. Posteriormente se quitó el carcaj. Las flechas se regaron, despeñándose como una cascada por el costado de la Ciudadela Corona de Hielo, desvaneciéndose una por una entre la niebla. El carcaj vacío cayó silenciosamente a sus pies.

Su rasgada capa oscura, libre de las armas que acababa de tirar, comenzó a agitarse alrededor de su cuello con los agrestes vientos. No sentía frío, sólo un dolor sordo que pronto se disiparía por completo. Podía percibir como su espíritu llegaba a un sitio de calma por primera vez en casi una década. Se inclinó hacia el borde del abismo y cerró los ojos.

Como una, las Val’kyr se volvieron en silencio para mirarla.

Gilneas

—Adelan… —Gritó el mariscal, orden que se vio interrumpida cuando una bala de mosquete despedazó su mandíbula inferior. La muralla frente a él se encontraba hendida, pero aún ofrecía cobertura para los francotiradores apostados en posiciones elevadas; ocultos por la lluvia. El clima se desbordaba desde el cielo en capas blancas, empapando a defensores y atacantes por igual. El mariscal cayó al suelo, rodando como saco de papas por una pila de escombros hasta detenerse en un denso charco de lodo. Al igual que los demoledores y los vagones de carne que constituían su artillería, sus tropas no avanzaban. Cualquier hombre normal habría perecido pero, como el mariscal ya estaba muerto, poco tardó en levantarse del lodo, chorreando sangre coagulada e icor de lo que le quedaba de rostro.

Al norte, en un extenso campo lleno de surcos, y al otro lado de una cortina de lluvia, Garrosh Hellscream intentaba comprender qué ocurría en el frente. Podía ver la silueta gris de la gran muralla de Gilneas, con enormes boquetes diagonales donde el cataclismo la había desgajado. Si sus Kor´kron estuvieran a la vanguardia, habrían entrado como si nada. Gruñó al ver como regresaba un grupo de exploradores Renegados. Caminaban pesadamente sobre el lodo, andrajosos y maltrechos. Aún en la victoria los Renegados tenían apariencia de cadáveres, en la derrota, se veían mucho peor.

—Tus exploradores no sirven para nada, los envié a hostigar las defensas de la muralla y regresan arrastrándose como perritos golpeados. —Bramó Garrosh sin siquiera dirigir la mirada a su acompañante. El enorme orco de piel café estaba ataviado en su traje de batalla más temible y sus tatuados bíceps resaltaban bajo sus hombreras adornadas con colmillos. Aunque se encontraba de pie justo frente a su tienda, se negó a resguardarse de la lluvia. El agua escurría sobre su ceño fruncido y su mandíbula ennegrecida.

El Maestro Apotecario Lydon, resguardado bajo el dosel de la tienda, se veía verdaderamente frágil junto al enorme orco. Su rostro picado, cubierto por una madeja de cabello morado grisáceo, se estremeció mientras intentaba formular una respuesta que no le hiciera acreedor a otra ronda de abuso verbal de parte del señor de guerra. —Puedo asegurarle que dan tanto como reciben, —dijo con tono mesurado, su voz áspera y plana. —Las defensas de Gilneas están, de cierto, en caos.

—¿Entonces a qué se debe que tus exploradores regresan cojeando en lugar de avanzar? —Garrosh pateó un barril. Detrás de él, sus propias tropas aguantaban la lluvia. Cuatro compañías de orcos y tauren, guerreros de élite seleccionados personalmente, respaldados por cinco batallones de los combatientes más duros de Orgrimmar. Sus filas se extendían por los campos del Bosque de Argénteos, un océano de rostros verdes y cafés frente a un fondo de banderas de color rojo brillante. —¿Dónde están los regimientos prometidos de Lordaeron? Su misión es inundar la brecha, perdemos tiempo.

Lydon sabía que era inútil hablar de tácticas con el necio señor de guerra, pero su desesperación aumentaba conforme se acercaba el momento de atacar. Se lamió sus grises labios con una lengua de color morado oscuro e intentó responder de manera casual, tratando de apelar a la razón. —Sin duda un retraso a causa de la lluvia, pero llegarán pronto. Son, absolutamente… los mejores de Lordaeron. El corazón de nuestra infantería y la espina dorsal de nuestros esfuerzos…

Garrosh se pasó los nudillos por el costado del rostro en tanto que miraba el terreno, asignando mentalmente posiciones a la infantería y caballería que venía en camino mientras Lydon hablaba.

