Velen:La Lección del Profeta
Marc Hutcheson

La energía en alza del Trono de los Naaru proporcionaba cierta paz interior al más sanguinario de los peregrinos guerreros e impresionaba al más hastiado de los habitantes de Azeroth. La figura que flotaba frente al Trono hacía tiempo que había encontrado confort en esta columna de Luz. Velen miró hacia el exterior de su cámara de meditación en busca de respuestas… en todas las conexiones, grandes y pequeñas, donde podría percibir las líneas del futuro. Durante los meses pasados, dichas líneas habían ido fragmentándose de manera progresiva.

Mientras el profeta de los draenei meditaba, con las piernas cruzadas bajo el cuerpo y las manos colocadas sobre sus antiguas rodillas, los cristales que reflejaban sus energías brillaban, latían y giraban en torno a él; y no lo hacían siguiendo un cierto patrón, sino mediante el caos. Y las visiones, las infinitas posibilidades de los mañanas, lo perturbaban.

Una gnoma, cansada y desaliñada, tiraba de un extraño artilugio por la polvorienta Terrallende, dejando tras de sí sendos surcos que serpenteaban sin fin sobre las dunas. Los etéreos, con sus energías envueltas en vendas, se limitaban a observar su lucha, sin ayudar ni impedir el duro avance de la gnoma.

El vindicador Maraad, luchaba contra un enemigo invisible con su inmenso martillo cristalino, y cayó de rodillas mientras una lanza de la más negra oscuridad se clavaba en su pecho y un humo aceitoso y enfermizo recorría el borde del arma.

La acorazada figura de Alamuerte, que invadía el cielo, voló sobre un mundo abrasado y aterrizó sobre los restos carbonizados de un árbol tan imponente que solo podía tratarse de Nordrassil, mientras varios suplicantes ataviados con capas de un oscuro color morado se organizaban en filas y se arrojaban a una grieta volcánica presente en la tierra.

Med'an, guardián de Tirisfal, rompió a llorar; las lágrimas eran un elemento extraño sobre sus rasgos con matices orcos, y sus ojos se mostraban tan vulnerables y doloridos que su simple visión habría destrozado el corazón de cualquiera.

Pero no el de Velen.

Descargar en alta resoluciónEl Profeta había aprendido hace tiempo a desvincularse de sus visiones para evitar que estas lo volvieran loco. El tercer ojo de la profecía había estado tanto tiempo con él que tener premoniciones era algo parecido a respirar. Los fragmentos del cristal de Ata'mal lo habían transformado en un centinela de universos alternativos sin fin alguno, algunas veces hasta sus mismos eclipses compuestos de oscuridad, hielo o fuego. Velen no sentía pena por esos futuros, no lloraba por sus extinciones ni saltaba de júbilo por sus triunfos. Simplemente los leía, observaba sus bordados tapices, en busca de caminos que llevaran a la victoria definitiva, donde la vida y la Luz luchaban contra la oscuridad y eludían la aniquilación de todo lo conocido. ¿Qué importancia tenían esos pequeños sucesos que tanto apreciaban la mayor parte de los mortales, e incluidos sus propios draenei, en comparación con la inmensa responsabilidad de garantizar la supervivencia de la creación?

Velen buscó entre los restos de las imágenes moviéndose con rapidez, intentando asir algo, encontrar una señal en el camino. Pero este le era esquivo.

* * *

Anduin Wrynn se arrodilló sobre la tierra blanda y apoyó las manos sobre un azotador, una de las pocas mutaciones que aún pervivían del choque de El Exodar contra Azeroth. Dos draenei rodeaban a la criatura y la sujetaban para el Príncipe; su fuerza impedía que se moviese con libertad y escapase de la Luz canalizada a través de las manos del joven. En un primer momento los draenei se propusieron como misión enmendar el daño que su destructiva aparición había provocado en el mundo, pero cuando completaron la mayor parte del trabajo se dieron cuenta de que sus poderes eran necesarios en otros lugares: al principio, en la guerra contra la Legión Ardiente, después en el avance hacia los helados dominios del Rey Exánime, y ahora… para paliar las consecuencias del Cataclismo.

Con la confusión algunas de las perversas monstruosidades habían pasado desapercibidas, y ahora vagaban inmersas en la locura y el dolor, desviadas de su propósito original por un terrible accidente. La primera vez que Anduin contempló una, no sintió asco, sino pena. Tengo que ayudar. Tengo que ayudar.Tengo que intentarlo. Durante el primer descanso de sus clases con Velen el Príncipe se había apresurado a las salvajes tierras de la Isla Bruma Azur, mientras sus escoltas se esforzaban por seguir su estela. Ahora le servían de agarre mientras rogaba a la Luz que curase al mutante para calmar su locura. Anduin no comprendía lo que le pasaba a aquella criatura. No necesitaba saberlo.

La Luz lo sabía. Su poder se desplazaba a través del joven Príncipe, y esta lo utilizaba como canal para enderezar a la criatura que se retorcía bajo sus manos. El acto de sanación siempre hacía sentir a Anduin como a una llave en una cerradura, como una herramienta empleada de manera correcta, y ya había probado sus talentos durante su estancia con los draenei. Su confianza había crecido bajo el tutelaje de la antigua raza, especialmente bajo las órdenes del Perpetuo, el Profeta. Lo veas o no, padre, yo tenía razón. Magni tenía razón. Esta es mi vocación.

Ese pensamiento hizo que se entristeciese. Quería a su padre, pero el abismo entre Varian y Anduin, tanto en temperamento como en experiencia, era demasiado grande. ¿Por qué no puedes verlo, Padre? No soy como tú. ¿Qué hay de malo en ello? ¿Acaso no se puede aprender nada de nuestras diferencias? ¿De mí?

Anduin lamentaba su parte en esa pelea. Su padre insistió en tratarlo como a un niño, cuando el Profeta, Magni y otros lo observaban de manera totalmente distinta y reconocían en él su potencial. Anduin y su padre habían discutido durante la cumbre de la Alianza en Darnassus, y Varian había llegado a las manos con él, dañándole el brazo al retorcérselo. Anduin no se había sentido nunca tan orgulloso como cuando, después de esa discusión, el Profeta le habló con su voz sobrenatural para invitarlo a estudiar en El Exodarcomo su pupilo.

¿Por qué no pudiste comprender que tenía que ir, padre? ¿Por qué no podías ver el honor que había en esa invitación?

