Entero
Micky Neilson

Traducción castellana.

Todo lo que existe está vivo. Esas palabras se habían convertido en un mantra en su cabeza, un refuerzo constante a su recién hallado entendimiento. Aún más importante, eran una epifanía, la llave para desbloquear un universo de conocimiento totalmente nuevo. Y la epifanía era por lo que se encontraba él aquí.

Nobundo se reconfortaba en aquellas palabras a medida que, lentamente, atravesaba con suma dificultad el bosque de la Marisma de Zangar, lleno de setas colosales con brillantes esporas verdes y rojas entre la niebla matutina. Atravesó los chirriantes puentes de madera que sorteaban las aguas poco profundas de la marisma. En tan sólo unos instantes se encontró a sí mismo en su destino, contemplando las radiantes láminas de una seta que hacía parecer pequeñas a todas las demás. En lo alto de su sombrero, le esperaba el asentamiento draenei de Telredor.

Continuó turbado, apoyándose pesadamente sobre su bastón y maldiciendo el dolor de sus articulaciones mientras subía en la plataforma que le llevaría a la cima. Estaba preocupado, pues aún no sabía cómo iban a reaccionar los demás. Había existido un tiempo en el que no se había permitido a su gente el acceso a los asentamientos de los no afectados.

Se van a reír de mí.

Aspiró una bocanada del frío y neblinoso aire de la marisma y le pidió que le proporcionara valor para afrontar el reto que ante él se presentaba.

Cuando la plataforma se detuvo, Nobundo atravesó los arcos de la entrada arrastrando los pies, bajó unas empinadas escaleras y continuó por el rellano que daba a la pequeña plaza del asentamiento, donde la asamblea ya se había reunido.

Observó las expresiones serias de los diversos draenei cuyas desdeñosas miradas de superioridad estaban fijas en él.

Después de todo él era un Krokul: “Tábido".

Ser Tábido era ser un infame y un paria. No estaba bien y no era justo, pero era la realidad que se había visto obligado a aceptar. Muchos de sus hermanos y hermanas no afectados no podían comprender cómo había tenido lugar el deterioro de los Krokul, especialmente en el caso de Nobundo. ¿Cómo podía haber caído tan bajo alguien tan favorecido por la Luz y con tanto talento?

A pesar de que el propio Nobundo no sabía cómo, sí que sabía cuándo había sucedido. Recordaba con claridad apabullante el momento exacto que había marcado el inicio de su propia decadencia personal.

El cielo lloraba mientras los orcos asediaban la Ciudad de Shattrath.

Habían pasado muchos largos meses desde que la lluvia había bendecido las tierras de Draenor, pero ahora unas nubes negras enturbiaban el cielo, como si de una protesta ante la batalla que se avecinaba se tratara. Leves chubascos empapaban la ciudad y al ejército que se encontraba fuera de sus murallas, convirtiéndose progresivamente en un constante aguacero mientras ambos bandos observaban y esperaban.

Deben de ser miles, especulaba con amargura Nobundo desde su posición en lo alto de la muralla interior. Al otro lado de la fortificación, las sombras se movían entre los árboles del Bosque de Terokkar iluminadas por antorchas. Quizá, si los orcos se hubieran tomado el tiempo de planearlo todo con más cautela, habrían desforestado la región para preparar ataque, pero, por aquel entonces, la estrategia de los orcos brillaba por su ausencia. Para ellos todo se reducía a la emoción de la batalla y a la satisfacción inmediata del derramamiento de sangre.

Telmor había caído, al igual que Karabor y Farahlon. Muchas de las ciudades draenei, otrora majestuosas, yacían ahora convertidas en ruinas. Shattrath era la única que resistía.

Lentamente, el ensamblaje orco fue maniobrando hasta estar en posición, trayendo a la mente de Nobundo imágenes de una gran serpiente de grandes colmillos, enroscándose para preparar el ataque.

No es que se suponga que vamos a sobrevivir.

Sabía perfectamente que tanto él como los demás que se hallaban allí reunidos aquella noche no eran más que un sacrificio. Se habían ofrecido voluntarios para quedarse atrás y luchar su última batalla. Su inevitable derrota aplacaría a los orcos, de modo que estos darían por hecho que los draenei habían sido diezmados hasta la extinción. Aquellos que habían buscado cobijo en otros lugares sobrevivirían para volver a luchar en otro momento, cuando la balanza estuviera más equilibrada.

Que así sea. Mi espíritu continuará vivo, volviéndose uno con la gloria de la Luz.

Envalentonado, Nobundo se alzó en toda su magnitud preparando su fuerte y atlética corpulencia para lo que iba a ocurrir. Su gruesa cola se movía de un lado a otro con ansia mientras él apoyaba todo su peso en sus dos leoninas piernas y enterraba las pezuñas en la sólida mampostería de piedra. Respiró hondo, agarrando con fuerza el mango de su pesado martillo, bendecido por la Luz.

Pero no moriré sin luchar.

Él y los otros Vindicadores, guerreros sagrados de la Luz, lucharían hasta el final. Miró a sus hermanos, colocados en intervalos a lo largo de la muralla. Al igual que él, se mostraban impasibles y decididos, habiendo aceptado el destino que les esperaba.

Fuera habían llegado las máquinas de guerra: catapultas, arietes, ballestas, máquinas de asedio de todo tipo que se iluminaban brevemente con la luz de las antorchas. Sus pesados aparatos crujían y gruñían de forma inquietante mientras se colocaban a distancia de lanzamiento de la muralla.

Se oían tambores, al principio esporádicos, pero rápidamente se les unieron más y más hasta que el bosque entero respiró con un ritmo que había comenzado suave como la lluvia y que había crecido hasta ser un redoble atronador. Nobundo susurró una oración, pidiendo a la Luz que le diera fuerzas.

Hubo un ruido sordo y profundo y el movimiento de las turbias nubes en lo alto resonó con el frenético redoble de los tambores. Durante un segundo, Nobundo se preguntó si, por casualidad, la Luz estaría intentando responder a su oración con una exhibición de poder y furia más allá de lo que nadie pudiera invocar, un gran rayo de fuego sagrado que erradicaría al salvaje ejército sediento de sangre de un solo barrido.

De hecho, ocurrió algo después, pero que nada tenía que ver con los sagrados poderes de la Luz.

Las nubes tronaron, se revolvieron y estallaron, taladradas por cientos de proyectiles ardientes que se precipitaban contra la tierra a velocidad meteórica y con fuerza devastadora.

Un bramido ensordecedor golpeó los oídos de Nobundo cuando uno de los objetos pasó peligrosamente cerca de él, destruyendo un contrafuerte cercano y arrojándole multitud de escombros encima. Como si esperara una señal, la multitud del exterior cargó hacia delante. Sus espeluznantes gritos de guerra resonaban sobre la ciudad a medida que se movilizaban con un singular propósito: destruir todo lo que se pusiera en su camino.

La intensidad de la lluvia aumentó cuando la muralla exterior comenzó a temblar con los golpes de las enormes piedras que lanzaban las primitivas catapultas. Nobundo sabía que el muro no aguantaría mucho. Se había construido con prisas: las secciones de la muralla que se extendían sobre el hundido suelo del anillo exterior eran un añadido realizado el año anterior. Esta medida de defensa se volvió necesaria ya que los ogros exterminaban su pueblo de forma metódica y pronto comprendieron que esta ciudad sería su bastión final.

Algunos ogros de aspecto brutal intentaron penetrar en una zona de la muralla que ya había sido dañada durante el asalto de meteoritos. Otras dos de las gigantescas bestias golpeaban las puertas principales de la ciudad con un descomunal ariete.

Los hermanos de Nobundo lanzaron algunos ataques contra el enemigo, pero por cada enemigo que eliminaban los draenei aparecían otros dos. La sección dañada de la muralla había comenzado a desmoronarse por completo. Una avalancha de orcos enloquecidos gritaba al otro lado, escalando unos encima de los otros en el frenesí de la sangría.

Había llegado el momento. Nobundo alzó su martillo hacia el cielo, cerró los ojos y eliminó la insoportable cacofonía de la batalla de su cabeza. Su mente invocó a la Luz y su cuerpo sintió su calor apoderarse de él. El martillo resplandeció. Se concentró en sus intenciones y dirigió sus sagrados poderes hacia los ogros de abajo.

Un destello cegador iluminó por completo y durante un breve lapso el escenario de la batalla, seguido del rugido aterrorizado de la avanzada de los orcos al sentir cómo la sagrada Luz los quemaba, dejándolos sin palabras y deteniéndolos durante tiempo suficiente para que varios guerreros draenei pudieran concentrarse en eliminar a uno de los ogros gigantes.

El alivio momentáneo de Nobundo fue aniquilado por el sonido de madera astillándose: el último empujón del ariete contra las puertas había dado resultado. Nobundo observó cómo los defensores del Bajo Arrabal corrían para enfrentarse a la marea de orcos y ogros y eran eliminados al instante. Nobundo invocó de nuevo a la Luz, dirigiendo sus poderes de sanación a quién fuera posible, pero los adversarios eran demasiados. En cuanto sanaba a un draenei herido, ese mismo guerrero recibía múltiples ataques brutales en cuestión de segundos.

