Varian Wrynn:Sangre de Nuestros Padres
E. Daniel Arey

Algo despertó al Rey Varian Wrynn de su profundo sueño. Mientras éste se encontraba de pie, inmóvil en la penumbra, el débil sonido de un goteo distante hacía eco en las murallas del Castillo de Ventormenta. Un sentimiento de temor inundó al monarca, pues era un ruido que había escuchado antes.

Varian avanzó con cuidado hacia la puerta y acercó una oreja al roble bruñido. Nada, ni movimiento, ni pisadas. Luego, como si viniera de muy lejos, el apagado murmullo de una multitud vitoreando fuera del castillo, en alguna parte. ¿Acaso no me levanté para la ceremonia del día de hoy?

Una vez más hizo acto de presencia el extraño goteo. Esta vez retumbaba en el piso helado, de modo claro y húmedo. Varian abrió la puerta con lentitud y se asomó al corredor; oscuridad y silencio. Aún las antorchas parecían titilar con luz fría, que se apagaba tan pronto surgía. Para ser un hombre que se permitía pocas emociones, Varian sintió algo agitarse en su interior, algo viejo, joven, quizá olvidado por largo tiempo. Era casi como el sentimiento infantil del… ¿miedo?

Descartó tal noción de inmediato. Él era Lo’Gosh, el Lobo Fantasma. El gladiador que provocaba terror en los corazones de amigos y enemigos por igual. Aun así no podía sacudirse esa sensación primigenia de inquietud y peligro que invadía su cuerpo.

Al salir al corredor, Varian notó que sus guaridas no se encontraban en sus puestos habituales. ¿Están todos ocupados con el Día de Remembranza, o hay algún trasfondo siniestro?

Caminó con cautela por la negrura del pasillo hasta llegar al enorme y familiar salón del trono del Castillo de Ventormenta. Sin embargo, sus imponentes muros se veían distintos; más altos, más oscuros y vacíos. Del elevado techo de piedra colgaban banderas —cuya apariencia era similar a la de estridentes telarañas— que tenían estampado el rostro dorado de un león; emblema que indicaba el orgullo y la fuerza de la gran nación de Ventormenta.

Descargar en alta resoluciónEn la penumbra, Varian escuchó un grito ahogado y una súbita escaramuza. Posó la vista en el suelo, donde un sendero de sangre conducía claramente al centro de la habitación. Ahí, entre la oscuridad, apenas notó dos siluetas en frenética lucha. Conforme sus ojos se ajustaron, pudo ver un hombre de rodillas, herido y sangrante. Frente a él se encontraba una tosca e imponente figura femenina.

Varian la conocía a la perfección. Su silueta distorsionada revelaba la torcida naturaleza de su cuerpo y alma. Era Garona Halforcen, mitad draenei, mitad orco. La asesina creada por la enferma mente de Gul’dan.

Mientras Varian permanecía inmóvil sin poder creer a sus ojos, sangre fresca escurría por el filo de la hoja de la medio orco. El líquido llegaba a la punta y goteaba… caía… hasta tornarse en un pétalo de rosa carmesí en el piso de mármol. Los recuerdos, cual avalancha, arrollaron a Varian cuando reconoció al hombre que se encontraba en el suelo. La armadura, los atavíos reales; era su padre, el rey Llane.

Garona miró a Varian, mostrando una espantosa sonrisita en su rostro surcado de lágrimas antes de descargar una cuchillada. El destello del acero cortó la oscuridad y se clavó profundamente en el pecho del rey, quien se encontraba de rodillas.

—¡No! —Gritó Varian mientras se abalanzaba, gateando por el suelo manchado de sangre para llegar a su padre. Levantó el cuerpo lánguido del rey y lo abrazó mientras el rostro de la medio orco se fundía con la oscuridad.

—Padre, —suplicó Varian, meciéndole en sus brazos.

La boca de Llane temblaba a causa del dolor y luego se abrió, dejando escapar una línea de sangre. Con un hediondo siseo, el viejo rey logró formar unas cuantas palabras. —Así es como siempre termina… para los reyes Wrynn.

Con eso, los ojos de Llane se pusieron en blanco y su quijada se abrió, dando a su rostro una terrible expresión. De las profundidades de su garganta surgió una vibración quitinosa. Varian quería arrancarse los ojos, pero descubrió que le era imposible. Algo se movía en la sombra de la boca abierta de su padre, serpenteaba brillante en el crepúsculo evanescente.

De las fauces del rey muerto surgieron súbitamente infinidad de gusanos. Miles y miles de estas criaturas consumieron el rostro cenizo de Llane. Varian intentó alejarse, pero los gusanos se lanzaron sobre él, gorjeando y devorando su cuerpo al son de un último grito de agonía.

* * *

Varian se enderezó en su silla de inmediato, el terrible grito todavía un eco en sus oídos. Estaba sentado frente a su mesa de mapas en los aposentos privados superiores del Castillo de Ventormenta. La cálida luz del sol, junto con el rugido de una multitud alegre, se colaba al interior de la habitación a través de una de las ventanas elevadas. La celebración del Día de Remembranza se encuentra en curso.

Sostenía un relicario de plata sin lustre, el cual se encontraba cerrado con llave. Varian intentó abrirlo de modo instintivo, como había hecho ya mil veces, pero lo encontró inexorablemente sellado.

La puerta se abrió de golpe y el comandante supremo de la defensa de Ventormenta entró con presura. El rostro del general Marcus Jonathan presentaba un semblante de gran preocupación. —¿Ocurre algo, su alteza? Escuchamos un grito.

Varian guardó el relicario rápidamente y se incorporó. —Todo bien, Marcus. —El rey intentó acomodarse la armadura y se quitó un mechón de cabello que obstruía sus ojos cansados. Los dedos del monarca sintieron las profundas líneas de preocupación y falta de sueño de los últimos meses; un periodo de semanas borrosas dedicadas a responder a las múltiples emergencias que dejó el súbito ataque de Alamuerte contra la ciudad y el mundo.

Tanto él como el general se encontraban vestidos de gala para la festividad y a Jonathan, con su estatura y facciones afiladas, le quedaba el papel mejor que a la mayoría.

—La ceremonia de honor se celebrará en tres horas, su alteza, —dijo Jonathan. —¿Está listo su discurso?

Varian miró el pergamino en blanco que reposaba sobre la mesa. —Aún estoy trabajando en él, Jonathan. Y no encuentro las palabras adecuadas.

El comandante supremo lo estudió y Varian cambió el tema con presteza. —¿Ha llegado mi hijo?

El general Jonathan negó con la cabeza. —Nadie ha visto al príncipe Anduin, su alteza.

En un intento por ocultar su decepción, Varian miró por las ventanas del castillo hacia el atrio que se extendía abajo. Era un mar de gente, con banderas y serpentinas ondeando en el aire, niños vestidos como sus héroes de antaño favoritos y comida y bebida que fluia al son de las risas. El Día de Remembranza era parte en memoria de los caídos y parte celebración, sin embargo, Varian nunca hallaba regocijo en este evento.

Mientras miraba, la multitud avanzaba lentamente hacia el Valle de los Héroes, donde las estatuas de los grandes campeones de la humanidad vigilaban la entrada de Ventormenta. El escenario para la Ceremonia de Honor había sido colocado a la sombra de estos famosos líderes, a quienes se les reconocería hoy con reverencia y agradecimiento por sus increíbles hazañas.

Jonathan prosiguió. —Señor, cuando esté listo, el arzobispo le espera afuera para informarle de las reparaciones de la ciudad y el cuidado de los heridos.

—Sí, sí, en un momento. —Varian hizo un ademán para que le dejase solo. Jonathan inclinó la cabeza y dejó la habitación sin hacer ruido, cerrando la puerta tras de sí.

El monarca se sacudió las telarañas de su mente y sacó el delicado relicario una vez más, examinando su arrugado reflejo en la superficie metálica. El mundo ha cambiado, pero he de mantenerme firme.

Varian posó la vista en el retrato del rey Llane que se encontraba sobre la chimenea. Hoy más que nunca, el líder de la humanidad, rey de Ventormenta, roca de la Alianza, debe presentar lo mejor de sí; su padre no esperaría menos.

* * *

El arzobispo Benedictus se encontraba ataviado con sus togas y accesorios más finos, en representación de la cultura de Ventormenta este magno día. Junto a él se encontraba un hombre pequeño y sucio que cargaba un considerable bulto de pergaminos arrugados.

Benedictus miró con avidez cuando el rey salió de sus aposentos. —La Luz lo bendiga, rey Varian. —Dijo con una sonrisa en tanto que el monarca descendía por la escalinata.

—Igualmente, Padre, —respondió Varian. —Parece estar vestido para una audiencia con su creador.

Benedictus hizo un ademán con su bastón, un gesto solemne y bien practicado. —En estos tiempos, debemos estar listos para reunirnos con la Luz en cualquier momento.

Al lado del arzobispo, el hombre pequeño, un tanto nervioso también, revisaba una y otra vez su enorme bulto de papeles y diagramas de la ciudad. De súbito, Varian cayó en la cuenta de que se trataba de Baros Alexston, el arquitecto de la ciudad. Apenas le reconoció entre la gran cantidad de lodo que cubría su rostro y ropa.