—Pero no puede simplemente enviarles a la brecha central de la muralla —prosiguió Lydon—, es un… cuello de botella bien fortificado y vigilado. Las tropas a caballo con armadura pesada no podrán maniobrar y serán abatidas por el fuego de los mosquetes que surge desde los escombros. De seguro puede ver…

—¡Claro que veo! —Respondió Garrosh. —La puerta se encuentra entreabierta y ahora es necesario derribarla. Tu raza es útil para tal propósito. —El señor de guerra miró directamente a Lydon, sus ojos fríos se clavaron en la pálida luz amarilla que llenaba las cuencas oculares del maestro apotecario. —Son cadáveres, casi imposibles de matar. Si inundan el cuello de botella, abrirán el camino para que pase el resto de la Horda; fresca y preparada. Avanzaremos sobre un puente de cuerpos destrozados de ser necesario. Este es el modo de lidiar con las fortificaciones y ganar las guerras.

El maestro apotecario levantó dos dedos huesudos. —Si pudiéramos usar un… sólo un toque de la plaga. Únicamente para crear una abertura, no lo suficiente como para causar ningún… ¡una pizca! Más para diseminar miedo y pánico que cualquier tipo de…

El golpe de revés de Garrosh salpicó la tienda con un fulgurante arco de agua de lluvia al momento de impactarse lateralmente con el rostro de Lydon. El maestro apotecario se tambaleó como si le hubiese golpeado un caballo, pero logró mantenerse erguido por pura voluntad.

—Si estás sugiriendo utilizar aunque sea un gramo de esa inmundicia que tienes oculta, te haré arder juntocon tu ciudad-cloaca. —Gruñó Garrosh antes de volverse para mirar lo que ocurría.

Humillado, el Maestro Apotecario Lydon murmuró un apenas audible, —sí, señor de guerra. Sin embargo, su ira se enroscaba en su interior. ¿Dónde está la Dama Oscura Sylvanas? Se preguntó, mirando hacia el cielo gris con sus cuencas vacías. ¿Por qué no está aquí para contrarrestar a esta bestia?

Corona de Hielo

Sylvanas se tambaleó al borde de la punta de Corona de Hielo, sus ojos cerrados. Poco después levantó los brazos. Aunque el viento calaba hasta los huesos, ella sólo sentía un dolor muy débil.

Sintió una presencia en las cercanías y abrió los ojos. Las Val’kyr estaban más cerca, tanto que podía ver el brillo de las armas que pendían junto a sus muslos fantasmales. ¿Qué querían?

Sin advertencia alguna, una visión llenó su mente; un recuerdo. Se encontró dentro de una recámara cálida y bañada por el sol. Rayos de luz dorada se colaban por la ventana, iluminando motas de polvo que flotaban sin dirección alguna mientras trazaban patrones ornamentados en el suelo. Ésta era su habitación hace una vida. Aún no había visto su vigésimo otoño, sin embargo, la joven Sylvanas ya era la cazadora más prometedora de su familia. Se puso las botas de cuero que le llegaban hasta el muslo, midiendo con cuidado los lazos y atándolos de manera decorativa. Ajustó el bordado con patrón de hojas y luego saltó de la cama para admirarse en el espejo. Su cabello rubio, largo hasta la cintura, fluía como el agua, casi transparente a la luz del sol. Sonrió radiante ante el espejo, acomodándose el cabello hasta que cayó alrededor de sus largas y delgadas orejas del modo perfecto. No era suficiente ser la mejor cazadora de la familia. Tenía que dejar a todos sin aliento cuando salía. Era increíblemente vanidosa.

Era un recuerdo extraño y olvidado, e hizo que Sylvanas se alejara del borde del pico. ¿Qué lo provocó? Esa vida llevaba mil veces de perdida.

Otro recuerdo inundó sus sentidos. Ahora se encontraba agachada detrás de una saliente de piedra lisa en el Bosque Canción Eterna. El follaje otoñal crujía encima de ella, ocultando el sonido de los pasos de su acompañante mientras corría y se ponía a cubierto junto a ella. —¡Son demasiados! —Exclamó, su voz apagándose cuando ella alzó un dedo. —Sólo tenemos una docena de montaraces allá arriba, —dijo en un susurro. —¡No sobrevivirán a eso! —Sylvanas no quitó la vista de la masa oscura de cadáveres que avanzaba inexorablemente hacia el vado del río. Era la cúspide de la Tercera Guerra, a unas cuantas horas de que Lunargenta cayera a manos del ejército de Arthas.