Anduin hizo que su atención volviese al presente, lejos de la autocompasión y hacia las necesidades del azotador. Se prometió a sí mismo durante el siguiente latido de corazón que nunca dejaría de sentirse asombrado por esa experiencia. La sanación se veía demasiado a menudo como algo banal, un milagro transformado en mundano, pero Anduin sabía que la Luz, fuente de sanación, no lo veía así. Toda vida, todavida, era un milagro.

Frente al Príncipe se encontraba en ese momento una bella criatura vegetal con anchos pétalos de color morado y verde, erguida y fuerte. Los draenei la soltaron. Uno de ellos se inclinó en reconocimiento a lo que había hecho el muchacho.

Anduin escuchó cierto alboroto a sus espaldas, y comenzó a salir por completo del trance de sanación, para percatarse de que sus reales posaderas se encontraban en el barro. Muy elegante, pensó Anduin. Padre estaría emocionado.

El Príncipe se puso de pie de un salto. Frente a él se encontraba un alto draenei que lucía armadura pesada. Se trataba de un Escudo, uno de los guardias personales de Velen.

—El Profeta ha solicitado verle, príncipe Anduin —fue todo lo que dijo.

* * *

En un primer momento, los refugiados habían llegado humildemente, de uno en uno o de dos en dos, en barcos con fugas y balsas artesanales, arriesgándose a lo desconocido para huir de lo terriblemente conocido. Se había extendido el rumor de que los draenei habían aguantado la ruptura del mundo, de que se podía encontrar refugio en la Isla Bruma Azur. Y los rumores eran algo mejor que la realidad a la que se enfrentaba la mayoría de estos exiliados. En un principio los draenei los ayudaron en lo que pudieron, les proporcionaron un lugar fuera de El Exodar, los curaron y compartieron comida y agua con ellos. Pero entonces los parias comenzaron a intentar encontrar a sus amigos y familiares, y la llamada resonó por todo Kalimdor: El Profeta mantiene la Isla Bruma Azur a salvo. El Profeta previó el Cataclismo y no se equivocará en nada. El goteo de refugiados se convirtió en decenas y veintenas... y después en centenares. Ahora el campo de refugiados daba cobijo a un millar de exiliados, y los draenei descubrieron que sus necesidades sobrepasaban ya su voluntad y capacidad de donación.

Los susurros del campamento acabaron por tomar un tono más sombrío. El Profeta no quiere vernos. Los draenei lo tienen escondido en las bodegas de su barco. ¿No es cierto que parecen demonios encapuchados?

Anduin había pasado cierto tiempo entre los refugiados, curándolos como podía, promoviendo la fe en la Luz eterna, dando consejos y guiando con tal calma que a menudo dejaba a los adultos impresionados ante su presencia… y algo trastornados cuando no estaba por los alrededores. El Príncipe había preguntado en muchas ocasiones por qué esas caprichosas almas no habían buscado el amparo de su padre, de la fortaleza de Ventormenta. Ellos respondían de soslayo, diciendo que su padre era un gran rey y un rey de verdad, pero que no podía ver el futuro como hacía el Profeta. Con el debido respeto, inferían con su tono, tu padre es simplemente un hombre. El Profeta es más que eso. Después de un tiempo, tras unir muchas conversaciones como partes de un puzle, Anduin se percató de que las acciones de los refugiados no se basaban simplemente en venerar a un profeta que no conocían. Esa gente provenía de los márgenes de la sociedad. Para ellos, el legítimo orden del gobierno era algo que se debía temer, no algo que pudiera protegerlos. Llegado un momento, el Príncipe dejó de hacer preguntas.

De ese modo, era ya una cara familiar cuando se le escoltó a través del campamento para su audiencia con Velen. Familiar, pero aún no uno de ellos. Sentía la distancia, una brecha que provenía de su sangre real, su fuerza en la Luz y el trauma de su niñez. En algunas ocasiones pensaba que le gustaría ser más... normal. Sin embargo, estaba comenzando a sentir, mientras se dirigía a toda velocidad hacia los desafíos y las extrañas energías de la pubertad, que las diferencias eran necesarias. Tenía un papel único que cumplir, el de guiar y proteger a su pueblo, y no era ni un privilegio ni una fuente de poder personal. Era un deber.

Todos los refugiados eran humanos. No había duda alguna de que los enanos eran demasiado orgullosos para abandonar su tierra natal; los elfos de la noche no se dejaban intimidar ni siquiera por la ira de Alamuerte; y los gnomos eran… bueno, eran gnomos. ¿Qué podían temer de la lava y los terremotos cuando la siguiente explosión se encontraba tan solo a un fallo de distancia?

Los refugiados sufrían miedo, hambre y enfermedades. La fiebre se apoderaba de ellos con gran regularidad, y el joven Príncipe utilizaba sus talentos cuando las epidemias barrían el campamento. Dados sus esfuerzos, le resultó imposible no sentirse dolido por los comentarios que escuchó mientras caminaba frente a un grupo de refugiados sentados en círculo, los cuales no hacían nada productivo más allá de disfrutar de una simple cháchara.

—La mascota del alienígena —dijo uno.

—¿El Profeta ve al chico pero a nosotros nos rechaza? —fue la respuesta. El resto de la conversación se perdió en el aire mientras pasaba de largo. Anduin pasaba mucho tiempo viendo a la gente, observando con tranquilidad el ajetreo de sus almas en sus rostros. Y en la mirada de muchos de los exiliados vio la misma acusación que había escuchado en alto solo unos momentos antes. La charla del campamento fue contra él, y era difícil quitarse de encima su resentimiento. No he hecho más que ayudar, pensó el Príncipe.

Pero entonces se le presentó una duda inquietante. ¿Por qué Velen no los recibe?

* * *

Los recuerdos del aire gélido y del norte muerto fueron dejando de acaparar la mente del jinete de grifos mientras sobrevolaba los cálidos climas de Kalimdor. La carga del grifo era al mismo tiempo más pesada y más silenciosa de a lo que estaba acostumbrada la bestia. Generalmente, los que estaban amarrados a la tierra se mostraban impresionados por la perspectiva de volar, o asustados ante los movimientos y maniobras normales de los que sí lo hacían. A pesar de que el viajero dijese poco en voz alta, los pequeños ruidos y la tensión en las piernas decían mucho al sensible y observador grifo. Contrastaba con la serenidad y la quietud, que era la naturaleza de su jinete en esos momentos.

