Vol’jin:El Juicio
Brian Kindregan

El joven trol se agachó entre la lluvia, mirando hacia el punto en que el camino titubeaba frente a la densa maleza de la jungla. La luz del sol no era capaz de penetrar tal follaje, ni tampoco la brisa. A esa parte de la isla se le conocía como Hogar Primigenio y nadie se paraba por ahí, salvo los cazadores de sombras y los tontos.

Vol’jin no era un cazador de sombras.

Éste sintió como corrían chorros de agua entre los dedos de sus pies, la lluvia era feroz y cada gota que golpeaba su espalda lo empujaba hacia Hogar Primigenio. Algunos cazadores de sombras lograban salir de ahí, mas los tontos nunca regresaban. Detrás de Vol’jin, otro trol se refugiaba debajo de una gran hoja de palma.

Zalazane tampoco era un cazador de sombras.

—Nosotros no listos, —dijo Zalazane mientras masticaba ruidosamente un trozo de carne de kommu. —Juicio ser para trols mayores que ya hacer cosas imponentes. Nosotros somos nadies.

—Yo sólo joven, tú el nadie. —Rió Vol’jin en tanto que se ponía de pie. —Tenemos qué, Zal. Mi papá, él ver el fuego durante muchas horas anoche y ahora estar actuando como si la perdición le cayera encima. Creo que tuvo una visión. Cambios venir y hemos de estar listos.

—¿Crees que los loa van a hacerte cazador de sombras?

—Me van a juzgar, seguro. Probarme. Pero no tengo idea qué significa.

—Dicen que los loa se van a llevar nuestras mentes, —dijo Zalazane con tono grave. —Nos van a torcer y enroscar, hacernos ver visiones.

—Muchas pruebas, es lo que he oído. Si me encuentran digno, seré cazador de sombras —replicó Vol´jin—, si no, nada podrá salvarnos…

—Oh, van a estar impresionados conmigo —dijo Zalazane con una sonrisa—, pero se van a reír de ti. —Caminó tranquilamente por el lodo hasta quedar junto a su amigo. Se miraron uno al otro por un momento y luego sonrieron de oreja a oreja, mostrando sus colmillos. Durante la totalidad de su infancia en la aldea Lanzanegra, esto siempre fue una señal clara de que Vol’jin y Zalazane estaban a punto de hacer algo particularmente estúpido.

Al son de un imponente grito corrieron hacia Hogar Primigenio, abriéndose paso a través de enredaderas y raíces. El lugar estaba permeado de muerte, tanto súbita como lenta, pero eran jóvenes y estaban seguros de que no podían morir en realidad.

Sin embargo, había loa aquí. Los ancestrales espíritus de aquellos que trascendieron la muerte eran capaces de otorgar impresionantes beneficios o infligir terribles castigos. Los loa podían darle clarividencia a un trol, o enloquecerle a tal grado que se arrancara sus propios ojos. Su sentencia era despiadada, presta e impredecible.

Vol’jin y Zalazane corrieron por un rato y pronto comenzaron a preguntarse si las leyendas en torno a Hogar Primigenio habían sido exageradas; parecía no haber amenazas de importancia. Al frente, dos enormes hojas bloqueaban el camino. Con un ligero movimiento éstas se deslizaron hacia los lados, revelando una enorme planta carnívora; una nambu. Sus labios afelpados se encontraban abiertos de par en par, esperándoles. Dientes fibrosos se retorcían con avidez en las fauces abiertas y Vol’jin no pudo detenerse a tiempo. Éste se lanzó hacia la izquierda, rozando el costado de la nambu. Rodando y agitando brazos y piernas se deslizó hasta chocar contra algo duro y escamoso. Vol’jin retrocedió trastabillando, aturdido y sacudiendo la cabeza. Ese “algo” se volvió, un raptor enorme y muy enojado; el más grande que Vol’jin había visto en su vida. Se alejó aún más, consciente de que la nambu se encontraba en algún punto detrás de él. Pudo escuchar como Zalazane emitía sonidos extraños y apagados, pero Vol’jin no tenía idea dónde se encontraba su amigo.

Con gran velocidad, el raptor bajó la cabeza para hincarle el diente a Vol’jin, quién rodó hacia su izquierda. Un par de enormes mandíbulas se cerraron con fuerza en el lugar donde éste se encontraba hacía un instante y listones de saliva escaparon de la boca de la criatura. La nambu reaccionó instantáneamente, mordiendo al raptor e inyectando veneno en la piel desgarrada de la bestia. Vol’jin sólo contaba con un par de latidos para aprovechar la distracción, así que desenvainó su glaive y caminó lentamente alrededor de la nambu, analizando la situación. Zalazane se encontraba al lado opuesto de la planta, retorciéndose en un nido de alchu, insectos que se le vinieron encima y lo mordían y picaban. No sería de ayuda por el momento.

El raptor arrancó la nambu del suelo, desgarrando sus raíces y posteriormente lanzándola lejos. La incisiva y furiosa mirada de la bestia se posó en Zalazane, atraída por los frenéticos movimientos del trol.