—Sólo necesitan retrasarlos mientras fortificamos las defensas del Pozo del Sol, —respondió ella en tono mesurado.

—¡Van a morir!

—Son flechas en el carcaj —dijo Sylvanas—, es necesario gastarlas si hemos de obtener la victoria.

Era imprudente. ¿Vacía? No, una luchadora. Tenía el corazón de una guerrera.

Ahora, tan súbito como el último, un tercer recuerdo. —¡Herederos legítimos de Lordaeron! —Gritó Sylvanas, sosteniendo su arco en alto. Su antebrazo, aún delgado y musculoso, tenía un matiz gris azulado; muerto. La escena era muy distinta esta vez. La visión presentaba el frío lustre de un recuerdo vivido después de la muerte. Frente a ella había una grotesca y temblorosa muchedumbre de cadáveres. Sus armaduras incompletas, sus cuerpos maltrechos y el hedor inimaginable. Sus miradas lastimeras y desesperadas le recordaban a niños; le disgustaban. Pero la necesidad de estos seres le concedía poder a Sylvanas. —El Rey Exánime se tambalea y ustedes han recobrado su voluntad. ¿Se volverán extranjeros en su propia tierra? ¿O hemos de aceptar la cruel mano que nos ha dado el destino para retomar nuestro lugar en el mundo?

La respuesta a sus preguntas vino en forma de gorgoteos y una ovación rasposa, casi desesperada. Puños huesudos se alzaron hacia el cielo. Esta pobre gente, campesinos, granjeros, sacerdotes, guerreros, señores y nobles… aún no comprendían qué les había ocurrido. Sin embargo, que alguien, cualquiera, les asegurara que pertenecían a algún lugar era electrizante. —Somos los abandonados, somos… renegados.Pero cuando el sol se levante mañana, la capital será nuestra, —pronunció Sylvanas; ellos rugieron.

—¿Pero qué hay de los humanos? —Preguntó un joven alquimista cuando el barullo dio paso al silencio. —Sylvanas lo reconoció, estuvo en la lucha la noche anterior. Una calculadora inteligencia brillaba en las cuencas de sus ojos. Su nombre era Lydon. Ya había aceptado su situación, refiriéndose a los humanos como si fuesen una raza separada. Ella hizo la nota mental de aprovecharlo.

—Los humanos servirán su propósito, —respondió ella, su mente realizando cálculos. —Creen que están liberando la ciudad, así que dejaremos que luchen por nosotros y se desgasten para nuestro beneficio. Son —tropezó con una analogía que había usado con anterioridad—, flechas en nuestro carcaj.

A modo de aprobación, la temblorosa muchedumbre de no muertos aplaudió y tosió con regocijo. Sylvanas los miró fríamente. Ustedes también, pensó. Flechas que apuntaré hacia el corazón de Arthas.

¿El corazón de una guerrera? Se había tornado fría. No, era la misma, tanto en vida como en muerte.

Sylvanas sacudió la cabeza y aclaró su mirada. Eran recuerdos, pero ella no los recordaba por cuenta propia. Estaban siendo arrancados, extirpados por las Val’kyr. Los espíritus mudos flotaban a su alrededor y la observaban en silencio. ¡Me están estudiando! Notó Sylvanas. ¡Juzgándome!

Ella llenó sus pulmones de aire frío, sus ojos vivos de súbito. —¡No seré juzgada! —Gritó. —Ni por ustedes, ni por nadie. —La furia en su interior iba en aumento. ¿Funcionaría su aullido banshee contra estas… cosas?

Pero no necesitaba luchar más, había terminado. —Atrás —ordenó—, ¡fuera de mi mente!