Alguien que había visto docenas de mundos y había luchado contra la Legión Ardiente en un conflicto interminable no podía encontrar nada digno de mención en un vuelo a través de Azeroth. El vindicador Maraad tenía preocupaciones que hacían palidecer la belleza de la vista. El norte estaba a salvo; la oscuridad del Rey Exánime, eliminada; era el momento de llevar su energía a otro lugar. Había oído de la vuelta del Destructor, de la devastación a la que se enfrentaba Azeroth, pero él era draenei; ¿qué significaba para él que un simple mundo estuviese bajo amenaza? La Legión acechaba en El Vacío Abisal, y en teoría seguía acabando con cualquier vida que se cruzase ante el ejército demoníaco.

Mientras volaba sobre la Isla Bruma Azur bajo la luz de la luna, se quedó impresionado al ver multitud de minúsculas luces que reflejaban tenuemente las estrellas de más arriba. Durante un instante, en un extraño pensamiento, Maraad observó las luces como sus propios pequeños mundos antes de corregirse y llevar la mirada hacia arriba. Los cielos eran su inquietud. Siempre.

¿Había un ejército acampado cerca de El Exodar? ¿Por qué no se le había informado?

El grifo voló a través de un portal metálico en el casco de El Exodar y fue recibido por el maestro de grifos, Stephanos. Stephanos se inclinó levemente.

—Felicidades por la victoria en el norte, Vindicador. Me alegro de volver a verle en casa.

—¿Casa? Nosotros no tenemos casa, hermano. No realmente. Somos los nómadas del universo, los exiliados del perdido Argus. No deberíamos olvidar eso nunca. ¿Qué son las hogueras que he visto mientras venía? ¿Acaso un ejército amenaza nuestra isla?

—No, Vindicador. Son refugiados que escapan de los horrores del Cataclismo. Esperan que el Profeta los salve.

Maraad frunció el ceño, una expresión que resultaba extraña para sus facciones.

—Todos lo esperamos, hermano.

El Vindicador no esperó a la respuesta. Se movió con rapidez y determinación hacia el Trono, y después, sin pausa alguna, en la dirección a la cámara de Velen. El ruido de sus pezuñas retumbaba en el cristalino suelo a cada paso, y mientras pasaba enfrente de los dos Escudos que hacían guardia a la entrada, Maraad buscó cualquier señal que evidenciase una falta de vigilancia. Nunca más, pensó. Draenor ya fue suficiente.

Solo cuando llegó al umbral que llevaba a la sala de recepción del Profeta uno de los Escudos abandonó su pose de estatua. El guardia dio un paso al frente, bloqueando la entrada. No era algo imprevisto.

—Soy el vindicador Maraad, anteriormente al mando de la Alianza en Rasganorte —profirió Maraad a modo de ritual—. Busco audiencia con el Profeta.

—El Profeta no recibe a nadie, vindicador Maraad. Siento negarle la entrada tras su largo viaje.

Eso sí que no lo había previsto.

—Aún estamos en las primeras horas de la tarde. ¿Dices que el Profeta rechaza recibirme? He realizado la travesía completa desde Rasganorte, y ni siquiera le habéis preguntado.

El Escudo mostró claramente su incomodidad.

—De nuevo, mis disculpas, Vindicador. En este momento no puede recibir a nadie.

—¿Debería volver por la mañana?

—Yo no lo haría, Vindicador. Desde hace muchas semanas, todo aquel que busca audiencia con el Profeta se ha visto rechazado, a excepción del Príncipe humano. Tomaré nota de su visita y le avisaré cuando sus órdenes cambien.

Maraad observó al Escudo durante un breve espacio de tiempo sin dejar entrever sus pensamientos antes de volver por donde había venido.

* * *

Anduin se encontraba frente a su mentor en un silencio contemplativo. Era imposible aprehender con certeza la edad o la sabiduría de Velen, así que como acostumbraba el joven, el Príncipe simplemente lo aceptaba como una fuerza de la naturaleza; como el sol o las lunas. El Profeta le estaba dando la espalda, y Velen levitaba con una pose meditativa que el muchacho había visto muchas veces durante las últimas semanas.

—¿Por qué no avisaste al mundo sobre el Cataclismo? —se le escapó a Anduin.

El Profeta no varió su posición. No hubo ni un tic ni un movimiento de hombros que traicionase los pensamientos de Velen, pero algo se percibía en el silencio posterior a la pregunta; algo denso.

—Yo busco el camino, espero que la Luz ilumine nuestro sendero más allá de la Legión y su destructiva misión. Solo yo puedo ver el camino. Solo yo puedo revelárselo a las fuerzas de la Luz.

Anduin reflexionó sobre lo que acababa de escuchar.

—Parece una carga terrible.

El Profeta giró lentamente en el aire para colocarse frente al Príncipe.

—Por eso transito los caminos del mañana. La Legión y los Dioses Antiguos hacen arder huecos en el tejido del futuro, y si puedo verlos, si puedo preparar a las razas mortales, es posible que evitemos el desastre.

—¿Y si fracasas?

La serenidad eterna de Velen se resquebrajó por un momento, remplazada por un breve instante por dolor y pena en cantidades inmensas, que parecían aún más temibles por la calma presente tanto antes como después.

—Deja que te muestre algo —susurró el antiguo draenei. Se descubrió y se aproximó al suelo. Aún flotando varios centímetros por encima del suelo metálico del El Exodar, el Profeta acortó la distancia y posó su mano sobre una de las cejas del Príncipe—. Lo siento, pero es necesario —dijo el Profeta.

El Exodar desapareció, y en su lugar aparecieron únicamente vastas extensiones de oscuridad interrumpidas por luces y místicas energías. De repente, tras un súbito empujón, Anduin se encontró sobre un extraño suelo bajo un cielo que no le resultaba familiar. Había cuatro prominentes lunas compitiendo por su atención, una atmósfera de color ámbar, y formaciones rocosas en el suelo de tono azul que se retorcían de mil maneras distintas. Anduin no podía ver ningún rastro de agua, pero las rocas coloreadas parecían olas enfrentadas súbitamente congeladas al antojo de cierto artista con dotes divinas. Había criaturas diseminadas por el terreno y arremolinándose en el cielo, tan variadas y diferentes que resultaban imposibles de describir. Los colores, los distintos medios de locomoción y los patrones se formaban a partir del baile, el juego o la guerra... Casi nada de ello tenía sentido, y Anduin se quedó perplejo, intentando captar el maravilloso caos abstracto presente en todo ello.