Varian indicó con la mano que le siguieran y comenzó a descender las escaleras. ¿Cómo van las reparaciones de la ciudad, Baros?

—Tan bien como uno pudiera esperar, majestad. —Asintió éste, luchando por no tirar sus pergaminos. Benedicutus le dio unas palmaditas en la espalda al arquitecto. —Baros está siendo muy modesto, alteza. Ha hecho milagros en la restauración de Ventormenta; sin mencionar varias mejoras notables.

Varian sintió algo de alivio. Era bueno ver que sus consejeros recuperaban algo de su optimismo. —¿Qué es lo más urgente?

El arquitecto asintió y, nervioso, procedió a desenrollar uno de sus tantos pergaminos mientras caminaba. Esto provocó que al menos otros tres escaparan de entre sus dedos y cayeran al suelo.

—Mil disculpas, señor… sí, aquí está. —Baros señaló un punto en el mapa, dejando marcas de lodo con sus dedos sucios en el proceso. —Hemos investigado el daño causado a las dos torres primarias en la entrada de la ciudad. —El arquitecto sacudió la cabeza y emitió un silbido. —Ese dragón negro debe ser aún más pesado de lo que sugiere su tamaño; posiblemente sea por la armadura de elementio oscuro. Hemos efectuado algunas excavaciones, los cimientos se encuentran en condiciones deplorables.

Baros examinó más diagramas mientras hablaba. —Lo mismo sucede con el ala este del castillo aquí… y aquí, así como algunos de los edificios de mayor tamaño en el muelle; incluyendo lo que queda de… —El arquitecto hizo una pausa, al parecer demasiado dolido como para completar la lista.

Benedictus intervino. —Por supuesto, lo que queda del Antiguo Cuartel y el terrible cráter donde alguna vez existió el parque. Que la Luz bendiga sus almas.

El rostro de Baros denotaba tristeza detrás de las manchas de lodo. —Me temo que será necesario efectuar reparaciones extensas y será costoso.

Los ojos de Varian se posaron en el arquitecto, dolores enterrados por largo tiempo que salían a la superficie. ¿Habla de dinero? ¿En estos tiempos? Ni Benedictus ni Baros parecieron darse cuenta de su reacción y Varian apretó el paso para sofocar el nudo de ira que crecía en su estómago.

En el rellano siguiente, el rey se detuvo para inspeccionar parte del daño que sufrió su castillo. La escalinata estaba cubierta de escombros donde un enorme boquete permitía ver el cielo y la ciudad abajo. Conforme Varian examinaba el área, Baros revisó sus papeles.

—Ya requisamos piedra a la cantera para reemplazar esto, su alteza. —Posteriormente hizo el intento de aligerar la situación. —Estará listo antes de lo que canta un gallo. Los castillos tienen suficientes corrientes de aire aún cuando no les faltan muros enteros, ¿verdad?

Varian lo ignoró mientras tocaba ensimismado las rocas irregulares con su mano enguantada. Arrancadas de la torre como si le hubieran dado una fuerte mordida, cosa que no distaba mucho de la realidad. El guante del rey entró en contacto con algo puntiagudo, una astilla de color obsidiana y con forma de daga que sobresalía de la pared dañada. Era un fragmento de la armadura de elementio del dragón —una esquirla negra como la noche— de casi dos manos de longitud y muy filosa. El trozo de armadura se encontraba profundamente clavado en la roca, pero Varian logró extraerlo con algo de esfuerzo.

La mostró para que los hombres la vieran. —Esta criatura vil, este… Alamuerte… no es la primera amenaza que pone en peligro las murallas de Ventormenta. —La mirada del monarca perforó el cráneo del arquitecto. —Vamos a reconstruir y a mantenernos firmes como siempre hemos hecho, cueste lo que cueste. ¡Nos aseguraremos de que esa bestia oscura pague mil veces el precio!

El rey miró su ciudad dañada a través del agujero irregular. Su guante de placas crujió al apretar el fragmento de la armadura del dragón en furia silenciosa. Abajo, el gran muelle de Ventormenta era un gran bosque poblado de mástiles de embarcaciones. El puerto estaba repleto de navíos de todos colores, tamaños y formas. El Día de Remembranza siempre contaba con gran cantidad de peregrinos para honrar y celebrar a los héroes de la humanidad, sin embargo, nunca había visto tal concurrencia en años previos.

En ese instante, otro barco ingresó al puerto y tiró anclas. Era un gran barco kaldorei con filigrana plateada y velas perfumadas de color morado. Varian guardó el fragmento de la armadura de Alamuerte en su cinturón y se volvió hacia sus consejeros. —¿Habrán venido este año por el honor del pasado, o por temor del futuro?

Benedictus posó su vista en la congregación de buques. —Ciertamente muchos buscan refugio de la amenaza que presenta el dragón negro, su majestad. Algunos incluso proclaman que es augurio del fin de los tiempos.

Varian gruñó. —Perdería poco aliento, Padre, y aún menos sueño sobre las cavilaciones insanas de unos cuantos cultistas del Martillo Crepuscular, ¿a menos de que considere útil tal palabrería durante sus exaltados sermones en la catedral? —El rey ofreció una irónica sonrisa al arzobispo.

—Lo que sea que haga que la gente crea… y actúe… —Benedictus sonrió de vuelta. —Sin duda, la gente de Ventormenta necesita esperanza pero, más que eso, es imperativo que exista un plan. Confío que nuestro soberano proporcionará a los presentes algo en que creer cuando hable en la Ceremonia de Honor más tarde.

Varian pensó en su discurso del Día de Remembranza. ¿Qué podría decir para aliviar las profundas heridas que había sufrido el mundo?

El general Jonathan se aproximó e hizo una cortés reverencia frente al arzobispo antes de volverse hacia el rey. —Disculpe, su alteza, pero me pidieron recordarle que la Delegación de Honor aguarda su presencia en el salón del trono. —Jonathan intentó sonreír con la esperanza de hacer las noticias más digeribles.

Varian frunció el ceño. Odiaba las obligaciones del cargo, en particular la pompa y labia de las festividades. Preferiría estar en otro lado, desempeñando eso que los guerreros hacen mejor, luchar contra dragones en sus guaridas o destazar océanos de demonios; en lugar de lidiar con una delegación de diplomáticos insufribles. Eso último es más perjudicial para la salud.

Varian suspiró resignado. —Muy bien general, terminemos con esto de una buena vez.

* * *

Jaina Proudmoore se encontraba en la sala del trono observando la ecléctica reunión de nobles, políticos y otros delegados. El gran salón del Castillo de Ventormenta era amplio, sin embargo, la perfumada multitud de dignatarios llenaba el espacio y enrarecía el ambiente. El arcoiris de luminarias se extendía a través del gran arco hasta perderse de vista.

Como líder de la Isla de Theramore, Jaina era parte de la Delegación de Honor que fue seleccionada para estar de pie detrás del rey durante su discurso en memoria de los caídos. Con la Alianza bajo presión en frentes aún más peligrosos, muchos habían venido a ver que planes tenía el gran líder de Ventormenta con respecto a la reciente crisis mundial.

Genn Greymane estaba cerca, sus ojos examinaban a la multitud con la misma intensidad que ella. Jaina echó un vistazo por la habitación con la esperanza de hallar el rostro de Anduin entre la muchedumbre, no obstante, quién sabe dónde se encontraba el príncipe. Se preguntó si Varian y el joven príncipe habrían resuelto su altercado más reciente, el cual separó a Anduin de su padre y lo condujo hacia la sabiduría de Velen, el profeta draenei. Sin embargo, consciente de la rigidez de Varian, Jaina sabía que éste sólo enterraba hachas en los cráneos de sus enemigos. No, la ausencia del príncipe indicaba claramente que la brecha permanecía.

Greymane suspiró con impaciencia. Los presentes habían estado esperando un buen rato, deseosos de ver la sede de poder de Ventormenta y el Asiento del León, el gran trono afiligranado de los reyes Wrynn.

Jaina miró los enormes felinos que adornaban la tarima, cada uno alerta y feroz como si su misión fuese salvaguardar la totalidad de Azeroth. Ella se preguntó qué tan profundamente quedó arraigado ese ideal en Varian cuando niño y qué tanta de esa presión afectó su modo de pensar. Crecer en la sombra de héroes debe haber sido difícil y creer que un solo hombre puede cargar tal peso es absurdo. Jaina alguna vez amó a un hombre que se quebró bajo una carga igualmente imposible.

Poco después centró su atención en la multitud inquieta y analizó la escena. Tenía el don envidiable de poder leer a la gente con facilidad, sin embargo, el día de hoy no era necesario tener mucho talento para sentir el miedo y la frustración que permeaban el entorno; en breve ubicó una fuente de descontento entre la muchedumbre. Provenía de un grupo de nobles y delegados en torno a un hombre con complexión de oso, cuyo rostro enrojecido radiaba descontento. Lord Aldous Lescovar, hijo del traidor Gregor Lescovar, rumiaba por todo y estaba infectando a los presentes en la habitación.

Los nobles habían bebido lo suficiente como para aflojar sus lenguas y, mientras Jaina escuchaba discretamente, el nombre del rey Wrynn hizo acto de presencia en la conversación una y otra vez; escupido como si fuera un amargo veneno.