No había tiempo, Vol’jin dejó escapar un grito de guerra mientras lanzaba estocadas salvajes con su glaive; desgarrando piel. Una senda de sangre brotó del lomo del raptor. Con un chillido de furia, se volvió y le asestó un cabezazo a Vol’jin, quien cayó entre los arbustos. Vol’jin no podía ver, ya que tenía hojas húmedas y pegajosas en el rostro. Sintió el temblar del suelo mientras la bestia cargaba. Vol’jin retrocedió trastabillando hacia atrás y a la derecha, sintiendo como las mandíbulas del raptor pasaban nuevamente a centímetros. Logró quitar a tiempo la vegetación que cubría su rostro para ver como el raptor se preparaba para arremeter de nuevo.

Escuchó a Zalazane del lado opuesto al raptor, gritando y haciendo ruido.

Vol’jin retrocedió sin atreverse a quitarle los ojos encima a la bestia. Vio que Zalazane lo atacaba por el otro lado, sin embargo, el raptor dio un coletazo bajo; derribando a Zalazane. La maniobra le concedió tan solo un segundo a Vol’jin, eso tendría que ser suficiente.

Saltó hacia el raptor y rodeó el cuello de la criatura con sus largos brazos. Por un terrorífico instante, su rostro estuvo pegado contra la mandíbula inferior de la bestia; cuyo aliento le agitaba la mohicana. Vol’jin logró escurrirse alrededor del cuello del raptor y clavar sus rodillas en las clavículas del mismo.

El raptor chilló y se sacudió. Zalazane se puso de pie al instante y descargó su bastón contra la pata de la bestia. Vol’jin escuchó el rumor de huesos quebrándose y se agarró con mayor fuerza mientras colocaba su glaive sobre la garganta de la criatura.

La bestia había decidido ignorar a Vol’jin y ahora avanzaba hacia Zalazane, arrastrando su pata rota. Zalazane retrocedió lentamente, pero Vol’jin podía sentir el modo en que los músculos de la bestia se tensaban y enroscaban. Quedaban segundos.

Vol’jin jaló salvajemente, sintiendo la forma en que el glaive desgarraba músculos y arterias. Brotó una cortina de sangre escarlata mientras el arma trazaba un arco amplio. El raptor trastabilló hacia un lado, luego al otro y cayó al suelo; su boca quedó a centímetros de los pies de Zalazane. Vol’jin se quitó el cadáver de encima.

—¿Qué ser eso? —Jadeó Zalazane—. Raptor más grande no he visto.

—¿Quizá lo poseía un loa? ¿Nuestra primer prueba?

—No creo, mon. —Zalazane se aproximó a la herida que escupía sangre a borbotones, haciendo caso omiso de la agonía de la bestia—. Sabremos la prueba cuando ésta llegar. —Ahuecó las manos para recolectar sangre del raptor y embadurnarla sobre su rostro.

—¿Qué hacer tú? —Preguntó Vol’jin.

—Magias negras, mon. —Replicó Zalazane, poniendo los toques finales a la máscara de sangre y lamiéndose los dedos. Con un gesto le indicó a Vol’jin que hiciera lo propio.

—No quiero oler a sangre en este sitio, —dijo Vol’jin. Zalazane se quitó un insecto y se lo aventó a su amigo, quién, sin vacilar, lo atrapó y lo envió de vuelta.

—Vamos a oler a la sangre de una cosa grande y mala. Vamos a oler a muerte y peligro, —dijo Zalazane mientras lanzaba otro insecto. Recién había comenzado como aprendiz del Maestro Gadrin, el médico brujo jefe de los Lanzanegra, y sonaba confiado.

Vol’jin bateó el insecto y procedió a recolectar algo de la sangre que aún manaba de la criatura muerta.

—Podría salvarnos —comentó Zalazane—, pero no de los loa.

—No de los loa, —concordó Vol’jin, embadurnando la tibia y pegajosa sangre por todo su rostro. El aroma era incisivo. —Pero de todos modos, sólo vamos a sobrevivir a este juicio enfrentando a los loa y viendo de a cómo nos toca.

—Sí, mon.

—¡Au! —Vol’jin miró hacia abajo cuando sintió un dolor súbito. Al cerrar los ojos para embadurnarse el rostro con sangre, Zalazane le colocó tres insectos enojados en el pecho.

—Cuando me convierta en cazador de sombras —le dijo a Zalazane—, voy a pedir al loa que te mate.

—Yo teniendo mis propios poderes entonces, —rió Zalazane.

* * *

La noche había caído. La jungla siempre se encontraba completamente oscura y Vol’jin sólo sabía que era de noche debido al aire fresco y las nubes de insectos enojados y zumbantes que pasaban en gigantescos enjambres. Moscos tan grandes como sus manos deambulaban en busca de presa. Vol’jin y Zalazane se encontraban sentados en la cumbre de un pequeño risco. De un lado, una gran caída que terminaba en rocas afiladas. Habían caminado hasta que les dolieron los pies y su respiración no era más que jadeos ahogados. El aire denso y quieto.

—Ser una prueba rara, —dijo Zalazane con voz queda y cauta— sólo caminamos y matamos bestias, ¿dónde estar los loa?