¡Y la Luz! Podía sentir cómo lo rodeaba, más fuerte que en ningún otro lugar de Azeroth, vibraba y brillaba a través de las criaturas alienígenas.

El cielo se oscureció. Primero pasó a un furioso rojo, que invadió los cielos color ámbar como una señal premonitoria de fatalidad. Tras unos instantes, el color comenzó a moverse hacia un tono verde que causaba náuseas. Varios cometas brillantes se abrieron paso a través de los enfermos cielos con gran estruendo y golpearon la tierra, haciendo que todas las pobres criaturas se dispersasen, presas del pánico. De sus cráteres se levantaron los cometas, temibles e inmensos, y comenzaron a propagar la muerte con una eficacia desprovista de piedad. Una brecha se abrió en el aire cerca del Príncipe, y un maremoto de horror salió por ella: demonios alados y súcubos que portaban fuegos de color amarillo verduzco y poderosa magia destruían todo lo que se ponía en su camino. Después de que el oscuro ejército hubiese terminado su despliegue, una forma gigantesca atravesó la grieta; se parecía demasiado a los draenei como para que el Príncipe no se percatase de ello.

Este último ser arrasó las esculturas rocosas a su alrededor, despejando un espacio en el que se pudo arrodillar sobre el polvo creado a partir de su destrucción, y dibujó unos símbolos de maléfico poder con su garra. Cuando terminó, sobrevino un momento de perfecta quietud, con la carnicería detenida y todo el mundo a la espera mientras reinaba un silencio espeluznante.

Y entonces, una explosión.

Las energías desatadas acabaron con la superficie del mundo, y Anduin se vio a sí mismo gritando y alzando sus brazos aterrorizado, pero la magia lo atravesó sin causar daño alguno. La Legión volvió por el portal, regresando al oscuro nexo del hogar demoníaco, y tras su marcha quedó… la nada. Ningún tipo de vida. Incluso las formidables formaciones rocosas desaparecieron, las cuales Anduin nunca sabría si eran naturales o moldeadas por la vida alienígena que había visto. Solo quedaban cenizas y materia desgarrada. Incluso el cielo estaba encapotado, y ya no permitía ver con claridad las cuatro lunas.

En ese momento, afortunadamente, la visión llegó a su fin.

Anduin volvía a estar frente al Profeta, y aunque luchó contra su impulso y estaba enfadado consigo mismo, rompió a llorar.

—No hay vergüenza alguna en lamentar semejante pérdida —dijo Velen con suavidad.

—¿Qué mundo era ese? ¿Cuándo pasó esto? —preguntó el Príncipe entre lágrimas.

—No sé su nombre. Sus habitantes no hablaban en modo alguno comprensible para nosotros, y ninguna de las razas mortales de este mundo había posado jamás sus pies allí. Yo lo llamo Fanlin'Deskor: Cielos Ámbar sobre Formidable Roca. Puesto que dudo que la Legión registre sus víctimas o siquiera se digne a recordarlas, es probable que nosotros seamos los únicos seres del universo que sepamos de su existencia.

—Qué triste —dijo Anduin.

—Sí. Si la Luz lo quiere, cuando se alcance la victoria definitiva, me sentaré sobre una torre construida en uno de los mundos perdidos, y como forma de penitencia tomaré nota de todos ellos.

—¿Penitencia? ¿Por qué? ¿Qué has hecho aparte de ayudar, Velen?

—Hace ya mucho que fracasé al intentar cambiar la senda de mis hermanos. Y la creación pagó el precio. —Velen hizo un gesto para dejar esa discusión a un lado y así poder volver al propósito de haber mostrado la visión a Anduin—. Lo que pretendía era hacerte ver las consecuencias de la derrota. Pese a todo lo terrible que ha demostrado ser el Cataclismo, pese al imponente enemigo que es Alamuerte, nuestra guerra es una lucha mucho más amplia. No defendemos un único mundo, sino todos ellos.

Anduin siempre sabía que sus clases estaban cerca de terminar cuando el Profeta volvía a su postura de meditación y observaba las energías del Trono. Mientras el Príncipe abría la puerta de la estancia y se disponía a marcharse, una última frase proveniente del Profeta lo siguió desde la habitación.

—Y, joven: es una carga terrible.

* * *

El tono carente de emoción de esas últimas palabras persiguió a Anduin durante el resto del día y bien entrada la noche. Estuvo dando vueltas, luchando contra el sueño que solía encontrar con facilidad. Cuando terminó por sucumbir, sus sueños llegaron de manera muy nítida y vívida.

Fuegos demoníacos y mundos rotos pasaban a toda velocidad por un negro cielo desprovisto de soles o lunas. Todas las luces del universo eran oscuras, como si las velas de un santuario se hubiesen apagado por el frío soplo del viento. Y sin embargo, por encima de la ausencia de luz, el silencio era lo más perturbador para Anduin. En un universo vivo no debería, no podía, reinar semejante quietud.

El primer pensamiento que le vino a la mente mientras observaba el fin de los días fue el de que no volvería a ver a su padre… ni tendría la oportunidad de salvar el abismo que entonces existía entre ellos. Y entonces, extendiendo esa idea con la empatía característica de su naturaleza, Anduin pensó en que ningún hijo en rincón alguno del universo podría ya decir a su padre que lo quería, o pronunciar las reconfortantes palabras de "lo siento". Más allá del silencio y las apagadas estrellas, el mayor de los horrores provenía de la muerte de la posibilidad, de la esperanza.

Y de pronto, un sonido. Al principio no era más que una vibración en la noche, aunque esa leve perturbación del aire era pura, fuerte y clara. Un resplandor hizo acto de presencia, y después varios más; la vibración se tornó en muchas, todas con distintos tonos, y las vistas y los sonidos se fundieron en una ascendente marea de arcoíris y melodía. Seres de Luz rodearon a Anduin, rescatándolo de la oscuridad y trayendo la esperanza en un coro que restauró el universo.

En medio de esa vorágine apareció el rostro de uno de los refugiados, un hombre al que el Príncipe había visto muchas veces pero cuyo nombre desconocía. Los seres alrededor de Anduin proclamaron, entre cánticos: "Una vida, un universo".

Se despertó entre sudores, con el pelo enmarañado por la intensidad del sueño (visión, era una visión…), y aun así confortado por lo que había visto. Volvió a dormirse, y tuvo sueños afortunadamente mediocres.