Sylvanas dio un paso hacia atrás. El viento golpeaba su cabello y agitaba su capa rasgada. Los recuerdos de quién había sido y en qué se había convertido hicieron un nudo en su estómago, cosa que ahora buscaba desenmarañar. Ya no sería la vengativa líder de una raza híbrida de cadáveres putrefactos. Su labor se encontraba completa y la recompensa que le había sido negada durante tanto tiempo aguardaba. Deseosa de recuperar esa felicidad olvidada, se dejó caer de espaldas desde la punta de la Ciudadela Corona de Hielo. El viento silbaba a gran velocidad, un lamento creciente. El pináculo y las silenciosas Val’kyr en la cumbre desaparecieron…

Su cuerpo se hizo pedazos al chocar contra las rocas de saronita.

Gilneas

Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

 Como si fuera un sueño, el corazón del ejército no muerto de Lordaeron avanzó con determinación. Las órdenes verbales extrañamente carecían de sonido. La caballería pesada entraba por la brecha y las pezuñas esqueléticas de sus corceles hallaban puntos de apoyo en los restos de la muralla caída. Los Renegados luchaban por abrirse paso, el espacio en ocasiones tan estrecho como columna de cuatro en fondo.

Entonces, la artillería de los defensores abrió fuego con un crack apagado y reverberante. Hombres y caballos fueron convertidos en masas sanguiolentas donde se impactaron los proyectiles. Los disparos de mosquete hicieron erupción, como golpeteo de tambores distantes, y fila tras fila cayó. Sin embargo, estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de Corona de Hielo. Seguían entrando, implacables, para luchar contra los defensores que se resguardaban en el interior. Llegó la segunda ola, lanzando garfios a la punta de la torre mientras eran bañados con aceite hirviendo. En un instante, el frente quedó en llamas. Los disparos acribillaban a los Renegados, sin embargo, éstos continuaban el asalto.

Algunos llegaron a la punta de la pared sólo para ser abatidos, los defensores no eran humanos. Esos rabiosos animales lupinos que merodeaban por el Bosque de Argénteos habían sido organizados en una fuerza de combate. Donde armas de fuego y espadas fallaban, dientes y garras hendían al ejército de no muertos.

Los Renegados atacaron de nuevo, sus armas manchadas de sangre y empapadas por la lluvia. Sus siluetas tenían apariencia gris entre la niebla y sus gritos eran ecos silenciosos mientras los partían por la mitad. Incluso los defensores se tambaleaban ahora. Habían matado a tantos, ¿era posible que aún quedase algo?

La primera ola de orcos tomó por sorpresa a los Gilneos. Las fuerzas de la Horda avanzaron sobre una alfombra de cadáveres, con claros deseos de victoria en sus ojos y gargantas. Todo se encontraba en silencio poco antes de desvanecerse.

La visión fue reemplazada por el Baluarte, el conjunto de fortificaciones a medio construir que dividía la frontera de Lordaeron con la zona conocida como las Tierras de la Peste. El Maestro Apotecario Lydon estaba ahí, le faltaba el brazo izquierdo y una enorme herida le surcaba el rostro. Hablaba con urgencia, mas no había sonido alguno. Intentaba organizar un esfuerzo defensivo de último minuto, pero no tenía mucho material con qué trabajar. El corazón del ejército de los Renegados fue sacrificado en Gilneas.

Los pocos sobrevivientes se enfrentaron a una fuerza organizada de humanos y enanos que marchaba hacia el oeste, fresca después de su victoria en Andorhal. Los remanentes maltrechos que quedaban en el Baluarte tenían pocas probabilidades de prevalecer y al resto de la Horda no se le veía por ningún lado.

Esto no es real. Sylvanas se dio cuenta y comprendió de súbito que su propia consciencia observaba el desarrollo de estos eventos. Estaba muerta, podía sentirlo, pero su espíritu se encontraba atrapado en el limbo. ¿Qué es esto?

Lo último que recordaba era la caída hacia su muerte. Estas visiones eran como reminiscencias de eventos que aún no habían ocurrido. ¿De dónde venían? ¿Dónde estaba ahora?

De súbito, la capital se encontraba bajo asedio. El rey Wrynn estaba de pie cerca de los restos ardientes de la torre de zepelíns, trazando diagramas de la ciudad de Entrañas para sus generales. La había tomado por asalto antes y confiaba en que obtendría la victoria.

Dentro de las murallas de la ciudad ardían hogueras y a Sylvanas le hirvió la sangre. La Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No, momento; intentó comprender la nublada visión. Los pocos Renegados que quedaban —notó—, se estaban lanzando a las hogueras en lugar de enfrentar a sus verdugos.