Jaina sabía que existía verdad en algunas de las cosas que decían los hombres. Varian era difícil en ocasiones y su intensidad era tan dura para sus amigos como para sus enemigos. No obstante, también conocía al rey lo suficiente como para saber donde se encontraba su corazón. Con gusto daría la vida para salvar a su gente. Varian se regía por preceptos antiguos que pocos entendían en la actualidad; un código de conducta que exigía más de sus líderes. Este malentendido separó gradualmente al rey de su pueblo, e incluso de su propio hijo, y sus enemigos se aprovecharon de ello con propósitos siniestros.

Jaina siempre había sido aliada del rey Wrynn, sino es que su partidaria incondicional. Bien sabe la Luz que Varian no hace fácil que alguien sea su aliado, mucho menos su consejero cercano o amigo. Al tratar al Lobo Fantasma, Jaina sabía que era mejor aproximarse a su corazón en lugar de a sus colmillos.

Ella misma vino para intentar disuadir al rey de su inflexible postura con respecto a la Horda, pero los delegados ebrios que rodeaban al impetuoso barón podrían descarrilar sus objetivos. Con una sonrisa forzada se aproximó al barón Lescovar y a su gentuza.

—Recuerden bien, —Jaina hizo una reverencia frente a todos ellos, empleando el saludo tradicional de la festividad.

—Recuerda bien, Jaina Proudmoore. —La mirada del barón se posó en sus aliados y luego de regreso en ella, incapaz de dilucidar si la llegada de la hechicera era una señal de apoyo o peligro. Jaina sintió el modo en que la vista del hombre la manoseó como sólo un joven barón se atrevería. Tenía cara de bruto y, pese a los abrigos caros y la seda, sus ojos ásperos traicionaban cualquier semblante de elegancia que sus atavíos intentasen crear.

El barón estaba alerta, con mente vacilante al igual que su cuerpo. —¿Qué te trae de este lado del océano mientras arde tu propia tierra?

Jaina notó que el barón estaba más ebrio de lo que había pensado e ignoró su pregunta. —Al igual que usted, vengo a presentar mis respetos a los héroes de antaño, pero también en busca de un plan que se ajuste a los nuevos peligros que enfrenta actualmente la Alianza.

El barón gesticuló con la mano para señalar a todos sus compatriotas. —En efecto, estos nuevos peligros nos afectan a todos de igual manera. Ricos y pobres, mercaderes y chusma. ¿Cómo sucedió esto, maga? ¿A quién hemos de culpar?

Jaina mantuvo un rostro serio, imposible de leer, y respondió al cabo de una cuidadosa pausa. —El liderazgo de la Alianza ha enfrentado infinidad de desafíos en fechas recientes. Sí, han existido errores de juicio y se han aprendido muchas lecciones, pero también ha habido grandes victorias.

Un noble viejo y nervudo se abrió paso entre la gente, sacudiendo la cabeza con frustración. —Estamos hartos de las guerras de la Alianza que consumen nuestro oro y sangre. Las aventuras imprudentes y las venganzas personales sólo sirven para socavar las oportunidades de paz y prosperidad.

Jaina alzó una mano para tranquilizar la atmósfera. —Muchos han expresado inquietudes similares. Por ejemplo, la agresión mal encausada hacia la Horda. Personalmente considero que es difícil conseguir buenos aliados en estas épocas, particularmente cuando nuestros enemigos parecen multiplicarse de modo infinito.

El barón colocó su grueso brazo sobre el hombro de Jaina, cuya piel se erizó con el contacto. —Muchachos, creo que tenemos aquí a una amante de orcos. —Las risas que siguieron apestaban a cerveza rancia y el barón se aproximó a ella, demasiado cerca, su aliento caliente y burlón. —¿O quizá te inclinas por los hediondos tauren?

Con gracia, ella se soltó del agarre del barón y presentó una máscara de simpatía con respecto a sus preocupaciones. En estas épocas, la Alianza no podía darse el lujo de permitir que más fisuras la debilitasen. Azeroth había revelado sus fracturas ocultas que, literalmente, partieron al mundo.

Jaina intentó sonreír y el barón le devolvió el gesto, cosa que sólo sirvió para destacar los rasgos porcinos de su rostro. Él le guiñó un ojo. —Sabemos que tú y el rey son cercanos. Necesitamos que razones con él, convéncelo de buscar la paz donde exista tal posibilidad y de lidiar con ese maldito dragón antes de que no quede ciudad con la que podamos comerciar.

—Entiendo sus inquietudes, comparto muchas de ellas.

—Entonces haz tu deber y utiliza tu influencia, no hay ganadores con la guerra ciega. Los planes actuales del rey son…

—¿Son qué? —Preguntó una voz profunda detrás del barón. Todos se volvieron para ver al rey Wrynn en el umbral. El murmullo se apagó cuando Varian entró al salón. —Por favor, barón Lescovar, ilumínenos. Díganos qué traerán mis planes. —La mirada de Varian un relámpago que se clavó en los ojos de Lescovar. Éste retrocedió a modo de sumisión.

—Mil disculpas, su alteza. —El barón hizo una reverencia. —Sólo teníamos un animado debate con la estimada líder de Theramore.

Varian caminó hasta el barón y sólo se detuvo una vez que se encontró dentro del espacio vital del noble; casi nariz con nariz. El rey habló suavemente, pero su gruñido retumbó fuerte y claro.

—Mientras eras un cachorro en el fétido cubil de tu familia, yo guiaba a los ejércitos de Ventormenta a la victoria. —Echó una mirada a todos los presentes para ver si alguien se atrevía a desafiarle. —Nos he conducido a través del océano hasta el gélido Rasganorte, así como a las profanas profundidades de Entrañas; victoria tras victoria. Sin embargo, muchos de ustedes aún dudan.

Los dignatarios se encontraban incómodos, pero nadie emitió palabra alguna. Jaina se encontraba fuera de sí por la rabia que sentía internamente. Lo bueno es que íbamos a mantener los colmillos del rey fuera de esto.

Varian observó los rostros de los presentes. —¿Qué hacen aquí hoy? ¿Vinieron a hacerme perder el tiempo? ¿A exigir que escuche sus insignificantes quejas sobre mis esfuerzos por proteger este mundo? ¿¡Por protegerlos a ustedes!?

Silencio.

El fuego del Lobo Fantasma ardía en sus ojos. Un fulgor que se mantenía firme en la noche y obligaba a las sombras a retroceder.

—¿O vinieron a ver a Lo’Gosh con sus propios ojos? A contemplar a aquel que hace la guerra con el mismo deleite que sus enemigos.

Muchos empezaron a dejar el lugar, pero Varian no había terminado.

—¡Hay quienes dicen que no soy mejor que nuestros enemigos, que yo soy el monstruo! Bueno, si es así, ¡soy el monstruo que necesitan! ¡Aquel que cuenta con la ferocidad suficiente como para infundir terror en el corazón de la oscuridad! ¡Alguien con el valor para hacer lo que sea necesario para defender a la humanidad del abismo!

Al concluir su diatriba, Varian miró a su alrededor y se encontró con el familiar rostro de Anduin observándole fijamente desde el fondo de la sala del trono. Su hijo llegó en algún punto de su sermón. A juzgar por la cara de horror que mostraba el príncipe, quedaba claro que nada había cambiado desde que se separaron en pésimos términos.

Los ojos de Anduin mostraban miedo y sorpresa; Varian sintió como el alma se le caía hasta los pies. ¿Me he convertido en tal extraño para mi propio hijo? Intentó relajar sus facciones, pero aún podía sentir su furia quemándole la piel. Anduin retrocedió y dejó la habitación. Con ello, la furia del rey escapó como agua de una presa rota, dejando sólo un vacío. Varian se sentó en su trono e hizo un gesto cansado indicando a los presentes que se fueran.

Sorprendidos, los presentes salieron lentamente en fila india, temerosos del futuro y del líder de la humanidad. Sólo Jaina y el arzobispo permanecieron, mirando a Varian de reojo. Sin pensarlo, el rey deslizó la mano bajo su túnica y tocó el relicario de plata en su bolsillo. La fría superficie metálica calmó un poco el propósito que le hervía en la sangre. Varian sabía que nadie comprendía lo que debía hacer; o ser. Nadie lo comprendía y nadie lo comprendería jamás.

* * *

Jaina y Benedictus observaban en silencio como Varian iba de un lado al otro de la habitación cual fiera enjaulada. El rey daba vueltas al relicario de plata una y otra vez, la brillante cadena tensándose con la misma furia que consumía al rey. Tanto Jaina como Benedictus se sentían impotentes, e intentaban hallar un puerto seguro en la tormenta.

—El príncipe entenderá algún día, su alteza. —Dijo Benedictus. —Posee un alma iluminada. —El arzobispo le lanzó una mirada a Jaina en busca de apoyo pero, antes de que pudiera decir algo, Varian gruñó.

—Nunca debí permitir que partiera. El deber de Anduin se encuentra aquí con su pueblo, no con los draenei.

—Pero aún es joven, —dijo Jaina. —Anduin todavía busca su lugar en el círculo. Se encuentra en una misión para descubrir quién es en realidad.