* * *

Maraad se encontraba en una amplia sala circular con runas brillantes grabadas en las curvadas paredes. Tres ancianos e incólumes draenei dominaban el centro de la estancia, con sus bellas y elegantes armaduras, tan limpias que proyectaban un brilloso lustre. Rodeándolos había varios paladines y vindicadores, todos en postura de deferencia hacia los tres de manera sutil; su obediencia provenía de una pirámide de autoridad que no dejaba espacio para el ego, ni en su cima ni en su base.

Estos tres constituían el Triunvirato de la Mano: Boros, Kuros y Aesom. El resto de los presentes en la estancia eran la élite draenei: la Mano de Argus. Tras su llegada, Maraad se había percatado de que el Triunvirato había vuelto a El Exodar, al igual que él, y haciendo un esfuerzo por volver a conectar con sus hermanos de Azeroth, su objetivo era dilucidar los siguientes pasos de su raza a la luz de los recientes acontecimientos.

Había pasado demasiado tiempo desde que Maraad se había presentado frente al Triunvirato y se había reunido en consejo con los líderes de los draenei. Había olvidado cuán ordenadas y llenas de mesura eran las disertaciones entre ellos, lo confortable que parecía una conversación con sus razonables altibajos, sin los juegos verbales y las impredecibles reacciones del resto de las razas de la Alianza. El contraste se vino abajo por completo cuando la larga discusión sobre los refugiados y su apremiante situación se vio calmadamente interrumpida por el vindicador Romnar. Romnar dirigía los esfuerzos destinados a reparar la nave draenei de viajes inter-dimensionales, El Exodar, y mientras el debate giraba en un cortés pero indeciso círculo sobre cómo hacer frente al creciente número de forasteros que llegaba a la isla, dijo:

—Puede que pronto toda esta discusión no tenga importancia. El Exodar está casi reparado por completo.

Un anuncio de tal trascendencia, de haber tenido lugar a bordo de El Rompecielos con los líderes de la Alianza en Rasganorte, habría caído como un verdadero rayo, y una pelea dialéctica habría dado comienzo. En vez de eso, la noticia fue recibida con sonrisas de satisfacción, y una sola mano se posó sobre el hombro de Romnar. Bien hecho, decía la atmósfera presente en la habitación.

—¿"Casi reparado" cuánto tiempo significa? —preguntó Maraad.

—Una semana. Ya hemos reparado todos los sistemas principales. En estos momentos estamos simplemente limpiando y reforzando las áreas que muestran ciertas debilidades.

—¿Podríamos levantar el vuelo con nuestra nave en una semana? ¿Qué dice el Profeta al respecto? —preguntó Maraad.

Un silencio incómodo se apoderó de la estancia.

—¿No lo sabe? —inquirió Maraad, incrédulo.

—Rechaza vernos a cualquiera de nosotros —respondió Aesom—. Dejamos un mensaje a los Escudos, pero no hemos recibido respuesta alguna.

—¿Soy el único al que esto le molesta? —preguntó Maraad, deseando en silencio no haber pronunciado esas palabras nada más hacerlo. Llevo demasiado tiempo lejos de El Exodar, pensó. Por supuesto que les molestaba. Su silencio no denotaba aprobación, sino inquietud.

¿Qué se puede hacer cuando parece que el Profeta ha perdido el rumbo?

Antes de que ningún otro pudiese hablar, un draenei cuyo nombre era desconocido para Maraad tomó la palabra.

—Los refugiados están ante nuestras puertas. Exigen ver al Profeta.

Pues que se pongan a la cola, pensó Maraad con amargo humor.

* * *

—¿Por qué no avisaste al mundo sobre el Cataclismo? Una simple y lógica pregunta formulada por un niño mortal resonaba, acusadora, por toda la estancia en silencio, distrayendo al Profeta de su contemplación de la Luz. Velen había evitado, más que respondido; había oscurecido, en lugar de iluminado. Estaba sorprendido consigo mismo. ¿Aún soy capaz de inducir al engaño? ¿Incluso después de todo este tiempo? ¿Tanto por dentro como por fuera?

¿Por qué razón un profeta no avisa de una calamidad?

Él la había visto. La sombra acorazada de la noche cerniéndose sobre Azeroth, oscureciendo el mundo con fuego y dolor. También había visto el fin de Azeroth en una docena de Apocalipsis, y había atisbado un millar de victorias y fracasos menores en los serpenteantes futuros. Y la Luz (la guía, la brújula, el sentido que le ayudaba a navegar por los inciertos mares de sus visiones) no había apuntado directamente hacia el Cataclismo, había dejado el destructivo retorno de Alamuerte como una posibilidad entre muchas. ¿Qué valor tenía un profeta que no percibía diferencia alguna entre una visión verdadera y una falsa?

Velen hizo lo que pudo para alejar la pregunta del muchacho de su cabeza y volver a centrar sus pensamientos en recuperar su habilidad para discernir la verdad entre sus interminables visiones… antes de volverse loco o de que fuese demasiado tarde. Cuando el Escudo que actuaba de centinela en su estancia solicitó una nueva audiencia para el Triunvirato, Velen no respondió.

Había visto a El Exodar reparado y encaminándose al Vacío, absorbido por la oscuridad para no volver jamás.

Había visto a El Exodar aparentemente reparado explotar nada más despegar, matando a la mayor parte de los draenei y llenando de desechos la Isla Bruma Azur.

Había visto a El Exodar aterrizando en Terrallende y a los draenei sanando su antiguo hogar en el exilio.

Había visto a los draenei reparar su nave trans-dimensional solamente para dejarla en Azeroth. Algunas veces eso llevaba a las sombras, y otras no.

Velen no jugaría con conjeturas. Sin la Luz señalando el camino se sentía paralizado. Que decida el Triunvirato, pensaba.

Cuando no hubo más distracciones del exterior volvió al interior a buscar el camino desesperadamente.

* * *

Maraad se mantuvo al margen e hizo todo lo que pudo por ocultar su disgusto. La mayor parte de sus tratos con humanos hasta ese momento había tenido lugar con los ocasionalmente impetuosos, pero siempre valientes héroes de la Alianza en Rasganorte. Era difícil creer que esas harapientas criaturas, a las cuales en muchas ocasiones les faltaban dientes y en las que no estaban presentes la cortesía y el intelecto que se esperan de un ser racional, fuesen de la misma raza que aquellos humanos junto a los que había marchado.

—Queremos ver al Prefeta —balbuceó uno de ellos con una cara deformada en lenguaje ordinario apenas reconocible. —Él lo va a solucioná todo.