Vol’jin estaba a punto de responder cuando se le heló la espina y sintió una presencia. Había un loa en el risco junto con ellos. No podía verlo, ni olerlo, pero los cabellos en la parte posterior de su cuello le decían que ahí estaba. Al mirar a Zalazane notó el mismo terror absoluto reflejado en los ojos de su amigo.

Luego vino el dolor, peor que el que provoca un hueso roto o una puñalada. Más denso y profundo que cualquiera que Vol’jin hubiese sentido. Éste inundó su mente e hizo imposible todo pensamiento.

Una voz le susurró. —El abismo —dijo sin emitir sonido alguno—, las rocas allá abajo. Ponen fin al dolor. Rápido, fácil. Vol’jin se dio cuenta de que era cierto, podía saltar del borde en un parpadeo y el dolor desaparecería. Su única otra opción era aguantar.

Vol’jin cerró los ojos y aguantó.

Al cabo de una eternidad, su cuerpo se separó de él. Flotaba, libre de toda sensación. Una visión se escurrió frente a sus ojos. Ahí estaba él, más viejo, con más confianza. Miraba la visión desde lejos y la habitaba al mismo tiempo. Una fila de trols Lanzanegra se extendía detrás de él. Caminaban por una tierra extraña que contaba con poca vegetación y rocas anaranjadas. Una gran ciudad se erguía en la distancia, llena de bordes filosos y púas. El sonido de tambores de guerra y humo permeaban la ciudad. Al frente se encontraban extrañas figuras verdes y robustas, ataviadas con armaduras elaboradas. Criaturas distintas, grandes, peludas y con pezuñas, miraban desde el otro lado.

Vol’jin se aproximó al líder de las criaturas verdes, quien tenía un rostro fuerte y sabio. Se dieron un firme apretón de manos como iguales y sonrieron. En la mente de Vol’jin aparecieron palabras. Orcos, Orgrimmar, Tauren, Thrall.

Las criaturas verdes hicieron gestos de bienvenida y los Lanzanegra dejaron sus cargas. Se les veía aliviados y, al mismo tiempo, derrotados en cierto modo.

—¿Por qué? —Preguntó una voz. Vol’jin la sintió en sus huesos, un estruendo en su interior. —¿Por qué guías a nuestra gente a la esclavitud? Seguro ser mejor luchar solo y digno; morir solo y digno.

—No —dijo Vol’jin luego de pensarlo a fondo—, los Lanzanegra siempre deben ser libres y dignos. Pero hay que estar vivos para ser libres. Si muertos, nosotros perdidos. Mejor aguardar momento oportuno, aguantar. Somos raza ancestral, mon, y aguantamos.

Sintió la verdad de sus palabras mientras hablaba. Siempre había sido el estratega entre sus amigos, aquél que pensaba en el problema. Su determinación para sobrevivir y ganar era fuerte.

—Tú sabio para alguien tan joven, —dijo la voz— los Lanzanegra van a sufrir, van a luchar. Para ellos, resistir es sobrevivir. La visión se derritió frente a él, revelando lo que únicamente podía ser el loa: una esfera brillante que emanaba sabiduría ancestral y tristeza; algo desvaído y falto de lustre. Algo que había merodeado en Hogar Primigenio desde mucho antes de que Vol´jin naciera. Imágenes y formas nadaron y desaparecieron bajo la superficie. Vol’jin apenas tuvo tiempo para ver al loa antes de que éste se desvaneciera. El mundo cambió a su alrededor.

—Te concedo visión, —dijo la voz, apagándose. Vol’jin se encontró de nuevo en el risco, Zalazane estaba ahí.

—¡Podemos ver a los loa, podemos verlos! —Exclamó Zalazane. Ambos trols sonrieron.

—Quizá vivamos para ver el día de mañana, —dijo Vol’jin.

—Demasiada esperanza, tú, —replicó Zalazane—. No hemos terminado. Gadrin dijo que habría muchas lecciones que aprender. El juicio es complicado. Los loa nos tienen reservadas muchas cosas.

* * *

—¿Qué te mostraron los loa? —Preguntó Vol’jin. Él y Zalazane se encontraban sentados alrededor de una fogata, haciendo girar el espetón que sostenía un kommu. Grasa escurría de los huesos de la criatura y caía en el fuego, el cual crepitaba y chisporroteaba. Habían pasado varios días, según los cálculos de Vol’jin, y el fuego era un lujo estúpido. Sin embargo, la fauna silvestre parecía dejarles en paz, como si hubieran sido marcados por los loa. No era tan tranquilizador como debería.

—Yo era un importante médico brujo de los Lanzanegra, —dijo Zalazane—. Estábamos en una tierra extraña, luchando. Nuestra sobrevivencia en duda, mon. Necesitábamos ser fuertes y no éramos. Tiempos duros para todos, en especial para nuestro líder. No sé quién era él, pero no era tu papá, mon. —murmuró Zalazane, quién luego sonrió. —Me convertí en médico brujo.

—Te mentí, Zal. —Declaró Vol’jin. Pudo sentir la atención instantánea de Zalazane, pese a que el otro trol aguardó a que continuara. Se conocían de toda la vida y ninguno le había mentido al otro sobre nada serio. —Mi papá no sólo actuó raro, me comentó de una visión. Dijo que tenía que pasar por el juicio, que no había tiempo.