Más ogros colaboraban en la sección dañada de la muralla exterior y comenzaban a tener éxito en su avance. Los defensores, en amplia desventaja y superados en número, estaban apostados a cada lado.

Los orcos estaban enloquecidos, embriagados por la sed de sangre. A medida que invadían el anillo exterior, Nobundo podía ver sus ojos: brillaban, ardían con una furia magenta que era a la vez hipnótica y aterradora. Nobundo y los otros Vindicadores cambiaron de táctica, pasaron de curar a purgar. De nuevo, la ciudad se vio bañada en un resplandor brillante al tiempo que decenas de orcos eran golpeados por la Luz, el brillo magenta disminuía en sus ojos momentáneamente, mientras ellos se desplomaban hacia delante para ser eliminados por los guerreros draenei que aún quedaban.

¡Kra-kum!

La muralla tembló y las pezuñas de Nobundo se deslizaron por la piedra humedecida por la lluvia. Recuperó el equilibrio y, al mirar hacia abajo, vio a uno de los ogros machacando la base del contrafuerte de la izquierda con un palo del tamaño de un tronco. Levantó el martillo hacia el cielo, pero su concentración se vio interrumpida por otro sonido…

¡Kra-KABUM!

Esta vez no había sido el ogro, sino una explosión originada debajo, pero fuera de su campo de visión, que hizo que Nobundo perdiese el equilibrio. Rodó hacia un lado, miró por el borde y vio una ligera niebla roja que cubría el Bajo Arrabal. Los pocos defensores que aún resistían comenzaban a tener arcadas y a asfixiarse. Se agachaban, muchos de ellos dejando caer sus armas. Los bárbaros orcos se deshicieron rápidamente de los guerreros enfermos, deleitándose en la matanza.

Cuando terminó la carnicería, miraron hacia arriba, rabiosos y deseando destrozar a los defensores en lo alto de la muralla, arrancándoles las extremidades una a una. Algunos orcos se subieron a la espalda de los ogros, intentando escalar la escarpada superficie con sus manos desnudas. Su agresividad y desenfrenada ferocidad resultaban asombrosas. La neblina se había extendido por todo el Bajo Arrabal y comenzaba a elevarse, oscureciendo poco a poco el tumulto inferior.

Nobundo escuchó un alboroto detrás de él. Varios orcos que habían logrado atravesar las defensas del círculo interior se dirigían hacia la colina.

¡Kra-kum!

La pared tembló de nuevo y Nobundo maldijo al ogro de abajo que, sin duda alguna, había comenzado a golpear el contrafuerte de nuevo. Una segunda salva de meteoritos ardientes cayó del cielo al tiempo que Nobundo se preparaba para enfrentarse a la nueva oleada de atacantes.

Dirigió la furia de la Luz al primer orco que se le acercaba de frente. Los ojos de la bestia verde se enturbiaron y él se encogió. Nobundo golpeó el cráneo del orco de lleno con el martillo, después lo levantó y lo movió hacia la izquierda, sintiendo un crujido muy satisfactorio cuando oyó cómo se le rompían las costillas al orco. Se giró y trazó una curva descendiente con el martillo, golpeando el lateral de la pierna de otro orco y destrozándole la rótula. La bestia gimió de dolor y se precipitó desde la muralla.

La niebla ya llegaba hasta arriba, extendiéndose y formando una especie de alfombra sobre la piedra. Nobundo y los demás Vindicadores luchaban mientras la niebla se elevaba hasta llegarles primero hasta el pecho y después hasta la cara, irritando sus ojos y quemando sus pulmones.

Nobundo escuchó los gritos mortales de algunos de sus compañeros, pero no podía verlos a través de la espesa niebla roja. Por suerte, parecía haberse librado de los ataques; se tambaleó hacia atrás conteniendo la necesidad de vomitar. Parecía que la cabeza le iba a explotar.

Entonces un espantoso grito de guerra que le heló la sangre surgió de la niebla.

Una sombra se acercó. Nobundo intentó ver algo mientras su cuerpo se retorcía por los espasmos. Intentó por todos los medios contener la respiración, cuando, de la densa niebla granate, surgió un ser terrorífico lleno de tatuajes y de ojos fieros… un orco gigantesco cubierto del reconocible color azul de la sangre draenei, sin aliento, blandiendo un hacha a dos manos y de aspecto perverso. El pelo de color cuervo le caía sobre los hombros y el pecho, y se había pintado la mandíbula inferior de negro, dotando a su cara del semblante de una calavera.

Detrás de él se alzaron decenas de orcos. Nobundo sabía que el final estaba cerca.

¡Kra-kum!

La pared tembló una vez más. El temible orco cargó. Nobundo se inclinó hacia atrás. La hoja le hizo un profundo corte en el pecho, desgarrando su armadura y entumeciendo su costado izquierdo. Nobundo respondió con un golpe de su martillo que destrozó los dedos de la mano derecha del orco, inutilizándola al igual que el hacha que sujetaba. Y entonces, para horror de Nobundo, la terrible criatura sonrió.

El orco le agarró con su mano buena y las calderas gemelas de sus ojos lo penetraron… lo atravesaron. Nobundo se vio obligado a jadear. Al hacerlo, sintió que le arrancaban la voluntad. Era como si algún tipo de magia oscura o demoníaca estuviera surtiendo efecto, como si parte de su propia esencia estuviera siendo destruida y ese era un ataque para el que no tenía respuesta.

¡Kra-kum!

Nobundo vomitó sangre espesa sobre la cara y el pecho del orco. Cerró los ojos y frenética y desesperadamente aclamó a la Luz, suplicándole que neutralizara al orco durante tiempo suficiente como para organizar una defensa. Gritó…

Y por primera vez desde que había entrado en contacto con la Luz y había sido bendecido por su sagrado resplandor…

No hubo respuesta.

Aterrorizado, abrió los ojos y miró a las maníacas órbitas de fuego del orco, quien abrió su gran boca y bramó, ahogando todos los demás sonidos y amenazando con destrozar sus tímpanos. Era como si de repente hubiera entrado en algún tipo de terrible sueño silencioso. La bestia se echó hacia atrás y le golpeó la cara con la cabeza. Nobundo cayó hacia atrás, sacudiendo los brazos, la lluvia le golpeaba, esos ardientes ojos abrasaban los suyos mientras caía… hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo a través de la niebla, sobre algo alargado que gimió antes de ceder bajo él.

Aún atrapado en la pesadilla silenciosa, Nobundo vio al orco desaparecer por el borde del muro. Cerca, el contrafuerte arruinado cedió y una gigantesca sección de la muralla superior cayó, bloqueando la lluvia y el cielo, y atrapando a Nobundo en un mundo de sosegada oscuridad.

Ahí tumbado pensó en los que se habían refugiado, rezaba para que ellos escaparan de la matanza, aquellos a quienes amaba y respetaba, aquellos por los que había entregado su…

Vida. algún motivo aún se aferraba a la vida.

Nobundo salió del oscuro pozo de la inconsciencia para encontrarse atrapado en un confinamiento asfixiante y cegador. Su respiración había quedado reducida a una serie de jadeos entrecortados y aún así seguía vivo. No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde… desde que la muralla cayó… desde…

Intentó alcanzar la superficie mentalmente. Es probable que en el tumulto de la batalla no hubiera sido capaz de concentrarse lo suficiente para llegar hasta la Luz, pero ahora, ahora podía contactar con ella, seguramente ahora podría…

Nada.

No hubo respuesta.

Nobundo nunca se había sentido tan impotentemente perdido ni tan solo. Si la Luz estaba fuera de su alcance y moría ahí, ¿qué sería de su espíritu? ¿No lo recibiría la Luz? ¿Quedaría su esencia condenada a pasar la eternidad vagando por el vacío?

Había vivido honorablemente. Sin embargo… ¿podía esto ser algún tipo de castigo?

Mientras su mente buscaba respuestas, alzó su mano. Ésta rozó de inmediato contra la piedra. Poco a poco se dio cuenta de que estaba en una posición muy extraña, que una masa más suave, pero igualmente formidable estaba apretada junto a él y que seguramente su pierna izquierda estaba rota.

Giró hacia su derecha y respiró hondo, intentado ignorar el dolor de sus costillas y de su pierna. No podía sanarse sin recurrir a la Luz, así que, de momento, tendría que soportar el dolor. Al menos volvía a sentir el lado izquierdo. Y… podía oír los sonidos apagados causados por sus movimientos, así que también había recuperado el oído.

El hecho de que estuviera respirando significaba que, por algún lugar, estaba entrando aire. Mientras sus ojos continuaban acostumbrándose a la oscuridad vio un agujerito, no de luz, sino un punto donde la oscuridad era más clara que la que le rodeaba. Intentó alcanzarlo y su mano aterrizó sobre un objeto cilíndrico familiar: el mango de su martillo.

Con la poca fuerza que le quedaba, Nobundo agarró el mango justo bajo la cabeza, lo levantó y golpeó en la dirección del agujerito. Trozos de mampostería cedieron, revelando vagamente un pasillo creado por enormes bloques de piedra y los ángulos en los que habían caído.

Sus oídos percibieron inmediatamente el sonido de gritos enmudecidos, lamentos de auténtico terror que provenían de la distancia. Usó el martillo para elevar su torso por el agujero que había creado y salir al estrecho espacio. Al hacerlo, escuchó un profundo quejido surgir de las profundidades de los escombros detrás de él.