—¿Este es a quien habéis elegido como portavoz? —Maraad no pudo evitar preguntar en voz alta. Su velado insulto pasó completamente desapercibido.

—El Profeta no recibe a nadie, amigo. Nosotros también esperamos su sabio consejo en estos oscuros momentos. Hablará cuando así lo decida —dijo un pacificador de El Exodar.

—Eso e' mentira. ¡Recibe al Príncipe de Ventormenta!

—El príncipe Anduin está formándose en los caminos de la Luz bajo el tutelaje del Profeta. Deberíais sentiros honrados, incluso orgullosos, porque el Eterno enseñe a uno de los vuestros. ¿Quién sabe qué bondades traerá esto a vuestro pueblo?

—¡Mira el gallito! ¿Y quién eres tú pa' deci'nos por qué tenemos que sentirnos henrados, eh? ¿Quién eres tú? ¡No eres más que un demonio encapuchao, eso mismo!

No podía haber peor insulto para un draenei que el recordarle sus lazos con los eredar de la Legión. Los ojos del pacificador se estrecharon peligrosamente, y su mano se movió hacia la brillante espada que tenía a un costado. Tras ese gesto, Maraad se vio a sí mismo buscando su gran martillo, y otros draenei se acercaron y se inclinaron hacia la "delegación" de la chusma. Maraad observó cómo los humanos instintivamente se echaron atrás. Aunque sus mentes conscientes eran realmente necias, el animal que había en su interior detectó la realidad de mejor manera.

El pacificador se relajó visiblemente y apartó la mano, haciendo ver que se había percatado del miedo de los refugiados.

—Sé que estáis lejos de vuestras casas. Tenéis hambre y el futuro es incierto. En semejante situación, sois sabios al buscar el consejo de nuestro profeta. Créeme, compañero, si te digo que nada me gustaría más que este tuviese en cuenta tus preocupaciones. Pero has de comprender esto: sus opciones son infinitas.Vendrá a ti o no, como él desee, pero no se verá obligado. Os aconsejo que volváis a vuestras casas en el campamento.

—¿Qué casas? Esto no son casas —fue la hosca respuesta. El grupo se dispersó, murmurando y con expresiones sombrías. Los humanos habían estado cerca de llegar a las manos con sus huéspedes, y todos eran conscientes de ello.

—¿Con qué derecho nos hablan ellos de exilio a nosotros? —dijo el pacificador, al mismo tiempo impresionado y tranquilo.

—Sin duda; ¿con qué derecho? —respondió Maraad.

* * *

Rodeado por la Mano de Argus y sus líderes, Maraad se mostró franco a la hora de dar su opinión.

—El Profeta no compartirá su sabiduría con nosotros. La decisión es nuestra. ¡Vayamos a la guerra contra la Legión! O, si eso no es posible, volvamos a la pobre y torturada Terrallende y terminemos el trabajo como se debe. Nuestro segundo hogar nos necesita, al igual que Los Perdidos, que aún vagan por las tierras baldías.

Maraad halló el silencio como respuesta del Triunvirato, pero podía percibir que estaban de acuerdo a través de sus ligerísimos movimientos faciales y corporales, los cuales traicionaban los pensamientos de los líderes. Sin embargo, había cierta sensación de malestar, y el Vindicador conocía su origen... porque él también lo sentía. El Profeta debería hablar, debería bendecir nuestra decisión.

—De aquí a una semana probaremos los pistones de fase de El Exodar. Y si para entonces el Profeta no ha hablado, ¡Dejaremos atrás Azeroth!

* * *

—¿Cómo van tus clases, Anduin? ¿Tu comprensión avanza?

Durante meses, el Príncipe se había sentido satisfecho por la atención que se le dispensaba, emocionado por la oportunidad de aprender del ser más cercano a la Luz de todo Azeroth. Pero ahora, mientras resonaban las apacibles y tranquilas cuestiones de Velen en su cabeza, el resentimiento estalló.

—¿No ves lo que está pasando ahí fuera? —preguntó Anduin.

—Siempre hay algo pasando ahí fuera —respondió la suave voz. Aunque lo dijo con tacto, el tono escondía cierta crítica—. Lo que me preocupa es el camino.

—¿Qué es el camino? ¿Una lejana guerra en un remoto mundo? Te necesitan aquí. Y te necesitan ahora. ¿Por eso nunca dijiste nada del Cataclismo? ¿Simplemente no eras consciente de él? ¿O es que el resto no somos más que insectos para ti? ¿O incluso peor, piezas de ajedrez?

Había pasado una eternidad desde que alguien se atrevió por última vez a reprochar algo al Profeta. Giró la cabeza hacia el Príncipe, sorprendido, como solía sucederle en presencia de humanos, por la rapidez a la que el chico parecía estar convirtiéndose en un hombre y por el adulto presente en las palabras que acababa de escuchar. Y tan pronto como pudo ver a Anduin, el mundo cambió.

En vez del Príncipe, tenía delante a un guerrero con armadura, con su yelmo y su coraza resplandecientes por la esencia de la propia Luz. El guerrero blandía una espada forjada con el mismo material que la armadura, y la llevaba en alto mientras se encontraba sobre una formación rocosa… Velen no podía saber si se trataba de Azeroth o de otro mundo. Y de repente, del oscuro cielo que había encima, brotó la caballería conjunta de las razas de Azeroth. Los elfos de sangre, los orcos, los trols, los tauren e incluso los execrables no-muertos y los intrigantes goblins llevaban monturas voladoras de todo tipo y condición. Llevaban armadura y armas mágicas que brillaban con tal poder que el mero hecho de vislumbrarlas hacía daño a los ojos de Velen. Además de las legiones de la Horda, los antiguos elfos de la noche avanzaban junto a los humanos, los enanos y los gnomos, cuyos ancestros formaban la Alianza originaria, y los mutables huargen iban también a su lado. Los propios draenei de Velen reforzaban el ejército, en las sus filas relucían metales de otro mundo y los guerreros llevaban mazas y espadas cristalinas en las manos.

La Alianza y la Horda no estaban solas.

Los dragones cayeron en picado en formación, lo cual hacía que el cielo pareciese una gigantesca ala de reptil multicolor. Cubrían el horizonte con su número y tamaño, y cuando lanzaron un desafiante rugido no solo se agitó la tierra en la que estaba Velen, sino todo el universo.