—¡Esto no es real! —Declaró Sylvanas, su voz hizo eco dentro de su mente y sonó como cuando aún se encontraba con vida. ¿Era tan débil su pueblo? No, ¡no! Garrosh asesinó a sus mejores tropas en sus despilfarradoras campañas. El liderazgo de los Renegados había sido destripado y eso era lo que mostraban estas visiones.

La niebla lo envolvió todo y el futuro se tornó indistinto. Sylvanas ya no podía sentir su cuerpo, pues flotaba en alguna especie de limbo. Se dio cuenta de que podía verse a sí misma y, rodeada de un silencio sobrecogedor, levantó sus manos. Su piel era rosada de nuevo, con matiz dorado, como había sido en vida; pero no se encontraba sola en este sitio.

Dejó escapar un grito ahogado cuando se dio cuenta de que estaba rodeada. Nueve mujeres guerreras flotaban en un círculo a su alrededor y la belleza de éstas sobrepasaba incluso la suya. La apariencia de las Val’kyr era la misma que tenían en vida. Algunas tenían ojos azules como gemas y cabello negro que caía alrededor de rostros bronceados. Otras contaban con melenas rubias que resplandecían igual que el sol en la nieve. Sus rostros eran suaves, con mandíbulas firmes. Sus brazos tersos y musculosos; muslos anchos y fuertes. Cada una blandía un arma distinta, una lanza, una albarda, una enorme espada a dos manos que se extendía hasta el suelo como una línea fulgurante de acero pulido; tan alta como las doncellas. Cada una era la mejor guerrera de su generación.

Todas eran como yo, notó Sylvanas. Vanidosas, victoriosas y orgullosas.

—Sí que lo éramos, —dijo la Val’kyr rubia que sostenía la espada a dos manos, respondiéndole a Sylvanas como si ésta hubiese hablado. Su voz era sonora y llena. —Soy Annhylde la Invocadora y ellas son doncellas de batalla, mis hermanas. Somos las últimas nueve que quedamos. Servimos a los guerreros del norte en vida y decidimos continuar con nuestro servicio en muerte.

—Para servir al Rey Exánime.

La visión de Annhylde mostró irritación. —¿Y  escogiste servir al Rey Exánime? —Preguntó ella.

¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Gruñó Sylvanas.

—Visiones del futuro, —explicó Annhylde. —Cuando una vida se extingue, deja algo a su paso; esto es la tuya.

—No se necesita una bola de cristal para ver que Hellscream está desperdiciando los recursos de la Horda, desgajándola con sus deseos de conquista. —Sylvanas sintió como resurgía su antigua furia, pero su cuerpo no respondía; no sentía nada. —¿A dónde me han traído? Debería estar muerta.

—Lo estás, —dijo otra Val’kyr, su cabello era de color carbón.

—He probado el olvido antes, —protestó Sylvanas. —Me mantienen en el limbo, ¿por qué?

Annhylde permaneció paciente, su voz tranquilizadora y mesurada. —Para que puedas ver las consecuencias de tu muerte y ofrecerte la oportunidad de elegir…

—He tomado mi decisión, —interrumpió Sylvanas.

—¡Tu gente morirá! —Espetó la Val’kyr de cabello oscuro. Quedaba claro que en vida había sido la más joven de las doncellas de batalla y ahora era la más impaciente en la no muerte.

Sylvanas pensó en su gente. Habían recorrido un gran trecho desde sus diezmados orígenes, la anhelante y confundida muchedumbre de cadáveres frescos apiñados en las ruinas de la devastada capital de Lordaeron. Los Renegados eran ahora una nación, una multitud fétida, espantosa y sanguinolenta de cáscaras sin vida, hábil en combate, mortífera con las artes arcanas y libre de toda limitante moral. Se habían tornado en el arma perfecta; su arma. Asestaron el golpe fatal, propósito para el cual los forjó. Le importaba poco lo que sucediera con ellos.

—¡Qué se mueran! —Gritó Sylvanas. —¡Ya no me sirven de nada!

Annhylde levantó una mano para que su hermana en armas más joven guardara silencio. —Calla, Ágata. No tiene idea, es necesario que vea más. —La líder Val’kyr posó sus luminosos ojos verdes en Sylvanas; su tristeza era aparente. —Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos.