Con un brote de fuerza se arrastró dentro del pasillo, conteniendo la necesidad de gritar cuando su pierna rota se deslizó por el umbral de piedra dentada y sacudió su cuerpo con oleadas de dolor. Los pesados lamentos continuaron. Las piedras a su alrededor se movieron y por los resquicios cayeron arena y tierra. Rápidamente se arrastró hacia una salida irregular donde pudo intuir una tenue luz.

A juzgar por los lamentos cada vez más altos del ser de debajo de los escombros, Nobundo adivinó que se trataba de un ogro y que estaba tratando, por todos los medios, de salir de allí. Nobundo giró sobre su espalda y caminó con los codos hacia el aire nocturno mientras el ogro hacía otro esfuerzo. Nobundo podía ver el montículo de cascotes ahora. El ogro rugió con rabia una última vez y toda la masa se colapsó, enviando una nube de polvo en todas las direcciones y poniendo fin al arrebato.

Otro grito lo siguió inmediatamente desde lo alto y a lo lejos: el sonido de una mujer aterrorizada.

Nobundo se giró y observó algo que no podría olvidar jamás, sin importar cuánto lo intentara a partir de aquel momento.

El Bajo Arrabal iluminado por la luna y la ambientación de las hogueras de arriba, se había convertido en una fosa común para los cuerpos de los draenei masacrados. Y a pesar de que la lluvia había parado, los montículos de cadáveres aún estaban manchados de vómito, sangre y todo tipo de residuos.

El corazón de Nobundo palideció al ver a niños entre los muertos. A pesar de su juventud, muchos de ellos se habían ofrecido voluntarios para quedarse con sus padres, quienes sabían perfectamente que los orcos sospecharían de una ciudad draenei en la que no viviera ningún niño y entonces perseguirían a los demás miembros de su raza hasta extinguirlos. Aún así, una parte de Nobundo esperaba y rezaba con todas sus fuerzas para que pudiesen defender a los niños y permanecieran a salvo en los escondites que habían sido cavados a toda prisa en las montañas. La esperanza de un loco, lo sabía, pero aún así se aferraba a ella.

¿Hay algo más absurdo que matar niños?

De nuevo llegaron a sus oídos los gritos de una mujer, acompañados de mofas y abucheos. Los orcos estaban de celebración, regodeándose en su victoria. Mirando hacia arriba identificó la fuente del jaleo: en lo alto, sobresaliendo por Las Colinas Barrera, los draenei habían construido el Alto Aldor. Allí los orcos estaban torturando a una pobre hembra draenei.

Debo intentar detenerlos.

¿Pero cómo? Solo, con una pierna rota, uno contra cientos… sin la bendición de la Luz y armado tan sólo con su martillo. ¿Cómo podía detener la locura que se extendía sobre él?

¡He de encontrar un modo!

Se arrastró frenético sobre los cadáveres, resbalando con los fluidos, intentando ignorar el hedor y las vísceras. Avanzó por el círculo exterior del Bajo Arrabal hacia la base de las colinas donde la muralla se juntaba con la montaña. Encontraría un modo de escalar hasta allí. Lo encontraría…

Los gritos cesaron. Miró para ver las sombras de las siluetas a la luz de la luna. Llevaban un objeto inmóvil hacia el borde del muro y entonces lanzaron la mercancía inerte a las profundidades. Aterrizó con un ruido sordo, no muy lejos de donde Nobundo yacía inmóvil.

Se arrastró hacia delante, buscando alguna señal de vida en la mujer… Cuando se acercó lo suficiente para ver sus rasgos, supo que se llamaba Shaka. La había visto varias veces, pero sólo habían hablado en un par de ocasiones. Siempre le había resultado agradable y atractiva. Ahora yacía maltratada y magullada, degollada, desangrada. Al menos para ella se había terminado el dolor.

Se escuchó otro grito desde arriba, la voz volvía a ser femenina. La rabia emanó de Nobundo. Rabia y frustración acompañadas de un irrefrenable deseo de venganza.

No hay nada que puedas hacer.

Desesperado, agarró el martillo y volvió a intentar llamar a la Luz. Quizás con su ayuda podría hacer algo, cualquier cosa… Pero una vez más la única respuesta fue el silencio.

Algo en su interior le instó a salir de allí lo antes posible, a buscar a los que estaban escondidos, a vivir… para cumplir algún propósito mejor algún día.

Eso es cobardía. He de encontrar un modo.

Pero en su interior Nobundo sabía que esa batalla había terminado. Si realmente le esperaba algún destino mejor, debía huir en aquel instante. Si intentaba subir, moriría sin sentido alguno. Los gritos de angustia volvieron a perforar el aire nocturno. Nobundo fijó la vista en una sección del muro exterior que yacía parcialmente en ruinas. Era un obstáculo peligroso, pero no insuperable y no estaba vigilado.

Es el momento; has de tomar una decisión.

Era una oportunidad. Una oportunidad de vivir y volver a marcar la diferencia algún día en el futuro.

Debes sobrevivir. Debes continuar.

El largo lamento resonó de nuevo, pero esta vez fue piadosamente cortado en seco. El sonido de voces orcas detrás de la esquina del muro interior llegó hasta él. Sonaba como si los orcos estuvieran deambulando entre los cadáveres, buscando algo o a alguien. Se le había acabado el tiempo.

Nobundo cogió el martillo. Aunque le costó un tiempo y esfuerzo considerables, con la poca fuerza que le quedaba consiguió llegar hasta los demás cuerpos a través del hueco del muro.

Mientras se arrastraba lenta y dolorosamente hacia el Bosque de Terokkar, los gritos femeninos volvieron a comenzar en el Alto Aldor.

“Seguro que tu supervivencia es una señal, un mensaje de la Luz.”

Rolc era sacerdote y su amigo desde hacía tiempo. Curó las heridas de Nobundo y estaba realmente contento de volver a verlo, pero le resultaba difícil comprender por qué Nobundo insistía en que había perdido el favor de la Luz.

“Nos bendice a cada uno de una manera. Cuando llegue el momento volverás a encontrarla.”

“Espero que sea verdad, viejo amigo. Es sólo… que ya no me siento igual. Algo dentro de mí ha cambiado.”

“Tonterías. Estas cansado y confuso, y después de todo por lo que has pasado, no se te puede culpar. Ve a descansar.”

Rolc salió de la cueva. Nobundo se tumbo y cerró los ojos…

Llanto. Las frenéticas súplicas de las mujeres.

Los ojos de Nobundo se abrieron de golpe. Llevaba varios días aquí, en uno de los campamentos ocupados por los que se habían escondido antes de la batalla, pero aún así no podía escapar de los gritos descorazonadores de las mujeres a las que había abandonado a la muerte. Le llamaban cada vez que cerraba los ojos, suplicándole que las ayudara, que las salvara.

No tuviste elección.

¿Se trataba de la verdad? No estaba seguro. Últimamente cada vez le costaba más pensar con claridad. Sus pensamientos eran turbios, inconexos. Suspiró profundamente y se levantó de la manta colocada sobre el suelo de piedra, gimiendo por las protestas de sus doloridas articulaciones.

Salió al neblinoso aire de la marisma y llegó hasta una cama de juncos empapados. La Marisma de Zangar era un territorio inhóspito, pero, al menos por el momento, era su hogar.

Los orcos siempre habían evitado los pantanos, y con razón. Toda la región estaba cubierta por aguas salobres y poco profundas; la mayoría de la fauna y la flora era venenosa si no se preparaba correctamente y muchas de las criaturas más grandes del pantano se comerían cualquier cosa que no se las comiera primero.

Al pasar al lado de varias setas gigantes, escuchó voces elevadas: una conmoción en el límite del campamento.

Se apresuró a ver qué ocurría. Tres draenei heridos, dos hombres y una mujer, eran asistidos por miembros del campamento dentro del perímetro protegido por los guardas.

Nobundo lanzó una mirada interrogadora a uno de los guardas, que respondió a la pregunta jamás formulada: “Supervivientes de Shattrath".

Impulsado, Nobundo siguió al grupo a las cuevas, donde tumbaron delicadamente sobre mantas a los supervivientes. Rolc colocó primero sus manos sobre el que estaba inconsciente, pero no pudo despertarlo.

La mujer, aparentemente aturdida, susurraba: “¿Dónde estamos? ¿Qué ha pasado? No siento… Algo está…”

Rolc se acercó y la tranquilizó. “Relájate. Ahora estás entre amigos. Todo saldrá bien.”

Nobundo se preguntó si todo saldría bien de verdad. Los grupos orcos de caza ya habían descubierto y borrado del mapa uno de los campamentos. Y, ¿cómo habían sobrevivido esos tres? ¿De qué horrores había sido testigo la mujer? ¿Qué había provocado su actual estado catatónico? Es más, la forma en la que se comportaba y el aspecto que tenía… Nobundo se preguntó si sus heridas iban más allá de lo puramente físico: parecían disecados, inanimados.

Su aspecto se correspondía con sus propios sentimientos.

Varios días después, los supervivientes se habían recuperado lo suficiente como para que Nobundo pudiera preguntarles con tranquilidad acerca de Shattrath.