Y aun así, con todo esto en mente, el mayor asombro para los sentidos de Velen fue ver a aquellos que volaban justo después de los dragones. Los naaru habían entrado en el campo, y eran tantos que Velen no podía entender cómo la creación podía contenerlos. El poder de estos seres de la Luz hizo que el corazón de Velen bullese de esperanza, dejase atrás las centurias de soledad y se preguntase cómo podría haber desesperado porque la oscuridad, no importa cuán terrible fuese, pudiese realmente reinar.

Y en ese momento cayó una sombra.

Era enorme y vacía, y engullía toda la luz que entraba en ella. Velen sabía que lo consumiría todo hasta que, al final, acabase por devorarse a sí misma, pegando mordiscos interminables a la nada en la Gran Oscuridad del Más Allá y eliminando todo sentido del universo, desde la sonata más inspiradora a la más fascinante puesta de sol. Era demasiado terrible para poder contemplarlo y comprenderlo, y aun así el ejército se encaminaba directo hacia ella. Y la luz comenzó a apagarse…

Frente al Profeta solo había un chico humano, con los ojos abiertos y apasionados, diciendo algo ininteligible para él.

El Profeta le dio la espalda a Anduin, y su mente se abrió camino hacia la Luz, intentando llegar al hilo de la visión que había presenciado, procurando vislumbrar el camino entre las posibilidades fracturadas. Aquello le recordó, forzosamente, las semanas que llevaron al Cataclismo. No se percató del momento en que el Príncipe abandonó la estancia.

* * *

La semana transcurrió de manera tensa para los refugiados. Los draenei estaban inmersos en sus propias preocupaciones, preparándose para probar su amada nave e inquietos por el silencio del Profeta. Los exiliados se percataron del incremento de la actividad, y podían sentir algo en el ambiente. Su ignorancia respecto a las razones no hacía más que alimentar sus sospechas y rumores más oscuros. Hubo unas pocas voces que recordaban al resto la bondad que les habían dispensado los draenei, pero la perenne naturaleza de los mortales era sospechar y temer aquello que no entendían, y las pezuñas y la piel azul de sus patronos acabaron por ser más importantes que los suministros y las curas que les habían proporcionado. Muy pocos refugiados se preguntaban, incluso en la tranquila oscuridad mientras reposaban seguros bajo la protección de la Isla Bruma Azur, cómo se habría tratado a los draenei si estos hubiesen huido a otras costas de la Alianza en busca de ayuda.

Y así, cuando la inmensa estructura llamada El Exodar comenzó a emitir zumbidos y a vibrar, cuando el propio aire se llenó de electricidad a su alrededor, los instintos de los refugiados les dijeron algo que su inteligencia no podía: la nave funcionaba.

¡Los draenei se marchan! Pensaron suficientes de ellos como para que el pánico se apoderase del campamento. ¡Se llevan al Profeta!

El oculto se había convertido en un salvador para los refugiados; el Profeta era un talismán contra los horrores del Cataclismo. Como la mayor parte de las turbas, esta no tenía un solo líder, y no había manera de saber cuándo se convirtieran en acción el temor y las preocupaciones. Y así, casi el campamento al completo comenzó a dirigirse como un imprudente torbellino hacia El Exodar.

* * *

¿Cómo respondía uno a la llamada de las centurias, al desafío de ver cada día como algo nuevo y no como una repetición de banalidades que solo podía terminar en lamentos? La carga más pesada para el ser que solo había sido Velen y entonces era el Profeta (una fuerza, un mito, una abstracción) era la soledad de la comprensión más elevada. Él no podía no ver lo visto. Y sabía que ese hastío, esa falta de convicción diaria, era la mayor arma contra él en manos de aquellos que otrora fueron sus hermanos.

¿Te has hartado de llevar muerte a los mundos? Velen se preguntó sobre Kil'jaeden, su amigo perdido. ¿Alguna vez te preguntas, en la oscuridad de tu alma, por las decisiones que has tomado?

Estas eran viejas preocupaciones, antiguas reflexiones.

En un posible futuro, había vislumbrado al siguiente Rey Exánime salir de El Trono Helado, aún más temible que Arthas o Ner'zhul, y barrer la tierra a su paso con millares de guerreros esqueléticos. Cuando la Legión volvía, era a un mundo ya muerto, y los demonios se reían y jugaban con los draenei, alzados de forma antinatural mientras todos echaban en cara a Velen la caza que había seguido por todo el universo.

Había visto al Guardián de la Tierra enloquecido, el Destructor, inundar el mundo con llamas y contemplar las muertes de sus propios hijos, el Vuelo Negro, para así saciar su demente necesidad de acabar con todo.

Por favor, rogó a la Luz. Muéstrame el camino.

* * *

La muchedumbre había perdido toda la inteligencia a causa de su gran número, la razón cedió ante las pasiones de la masa. Los draenei intentaban negociar, pero sin ningún éxito, y cuando la alarma sonó y los paladines, los vindicadores, los sacerdotes y los magos se enfrentaron a la plebe, se cumplió la trágica predicción. Los defensores se enfrentaban a una elección imposible: o luchar con el mero objetivo de contener y hacer retroceder, arriesgándose a morir a manos de un enemigo menor, o acabar con aliados que no tenían intención de matar. La guerra era algo que se debía llevar a cabo por completo o en caso contrario no iniciarse, y los draenei fueron conscientes de ello cuando el vindicador Romnar cayó bajo el levantamiento mientras se abría paso hacia las puertas para investigar por qué sus pruebas habían causado tanto malestar. El Vindicador sufrió graves heridas por la muchedumbre antes de que otros draenei fueran capaces de ponerlo a buen recaudo tras sus líneas.

Ver cómo Romnar caía trajo recuerdos a Maraad de las luchas contra los no-muertos, y su martillo cristalino dejó de dedicarse a la defensa para comenzar a desplomarse sobre los invasores con toda su fuerza. Una vez rompió las ataduras de la piedad, el resto de los draenei lo siguieron, y el comienzo de la carnicería se cobró la sangre de los refugiados.

* * *

—¡Profeta! ¡Tienes que venir! ¡Ven! —gritó Anduin a Velen, que permanecía de espaldas y levitando. El pánico en la voz del muchacho cortó de raíz las visiones, y Velen llevó su atención al presente y giró la cabeza para hacer frente a esas exclamaciones.

—¿Qué pasa? —preguntó Velen con su tono eterno.

—Los refugiados están asediando El Exodar. ¡Tu pueblo está atacándolos! Atacando a inocentes.