Varian se detuvo y le lanzó una mirada iracunda. —Es el heredero del trono de Ventormenta, Jaina, y casi un hombre. ¡A su edad yo ya había dominado la espada y estaba listo para luchar contra los enemigos de la Alianza!

Jaina se estremeció. ¿Acaso la valía de un hombre sólo se mide según lo pronto que mata, Varian? —Ella intentó regresarle una mirada con la misma ferocidad. —¿Acaso no puedes ver que Anduin ha elegido un camino distinto?

Varian hizo una pausa. —He… aceptado las decisiones de Anduin, pero temo que aún carece de la fuerza necesaria para gobernar. Son tiempos difíciles como ha puntualizado, arzobispo.

—De cierto que el mundo se tambalea. —El arzobispo intentó cuidadosamente dar forma a las palabras con sus manos. —Pero la Luz muestra un camino distinto para cada uno de nosotros, hasta llegar al final escrito.

—¡Basta de sermones, Benedictus! El mundo real no es tan indulgente como su iglesia. Ser rey es una tarea peligrosa. ¡Un mal paso y la gente muere!

Benedictus dio un paso al frente y colocó una mano sobre el hombro del rey. —En el Día de Remembranza, más que en cualquier otro, se que se considera responsable por muchas cosas; particularmente lo que hemos perdido… —Prosiguió con cuidado. —Lo que usted ha perdido.

El rey apretó el relicario de plata, su mente perdida en una madeja de pensamientos y preocupaciones. —Si Anduin no está listo, si tiene alguna flaqueza, todo será… —Varian se detuvo de súbito e intentó sacudirse esa idea.

Jaina intervino para disipar el temor. —Anduin tiene una fuerza distinta que dar a este mundo, Varian. Eligió el sacerdocio por algo, es un sanador y se encuentra armonizado con la Luz.

Varian asintió. —Lo que dices es cierto, Jaina. Anduin nunca ha sido… como yo. —Con un suspiro, el rey se dejó caer sobre el trono.

—Como dijo antes, majestad —enunció Benedictus—, los tiempos han cambiado y queda claro que debemos adaptarnos. La época en que los corazones como el de Lothar eran la única manera de sobrevivir está por terminar. El mundo parece desear algo nuevo.

Varian lo miró, su mente plagada de incertidumbre. Los cimientos de Azeroth habían sido sacudidos hasta su centro y muchas de sus piezas de desprendieron o perdieron para siempre. Sus creencias alguna vez firmes se tornaron endebles. Benedictus y Jaina se encaminaron hacia la salida, pero el arzobispo tenía una última petición.

—En cuanto a la renovación, su alteza. Tengo un obsequio para usted en este Día de Remembranza, de hecho, tanto para usted como para el príncipe.

El rey suspiró. —Me temo que sólo yo podré recibir su generosidad hoy día, Padre. Queda claro que mi hijo no tiene deseos de estar cerca de mí.

Benedictus sonrió. —No permita que su corazón se acongoje. La Luz siempre brilla, incluso en las noches más oscuras. ¿Podría reunirse conmigo más tarde? Me parece que servirá para remediar muchos de sus problemas.

Varian no estaba convencido de ello. —¿Dónde y cuándo, Padre? Como sabe, tengo un día muy ocupado.

El arzobispo se inclinó y le susurró la ubicación al rey. El rostro de Varian se endureció al escuchar el lugar de reunión pero, al cabo de un momento, asintió de mala gana.

Mientras Jaina y el arzobispo dejaban la habitación, Varian formuló una última pregunta para Benedictus. —Dígame, arzobispo. ¿Cree que Anduin llegará a ser un buen rey?

Éste se volvió y asintió con autoridad. —Por supuesto, señor. Si sobrevive al crisol de nuestros tiempos. Los días de tribulación tienden a eliminar todas las impurezas, dejando únicamente el acero más fuerte. Los reyes Wrynn siempre han demostrado su valía, su alteza. —Hizo una reverencia y salió junto con Jaina, dejando a Varian solo en la sala del trono, en compañía del peso del mando que le era tan familiar al rey.

* * *

Cuando Varian entró al cementerio de la ciudad, el sol comenzaba su lento descenso por el horizonte, proyectando rayos cálidos de color siena sobre los enormes capiteles de la catedral y las silenciosas tumbas.

La tristeza inundó al rey cuando pasó cerca de las lápidas que conocía tan bien, un sendero que había recorrido en previos Días de Remembranza. El incisivo y dulce aroma de las violetas frescas llegó a su nariz y conjuró recuerdos del maravilloso perfume de su esposa Tiffin, su alegre risa, su amable sonrisa.

Se aproximó a los leones de piedra que montaban guardia sobre la tumba de su esposa y pareció entrar en algún tipo de trance mientras los recuerdos perdidos formaban un torrente en sus pensamientos. Rayos de luz dorada se reflejaban en la placa de bronce de la tumba. Varian leyó la última línea de la inscripción —pues nuestro mundo se torna frío en tu ausencia— y sintió como una amarga ola de verdad inundaba su corazón. Tú y Anduin son lo único que me ha dado calidez en este mundo, Tiffin.

El monarca se volvió al escuchar pasos detrás de él. Con sorpresa vio como se aproximaban Benedictus y su hijo. La emoción de ver al príncipe se apagó rápidamente al notar el shock en su rostro, así como el modo en que clavó la vista en el arzobispo.

A Varian le sorprendió ver lo mucho que Anduin había crecido y se preguntó si sólo era una ilusión óptica. Frustrado, el príncipe acomodó su arco y carcaj, lanzándole una mirada fulminante al sacerdote. —Cuando me pidió que le acompañase, arzobispo, olvidó mencionar que mi padre estaba invitado.

Benedictus le sonrió al joven. —En ocasiones, mi estimado príncipe, es necesario guardar ciertos secretos si hemos de sanar al mundo.

Varian sintió que regresaba al rol de padre. Quería decirle al muchacho que dejara de actuar como tonto y que madurara. Deseaba ordenarle a Anduin que permaneciera en Ventormenta y cumpliera con sus deberes como príncipe y heredero al trono. Sin embargo, sabía que esto tendría el mismo resultado que la vez pasada. Mientras más severo se portaba con Anduin, más lo alejaba.

—¿Es éste su obsequio del Día de Remembranza? —El rey Wrynn intentó suavizar su tono. —¿Una reunión familiar sorpresa? De manera inconsciente, sus ojos se posaron sobre la tumba de Tiffin.

El arzobispo los miró a ambos y parecía satisfecho. —En parte, pero hay más. ¿Recuerda la misión que me encomendó hace mucho tiempo? ¿Justo después de que la bienamada Tiffin murió?

El rey pensó por un momento. Había pasado tanto tiempo e infinidad de cosas desde la muerte de su esposa. Muchos cambios, gran parte de él había cambiado. ¿Podría Tiffin amar al hombre en el que me he convertido?

Benedictus le extendió a Varian una reluciente llave de plata y al rey el impresionó el peso del objeto que ahora sostenía en la palma de su mano. Anduin supo de inmediato lo que era, —la llave del relicario de mamá.

Varian se quedó sin palabras y buscó algo qué decir. —¡Lo encontró! ¿Cómo?

—Sí señor, tal como ordenó. Siento que haya tomado tanto tiempo, pero consideré que hoy sería un buen día como para regresarles a ambos los recuerdos. —Benedictus dio al príncipe un par de palmaditas en la cabeza.

El rey sintió como una fibra sensible se movía en su interior. —Gracias Benedictus, eres un buen hombre. No quisiera pensar que haría sin ti.

El arzobispo inclinó la cabeza. —Por favor, permitan que los deje a solas. —Hizo un gesto con la mano mientras se volvía para retirarse. —La paz sea con ambos, —dijo antes de internarse en la arboleda.

Varian daba vueltas a la llave de plata una y otra vez, intentando comprender la extraña despedida del arzobispo. Finalmente notó que Anduin lo observaba. Todas las cosas severas que deseaba decirle a su hijo carecían de trascendencia. Se dio cuenta de que sólo una cosa era cierta. Anduin era más importante que todo eso; le quedaba claro.

El príncipe se volvió para mirar la tumba de su madre, absorto en sus pensamientos. Varian rompió el silencio. —Es bueno verte, hijo, creo que has crecido al menos una cabeza, o más, desde… —Se detuvo. —¿Asumo que la comida draenei te sienta bien?

—El maestro Velen dice que crezco en todas direcciones, —respondió Anduin sin retirar la vista de la tumba de su madre. —Velen siempre me recuerda que “debemos crecer en todas direcciones cada día”.

—Consejo sabio y valioso, —dijo Varian. —En especial para un rey… o futuro rey.

—Anduin frunció el ceño y miró a su padre, sus ojos azul profundo brillaban. —¿Está muriendo el mundo, padre?

La simple intensidad de la pregunta tomó desprevenido a Varian, recordándole las interrogantes inocentes, si complejas, que Anduin planteaba cuando era un niño pequeño. Incluso entonces la sabiduría del muchacho había sido evidente.

Varian trató de responder con cuidado. —No estoy muy versado en tales cosas, pero conozco los ciclos del mundo, al igual que las estaciones. Todo tiene su tiempo y tal devenir es necesario en el círculo de la renovación. —Pensó como podría describirlo mejor y desenvainó su espada. —De igual modo que una gran arma, hijo, es necesario renovar el filo de cuando en cuando si deseas que conserve todo su poder.