La mujer, Korin, habló primero. Su voz se rompió mientras recordaba la experiencia. “Tuvimos suerte. Nos quedamos en las profundidades de la montaña, en uno de los pocos escondrijos que aún no han descubierto… al menos en gran parte.”

Nobundo parecía perplejo.

“Hubo un momento en el que un grupo de monstruos de piel verdosa nos encontró. La batalla a continuación fue… Yo nunca había visto algo así. Cuatro de los hombres que se habían ofrecido a defender nuestro grupo fueron asesinados, aunque ellos también mataron a muchos orcos. Al final sólo quedaron Herat y Estes. Mataron al resto de las brutales criaturas. Eran bestias salvajes. Y aquellos ojos, aquellos terribles ojos…”

Estes habló: “Hubo una explosión. Instantes después un gas pútrido se coló en nuestro escondite, ahogándonos, haciéndonos sentir más enfermos de lo que jamás nos habíamos sentido.”

Nobundo pensó en la artificial niebla rojiza y rápidamente intentó eliminar el recuerdo. Herac interrumpió: “Parecía que estuviéramos muriendo. La mayoría nos desmayamos. Al despertar ya era de día. Los niveles superiores estaban desiertos. Llegamos a Las Colinas Barrera y desde allí viajamos a Nagrand, donde nos encontraron varios días después.”

“¿Cuántos quedabais allí?”

Herac respondió: “Veinte. Quizá más. La mayoría mujeres, algunos niños. Otros fueron llegando después, como el que está inconsciente en las cuevas… Dijeron que se llama Akama. Según nos han contado, inhaló una mayor dosis de gas que los demás supervivientes. Rolc aún no sabe si volverá a…" Herac interrumpió y se quedó en silencio.

Estes continuó: “Más tarde nos separamos y fuimos a distintos campamentos en la Marisma de Zangar y Nagrand. A modo de precaución, así si uno de los campamentos era descubierto por los orcos, no nos matarían a todos.”

“¿Alguno de vosotros era sacerdote o Vindicador, poseedor de la Luz?”

Los tres sacudieron la cabeza. “No puedo hablar por Akama, pero Estes y yo sólo éramos artesanos, poco acostumbrados a blandir armas de ningún tipo. Por eso nos enviaron a las cuevas, para servir de última línea de defensa.”

Korin le preguntó a Nobundo: “Cuando escapaste, ¿alguien más huyó contigo? ¿Hubo algún otro superviviente? Oímos a los orcos en los niveles inferiores, pero no queríamos arriesgarnos a que nos descubrieran, así que huimos.”

Nobundo pensó en los cuerpos apilados en el Bajo Arrabal, escuchó las súplicas desde el Alto Aldor e intentó aislar los tortuosos gritos de su mente.

“No", respondió. “Nadie más que yo sepa.”

Pasaron varias estaciones.

Velen, su líder profeta, les había visitado hacía dos días… ¿o eran cuatro? Últimamente a Nobundo le costaba recordar algunas cosas. Velen había venido desde uno de los campamentos vecinos. Su emplazamiento exacto se mantenía en secreto por si alguien era capturado vivo y torturado. Los draenei no podían transmitir información de la que no disponían. Velen les había hablado sobre el futuro, sobre la necesidad de pasar desapercibidos durante algún tiempo, probablemente años, para esperar y observar qué ocurría con los orcos.

Según Velen, los pieles verdes habían comenzado a construir algo que parecía ocupar todo su tiempo y recursos. Aparentemente, este proyecto había desviado su atención de los draenei supervivientes, al menos por el momento. Lo que estaban construyendo los orcos, no muy lejos de su ciudadela principal en las tierras agostadas, parecía ser algún tipo de portal.

Velen parecía saber más de lo que contaba, pero al fin y al cabo era un profeta, un vidente. Nobundo pensó que el noble sabio debía saber muchas cosas, cosas que él y los demás no eran lo suficientemente inteligentes para comprender.

Nobundo observó a Korin adentrarse en el agua con su lanza de pescar. Algo en ella parecía diferente. Le daba la sensación de que su físico había variado en las últimas semanas. Sus antebrazos se habían vuelto algo más largos: su cara parecía demacrada y su postura se había deteriorado. Por improbable que pareciera, su cola parecía haber encogido.

Herac y Estes se acercaron y Nobundo podría haber jurado que notaba las mismas transformaciones en ellos. Echó un vistazo a sus propios antebrazos. ¿Era su imaginación o parecían hinchados? No había vuelto a sentirse bien desde… desde aquella noche, pero había dado por hecho que se recuperaría con el tiempo. Ahora estaba empezando a preocuparse cada vez más.

Korin se le acercó. “He terminado por hoy. Necesito tumbarme.” Le entregó la lanza a Nobundo.

“¿Estás bien?", preguntó él.

Korin trató de dibujar una sonrisa a la que le faltaba convicción. “Sólo cansada", respondió.

Nobundo se sentó con los ojos cerrados en lo alto de las montañas que tenían vistas a la Marisma de Zangar. Se sentía cansado, cansado hasta el alma. Había venido aquí para estar solo. Hacía varios días que no había visto a Korin. Ella y los otros dos se habían enclaustrado en una de las cuevas y cuando preguntaba sobre su estado, todo lo que recibía a modo de respuesta eran hombros encogidos que no sabían nada.

Algo iba drásticamente mal. Nobundo lo sabía: había visto los cambios en él y en los demás supervivientes, incluido Akama. El resto del campamento también lo sabía. Parecían hablarle cada vez menos, Rolc también. Y el otro día, al volver al campamento con algunos peces pequeños, le habían dicho que ya tenían suficientes, que debería comérselos él… como si la enfermedad que se estaba apoderando de él pudiera ser contagiada a los demás si tocaban la misma comida que él.

Nobundo estaba asqueado. ¿Es que su servicio no significaba nada? Se había acostumbrado a pasar muchas horas en la cima de las montañas, pensando en silencio, obligando a su mente a centrarse, intentando desesperadamente lograr lo que aún estaba fuera de su alcance: el acceso a la Luz. Era como si le hubieran cerrado una puerta, como si la parte de su mente que podía contactar con ella hubiera dejado de funcionar, o aún peor, como si ya no existiera.

Incluso simples pensamientos como esos le daban dolor de cabeza. Últimamente le estaba resultaba articular sus pensamientos. Sus brazos seguían hinchándose, una hinchazón que no desaparecía y sus pezuñas habían comenzado a astillarse. Incluso algunos trozos se le habían caído y no le habían vuelto a crecer. Y mientras tanto las pesadillas… las pesadillas continuaban.

Al menos las patrullas orcas se habían vuelto menos frecuentes. Habían recibido informes de que fuera lo que fuera lo que estaban construyendo los orcos casi estaba terminado. Y parecía ser algún tipo de portal, tal y como Velen había dicho.

Bien, pensó Nobundo. Espero que lo atraviesen y que les conduzca directos a su perdición.

Se levantó lentamente y volvió al campamento pausadamente, agradecido por el apoyo que le proporcionaba el martillo que se había vuelto tan pesado en las últimas semanas. Lo llevaba con la cabeza hacia abajo, usándolo la mayoría de las veces como bastón.

Horas después llegó a su destino y decidió ir a ver a Rolc. Juntos podrían convocar una reunión para tratar el problema de la creciente intolerancia mostrada por…

Nobundo se detuvo a la entrada de la cueva de Rolc. Korin estaba allí, tumbada en una manta. Se había transformado de modo que ya apenas parecía una draenei, sino una parodia de su raza. Parecía enfermiza y consumida. Sus ojos eran lechosos y sus antebrazos se habían hinchado hasta ser descomunales. Sus pezuñas habían mudado hasta ser dos protuberancias óseas idénticas y su cola no era más que un pequeño bulto. A pesar de su delicada condición, forcejeaba en los brazos de Rolc.

“¡Quiero morir! ¡Sólo quiero morir! ¡Quiero que acabe el dolor!”

Rolc la sujetaba con firmeza. Nobundo se acerco rápidamente y se agachó.

“¡No digas tonterías!” Miró a Rolc. “¿No puedes curarla?”

El sacerdote frunció el ceño mirando a su amigo. “¡Lo he intentado!”

“¡Déjame ir! ¡Déjame morir!”

Un brillo emanó de las manos de Rolc, tranquilizando a Korin, apoderándose de ella gentilmente hasta que sus esfuerzos disminuyeron y, finalmente, cesaron. Ella rompió a llorar y se colocó en posición fetal. Rolc le hizo un gesto con la cabeza a Nobundo para que abandonaran la cueva.

Una vez fuera, Rolc fijó su severa mirada en Nobundo. “He hecho todo lo que he podido. Es como si su cuerpo y su voluntad estuvieran rotos.”

“Tiene que haber algo que pueda… algún modo de…" Nobundo intentó comunicar sus pensamientos correctamente. “¡Tenemos que hacer algo!", esputó al fin.

Rolc permaneció un momento en silencio. “Me preocupan, al igual que tú. Hemos recibido informes que afirman que los supervivientes de Shattrath de los otros campamentos están sufriendo las mismas transformaciones. Sea lo que sea no responde a ningún tratamiento y no se cura. A nuestra gente le preocupa que, si no tomamos medidas, podamos estar todos perdidos.”

“¿Qué dices? ¿Qué ha pasado?”