Annhylde cerró los ojos y las figuras regresaron de inmediato a sus formas espectrales sin rostro.

Sylvanas sintió que algo la jalaba y sus sentidos comenzaron a dar vueltas. Todo desapareció y el tiempo se detuvo.

—¡Está perdida! —Lamentó Ágata.

Gilneas

La tormenta caía implacable, convirtiendo el suelo frente a la muralla de Gilneas en un pantano. Agua de lluvia escurría por el rostro de Garrosh y se evaporaba de la parte superior de su gruesa rapada mientras inspeccionaba las filas de los Renegados, las patas de su gran lobo de guerra se hundían en el lodo.

—Los Gilneos se ocultan detrás de sus enormes murallas de piedra, —dijo el señor de guerra, su voz profunda retumbó por encima del sonido de la lluvia y los truenos. —Ciudadanos de Lordaeron, ustedes conocen su historia. Cuando sus aliados humanos los necesitaron, ¿qué hicieron? Se amurallaron y se escondieron.

Chocaron espadas contra escudos. No todos los Renegados se aferraban a los recuerdos de sus vidas, pero, aquellos que sí, no sentían nada por el reino que le había dado la espalda al mundo cuando éste más los necesitó.

Garrosh continuó, su cabeza en alto mientras sus palabras llenaban el aire. —Viven en la deshonra. ¿Cómo creen que pelearán? ¿Con honor? —Rió de manera gutural. —No, morirán como cobardes y se les recordará así. Sin embargo, la gloria de ustedes vivirá en cuentos y canciones. —Garrosh Hellscream se volvió para mirar la muralla desgajada de Gilneas, desenfundó Aullavísceras, el hacha legendaria, y apuntó su hoja marcada hacia los parapetos en las ruinas. —¡Las murallas caen, pero el honor es para siempre!

El Maestro Apotecario Lydon se pasó los dedos huesudos por su cabello enredado. El rugido de orcos, tauren y Renegados superó al trueno. ¿Cómo lo hace? Se preguntó Lydon. ¡Mis hermanos Renegados vitorean por su propia destrucción!

Lydon intentó formar palabras con desesperación, una última súplica de cordura ante el plan de Garrosh. Trató de imaginar lo que diría la Dama Oscura, la manera en que detendría su sed de sangre. Su mandíbula se abrió pero no salió palabra alguna.

Un sonido distante surgió en la parte posterior de la vanguardia de los Renegados.

Garrosh espoleó a su lobo de guerra hasta llegar a un costado del ejército, dejando la vía libre para la carga. —¡Héroes de los Renegados! Ustedes son la punta de mi lanza. Levanten sus armas; levanten sus voces y no se detengan hasta que la bandera de la Horda ondee en esas murallas. —Aullavísceras descendió. —¡A la carga!

—¡IGNOREN ESA ORDEN! —Chilló una voz desde el norte. El llamado de la Reina Banshee contaba con un poder tan terrorífico, y tal pureza, que incluso pareció que la misma lluvia dejó de precipitarse ante sus palabras. El cielo fue iluminado por relámpagos y el trueno retumbó como un martillo al golpear roca. Todas las cabezas se volvieron hacia ella, la Dama Oscura montada en su caballo esquelético. Su capa se agitaba con la furia de su avance, sus ojos ocultos por la capucha empapada por la lluvia. Cuando los Renegados la vieron, bajaron sus armas hacia el lodo, inclinaron sus cabezas y se arrodillaron.

El Maestro Apotecario Lydon no cayó de rodillas, aunque sintió que flaqueaban debido a la llegada de la salvadora de los Renegados. Caminó hacia el frente con pasos temblorosos e inciertos —su larga toga arrastrándose en el lodo— y tomó las riendas del corcel mientras éste se detenía. —Dama Oscura, —susurró aliviado y sin aliento.

Después parpadeó sorprendido. La Dama Sylvanas se encontraba flanqueada por las abominables Val’kyr, cuyos cuerpos fulgurantes flotaban gracias a sus alas traslúcidas.

Garrosh se acercó a ella por el camino lleno de surcos. El ejército de Renegados se extendía a su alrededor como miles de estatuas silenciosas. La sed de sangre brillaba en sus ojos y Lydon no pudo evitar mirar hacia otro lado.