Velen lo sintió. El camino. Este se bifurcaba, y podía ver que el chico le conducía por una de las dos desviaciones. Al final de la otra había sombra. La carga de saber que todo podía cambiar de forma radical a causa de decisiones tan nimias era inmensa. ¿Era eso, entonces, el significado de su visión anterior? ¿Que la señal para traer a Velen desde lo salvaje de vuelta al camino de la Luz era el chico?

—¿Acaso a los que están luchando fuera les importa algo tu guerra? —gritó el chico. Y entonces, recordando su sueño, dijo —¡Toda vida es un universo!

¿Tan perdido me hallo? Se preguntó Velen. ¿Debe darme lecciones un chico mortal?

Y entonces la respuesta vino de lo más profundo de su alma: las lecciones de la Luz son una bendición sin importar su origen.

—Iré —dijo Velen.

* * *

Los adversarios estaban enfrascados en una lucha desesperada que borraba cualquier otra preocupación. Los refugiados sabían que habían cometido un terrible error, y ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. Luchaban por la necesidad de sobrevivir, para corregir su error. Los draenei, comprendían lo grave de sus actos: el horror de matar no solo a aliados, sino también a aquellos que eran más débiles, hacía que los defensores sintiesen una trágica rabia de odio contra sí mismos. Detener la carnicería no era algo que pudiese hacer cualquiera.

Pero Velen no era cualquiera.

El mundo se inundó de Luz, cegando por igual a la muchedumbre y a los defensores; una explosión solar rúnica y geométrica iluminaba más que oscurecía a la figura suspendida en su centro. El cristal del Profeta refulgía tras él, y su voz tronó de tal manera que algunos de los combatientes tuvieron que ponerse de rodillas.

—¡Basta!

Los draenei se detuvieron, la mayoría de ellos aliviados; varios dejaron caer sus armas al suelo, horrorizados. Los refugiados se quedaron paralizados ante la visión del mítico Profeta en carne y hueso frente a ellos.

Velen descendió hasta que se encontró planeando entre ellos a escasos centímetros por encima del suelo ensangrentado de la Isla Bruma Azur.

—¿Así es como tratamos a nuestros hermanos? —preguntó Velen apenado. Muchos de los draenei rompieron a llorar avergonzados al ver su decepción. Maraad estaba inmóvil—. ¿Y vosotros, que disfrutáis de nuestra ayuda, nuestra hospitalidad, golpeáis a vuestros amigos sin provocación alguna? ¿Cómo podía ninguno de los combatientes hacer frente a la acusación de esos ojos eternos?

El Profeta descendió al embarrado, pisoteado y ensangrentado suelo, y sus pezuñas entraron en contacto con él.

Hubo cierta exclamación conjunta por parte del resto de los draenei cuando la mugre manchó el extremo de las vestimentas del Profeta. Velen se acercó a uno de los caídos, arrodillado sobre el barro, y alargó su mano para sostener el maltrecho cuerpo. La Luz surgió de una de sus manos mientras la introducía en el pecho destrozado; sintió dolor al ver la marca familiar de un martillo cristalino, y canalizó la Luz para acabar con la herida. El humano abrió los ojos, sanado de la herida potencialmente mortal.

Anduin tenía razón. ¿Qué esperanza había para el universo si Velen no defendía cada vida lo mejor que podía? ¿No ganarían la guerra los draenei a costa de todo lo que merecía la pena?

Velen se levantó, y sus vestimentas sucias hablaban con elocuencia. Se dirigió a sus hermanos, a sus hijos.

—Iremos al encuentro de los mortales de Azeroth, los aliados a los que nos debemos, y los ayudaremos en su misión de sanar el mundo del Cataclismo.

Maraad fue quien pronunció unas palabras. Solo él se atrevió.

El Exodar por fin está reparado, Profeta. Deberíamos combatir a la Legión. O quizás volver a Terrallende para poder sanar nuestro hogar en el exilio.

—Que cada cual actúe según le dicte su conciencia —respondió el Profeta—. Pero esto os debo decir: nuestra guerra está en todos los lugares. En cada acto y cada vez que respiramos. Debemos preparar a la gente de este mundo para que se una. Debemos ser su ejemplo para la unión contra el mal. Si estamos preparados, los despertaremos para formar la alianza definitiva contra la oscuridad. Id al encuentro de la gente, salvadlos de las heridas que ha provocado el Cataclismo, y haced que se fortalezcan para el futuro.

Las palabras del Profeta causaron un gran efecto en el resto de los draenei, y se dirigieron a los refugiados heridos. Anduin prestó sus crecientes poderes a dicho esfuerzo, e incluso cuando Velen se encontraba sanando y velando por los refugiados no pudo evitar observar al Príncipe, impresionado como estaba por el hombre en el que se estaba convirtiendo.

* * *

El Exodar no era únicamente una máquina para los draenei, sino algo vivo, un hermano de un modo que el resto de razas jamás entendería. Su dolor había terminado, y su esencia se había visto restaurada. El Profeta dejó sentir su alborozo junto a toda su raza por la victoria.

Los refugiados se habían reunido en consejo, congregados en anillos concéntricos cada vez más amplios en las colinas cercanas al Valle Ammen, y concluyeron que su sitio estaba con los suyos. Contagiados por la emoción de la espectacular aparición de Velen, muchos de los humanos se interesaron por hacerse sacerdotes, y casi todos se unieron a la fuerza de Ventormenta para reparar la destrucción causada por Alamuerte. Cuando se les preguntaba por su experiencia con los draenei, los refugiados afirmarían por el resto de sus vidas que la razón estuvo de su parte durante todo el tiempo, y que el Profeta les había dado la respuesta al Cataclismo.

Servir al prójimo.

Aun así, aquellos a los que más había afectado el trágico ataque de los refugiados fueron el propio Eterno y el humano que algún día sería Rey. Cuando Anduin volvió a estar frente a su mentor, se lo encontró de frente, con sus pezuñas hendidas en el suelo.

—Gracias por hacerme ver el camino. Me preguntaste por qué no avisé del Cataclismo. Fracasé a la hora de reconocer la amenaza que escondía porque estaba demasiado concentrado en el interior y… de alguna manera, también en el exterior. Había perdido de vista a los individuos en el mundo actual, sus necesidades, y por ello el faro de la Luz se hizo más tenue ante mí. Si no estoy conectado con los seres vivos del ahora, ¿cómo podré recorrer alguna vez todas las conexiones de sus futuros?

—Algún día serás un poderoso sacerdote, príncipe Anduin. Y un sabio rey.

Anduin solo deseaba que su padre pudiese oír esas palabras.