Rolc suspiró. “Por el momento sólo son comentarios. He intentado ser la voz de la razón, pero ni siquiera yo podré defenderos durante mucho tiempo. Y, la verdad sea dicha, no estoy seguro de que deba.”

Nobundo sintió que su amigo le había decepcionado amargamente, la única persona en la que creía que podía confiar estaba sucumbiendo a la misma paranoia que los demás.

Sin palabras, Nobundo se dio la vuelta y se marchó.

El estado de Korin empeoró y aquella decisión de la que Rolc había hablado y que Nobundo tanto temía se hizo pública unos días después.

Reunieron a Nobundo, Korin, Estes y Herac ante los miembros del campamento. Algunos portaban expresiones adustas, otros parecían tristes, otros no mostraban ninguna expresión. Por su parte, Rolc parecía tener un conflicto personal, pero aún así, su expresión era resuelta, como la de un cazador que prefiere no matar, pero que sabe que debe comer y se está preparando para asestar un golpe mortal a su presa.

El campamento había decidido que Rolc fuera su portavoz. “Esto no es fácil para mí, para ninguno de nosotros…" señaló a la estoica asamblea detrás de él. “Pero hemos hablado con los representantes de los otros campamentos y hemos tomado una decisión juntos. Creemos que lo mejor para todos será que los que habéis sido afectados permanezcáis juntos, pero separados de los que aún tenemos buena salud.”

Korin, con un aspecto particularmente desolado, habló en un susurro rasgado: “¿Nos estáis exiliando?".

Antes de que Rolc pudiera objetar algo, Nobundo interrumpió: “¡Eso es exactamente lo que están haciendo! ¡No pueden solucionar nuestro problema, así que… así que esperan poder ignorarlo! ¡Sólo quieren que nos vayamos!”

“¡No podemos ayudaros!” espetó Rolc. “No sabemos si vuestra condición es contagiosa o no y vuestra menguada capacidad física y mental es un riesgo que no podemos asumir. ¡No quedamos tantos como para tentar a la suerte!”

¿Qué hay del otro, de Akama? Preguntó Korin.

“Se quedará bajo mi cuidado hasta que despierte" respondió Rolc antes de añadir ”si despierta.”

“¡Qué amable por tu parte!” murmuró Nobundo con un toque de sarcasmo en sus palabras.

Rolc se encaró a Nobundo. A pesar de que la salud le fallaba, Nobundo se irguió y miró a Rolc fijamente a los ojos.

Rolc dijo: “Te has estado preguntando si la Luz te había castigado con su silencio por tu fracaso en Shattrath".

“¡Lo di todo en Shattrath! ¡Estaba dispuesto a morir para que todos vosotros pudierais vivir!”

“Sí, pero no moriste.”

“¿Qué estás…? ¿Insinúas que abandoné?”

“Creo que si la Luz te ha abandonado, sus motivos tendrá. ¿Quiénes somos nosotros para cuestionar los designios de la Luz?” Rolc miró a los demás buscando su apoyo. Algunos de ellos apartaron la vista, pero muchos no lo hicieron. “Sea como sea, es hora de que aceptes tu nuevo lugar en el orden de las cosas. Creo que es hora de que tengas en cuenta el bienestar de los demás…”

Rolc se agachó y arrancó el martillo de la mano de Nobundo.

“Y creo que es hora de que dejes de pretender ser lo que no eres.”

Ha sido un error venir aquí. Nada ha cambiado. Aún eres un Krokul, aún eres un Tábido.

No. Le escucharían. Él les obligaría a escucharle. Después de todo había tenido una epifanía. Nobundo apartó sus ojos de la asamblea y los fijó en la fuente en el centro de la pequeña plaza. Pidió lucidez al Agua.

Sintió como sus pensamientos se centraban. Dio gracias al Agua y, apoyándose pesadamente en su bastón, se obligó a sí mismo a enfrentarse al mar de miradas desaprobadoras. Hubo un silencio incómodo.

“Esto no tiene ningún sentido" escuchó a alguien decir.

Cuando intentó comenzar a hablar, su voz sonó diminuta y afónica, distante a sus propios oídos. Se aclaró la garganta y volvió a comenzar, más alto. “He venido a… hablaros sobre…”

“Estamos perdiendo el tiempo. ¿Qué puede tener que decirnos un Krokul?”

Se unieron más voces de disensión. Nobundo flaqueó. Su boca se movía, pero su voz se había perdido.

Tenía razón. Ha sido un error.

Nobundo se giró para marcharse y miró a los plácidos ojos del profeta, su líder, Velen.

El vidente lanzó una mirada crítica a Nobundo. “¿Vas a algún lugar?”

Nobundo se sentó en lo alto de una de las colinas que daban a las tierras agostadas. No habían cambiado mucho en los últimos… ¿Cuánto hacía que había venido aquí por primera vez? ¿Cinco años? ¿Seis?

Cuando él y los demás fueron expulsados del campamento por su condición de Krokul, como habían acabado llamándose, Nobundo estaba enfadado, frustrado y deprimido. Fue hasta el punto más lejano en la única dirección que le permitieron. Siempre había querido investigar las colinas que rodeaban la Marisma de Zangar, pero en la base de aquellas colinas estaban los campamentos de los no afectados, una región a la que “su especie" no podía acercarse.

Así que se aventuró aquí a través del calor sofocante. Se encontraba en los picos que dominan las tierras más baldías de Draenor: tierras que habían sido claros exuberantes antes de la política de odio y genocidio de los orcos, y que ahora no eran más que baldíos creados por los brujos y su retorcida magia.

Al menos los orcos ya no eran un problema tan grave. Algunas patrullas orcas aún se dejaban ver de vez en cuando y mataban a los draenei que encontraban. Pero el número de orcos se había reducido: muchos de los salvajes de piel verde habían atravesado su portal años atrás y aún no habían vuelto.

Como resultado, Nobundo había escuchado que su gente estaba construyendo una nueva ciudad en algún lugar de la marisma. No importa, pensó. es una ciudad en la que nunca seré bienvenido.

Nobundo y los otros continuaban experimentando cambios. Les aparecieron apéndices donde antes no tenían. Granos, pecas y extraños bultos hicieron acto de presencia en sus cuerpos. Sus pezuñas, uno de los rasgos distintivos de los draenei, habían desaparecido, siendo reemplazadas por algo que parecían unos pies deformes. Pero los cambios no se limitaban sólo a lo físico. A sus cerebros les costaba cada vez más mantener sus funciones más elevadas. Y algunos… algunos se perdieron del todo, convirtiéndose en caparazones vacíos que serpenteaban sin rumbo, conversando con audiencias que sólo existían en sus mentes. Algunos de los Perdidos se despertaban un día y comenzaban a vagar para no regresar nunca. Uno de los primeros en hacer eso fue Estes. Ahora a Korin sólo le quedaba uno de los compañeros con los que había compartido aquel oscuro momento en Shattrath.

Basta, pensó. Deja de aplazarlo. Haz lo que viniste a hacer.

Lo había estado aplazando porque una parte de él sabía que esta vez no sería diferente. Pero lo haría de todos modos, tal y como lo había hecho cada día durante los últimos años… porque, de algún modo, en algún lugar, una parte de él aún mantenía la esperanza.

Cerró los ojos, eliminó todos los pensamientos irrelevantes de su mente e invocó a la Luz. Por favor, sólo por esta vez… deja que me regodee en tu radiante gloria.

Nada.

Vuelve a intentarlo.

Lo intentó con cada ápice de concentración que le quedaba.

“Nobundo.”

El corazón estuvo a punto de salírsele por la boca, abrió los ojos de golpe y extendió una mano para recuperar el equilibrio. Miró a su alrededor, al cielo.

“¡Te encontré!”

Al girarse vio a Korin y soltó el aliento, agitando la cabeza.

Qué tontería pensar que habías recuperado el favor de la Luz.

Ella se acercó y se sentó junto a él, con aspecto agotado, enfermizo y ligeramente confuso.

“¿Cómo estás?” preguntó él.

“No peor que de costumbre.”

Nobundo esperó algo más, pero Korin sólo miraba fijamente el árido panorama.

Sin que ninguno de los dos la viera, una silueta espiaba desde un cúmulo cercano de piedras dentadas, observando. Escuchando.

“¿Querías decirme algo?”

Korin pensó un momento. “¡Ah sí!” dijo al fin. “Hoy ha venido un nuevo miembro al campamento. Ha dicho que los orcos se están reagrupando. Preparándose para algo. Están liderados por un nuevo… ¿cómo se llaman? ¿Los que hacen magia oscura?

“¿Brujo?”

“Sí, creo que era eso". Korin se levantó y se adelantó, quedando a unos centímetros del borde del acantilado. Estuvo callada durante mucho tiempo.

No muy lejos, la silueta tras las piedras se marchó tan discretamente como había llegado.

Los ojos de Korin se mostraban distantes, al igual que su áspera voz al hablar, como si no estuviera del todo allí. “¿Qué crees que pasaría si diera un par de pasos más?”

Nobundo dudó, no sabía si estaba bromeando o no. “Creo que te caerías.”

“Sí, mi cuerpo caería. Pero a veces creo que mi espíritu… ¿volaría? No, esa no es la palabra. ¿Cuál es la palabra? ¿Subir y subir como volando?”