—¿Te dijo que teníamos que venir?

—No nosotros, sólo yo. Nunca le vi así antes, Zal. No tenía oídos para nada más, sólo quería que partiera; tenía mucha prisa… No obstante, cuando comencé a alejarme, me volví para verle.

—¿Ei?

—Y me veía como si nunca fuera a verme de nuevo. Como si me mandara a la muerte.

—¿Así que pensaste que querías matarme a mí también? —Inquirió Zalazane con una sonrisita. Él siempre había podido levantarle el ánimo a Vol’jin, siempre habían podido ayudarse el uno al otro.

—No estoy listo. No podía hacerlo yo solo, pero pensé que juntos… —Vol’jin pudo escuchar la voz de su padre mientras hablaba. Débil, hubiera dicho Sen’jin, débil y suave. Ningún líder de los Lanzanegra puede ser esas cosas. La vida ser muy dura, incluso aquí en nuestra isla.

—Juntos somos más fuertes. Todo bien, mon. Te ayudo cuando débil. —Sonrió Zalazane, eliminando lo hiriente de sus palabras. —Tú siempre me ayudas. Hacemos esto juntos.

Vol’jin abrió la boca para responder, pero se congeló cuando percibió un destello en la jungla. Otro loa, aún más primigenio y desconocido, brilló a través de las hojas. Se encontraba lejos, pero le llamaba. Vol’jin se incorporó de un salto y se puso en marcha sin decir palabra.

—¿A dónde vas, mon? —Gritó Zalazane, pero Vol’jin siguió su camino. No podía permitir que el loa se fuera. Conforme se aproximaba a la luz, tropezando con las ramas, el loa desapareció y Vol’jin se quedó solo en la penumbra de la jungla.

Finalmente volvió a ver el brillo a su derecha. Echó a correr, apartando hojas y raíces de su camino, lanzándose hacia el loa. Conforme quitaba la última rama del camino, el espíritu desapareció una vez más.

Aguardó para recuperar el aliento y se dio cuenta de que no tenía sentido quedarse parado. El loa le había dejado solo en la húmeda oscuridad de Hogar Primigenio. No sería partícipe de su juego. Dejar que el espíritu tratase de engañarle mientras él deambulaba entre los árboles, quizá encontraría al loa antes de que éste le encontrara de nuevo. Avanzó por la densa maleza con más cuidado. No tenía idea dónde estaba en relación con el campamento, pero no le importaba. Encontrar al loa significaba sobrevivir; fallar, la muerte. Lo único que importaba era el loa.

Se detuvo en un claro. Podía ver pedazos de cielo a través de la bóveda de árboles en ese sitio, manchas más oscuras en contraste con el domo suave de la jungla. Disminuyó el ritmo de su respiración, intentando no romper el silencio y echó un vistazo a los árboles. No vio nada. Gradualmente, como si despertara de un sueño profundo, notó calor a sus espaldas.

Pudo ver al loa detrás de él, a meros centímetros. Tan cerca que le fue posible notar los movimientos de los tentáculos brillantes que se encontraban en su superficie. El brillo del loa se extendió hasta llenar su campo de visión.

Vol’jin estaba en una cueva, dentro de algún tipo de túnel, y el camino que se extendía al frente se bifurcaba. En las dos opciones del sendero había una visión de sí mismo.

En una de ellas se encontraba sentado en un trono del oro más puro. A su alrededor había enormes asados envueltos en hojas de palma, las mejores cervezas de la jungla y féminas trol bailando para su deleite. Se le veía saludable y contento. Una pequeña cadena dorada se extendía de su tobillo hasta una de las patas del trono. En la otra visión se encontraba herido, sangrante y demacrado; rodeado de enemigos. La visión era turbia y cambiaba continuamente, pero siempre estaba en combate, siempre luchando. En ocasiones dirigía a otros Lanzanegra, a veces luchaba solo, pero el mensaje era claro: una vida de conflicto constante, sin tregua; siempre con más sangre que derramar.

Vol’jin rió. —¿Se supone que esto ser una prueba, imponente loa? Esto ser fácil, tomo libertad. Yo lucho y me esfuerzo y quizá nunca encontrar felicidad, pero tomo libertad.

Desde muy lejos, la queda y primigenia voz del loa se manifestó. —Hermanito, la elección no era la prueba. Si hubieras dudado o tenido que pensar en ello, un solo instante de tentación y habrías fallado. —Vol’jin se estremeció al escuchar el tono de la voz del loa, parecía que el fracaso significaba la muerte o algo peor.

La cueva se desintegró y Vol’jin se encontró en las gradas alrededor de una arena. Miró sus manos. Eran las suyas, aunque más viejas, con cicatrices y callos de muchos años de ardua labor marcial. A su alrededor se encontraban los ancianos y guerreros de la tribu Lanzanegra. También había orcos, tauren y otros. Todos miraban absortos mientras dos criaturas luchaban. Un orco café con una imponente hacha y un tauren con una lanza. Ambos llevaban únicamente un taparrabos y habían sido aceitados para la lucha. Una vez más aparecieron palabras en su mente: Garrosh y Cairne. Aullavísceras y lanza rúnica.