—Así habla Velen también, dice que la muerte y el renacimiento son parte de la misma rueda estelar y que su gente ha presenciado la larga marcha del tiempo como nadie más.

—Entonces de seguro sabe que los reyes y reinos van y vienen, pero que la verdad, el honor y el deber son para siempre.

—Y el amor, —dijo Anduin sin mirar a su padre.

El rey meditó un poco al respecto y asintió. —Sí, el amor.

Anduin continuó. —Considero que el amor perdura aun encima de todas las cosas.

De súbito, Varian supo qué debía hacer. Tenía el relicario de plata en la mano y hablaba incluso antes de saber lo que iba a decir. —He conservado el relicario de tu madre todos estos años como recordatorio de mis obligaciones como rey. Para recordar que toda acción tiene consecuencias y que un líder debe vivir con sus decisiones, buenas y malas, porque todo mundo cuenta con ellos.

Varian le extendió el relicario a Anduin.

—Quiero que tú… —El rey guardó silencio. —Es decir, pensé que quizá te gustaría tenerlo.

Anduin asintió y Varian colocó el relicario de Tiffin alrededor del cuello de su hijo. El príncipe lo tomó y pasó sus dedos sobre los grabados, del mismo modo en que Varian había hecho por ya tantos años.

Luego, Varian le dio la llave de plata y el tiempo se detuvo.

Aun la brisa del cementerio pareció contener el aliento como señal de respeto por lo que ocurría. Varian sintió como si estuviera pasando algún tipo de antorcha, un sentimiento de pertenencia; un poderoso símbolo de crecimiento y adultez que de algún modo ayudaría a su hijo en el futuro.

—Ahora te pertenece —dijo—, puedes abrirlo cuando estés listo.

Anduin pensó por un momento y luego guardó la llave en su bolsa. Encontraría el tiempo hacer la paz con el pasado en sus propios términos.

—Ella adoraba ese relicario, Anduin. —Dijo Varian. —Amaba la belleza y a la gente de Ventormenta… pero lo que más amaba en el mundo era a ti.

En la luz vespertina, los ojos de Anduin se humedecieron y Varian miró a su hijo, notando más cosas que nunca antes. —He sido un tanto… ciego… al no ver el hombre en el que te has convertido.

Con eso, las lágrimas del muchacho se desbordaron junto con las palabras que siempre había querido decir. —Desearía ser más como tú, padre. Quiero ser un gran rey pero… no soy tan fuerte… —El príncipe se limpió las lágrimas con rabia, como si fueran una señal de debilidad.

Varian colocó su brazo alrededor de su hijo. —No, Anduin. Tienes más valor que yo y surge desde un lugar profundo en tu corazón. ¿Recuerdas lo que decía tu tío Magni? “La fuerza se manifiesta de muchas formas…”

Ambos repitieron la última parte al unísono. “...tanto grandes como pequeñas”.

Anduin sonrió ante el cálido recuerdo y Varian prosiguió. —Yo permanezco rígido e inflexible ante la tormenta, pero tu sientes el viento, te mueves con él y lo haces tuyo; cosa que te vuelve irrompible.

Varian se volvió hacia el monumento a Tiffin. —Tu madre tenía esas mismas cualidades. Ella perfeccionó el arte de la persuasión gentil y su amor movía al mundo.

El príncipe fijó la mirada en el sitio donde descansaba su madre, intentando controlar las lágrimas que manaban. Varian decía las cosas sin pensar, no como el rey de Ventormenta, sino como un padre a su hijo.

—Es bueno que puedas llorar frente a ella, Anduin. Yo nunca tuve esa… fuerza. —Ambos guardaron silencio por un momento, mirando la tumba de la persona cuyo amor mutuo era su conexión más profunda; incluso más que la sangre.

—La extraño, —dijo Anduin al fin. —Sé que no era más que un bebé, pero aún puedo sentir su presencia.

—Y por eso serás el mejor de los reyes Wrynn, —dijo Varian, dándole palmaditas en la espalda a su hijo. Deseaba que el momento pudiese durar para siempre, pero sabía que eso no era posible. —Dime, ¿por dónde crees que vendrá la emboscada?

Anduin se secó las lágrimas. —Llevan rato observándonos, ¿quiénes crees que sean?

—Lo más seguro es que sean asesinos, —murmuró Varian. —Posiblemente decidieron aprovechar las distracciones a causa de las festividades, momento en que los líderes de Ventormenta estarían juntos en público. En fin, ¿cuál es tu plan?

El príncipe miró a su alrededor sin ser obvio. —Nos atacarán desde el este, intentando cubrir la salida principal. Será un ataque de fuerza bruta, no de astucia. Si usamos el muro que se encuentra al oeste para cubrir nuestras espaldas podremos equilibrar la balanza.

Varian no pudo contener su sonrisa. —Impresionante, escuchabas mientras te daba todas esas aburridas lecciones.

—Me has enseñado más de lo que crees, padre.

Varian asintió y Anduin respondió con una sonrisa. Algo tácito pasó entre ambos y no necesitaba palabra alguna.

El estruendo de fuegos artificiales rompió el silencio. Del Valle de los Héroes surgieron misiles mágicos que ascendieron hasta llegar a gran altura donde estallaron, dejando escapar una cascada fulgurante de colores y formas. La ceremonia de clausura del Día de Remembranza había comenzado.

No obstante, los fuegos artificiales también sirvieron como señal para otra cosa. De entre las sombras surgió un grupo de hombres con apariencia peligrosa. Todos iban armados y sus rostros denotaban intenciones asesinas.

Varian se volvió hacia su hijo, casi disfrutando el momento. —Parece que voy a llegar un poco tarde a dar mi discurso.

Los atacantes convergieron en los dos hombres y Varian contó diez, no hay problema, pensó el rey. Sin embargo, Anduin señaló hacia la retaguardia, donde un hombre surgió de atrás de un árbol. Era un poderoso hechicero. Su toga de color morado oscuro fulguraba con protecciones mágicas, en tanto que runas ardientes de energía oscilaban alrededor de su bastón torcido.

—No me gusta la apariencia de ése, —dijo Varian mientras desenvainaba su espada. Anduin asintió, tomó su arco y preparó una flecha. El hechicero trazó un óvalo brillante en el aire y comenzó a entonar una invocación.

Más fuegos artificiales partieron el cielo y los atacantes cargaron contra el rey y el príncipe. Los estruendos ahogaron los gritos de batalla de los asesinos mientras, del otro lado del Lago de Ventormenta, las voces de padre e hijo entonaron al unísono y con orgullo. —¡Por la Alianza!

* * *

Un caleidoscopio de gente rodeaba las enormes estatuas en el puente que cruzaba el Valle de los Héroes. La multitud aplaudió con desenfreno al ver los fuegos artificiales mágicos, cuyas explosiones reverberaban por las murallas hasta llegar al foso.

Sastres, herreros, cocineros, vendedores y soldados se encontraban hombro a hombro en el puente; la fila se extendía por el camino hacia Villa Dorada. Todos se la estaban pasando de maravilla, enganchados por el espectáculo.

Sin embargo, en el escenario, el contingente de la Delegación de Honor no mostraba tal entusiasmo. Seguía el discurso del rey Wrynn y todos desconocían su paradero. Jaina y Mathias Shaw intercambiaron miradas mientras el mariscal de campo Afrasiabi saludaba al público desde el podio. Sería el gran honor de éste presentar al rey Wrynn antes de su discurso, no obstante, al concluir el espectáculo de fuegos artificiales, el monarca de Ventormenta aún no aparecía. La ceremonia estaba fuera de curso y a Afrasiabi no le agradaba cuando los planes se salían de curso.

El mariscal de campo se volvió y gruñó. —¡Maldición! ¿Dónde está? Los presentes en el escenario se encogieron de hombros y Afrasiabi ofreció una breve sonrisa a la audiencia antes de aproximarse a los delegados y jefes de estado. La delegación misma se encontraba en caos, discutiendo toda posibilidad y contingencia. Algunos de los nobles querían que la ceremonia continuara, rey o no rey. Otros insistían que era necesario esperar a su líder sin importar qué tanto tomara.

El general Jonathan, siempre el estratega, tenía un plan B. —Mariscal de campo, sugiero que inicie acción evasiva con fintas y distracción. Mantenga la línea mientras vamos en busca del rey. —Jaina y Mathias asintieron.

Esa nueva estrategia desagradó aún más al mariscal de campo.

—General, soy un comandante de los ejércitos del rey, no un cirquero. —Miró a los presentes con cara de pocos amigos, pero se topó con un conjunto de rostros desesperados. Cada uno de ellos le imploraba que hiciera el sacrificio por el equipo.

—¡No tengo nada preparado! —Protestó el mariscal de campo.

—Improvise, distráigalos, manténgalos entretenidos. —Dijeron varias voces a coro.

El público gruñía ansioso a sus espaldas y, al final, Afrasiabi aceptó con un suspiro. Refunfuñando se volvió para encarar a la veleidosa multitud. —Malditos espectáculos de gnomos y ponis…

El supremo comandante de Ventormenta ofreció una sonrisa forzada que brilló aún más que todas las medallas que adornaban su armadura. Luego comenzó a deleitar a la audiencia con uno de sus temas favoritos: la fascinante historia, así como los poco conocidos fastidios, de las tácticas usadas en las máquinas de asedio impulsadas por vapor.