Nobundo pensó. “¿Alzarse?”

“¡Sí! Mi cuerpo caería, pero mi espíritu se alzaría.”

Días después Nobundo se despertó. Le dolía la cabeza y tenía el estomago vacío. Decidió aventurarse a salir y ver si quedaba algún pez de la comida del día anterior.

Al salir de la cueva, se dio cuenta de que los demás estaban reunidos mirando hacia arriba con los ojos protegidos. Salió de debajo de una seta gigante, alzó la vista y también tuvo que proteger sus ojos. Se quedó boquiabierto.

Había aparecido una brecha en el rojizo cielo del alba. Era como si se hubiera abierto una costura, destrozando el tejido de su mundo, permitiendo la entrada a unas luces deslumbrantes y una poderosísima energía sin refinar. La brecha temblaba y bailaba como una gigantesca serpiente de luz pura.

El suelo comenzó a temblar. La presión aumentó en la cabeza de Nobundo, amenazando con hacerla explotar desde sus oídos. La electricidad crepitaba en el aire, los pelos del cuerpo de Nobundo se encresparon y durante un breve, enloquecedor segundo parecía que la propia realidad se estaba destruyendo.

Mientras Nobundo observaba, durante un breve instante, los draenei reunidos parecieron separarse en imágenes gemelas: algunos mayores, otros más jóvenes, algunos que no eran Tábidos sino bastante sanos, algunos draenei no afectados. Entonces la ilusión desapareció. La tierra se tambaleó como si Nobundo estuviera de pie en la parte trasera de un carro que se había puesto en movimiento repentinamente. Él y los demás salieron despedidos al barro y allí se quedaron mientras todo seguía temblando.

Tras unos minutos los temblores disminuyeron y finalmente se detuvieron. Korin observaba estupefacta la brecha, mientras volvía a sellarse. “Nuestro mundo se está acabando.” susurró.

Su mundo no se había acabado. Pero había faltado poco.

Cuando Nobundo regresó a su lugar habitual en la cima de las colinas al día siguiente, miró hacia el horizonte y vio que había enloquecido. Columnas de humo se elevaban en el cielo y formaban una nube negra sobre la tierra. El aire quemaba sus pulmones. En la base del precipicio en el que se encontraba se abrió una fisura gigante. De ella salía vapor, y cuando Nobundo se inclinó, pudo ver un brillo pálido que surgía de la tierra.

Grandes porciones del desértico suelo habían sido arrancadas y flotaban en el aire de forma inexplicable. Y algunos trozos del cielo parecían ventanas hacia… algo. Era como si pudiera observar otros mundos a través de esas ventanas, algunas distantes, algunas aparentemente cercanas; pero Nobundo no podía decidir si aquello era real o alguna ilusión causada por la catástrofe.

Y todo estaba impregnado de un silencio palpable, como si todas las criaturas de la tierra hubieran muerto o hubieran corrido a refugiarse en algún escondrijo remoto. Aún así Nobundo sentía que no estaba solo. Durante un breve instante le dio la sensación de percibir movimientos furtivos por el rabillo del ojo. Observó su alrededor, medio esperando ver a Korin.

Nada. Tan sólo su turbada mente gastándole una mala pasada.

Nobundo dirigió la vista una vez más hacia el escenario de pesadilla que se extendía ante él y se preguntó si el final de todo lo conocido iba a tener lugar en un futuro cercano.

Pero el tiempo pasó y la vida, tal y como la conocían, continuó. Se filtraron informes en el campamento que afirmaban que regiones enteras habían sido completamente destruidas. Pero aún así el mundo había sobrevivido.

Apaleado, retorcido, atormentado… El mundo había sobrevivido, al igual que los Tábidos. Comían frutos secos, raíces y los pocos peces que encontraban en los pantanos. Hervían el agua y buscaban cobijo de tormentas como jamás habían visto, pero sobrevivían. Y a medida que las estaciones pasaban, los animales comenzaron a regresar. Algunos pertenecían a especies que antes no existían, pero los animales volvieron. Cuando los Tábidos eran lo bastante afortunados como para tener éxito en la caza, se alimentaban de carne. Sobrevivían.

Al menos la mayoría. Hacía unos días Herac había desaparecido. Durante largos meses había estado distante y confundido y, a pesar de que Korin nunca hablaba de ello, tanto ella como Nobundo sabían que había estado a punto de unirse a los Perdidos. Herac era el último de los defensores de Korin en Shattrath y Nobundo sintió su pérdida.

Y aunque Nobundo no lo mencionaba, se preguntaba si algún día él también perdería la cordura y se aventuraría a lo desconocido para no volver jamás, convirtiéndose en poco más que un recuerdo.

Continuó con su vigilia diaria, peregrinando hasta la remota cima, conservando la esperanza de que si cumplía su penitencia, algún día la Luz volvería a envolverlo con su brillo.

Cada día regresaba decepcionado al campamento.

Y cada noche volvía a tener la misma horrible pesadilla.

Nobundo se encontraba fuera de la Ciudad de Shattrath, golpeando las puertas cerradas con los puños mientras los gritos de los moribundos desgarraban el aire nocturno. Su subconsciente sabía que era otro sueño, otra pesadilla y se preguntaba si sería la misma otra vez.

Golpeaba la madera repetidamente hasta que sus maltratadas manos comenzaban a sangrar. En el interior, mujeres y niños morían lentamente, muertes terribles. Uno a uno los gritos se iban apagando hasta que sólo quedaba un último lamento atormentado. Él reconocía ese clamor: era la voz que había retumbado en el Bosque de Terokkar mientras escapaba de la ciudad.

Ese grito no tardaba mucho en desvanecerse como los demás y no quedaba nada más que silencio. Nobundo se apartaba de las puertas, mirando a su débil, deformado e inútil cuerpo. Temblaba y lloraba esperando el inevitable despertar.

Hubo un crujido y las puertas se abrieron lentamente. Nobundo miró hacia arriba estupefacto. Esto nunca había ocurrido antes. Esto era nuevo. ¿Qué podía significar?

Las enormes puertas revelaron un Bajo Arrabal vacío, los muros y contrafuertes interiores iluminados por una sola hoguera dentro del anillo interior.

Nobundo entró, atraído por el calor de las llamas. Miró alrededor, pero no había ningún cuerpo, ninguna señal de la masacre que había tenido lugar, salvo unas pocas armas abandonadas esparcidas alrededor del fuego.

Un trueno retumbó suavemente y Nobundo sintió una gota de lluvia caer en su brazo. Dio un paso más y las gigantescas puertas se cerraron tras él.

Entonces escuchó sonidos, sonidos arrastrados que emanaban de debajo de la hoguera y que se acercaban. Él no iba armado, ni siquiera llevaba su bastón y el hecho de saber que estaba soñando no aliviaba la sensación de peligro. Se preparó para coger un trozo de madera ardiendo de la hoguera, cuando vio a una mujer draenei salir a la luz.

La lluvia esporádica persistía

Al principio sonrió, encantado de ver que uno de los suyos había sobrevivido, pero su sonrisa pronto se desvaneció al ver el sangriento corte de su garganta, los moratones de su cuerpo. Su brazo izquierdo colgaba de su cuerpo inútilmente y sin fuerzas. Le observaba con la mirada perdida y, aún así, su expresión era… acusadora. Al acercarse, se dio cuenta de que era Shaka. Pronto se le unieron las demás, decenas de ellas arrastrándose hacia delante desde todos los lados, con los ojos nublados y los cuerpos llenos de horripilantes heridas.

El viento se levantó, avivando el fuego. La suave lluvia se convirtió en un chubasco constante. Una a una las mujeres se agacharon para recoger las armas del suelo, avanzando. Nobundo se hizo con una antorcha de la hoguera.

¡Quería salvaros! ¡No pude hacer nada! Quería gritar, pero no le salían las palabras. Sus movimientos parecían lentos, restringidos.

El viento volvió a tomar fuerza, apagando la antorcha que sostenía Nobundo. Las mujeres asesinadas se acercaron más, alzando sus armas mientras el viento golpeaba las llamas de la hoguera hasta que esta también se apagó, dejando a Nobundo a oscuras.

Esperó, escuchando… intentando oírlas acercarse entre la lluvia.

De pronto sintió un gélido apretón en su muñeca. Nobundo gritó…

Y se despertó. Se sentía agotado, más cansado que cuando se fue a dormir. Los sueños le estaban minando.

Decidió que la brisa de la mañana podría sentarle bien. A lo mejor Korin estaba despierta y podían hablar.

Fue hasta donde desayunaban reunidos algunos de los demás y preguntó a uno de los miembros más nuevos dónde se encontraba Korin.

“Se ha ido.”

“¿Ido? ¿Adónde? ¿Cuándo?”

“Hace poco. No ha dicho adonde. Se comportaba de forma extraña… Ha dicho que iba a… ¿cómo se dice?”

El Tábido hizo una pausa, pensando, luego asintió al recordarlo.

“Eso es. Ha dicho que iba a ‘alzarse’.”

Nobundo corrió tan deprisa como sus piernas se lo permitieron. Cuando llegó a la cima de la montaña, sus pulmones parecían arder, estaba tosiendo una espesa mucosidad verde y su pierna temblaba descontroladamente.