Lucharon, yendo y viniendo por la arena. El orco café sangraba de varias heridas, mientras que el tauren permanecía ileso. Gracias a su nueva visión, Vol’jin también podía ver a los loa en todos lados. Estaban congregados y agitados. Este momento era de vital importancia para la gente de Vol’jin y quizá para todo Azeroth.

Mientras Vol’jin observaba, el orco descargó su hacha en un gran arco y ésta aulló salvajemente en tanto que el aire pasaba por las muescas que tenía en ambos lados. El tauren levantó su lanza para detener el ataque, pero no fue suficiente. El hacha partió la lanza y rasguñó al tauren.

Ambos combatientes se detuvieron por un momento. El orco estaba casi demasiado herido como para seguir de pie, mientras que el tauren no había sufrido más que un rasguño. Sin embargo, fue el tauren quién se tambaleó; sus manos inertes a sus costados. Un pedazo de su lanza pendía precariamente de sus dedos laxos.

El orco levantó su arma y cargó. El aullido de su hacha inundó la arena cuando la descargó contra el cuello del tauren. Vol’jin sintió una punzada de dolor en su corazón al ver el terrible daño que recibió el tauren y se dio cuenta de que éste era el sentimiento de tristeza verdadera que se originaba en el Vol’jin de esta visión y que resonaba a través del tiempo. Tristeza ante la pérdida de un amigo y respetado anciano.

El tauren se colapsó, sin embargo, el mundo se tornó lento antes de que éste tocara el suelo. Los sentidos de Vol’jin se encontraban alerta y sintió como si el universo inhalara aliento, como si se preparase a emitir un grito. Los loas estaban enardecidos, siseando, susurrando, yendo de aquí para allá, clamando en sus oídos y atravesándole. Nadie había reaccionado aún. Los demás testigos, inmóviles. La caída del tauren continuaba y la sangre seguía brotando.

Entonces Vol’jin comprendió.

Veneno, lo entendió de súbito. El hacha estaba envenenada y eso estaba mal. Eso no era el sendero de ese pueblo. El tauren chocó ruidosamente contra el suelo y el mundo recuperó su velocidad normal. Los espectadores estallaron en adulación e indignación.

Todo se desvaneció y surgió una nueva visión. Vol’jin era partícipe de ella, dirigía una vez más a una fila de trols. Todos llevaban sus pertenencias y se notaba la determinación en sus rostros. Todavía se encontraba en el extraño paraje anaranjado. Al mirar sobre su hombro vio la gran ciudad de la visión previa, sin embargo, era más oscura; de algún modo más aguda. Había una fila de orcos en la parte más alta de la muralla, mirando a los trols que partían de manera sombría y amenazadora. Vol’jin sintió un desasosiego más profundo, algo de esa visión le molestaba. Poco después cayó en la cuenta.

Zalazane no estaba en ninguna parte.

¿Dónde Zalazane? Se preguntó Vol’jin. Necesito a mi amigo ahora más que nunca.

Vol’jin sintió aprehensión e incertidumbre en su corazón, recubierta de gélida furia, la determinación de guiar a los Lanzanegra por los peligrosos tiempos que se cernían sobre ellos.

—Le dijiste a mi hermano que es mejor sobrevivir —afirmó el loa—, aún si significaba ser débil para luchar otro día. Mejor resistir que morir con gloria. —La voz arrancó la mente de Vol’jin fuera de la visión y vibró en su pecho. Era la voz de alguien que había visto mayores glorias y horrores de las que Vol’jin jamás vería. —Ahora te llevas a los Lanzanegra lejos de la seguridad de Orgrimmar; arriesgas una alianza que representar fuerza. ¿No puedes decidirte?

Vol’jin dudó. Se le planteaba una pregunta muy importante y carecía de contexto. ¿Por qué haría esto? Echó un vistazo a su alrededor. Su gente estaba enojada, asustada, determinada y emocionada. Miró hacia la parte más alta de la muralla.

Fue ahí cuando sus ojos se posaron sobre Garrosh. El imponente señor de guerra miraba desde una de las almenas, aparentemente adusto pero con una pequeña sonrisa de satisfacción en sus labios. Se encontraba enfundado en su armadura. Su silueta contrastaba con el cielo mientras la luz resaltaba el tatuaje negro en su mandíbula inferior.

Era un bruto con un don para la violencia y la guerra, pero que no entendía de diplomacia, ni lo que constituia llegar a algún tipo de acuerdo.

Entonces Vol’jin supo.

—Traje a los Lanzanegra a este sitio para proteger nuestros cuerpos —dijo—, vivimos para luchar otro día, sin embargo, sólo son nuestros cuerpos. Algo que los Lanzanegra no pueden perder, loa, que nunca podemos perder; es nuestra alma. Los Lanzanegra tienen un alma y si nos quedamos con este orco y seguimos sus órdenes, perdemos nuestra alma. De ahí nadie regresa.

—Los Lanzanegra deben sobrevivir, pero no vale nada si pierden sus almas. Deben ser fieles. Sé fiel —dijo la voz—. Ahora oyes a todos los loa y nos oirás todo el tiempo. Tienes que aprender a escuchar.