* * *

Varian Wrynn se desplazaba como elemental de viento, saltando y girando en todas direcciones para proteger a su hijo a toda costa. Un instante cargaba hacia la izquierda, lanzando amplios tajos con su espada para obligar a una fila de atacantes a retroceder. El siguiente, interceptaba a otro grupo que se aproximaba hacia Anduin desde el otro lado, descargando brutales ataques con su salvaje espada Shalamayne.

Mantuvieron el muro de piedra a sus espaldas e intentaron repeler a los atacantes, pero, pese a sus mejores esfuerzos, ni el príncipe ni el rey podían avanzar hacia el hechicero. En la retaguardia, el mago estaba invocando algo a Ventormenta y el tamaño del portal aumentaba con cada minuto.

Varian detuvo el hacha de uno de sus atacantes y luego seccionó el brazo del asesino con un terrible ataque con su espada. Varian saltó hacia el frente, intentando aprovechar el momento. No obstante, cada vez que ganaba terreno, sus adversarios se valían del temor por la vida de su hijo y se aproximaban al muchacho. Le quedó claro al rey que los asesinos sólo jugaban con él y que eso duraría hasta que algo saliera del portal; aunque Varian no podía imaginar qué.

El monarca lanzó una breve mirada hacia su hijo y se llenó de orgullo. El príncipe permanecía firme, disparando flecha tras flecha contra el enemigo. De los cuerpos de los asesinos sobresalían múltiples saetas emplumadas, sin embargo, sólo tres habían muerto. Había magia oscura de por medio.

Anduin nimbly dodged a thrown dagger and landed closer to Varian. "They are warded, Father! Watch out!"

Varian turned to his son. "Stay close. We must reach that sorcerer before he completes his spell!"

Anduin nodded. "Two can play the protection game!" he said, raising his hands. He uttered a prayer and spoke the power word "Shield." It echoed into the sky like a thunderclap.

Varian felt the hairs on his neck tingle as a divine shield of energy surrounded him. He flashed a wolfish grin at his son, then turned to face two very unlucky rogues who happened to be at the wrong place at the wrong time. "Let's see if they are protected from this!" Varian roared. He charged forward, making a heroic leap high in the air, then bringing down his sword in a savage strike.

Shalamayne's blazing orb left an arcing blur of light as the blade split a surprised assassin from head to gut. The lifeless torso fell away in two gory halves, but even before the pieces hit the ground, Lo'Gosh was already moving to his next victim, swinging his sword and finishing him just as quickly. Anduin fired arrows in support, keeping his father's flanks free from attack.

The crowns of Stormwind moved as one, slashing with blade and stinging with arrow as they cut through the line of defenders toward the ever-more-desperate sorcerer. King and prince were a perfect team, with Varian dealing unending brute force and Anduin unleashing a fusillade of biting razorheads where it would do the most damage.

The dark sorcerer quickly realized his opportunity for success was growing short, and he redoubled his efforts, sending more purple energy snaking into the glowing field. As he did, something large and fearsome began to take shape within the portal's spinning haze.

***

"He's not in the keep. I've checked everywhere," General Jonathan said, still breathless from his search.

Jaina looked at Mathias and frowned. "This is not like him. Where else would he be? And where is the prince?"

At that the general became even more alarmed. "Both the king and prince unaccounted for? This is a disaster!"

Shaw shook his head. "Widen the search, General. I'll mobilize SI:7."

"I'll check the port," Jaina said as she blinked out with a flash of white light.

Jonathan frowned and began to leave.

"And, General," Shaw said as he grabbed Jonathan's arm, a look of deep concern in his eyes. "Be ready to sound the alarm. I fear something sinister is afoot."

***

The king was a ferocious wolf, taking on each defender in his path, sometimes two or three at a time. His eyes were mad with bloodlust as he slowly cut his way toward the sorcerer. After a flurry of attacks, only three defenders now stood between them.

Anduin nocked and fired arrows in a smooth and skilled blur of mastery. The streaking shafts hit one of the last defenders with perfect accuracy, burying themselves deep. The rogue dropped where he stood. Anduin blinked in surprise. Obviously the shield spell had worn off, and the magician was too intent on using every bit of his mana on the portal to bother with protecting his comrades. The last two assassins looked to the sorcerer in dismay, and Varian saw his opening.

In a blinding rush, he closed the distance between them instantly and crossed blades with both rogues at the same time, knocking them back with his fury. His surprise charge left the two stunned and open to attack, if only for just a brief moment—but that was all Varian needed.

With a war cry from the depths of the Maelstrom, Varian spun in a whirlwind of deadly blades, sundering armor and then decapitating both assassins simultaneously, their shocked expressions never changing as their heads fell to the earth.

Varian stopped and, breathing hard, faced the sorcerer now only paces away. The magician flashed his yellow teeth in triumph. "Too late! Your doom is—"

Before the summoner could finish, Varian charged again, reaching out with his sword even as Anduin sent a deadly, straight missile over his father's shoulder. To their surprise, the sorcerer didn't even try to defend himself. His only concern was finishing the portal spell, sacrificing his life as the arrow sliced through his neck, followed closely by Varian's blade through his chest.

***

The sorcerer was still smirking in victory as he fell dead, his last incantation finished, the portal pulsing now with energy, framing the dark and bulky silhouette of a creature coming through it!

"Get back, Anduin!" Varian yelled.

With a flash of effervescent light, a huge shape stepped out from the portal and into Stormwind City. Anduin gasped in shock as Varian fell back in a defensive stance. Before them was the biggest drakonid they had ever seen. The enormous half-dragon, half-man monster was adorned from head to tail in colossal purple armor bearing the markings of the Twilight's Hammer cult, its thick plates burning with protection spells.

The drakonid pulled mammoth twin axes from his back and bellowed a challenge that shook the trees and sent shivers down Anduin's spine. Varian stepped between the monster and his son, then looked over his shoulder at the prince. "Stay behind me, Anduin. No matter what happens. Do you understand? Keep back. This creature… this thing… is something different."

The prince didn't even have a chance to nod before the drakonid howled with rage and charged the boy.

***

"So with the advent of the transversal Gnomeregan steam crank," the field marshal droned on, glancing over his shoulder, hoping against hope to see the king had finally arrived, "ah… with this amazing new cog-shaft interlink, the pressure-assisted siege engine could hurl projectiles in excess of fifty stones, even in the coldest climes of Icecrown."

Field Marshal Afrasiabi paused, waiting for the crowd to be as impressed as he was at this fact. The people of Stormwind were impressed, all right—into utter silence. From way in the back, everyone heard a trinket drop. The field marshal turned and shrugged in surrender.

The city nobles were beside themselves. One blurted out, "Someone, do something. This is a disaster! Where is the king?!"

The delegates began talking all at once. They had been whispering and arguing for some time, but now came to a consensus. They turned to Benedictus. "We have decided the archbishop should speak in the king's stead."

Benedictus waved them off. "No, no. You flatter me, but it is not my place. Let us wait to see what has become of our king."

The crowd was booing and hissing now. Field Marshal Afrasiabi abandoned his post at the podium and sat down in disgust. "Hmmph… I win battles, not hearts!"

A growing sweep of concern moved across the audience. People were beginning to sense something was wrong. Small snippets of anxious dissatisfaction reached the grandstands as the wall of voices from the crowd grew louder.

"We're losing them, Father. Do something," one of the nobles pleaded. "Please! They love you."

Benedictus looked at the delegation and finally acquiesced. "Very well. It will be my great and humble honor to say a few words in tribute to this day."

The crowd murmured with satisfaction as Archbishop Benedictus stepped up to the podium. His reassuring presence seemed to fill the emptiness of the valley, and the throng calmed and quieted, waiting for a word from their spiritual leader. The archbishop paused to take in the moment, then raised his hands. A cheer went up, and Benedictus began to speak.

***

Bright blood oozed from fresh wounds as Varian stumbled back from a powerful strike of the drakonid's bulky axe. The massive creature lumbered forward and swung again with his second axe, sending Varian reeling as his sword barely absorbed the bone-crushing blow. Varian saw a brief opening and, with expert skill, lunged and chopped across the beast's belly armor, but his blade merely glanced off the creature with a bright shower of sparks. The drakonid looked down and gave a guttural laugh, then circled the tired warrior, toying with the human.

Anduin fired the last of his arrows into the beast, but they were like gnats on a gnoll. Varian kept maneuvering against the brute, trying to keep the creature's attention away from his son as blow after blow rained down upon the king. Anduin could only watch in anguish as his father tried in vain to deflect the enormous power of the monster.

Suddenly the drakonid spun, moving faster than his size would suggest. Varian managed to parry the incoming axes, but the creature's spiked tail caught the king square in the chest and sent him tumbling to the ground. Varian landed hard, rolled to a stop, and didn't move.

Anduin stared in shock at the prone body of his father. It all seemed like a nightmare that he could not wake from. "Father!" Anduin shouted, but Varian lay still, covered in dust and blood.