La vio en la meseta que daba al acantilado, de pie en el borde mirando hacia abajo.

“¡Korin! ¡Detente!”

Ella se giró, ofreció algo parecido a una sonrisa y entonces se arrojó en silencio, despareciendo en una densa nube de vapor.

Nobundo llegó hasta el borde y miró hacia abajo, pero sólo vio un lívido brillo a lo lejos.

Has llegado demasiado tarde.

Había vuelto a fracasar, exactamente igual que había fracasado cuando no pudo salvar a las mujeres de Shattrath. Nobundo cerró los ojos con fuerza e invocó mentalmente a la Luz: ¿Por qué? ¿Por qué me has abandonado? ¿Por qué sigues atormentándome? ¿Acaso no te serví fielmente?

Seguía sin obtener respuesta alguna. Sólo una suave brisa secando las lágrimas en sus mejillas.

Quizá Korin tuviera razón. En el fondo Nobundo sabía por qué había hecho aquello: no quería convertirse en uno de los Perdidos. Quizá había encontrado la única salida.

No le quedaba nada en el mundo. Sería tan fácil dar esos últimos pasos, saltar desde el borde y poner fin a su sufrimiento…

No muy lejos una silueta salió de detrás de unas rocas que sobresalían, lista para llamarle…

Pero incluso en este momento, exiliado por su gente, ignorado por la Luz, atormentado por las almas de aquellas a las que no había podido salvar… Nobundo descubrió que no podía rendirse.

La brisa se convirtió en un vendaval, dispersando nubes de vapor y empujando con tanta fuerza que alejó a Nobundo del borde del acantilado. Entre la confusión distinguió una palabra: Todo…

Nobundo se esforzó en escuchar. Seguramente su cordura había llegado al límite; probablemente su mente le estaba gastando una broma.

La silueta de las rocas volvió a esconderse, continuando su vigilancia silenciosa.

El viento volvió a tomar fuerza una vez más Todo lo que existe…

Más palabras. ¿Qué locura era aquella? Esto no era obra de la Luz. La Luz no “hablaba": era un calor que le impregnaba el cuerpo. Esto era algo nuevo, algo distinto. Una última ráfaga de viento sopló en la meseta, obligando a Nobundo a sentarse.

Todo lo que existe, está vivo…

Después de tantos años de súplicas, Nobundo, al fin, había recibido una respuesta, una respuesta que no provenía de la Luz…

sino del Viento.

Nobundo había escuchado historias sobre prácticas orcas que relacionadas con los elementos: Tierra, Viento, Fuego y Agua. Su gente había sido testigo de algunos de los poderes que estos “chamanes" poseían antes de la campaña de asesinatos, pero los draenei desconocían la mayoría de estas habilidades.

Los días siguientes, Nobundo volvió a la colina, donde oía los susurros del Viento: alivio, promesas y tentadoras pistas de que le aguardaba la riqueza del conocimiento. A veces la voz del Viento era tranquila y aplacadora, y otras era insistente y poderosa. Pero en la mente de Nobundo aún existía la duda de si, después de todo, se estaba volviendo loco.

El quinto día, cuando estaba sentado cerca del borde del acantilado, escuchó un ruido sordo, como un trueno, a pesar de que el cielo estaba despejado. Abrió los ojos y vio una gran columna de Fuego estallar en la grieta del acantilado, elevándose desde la fisura de abajo. Las llamas se extendieron y en sus parpadeantes destellos pudo distinguir rasgos nebulosos que cambiaban. Cuando habló por primera vez, sonó como una poderosa tormenta.

Ve a las montañas de Nagrand. En lo alto, en las cimas, encontrarás un lugar… ahí es donde comienza tu verdadero viaje.

Nobundo pensó en ello y respondió: “Para llegar allí, tendré que pasar por los campamentos de los no afectados, donde mi gente tiene el acceso prohibido".

El Fuego se expandió con velocidad y pudo sentir el calor en el rostro. ¡No pongas en entredicho la oportunidad que se te está concediendo!

Las llamas amainaron.

Camina con la cabeza bien alta, pues ya no estás solo.

No muy lejos, aquel que tanto tiempo llevaba observando a Nobundo volvió a agacharse en su escondite. Y, aunque no podía oír a los elementos como Nobundo, había visto las llamas y sus rasgos parpadeantes. Si Nobundo hubiera podido mirar a los ojos del observador, habría visto asombro absoluto.

Durante los dos días siguientes Nobundo hizo el arduo camino con el Viento en la espalda, susurrándole al oído. Aprendió que los chamanes orcos estaban en comunión con los elementos, pero su conexión se cortó cuando los orcos empezaron a practicar magia vil. Podría haber aprendido más cosas, pero a veces a Nobundo le resultaba difícil entender, como si la comunicación estuviera siendo filtrada o aguada.

En varias ocasiones a lo largo del camino, tuvo la sensación de que oía pasos detrás de él. Cuando miraba hacia atrás, sentía que lo que le seguía se acababa de ocultar. Se preguntó si serían los elementos. O producto de su imaginación.

Cuando por fin llegó a los campamentos de los no afectados, hacía tiempo que el sol había abandonado el cielo. No cabía duda de que los vigilantes le habían visto acercarse, pues dos guardias le estaban esperando cuando llegó al perímetro del campamento.

“¿Qué te trae por aquí?” preguntó el mayor de los dos guardias.

“Sólo quiero atravesar las montañas.”

Algunos de los demás miembros del campamento habían salido y miraban a Nobundo con recelo.

“Tenemos órdenes estrictas. Los Krokul no pueden entrar en el campamento. Tendrás que ir a otro lugar.”

“No quiero quedarme en vuestro campamento, sólo pasar.” Nobundo dio un paso adelante.

El más grande de los guardias extendió la mano, empujando a Nobundo hacia atrás. “Te he dicho…”

Entonces se escuchó un trueno ensordecedor y una masa negra de nubes apareció donde segundos antes el cielo era azul, liberando una repentina tromba de agua. El Viento que antes había animado a Nobundo a apresurarse ahora soplaba con fuerza descomunal, forzando a los dos guardias a retroceder. Lo más increíble de todo era que, tanto el Viento como la lluvia, se movían alrededor de Nobundo para golpear a los dos guardias, que cayeron en el sucio barro.

Nobundo observó los acontecimientos con los ojos como platos por el asombro. “Así que esto es lo que pasa", pensó en voz alta “cuando los elementos están de tu lado". Sonrió.

Los miembros del campamento buscaron cobijo en las cuevas. Los guardias miraron a Nobundo aterrorizados. Por su parte, Nobundo simplemente avanzó, apoyándose en su bastón mientras caminaba lentamente por el campamento hasta llegar a la falda de las montañas al otro lado, dejando a los residentes del campamento sorprendidos, asustados y confundidos.

La figura que había seguido a Nobundo salió de su escondite tras una de las setas gigantes. No se atrevía a continuar, pues al fin y al cabo era un Krokul.

Pero los acontecimientos de los que Akama acababa de ser testigo habían plantando una semilla en su interior. Desde que se había despertado de su largo sueño, no había sentido nada más que desesperación y punzante miedo al futuro. Pero ver lo que este Krokul acababa de hacer, ver los elementos salir en su defensa, agitó un sentimiento en Akama que él creía muerto.

Sintió esperanza.

Con esa nueva esperanza se dio la vuelta y regresó silenciosamente a la marisma.

Muchas horas después, terriblemente fatigado, Nobundo escaló a lo alto de las montañas y comenzó a ver señales de vegetación verde y fresca. Cuando sus pasos fueron más lentos debido al cansancio, el Viento le empujó y la propia Tierra bajo sus pies parecía prestarle fuerzas. Y aunque la lluvia continuaba, parecía caer en todas partes menos sobre él y proporcionaba riachuelos de los que Nobundo bebía con ansia.

A medida que se acercaba a las cumbres, escuchaba voces que competían en su mente: una grave y persistente seguida del familiar sonido del Viento y finalmente la ocasional resonancia del Fuego. Las voces parecían caóticas; chocaban en su prisa por entrar en comunión con él. Tanto que llegaron a formar una cacofonía que le obligó a detenerse Basta, si habláis todos a la vez no os entiendo.

Nobundo invocó la poca fuerza que le quedaba y subió a un montículo con vistas exuberantes. Aquí Draenor era como en el pasado: fértil y sereno, un bello refugio ajardinado lleno de cascadas y vibrante vida.

Debes perdonarlos: ha pasado mucho tiempo desde que sintieron la templada influencia de un chamán por última vez. Están enfadados, confundidos, aún dolidos por el golpe que les asestaron.

“El cataclismo", dijo Nobundo mientras se adentraba en el tranquilo escenario. Se arrodilló y bebió de una laguna y se sintió rejuvenecer. Sintió su mente abrirse, sus pensamientos se estaban volviendo parte de lo que le rodeaba y, a cambio, lo que le rodeaban se estaba volviendo parte de él.

La voz que le respondía era, a la vez, clara y relajante, fuerte y robusta. Sí. Quizá yo fui la menos afectada, pero siempre ha sido así. Es necesario que yo me adapte rápidamente, ya que yo proporciono los cimientos para la vida.

“Agua.”

Más que oírla, sintió la afirmación.