Vol’jin abrió los ojos. Se encontraba tirado en la siempre lodosa superficie del suelo de la jungla. Diversos tipos de insectos construían alegremente capullos de fango por todo su cuerpo. Aún estaba al lado de la hoguera, la cual apenas ardía. Al igual que en la visión, no había señal de Zalazane. Vol’jin se sentó trabajosamente.

Poco después, Zalazane salió con dificultad de entre las sombras y se sentó junto a Vol’jin. Ambos miraron el fuego en silencio por unos instantes.

—Ví… —Zalazane dudó—. Me ví a mí mismo dirigiendo guerreros de los Lanzanegra lejos de la tribu. Nuestro líder era tan débil… nos vendió, mon. Me convertí en el nuevo líder y la tribu se dividió por la mitad. —Zalazane se negaba a mirar a Vol’jin.

—¿Quién ser ese líder? Dices que no es mi papá, pero tiene que ser alguien que conocemos.

Zalazane seguía sin mirar a Vol’jin.

Vol’jin tomó una rama y removió el fuego. —Suficiente de estas pruebas, —y fue todo lo que dijo.

* * *

Vol’jin se paseaba alrededor del fuego. Estaba inquieto y enojado, listo para matar algo. Había recibido jalones y empujones, rasguños y vueltas. Cada momento que pasaba, su mundo tenía menos y menos sentido. Ahora su amistad con Zalazane, la única cosa con la que Vol’jin hubiera contado, además del amor de su tribu y de su padre, se encontraba tensa y cercana a quebrarse.

—No más —anunció sin mirar a Zalazane—, me voy de cacería. Nos hace falta comida y yo necesito matar. —Desenvainó su glaive y desapareció entre la maleza oscura. Moverse solo a través de la parte más peligrosa de la isla se sentía adecuado.

Era fuerza.

Frente a la hoguera, Zalazane comenzó a entonar un suave canto vudú. En la oscuridad, Vol´jin escuchó el tronar de una rama. Una criatura grande intentaba mantenerse oculta. Vol’jin sonrió, sus labios tocaron sus colmillos mientras sus dedos pulsaban alrededor del glaive.

Avanzó, sintiendo como los finos cabellos de las enormes hojas upka acariciaban su rostro. Escuchó el sonido de nuevo, ahora a su izquierda. Se volvió, moviéndose en un círculo para mantener a la criatura a su derecha. Nuevamente escuchó movimiento en la vegetación a su izquierda y se dio cuenta de que la criatura estaba cazándole. Sólo quedaba una cosa por hacer, cargar contra ella.

Varias raíces y ramas se enredaron en sus piernas conforme se impulsaba hacia adelante con un rugido gutural. Al frente, un trol se encontraba erguido.

Vol’Jin chocó contra él y ambos cayeron. En la oscuridad, Vol’jin colocó su glaive contra el cuello del extraño. Todos los trols en la isla eran Lanzanegra y amigos, pero Vol’jin había crecido escuchando cuentos de los salvajes Gurubashi; cualquier cosa era posible en este sitio.

El otro trol miró hacia arriba, sus facciones iluminadas por un rayo de luz proveniente del fuego distante. Era Sen’jin, el padre de Vol’jin.

“—¿Papá? —Preguntó asombrado Vol’jin, quitándose de encima del trol que derribó. Sen’jin sonrió y empujó a Vol’jin con fuerza. El joven trol aterrizó en el lodo, riéndose. Sen’jin se incorporó de un salto, giró su bastón y lo apuntó hacia el pecho de Vol’jin. Éste detectó la intención asesina en el rostro de su padre y apenas logró escurrirse para evitar un golpe que hubiera compactado sus costillas contra su corazón. Vol’jin se puso de pie, alerta y en guardia pero sin atacar.

—¿Papá? —Preguntó—. ¿Qué sucede? —Sen’jin se limitó a sonreír y descargó el bastón en un letal arco bajo. Vol’jin saltó, pero Sen’jin utilizó el impulso del ataque para darle un cabezazo en el pecho a Vol’jin. Éste se desplomó, sin aire en sus pulmones. Vol’jin rodó hasta quedar de espaldas, respirando con dificultad. Sen’jin avanzó hacia él, haciendo girar nuevamente su bastón.

—¿Papá? ¿Por qué haces esto? ¿Fallé acaso? ¡No entiendo! —Suplicó Vol’jin.

Sen’jin se detuvo. —¿No luchas porque crees que me conoces? Débil.

Con eso, descargó el bastón contra la mano extendida de Vol’jin. Cada gramo de fuerza del cuerpo del viejo trol se encontraba detrás del golpe y la mano de Vol’jin quedó destrozada. Su pulgar, atrapado contra la mano, recibió la mayor parte de la fuerza. Los huesos se astillaron y el dedo se enroscó sobre sí mismo como una garra.

La mente de Vol’jin no podía comprender la situación. Rodó sobre un costado, agarrando su mano izquierda con la derecha; todo lo que se encontraba bajo la muñeca estaba roto y el pulgar era un masacote. Vol’jin estaba en shock y podía sentir como la realidad de sus alrededores se desvanecía. Notó los grandes pies descalzos de Sen’jin internándose en la jungla.