Anduin moved toward the king, but then he felt the earth rumbling through his legs. He looked up just in time to see the drakonid bearing down on him like a charging bull, massive and without mercy, one of his huge axes already cutting through the air, slicing for the bridge of the prince's nose.

Anduin fell backward, holding his bow out like a feather in a hurricane. The drakonid's axe slammed into the boy's weapon, shattering it and sending him spinning to the ground.

Anduin found himself face down in the dirt, his arms and chest numb from the impact. He tried to get up, but his stunned body refused to cooperate. All he could do was roll, but that alone saved his life. Just as he did, the other huge axe crashed into the earth where his head had just been. Dirt and pebbles exploded from the massive blow, stinging his eyes.

The prince collapsed, gasping for breath, his mind reeling. Anduin glanced at his father's still body, then forced himself to look up at the massive bulk of the drakonid above him, trying to be unafraid and proud as a prince of Stormwind should be, as his father would be. He stared up into the creature's cold blue eyes and felt a strange calmness envelop him.

The half-dragon raised his axes high and sneered, the beast's gnarled fangs dripping from bloodlust. Anduin said a brief prayer, knowing it would soon be over. The axes whistled down with savage glee…

Suddenly a flurry of blue and gold armor was over him. His father was there, bloodied and staggering, and with an outstretched sword he managed to stop the drakonid's strike in a blast of light and sparking steel. A teeth-jarring screech of grinding metal wrenched both the man-dragon's axe and Varian's sword from their grasps… even as the drakonid's second axe came cutting down behind the first.

Varian felt the burning bite of the blade slice through his armor and then continue deep into his ribcage. The violent impact slammed the king to the ground, but his eyes never left Anduin as he sought to make sure his child was free from harm.

Their gazes met, and Varian's eyes softened with relief that his son was unhurt. But as the dust settled, Anduin's own stare grew wide with horror at what he saw.

Varian lay sprawled and twisted with the drakonid's axe buried deep in his chest. Anduin let out a wail of anguish as the moment stretched out like an eternity. Varian looked deep into his son's eyes and let him know that everything was all right. This is how it always ends with Wrynn kings…

The drakonid stood over Varian and laughed as the broken king coughed and pleaded with his stare for Anduin to do him one last favor.

"Run…" Varian whispered as a cool and gentle blackness slowly enveloped him. Let me be the last to pay this price. The creature sneered down at the king, pulling the axe out of Varian's chest. It was a strangely numb tug. There was no more pain, no more sadness. Varian knew he would die as he had lived. The creature raised the wet blade overhead, its notched and bloody surface glistening in the setting sun. How peaceful it is here, Tiffin…

Varian sintió que el mundo se alejaba… pero luego percibió que alguien se encontraba de rodillas junto a él, orando y permaneciendo firme ante el temible dracónido. El monarca luchó por mantener la consciencia y vio que su hijo tenía los brazos extendidos; sus palabras y oraciones le protegían y mantenían a raya a la criatura. Anduin se incorporó y alzó sus brazos hacia el cielo. Una nova dorada de energía divina obligó al monstruo a retroceder mientras el príncipe avanzaba, fuerte y sin temor. ¡Como un rey!

Cuando Anduin entonó la palabra de poder “Barrera”, el cementerio pareció tornarse borroso y fulgurante en torno al rey y al príncipe. Confundido, el dracónido descargó su hacha contra el muchacho, pero la imponente hoja rebotó sin causar daño al son de un timbre celestial. Varian observó maravillado mientras Anduin perseveraba. El dracónido, listo para atacar, caminaba en círculos alrededor de Anduin, quien sólo tenía su fe como arma. Varian trató de alcanzar su espada, pero ésta se encontraba muy lejos. Cayó nuevamente de espaldas sintiendo gran dolor. No podía respirar bien, mucho menos moverse.

Anduin se mantuvo erguido como una roca, valiente y resuelto, aun cuando el dracónido preparaba una última carga. Varian rodó pese al terrible dolor e intentó levantarse, tenía que hacer algo. De pronto, sintió el pesado fragmento de la armadura del dragón negro en su cinturón. Al cabo de varios intentos, el rey logró sacar la filosa púa.

Al cargar el dracónido, el muchacho no se inmutó, rodeado por un aura de Luz Sagrada. Abrió sus palmas y entonó las palabras para disipar magia. La tierra se cimbró a causa de la energía, sacudiendo las lápidas y enviando una onda por la superficie del lago. Un destello de fuego surgió del cielo y golpeó al dracónido mientras éste se aproximaba.

El infierno cegó a la bestia y ésta trastabilló en dirección a la serena silueta de Anduin; aullando de rabia y dolor. Al desplomarse el dracónido, su armadura adquirió rápidamente un color gris sin brillo; libre de la protección de magias oscuras.

En el último instante, Varian arremetió contra la bestia con toda la fuerza que le quedaba en el cuerpo, alzando la punta hambrienta del fragmento de armadura de Alamuerte.

El choque con el dracónido fue como una tremenda avalancha mientras éste cayó encima de Varian. El filoso fragmento perforó la armadura del monstruo y se hundió en su pecho. En algún lugar de su mente, Varian escuchó algo que parecía ser mitad grito de batalla y mitad grito de agonía, pero no estaba seguro si lo emitió él o la criatura. Luego, por fortuna, todo se volvió negro.

En algún punto muy distante, Varian sabía que Anduin estaba ahí. Abrió los ojos para ver que su hijo le abrazaba, las lágrimas del muchacho mezclándose con el charco de sangre que se extendía bajo el rey.

Jaina y Jonathan entraron corriendo al cementerio acompañados por un contingente de guardias. El general frunció el ceño e indicó a sus hombres que revisaran los cadáveres de los asesinos. Jaina se arrodilló junto al príncipe. Al ver la terrible herida de Varian, ella dirigió una mirada a Anduin y sacudió la cabeza.

Varian miró a Anduin con calidez y admiración. —Tenías razón… —dijo con una mueca de dolor—, el amor sobrevive a todo. Anduin limpió la sangre y tierra de los ojos de su padre, pero Varian apenas y podía sentirlo. Su cuerpo estaba tan frío; el mundo parecía derretirse.

El sol brillaba de color rojo sangre en el horizonte, bañando el cementerio en un tono carmesí oscuro. El rey cerró los ojos y dejó que la Luz hiciera lo suyo. Mientras la guardia de honor de Ventormenta se reunía alrededor de su moribundo rey, la respiración entrecortada de Varian se tornaba cada vez más débil y menos frecuente.

—Lo siento mucho, padre, —dijo Anduin entre sollozos.

Varian abrió los ojos e intentó sonreír. —No, soy yo quien lo siente… por no haber visto antes lo que eras… lo que siempre has sido. Estoy muy orgulloso… de que tú eres mi hijo. —Varian levantó su mano ensangrentada para tocar la mejilla del muchacho. —No llores por mí, Anduin. Éste siempre ha sido mi destino… no permitas que se convierta en el tuyo.

Con eso, el brazo de Varian cayó inerte. Anduin se quedó ahí, paralizado por un instante que pareció una eternidad; su cuerpo entumecido mientras su vida se desplomaba en espiral frente a sus ojos. Jonathan se inclinó para ayudar al joven a incorporarse. —Ven Anduin, es necesario que te llevemos a la seguridad del castillo. El heredero al trono debe ser protegido.

Anduin se quedó inmóvil. No había escuchado ninguna de las palabras del general, sólo miraba el bulto moribundo que era su padre sin poder creerlo.

—Dejemos este lugar, —suplicó Jaina, extendiéndole un brazo. Pero el príncipe los apartó y se limpió los ojos con súbita furia.

—¡No! ¡Esto no termina así! —El joven sacudió el cuerpo del rey. —¿¡Me escuchas padre!? —¡Un príncipe Wrynn jamás volverá a ver a un ser amado morir frente a sus ojos! ¡Éste no es nuestro destino! —Anduin gritó hacia el cielo y las nubes parecieron abrirse a modo de respuesta.

Los presentes miraron con asombro cuando el príncipe cerró los ojos y comenzó a murmurar lentamente un ensalmo. En un principio el sonido era suave y gentil, pero conforme aumentó el crescendo de su voz, se convirtió en una bella y poderosa canción. Al surgir las palabras, las manos del joven comenzaron a brillar con luz tenue. Gradualmente, dicho brillo se intensificó hasta rivalizar con el sol del ocaso, inundando el cementerio con luz similar a la del mediodía.

La canción alcanzó su ápice y el joven sacerdote alzó sus ojos y voz hacia los cielos, suplicando al corazón del cosmos que le proporcionase una fuente de poder divino.

De súbito, rayos líquidos más radiantes que mil soles surgieron de las puntas de los dedos de Anduin, penetrando el cuerpo del rey y pintándolo todo con un resplandor amarillo brillante. Los guardias exhalaron con asombro y retrocedieron. El cuerpo de Varian estaba siendo sacudido por un influjo de luz pura y en el centro de todo ello se encontraba Anduin, manteniendo a su padre cerca mientras una vorágine de infinita belleza danzaba entre ellos.

Luego, en agudo contraste con las intensas espirales de energía que giraban por doquier, el príncipe colocó sus manos en la frente del rey inerte y comenzó a hablar con voz melodiosa y gentil; orando de modo pacífico.