Sin embargo, Sylvanas no parpadeó ni se quitó la capucha como señal de respeto. Sólo levantó la barbilla con un sutil gesto y habló. Sus palabras iban dirigidas a Garrosh, pero en un tono que todos pudieran escuchar.

—Hellscream, Gilneas caerá y la Horda tendrá su premio, —dijo ella. —No obstante, si deseas utilizar a mi gente, lo haremos a mi modo. —Sylvanas lanzó su capa sobre su hombro, descubriendo su moteada piel gris y las placas de cuero con plumas de su ornamentada armadura negra. —Tres de mis barcos más veloces ya han sido enviados a la costa sur para llamar la atención de la capital Gilnea y, aún ahora, estoy obteniendo refuerzos de Camposanto.

El Apotecario Lydon ladeó la cabeza al escuchar sus crípticas palabras. Según recordaba, lo único que quedaba de Camposanto era un cementerio.

Más importante aún, algo había cambiado en la presencia de su soberana. Su voz, siempre terrorífica, ahora contaba con un filo definitivo, como si hablara con la irrevocabilidad de los dioses. ¿Y qué de esas Val’kyr que flotaban en silencio a su lado?

—Mi Dama, —susurró Lydon. —¿Dónde ha estado?

Sylvanas miró a su súbdito y el Apotecario Lydon retrocedió, sus manos temblorosas soltaron las riendas de su corcel.

Oscuridad

La Dama Sylvanas Brisaveloz iba en caída libre. No en sentido físico, ya que su cuerpo se despedazó en la base de la Ciudadela Corona de Hielo. Era su espíritu el que se desplomaba, perdido como navío sin timón en una tormenta.

¿Cómo había llegado aquí? No podía recordarlo. ¿Fue asesinada por Arthas? ¿Se había suicidado? ¿La enjuiciaron las Val’kyr? El tiempo carecía de significado en este lugar. La totalidad de su vida no parecía una serie de eventos, sino un instante; un destello de conciencia concentrado en un vacío infinito.

Sólo vio oscuridad.

Y luego sintió, en verdad sintió, por primera vez en mucho tiempo; retrocediendo con agonía.

Aquí estaba, su espíritu completo una vez más, pero sólo para sufrir. Ser capaz de sentir de nuevo para padecer dolor abyecto. Frío, desesperanza.

Miedo.

Había otros en la oscuridad, cosas que no reconocía porque nada tan terrible podría existir en el mundo de los vivos. Sintió garras abriendo su piel, pero no tenía boca para gritar. Ojos la observaban, pero no podía devolverles la mirada.

Arrepentimiento.

Percibió una presencia familiar y la reconoció, la burlona voz que alguna vez la mantuvo prisionera. ¿Arthas? ¿Arthas Menethil? ¿Aquí? Su esencia se aproximó a ella con desesperación y luego se alejó con horror al reconocerla. El niño que sería el Rey Exánime. Sólo un chiquillo rubio asustado, cosechando el resultado de una vida de errores. Si alguna parte del alma de Sylvanas no estuviera desgarrada o atormentada, cabe la posibilidad de que hubiera sentido —por vez primera— el más breve destello de lástima por él.

En el vasto panorama del sufrimiento del mundo y de toda la maldad del infinito, el Rey Exánime era… insignificante.

Ahora estaba en manos de los otros, quienes la rodeaban, regocijándose, atormentándola, rasgando su conciencia y deleitándose con su sufrimiento.

Horror.

Esta sería su eternidad, el vacío interminable, el oscuro y desconocido reino de la angustia.

¿Transcurrió un instante o toda una vida antes de que un solo rayo de luz se abriera paso a través de la oscuridad? Luego, las nueve Val’kyr se acercaron a ella con los brazos extendidos, imposiblemente hermosas en este oscuro lugar; rodeando a Sylvanas con un halo de luz.

Se sintió pequeña y desnuda, enroscada en sí misma. Cuando recuperó su voz, sólo atinó a sollozar. Sylvanas Brisaveloz se encontraba desecha, pero las Val’kyr no juzgaban.

—Dama Sylvanas —dijo Annhylde con voz tranquilizadora mientras tocaba el rostro de la montaraz elfa—, la necesitamos.

—¿Q… qué es lo que quieren?