—¡Papá! —Gritó—. Sen’jin no se detuvo y no disminuyó su velocidad, ni siquiera miró hacia atrás. Los arbustos se movieron y finalmente se desvaneció. —¡Papá! —Vol’jin cayó de espaldas con los ojos cerrados, sosteniendo su brazo.

Después de un momento, recuperó el control de su mente y echó un vistazo a su mano. El pulgar se encontraba desecho. Su glaive yacía en el lodo, el metal pulido manchado con tierra y sangre. La mano sanaría, pero el pulgar quedaría deforme. Vol’jin jamás lanzaría un cuchillo con esa mano ni sostendría de nuevo un glaive. Nunca cazaría ni daría la señal para atacar.

Sin embargo, había modo de corregir eso y él lo sabía.

Vol’jin respiró profundo, tomó el glaive con su mano izquierda y lo levantó por encima de su cabeza; haría esto con los ojos abiertos. Descargó el glaive en un arco largo y elegante. La hoja susurró a través de la piel y el hueso de su mano derecha; la cosa deforme y destrozada que había sido su pulgar salió despedida hacia la oscuridad.

Deseaba gritar hacia las estrellas, pero se mordió los labios hasta que sangraron. Se mecía rítmicamente, mas no emitió sonido alguno. El pulgar crecería de nuevo sin problema. Todos los trols habían sido bendecidos por los loa con cierto grado de regeneración. Les era posible regenerar dedos de pies y manos, aún si partes más complejas, como miembros y órganos, sobrepasaban sus facultades. Tomaría algún tiempo, pero estaría completo una vez más.

Comenzó a ver una luz brillante en la periferia de su visión y se preguntó si estaba a punto de desmayarse. No obstante, la luz se volvió cada vez más brillante.

Vol’jin miró hacia arriba.

Vol’jin miró hacia arriba. Un loa cercano fulguraba. Su luz era fuerte y vibrante. Más fuerte y, de cierto modo, más nueva que el loa ancestral y reservado con el que se topó anteriormente. De cierto modo le era familiar. Sentía como si en algún momento hubiera conocido a este espíritu.

Cuando Vol’jin percibió al nuevo loa, se encontró dentro de una visión. Era una isla selvática muy distinta de su hogar actual. Se veía y habitaba a sí mismo en el sueño. Era más viejo, sabio, duro y guardaba mucha más tristeza. Conducía a un grupo de trols a través del follaje.

La escena cambió, ahora estaba en combate contra otro trol. Un médico brujo de mirada desquiciada que llevaba fetiches y un collar de cuerda hecho con garras. Lucharon a muerte mientras otros peleaban a su alrededor.

El médico brujo era Zalazane.

El loa habló. —¿Peleas contra los tuyos? ¿Otro Lanzanegra? ¿El amigo de tu niñez?

Vol’jin no dijo nada, sólo miraba la lucha. Gradualmente la visión se desvaneció, los colores se corrían y se perdían como pigmento fresco en un ídolo bajo la lluvia.

No Zalazane, habían corrido, pescado y forcejeado durante su niñez entera. Habían construido fuertes de lodo y su primera presa fue la misma bestia. Zalazane sabía cosas acerca de Vol’jin que nadie más. Sus miedos y triunfos. Como aquella vez que lloró la muerte de una mascota cuando era un niño pequeño; o el día en que dejó inconsciente a un abusivo de mayor edad… Zalazane había estado ahí en todo momento.

Vol’jin miró hacia abajo, el muñón lo decía todo.

—Yo matar a cualquiera que ser amenaza para el futuro de los Lanzanegra, —dijo—. No importar quién. La tribu lo es todo, su futuro… todo.

—Eres sabio, muchacho, —dijo el loa con una familiaridad que Vol’jin no podía precisar. —No cortaste el pulgar para salvar tu vida, sino tu futuro. Los Lanzanegra deben ser feroces, fieles y resistir. Nunca ser fácil, pero ser el único camino.

—¿Quién eres? —Preguntó Vol’jin; tenía que saberlo.

El loa ignoró la pregunta. —Te concedo el poder de estar en comunión con los loa —dijo—. No siempre haremos lo que dices, pero te daremos audiencia justa. Ahora eres un cazador de sombras, trol. —Y se desvaneció.

* * *

Más tarde, Vol’jin y Zalazane caminaban entre la densa maleza.

—El futuro —dijo Vol’jin—, no está escrito. No somos piezas en un tablero. Si mato algo, muere por mi elección.

—Sí, mon —replicó Zalazane—. En mi jornada espiritual, todo cayó en su sitio. Vemos senderos, nada seguro, sólo posibilidades. Si un trol es débil cuando debería ser fuerte, quizá otro trol tomar su lugar. Quizá el que fue débil… —desvió la mirada de la de Vol’jin— convertirse en el villano de la historia del fuerte.

—¿Pero qué tal si el primero se vuelve fuerte de nuevo, Zalazane?

—No sé, mon. Vudú oscuro en todo eso. Tal vez ambos son grandes líderes, amigos, o quizá el segundo trol convertirse en el villano.