Bienvenido. Aquí, en este silencioso refugio, los elementos coexisten en relativa paz. Así nuestra conversación contigo será más fácil, especialmente en las primeras fases de tu viaje, cuando aún no sepas sentir nuestras intenciones sin pensar. El verdadero conocimiento y su comprensión te llevarán años. Pero si sigues el camino, con el tiempo estarán a tu disposición… aunque nunca bajo tu mando. Si nos respetas y tu motivación no se vuelve egoísta, nunca te abandonaremos.

“¿Por qué me habéis elegido a mí?”

El cataclismo nos dejó en la incertidumbre y la confusión. Durante un tiempo estuvimos perdidos. En ti sentimos un alma gemela: confusa, descuidada. Nos llevó bastante tiempo recuperarnos lo suficiente como para poder contactar, pero cuando lo logramos esperábamos que fueses… receptivo.

A Nobundo le parecía demasiado bueno para ser verdad. Pero, ¿qué pasaba con la Luz? ¿La estaba traicionando si elegía este nuevo camino? ¿Le estaba dando la espalda? ¿Era esto una prueba?

El riesgo valdría la pena si…

“¿Podré usar estas habilidades para ayudar a mi gente?”

Sí. La relación entre los elementos y el chamán es de sincronía. La influencia del chamán ayuda a calmarnos y unirnos, del mismo modo que nuestra influencia enriquece y realiza al chamán. Cuando hayas completado tu entrenamiento, podrás invocar a los elementos en tiempos de necesidad. Si los elementos consideramos tu causa justa, te ayudaremos en la medida que podamos.

El verdadero entendimiento, tal y como el Agua le había prometido, le llevó años. Pero con el tiempo Nobundo consiguió comprender las energías de vida que le rodeaban. Desde las más grandes criaturas de Draenor hasta un aparentemente insignificante grano de arena. Él era perfectamente consciente de que todo lo que existía tenía energía vital y de que estas energías estaban unidas y dependían las unas de las otras, independientemente de su ubicación geográfica y de las fuerzas opuestas. Lo que era más: podía sentir aquellas energías como si fueran parte de él y ahora comprendía que lo eran.

Los elementos mantuvieron su parte del trato y le fueron concedidos algunos aspectos de su naturaleza. Del Agua obtuvo claridad y paciencia: por primera vez, después de tantos años, sus pensamientos no estaban nublados. Del Fuego consiguió pasión, una nueva apreciación de la vida y el deseo de sobreponerse a cualquier obstáculo. La Tierra le concedió firmeza, una voluntad de acero y una determinación inquebrantable. Del Viento adquirió el valor y la persistencia: cómo adentrarse y presionar ante la adversidad.

Pero aún quedaba una lección de suma importancia que le evitaba. Lo notaba, sentía que los elementos se estaban guardando algo, algo que él, simplemente, no estaba preparado para entender.

Y… aún seguían las pesadillas. Se habían mitigado un poco, pero noche tras noche Nobundo volvía a encontrarse golpeando las puertas de Shattrath, mientras los gritos de los moribundos resonaban en sus oídos. Y ahora, cuando atravesaba las puertas y permanecía junto al fuego, cuando las recriminadoras muertas aparecían, Korin las acompañaba.

Sintió el calmante tono del Agua: Sentimos que aún estás… turbado.

“Sí" respondió. “Me atormentan los espíritus de aquellos que fallecieron en Shattrath. ¿Los elementos pueden hacer algo al respecto?”

El conflicto no reside en los espíritus de los que se han ido, sino en ti. Es un conflicto que has de resolver tú solo.

“¿Dificultará este conflicto la realización de mi verdadero potencial como chamán?”

Una sensación de júbilo surgió de las lagunas a su alrededor. De todos los elementos el Agua era el más despreocupado. Tu conflicto se refleja en el cielo sobre ti, en la Tierra bajo tus pies, en mí y sobre todo en el Fuego. Es un reflejo de la eterna lucha de la naturaleza por conseguir y mantener el equilibrio.

Nobundo pensó durante un momento. “No importa hasta dónde me lleve mi viaje, supongo que el verdadero entendimiento reside en saber que el viaje nunca acabará.”

Bien… muy bien. Ha llegado el momento de dar el siguiente paso, quizá el más importante de todos.

“Estoy listo.”

Cierra los ojos.

Nobundo los cerró. Sintió como si la Tierra desapareciera bajo sus pies, sintió a los elementos retirarse y durante un aterrador segundo su mente volvió a Shattrath, abandonada en la oscuridad.

Entonces sintió… algo. Algo muy diferente a los demás elementos. Parecía inmenso: frío pero no hostil. Y, en su presencia, Nobundo se sintió muy, muy pequeño. Entonces notó que esta presencia hablaba con multitud de voces, femeninas y masculinas, una armónica sinfonía dentro y alrededor de él.

Abre los ojos.

Nobundo los abrió. Y de nuevo volvió a experimentar la sensación de pequeñez, de insignificancia, mientras observaba una oscura extensión sin final llena de miles de mundos. Algunos como Draenor; otros, grandes bolas de fuego y escarcha; algunos cubiertos de agua; algunos inertes y desérticos.

Y de pronto Nobundo comprendió… algo que parecía tan simple y sin embargo un concepto que había escapado a su mente: había incontables mundos más allá. Esto ya lo sabía, ya que su gente había viajado a muchos mundos antes de asentarse en Draenor. Pero lo que Nobundo no había logrado comprender era que el poder de los elementos llegaba más allá también. Cada mundo tenía sus propios elementos y sus propios poderes que invocar.

Y había más. Aquí, en el vacío, existía otro elemento, uno que parecía unir todos los mundos, uno formando por una energía indescriptible. Si pudiera invocarlo …, pero inmediatamente se dio cuenta de que, en esta fase, aún era demasiado inexperto para entrar en comunión con este misterioso nuevo elemento. Esto no era más que un atisbo, un regalo para su entendimiento…

Una epifanía.

Velen evaluó a Nobundo con sus cristalinos ojos azules. Nobundo protestó, “¡No me escucharán! Creo que esto no ha sido una buena idea.”

El labio de Velen se curvó hacia un lado. Tenía esa expresión que hacía que Nobundo tuviera la sensación de que el profeta sabía muchas cosas más allá de lo que él podía comprender.

“No consigo que me vean como algo más que un Krokul, independientemente de lo que pueda enseñarles.”

“Quizá el auténtico problema no resida en ellos.”

Eso es lo que dijeron los elementos, pensó Nobundo.

Como resultado de sus conversaciones previas, Nobundo había aprendido a no intentar adivinar lo que pensaba el profeta, así que esperó en silencio.

Velen continuó, “Oigo los gritos en tu mente: las mujeres de Shattrath. Estoy al tanto de la carga que soporta tu corazón. Te preguntas si tu huida fue un acto de cobardía.”

Nobundo asintió, sobrecogido repentinamente por la emoción.

“Una parte de ti sabía que era imperativo que sobrevivieras para abrazar tu destino. Y desde aquel día, a pesar de todas las pruebas que tuviste que superar, nunca te rendiste. Por eso te elegí. Nuestra gente te llama Krokul, Tábido, pero creo que tú nos puedes mostrar nuestra mayor esperanza.”

Velen apoyó una mano amiga en el hombro de Nobundo. “Déjalas ir. Deja que sus gritos se silencien.”

Era cierto. No era un cobarde. Una parte de él lo sabía, pero con todo lo que había ocurrido desde entonces, esa parte se había perdido. Nobundo dejó escapar un profundo suspiro y, de algún modo, supo que cuando se acostara esa noche, la pesadilla no le estaría esperando. Sintió la alegría de los elementos; era como si estuvieran… orgullosos.

Velen sonrió. “Ahora, por el bien de todos nosotros, ve. Ve y acepta tu destino.”

Nobundo volvió al alto. Los draenei reunidos conversaban entre ellos, sin prestar atención a la débil figura de arriba.

Levantó su bastón. Las nubes se reunieron en el cielo azul, proyectando una oscura sombra sobre el asentamiento. Los draenei dejaron de hablar.

Nobundo les llamó, su voz resonó en la marisma. “Mirad y escuchad.”

Cayó un diluvio. Los rayos bailaron entre las lámparas que rodeaban la plaza, destrozando los cristales. Los draenei reunidos observaban sobrecogidos.

“Habéis venido aquí a aprender y algún día obtener estos poderes: ¡los poderes del chamán!

“¡Pero el chamanismo es una práctica orca!” gritó alguien desde el público. Otros se le unieron.

“Sí. Una práctica que ellos abandonaron para entrar en comunión con los demonios. Ahora nosotros viajaremos por el camino del chamán, un camino que nos llevará a un futuro en el que nadie matará a nuestras mujeres…”

Nobundo hizo una pausa, manteniendo su voz firme.

“Ni a nuestros hijos. Donde los Krokul y los no afectados colaborarán para conseguir un sueño que nuestra gente olvidó hace mucho: la verdadera libertad.”

Los miembros de la asamblea se miraron, buscando la aprobación en los demás, buscando pistas de resistencia. Al final todos parecieron llegar a la misma conclusión: escucharían.

“Vuestro viaje comienza con estas simples palabras…”

Nobundo sonrió. Las nubes se agitaron. Los rayos formaron un arco. La lluvia cayó.

“Todo lo que existe está vivo.”