—Estamos atadas a la voluntad del Rey Exánime, prisioneras en la cúspide de Corona de Hielo; quizá por toda la eternidad. Ansiamos nuestra libertad, al igual que alguna vez tú anhelaste la tuya. —Annhylde se arrodilló junto a Sylvanas y las demás Val’kyr la rodearon, tomadas de los brazos. —Necesitamos un receptáculo, alguien como nosotras. Una hermana guerrera, fuerte, que haya visto la luz y la oscuridad. Alguien que comprenda la vida y la muerte; que sea digna del poder sobre éstas.

—Te necesitamos, —repitió Ágata; su negro cabello flotaba libre ante la luz.

—Mis hermanas serán libres del Rey Exánime para siempre, pero sus almas quedarán vinculadas a la tuya, —prosiguió Annhylde. —Sylvanas Brisaveloz, Dama Oscura, reina de los Renegados… te será posible caminar nuevamente entre los vivos gracias a la hermandad de las Val’kyr. Mientras vivan, tú vivirás también. Libertad, vida… y poder sobre la muerte. Éste es nuestro pacto, ¿aceptas nuestro obsequio?

Sylvanas respondió, mas no de inmediato. El olvido merodeante la aterrorizaba y aún ahora sentía la furia de la tempestad a su alrededor. Ésta era su única salida, pero no quería aceptar por miedo. Aguardó hasta sentir algo más, comunión, una hermandad; hermanas. Por separado se encontraban atrapadas, pero juntas eran libres… y con ellas podría posponer su destino.

—Sí —dijo—, tenemos un pacto.

Annhylde asintió con denuedo y se incorporó, sus facciones borrosas y fantasmales. —El pacto está sellado Sylvanas Brisaveloz, —dijo ella. —Mis hermanas son tuyas y ahora posees dominio sobre la vida y la muerte. —Hizo una larga pausa. —Yo tomaré tu lugar.

La luz fue cegadora.

Entonces Sylvanas despertó, su cuerpo torcido pero intacto. La enormidad de la Ciudadela Corona de Hielo se extendía imponente sobre ella, a modo de lápida.

Annhylde se había ido; Sylvanas se encontraba rodeada por las ocho Val’kyr restantes.

Mientras vivieran, ella también.

Gilneas

—¿Quién te crees que eres para contramandar mis órdenes? —Preguntó Garrosh, ordenando a su lobo de guerra avanzar hacia ella. El enorme orco invadió su espacio vital y le lanzó una mirada fulminante.

Sylvanas no se inmutó ni se alejó. —En algún momento fui como tú Garrosh, —respondió en tono quedo y constante, suficiente como para que sólo el señor de guerra pudiera escucharla. —Mis súbditos eran herramientas, flechas en mi carcaj. —Levantó ambas manos y se quitó la capucha con lentitud. Después dirigió su oscura mirada hacia el orco. Sus ojos estaban vivos. Enormes pupilas negras lívidas de rabia con ascuas rojas ardiendo en su interior.

En ese momento nadie se hubiera atrevido a mirar a Sylvanas Brisaveloz a los ojos. Nadie salvo Garrosh Hellscream.

Lo que vió fue un inmenso vacío negro, una oscuridad infinita. Había miedo en esos ojos, pero también algo más. Algo que incluso atemorizaba al gran señor de guerra. Su lobo comenzó a alejarse de manera instintiva.

—Garrosh Hellscream, he caminado por los reinos de los muertos y he visto la oscuridad infinita. Nada que puedas decir o hacer tiene posibilidades de asustarme.

El ejército de no muertos que rodeaba y protegía a la Dama Oscura aún le pertenecía en cuerpo y alma. Sin embargo, ya no eran flechas en su carcaj; no más. Eran un baluarte contra lo infinito y era necesario emplearlos sabiamente. Ningún orco estúpido los desperdiciaría mientras ella caminara por el mundo de los vivos.

El señor de guerra enfundó su hacha mientras su montura se alejaba de la de Sylvanas. Al cabo de un largo silencio, finalmente dejó de mirar esos ojos.

—Muy bien Dama Oscura, —dijo en voz alta para que todos escucharan. —Tomaremos Gilneas… a tumodo.

Espoleó su montura y avanzó por el lodo hacia sus propias tropas. Pero te estaré vigilando, se dijo a sí mismo.

La mirada de Hellscream ahora se encuentra sobre ti y ha de seguirte muy, muy de cerca.