—Zalazane, no vamos a dejar que eso ocurra. Somos amigos y estamos aprendiendo cosas. Tú y yo, mon, tenemos que resistir, ser fieles y ser feroces.

—Ei —dijo Zalazane, pero sin mucha esperanza—. Lo descifraremos, Vol’jin.

* * *

Vol’jin y Zalazane avanzaron a través de la maleza, dejando Hogar Primigenio a sus espaldas. Comenzaron a ver las señales de que las tierras de los Lanzanegra se encontraban cerca.

Las visiones y revelaciones de los últimos días se desvanecían rápidamente. Frustrado, Vol’jin intentó recordar los detalles, pero con cada paso que le alejaba de Hogar Primigenio, los recuerdos se tornaban más tenues. Quizá eso era lo que deseaban los loa, tan sólo una vaga idea de lo que era necesario. Sólo quedaban unas cuantas palabras. Resistir, verdadero, feroz.

Un loa cercano fulguraba. Su luz era fuerte y vibrante. Más fuerte y, de cierto modo, más nueva que el loa ancestral y reservado con el que se topó anteriormente. De cierto modo le era familiar. Sentía como si en algún momento hubiera conocido a este espíritu.

Cuando Vol’jin percibió al nuevo loa, se encontró dentro de una visión. Era una isla selvática muy distinta de su hogar actual. Se veía y habitaba a sí mismo en el sueño. Era más viejo, sabio, duro y guardaba mucha más tristeza. Conducía a un grupo de trols a través del follaje.

La escena cambió, ahora estaba en combate contra otro trol. Un médico brujo de mirada desquiciada que llevaba fetiches y un collar de cuerda hecho con garras. Lucharon a muerte mientras otros peleaban a su alrededor.

El médico brujo era Zalazane.

El loa habló. —¿Peleas contra los tuyos? ¿Otro Lanzanegra? ¿El amigo de tu niñez?

Vol’jin no dijo nada, sólo miraba la lucha. Gradualmente la visión se desvaneció, los colores se corrían y se perdían como pigmento fresco en un ídolo bajo la lluvia.

No Zalazane, habían corrido, pescado y forcejeado durante su niñez entera. Habían construido fuertes de lodo y su primera presa fue la misma bestia. Zalazane sabía cosas acerca de Vol’jin que nadie más. Sus miedos y triunfos. Como aquella vez que lloró la muerte de una mascota cuando era un niño pequeño; o el día en que dejó inconsciente a un abusivo de mayor edad… Zalazane había estado ahí en todo momento.

Vol’jin miró hacia abajo, el muñón lo decía todo.

—Yo matar a cualquiera que ser amenaza para el futuro de los Lanzanegra, —dijo—. No importar quién. La tribu lo es todo, su futuro… todo.

—Eres sabio, muchacho, —dijo el loa con una familiaridad que Vol’jin no podía precisar. —No cortaste el pulgar para salvar tu vida, sino tu futuro. Los Lanzanegra deben ser feroces, fieles y resistir. Nunca ser fácil, pero ser el único camino.

—¿Quién eres? —Preguntó Vol’jin; tenía que saberlo.

El loa ignoró la pregunta. —Te concedo el poder de estar en comunión con los loa —dijo—. No siempre haremos lo que dices, pero te daremos audiencia justa. Ahora eres un cazador de sombras, trol. —Y se desvaneció.

* * *

Más tarde, Vol’jin y Zalazane caminaban entre la densa maleza.

—El futuro —dijo Vol’jin—, no está escrito. No somos piezas en un tablero. Si mato algo, muere por mi elección.

—Sí, mon —replicó Zalazane—. En mi jornada espiritual, todo cayó en su sitio. Vemos senderos, nada seguro, sólo posibilidades. Si un trol es débil cuando debería ser fuerte, quizá otro trol tomar su lugar. Quizá el que fue débil… —desvió la mirada de la de Vol’jin— convertirse en el villano de la historia del fuerte.

—¿Pero qué tal si el primero se vuelve fuerte de nuevo, Zalazane?

—No sé, mon. Vudú oscuro en todo eso. Tal vez ambos son grandes líderes, amigos, o quizá el segundo trol convertirse en el villano.

—Zalazane, no vamos a dejar que eso ocurra. Somos amigos y estamos aprendiendo cosas. Tú y yo, mon, tenemos que resistir, ser fieles y ser feroces.

—Ei —dijo Zalazane, pero sin mucha esperanza—. Lo descifraremos, Vol’jin.

* * *

Vol’jin y Zalazane avanzaron a través de la maleza, dejando Hogar Primigenio a sus espaldas. Comenzaron a ver las señales de que las tierras de los Lanzanegra se encontraban cerca.

Las visiones y revelaciones de los últimos días se desvanecían rápidamente. Frustrado, Vol’jin intentó recordar los detalles, pero con cada paso que le alejaba de Hogar Primigenio, los recuerdos se tornaban más tenues. Quizá eso era lo que deseaban los loa, tan sólo una vaga idea de lo que era necesario. Sólo quedaban unas cuantas palabras. Resistir, verdadero, feroz.