* * *

Benedictus estaba en su elemento y la multitud aplaudía todo lo que decía. La gente de Ventormenta algún día se daría cuenta de que este día había sido inevitable, que a través de él, el mundo finalmente sería purificado por estos importantes acontecimientos.

Extendió un brazo hacia la muchedumbre que seguía con atención cada una de sus palabras. —En estos momentos enfrentamos tiempos terribles. El mundo y sus cimientos han sido hendidos por completo. ¡Azeroth está siendo purificado por fuego divino y siempre recordaremos estos días de tribulación como el crisol que dio origen a una nueva era!

La multitud aplaudió sin saber por qué y Benedictus sonrió para sí mismo, cerrando los ojos con satisfacción. De pronto, la multitud vitoreó nuevamente, con mucho más fuerza que antes. Sorprendido, Benedictus abrió los ojos. Otro rugido, mucho más fuerte que el previo, y el arzobispo se volvió para ver cual era el objeto de las ovaciones de la multitud.

Cojeando, maltrechos y cubiertos de sangre, el rey Varian y el príncipe Anduin entraron en escena, avanzando trabajosamente a causa de la fatiga. Conforme el público notó el estado en el que se encontraban, surgieron murmullos de preocupación, pero Varian alzó una mano para calmarlos y el silencio se hizo presente.

Benedictus no tenía palabras; hizo una reverencia y le cedió el escenario al rey de Ventormenta. Varian cojeó hasta el podio. Anduin le ayudaba a mantenerse firme en su estado de debilidad. El monarca le dio a su hijo una palmadita en el hombro y asintió a modo de agradecimiento. Anduin regresó con Jaina y los demás delegados.

Varian cayó en la cuenta de que nunca tuvo tiempo para preparar su discurso del Día de Remembranza. El rey hizo una pausa breve, intentando sonreír pese al dolor que sentía y supo perfectamente qué era lo que tenía que decir. Señaló las enormes estatuas que los rodeaban.

—¡Escúchenme ciudadanos de Ventormenta! Su rey se encuentra frente a ustedes y su corazón aún palpita! Un tambor que cada día resuena con más fuerza al ver la determinación que han mostrado para reconstruir después de la tragedia. Del mismo modo en que estas estatuas siguen de pie, Ventormenta también; ¡hoy y siempre!

Como si los primeros rayos de la mañana hubieran surgido en el horizonte, la multitud estalló con la ovación más brillante que jamás se había escuchado ante las puertas de la gran ciudad humana.

—Estamos aquí reunidos este Día de Remembranza para honrar a aquellos héroes que nos han mostrado el camino con la luz de sus vidas y la gloria de sus obras.

La multitud respondió con aplausos de entusiasmo.

—¡Uther Lightbringer!

Los aplausos se convirtieron en un rugido salvaje.

—¡Anduin Lothar!

La ovación ahogó todo sonido por largo tiempo y Varian aguardó pacientemente a que concluyera. Rebosaba de orgullo por su gente y su ciudad, sin embargo, su tono se volvió más sombrío.

—Una vez más enfrentamos una nueva y terrible amenaza. —El rey señaló las torres dañadas. —Aun ahora, llevamos cicatrices recientes provocadas por fuerzas oscuras que buscan nuestra destrucción. —Varian levantó la voz para que todos escucharan. —¡Pero la humanidad no se encoge de miedo tan fácilmente! ¡Estamos de pie en la brecha y mantenemos la línea! ¡Nunca seremos esclavos del miedo!

La multitud aplaudió con desenfreno. Los delegados que se encontraban en el escenario detrás del rey aplaudieron como uno, sus diferencias y quejas perdidas con el momento. Conforme la muchedumbre gritaba jubilosa, Varian echó una mirada a Jaina y Anduin, quienes luchaban contra sus propias emociones. Cuando habló de nuevo, su voz era más suave y paternal, algo que la gente de Ventormenta no había escuchado antes.

—El día de hoy debemos recordar no sólo lo bueno, sino también lo malo, ya que nos hacemos mejores con la adversidad ylos tropiezos. Yo he sido… un rey ausente, dando a caza a nuestros enemigos hasta el corazón del inframundo. La seguridad de todos ustedes es mi responsabilidad principal y que gocen de una buena vida es mi primera y única vocación. Porque no es la gente la que sirve al rey, ¡sino que el rey quien sirve a su gente!

La audiencia aplaudió una vez más. Volaron rosas al escenario y buenos deseos surgieron de todos los rincones de la multitud. Quedaba claro que a la gente le importaba mucho más de lo que el rey sabía y esto le llegó al corazón.

—No siempre he sido el mejor líder… o padre… o esposo. —Los ojos de Varian se tornaron vidriosos a causa de los recuerdos. Se volvió y asintió, mirando a su hijo.

—Un hombre sabio dijo, “cada uno de nosotros debe crecer en todas direcciones cada día”. Bueno, mis huesos aún pueden crecer un poco más y detrás de mí veo una ciudad que resurge del desastre, ¡con renovadas esperanzas y capiteles fulgurantes!

Las ovaciones de los arquitectos y mamposteros fueron las más sonoras de todas. Varian alzó una mano para continuar.

—Sí, hoy honramos al pasado, ¡pero con los ojos puestos en un futuro más brillante! Uno que forjaremos juntos, ¡para nosotros, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos!

El rugido resultante fue la combinación de amor y esperanza.

Varian miró a la multitud y notó muchos rostros jóvenes con los ojos fijos en él, niños que pronto emprenderían sus propias misiones y que, de modo muy particular, harían del mundo un mejor lugar.

—Cada generación está destinada a lograr su gran promesa. Es seguro que cada una enfrentará un conjunto único de pruebas y tribulaciones; habrá algunas que estarán convencidas de que el fin se acerca. Pero no hay verdad en la mentira repetida hasta la saciedad en las tabernas. Esa que dice que los “buenos viejos tiempos” se encuentran para siempre detrás de nosotros. ¡No! ¡Cada día que despertamos con vida es un gran día! ¡Y cada generación encuentra el modo de convertirse en la mejor generación que ha vivido!

En tanto que la multitud aclamaba, el rey echó una mirada a la delegación de honor. Jaina sonreía y Anduin aplaudía con más fuerza que nadie, el relicario de su madre danzaba en su cadena. El rostro del joven estaba lleno de orgullo y algo más: amor.

Varian ya no se sentía solo en su lucha para proteger el mundo. La sangre de sus padres corría por sus venas y, de igual modo, por las de Anduin. Varian sintió como la calidez y el consuelo de sus ancestros se extendía, incluso, más allá de la Gran División. Eso le dio fuerza para ser rey y algún día le daría a Anduin el poder para cumplir su propio destino. Varian le sonrió a su hijo y luego se volvió hacia el público. Ahora contaba con una seguridad que llenaba los espacios vacíos, los cuales se habían enconado por largo tiempo en su corazón.

—En el pasado hemos dependido de la fuerza y del acero para forjar nuestro camino. Protegemos lo que podemos y destruimos lo que debemos. Pero esa no es la única vía. Si hemos de restaurar este mundo, llegará el día en que los líderes de Azeroth ya no sean guerreros, ¡sino sanadores! Aquellos que curen en lugar de romper. Sólo entonces podremos remediar nuestros males profundos y alcanzar paz duradera.

La multitud rugió su aprobación unánime. Incluso el barón Lescovar y su grupo de nobles se encontraban de pie y aplaudiendo, conmovidos por el poder y el orgullo de la visión de su rey. Varian Wrynn alzó ambas manos para que la audiencia guardara silencio por última vez y señaló de nuevo a las majestuosas estatuas.

—¡Miren hacia arriba! Los héroes de antaño aún se mantienen firmes y los honramos y recordamos el día de hoy. ¡Ahora miren a su lado! ¡Junto a ustedes se encuentran todos los héroes del mañana! Tú… y tú… y tú. Cada uno de ustedes jugará un papel; cada uno marcará la diferencia. ¡Con el tiempo, algunos serán honrados este día por proezas mucho más grandes de lo que podríamos imaginar!

Las generaciones más jóvenes de la multitud agregaron sus voces al rugido, ojos inocentes encendidos con la promesa y emoción de las fantásticas aventuras del porvenir. Aun el brusco mariscal de campo Afrasiabi pretendió tener una basurita en el ojo en lugar de una lágrima.

—Entonces, ¡pueblo de Ventormenta! Unámonos este día, renovemos nuestra promesa de mantener y proteger la Luz. Juntos vamos a enfrentar esta nueva tormenta de oscuridad y nos mantendremos firmes ante ella; como siempre ha hecho la humanidad… ¡y como siempre hará!

La multitud guardó sus rugidos más sonoros para el final. Un coro de ¡Larga vida al Rey Varian! ¡Larga vida al rey Varian! Ascendió hacia el cielo con vigor y convicción. Las ovaciones no tenían fin y hacían eco en el bosque de Elwynn; llegando débilmente hasta los picos distantes de las Montañas Crestagrana.

Mientras Varian se deleitaba con la calidez de su pueblo, se sintió verdaderamente en casa por primera vez en muchos años. Apreciaba la gran fortuna de ser padre, el increíble honor de ser el rey de Ventormenta y, no por primera ni última vez, el rey Varian Wrynn se sintió muy orgulloso de ser humano.

Battle For Azeroth
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